Tuvieron que meter el ataúd de canto. En horizontal no pasaba por la abertura del hueco que le correspondía en la alta pared de nichos de cemento de la «sección de indigentes» del cementerio; la difunta estaba tremendamente gorda.
Catherine Tournant, de pie, seria y vestida de negro, se sintió sobrecogida por lo horrorosa que resultaba aquella situación. Unos segundos antes, había ironizado mentalmente sobre el fallecimiento de Sylvia Jackowska, madre de Natacha, una de sus alumnas. La imagen que se había formado del interior de la caja era demasiado precisa como para mostrarse indiferente. Aun así, detuvo el flujo de pensamientos cínicos que acudía a su mente. En otras circunstancias, no se habría privado de formular una observación lapidaria con tinta roja en el margen de la escena que estaba viviendo. Habría dado vía libre a esa manifestación tan clara de su deformación profesional. Pero ese día no se lo permitió.
«¡Qué asco!», se decía por su parte Natacha Jackowska. Así que su madre no descansaría como un cadáver yacente... tendida boca arriba, con las manos sobre el vientre y entrelazadas... No, su posición sería humillante para toda la eternidad. De todos modos, su madre nunca había sido normal. Era enorme. Algo extraordinario. Su cuerpo llenaba el ataúd —el más grande entre las existencias de los servicios municipales— no como llenaría una cama, sino una cubeta. Y esa imagen invadía la cabeza de Natacha: su madre líquida colmando el ataúd, que afortunadamente era hermético, hasta la tapa, hasta los bordes, como un paté demasiado graso. Su madre, incluso en la muerte, era una marginada. Lo sabía desde siempre. Lo había comprendido cuando aún era una niña. Y Natacha, estudiante de bachillerato de letras en el instituto Saint-John-Perse de Aulnay-sous-Bois, donde se las veía y deseaba para obtener unos resultados mediocres, sí, Natacha, hija de esa inmigrante polaca asfixiada por su propio cuerpo deforme, huérfana desde hacía setenta y dos horas, esbozó una sonrisa por primera vez en mucho tiempo.
Catherine lo advirtió y se preguntó cuál podía ser la causa en un momento como aquél. Pese a la ayuda que le había prestado a Natacha —la había acompañado al ayuntamiento para que realizara los trámites con los servicios funerarios y le había concertado una cita con una asistente social—, no se había interesado de verdad por ella. Y se lo reprochó: «Deberías pensar más en los demás.» Por eso decidió averiguar qué divertía a la chica en medio de tanta miseria.
Natacha se rehízo de inmediato y recuperó la máscara impasible de niña triste que siempre llevaba puesta. Era mayor de edad desde hacía dos meses. Había cumplido los dieciocho en julio. Y sólo había repetido curso al final de primaria; desde entonces, nunca más. Siempre había pasado de año por los pelos, y no estaba estudiando el bachillerato de letras por una cuestión de preferencia, sino de cálculo: era una completa negada para las matemáticas, y además hablaba polaco. Estas dos razones habían convencido a sus profesores de empujarla por ese camino que para ella no tenía ningún interés. No le gustaba leer, no le gustaba escribir y sólo soportaba las interminables clases de Filosofía porque se refugiaba en un mundo imaginario de libertad absoluta y ajustes de cuentas violentos, siempre muda e inexpresiva, distante. No lograba entender por qué Catherine se ocupaba de ella.
«Soy mayor de edad y estoy vacunada», se repetía Natacha.
Contó a los presentes. Catorce. Ningún miembro de la familia. Cinco empleados municipales. Catherine Tournant, austera y digna. Cindy Pruvot, su única amiga, con el jersey grueso de lana de siempre, de colorines. Siete compañeros más que se habían tomado el entierro como un pretexto para fumarse las clases de la mañana. Ése era su círculo. Su madre había muerto inesperadamente. Una mujer que nunca había tenido marido, ningún hombre a su lado que hiciera de padre para Natacha. Y ningún otro hijo aparte de ella.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —le preguntó Catherine, preocupada, metiéndose, nada más acabar el oficio, en el papel que se había reprochado no haber asumido antes, el de confidente con experiencia, atenta y humana al mismo tiempo.
Al oír la pregunta, Natacha comprendió que la ceremonia había concluido. Vio cómo sellaban el nicho con una capa de cemento y cómo, con la ayuda de una llana, emparedaban el ataúd, de canto por los siglos de los siglos. Sylvia Jackowska ya podía reblandecerse a placer, como la mantequilla al sol. Natacha tuvo la certeza absoluta de que no volvería a ese cementerio. Se sintió liberada y esta vez no pudo evitar sonreírle abiertamente a Catherine.
—No lo sé —le respondió, relajada.
Rechazó educadamente la invitación a comer de su profesora, aduciendo que tenía de todo en casa y que necesitaba estar sola. Le hizo una seña con la mano a Cindy y giró sobre los talones.
Catherine regresó a la estación de tren. Las exequias, que calificaba de «inusuales», la habían dejado atónita, pero al mismo tiempo estaba preocupada por su alumna. «Apenas la conozco... —se decía—. ¿Cómo podría ofrecerle algún consuelo?»
El día antes, Catherine les explicaba a sus alumnos del último curso de bachillerato que, para dar vida a un relato, siempre tiene que haber un «elemento desencadenante».
—Es de lógica —les decía—. Cuando ya hemos presentado una situación estable, como por ejemplo: «Érase una vez un pescador pobre y su mujer», debe ocurrir algo: «Un día, el hombre pescó un pececillo de oro.»
Pues sí, había que romper la felicidad mediante un accidente, quebrar la soledad mediante un encuentro, acabar con la opulencia mediante una catástrofe. Había muchas opciones, y a pesar de que los autores experimentaban con toda clase de estrategias, era imposible prescindir de ello. Así se pasaba de la inmovilidad a la acción, de la descripción a la narración, del pretérito imperfecto al indefinido, gracias a la locución adverbial «de repente».
Como llevaba haciendo con frecuencia los últimos meses, Catherine se había puesto a vagar mentalmente entre los álamos cubiertos de copos de algodón que veía por la ventana, a lo lejos. Sabía que se alineaban por todo el canal del Ourcq, aunque nunca se había decidido a ir hasta allí. Hacía diecisiete años que trabajaba en el instituto Saint-John-Perse, su tercera plaza. Había visto desfilar, a lo largo de los años, a varios miles de alumnos de bachillerato, a quienes había explicado pacientemente nociones que deberían haber adquirido varios cursos antes. Había dejado de cavilar sobre si la programación era adecuada, sobre el hecho de que los textos le parecieran planos de tanto simplificarlos y sobre la pérdida del placer de la lectura. Poco a poco, se había dejado anestesiar. Catherine sólo se sentía bien imaginándose fuera del instituto, entre los álamos. Daba clase sin estar realmente presente, discreta y eficaz, intachable a ojos de todo el mundo.
Antes de que terminara la hora, anotaba las faltas de asistencia en el bloc amarillo claro que destinaba a tal uso. Ese día, Natacha Jackowska no había ido al instituto, y Catherine preguntó por sistema a sus alumnos si estaba enferma o si sabían algo de ella.
—No está enferma —contestó Cindy Pruvot, que normalmente compartía mesa con Natacha—. Es por su madre. Ha muerto.
Tras la conmoción que había producido la noticia, y en medio del silencio espontáneo que reinó en el aula de Catherine, la 221, ésta se preguntó de inmediato cómo podía ayudar a su alumna. En tales circunstancias, estaba dispuesta a no seguir siendo una profesora anónima. Tenía sus principios. Siempre había considerado una cuestión de honor no olvidar que detrás de cada rostro hay alguien. Una personalidad. «Material humano.»
Por supuesto. Pero aquella mañana de finales de septiembre, víspera de las exequias grotescas y sin lustre de Sylvia Jackowska, no reconoció en ese suceso, en medio del transcurso insustancial de días idénticos, ningún «elemento desencadenante» del mismo alcance que esos otros, muy teóricos, que enseñaba a sus alumnos a reconocer en las ficciones narrativas. Si le hubieran dicho que a lo largo de ese año escolar se enamoraría, se habría negado a creerlo. Sin embargo, la escena inverosímil que iba a presenciar al día siguiente tendría consecuencias inesperadas, a la manera del famoso aleteo de las mariposas.
La vida siguió su curso con normalidad después del entierro, y a Catherine le bastaron dos semanas para relegar ese acontecimiento al lugar que le correspondía y conjugarlo en pasado. Era lunes por la noche y estaba absorta en su trabajo, corrigiendo escrupulosamente unos ejercicios que había decidido devolver al día siguiente a sus alumnos de último curso de bachillerato. Tenía ganas de quitarse de encima esa tarea y se había preparado para sacrificar la velada con tal de conseguirlo. Habría preferido ver la televisión, desde luego, pero se negaba a hacer como algunos de sus colegas, que aceptaban sin complejos devolver las pruebas escritas semanas más tarde, incluso no devolverlas con el pretexto de que eran malas, en lugar de reconocer el alcance de su propia pereza.
Se encontraba, pues, profundamente concentrada, encerrada en ese ir y venir entre los ejercicios y sus pensamientos, que transcribía en tinta roja procurando edulcorarlos. No era un trabajo divertido, al contrario de lo que pensaban sus amigas cuando las hacía partícipes de las pifias más cómicas, que anotaba en un cuaderno que llamaba su «collar de perlas». Para Catherine, evaluar era un trabajo serio y fatigoso que la sumía en un estado flotante, a medio camino entre la conciencia y la vigilia.
¿Había intuido quizá, en el momento en que empezó a corregir el ejercicio de Natacha, lo que se tramaba en casa de su alumna mientras ella se irritaba interiormente por la pobreza del pensamiento de la chica? ¿O bien había cometido un error de interpretación al percibir futilidad allí donde había un impulso profundo, casi orgánico, de regeneración? ¿Acaso había sospechado que un tiempo después ella seguiría el ejemplo de Natacha?
Esa misma tarde, Natacha había acudido a la cita que Catherine le había pedido con la asistente social Clarisse Renart. Clarisse le había dicho que tendría que dejar el apartamento, puesto que carecía de medios para pagarlo, e irse a vivir a un hogar de jóvenes trabajadoras. Todas las pertenencias de su madre iban a ser embargadas para pagar a los acreedores. La mesa y las tres sillas, la cama y el televisor. Natacha se quedaría sólo con su ropa y sus cosas de clase. Clarisse también le había hecho abrir una cuenta en el Banque Postale, a la que los servicios sociales transferirían lo antes posible quinientos euros. Le había dado treinta en efectivo para lo más urgente.
Entonces Natacha había invitado a Cindy a casa. Era la primera vez que lo hacía. Tenía ganas de disfrutar de la tele antes de que desapareciera con el resto del escaso mobiliario. Cuando su madre vivía, no podía invitar a sus amigas, y nunca se había rebelado contra esa prohibición tácita. Comprendía perfectamente que a su madre le diera vergüenza que la viesen. Sylvia nunca salía; era Natacha quien se encargaba incluso de hacer la compra.
A ella no le daba ninguna vergüenza. Vivía en ese apartamento de la Cité des 3.000, en un bloque descomunal de dimensiones disparatadas, cuya singularidad arquitectónica le era indiferente. Tenía la impresión de que nunca había vivido allí de verdad, siempre refugiada en sí misma, a distancia del agujero negro que representaba su madre. Esa sensación nueva de libertad no era, pues, la causa de la invitación. Algo más profundo y muy confuso la invadía. Por eso necesitaba ayuda.
«Cindy está gorda —se decía Natacha justo en el momento en que Catherine corregía su ejercicio—, no tan gorda como mi madre, pero ella sólo tiene diecisiete años.» Para Natacha, todas las chicas iban por mal camino, el del peso galopante. Pensaba que ni siquiera ella era una excepción a la regla, razón por la cual no comía casi nada. En comparación, la corpulencia de Cindy transmitía cierta tranquilidad. Natacha no había llegado a preguntarse si era precisamente esa gordura, esas mejillas carnosas, esa tripa prominente y esos pechos los que la habían convertido en su amiga. No veía ninguna relación entre el aspecto de Cindy y su apego por ella.
Ver comer a los demás le quitaba el apetito. Le pasaba desde hacía unos años, cuando había visto a su madre engullir un plato de lasaña precocinada fría en el envase de aluminio. Natacha se había jurado que nunca se parecería a ella. «Come como una lima —había pensado—, reventará.» Era frecuente ver a Cindy con comida en la mano, pasteles, chucherías o incluso pan, mientras que Natacha se privaba de todo. Era larga y delgada como una vara de madera seca.
Y dos semanas después del entierro de su madre, aquel lunes por la noche, tumbada en su cama al lado de Cindy viendo la tele, tuvo un déjà-vu. Cindy cogía sin parar patatas de la bolsa y Natacha no las tocaba. Eso sí que no. Se negaba con todas sus fuerzas. Para ahuyentar la desagradable idea de que a través de Cindy era su madre la que estaba allí, a su lado, se repitió las mismas palabras que en el cementerio, la misma cantinela cada vez que se topaba con un obstáculo: «Soy mayor de edad y estoy vacunada.»
Las chicas se dejaron absorber pasivamente por un programa estadounidense dedicado a la cirugía estética. Mujeres normales y corrientes se sometían a numerosas operaciones para convertirse en las más guapas de la familia, del barrio e incluso de la ciudad entera. Se llamaba «Cambio radical». No mostraban nada de las intervenciones quirúrgicas y casi nada de las convalecencias largas y dolorosas, mientras que sí se recreaban a placer en los impresionantes resultados. Vestían de princesas a aquellas cobayas para la gran fiesta que el programa organizaba con motivo del reencuentro con sus allegados. Las llevaban a la velada en limusina, envueltas en un halo vaporoso de luz cálida, acompañadas por el sonido de v
