Los vecinos de enfrente

Nicole Trope

Fragmento

Prólogo. 15 de diciembre, 14.30 horas

Prólogo

15 de diciembre, 14.30 horas

Margo levanta a su hijo, Joseph, de la cuna después de su siesta vespertina. Tiene la espalda húmeda a pesar del aire acondicionado de la casa. Fuera, las cigarras se quejan bajo el calor implacable. La temperatura ha llegado hasta los treinta y nueve grados que había pronosticado el hombre del tiempo esta mañana y Margo espera que el cambio a más fresco que también ha prometido llegue pronto.

—Tienes calor, ¿verdad, chiquitín? —Sonríe a su hijo de cinco meses y él contesta con un gorjeo—. Bienvenido a tu primera ola de calor australiana. Seguro que la primera de muchas. —Le alisa los mojados rizos castaños con un cepillo suave y le limpia la cara con un paño mientras lo sostiene en brazos.

Cuando está dejando a Joseph sobre el cambiador, oye fuera un chasquido, un estallido, y el fuerte ruido sobresalta al niño, que abre su boquita y arruga sus ojos azules preparándose para llorar.

—Ay, no, chiquitín. No tienes por qué preocuparte. No es más que el ruido de un coche o una rama que se ha caído. No llores, hombrecito. —Habla con un tono suave y tranquilizador mientras la cara de él se relaja. Scott cree que es demasiado sensible a los ruidos porque Margo insiste en que la casa esté prácticamente en silencio mientras duerme, pero Scott se pasa todo el día en el trabajo y no tiene que levantarse por la noche y Margo sabe que Joseph duerme mejor cuando no hay ruido.

El sonido ha sido cerca; espera que no sea una rama de uno de los grandes árboles de boj que hay en la calle. Hace unos meses, durante una tormenta, se cayó una sobre un coche aparcado en la puerta de una casa de la misma calle, le hizo añicos el parabrisas y le abolló el capó. Al menos no había nadie dentro del coche en ese momento. Después de la tormenta, salieron todos los vecinos para ver cómo apartaban la rama y la grúa se llevaba el coche. Fue lo más emocionante que pasó en esa calle en todo el año.

Joseph le sonríe.

—Muy bien —comenta ella mientras le cambia el pañal—. ¿Qué podemos hacer esta tarde? ¿Quieres que vayamos a dar un paseo por el parque? Así vemos los patos. «Cua, cua», dice el pato.

Lo levanta y deja que se mire en el espejo, algo que a él le encanta hacer.

—¿Quién es ese niñito? ¿Es Joseph? ¿Es Joseph el del espejo? —Sonríe a sus ojos azules iguales que los de ella.

Y entonces otros dos fuertes estallidos atraviesan el aire, sobresaltando a Margo, que da un respingo.

Joseph empieza a gemir.

Lo acerca a la ventana. Los altos árboles que se alinean por la calle tapan el resto de las casas, pero Margo tiene una buena visión de la calle, en general tranquila.

No va a decírselo a nadie, pero esos ruidos le han parecido disparos, un estallido fuerte que ha atravesado el aire. No es que haya oído disparos en ningún sitio aparte de en la televisión y las películas, pero no se imagina qué otra cosa ha podido ser.

Sufre un momento de pánico al darse cuenta de repente de lo aislada que está en su nueva casa. Va en busca del teléfono móvil para llamar a Scott al trabajo.

Al volver a la ventana, espera a que conteste y chasquea la lengua cuando salta el buzón de voz. El calor se eleva desde el asfalto. Hay una furgoneta blanca aparcada delante de la casa de Katherine, que está enfrente. Margo desvía la vista un poco hacia un lado y ve a la vieja metomentodo de Gladys en la acera, mirando fijamente la casa de Katherine con el teléfono en la oreja.

Margo observa cómo un coche de la policía se detiene lentamente delante de la casa. Scott y ella llevan ya nueve meses viviendo aquí y nunca ha visto un coche patrulla pasar de camino a ningún sitio. Se queda inmóvil en la ventana, contemplando cómo se va desarrollando un drama justo enfrente de su casa.

Gladys dice algo que Margo no puede oír mientras sus manos señalan frenéticas hacia la casa de Katherine y la policía sale despacio del coche; a continuación, desaparece en ellos toda lentitud. Empiezan a correr a la vez que una agente de policía habla por la radio que tiene sujeta al hombro.

—Ay, Dios santo —dice Margo abrazando con más fuerza a su hijo mientras las manos le tiemblan al recordar el sonido de la puerta de un coche cerrándose con fuerza esta mañana, un grito ronco y, después, el vehículo de John derrapando al salir por el camino de entrada de sus vecinos a las seis de la mañana. Recuerda que pensó: «Deben de haber tenido alguna discusión».

Iba a mencionárselo a Scott, a preguntarle sobre qué habría podido discutir esa pareja. John y Scott se toman algunos domingos por la tarde una cerveza juntos, aunque Katherine y ella nunca han tenido gran cosa que decirse. Margo pensó que podría estar relacionado con el hecho de encontrarse en momentos distintos de su vida. Los mellizos de Katherine tienen cinco años y ya han dejado atrás la fase de bebés mientras que Margo todavía se siente como una novata.

Pero, cuando Scott terminó de ducharse esta mañana, Joseph necesitaba un cambio de pañal y no tuvo oportunidad de hablar con él. «Se lo preguntaré esta noche», recuerda que pensó.

Y después Margo empezó con su jornada habitual y ya no volvió a pensar en ello. Las parejas discuten, los maridos se van malhumorados y todo se resuelve por la noche.

Pero a la policía no se la llama por una simple discusión.

Margo se muerde el labio. Da un suave beso en la mejilla a su hijo y se pregunta por qué exactamente habrán llamado a la policía.

—La vieja entrometida de Gladys sabrá qué está pasando —le dice al niño. Va a la puerta de la casa, la abre y una ráfaga de calor le envuelve su cuerpo fresco—. ¿Qué está pasando, Gladys? —grita a la vez que siente que ahora es ella la entrometida que se muere por saber.

—Ay, Margo —dice Gladys cuando la ve—. Vuelve dentro, métete. Tiene una pistola. Entra en casa.

—¿Qué? —pregunta Margo creyendo que no ha oído bien a la mujer.

Gladys mueve los brazos en el aire.

—Vuelve a meterte en casa, Margo —grita—. Es Katherine. Han sido… ¿No lo has oído? Han sido disparos… Por favor, entra, llévate al niño.

Margo abre la boca para contestar, pero, en ese momento, Joseph se mueve en sus brazos y el miedo hace que abrace a su hijo con más fuerza. Vuelve atrás, cierra la puerta de la calle de golpe y echa la cerradura y, después, lleva a Joseph a su dormitorio y bloquea también la puerta con pestillo. Se sienta a los pies de la cama, apartada de la ventana, coge el teléfono y marca una y otra vez el número de Scott, aunque no deja de saltar el buzón de voz.

No parece que transcurra mucho tiempo antes de que el aire se inunde de sirenas que acallan a las cigarras y cualquier otro sonido. Margo espera en el suelo con su hijo, sintiendo el golpeteo de su corazón en los oídos. Scott no responde, pero ella no deja de pulsar su nombre en la pantalla, abrumada por la urgencia de decirle que lo quiere.

—No pasa nada, chiquitín, no pasa nada —le murmura a Joseph, que está tumbado bocarriba a su lado tratando de llevarse los pies a la boca—. No pasa nada —repite mientras espera a que su barrio de las afueras vuelva a ser el lugar tranquilo que tanto ha llegado a apreciar, aunque sabe que, en cierto modo, ya nada será lo mismo.

1

Siete horas antes

LOGAN

Logan aparca su furgoneta en la puerta de una casa grande con un césped delantero verde esmeralda, bien recortado y cuidado. Los setos de delante de la valla de metal negro son de una forma cuadrada perfecta. Un arco por encima de la verja delantera tiene hiedra enredada salpicada por flores blancas entre el verde follaje.

El termómetro de la furgoneta marca veinticuatro grados y apenas son las siete y media de la mañana. Va a ser un día de verano sofocante y se siente afortunado porque solo tiene que subir y bajar de la furgoneta para entregar sus paquetes y no trabajar fuera. Respira hondo y da las gracias en silencio a su cuñado, Mack, por darle esta oportunidad.

«Lo hago por Debbie, colega —le dijo Mack dos meses antes cuando le entregó las llaves de una de sus furgonetas—. Siempre me has caído bien, lo sabes, pero no puedo tolerar que haya ningún fallo en tus entregas. A la primera queja que reciba te pongo de patitas en la calle, ¿de acuerdo?», añadió mientras se tiraba de los mechones de pelo del mentón que él insistía en llamar barba.

«Entendido», contestó Logan mirando a su alto y delgaducho cuñado y apretando los puños para controlar la rabia que sentía, consciente de que era más humillación que rabia. Era demasiado mayor como para suplicar trabajo. Si Mack hubiese hablado con él de esa forma tan condescendiente cinco años atrás, habría sentido la necesidad de darle una paliza, por muy cuñado suyo que fuera. Pero eso era entonces y ahora es ahora.

Sale de la furgoneta y aspira el calor de la mañana, bañado con el olor a madreselva y a algo más que podría ser fruta podrida. Los cubos de basura se alinean en la calle a la espera de ser recogidos, lo que sirve de explicación. Escucha y puede oír el silbido, el chirrido y el estruendo de un camión de basura haciendo su trabajo unas calles más allá. Mejor que entregue ya esto y se quite de en medio.

Suena un mensaje en su teléfono y lo mira.

Llámame.

—Va a ser que no —murmura, y se mete el móvil en el bolsillo, fastidiado porque parece que no puede transcurrir un día sin que su pasado haga acto de presencia. Su pasado es la razón por la que conduce ahora una furgoneta para Mack y baja la cabeza cada vez que su cuñado le dice que tiene que seguir por el buen camino. Su pasado y sus esperanzas de un futuro con Debbie, que tiene los mismos pómulos altos, pelo rubio y ojos avellana que su protector hermano mayor pero mezclados con unos labios carnosos y una sonrisa con hoyuelos. Anna, la mujer de Mack, también es alta, delgada y rubia. En las fotos de grupo con la familia de Debbie, Logan, con su denso pelo moreno, sus ojos azules y su piel tatuada, parece como si se hubiese colado por error en la imagen.

Abre la puerta lateral de la furgoneta y localiza la caja que contiene lo que claramente es un ordenador portátil nuevo. Deben firmarle la entrega o tendrá que dejarlo en la oficina de correos de la zona al final de la jornada. Espera que el dueño se encuentre en casa. Odia tener que estar por ahí todo el día con aparatos electrónicos caros en la parte de atrás de la furgoneta. El miedo a que le roben y le echen la culpa no lo abandona nunca.

Al echar un vistazo por la valla metálica negra de delante de la casa, admira la abundancia de colores rosas y púrpuras en el jardín de verano y siente alivio al ver que no hay ningún perro. Distingue dos patinetes tirados en la hierba, uno azul y el otro rosa neón. Parecen más o menos del mismo tamaño; los niños que viven aquí deben de tener una edad cercana.

Abre la verja y recorre el camino de piedra hasta una puerta delantera de madera con un gran pomo negro y un pequeño cuadrado metálico que probablemente sea una mirilla. Pulsa el botón de un panel electrónico que se encuentra junto a la puerta de entrada y escucha mientras el timbre suena por toda la casa con alguna melodía que reconoce pero no sabe identificar.

Se queda ahí esperando oír pasos o gritos de niños. Es un poco temprano para que se hayan ido ya al colegio y espera que sigan en casa. Hay un colegio a solo una calle de allí; se recuerda que debe conducir con cuidado por la zona durante el siguiente par de horas.

Logan observa a su alrededor admirando los grandes tiestos grises llenos de damasquinas junto a la puerta. Todo su piso podría caber solamente en el jardín delantero de esta casa. El jardín de atrás debe de ser aún mayor y sabe que habrá una piscina y puede que hasta una pista de tenis. No siente envidia por ello. Cada uno tiene una vida que vivir y un camino que seguir. Le gusta donde está ahora mismo, a pesar del trabajo aburrido y la ligera condescendencia de su cuñado. Le gusta tener un cuñado y un trabajo.

Oye un chirrido y se da cuenta de que han abierto la mirilla desde dentro.

—¿Sí? —pregunta una voz de mujer, vacilante y recelosa.

—Sí, tengo una entrega para Katherine West. —Se inclina un poco hacia delante, pero no logra ver nada aparte de un vidrio oscuro.

—Gracias…, gracias… ¿Puede dejarlo junto a la puerta?

—Lo siento, pero me lo tiene que firmar.

—Ahora mismo es imposible —responde la mujer.

Logan suspira. Si deja el ordenador allí solo y ella llama para quejarse de que no lo ha recibido, será el fin de su trabajo.

—La verdad es que no puedo dejarlo aquí, señora. Me lo tiene que firmar. Si necesita… vestirse o algo así, no me importa esperar.

—No —insiste la mujer—. No puedo abrir la puerta. —Su voz suena firme, como si le estuviese explicando algo que él ya debería saber.

Logan siente que se ruboriza. Está sudando por el calor de la mañana.

—No me está permitido dejarlo aquí, así que tendré que llevarlo a la oficina postal de su barrio, ¿de acuerdo? Podrá recogerlo allí en cualquier momento a partir de las cinco. —Da un paso atrás dispuesto a irse antes de decir ninguna tontería. Odia la forma en que esta gente con sus grandes casas lo miran. Se imagina lo que ella está pensando mientras lo observa por la mirilla. No podrá ver mucho aparte del pequeño tatuaje de la calavera y los huesos cruzados que tiene en el pómulo, pero es suficiente para que ella haya decidido quién es.

Lo entiende, pero lleva puesto el uniforme y tiene la caja en las manos. La levanta aún más, casi hasta taparse la cara. Una gota de sudor le baja por la espalda. La mujer no dice nada más, aunque él nota que no se ha movido de la puerta. «Esto no merece la pena». Se da la vuelta.

—No puedo abrir la puerta —repite ella—. Por favor, deje la caja —dice cuando él ya está en el camino de entrada para marcharse—. Por favor, entiéndalo.

—Lo dejaré en la oficina postal. Puede recogerlo después de las cinco.

—Por favor… —La voz de la mujer suena cansada, suplicante.

—Lo siento, señora —insiste él con firmeza.

Se gira de nuevo y va hacia la verja, maldiciendo entre dientes. A veces siente como si la primera entrega estableciera el tono del resto del día. A juzgar por esta, va a ser una porquería.

De vuelta en la furgoneta, sube la intensidad del aire acondicionado y respira hondo varias veces. Cuenta en silencio hasta veinte mientras siente que la rabia desaparece y que el frescor lo invade por dentro. La primera vez que Aaron le contó lo de respirar y contar, pensó que era una tontería. Pero el terapeuta le pidió que le diera una oportunidad y Logan ha descubierto que funciona de verdad. Logan no era del tipo de personas que se toman en serio los consejos de un psicólogo. No era siquiera del tipo de personas que van a un psicólogo, a menos que sea por obligación. Y le había obligado el juez. Pero, cuando empezó a hablar con Aaron, cuando dejó de quedarse sentado en cada sesión con los brazos cruzados, empezó a sacarle mucho provecho.

—¿No te gustaría que alguien supiera todo lo que has sufrido? No lo que has hecho, sino lo que has pasado —le dijo Aaron tras su segunda sesión en silencio.

—A lo mejor no he sufrido nada —contestó Logan notando cómo la mandíbula se le tensaba.

—¿De verdad? —Aaron miró por la habitación, a las paredes de color verde claro y los barrotes de la ventana—. ¿De verdad?

Logan se rascó el mentón, donde le estaba saliendo la barba.

—Mi padre me daba manotazos en la nuca y se reía diciéndome que yo era un error de borrachera. —Mientras pronunciaba esas palabras veía el gesto de asco en el rostro de su padre, el mismo que contemplaba ahora en el espejo. Debbie dice que todos los tatuajes son para tener un aspecto distinto al del hombre que cuando vio el primero le dijo: «Te hace aún más feo de lo que eras, y es mucho decir».

—Imagino que no fue muy agradable oír eso —observó Aaron—. ¿Qué edad tenías la primera vez que te lo dijo?

—Cuatro años —contestó Logan. Y después respiró hondo porque se le había hecho un nudo de dolor en la garganta. No por él, sino por el niño de cuatro años que había sido y que solo quería enseñarle a su padre su nuevo camión de juguete pero que, sin querer, había interrumpido un partido de fútbol. Por el niño de cinco años que escuchaba a sus compañeros hablar de ir a pescar con sus padres, sabiendo que el suyo prefería los domingos de descomunales sesiones de alcohol seguidas de pesadas resacas los lunes por la mañana, que prefería una fuerte bofetada durante una conversación y dejar clara su decepción cada vez que miraba a su hijo. El dolor era por todas las demás edades por las que había ido pasando, la lista de decepciones que se fueron amontonando hasta que cumplió la edad que lo llevó a la cárcel.

—Entonces, puede que sí hayas padecido unas cuantas cosas —dijo Aaron con tono suave.

Logan hizo crujir los nudillos, rabioso porque Aaron le había hecho pensar en ello. Nunca se lo había contado a nadie. Jamás. Pero una vez que empezó a hablar, le resultó difícil parar. Le contó a aquel hombre cosas que creía haber enterrado para siempre, la angustia que se suponía que jamás volvería a salir a la luz. Y le ayudó, igual que los ejercicios que le enseñó Aaron para controlar su «comprensible rabia». También hizo que fuera mejor hermano mayor para Maddy, porque pudo ayudarla a procesar algunos de sus sentimientos por haber sido rechazada por dos personas que, para empezar, nunca deberían haber tenido hijos.

Es evidente que no ha ayudado a su hermana tanto como le habría gustado o, de lo contrario, no se habría buscado un novio que parecía encarnar algunos de los peores aspectos de su padre. Patrick es un poco más joven, no tan listo como ella y básicamente un gorrón. Tiene un desagradable sentido del humor. Una vez le dijo a Maddy que era la abuela de su clase de la universidad por su edad y que le iba bien simplemente porque los profesores la compadecían y, después, empezó a reírse al ver la expresión de dolor de ella ante el comentario. «¿No sabes aceptar una broma?», le preguntó, y Logan vio cómo ella forzaba una sonrisa, lo mismo que Maddy y él solían hacer cuando vivían con sus padres. «¿No sabes aceptar una broma?», dijo su padre cuando le soltó a Maddy que se estaba convirtiendo en un bollo relleno después de que ella ganara algo de peso durante la adolescencia. «¿No sabes aceptar una broma?», le dijo a Logan cuando lo llamó «Capitán Tonto» después de suspender un examen. «¿No sabes aceptar una broma?» significa que a la persona a la que se está insultando no se le permite molestarse. La primera vez que Logan oyó un comentario así de la boca de Patrick, miró a Maddy conteniendo la necesidad de zarandearla para hacer que entrara en razón, perplejo al ver que ella no era consciente de la similitud.

Patrick también se enfada si no consigue lo que quiere. Por lo que Maddy le ha contado, Logan sabe que si Patrick no está contento se asegura de hacérselo saber dando portazos y quedándose callado. Cuando eran pequeños, Maddy y Logan sabían que, cuando su padre daba portazos y se quedaba callado, alguien iba a recibir una bofetada.

Pero Patrick no da bofetadas a Maddy porque si lo hiciera… Logan aparta ese pensamiento de su mente.

Mientras se prepara para marcharse, la negativa de Katherine West a abrir la puerta le inquieta y se da cuenta de que había algo en su voz, algo parecido al miedo, pero también una especie de súplica en lo último que ha dicho: «Por favor, entiéndalo». ¿Por qué iba a tener que entenderlo? O podía abrir la puerta o no podía porque no estaba vestida o porque estaba ocupada con algo. ¿Qué tenía él que entender?

Un escalofrío le recorre la espalda. Durante todo el tiempo que ella dedicó a decirle que no podía abrir la puerta, podría haber hecho la entrega. Lo único que ella tenía que hacer era sacar una mano, así que ¿por qué no lo había hecho?

En la furgoneta, con la ráfaga del aire frío, Logan siente un hormigueo por su piel. Aprendió muy pronto a fiarse de su instinto, a escuchar lo que su cuerpo le decía aun cuando su cerebro no parecía saber qué era.

El instinto le dice que algo va mal. Eso era lo que ella estaba haciéndole entender. Algo está pasando ahí dentro. Vuelve a mirar hacia la casa, oculta por los altos setos verdes.

Normalmente, cuando hace una entrega en una casa en la que hay niños pequeños, oye chillidos de emoción cuando suena el timbre y gritos de un padre o una madre: «¡No abráis la puerta!».

Pero en esta casa solo había silencio.

Cruza la mirada con sus propios ojos azules en el espejo retrovisor y, a continuación, mete la marcha para irse y aprieta el freno mientras mira el teléfono para ver cuál es su próxima entrega e introducir la dirección en el GPS.

Debbie cree que le da demasiadas vueltas a las cosas. No se equivoca. Si algo te da la cárcel es tiempo suficiente para pensar. Puede que esté imaginándose demasiadas cosas con esto.

«No es tu problema, cariño», sabe que le diría Debbie. Y tendría razón.

—No es mi problema —dice en voz alta y, después, se va, tratando de olvidarse de esa mujer mientras las palabras «Por favor, entiéndalo» se repiten en su cabeza y la inquietud le recorre el cuerpo.

2

GLADYS

Gladys tira del cordón para abrir las cortinas de la habitación de invitados y dejar que entre la deslumbrante luz del sol. Empuja un poco la ventana y maldice al ver cómo se atranca, igual que todas las mañanas. «Ja», dice cuando por fin se eleva. El aire es cálido y perfumado, aunque algo pegajoso por la humedad.

—Hoy deberías dejar todas las ventanas cerradas —le grita su marido Lou desde el dormitorio—. Dejar las ventanas cerradas, encender el aire acondicionado y meter a las mascotas en casa. Eso es lo que dijeron anoche en las noticias. Hoy va a hacer treinta y nueve grados, Gladys, lo único que estás consiguiendo es que entre el calor.

—Estoy dejando que salga el aire rancio de anoche. Solo voy a abrirlas unas horas. No soporto no tener aire fresco —le responde Gladys con un tono cada vez más irritado. Él sabe que a ella le gusta abrir las ventanas por las mañanas.

—Solo te estoy repitiendo lo que dijeron ayer en las noticias —contesta Lou—. No haces caso de los expertos, igual que siempre.

Gladys hace caso omiso a su último comentario. No puede empezar una discusión con Lou tan temprano.

Mira hacia la casa de al lado, a las dos ventanas que tiene enfrente. Parece que Katherine va un poco retrasada esta mañana porque tiene los estores bajados y las ventanas de los dos dormitorios cerradas. Gladys sabe que la de la izquierda es la de George y la de la derecha la de Sophie. George tiene un estor azul intenso y el de Sophie es rosa irisado. Según Katherine, fue decisión de Sophie cuando quitaron las viejas cortinas con estampado de animales el año pasado. Gladys no está muy segura de que a los niños se les deba dar la oportunidad de elegirlo todo, pero sabe que es mejor guardarse su opinión. Ha tratado a lo largo de su vida con bastantes personas que le han dicho: «Pero tú no tienes hijos, así que no lo entiendes». Una mujer cuya maternidad se ve cuestionada puede volverse bastante desagradable y Gladys ha aprendido a dejar que sea su expresión la que hable. Puede sentir sus labios apretados y sus ojos arrugarse un poco cuando ve lo que considera pobres capacidades parentales, pero no dice nada.

Le resulta raro que todavía no hayan subido los estores. Los niños suelen estar levantados temprano y Gladys se ha acostumbrado a su rutina de gritos mientras corren por el pasillo para despertar a sus padres. Hay un momento en la vida en el que un nuevo día deja de ser un motivo de alegría y se convierte en algo a lo que hay que enfrentarse y superar. Gladys desearía poder determinar la edad en la que dejó de sentirse encantada al ver el amanecer.

Ahora que lo piensa, no los ha oído esta mañana. Son unos niños muy ruidosos y no tendría que oír sus gritos por la mañana si pudieran bajar sus voces un solo decibelio, pero se lo ha mencionado a Katherine, incumpliendo su propia norma de no comentar el comportamiento de los niños con sus padres, y ha sido en vano.

«Es Lou el que necesita descansar —le dijo a Katherine—. Nuestro dormitorio está en ese lado de la casa y lo oímos todo». Gladys sabe que es culpable de aprovecharse de la enfermedad de Lou. «Mi marido está enfermo», le dice a alguien al menos dos veces al día. Sabe que a él no le gustaría que esté contando lo de su enfermedad a todo el mundo, desde la peluquera hasta la joven de la panadería, pero afecta a su vida tanto como a la de él. Ambas cambiaron de forma irrevocable hace diez años.

«Se lo diré, Gladys. Te lo prometo», contestó Katherine entonces. Estaba cargada de paquetes y parecía un poco aturullada, así que Gladys tuvo que reconocer que no había elegido el mejor momento para sacar el tema, pero no quedaba otra. Cuando George y Sophie eran bebés no había tanto ruido como ahora. Aunque en aquel entonces dormía con tapones porque no soportaba los ronquidos de Lou. Ahora sí necesita oírlo. La aterra que deje de respirar de noche y ella siga durmiendo sin darse cuenta.

—No me extraña que nos hayamos despertado tarde —le grita a Lou—. Creo que esos niños no se han levantado todavía.

El sueño es un objetivo que Gladys se esfuerza por alcanzar cada noche. Siempre se siente completamente agotada cuando se mete en la cama, pero, en el momento en que dan comienzo los ronquidos de Lou, su cerebro se pone en marcha y empieza lo que ha dado en llamar su «rueda de preocupaciones».

«¿He pagado el seguro del coche? ¿Cuándo es la próxima cita de Lou con el médico? ¿Me he asegurado de que el recibo de la luz esté domiciliado? ¿Hay suficiente dinero en la cuenta para pagarlo todo? ¿Por qué hace el coche ese ruido tan raro? ¿Cuánto tiempo más vivirá Lou? ¿Cómo voy a vivir sin Lou?».

Y su cerebro sigue dándole vueltas a todo como un hámster frenético que hace girar una rueda. La de ayer fue una noche especialmente mala y sabe que el último conjunto de números rojos que vio en el reloj que tiene junto a la cama fue 03.00. El agotamiento hacía que todo pareciera peor y que los ronquidos de Lou se convirtieran en un martillo mecánico dentro de su cabeza. Las lágrimas de amargura hicieron acto de presencia y se puso una almohada sobre la cabeza para que el ruido de su llanto no despertara a su marido. Por fin, todo quedó amortiguado y se durmió. Se sorprendió al abrir los ojos a las siete de esta mañana en lugar de a las cinco y media. Sintió de inmediato el miedo de haberse quedado dormida hasta tarde y, al darse cuenta de que la almohada había bloqueado cualquier ruido, se sentó rápidamente para ver cómo estaba Lou y despertarlo.

«Lo siento», le dijo cuando él gruñó pidiendo que «necesitaba un poco de descanso, mujer», pero no lo sentía en realidad. Al menos, seguía vivo.

—Tienen que entrar pronto al colegio —grita ahora Lou.

Cada mañana de entre semana, Katherine lleva a los niños al colegio a pie a menos que esté lloviendo o haga demasiado frío, en cuyo caso los acerca en coche. Gladys y Lou suelen estar sentados para entonces en la habitación de delante, junto al encantador ventanal que da a la calle, desayunando. Tostadas y huevos para Lou y muesli para ella. Cuando los niños pasan por delante de su casa, se asoman por la verja de metal gris de delante y saludan a Lou y a Gladys. «Ahí van esos niños», dice siempre Lou, como si Gladys no los hubiera visto. «Sí», contesta siempre ella saludándolos con movimientos exagerados para asegurarse de que los niños han visto que los ha saludado.

—Solo son las siete y media, Lou —dice Gladys.

Vuelve al dormitorio con la nariz algo arrugada al notar el calor sofocante que ya hay en la habitación a oscuras desde que ha apagado el aire acondicionado, puesto que iba a abrir las ventanas un rato. Mientras abre también las cortinas y las ventanas de la habitación, Lou la observa con los labios apretados, esforzándose por no repetir lo que opina. Está sentado en la cama, con su pelo gris de punta y su rostro más viejo por la incipiente barba blanca y gris de la mañana. Ella se da cuenta de que Lou tiene la camisa del pijama mal abrochada y se contiene para no abotonársela bien. A Lou no le gusta que lo agobien por la mañana mientras se prepara para levantarse de la cama. Gladys puede ver cómo mueve los pies bajo el edredón, estirándose para quitarse la rigidez que sus músculos han adquirido durante la noche.

—Deberían estar ya todos levantados después del modo en que John se ha marchado esta mañana —dice él con fastidio—. No me puedo creer que no lo hayas oído. Al menos he conseguido volver a dormirme. No hay necesidad de hacer tanto derrape. Y te digo una cosa, yo vendía coches y no es bueno para los neumáticos, nada bueno.

—Ya sé que vendías coches, Lou. Llevamos cuarenta y cinco años casados. No es algo que se me olvide fácilmente, ¿no? —Gladys nota su tono impaciente y se siente culpable, pero ya empieza a estar molesta por el calor de primera hora de la mañana, una sensación que ha empeorado al saber que va a tener que estar encerrada todo el día en casa porque Peter, el cuidador de Lou, no puede venir hoy. Si no fuera por eso, se iría con el coche a la playa a darse un baño. O podría llamar a Penny, que siempre está dispuesta a salir a comer a algún sitio.

Respira hondo mientras dobla el camisón y lo mete bajo la almohada a la vez que imagina que está en el mar con el olor de la sal intensificado bajo el sol y con el agua fresca arremolinándose entre los dedos de sus pies.

«Mañana iré. Pero hoy practicaré la paciencia. Señor, por

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