Autopsia (Doctora Kay Scarpetta 25)

Patricia Cornwell

Fragmento

Capítulo 1

1

Un atardecer abrasador arde sobre el horizonte cada vez más oscuro de Old Town Alexandria cuando están a punto de dar las cinco del lunes después de Acción de Gracias.

El viento está arreciando a rachas, la luna está encapotada por la niebla que brota ondeante del río Potomac. Los árboles y los arbustos se agitan y entrechocan, las hojas muertas forman remolinos y vuelan a ras de suelo sobre el asfalto. Unas nubes de mal agüero avanzan como un ejército enemigo mientras las banderas aletean con furia delante de mi oficina central en Virginia del Norte.

Me agacho junto al archivador ignífugo e introduzco la combinación del botón de desbloqueo de seguridad. Abro el cajón inferior y cojo la gruesa carpeta de acordeón con la que llevo cargando desde hace meses. Alcanzo a oler la húmeda antigüedad de unos documentos del gobierno desclasificados que se remontan a finales de la década de los cuarenta, muchos con numerosos fragmentos censurados y casi ilegibles.

Me queda mucho por revisar antes de la siguiente reunión de la Coalición Nacional para Contingencias de Emergencia, más conocida como la Comisión del Día del Juicio Final, esta vez en el Pentágono. Las responsabilidades que me asignó la Casa Blanca no son para pusilánimes, pero tampoco son ni remotamente tan urgentes como lo que tengo delante, y no puedo dejar de pensar en la mujer asesinada que está abajo en la cámara de refrigeración.

Visualizo los tajos en el cuello, los muñones ensangrentados que quedaron cuando le cortaron las manos, y no sé quién es. No sé prácticamente nada de ella aparte de lo que revela su cadáver, tirado como si fuera basura al lado de las vías del tren en Daingerfield Island, unos kilómetros al norte de aquí. Después de pasar todo el fin de semana con ella, no he averiguado nada.

No llevo ni un mes en el puesto y me he encontrado un desagradable enigma detrás de otro, además de obstáculos y hostilidad de sobra. Decir que mi presencia no se ve con buenos ojos y me han endosado un buen marrón sería quedarse corto. Me quito la bata de laboratorio, la dejo colgada en el respaldo de la silla y cubro el microscopio por esta noche mientras crepitan y reverberan los truenos lejanos y relampaguean los rayos.

Desde la suite de la esquina en la primera planta, tengo butaca preferente para cualquier drama relacionado con el tiempo. El aparcamiento que compartimos con los laboratorios forenses se va vaciando aprisa y las farolas parpadean soñolientas. Docenas de científicos, médicos y demás personal se dirigen aprisa a sus coches mientras la lluvia tamborilea en mis ventanas.

No conozco todavía a casi nadie, y casi nadie me recuerda de lo que ahora parece una vida anterior. Los milenials en particular no estaban presentes cuando fui la primera jefa de medicina forense de Virginia. Dirigí el sistema a nivel estatal durante más de una década antes de pasar a otra cosa. Supuse que lo había dejado definitivamente, nunca imaginé que volvería, y espero no haber cometido el mayor error de mi vida.

Las pantallas instaladas en la pared me permiten supervisar las imágenes en directo de mi edificio por dentro y por fuera, y el guardia de seguridad del turno de noche camina en estos momentos por la cavernosa área de carga y descarga. Me siento como un fantasma o un espía mientras él bosteza y se rasca, ajeno a las cámaras de televisión de circuito cerrado encima de su cabeza. Tiene sesenta y tantos años y se llama Wyatt, pero no sé cómo se apellida.

Parece un sheriff de uniforme caqui con solapas de los bolsillos marrones cuando sube la rampa de hormigón que desemboca en el interior del depósito de cadáveres y pulsa un botón en la pared de ladrillos de cenizas. La inmensa puerta de persiana empieza a descender sobre el remolino de gases de escape del coche fúnebre que acaba de salir, seguramente el suicida del condado de Fairfax, basándonos en los cadáveres que estaba programado que se llevaran hoy.

—¿Doctora Scarpetta? —Mi oficiosa secretaria británica interrumpe mis reflexiones abriendo la puerta que separa su despacho del mío—. Lamento mucho importunarla. —No lo lamenta en absoluto, rara vez se molesta en llamar.

—Estoy a punto de salir, y usted debería hacer lo mismo. —Voy de ventana en ventana cerrando los estores.

—Acabo de hablar con August Ryan —anuncia—. Quería hacerle saber que ha surgido una situación que requiere su colaboración.

—¿Se trata de la mujer de abajo? —supongo; el investigador de la Policía Forestal de Estados Unidos y yo no hemos hablado desde el viernes por la noche.

Espero que tenga información nueva por fin. El caso empieza a cobrar impulso en los medios, y ya se han diseminado por internet rumores y teorías. Es casi imposible esclarecer un crimen violento cuando se ignora la identidad de la víctima.

—Tiene que reunirse con él. —Mi secretaria se comporta como si yo estuviera a sus órdenes y no al revés.

Vestida con su típico atuendo de traje falda de tweed y mocasines, con el pelo color gris acero peinado al estilo de la década de los cincuenta, Maggie Cutbush me mira con desaprobación por encima de las gafas de montura metálica que lleva casi en la punta de la afilada nariz.

—Por qué tiene que verme… —empiezo a decir.

—Él mismo se lo explicará —me interrumpe.

—¿Por qué no me ha pasado la llamada? Me podría haber llamado directamente, si a eso vamos. Le di mi número de móvil en el escenario del crimen el viernes por la noche.

—August y yo trabajamos juntos durante años. Ha tenido la amabilidad de ponerse en contacto conmigo primero, y la llamará cuando vaya en su coche —dice con su encantador acento londinense, sin el menor respeto por una mujer al mando.

Desde luego, no por una italiana de segunda generación que creció en la pobreza en Miami. Recojo el abrigo del perchero. Tengo ganas de largarme de aquí, y no por la compañía presente y el tiempo. Hoy es el cumpleaños de mi sobrina, una fecha difícil con todo lo que ha ocurrido, y he planeado celebrarlo en plan tranquilo en casa, solo la familia.

—Una de las virtudes del doctor Reddy es que sabe delegar. —Maggie no ha acabado de sermonearme—. No repartía por ahí su información de contacto personal igual que golosinas de Halloween —dice como si yo lo hiciera—. Dejaba claro que no estaba a disposición de la policía. Es una lección que haría bien en aprender usted.

A la menor oportunidad, no puede evitar mencionar a su antiguo superior, el jefe al que sustituí cayendo en un engaño en cierto modo, según parece ser. O quizá sería mejor resumir lo que ocurrió una vez me mudé aquí desde Massachusetts como el método de señuelo y cambiazo. Todo cambió en un abrir y cerrar de ojos.

Ya era muy tarde para cuando descubrí que Elvin Reddy no iba a dejar el gobierno estatal para pasar al sector privado, tal como me prometió él y también otros en puestos superiores incluso. En cambio, lo nombraron nuevo comisario de Salud Pública de Virginia a cargo de la supervisión de todos los departamentos responsables del bienestar y la seguridad de la ciudadanía, lo que incluye la Oficina del Jefe de Medicina Forense de todo el estado. Eso significa que a la hora de la verdad respondo ante él, una astuta treta política donde las haya.

—Como ve usted, la gente no tarda mucho en tomarse confianzas —dice Maggie con ironía—. Le aconsejo que vaya acompañada de un investigador. Esta noche está de servicio Fabian. Estaba en su mesa cuando he pasado hace unos minutos.

—Depende de lo que tengamos entre manos —respondo—. Seguramente no sea necesario. Creo que me las puedo apañar.

Miro alrededor en busca del atomizador de agua filtrada y lo veo en un estante cerca de la mesa de reuniones.

—No es aconsejable que la jefa aparezca en absoluto, y mucho menos sola, y no es un buen precedente de entrada —dice Maggie, como si me acabara de caer del guindo.

—Mira, seguro que quiere lo mejor para mí. —No me muestro grosera al respecto, ni siquiera sarcástica.

—Me parece que eso ni que decir tiene. —Domina el umbral que compartimos mientras yo rodeo cajas de libros y demás pertenencias personales que aún no he desempaquetado.

—Ya veo que mi estilo no es de su gusto, Maggie. —Me pongo a rociar la higuera de hojas de violín y las orquídeas en macetas—. Pero no soy de andarme con ceremonias. Si no me tomo yo la molestia, ¿por qué habría de hacerlo nadie más?

Lo digo para no reconocer la principal razón por la que me pidieron que volviera a ocupar el puesto de jefa. El número de casos que se han desatendido o llevado de manera deficiente durante años es asombroso. Sobre todo, aquí en Virginia del Norte, que presenta sus propios problemas especiales debido a nuestra ubicación.

Mi oficina está a unos ocho kilómetros del Pentágono, y estipulé que, si aceptaba el puesto, trabajaría en la sede de aquí, en Alexandria. Teniendo en cuenta las diversas obligaciones nacionales que desempeñamos mi marido y yo, es importante que estemos cerca de la ciudad de Washington.

—Si la policía quiere mi ayuda, para eso estoy aquí. —Le digo a Maggie lo mismo que antes—. No es necesario que la utilicen a usted como intermediaria.

—Supongo que más vale posponer la celebración de cumpleaños de Lucy. —Cambia de tema con brusquedad—. Benton, Pete Marino, su hermana, ¿alguien más? Yo los aviso.

—Nadie más, y estoy de acuerdo en que tal vez sea lo mejor. —Nunca dejo de sentirme fatal por decepcionar a todos de manera habitual.

Pero a la violencia y la tragedia sin sentido les trae sin cuidado quién eres o cuál es la ocasión, y alguien tiene que dar la cara. Vuelvo a mi mesa haciendo propósito de compensar a Lucy, como tantas veces me lo he propuesto.

—No alcanzo a imaginar lo difícil que debe de ser. —Maggie menea la cabeza con aire de compasión forzada—. Que perdiera a su pareja y su hijo adoptado —dice, y no tengo ninguna intención de hablar de mi sobrina ni de por qué está viviendo en mi casa—. No es que yo entienda ese estilo de vida, pero en esta época del año todo es más difícil para la gente que no es feliz.

—No hay razón para que espere. —Le insinúo que no pasa nada si se va, y que conduzca con cuidado, porque hace viento y llueve, aunque lo hago para pasar por alto lo ofensiva que puede llegar a ser—. Voy a ver qué quiere August Ryan.

Con un poco de suerte, tendrá algo de utilidad acerca de la mujer asesinada que está en la cámara. No hace falta ser patólogo forense para determinar que murió desangrada después de que le seccionaran por completo las arterias carótidas con una hoja afilada. No sé la edad que tenía, seguramente veintimuchos o treinta y pocos, cuando alguien le fracturó el cráneo desde atrás y le cortó el cuello hasta el espinazo.

El viernes pasado por la noche soplaba tormenta mientras inspeccionaba el escenario del crimen en una remota zona boscosa de Daingerfield Island. Casi alcanzo a oler la madera tratada con creosota, las gotas de lluvia que repiqueteaban sobre las traviesas de la vía mientras examinaba hasta el último centímetro del cadáver con una lupa de mano. Los haces de luz de las linternas tácticas hendían la oscuridad como un espectáculo de láseres mientras los polis registraban el área.

No se encontró nada más que un penique aplastado, puede que arrollado por el tren de cercanías de las siete de la tarde cuyo maquinista reparó en lo que le pareció que era un maniquí desnudo tendido junto a las vías.

—Detesto fastidiarle la noche —dice August Ryan con su acento sureño cuando contesto al móvil—. Porque creo que estoy a punto de hacerlo, y ya le digo que no es precisamente agradable conducir hasta aquí. Pero como le he explicado a Maggie hace un ratito, no se lo pediría si no fuera importante.

—¿En qué le puedo ayudar? —Anoto la hora y la fecha en una libreta Moleskine de bolsillo.

—Hay una persona desaparecida, y la cosa no tiene buena pinta. —El investigador de la Policía Forestal no se anda por las ramas.

—Lo siento, ¿tiene que ver con el caso del viernes por la noche? —pregunto—. ¿Creen que esa persona desaparecida podría ser la mujer asesinada que está en el depósito?

—Parece que podría serlo. La Policía de Alexandria me ha llamado después de que uno de sus agentes pasara por el domicilio de una persona que se ha esfumado. —Y me sorprende cuando añade—: Voy de camino hacia su zona, Colonial Landing, en el muelle.

Conozco mejor que bien la urbanización residencial. Pete Marino y mi hermana Dorothy tienen una casa allí, los adosados de lujo a tiro de piedra del distrito histórico donde Benton y yo compramos una antigua propiedad que todavía tenemos que acabar de reformar. Lucy vive con nosotros en la casita de invitados, todos cerca y seguros por una vez. O eso creía yo, aunque no hay ningún lugar inmune a la violencia.

Pero es poco habitual en Old Town. El homicidio es una anomalía, hay una media de uno al año, por lo general un atraco, una pelea doméstica que se tuerce fatalmente, sobre la base de las estadísticas que he estudiado. Las violaciones y las agresiones son poco comunes, y lo que más les preocupa a los vecinos son los robos en casas y en vehículos.

—Gwen Hainey. —August me dice el nombre de la mujer desaparecida—. Una ingeniera biomecánica de treinta y tres años que trabaja en Laboratorios Thor. A unos treinta kilómetros de usted en Vienna, una de esas grandes compañías tecnológicas allá por la I-95.

—Conozco Thor, o al menos su reputación. ¿A qué se dedica exactamente allí? —Voy anotando los detalles.

—La persona con la que he hablado es el director de los laboratorios, y no me lo ha explicado. Solo ha dicho que es una científica que trabaja en proyectos especiales, y como quizá sepa, mucho de lo que hacen tiene que ver con asuntos clasificados del gobierno.

—Entre otras cosas, son pioneros en la impresión en 3-D de piel, órganos, vasos sanguíneos y otras partes del cuerpo humano, incluidas orejas —le pongo al corriente.

—¿En serio?

—Aunque parezca cosa de ciencia ficción, ya está ocurriendo.

—Otra cosa que hará la vida más confusa y nos complicará el trabajo. —Esa es la opinión que le merece, y no lo conozco muy bien.

De momento, solo coincidí con él el viernes por la noche, y es lo que yo llamo un tipo guay, un tío sagaz. Discreto. No es fácil de calar. Se divorció hace poco, no tiene hijos, y me da la impresión de que anda muy ocupado para tener mucha vida social.

—¿Cómo se obtiene un perfil de ADN de piel artificial? ¿Qué hay de las huellas dactilares? —Tengo el móvil en modo altavoz para oír a August.

—De eso ya nos preocuparemos en otro momento —respondo—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien de Thor estuvo en contacto con Gwen?

—Por lo visto, nadie desde Acción de Gracias. Hoy no ha ido a trabajar, no contestaba al móvil, que no ha aparecido por ahora.

Pasa a explicarme que el director de su laboratorio estaba tan preocupado que ha llamado a Emergencias. La agente de uniforme que ha acudido al domicilio se ha encontrado la puerta de Gwen cerrada, sin indicios de que se hubiera forzado la entrada.

—La agente Fruge. —August se pregunta si la conozco.

Fruge suena a frugal, y tengo la sensación de que ese apellido tan poco habitual forma parte de mi pasado. Me pregunto en voz alta si la agente a la que se refiere está relacionada con la controvertida toxicóloga con la que estuve trabajando en Richmond.

—Sí, la misma —dice—. Blaise Fruge es hija suya, y pasó brevemente por el escenario el viernes por la noche; fue la primera en llegar.

Dice que la agente de policía de Alexandria estaba de patrulla rutinaria cuando se descubrió el cadáver. Oyó el aviso por radio, y seguramente ya se había marchado para cuando llegué yo. Pero no hubiera sabido decir quién estaba presente, porque el parque estaba atestado de policías mientras yo me ocupaba del cadáver.

—Una trepa engreída, y esos son los peores —añade August cuando empieza a vibrar mi pulsera de actividad al llegar mensajes y correos—. Tiene que andarse usted con cuidado, esa se cree que es la próxima Sherlock, pero no lo es, se lo aseguro.

—A ver si lo entiendo bien —contesto—. La agente Fruge respondió al aviso de que se había hallado un cadáver en Daingerfield Island. Y ahora ha respondido al aviso de una persona desaparecida que podría estar relacionada. Esa se mueve mucho, por lo visto.

—No creo que tenga vida propia, si le interesa mi opinión.

—¿Qué ha ocurrido al llegar ella a Colonial Landing?

—Ha ido a ver al encargado para que la dejara entrar en el adosado de Gwen Hainey, y está claro que ocurrió algo violento. —August sigue sonando por el altavoz mientras miro el mensaje de texto que me acaba de enviar Benton.

Ha tenido noticias de Maggie, y ahora va hacia casa, con retraso, cosa rara en él. No sabía que fuera a ir a ninguna parte hoy, aunque estaba teletrabajando. Le envío una respuesta rápida para preguntarle si va todo bien mientras August sigue explicándome lo que ha encontrado la agente Fruge en el interior del adosado.

2

—Su mochila está encima de la mesa de la cocina, el monedero y las llaves dentro, no parece que hayan hurgado en nada. Pero, como he mencionado, no hay rastro del móvil —dice August mientras me levanto de la mesa—. Pediremos el historial al proveedor telefónico para ver cuándo hizo o recibió llamadas por última vez, y de quién.

—¿Qué hay de su coche? —Entro en el cuarto de baño de la oficina donde tengo una muda de ropa.

—Por lo que tengo entendido, trabajaba desde casa varios días a la semana. —Su voz me sigue mientras me desplazo por ahí—. El resto del tiempo la lleva al trabajo algún colega o llama a un servicio de transporte. No tiene ningún vehículo registrado a su nombre.

—Eso no es muy habitual —contesto en el momento en que me llega un mensaje de texto de Benton—: «Vuelvo en coche de una reunión inesperada».

—¿Qué más sabemos de Gwen? —Me estoy quitando los zapatos y el pantalón.

—Eso tampoco es muy habitual —dice August—. Si la buscas en Google, no hay nada. Es como si no existiera.

—¿En redes sociales tampoco? —Cuelgo el traje de una percha.

—No, ni siquiera en Twitter. Tampoco hay ningún artículo sobre ella. Nada.

—¿Hay fotografías en su domicilio, quizá alguna enmarcada por ahí? ¿Un álbum de fotos? ¿Alguna foto que pueda ser de ella? —Sentada encima de la tapa del retrete, me pongo unos calcetines gruesos—. ¿Sabemos el aspecto que tiene Gwen?

Me imagino la cara de la víctima asesinada, la melena castaña y la constitución atlética, y sospecho que era atractiva, aunque no es fácil saberlo.

—Eso mismo le he preguntado a Fruge, y no hay fotografías por el momento. Su director de laboratorio la describe como de en torno a uno sesenta y ocho —dice August cuando me estoy poniendo unos pantalones cargo negros—. Quizá unos cincuenta y cinco kilos, ojos castaños y pelo castaño hasta los hombros.

—Más o menos coincide, pero hay mucha gente así —respondo, sumida en mi aprieto habitual.

Quiero identificar a la víctima, pero lo que le ocurrió no se lo desearía a Gwen Hainey ni a nadie más.

—Tengo una copia electrónica de su carnet de conducir —dice August—. Es una foto antigua, lleva el pelo muy corto y rubio. La fecha de nacimiento es el 5 de junio de 1988. Mide uno sesenta y cinco, lo que más o menos coincide, pero pesa casi catorce kilos más, y no puedo jurar que sea la misma persona. Por lo visto, el adosado en el que está es de alquiler a corto plazo, y hay muy pocas pertenencias personales.

—¿Lleva algún tatuaje? —Me estoy calzando las botas.

—Su director de laboratorio no estaba al tanto de ninguno visible, y no le he mencionado lo que sabemos sobre el tatuaje que tiene la mujer asesinada.

—¿Y sabemos por qué Gwen se mudó temporalmente a Old Town? —Intento atarme los cordones con doble nudo.

—Por lo que me han dicho, se acababa de incorporar a su puesto en Thor. No quería contraer ningún compromiso a largo plazo hasta estar segura de que todo iría bien. Por lo visto, tenía prisa por mudarse al adosado lo antes posible.

—¿Mudarse desde dónde? —Me pongo una camisa táctica negra de manga larga con el emblema de la Oficina del Jefe de Medicina Forense, un caduceo y la balanza de la justicia bordadas en azul, oro y rojo.

—Boston —contesta August cuando salgo del cuarto de baño abrochándome—. Le he enviado una foto, la que me ha hecho llegar Fruge. Es de una pesa rusa de cinco kilos que está en la entrada del adosado, un sitio extraño a menos que la estuviera usando como tope de puerta, ¿verdad?

—Estoy abriendo la foto —le digo mientras lo hago.

La pesa rusa es redonda, con la parte inferior lisa, de color azul intenso con un asa curva de reluciente acero inoxidable. Está volcada a la izquierda de la puerta principal en el suelo de madera, y August se pregunta si quizá la usó un agresor para golpear a Gwen en la nuca.

—Suponiendo que ella y la mujer asesinada del viernes por la noche sean una y la misma —añade.

—¿Seguro que la agente Fruge no ha tocado nada? —Amplío la foto en el móvil.

—Dice que no, salvo para mirar dentro de la mochila. Al efectuar la inspección, llevaba mascarilla y guantes; ha ido con cuidado. O eso dice.

—Y luego, ¿qué?

—Luego se ha quedado esperando que llegaran los de la científica, que han hecho una inspección general tomando imágenes de vídeo y fotos. Pero no entrarán a procesar nada hasta que usted y yo echemos un vistazo.

—Solo que no sabemos si se trata del escenario de un crimen, ¿verdad? —Planteo la pregunta más evidente.

Me imagino a la ingeniera biomédica desaparecida volviendo a casa y encontrándosela llena de polis poniéndola patas arriba. Sería peor aún en presencia de la médica forense, y no me hace ninguna falta algo así el primer mes de trabajo; bastantes problemas tengo ya.

—¿Cree que hay suficientes motivos razonables para pedir una orden de registro? —le pregunto a August.

—Tendremos la orden en menos de una hora.

—¿Por qué cree que ha sucedido algo violento? —Abro un armario y cojo la maleta Pelican grande y negra que llevo a los escenarios—. ¿De qué indicios de forcejeo hablamos?

—Por lo visto, hay sangre en el interior del garaje, y el mobiliario está desordenado en la sala de estar. Me parece que más vale que venga —dice, y colgamos.

Al tiempo que me pongo el abrigo, cierro por hoy y enfilo el pasillo sin ventanas bordeado de puertas de despacho cerradas, las paredes y el suelo gris pálido, la iluminación tenue. Wyatt, el vigilante de seguridad, sale del ascensor y viene hacia mí con lo que supongo que es su cena en una bolsa.

—Que pase una buena noche —le deseo—. Y tranquila, esperemos.

—Por aquí todo está siempre tranquilo, señora. Demasiado tranquilo. —Dobla a la izquierda hacia la sala de descanso donde el investigador forense de servicio prepara café en una cafetera de émbolo.

Fabian lleva el mismo uniforme táctico que yo, y a ser posible hubiera preferido no encontrármelo ahora. Salta a la vista que voy a un escenario con la maleta Pelican en la mano, y no quiero que me acompañe ni se plantee siquiera hacerlo.

—No debería ir sola —dice, y es evidente que mi secretaria ha hablado con él—. He visto a Maggie cuando se iba hace unos minutos, y creía que es mejor que la acompañe al adosado. Ya estoy listo, y los cafés se pueden llevar. ¿Quiere uno?

—No, gracias.

A todas luces, August la puso al tanto de los detalles, y no debería haberlo hecho. Imagino que luego Maggie se los transmitió a Fabian, dando órdenes como si dirigiera la oficina, y eso tampoco debería haber ocurrido.

—¿Seguro que no quiere que conduzca yo? —Me ofrece una sonrisa reluciente, y es capaz de mostrar encanto cuando quiere, eso lo reconozco.

Auxiliar médico en Luisiana antes de trabajar aquí, tiene cerca de treinta años y podría pasar por un modelo gótico con las joyas de plata, los tatuajes, los rasgos finos y la larga melena negra en plan Cher. Es de lejos el mejor investigador de los tres que tengo; uno de ellos a punto de jubilarse, el tercero, nada del otro jueves.

—Si lo necesito, ya se lo haré saber —le digo a Fabian—. Pero no creo.

—No tengo noticia de ninguna entrega —se apresura a decir Wyatt haciéndose oír por encima del ruido del microondas a la vez que me mira con recelo—. No se espera que traigan nada, ¿verdad?

—De momento no, y esperemos que la cosa siga así —respondo.

—Parece que se encamina a un lugar relacionado con la mujer asesinada de las vías del tren. —Fabian sirve una taza del café tan fuerte que prepara, una mezcla de achicoria ahumada que le envía su madre de Baton Rouge.

—Es posible —respondo preguntándome por qué todo el mundo cree que puede saltarse los límites e interrogarme.

—Bueno, si es lo bastante importante para que le pidan que vaya a verlo… —Remueve su edulcorante preferido, néctar de agave—. ¿Seguro que no quiere ayuda? Estoy familiarizado con el caso.

Trabajó conmigo en el escenario el viernes pasado por la noche, pero eso no significa que necesite su ayuda ahora. No es más que otro ejemplo de lo que ocurre cuando la persona al mando está aislada y no presta atención. Elvin Reddy ha conseguido propiciar que todo el mundo se crea con derecho a hacer lo que le venga en gana.

Les doy las buenas noches a Fabian y Wyatt y me voy. Evito los ascensores siempre que puedo desde el coronavirus. Mis botas emiten un eco apagado en el interior de la caja de hormigón de la escalera, y en la planta baja abro la puerta sin ventana de la salida de emergencia. Voy por otro pasillo, este blanco hospital con luces resplandecientes, y no hay ni rastro de nadie; nadie vivo, claro.

La sala del escáner está cerrada con llave, la luz verde encendida delante de la puerta; el técnico ya se ha ido hoy. La suite de autopsias está vacía; las mesas de acero inoxidable, los carritos y las encimeras, tan limpios que relucen a la espera de casos nuevos. Siempre los habrá: el siguiente accidente u homicidio. Otra persona que pone fin a todo o cae muerta inesperadamente, aquellos a los que dejan atrás cambiados de manera irreparable.

Cuando me acerco al laboratorio de antropología, oigo el quedo traqueteo de los huesos descarnándose en el agua con lejía donde se cuecen durante días. Por las ventanas de observación a lo largo de ambos lados del pasillo veo la olla de veinte litros humeando encima de la placa de cocina portátil, los restos a medio descomponer del esqueleto que descubrió un cazador la semana pasada.

Por otra ventana veo sus botas podridas, la ropa, un paquete de Marlboro, una botella de medio litro de whisky Fireball, un billetero y lo que contenía diseminado sobre una mesa cubierta con papel dentro del almacén de pruebas. La causa y el modo de la muerte siguen por determinar. Sospecho que murió hace un año, de acuerdo con lo que descubrió la policía cuando registraron la casa del mecánico jubilado cerca de Fort Belvoir.

Dentro del área de admisión, el empalagoso aroma a desodorizador industrial es muy intenso cuando dejo la maleta del escenario del crimen y el maletín encima de un carrito delante de la enorme cámara frigorífica. En las pantallas digitales se ven las temperaturas y demás información que puedo seguir por medio de una aplicación. Todo está en verde, así que me pongo los guantes desechables y la mascarilla quirúrgica.

Cojo una regla de plástico de quince centímetros y guardo el móvil en una funda protectora antimicrobiana para hacer más fotografías si es necesario. Abro la puerta de acero inoxidable de la cámara y, al entrar, el aire que sale por los conductos de ventilación es gélido y asqueroso. La bolsa negra para restos humanos que contiene a la mujer está encima de una camilla en un rincón del fondo, y no hay nada en la etiqueta que lleva atada al dedo gordo del pie salvo la fecha «30/11» y la ubicación «Vías del tren de Daingerfield Island» garabateadas en tinta corrida.

Abro en parte la cremallera de la gruesa bolsa del vinilo y el rostro de la mujer asesinada tiene peor aspecto que cuando le hice la autopsia hace unos días. Las abrasiones y contusiones son de un rojo más furioso en contraste con el cadáver pálido y exangüe. La reacción vital de los tejidos a las heridas indica que sobrevivió el tiempo suficiente para que su asesino acabara lo que había empezado.

No hay indicios evidentes de agresión sexual, pero eso no significa necesariamente gran cosa. No hay duda de que se trata de un homicidio con móvil sexual, todo gira en torno al dominio, y sospecho que no conocía al agresor, aunque quizá se fio de él al principio. De no ser así, no entiendo cómo este accedió a su domicilio o dondequiera que se enfrentara a ella.

Una vez muerta, dispuso lascivamente su cuerpo desnudo junto a las vías del tren para horrorizar a los pasajeros del siguiente tren que pasara. Eso si se lo preguntas a mi marido, psicólogo forense, con su base de datos interna de pesadillas, y seguramente esté en lo cierto. No hay duda de que el cadáver se exhibió de forma deliberada, así que hago unas fotografías de su cara.

Las pupilas de los ojos nublados están fijas y dilatadas, los labios de un azul tirando a púrpura y endurecidos. La herida abierta del cuello es de color rojo oscuro y reseca, y me llega el hedor rancio a descomposición refrigerada mientras manipulo la cabeza volviéndola hacia un lado. No llevaba muerta mucho tiempo cuando la examiné en el escenario, las extremidades todavía no se habían quedado rígidas del todo.

Desde entonces, el rigor mortis se asentó y desapareció, los músculos se destensaron como incapaces de seguir resistiéndose a lo inevitable. Noto la nuca afeitada fría y como cenagosa al palpar la fractura de cráneo hundida y los bordes del hueso aplastados de un solo golpe abrumador. Probablemente con la pesa rusa en cuestión; lo sabré con seguridad cuando examine más a fondo el escenario.

La zona contusa y lacerada del cuero cabelludo es de unos diez centímetros de diámetro, la forma redondeada concuerda con la posible arma. Se usara lo que se usase, el golpe en la cabeza debió de dejarla incapacitada de inmediato.

Después no anduvo ni habló. No es la causa de la muerte, aunque pudo serlo al final. Tras sobrevivir el tiempo suficiente para que hubiera inflamación y hemorragia interna, falleció en cuanto le rajaron el cuello de oreja a oreja con algún tipo de instrumento de filo no dentado.

Una vez muerta, le cortaron las manos, lo que significa que no hay huellas dactilares. Quizá ese fuera el motivo. Pero hay otras maneras de identificar a alguien, y de momento no hemos tenido éxito. No está en la base de datos de los Sistemas de Índice Combinado de ADN del FBI —también conocidos como CODIS—. Tal vez tengamos suerte con un perfil genealógico.

Igual averiguamos algo importante gracias a otras pruebas que empecé a recoger en el escenario, sobre todo partículas microscópicas de óxido, madera y minerales diversos que coinciden con el suelo rocoso por el que discurren las vías del tren. Pero también hallé fibras por todo el cuerpo, incluido el pelo, y sospecho que su procedencia puede ser lo que utilizó el asesino para envolverla durante el transporte.

Algo así como una manta multicolor de tejido sintético, y tengo la sospecha de que la primera agresión tuvo lugar bajo techo. Me la imagino presa del pánico, intentando huir del agresor, chocando con cosas mientras él la agarraba antes de dejarla inconsciente de un golpe.

Luego la trasladó a alguna parte y acabó con ella, seguramente cerca de las vías del tren donde la dejó. No encontramos pruebas de ello cuando registramos la zona el viernes por la noche, pero llovía lo bastante como para que cualquier resto de sangre se hubiera borrado o resultara casi imposible de encontrar en el parque, tan extenso y densamente boscoso.

Hago varias fotografías más antes de volver a cerrar la cremallera de la bolsa y desprenderme de los guantes. Rodeo las camillas donde yacen otros pacientes de esta triste clínica. Una vez fuera de la cámara, me quito el equipo de protección personal (EPP). Todo va al cubo rojo de la basura de riesgo biológico, y me unto las manos con una buena dosis de desinfectante antes de recoger mis pertenencias.

Paso por delante de la oficina de seguridad y no hay rastro de Wyatt detrás de la ventana de vidrio a prueba de balas. Seguro que sigue refugiado en la sala de descanso supervisando las cámaras de seguridad en la pantalla que hay allí. No le gusta el depósito de cadáveres, sobre todo fuera de horas. A mucha gente no le gusta, lo que siempre me ha parecido una tontería, porque los muertos nunca van a hacerte ningún daño.

Salgo del edificio por el área de carga y descarga donde entregan los cadáveres y se los llevan. Del tamaño de un hangar pequeño, ahora está vacía, igual que nuestra furgoneta de respuesta de emergencia móvil. Cerca hay una lancha zódiac y palés de bolsas resistentes para restos humanos recuperados del agua, sábanas desechables, litros de desinfectante y demás necesidades.

El suelo pintado con resina epoxi beis sigue húmedo después de que lo hayan limpiado con manguera, y mis botas emiten un ruidillo pegajoso. Al tiempo que me abrocho el abrigo y me pongo la capucha, abro la puerta de salida para peatones y me sobresalta el retumbo gutural de un motor turboalimentado al ralentí en la oscuridad volátil.

3

Pete Marino se acerca en su furgoneta de caja abierta con cristales tintados mientras espero bajo el aguacero junto a la puerta del área de carga y descarga del depósito. Sus faros iluminan el Subaru en el que voy y vengo de casa en la plaza de aparcamiento reservada para el médico forense jefe, quizá la única ventaja del puesto tal como van las cosas.

—Monta, doc. No vas a conducir a ninguna parte ahora mismo —dice con voz atronadora por la ventanilla a medio bajar, y hacía tiempo que no lo veía con aire t

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