Capítulo 1
—No voy a quitármelo de la cabeza en toda la noche —confesó Eric Bennett—. Tendría que haberlo parado.
Los postes de la portería, como siempre, no respondieron.
Eric cogió la botella de la parte superior de la red y la apretó para meterse un chorro de agua en la boca antes de alzar la mirada hacia la pantalla del marcador, donde mostraban el gol que acababa de pasarle por delante de las narices. A cámara lenta todavía era más penoso.
—El siguiente lo paramos, ¿vale?
Eric dio un golpecito a cada uno de los postes con el stick y luego sacudió los hombros. Ahora iban 3-1 con ventaja para el equipo contrincante y aún estaban en el primer tiempo. El partido era un desastre. Eric se imaginaba qué estarían diciendo los comentaristas sobre él en aquel preciso momento. Que últimamente Eric Bennett no podía seguir el ritmo de la NHL. Que ya se le había pasado su época dorada y estaba listo para retirarse.
A la mierda. Llevaban casi diez años diciendo eso sobre Eric. Cada vez que tenía un mal partido o una lesión menor, insistían en que era hora de que dejase el hockey y se dedicara a pescar. Como si Eric no hubiera tenido algún mal partido cuando tenía veintiséis años y ganaba todos los premios al mejor portero. Como si, a la tierna edad de treinta y ocho años, no hubiera tenido un papel decisivo en la victoria de la Copa Stanley con los New York Admirals tres temporadas antes.
El capitán de los Admirals, Scott Hunter, patinó hasta él y le dio una palmada en las protecciones de los hombros.
—Iba como una flecha, Benny. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien. Y ahora cierro la puerta. ¿A que estás para marcar un par de goles?
—Por supuestísimo.
Eric inclinó el cuerpo hacia delante, preparado para retomar el juego.
—Ya no pienso dejar pasar ni una mosca —se prometió.
La promesa duró exactamente un minuto y cuarenta y tres segundos. Entonces fue cuando Shane Hollander, el maldito idiota delantero superestrella de Montreal, lanzó un tiro perfecto, de manual, que voló por encima del hombro de Eric.
«Mierda».
Eric miró hacia el banquillo y no se sorprendió en absoluto al ver al entrenador Murdock haciéndole señas para que se acercara. También vio al otro portero de Nueva York, Tommy Andersson, poniéndose la máscara.
«¡Mierda!».
—Lo siento, tíos —les dijo Eric a sus postes—. Creo que veré el resto desde el banquillo. Portaos bien con Tommy.
Patinó hacia el banquillo con la cabeza gacha. Oyó el tímido aplauso del público, que podía ser una forma de mostrar su apoyo a Eric, o quizá su alivio por que lo hubieran sustituido.
Tommy le dio un par de golpecitos en las protecciones a Eric al pasar por delante de él.
—No te preocupes, Benny.
Eric no respondió porque era evidente que sí iba a preocuparse. Y no solo ese partido, sino todo lo que quedaba de temporada.
Que tenía muchos puntos de ser la última de toda su carrera. Los compañeros de Eric lo recibieron con cautelosas palabras de apoyo cuando se desplomó en el banquillo. Se arrancó la máscara de la cara y se la dio al encargado de equipamiento, quien le entregó a cambio una gorra de los Admirals para que se la pusiera. Eric aborrecía llevar gorras. Le quedaban raras.
Se reanudó el partido y Tommy, que apenas había calentado, tuvo que parar dos tiros rápidos. Interceptó los dos, lo que le valió la aclamación del público, que estaba encantado. Tommy era buen portero. Demasiado bueno para ser el suplente de Eric, y todo el mundo lo sabía. Eric estaba seguro de que solo se había quedado tanto tiempo en los Admirals porque estaba esperando a que Eric se retirase. Puede que el equipo entero estuviera esperando a que eso sucediera.
Su mujer se había cansado de esperar.
Eric frunció el ceño. No era justo decir eso, ni siquiera pensarlo. Holly había tenido un montón de motivos para romper y él los comprendía todos. Hacía años que sabía que su matrimonio no funcionaba; la chispa que los había unido en la juventud se había apagado hacía años. Eric intentaba convencerse de que había sido culpa de sus horarios y de que Holly y él tendrían oportunidad de recuperar el amor una vez que dejase de jugar. Quizá ella también hubiese confiado en eso durante un tiempo, pero lo cierto era que, al final, ambos habían reconocido que lo más probable era que no recuperasen nunca el amor. Sus mejores años como pareja se habían esfumado y era hora de pasar página. Eric sabía que el divorcio era la mejor opción para los dos. Pero saberlo no hacía que se sintiera menos solo.
Sus compañeros de equipo no hablaron mucho con él durante el resto del partido, ni siquiera durante los descansos en el vestuario. Sabían que en esos momentos prefería que lo dejasen tranquilo. Tommy hizo un partidazo y paró todos los tiros a portería de Montreal, pero aun así los Admirals perdieron por dos goles al final.
Mucho después de que terminara el partido y de que el entrenador Murdock hubiera hablado con el equipo —entre otras cosas, para alabar el esfuerzo de Tommy—, Eric estaba sentado junto a su taquilla con la mitad del traje azul marino de Ted Baker puesto. Llevaba el cuello de la camisa desabrochado y la corbata le caía sin atar a ambos lados del cuello inclinado. Daba vueltas abstraído a la alianza de boda, que aún no había tenido ánimo de quitarse.
—Hey.
A Eric no le hizo falta levantar la cabeza para saber que Scott Hunter se había sentado junto a él.
—Hola.
—¿Qué te pasa? Me refiero, aparte del partido de esta noche. ¿Te preocupa algo?
«Qué va. Haberme divorciado y ver que voy a cumplir cuarenta y uno dentro de nada es maravilloso».
—No. Solo un mal partido, nada más.
Scott le dio una palmada en el hombro.
—Seguro que en el próximo partido lo clavas.
Eric asintió con la cabeza. Se aseguraría de que fuera así.
—Te apuntas mañana por la noche, ¿verdad? —preguntó Scott.
Por muy poco que le apeteciera a Eric ir a la fiesta de compromiso de Scott y su prometido, Kip, se obligó a sonreír y dijo:
—Pues claro. Allí estaré. Me muero de ganas.
Scott le sonrió de oreja a oreja. De hecho, Scott había sonreído mucho durante el último par de años, desde que se había enamorado de Kip Grady. Había llevado una vida triste en el armario hasta que había decidido arriesgarlo todo por tener la oportunidad de ser feliz con el chico que había conocido en el local de smoothies. Eric era una de las primeras personas con las que Scott había salido del armario y no se lo tomaba a la ligera. Estaba contentísimo por Scott, aunque en los últimos tiempos no fuera un superfán de la institución del matrimonio.
—Muy bien —dijo Scott sin dejar de sonreír—. Vamos a olvidarnos del partido, ¿vale? Y mañana por la noche vamos a divertirnos todos.
Eric le sonrió con amargura.
—¿Incluso yo?
Scott soltó una carcajada.
—Incluso tú, Benny. Yo me ocuparé de que así sea.
Kyle Swift miró al otro lado de la mesa por millonésima vez aquella mañana. No podía evitarlo. Esas quedadas para estudiar con Kip siempre le resultaban totalmente improductivas. Se pasaba más tiempo estudiando la cara de Kip que los apuntes.
Su amigo estaba enfrascado en algo que tenía en el portátil y sus ojos color avellana iban como el rayo adelante y atrás mientras leía. Una barba de tres días le cubría las mejillas y la mandíbula, cosa que a Kyle le encantaba, aunque así se le notaran menos los hoyuelos. Y, uf, Kyle había pasado demasiadas horas del último par de años contemplando aquellos hoyuelos.
Kip levantó la mirada y Kyle bajó la suya a toda prisa para dirigirla hacia el portátil.
No estaba seguro de por qué se torturaba así. Que tanto Kip como él estuvieran haciendo un máster en Historia no significaba que tuvieran que quedar para estudiar de esa forma tan ridícula. Ni siquiera iban a la misma universidad. Kyle se pasaba la mayor parte de la primera hora de estudio que compartían mirando de reojo a Kip y luego Kip se aburría y empezaba a hacerle preguntas a Kyle sobre cosas que no tenían nada que ver con sus obligaciones académicas. Lo que hacía que Kyle se derritiera eran las conversaciones. La facilidad con la que hablaban el uno con el otro, cómo se rían, porque tenían muchas cosas en común. Porque Kip era divertido y cariñoso, y un amor total. Porque era absolutamente perfecto para Kyle en todos los aspectos en los que la gente con la que acostumbraba a salir Kyle no lo era.
Qué pena que Kip tuviera novio.
—¿Kyle?
Kyle levantó la mirada y quedó hechizado por una de las preciosas sonrisas con hoyuelos de Kip.
—Eh, una cosa. Voy a rellenarme esto. —Kip sacudió en el aire la taza de café vacía—. ¿Quieres uno?
—En realidad, debería ir tirando —dijo Kyle despacio.
—Vaya.
Kip frunció el ceño.
—Pero nos vemos en la fiesta por la noche.
Kip recuperó la sonrisa.
—¡No me puedo creer que esté prometido!
—No sé qué ves en ese tío —dijo con sequedad Kyle.
Kip suspiró con dramatismo.
—Ya lo sé. Pero hay un momento en la vida en el que un hombre llega a cierta edad y a veces tiene que sentar la cabeza, ¿sabes?
—Veintiocho. ¿A esa edad te refieres?
—No quiero ser un solterón.
—Qué detalle por tu parte casarte con ese fabuloso deportista millonario.
—Ya lo sé —dijo Kip con aire solemne—. Soy muy valiente.
Ambos se rieron, y Kyle hizo todo lo que pudo por desoír el dolor de su corazón.
—A lo mejor conoces a tu futuro marido está noche —insinuó Kip juguetón.
—Ajá… Luego nos vemos.
Kyle metió el portátil en la mochila de cualquier manera y se la puso al hombro.
—¡Puede que el hombre de tus sueños esté allí! Ve con la mente abierta.
«¡Te juro que el hombre de mis sueños estará allí! Digamos que ese es el problema». Algo que, por supuesto, Kyle no dijo. En lugar de eso, contestó:
—Me pondré guapo por si acaso.
—Tú siempre estás guapo.
A Kyle se le encogió el corazón.
—No pongas celoso a Scott.
Kip resopló como si fuera la idea más descabellada del mundo. Kyle supuso que sí lo era. Cualquiera —incluso Scott— se daría cuenta de que Kip solo tenía ojos para su futuro marido.
Kip se subió la capucha de la sudadera para protegerse el pelo y las gafas de la llovizna. Supuso que la fiesta de esa noche podía servirle de inspiración para cerrar de una vez por todas la puerta de ese cuelgue inútil por Kip Grady. Kyle se había ofrecido a trabajar en la barra esa noche, sobre todo porque así tendría algo que hacer aparte de presenciar cómo su corazón se marchitaba y moría mientras Kip y Scott fundían sus caras perfectas.
Sería el punto final, decidió Kyle mientras bajaba las escaleras del metro a toda prisa. Esa noche dejaría de suspirar por Kip y quizá se divirtiera poniendo incómodos a algunos jugadores de hockey heteros al flirtear con ellos. Y después concentraría todos sus esfuerzos en encontrar a un hombre simpático, soltero y, lo más importante, adecuado con el que vivir felices para siempre jamás.
O un tío mono con un buen culo. Lo que fuera.
Capítulo 2
Kyle nunca se había sentido tan decepcionado en un bar gay lleno de tíos buenos.
Había pasado muchas horas en bares gais. Y muchas horas en ese bar en concreto. El Kingfisher había sido su principal fuente de ingresos durante varios años, y había ligado con un amplio abanico de tíos buenos en ese mismo local a lo largo de todos esos años. Se había ido a casa con un porcentaje considerable de ellos. Esa noche se celebraba en el Kingfisher que dos hombres gais iban a casarse, pero estaba hasta arriba de hombres hetero. Jugadores de hockey, en su mayor parte.
Jugadores de hockey increíblemente atractivos. Y sus mujeres.
«Agua, agua por todas partes/ pero ni una gota para beber».
Kyle suspiró y sirvió una cerveza de barril por enésima vez esa noche. Los jugadores de hockey no se arriesgaban demasiado al elegir bebidas alcohólicas. Dejó la pinta de cerveza en la barra y ofreció una sonrisa al deportista millonario alto y desaliñado que cogió la bebida sin mirar siquiera a Kyle.
Bah, heteros. Qué cruz.
En otro tiempo, haber conocido siquiera a una estrella de la NHL habría sido emocionante, pero, desde que Scott Hunter había pasado a frecuentar el Kingfisher y desde que Kyle se había hecho amigo de Kip, los jugadores de los New York Admirals habían pasado a ser algo habitual en la vida de Kyle. Algo aburrido, incluso.
—¿Qué, te diviertes?
Aram, el compañero de trabajo de Kyle, le dio un golpe en broma con la cadera mientras iba a coger otra pinta.
—A ver, me divertiría más si alguno de estos tíos supiera ligar —refunfuñó Kyle.
—Ya lo sé. Qué desperdicio, ¿eh? Está el bar lleno de tíos perfectos, y no valen para nada.
—Perfección de chichinabo —coincidió Kyle.
Aram apoyó los dos brazos enormes en la barra y se inclinó hacia delante, sonriendo a la multitud atractiva y agitada.
—Pero aun así… Es divertido mirarlos. ¿Tú has visto a Matti Jalo de cerca?
—No tan de cerca como me gustaría.
Aram se rio cuando un tipo que desde luego no era el buenorro del defensa finlandés de los New York Admirals fue con calma hasta la barra y pidió un par de cervezas. Aram se puso a servirlas mientras intentaba en vano flirtear con él. Kyle se dedicó a mirar por la sala.
Oooh. Eric Bennett.
El portero estrella de los Admirals estaba apoyado en la barra, y al parecer se dedicaba a mirar más que otra cosa. Kyle no lo conocía mucho, pero lo había visto alguna que otra vez en el bar con Scott y Kip, y era justo el tipo de hombre que le gustaba. O, mejor dicho, era justo el tipo de hombre del que ya no se podía permitir pillarse. Pero mirar no hacía daño a nadie. A Kyle siempre le había gustado el pelo oscuro y rizado de Eric y la barba corta y bien cuidada que llevaba, ambos entrecanos. Era alto y esbelto y siempre parecía muy maduro y elegante en comparación con otros jugadores de los Admirals.
Ahora Eric estaba solo y «técnicamente» estaba en la barra, así que «técnicamente» Kyle podía ir a preguntarle si quería algo. ¿Y si durante todo ese rato había estado esperando con paciencia para pedir una copa? Aunque de espaldas a la barra…
—¿Te pongo algo?
Kyle se inclinó sobre la barra y torció la cabeza para que Eric lo viera por el rabillo del ojo.
El jugador se dio la vuelta de inmediato.
—No, gracias. Estoy bien —dijo con una sonrisa educada.
Estaba mejor que bien. Llevaba una camisa de cuadros azules y blancos, con las mangas recogidas para dejar al descubierto los fuertes antebrazos. Tenía la mirada fija en Kyle, con expresión segura y decidida.
Uuuf. Si Kyle tuviera una única debilidad —y no tenía una, tenía muchas— serían los hombres atractivos y seguros de sí mismos mayores que él. Y también los hombres atractivos y seguros de sí mismos más jóvenes que él. Y también los hombres en general.
—Kyle, ¿verdad? —le preguntó Eric—. Eres amigo de Kip.
—Ese soy yo, sí.
—Soy Eric.
Le tendió la mano y Kyle se la estrechó.
—Ya sé quién eres. —Kyle habló en tono pícaro, como si flirteara con él, porque casi siempre hablaba de esa manera—. Eres el que siempre oculta esa cara tan preciosa detrás de una máscara.
Esperaba que el portero heterosexual se apartara de la barra y pusiera cualquier excusa para marcharse. O que se fuera sin más. Pero, en lugar de eso, esbozó una sonrisa y dijo:
—Así es como se mantiene tan preciosa.
Kyle se permitió disfrutar del centelleo juguetón en la mirada de Eric durante un instante.
—¡Oye, Kyle! Tengo que ir a cambiar el barril de cerveza. ¿Te encargas tú solo de la barra un minuto?
Kyle se volvió hacia Aram.
—Claro. Ve a usar esos músculos.
Aram le mandó un beso soplando y se metió en el almacén.
—Un detalle por parte de Scott el reservar el local en el que trabaja Kip para la fiesta —dijo Eric con sequedad.
Kyle se rio.
—Estaba pensando justo lo mismo que tú. ¿A quién se le ocurre, eh?
Eric negó con la cabeza.
—Pues a Scott Hunter, ya ves. Le gusta este sitio y se siente cómodo aquí. Seguro que es en lo único en que se ha fijado.
Kyle distinguió a Scott entre la multitud; no era difícil, porque medía casi dos metros y era clavadito a como Kyle se había imaginado siempre a Aquiles. Scott se reía con unos amigos y Kyle no pudo evitar sonreír. Dos años antes, Scott estaba totalmente en el armario y solo y le habría aterrorizado entrar en un bar gay como el Kingfisher. Ahora era asiduo —el bar tenía incluso un cóctel en su honor— y celebraba allí su megafiesta de compromiso gay. Kyle se alegraba por él. También se alegraba por Kip, aunque sus sentimientos en ese frente fuesen un poco más complicados.
—¿Seguro que no quieres que te ponga nada? —insistió Kyle—. Llevo toda la noche sirviendo birras y me encantaría poder poner en práctica mis dotes para los cócteles.
—No bebo alcohol.
—Ay. Perdona. No debería tentarte.
Eric sacudió la mano.
—No me refiero a eso. No me tientas.
—Ah. —Kyle cruzó los brazos encima de la barra y se inclinó hacia delante—. Así que eres un niño muy bueno, ¿eh?
Eric sonrió con picardía.
—Casi siempre.
Espera. ¿Acaso Eric estaba intentando ligar con él? La conversación parecía ir en esa línea, pero Kyle tenía un largo historial de presuponer deseo cuando no había ni una sola muestra por parte del otro.
Los hombres hetero. Otra de sus debilidades.
—Estás de suerte, porque resulta que hago los cócteles sin alcohol más alucinantes del mundo.
Eric lo miró con expresión divertida.
—Anda, ¿en serio?
Kyle le guiñó un ojo.
—No te creerás que no llevan alcohol, te lo aseguro. Fíjate si los hago bien.
—En realidad no puedo comparar.
—¿Tanto hace que no bebes nada?
Antes de que Eric pudiera responder —si es que iba a responder—, los interrumpió un exaltado Kip Grady.
—¡Eric! —Kip rodeó a Eric por los hombros, luego se inclinó hacia delante claramente borracho y se acercó junto con el otro hacia donde estaba Kyle. La nariz de Eric casi le rozó la mejilla a Kyle—. ¡Estabas aquí!
—Sí —dijo Eric, y se separó con calma del brazo de Kip. Se irguió y dio un paso atrás, pero mantuvo la cara relajada y el aire divertido—. ¿Te lo estás pasando bien?
—¡Voy a casarme!
Kip tenía las mejillas sonrojadas y los ojos le brillaban de amor y ebrio éxtasis. Kyle apartó la mirada.
—Enhorabuena —dijo Eric.
Se inclinó sobre la barra y luego levantó la mano izquierda para agarrarle de la muñeca. Entonces fue cuando Kyle se fijó en que llevaba una alianza de boda en el dedo anular.
Casado. Claro. Por supuesto.
Parpadeó al darse cuenta de que Kip trataba de llamar su atención. Apartó la mirada a regañadientes del anillo para dirigirla a la cara radiante de Kip.
—¡Este es Eric! —dijo Kip con voz pastosa—. ¡Es, tipo, el mejor portero de la historia!
—Eso he oído.
—¡Y además es listo! Colecciona obras de arte. —Kip abrió mucho los ojos para expresar que acababa de caer en la cuenta de algo—. ¡Eric! ¡Kyle estudia arte!
—¿En serio? —le preguntó Eric a Kyle.
—Bueno, Historia del arte —aclaró Kyle—. En su mayoría, arte antiguo. Si en tu colección hay mosaicos de tres mil años de antigüedad, soy el experto que buscas.
Eric sonrió de forma tan efusiva que Kyle estuvo a punto de caerse de culo. Ese hombre era fabuloso.
Mientras Kyle se perdía en la bonita cara de Eric, Kip se coló a toda prisa detrás de la barra y le dio un golpe sin querer a Kyle. Agarró un vaso y empezó a servirse una cerveza, pero Kyle lo paró.
—Sal de aquí. Estás borracho.
Kip puso los ojos en blanco con mucho dramatismo.
—Vale. Me la pones tú.
Cuando Kyle le entregó la cerveza que desde luego no le hacía falta, Kip se acercó para darle un beso en la mejilla.
—Te quiero.
Kyle tensó los hombros.
—Yo también te quiero —dijo en voz baja.
Frustrado, siguió a Kip con la mirada mientras este se alejaba con su bebida.
—¿Dónde estudias arte antiguo? —preguntó Eric, con lo que logró que Kyle volviera a prestarle atención.
Kyle consiguió sonreír con timidez. «¿Lo ves, Kyle? No hay motivos para estar triste. Tienes a un hetero guapo y casado para hacerte compañía».
—Columbia. Estoy haciendo un máster.
—Impresionante.
—Bueno, antes de que te deslumbre demasiado, te aclararé que lo hago a paso de tortuga. Ahora mismo solo tengo una asignatura.
—Sigue siendo impresionante. Creo que nunca había conocido a nadie que estudiase arte antiguo. ¿Qué te llevó a elegir esa especialización?
Eric lo miraba de forma atenta y afectuosa. Kyle tuvo la impresión de que tenía interés genuino en su respuesta.
—Siempre me ha interesado, desde que era pequeño. Tenía un libro ilustrado de mitos griegos que me leí un millón de veces. —Se echó a reír—. De mayor me enteré de que las versiones reales de esos mitos eran mucho más violentas. Y más picantes.
—¿Más zoofilia de la que esperabas?
Kyle sacudió una mano.
—Eso es lo de menos. A ver, obvio que las versiones para mayores de dieciocho hicieron que me atrayese todavía más la mitología. Lo que me llevó a interesarme por la gente que había creado esos mitos y creía en ellos. Los narradores de esas historias, ¿sabes?
Eric asintió pensativo.
—¿También estudiaste Historia del arte en la carrera?
—En el grado me centré en Latín y en Historia antigua, y luego me decanté por un máster en Arte y arquitectura de la Antigüedad.
—Suena fascinante. Qué genial estudiar eso.
Kyle se encogió de hombros.
—No tengo la menor idea de para qué va a servirme luego, pero me gusta aprender.
—A mí también.
Kyle se apoyó en la barra.
—¿Ah, sí? ¿Lees mucho?
Quizá Eric fuera uno de esos deportistas cultos que iban a clases virtuales o escuchaban un montón de pódcasts educativos.
—Me gusta leer. En la universidad estudié Literatura inglesa.
Kyle se quedó un momento sorprendido, pero, al mirar bien al hombre que tenía delante, reconoció que le pegaba más estudiar literatura que ser jugador de hockey.
—¿Dónde estudiaste?
Eric torció los labios de un modo que insinuaba que le daba vergüenza contestar a esa pregunta.
—En Harvard.
Kyle parpadeó incrédulo.
—¿Te has graduado en Harvard?
—Sí.
Kyle se rio. No pudo evitarlo. Se tapó la boca a toda prisa e hizo una mueca de apuro por lo desconsiderada que había sido su reacción.
—¡Perdón! No esperaba esa respuesta.
Por suerte, Eric no se había ofendido.
—No eres la primera persona que se sorprende. Pero puedes mirarlo en mi página de Wikipedia si no me crees.
—Te creo.
Lo que Kyle no podía creer era lo cruel que era el universo por ponerle delante a aquel hombre absurdamente perfecto y absolutamente prohibido. ¿Un hombre mayor que él, atlético y seguro de sí mismo que había estudiado literatura en Harvard? ¡Vamos, no me jodas! Kyle se sintió tentado de decir algo provocador para ver si podía sacudir las aguas tranquilas de Eric. Solo para ver si sus ojos mostraban incomodidad o deseo.
Una mujer despampanante con el pelo rubio y un don de la oportunidad impecable salvó a Kyle de llevar a cabo algún experimento inapropiado. Pese a todo, notó la mirada de Eric clavada en él durante todo el tiempo que dedicó a prepararle un vodka con gaseosa a la clienta.
—Estás trabajando en la fiesta de compromiso de tu amigo —comentó Eric después de que la mujer se fuera con la bebida.
—Sí. Muy observador, ¿eh?
Dio la impresión de que Eric se quedaba evaluando a Kyle un momento, como si tratara de descifrar de qué palo iba. Había algo en cómo lo miraba Eric que hacía que Kyle se sintiera muy vulnerable. Casi se puso a temblar.
—Bueno, en realidad no estoy trabajando en serio. Es un evento privado y todo el mundo que trabaja aquí está también en la lista de invitados, porque así funciona Kip, pero, como no conozco a casi nadie, pues prefiero echar una mano detrás de la barra.
—Mejor que hablar por hablar con los jugadores de hockey.
Eric esbozó una sonrisilla mientras lo decía.
Kyle se inclinó hacia él.
—Casi siempre.
Eric se quedó callado un momento. Se limitó a mirar con intensidad a Kyle, como si intentara desvelar todos sus secretos con los ojos. Todavía tenía los labios torcidos en aquella sonrisilla divertida, y Kyle no tenía la menor idea de qué estaba pasando. Pero su polla quería sumarse a la fiesta. Su polla siempre se animaba delante de hombres inalcanzables, así que podía irse a la mierda.
—Vale, pues un cóctel sin alcohol —dijo Kyle para romper la tensión que probablemente solo sentía él. Dio una palmada—. ¿Tienes alguna alergia?
—A los gatos —dijo Eric.
Kyle frunció el ceño.
—Vaya. Entonces tendré que cambiar la receta.
Eric se rio de la broma. Tenía una risa cálida y maravillosa. Kyle sintió ganas de arroparse en esa risa como si fuera una manta. «Hetero. Casado», se repetía Kyle. «Hetero, casado y jugador profesional de hockey. Y, además, por lo menos quince años más viejo que tú».
—No tienes que prepararme nada. De verdad —dijo Eric—. De todas formas, enseguida me iré.
Kyle no debería haberse sentido tan decepcionado como se sintió al oírlo.
—¿Estás seguro?
—Sí, eh… —Eric bajó la voz—. Entre tú y yo, quiero mucho a Scott. Y a Kip. Pero creo que llevo celebrando su relación como tres años seguidos.
Kyle sonrió encantado.
—Ah, ya lo sé… Tipo, «Ya lo hemos pillado. Sois perfectos y estáis enamorados».
—Qué asco —coincidió Eric.
Se echaron a reír.
—Ahora en serio —dijo Eric, algo avergonzado por haberse burlado de sus amigos—, me alegro muchísimo por ellos. Sobre todo, por Scott. Hace mucho que lo conozco y…, bueno, digamos que se ha ganado a pulso la felicidad.
Kyle distinguió a Kip y Scott entre la multitud. Scott había pasado el brazo por encima de los hombros de Kip y los dos estaban radiantes.
—Ha encontrado un buen novio —dijo Kyle melancólico.
Cuando volvió a mirar a Eric, advirtió empatía en sus ojos. Lo desconcertaba.
—Estoy de acuerdo —coincidió Eric.
Kyle puso los ojos en blanco, que era el gesto inmaduro que hacía cuando no quería plantearse lo que sentía.
—En fin. Será mejor que recoja los vasos vacíos.
Agarró una bandeja y le guiñó el ojo a Eric a modo de despedida antes de entrar en la marabunta de borrachos.
Eric observó a Kyle mientras se abría paso como podía por el bar abarrotado. Observó sus caderas estrechas, que se deslizaban por aquí y por allá, esquivando mesas y personas. Observó sus dedos largos que retiraban botellas y vasos vacíos de las mesas. Observó cómo se estiraban los labios de Kyle en una sonrisa juguetona cada vez que alguien le hablaba.
Era probable que se hubiera quedado embobado observándolo. Hasta que una mano en el hombro sacó a Eric del trance.
—¿A quién has echado el ojo? —Carter Vaughenn, su compañero de equipo y amigo, había logrado llegar hasta él, aunque no era tarea fácil—. No hay muchas chicas solteras por aquí esta noche, pero no descartaría que Matti fuera un buen candidato.
—Pero ¿qué se te ha pasado por la cabeza?
—A ver, soy hetero. Cien por cien. Y estoy comprometido con Gloria al millón por ciento, pero lo admito: a veces Matti Jalo me llama.
—No estaba mirando a nadie —mintió Eric—. Solo me había quedado empanado un momento.
—Bueno, eso me lo creo. Mientras no pensaras en el partido de anoche, vamos bien. ¡Estamos en una fiesta, Benny!
—No pensaba en eso.
Carter levantó las cejas y luego dio un sorbo a la cerveza.
—Que no —insistió Eric.
—Vale, vale. ¿Te diviertes un poco?
Eric se encogió de hombros.
—Claro. Me alegro de que por fin se casen, ¿sabes?
—Tendrían que haberlo hecho hace un año.
—Creo que esperar es sensato. Primero hay que asegurarse de que alguien es la persona con la que quieres pasar el resto de tu vida.
—Estoy convencido de que Scotty lo sabía a la semana de estar juntos.
Eric no podía llevarle la contraria. Su propio matrimonio le había enseñado que apresurarse a comprometerse con alguien era mala idea, pero incluso él veía los corazones en los ojos de Scott y Kip cuando se miraban el uno al otro.
—¿Qué tal lo llevas? —preguntó Carter. El brillo pícaro en sus ojos se suavizó y dio paso a algo parecido a la preocupación—. ¿Se te hace duro?
Eric dedicó un momento a reflexionar. Le gustaba plantearse bien cada pregunta antes de responder.
—Un poco. Tal vez. No es que no me alegre por Scott, pero supongo que me ha hecho pensar en mi propia boda.
El toque pícaro reapareció en la mirada de Carter.
—¿Aún te acuerdas después de tanto tiempo?
—Cállate.
—Siempre se me olvida. ¿Conociste a Holly en la guerra? ¿Fue la enfermera que te cuidó cuando te dispararon los alemanes?
—Vale, me voy a casa.
Carter le dio un codazo.
—Ahora en serio. Siento mucho si se te hace duro.
—Ha pasado casi un año. Ya lo he superado. De verdad. No echo de menos a Holly, pero sí echo de menos…
Eric negó con la cabeza.
—¿El sexo frecuente? —intentó adivinar Carter.
—La compañía. —Eric terminó la frase mirando a los ojos a Carter—. Estos últimos años, Holly y yo no hacíamos muchos planes chulos juntos, pero aun así era agradable tener a alguien con quien hablar por la noche. Cuando los dos estábamos en casa, claro.
—Apuesto a que podemos encontrar a alguien a quien no le importaría hacerte compañía… —dijo Carter en un tono que enfatizó el sentido sexual de la palabra.
Eric volvió a mirar a Kyle, cuya bandeja se bamboleaba por el peso de tantas botellas y vasos vacíos. El jugador advirtió el bulto del bíceps que tensaba la tela de la camiseta blanca. Tenía una constitución atlética, no hinchada como la del otro camarero, sino delgada y tonificada. Eric se preguntó si haría deporte o si se dedicaba a ir mucho al gimnasio.
—Creo que me voy a casa —dijo Eric, porque no quitar ojo de encima al chico jovencísimo que trabajaba en el bar sin duda era una señal de que debía marcharse.
—Claro, el vejestorio tiene que descansar —bromeó Carter.
—Sí, eso.
Eric recogió el abrigo largo de lana negra y la bufanda de cachemir en verde oliva del respaldo de un taburete alto.
Mientras él se abrigaba la garganta con la bufanda, Kyle regresó y plantó la pesada bandeja encima de la barra. Se apartó los mechones rubios que le caían sobre la cara y le tapaban un ojo y se los recolocó con los dedos.
—¿Te vas?
—Sí.
Eric miró el reloj, como si la hora fuese la justificación para marcharse de la fiesta en ese momento. Ni siquiera eran las once.
—¿Se te ha pasado la hora de ir a la cama?
Kyle bajó la voz para darle un tono grave y ronco que Eric sabía que pretendía ser provocador, pero que hizo que él diera un respingo.
—No me gusta mucho salir de fiesta.
Lo que Kyle estaba haciendo justo entonces, inclinado contra la barra con los brazos cruzados y un hombro levantado lo justo para que el bajo de la camiseta dejase al descubierto apenas un dedo de estómago plano, probablemente habría funcionado con muchos tíos. Daba gusto verlo, desde luego. Eric apartó la mirada de la línea de piel pálida y negó con la cabeza mientras se abrochaba el abrigo.
—Recuerdo cuando eras divertido, Benny —dijo Carter.
—No es verdad —dijo Eric tajante.
Carter se echó a reír.
—Ya. En realidad, no me acuerdo.
—Buenas noches, Carter. —Entonces, Eric se dirigió a Kyle—. Me ha encantado hablar contigo, Kyle.
—Lo mismo digo.
Las palabras se escaparon de la boca de Kyle, pomposas y rayando casi en lo ridículo. A Eric le dio vergüenza el calor que se despertó por debajo de su estómago como respuesta. Se dio la vuelta y caminó a paso ligero hacia la puerta antes de que nadie se diera cuenta de lo nervioso que se estaba poniendo. Tenía la obsesión de parecer seguro e inquebrantable en todo momento.
En la calle lo recibió una fría llovizna de noviembre y Eric se arrepintió de no haber llevado algo impermeable en lugar del abrigo de lana de Burberry. Aunque la lluvia fría fue como un baño de hielo, porque apagó las chispas que recorrían las venas de Eric desde que había puesto los ojos en Kyle esa noche. La verdad era que hacía un tiempo que se había… fijado en Kyle. Eric había ido al Kingfisher un puñado de veces a lo largo del último par de años. Siempre iba cuando Kip trabajaba, en teoría para no dejar solo a Scott, pero en la práctica para quedarse aburrido mientras Scott se dedicaba a contemplar a su novio servir tragos.
La segunda vez que había accedido a ir, Kyle trabajaba en el mismo turno que Kip, y Eric se había sentido atraído por él por motivos que seguía sin saber explicar.
Bueno. En parte sí sabía explicarlo. Desde luego, algo tenía que ver con los ojos azul invernal de Kyle, con sus sonrisas espontáneas y seductoras. Parecía confiado y divertido, muy distinto de los compañeros de equipo de Eric. Era arrollador.
Eric se fijaba en la gente. Siempre lo había hecho. Su capacidad para observar todo y a todos los que lo rodeaban era parte integral de su carrera de portero. Pese a eso, no solía sentirse atraído por otras personas. Aunque, sin duda, Kyle sí le atraía.
Había transcurrido más de un año desde la última vez que Eric había follado, pero no lo echaba de menos. Las pocas necesidades sexuales que tenía se habían visto satisfechas de un modo u otro. Pero habían bastado unas cuantas palabras y sonrisas pícaras por parte de alguien joven detrás de la barra para que la libido de Eric reclamara su atención de repente.
En otros tiempos, el hecho de que la persona en cuestión que estaba detrás de la barra fuera un hombre habría aterrado a Eric. Durante muchos años, había elegido pasar por alto la parte de él que se sentía atraída por los hombres. Al fin y al cabo, estaba casado con Holly, así que no había motivos para pensar en eso. O eso era lo que se repetía.
Sin embargo, desde que Scott Hunter había salido del armario como gay, las cosas habían cambiado. Eric había tenido la suerte de ser testigo de primera mano de la felicidad de Scott cuando por fin se había permitido vivir y amar de un modo que siempre le había dado miedo. Él no era como Scott. Se había enamorado de Holly y nunca se había sentido forzado a ocultar quién era en realidad. O, por lo menos, no del mismo modo. Simplemente había elegido no mostrarse por completo, porque no le había hecho falta.
Pero desde el divorcio, y ahora que vivía en un mundo feliz en
