Los perros y los lobos

Irène Némirovsky

Fragmento

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2

—Mire, Simon Arkadiévich —dijo el padre de Ada—,
a mí me pasa lo que a ese judío que fue a quejarse a un zadik, un hombre santo, y a pedirle consejo para remediar su pobreza. —E Israel Sinner representaba la conversación entre el pobre y el zadik—: «Santo hombre, estoy en la miseria, tengo diez hijos a quienes alimentar, una mujer gruñona, una suegra con una salud de hierro, fuerte y con buen apetito... ¿Qué puedo hacer? ¡Ayúdame!» Y el santo varón le contestó: «Mete doce cabras en casa.» «¿Cómo? Pero ¡si ya vivimos amontonados como arenques en un tonel! Dormimos todos juntos en un mísero jergón. No podemos respirar. ¿Dónde pongo a los animales?» Y el santo le respondió: «Escucha, hombre de poca fe. Llévate las cabras a casa, y glorificarás al Señor.» Al cabo de un año, el pobre volvió. «Bueno, ¿eres más feliz?», le preguntó el hombre santo. «¿Más feliz? ¡Mi vida es un infierno! ¡Si he de quedarme con las malditas cabras, me mato!» «Bien, pues ahora vas a deshacerte de ellas y disfrutarás de la felicidad que antes no reconocías. Sin sus cornadas y su hedor, tu pobre cabaña te parecerá un palacio. En este mundo, todo es relativo.» Así que ya ve, Simon Arkadiévich, yo también me quejaba de la Providencia de un modo parecido. Tenía que cuidar de mi suegro y criar a mi hija. Me mataba a trabajar y apenas podía alimentarlos, pero sudar a chorros para obtener un trozo de pan es el estado natural del hombre. Hacía mal en quejarme. Resulta que acabo de enterarme de que mi hermano ha muerto y su viuda, mi cuñada, va a venir a vivir a casa con sus dos pequeños. Tres bocas más. Trabaja, sufre, pobre diablo, mísero judío; ya descansarás bajo tierra.

Así supo Ada de la existencia y la inminente llegada de sus primos. Empezó a tratar de imaginar sus caras, un juego que la absorbía durante horas, en las que dejaba de oír y ver lo que ocurría alrededor, hasta que despertaba como de un sueño.

—Me han hablado de un cargamento de pasas procedente de Esmirna —oyó que le decía su padre a Simon Arkadiévich—. ¿Le interesa?

—¡Déjeme tranquilo! ¿Qué quiere qué haga con las dichosas pasas?

—No se enfade, no se enfade... Puedo conseguirle estopilla de Nijni a buen precio...

—¡Váyanse al infierno usted y su estopilla!

—¿Qué me dice de un lote de sombreros parisinos de señora, sólo un poquito estropeados debido a un accidente de tren, que han permanecido en consigna en la frontera y pueden comprarse a mitad de precio?

—Hum... ¿Qué precio?

—La tía y los primos, ¿van a vivir con nosotros? —le preguntó Ada a su padre una vez en la calle.

—Sí.

Caminaban por una gran avenida desierta. Varias arterias nuevas horadaban la ciudad según un ambicioso plan: eran lo bastante anchas como para que un escuadrón maniobrara entre las dos hileras de tilos, pero el único que las recorría de punta a cabo era el viento, que arrastraba el polvo con un silbido agudo y jubiloso. Era un atardecer de verano, bajo un cielo límpido y púrpura.

—En casa habrá una mujer para cuidar de ti —dijo al fin Israel mirando a Ada con tristeza...

—No quiero que cuiden de mí.

Su padre negó con la cabeza.

—Así la criada no robará y tú no te pasarás el día en la calle conmigo.

—¿Es que no te gusta? —preguntó la niña con una vocecilla temblorosa.

Israel Sinner le acarició el pelo.

—Me gusta, pero tengo que andar despacio para que tus piernecillas no se cansen, y nosotros, los comisionistas, nos ganamos el pan corriendo. Cuanto más corremos, antes llegamos a casa de los ricos. Otros ganan más dinero que yo porque corren más; pueden dejar a sus hijos en casa, bien calentitos. —«Con su mujer...», pensó.

Pero no había que hablar de los muertos, por miedo supersticioso a atraerse la enfermedad, la desgracia (los demonios siempre estaban al acecho), y también para no entristecer a la pequeña. Tiempo tendría de aprender lo difícil e incierta que era la vida, siempre dispuesta a arrebatarnos los bienes más preciados. Y, además, el pasado era el pasado. Si uno pensaba en él perdía las fuerzas necesarias para vivir. Así que Ada crecería conociendo apenas el nombre de su difunta madre, sin haber ido jamás a visitar su tumba, sin haber oído una sola palabra sobre ella y su breve existencia. En la casa había una fotografía desvaída, la de una niña con uniforme escolar y el largo y negro pelo suelto sobre los hombros. Medio oculto en la sombra de una colgadura, daba la impresión de que el retrato observaba a los vivos con reproche. «Yo también era como vosotros —parecían decir sus ojos—. ¿Por qué os asusto?» Pero por dulce, por tímida que hubiera sido, daba miedo, pues habitaba en un reino donde no hay comida, ni sueño ni temor ni agrias disputas ni, en definitiva, nada de cuanto constituye el destino del ser humano sobre la tierra.

El padre de Ada temía la llegada de su cuñada y sus sobrinos, pero lo cierto era que su hogar estaba sucio y abandonado, y él necesitaba una mujer que se ocupara de la niña. En lo tocante a sí mismo, se resignaba a ser para siempre un pobre hombre sin educación, aunque en el momento de su boda sus sueños hubieran sido otros... Sin embargo, uno mismo, los propios deseos, en definitiva, importan poco. Trabajas, vives, albergas esperanzas respecto a tus hijos... ¿Acaso no son tu carne y tu sangre? Con que Ada dispusiera de más bienes materiales que él, se daría por contento. Se la imaginaba bien arreglada, con un bonito vestido bordado y una cinta en el pelo, igual que las hijas de los ricos. ¿Cómo iba a saber él vestir a una niña? Con aquella ropa demasiado ancha y larga, que le compraba por la calidad del tejido, tenía un aspecto triste y anticuado, y la combinación de colores no siempre era acertada. Echó un vistazo al vestido de tela escocesa que llevaba su hija, con una camisola de terciopelo negro confeccionada por Nastasia, la cocinera. Tampoco le gustaba el peinado de Ada, con aquel tupido flequillo que le llegaba hasta las cejas y aquellos tirabuzones negros cortados irregularmente sobre el cuello. Aquel pequeño y delgado cuello... Se lo rodeó con los dedos y lo apretó suavemente, con el corazón henchido de ternura. Pero, como era judío, no le bastaba con ver a su hija en sueños bien alimentada, bien cuidada y, más tarde, bien casada. Le habría gustado descubrir en ella algún talento, algún don extraordinario. ¿No sería una concertista o una gran actriz en el futuro? Forzosamente, sus ambiciones eran limitadas y modestas, pues se trataba de una niña. ¡Ah, vano deseo, esperanza frustrada! ¡Un hijo! ¡Un varón! Dios no lo había querido... Pero Israel Sinner se consolaba pensando en algunos de sus amigos, cuyos hijos varones, lejos de alegrar su vejez, constituían su aflicción, su oprobio y el castigo patente del Eterno: se metían en política y acababan encarcelados o desterrados por el gobierno, o malvivían lejos, en ciudades extranjeras. Y no es que él descartara enviar a Ada a estudiar a Suiza, Alemania o Francia más adelante. Pero había que trabajar, que ahorrar incansablemente. Consultó la mugrienta libreta donde inventariaba los productos que ofrecía y apretó el paso.

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3

Al atardecer, apretujados en el sofá de cuero del estrecho comedor, todos bebían un vaso tras otro de té, fuerte y muy caliente, con una rodaja de limón, sosteniendo un azucarillo entre los dientes, hasta que Ada se quedaba dormida allí mismo. Por la puerta de la cocina, siempre abierta, escapaba el humo del horno. Nastasia hacía resonar los platos y removía la leña en la estufa, tan pronto cantando como refunfuñando con voz aguardentosa. Gruesa, pesada y fofa, iba descalza y apestaba a alcohol. Como sufría un dolor de muelas crónico, llevaba la ancha y enrojecida cara enmarcada por una pañoleta vieja y descolorida. Pese a todo, era la Mesalina del barrio y rara era la noche en que no se veían las botas de un soldado del cuartel cercano en la cocina, delante de la sucia y raída cortina que ocultaba su cama.

El abuelo materno de Ada vivía con su yerno. Se trataba de un anciano bien parecido, de frente ancha y deprimida, nariz larga y afilada y el rostro adornado por una barba cana. Su vida había sido extraña; aún muy joven, había huido del gueto y viajado por Rusia y Europa. No lo animaba la pasión del oro, sino la del estudio, de modo que había regresado tan pobre como se había marchado, pero con una maleta repleta de libros. Su padre había muerto; tenía una madre a la que alimentar y hermanas a quienes casar. Nunca había hablado con nadie de sus vagabundeos, experiencias o sueños. Había retomado el negocio paterno de joyero; vendía modestas piezas de plata y los anillos y broches adornados con piedras de los Urales que compraban los novios de la ciudad baja. Pero si se pasaba el día tras el mostrador, en cuanto caía la noche echaba la cadena y el candado a la puerta y abría la maleta de los libros. Cogía una resma de papel, una vieja pluma que crujía y escribía una obra que Ada nunca llegaría a ver acabada y de la que sólo conocía el título, que le resultaba incomprensible: «Carácter y reivindicación de Shylock.»

La tienda ocupaba la planta baja de la casa de los Sinner. Después del té de la tarde, el abuelo, con su manuscrito bajo el brazo y tintero y pluma en mano, bajaba al almacén. El quinqué humeaba sobre la mesa; la estufa, repleta de leña, ronroneaba y difundía su calor y su resplandor rojizo. Cuando su padre volvía a marcharse, Ada dejaba a Nastasia en brazos del soldado de turno y, frotándose los ojos, que se le cerraban de sueño, bajaba con su abuelo y se sentaba discretamente en una silla arrimada a la pared. El anciano leía o escribía. La corriente de aire helado que entraba por debajo de la puerta hacía revolotear la punta de su larga barba. Aquellas veladas invernales, de una paz melancólica, eran los momentos más dichosos de la niña. Y ahora la llegada de la tía Rhaissa y sus primos iba a arrebatárselos.

La tía Rhaissa era una mujer delgada, nerviosa y seca, de barbilla y nariz puntiagudas, lengua afilada y ojos brillantes y agudos como la punta de una aguja. Estaba muy orgullosa de su fino talle, que estrechaba aún más con los corsés altos de la época y un pequeño cinturón de hebilla. Era pelirroja, y el contraste entre sus ígneos cabellos y su delgada y marchita cara producía un efecto extraño y desagradable. Iba peinada a lo Yvette Guilbert, con mil ricitos rojizos sobre la frente y las sienes, y muy tiesa, con el escuálido torso ligeramente echado atrás en su esforzada rectitud; mantenía los finos labios apretados, mientras con los párpados entornados lanzaba una mirada penetrante, terrible, a la que nada escapaba. Cuando estaba de buen humor, tenía una forma peculiar de hinchar el cuello y sacudir ligeramente los hombros que recordaba los movimientos de un largo y fino insecto al agitar los élitros. Por su delgadez, su energía y su maldad juguetona, bulliciosa, se asemejaba a una avispa.

En su juventud, la tía Rhaissa había robado algún que otro corazón; al menos, eso daba a entender con sus sofocados suspiros. Era una criatura ambiciosa; se había casado con el propietario de una imprenta, pero desde su viudez se sentía de vuelta a un escalón inferior de la sociedad. ¡Ella, que había conocido a intelectuales —decía con una sonrisita despectiva y orgullosa asomando a los labios—, ya no era más que una pariente pobre! ¡La habían recogido por caridad! Y lo que era el colmo de la decadencia: ¡vivía en el barrio judío, encima de una mísera tienda!

—Y, sin embargo, Isa —le decía a su cuñado—, ¿no te exige tu apellido criar a tus hijos en un lugar menos sucio y miserable? Pareces haberlo olvidado, pero yo recordaré mientras viva que el apellido de mi pobre marido, y, en consecuencia, el tuyo, es Sinner.

Ada la escuchaba sentada en su sitio de costumbre, el viejo sofá, entre sus primos Lilla y Ben. Debía de ser poco después de la llegada de sus parientes; era uno de los primeros recuerdos de Ada. Estaban tomando el té de la tarde. Su abuelo, su padre y su tía se hallaban sentados en sillas de rejilla de respaldo negro, a las que llamaban, no sabía por qué, «sillas de Viena», aunque se las hubieran comprado al revendedor de la plaza del mercado, y los niños en el sofá de cuero marrón con respaldo alto y recto. A Ada su hogar siempre le había parecido oscuro y poco acogedor, y realmente así era. Se trataba de una casa vieja con cuatro habitaciones, pequeños pasillos mal iluminados y profundos armarios empotrados; los cuartos estaban a diferentes niveles, de modo que para recorrer la vivienda había que bajar y subir escalones desiguales y atravesar cuartuchos sin utilidad clara, con suelo de ladrillos, siempre helados, y en los que al caer la noche penetraba la mortecina y temblorosa luz de la farola del patio. En aquella casa, donde Ada pasaba miedo a menudo, el sofá constituía su refugio: en él jugaba, esperaba la llegada de su padre y se quedaba dormida por la noche, mientras los mayores charlaban alrededor sin acordarse de mandarla a la cama. Y detrás de los cojines escondía viejas estampas, juguetes rotos —sus preferidos— y lápices de colores. El sofá estaba muy estropeado; en algunos sitios, el raído cuero estaba hecho jirones y los muelles chirriaban. Pero a ella le gustaba. Ahora que Ben dormiría en él se sentía menospreciada y desposeída.

Sostenía la taza llena con ambas manos y soplaba sobre el té con tanta aplicación que su carita parecía desaparecer en el gran cuenco; no se le veía más que el tupido flequillo negro.

Su tía la miró.

—Ven, Adoska —le dijo, tratando de mostrarse amable—. Voy a recogerte el pelo con una cinta muy bonita, cariño.

Obediente, la niña se levantó; pero debía abrirse paso por el estrecho pasillo que quedaba entre las piernas de los demás y la mesa, que tardó en rodear. Cuando llegó a su lado, Rhaissa se había olvidado de ella. Ada se encaramó a las rodillas de su padre y se quedó escuchando la conversación de los mayores, mientras intentaba introducir el dedo en los anillos de humo del cigarrillo de Israel, tenues y ligeros zarcillos azulados que se deshacían en cuanto acercaba la mano.

—Somos Sinner —decía su tía con orgullo—. ¿Quién es el más rico en esta ciudad, sin ir más lejos? El viejo Salomon Sinner. ¿Y en Europa? —Se volvió hacia el abuelo de Ada—. Usted que ha viajado, Ezequiel Lvóvich, ¿ha visto los palacios de la familia en Londres y Viena?

—No somos parientes tan cercanos —observó el padre de Ada con una risita de apuro.

—¿Ah, no? ¿No somos tan cercanos? ¿Y por qué no, si puede saberse? Tu propia abuela, ¿no era prima hermana del viejo Sinner? Los dos correteaban descalzos por el barro. Luego ella se casó con tu abuelo, que tenía una tienda de ropa y muebles viejos en Berdichev.

—Se llaman traperos —terció Ben de pronto.

—¡Cállate! —le ordenó su madre con severidad—. No sabes lo que dices. Los traperos llevan hatos de ropa vieja a la espalda y la venden por los patios de vecinos, de puerta en puerta. Pero tu abuelo tenía una tienda y un dependiente. Y los años buenos, dos. Durante esa época, Salomon Sinner trabajó y se enriqueció. Y sus hijos prosperaron y se enriquecieron aún más, tanto que hoy en día su fortuna puede compararse a la de los Rothschild. —En ese momento, la expresión de incredulidad de su público le hizo comprender que se había excedido—. Tienen unos millones menos que los Rothschild, un par o tres, ya no me acuerdo, pero son enormemente ricos, y parientes nuestros. Eso es lo que no debe olvidarse. Si fueras un hombre de mayor iniciativa, mi pobre Isa, y dejaras de poner esa cara de perro apaleado, la misma cara desde que naciste, según decía tu hermano, podrías ser alguien en esta ciudad. El dinero es el dinero, pero el nacimiento es el nacimiento.

—El dinero... —repitió el padre de Ada con suavidad y, tras suspirar, sonrió débilmente.

Todos callaron. Israel Sinner vertió un poco de té en el platillo de la taza, negó con la cabeza y se lo tomó. El dinero era bueno para cualquiera, pero para el judío era como el agua que bebía y el aire que respiraba. ¿Cómo vivir sin dinero? ¿Cómo pagar los sobornos? ¿Cómo meter a los hijos en la escuela cuando se había cubierto el cupo? ¿Cómo conseguir la autorización para ir aquí o allá, para vender esto o aquello? ¿Cómo librarse del servicio militar? ¡Ay, Dios mío! ¿Cómo vivir sin dinero?

El abuelo movía con suavidad los labios mientras mentalmente citaba el salmo necesario para el capítulo XII,
párrafo 7 de su libro, que se le resistía. Para él, el parloteo de la familia era como si no existiera. El mundo exterior sólo tenía importancia para los seres groseros que no sabían abstraerse en las meditaciones desinteresadas y las puras especulaciones del espíritu.

La tía Rhaissa miraba con mal disimulada repugnancia aquel comedor miserable, desordenado e impregnado del humo de la cocina que la corriente de aire arrastraba. El empapelado, verde oscuro decorado con palmas plateadas, estaba pringoso y desgarrado; el solitario sillón de felpa, raído y cojo. Se oían los gritos inhumanos de un borracho apaleado por la policía a la orilla del río. Ella ya no confiaba en sus propias fuerzas para mejorar su situación. En otros tiempos, en cambio, había luchado con uñas y dientes. Siendo una muchacha, no se había limitado a confiar en los buenos oficios del casamentero, sino que había buscado marido entre los estudiantes de la ciudad cuya inteligencia y seriedad les auguraba una situación desahogada. Y había reemprendido la caza varias veces, sin desanimarse... hasta que uno de ellos había caído al fin en sus redes. Pero ¡cuánto esfuerzo le había supuesto! ¡Cuántas faldas de seda pacientemente enjaretadas, cuántos viejos sombreros remozados en el silencio nocturno de su habitación! ¡Cuántos inacabables paseos por la calle mayor de su ciudad natal, por la que desfilaban al atardecer las chicas casaderas y los solteros jóvenes! ¡Cuántas miradas, cuántos desaires soportados en silencio, cuántas estratagemas, qué largas y pacientes cavilaciones hasta conseguir al fin arrebatar al elegido a amigas más guapas y ricas! ¡Qué guerra tan larga, cruel y silenciosa! Pero ¿qué podía hacer ahora, pobre viuda indefensa? Había envejecido, y el esposo conquistado tras tantas luchas e intrigas —un buen marido, dueño de la primera imprenta de la ciudad— había muerto de repente y la había dejado con dos hijos, la preciosa Lilla, de doce años, y aquel granuja de Ben. Su hija constituía su única esperanza.

Lilla, con uniforme de colegiala, la tez blanca, su hermoso rostro serio y dulce, y el pelo moreno recogido en la nuca con un gran lazo de satén negro, y Ben, con aquellos largos rizos oscuros y su delgado y pálido cuello, estaban sentados juntos muy erguidos y lanzaban miradas curiosas y asustadas alrededor. En realidad, Ben parecía más burlón que asustado. Tenía seis años y era bajo para su edad, pero una expresión sarcástica, perspicaz, amarga, si tales sentimientos hubieran sido posibles en un niño tan pequeño, avejentaba sus facciones. Había momentos en que recordaba a un mono tan enclenque como astuto. Su cara nunca estaba quieta, cambiaba sin cesar. Hablaba poco, pero tanto sus miradas como sus sonrisas eran sumamente expresivas; las manos se agitaban, los labios se movían. Alternativamente, imitaba los gestos de su madre, su tío, su abuelo, no sólo como burla, sino también por un mimetismo inconsciente. Todo lo apasionaba. Levantó la tapa del azucarero para ver una mosca atrapada en el interior; guiñó los ojos, esbozó una mueca espantosa, se inclinó para observar los movimientos de las patas del insecto, lo atrapó y lo dejó caer en la taza de Ada. A continuación, se apoderó del reloj de su tío, lo abrió con dedos ágiles y empezó a mover las agujas. De vez en cuando se bajaba de la silla, se acercaba a la ventana y pegaba la pálida y afilada carita a los cristales. Pero como estaban cubiertos de escarcha, volvía la cabeza a derecha e izquierda con movimientos bruscos. En los dibujos del cristal, su aliento formaba un círculo húmedo y oscuro por el cual veía la calle, donde todas las tiendas estaban cerradas y no había un alma. Y a continuación volvía junto a Lilla.

A través del humo que flotaba sobre su cabeza, Ada buscó entre la oscuridad y las manchas del techo un alargado y blanco rostro que sólo ella veía al ladearse en cierto ángulo. El rostro se inclinó

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