II
El aroma de los bizcochos de anís aventa el aire húmedo y el galpón, devenido en sala de recibo, ya no resulta tan desnudo.
Esa noche se gastarán más velas que en toda una semana. Los bancos de madera contrastan con las sillas tapizadas en damasco y el sillón de gobelinos, que intentan devolverle su casa porteña.
Contempla el grabado con la imagen de sus padres. La nostalgia es como el mareo en altamar, muerde la boca del estómago. Recomponerse resulta imprescindible.
En la apacible corriente de los afectos y la repetición de los actos mundanos, recibir era algo sencillo. ¡Qué distinto ahora! Desea con fervor estar a la altura de sus deberes. Su fragilidad le hace temer no poder soportar la velada. Loreto le ha dicho que pronto estará igual de saludable que él.
Como invocado, su hermano entra con una ráfaga de aguanieve. La toma de la cintura, y la levanta con cuidado.
—Qué bien huele aquí, hermana.
—¿Cantarás hoy, Loreto?
—Por supuesto, y lo haré con Emilio, si es que tocas el piano.
—Se lo he prometido a Vernet, aunque casi no he podido dormir, y mi voluntad sería retirarme pronto.
Loreto quiere ver a sus sobrinos. María le pide que entre en el cuarto sin hacer ruido. Ella le ha ordenado al ama que les diera de comer antes de lo acostumbrado. Anochece temprano y no será difícil convencer a los niños de que ya es tiempo de ir a la cama.
La oscuridad prematura es un pozo.
La luz de las velas, la buena lectura, la música y las tertulias, tal vez logren penetrar en ese túnel que comienza a abrirse cuando el sol se oculta.
Sobre una mesa de arrimo improvisada, están las copas para los licores y en la otra, cercana, los vasos de peltre que han facilitado los colonos.
La negra Gregoria trae un plato con pastelitos de guayaba para que su señora los apruebe: todo un lujo en las islas, con el dulce y las grageas traídas de Buenos Aires. La golosina es un ramalazo de su antigua vida. Se los comería todos.
Luis Vernet felicita a su mujer. Los colonos estarán encantados. También él lo está.
Se acerca a la chimenea, aviva el fuego y se frota las palmas. Enseguida llegará Emilio con las partituras. Vernet opina que no vendría mal tocar una polka para animar a aquellos que, acosados por las dificultades, tal vez se cohíban o entristezcan. En Buenos Aires comenzaban a ponerse de moda las vidalas y los cielitos. Sería apropiado alternar los lieder con la nueva música.
Emilio entra con ánimo entusiasta, cuelga el capote y abre el piano, invitando a su cuñada con ademán galante.
—Todo saldrá bien —le dice.
Los alegres acordes de una mazurca, reciben a los primeros colonos, que llegan precedidos por Loreto.
—Por aquí. Por aquí —los guía.
Formales, hombres y mujeres, saludan a María que ha dejado de tocar y se acerca al grupo. Vernet descubre admiración en las miradas. María Sáez de Vernet brilla como solía hacerlo en sus salones. Es increíble que en sólo cinco días haya podido recuperarse de un viaje en el que temió por su vida. Siente culpa: él ha sido el cordel que, poco a poco, fue arrastrándola hacia esa visionaria pasión suya: Malvinas.
Cuando Emilio sugiere que el gobernador abra el baile, Iutta, una alemana de gruesa figura, se sienta en el taburete y toca los primeros acordes de un vals.
Los anfitriones giran ante la mirada respetuosa de sus invitados. Loreto, para romper el hielo, saca a bailar a una muchacha de trenzas castañas.
Las negras, en un rincón, observan la escena. Pronto comenzarán a circular con sus bandejas. La gobernadora ha sido clara: esa noche seleccionará a las mejores para su servicio. Maravilladas por el cuadro vivaz, esperan que dentro de poco tiempo ellas, adornadas con los abalorios que los señores les han traído de Buenos Aires, también tendrán su fiesta.
Como en una burbuja luminosa y confortable, suspendida en un universo inhóspito, los primeros pobladores celebran su comunión con las islas.
Mejor no pensar que con sólo trasponer el umbral de la puerta hallarán la constante presencia del viento. Mejor no pensar. Mañana, tal vez, les resulte útil rememorar el amable consuelo de los licores, la leve caricia de la danza y el bullicio gozoso de las voces.
Antes de dormir María escribe:
…Sé, madre, que usted no aprueba esta aventura. Y aunque ha tenido la delicadeza de callar, algo esquivo en su gesto, habitualmente tan gentil, me lo ha demostrado. No se apene, madre. Sé también que valora las cualidades de Vernet y que durante nuestros diez años de matrimonio ese afecto se ha doblado. Aún soy su niña, madre. Pero al avistar estas islas neblinosas supe que en ellas hallaría mi fuerza…
Apaga el velón y se acuesta.
Su marido hace rato que descansa. Ella no cree que pueda dormir: todavía resuenan en sus oídos los acordes del piano, la polca sobre todo, plena de sensuales remembranzas y tan movida: le duran los efectos del mareo por el mal viaje, y la excitación de la llegada.
En la tranquilidad, el ruido envolvente del mar se hace oír con más fuerza y acalla el sonido del piano ilusorio.
Aún quedan rescoldos en la chimenea.
III
Deja caer la caperuza sobre la capa. Se maravilla de que el viento, en vez de cortar, acaricie. Los bucles van a sus mejillas y ella los aparta con un ademán que a causa del encierro creía olvidado. Si no fuera por su diario, hubiese pensado que sólo ha transcurrido un larguísimo día gris en el que lo único vivo fueron los llantos y risas de los niños y la música del piano.
El martes 21, el miércoles 22, y el jueves 23 —se ha acostumbrado a registrar sus días— temporal o garúa no dieron tregua. Afortunadamente el trabajo del herrero quebró con su sonido metálico, el tic-tac monocorde del reloj: debieron cambiar el caño de la chimenea por uno más largo; para ello, trajeron las planchuelas de hierro de la corbeta Ucrania que naufragó a una legua distante de allí.
Las botitas pisan el pasto tupido. Caminar sobre la verde blandura le provoca placer. Se había hecho a la idea de que sólo pisaría piedras y barro.
Esa mañana, el rayo de sol oblicuo que hacía arabescos sobre su colcha, fue un animalito tibio y amistoso. La palma adormilada tocó su lomo. Y despertó feliz.
Va hacia el puente de cara al sol. El arroyo de aguas cristalinas la tienta y toma un sorbo del cuenco de su mano, que se hiela. Irá hasta la casa más próxima a pedir un vaso.
El colono se ofrece a acompañarla hasta el manantial donde ellos se surten de agua. Que no piense que ese frío es el más grande, él lo ha sentido peor en su tierra. En la Alemania la nieve perdura por varios meses y en estas islas, apenas dos días y se derrite.
La pequeña corriente de agua brota del costado de una loma. Plantas de diferentes clases la bordean. María no las conoce. Tantas cosas de las islas no conoce. Esa ignorancia asusta y excita. Aprender será un desafío. Hablan de los beneficios del agua y María se complace evocando a su hermano Domingo. Cómo disfrutaría él de esa agua y ese lugar. Once años le lleva, casi un padre para ella. Ojalá los visitara algún día.
—¿Le ha quedado familia en Alemania?
—Mis padres y los de Iutta, frau Vernet —contesta Otto Hermann en un castellano duro.
La gobernadora se avergüenza de su nostalgia. Ella, aunque en uno de los puntos más australes y perdidos, está en la patria. El colono extiende su brazo como queriendo marcarle el rumbo hacia esa Alemania que a ella se le supone menos exótica y lejana gracias a la lectura de Goethe. En Buenos Aires, crecía la inquina contra los “gringos” de afuera, María piensa en la lucha que ahora los iguala: un portugués, alemanes, españoles, ingleses, gente de tantos países, negros venidos de Dios sabe dónde y los gauchos, cada uno de ellos con un frío y una mirada diferentes.
Con grandes ademanes, Otto llama la atención de un hombre corpulento que regresa de su cacería y le pide que se acerque: la dama se complacerá admirando las aves, explica.
El hombre deposita su carga sobre una roca.
—¡Qué hermosas y coloridas! ¡Y qué gordas, además! —María acaricia las plumas. Se siente una Eva en un paraíso por descubrir.
No sabe qué hacer con las dos que le acaban de regalar. Otto traduce lo que el cazador intenta decir: asadas son sabrosas. Los colonos miran el abrigo de buena tela que la cubre. Que no se preocupe, se las alcanzarán hasta las casas, sería una pena que se manchara.
La negra Gregoria pregunta si debe desplumarlas.
—La cocinera ya sabrá qué hacer con ellas, ¿acaso no prepara patos y gallinas? Dile que no haga puchero, son para el asador.
Gregoria quiere saber qué aves son esas que nunca ha visto.
—Por hoy las comeremos sin saber su nombre.
María bromea con la criada. Parece haber recuperado la salud y el humor. Y ordena que esa noche dispongan la vajilla de las grandes ocasiones y el centro de plata con las hojas que ha traído del manantial.
Alrededor de la mesa, Vernet, Emilio, Loreto y María, con los ojos puestos en la fuente que acaba de dejar la criada, sienten aprensión. Las aves, con su piel dorada y aroma prometedor, no parecen diferir de aquellas conocidas. Todos aguardan, con cierta reserva, que el dueño de casa, trinche. Incluso la negra queda un momento, expectante. La carne, jugosa, cede blandamente bajo la presión del cuchillo.
Comen con la alegría del que descubre. Hay voluptuosidad en el acto simple de alimentarse. María vuelve a comentar el encuentro con el cazador. El gobernador promete agradecer el obsequio:
—Buena gente, estos alemanes.
—Buenos hasta que no se demuestre lo contrario —dice Loreto—. No olvidemos que si se desea poblar no hay que preguntar demasiado. Cuando Rivadavia envió a su ministro para negociar la llegada a Buenos Aires de doscientas familias europeas, le dio todas las facultades pero no sé si hizo las averiguaciones necesarias.
—Nuestros colonos me han parecido cordiales —lo corta María.
—Seguro, hermana, quién puede no serlo contigo. Pero así como nosotros, cada uno arrastra una vida que ha dejado atrás. Heider y Herr, por ejemplo, fueron mercenarios contratados por Brasil cuando la guerra, y Ramírez dejó en su España una familia numerosa y muerta de hambre.
—Tal vez el buen hombre busque afincarse, hacer fortuna y traer a los suyos.
—Vamos, Loreto, asustarás a María —bromea Emilio.
—No creo que deba asustarse con la verdad —replica Loreto.
—¿Acaso no nos mueve a nosotros también el deseo de progresar y hacer dinero? —pregunta Emilio.
—Y el de servir a la patria —agrega Vernet, mirando a María—. El gobierno de Buenos Aires me ha conferido un cargo y una responsabilidad.
—Y estamos orgullosos —apunta María con un suspiro que desea poner punto final a la discusión.
—Sigamos comiendo y disfrutando —propone Vernet— si no nos caerá mal el plato y diremos que la culpa es de quien nos obsequió las aves.
Ríen. Buenos compañeros, la risa y el vino. La gente desconocida, esa otra isla por descubrir, mientras tanto queda afuera. Igual que el viento. Igual.
María acerca los licores y propone un brindis.
—¿Qué se festeja, hermana? —pregunta Loreto.
—Nuestro encuentro con el nuevo mundo, ¿te parece poco?
—No puedo creer que esta mujer emprendedora sea la pálida viajera que desembarcamos en una silla —dice Vernet. Y levanta su copa a la salud de todos.
Hablan entonces de que los niños crecerán sanos. Van dejando atrás los temores. Las tormentas y las lluvias finalmente un día cesan. María les cuenta de la Alemania que Otto le pintara. En esas tierras también el frío era largo y la noche interminable. Piensan en Buenos Aires, en los salones caldeados y en la tertulia. Se preguntan con cierta extrañeza, si cambiarían aquello conocido por lo porvenir. Atrás también han dejado escasez y luchas. Las de aquí no son fratricidas sino contra la naturaleza.
La criada sirve pastelitos y té.
María se levanta, se acerca a la ventana y mira el cielo.
—¿Hará buen tiempo mañana? —pregunta.
—Parece que te has engolosinado con los paseos —dice Loreto. María vuelve a la mesa y toma un pastel.
—Es que quisiera llegar al lugar de pastoreo —dice como excusándose.
—Podrás, hermana, la luna está muy fuerte.
IV
Loreto, echado boca arriba sobre el pasto, juega con los niños. Sofía se lleva a la boca una brizna y el ama se la quita.
—No la hagas llorar —le dice María—, aquí todo es más limpio.
Piensa en las curtiembres de las afueras de Buenos Aires, en los tambos, en las carretas y diligencias… Piensa en los olores que ahora le parecen irrespirables. Piensa, también, en ella misma, que está comenzando a considerar como peligroso lo que antes le parecía seguro.
Elisa, una muchacha blanca de facciones delicadas, sonríe asintiendo. María trata de leer en ese gesto; el ama es de pocas palabras pero parece querer a los niños. Una joven casadera tiene otras necesidades y María teme que los abandone.
Loreto mordisquea una raíz tierna.
—Verán qué gordo crecerá el ganado —dice. Aquí no existe, que yo sepa, hierba venenosa como el “mio mio”; caballada que no es del pago y come de ella, cae muerta. Buen pasto para hacer la guerra pero no para pastorear.
Elisa se persigna. Tal vez algún mal recuerdo del continente.
Se levanta viento. María cubre las caras de sus hijos con los echarpes. Los tres pares de ojos brillan, curiosos, por sobre el abrigo.
Loreto les enseña una nube en forma de oveja y bala. Las bocas de las que salen los balidos infantiles están bajo el tejido de lana. Ríen del sonido. Ríen también, y sin decirlo, de la esperanza de vencer el viento.
El viento se come las palabras.
—Sopla duro —dice María—.Y pide al ama que se lleve los niños a las casas y les de leche caliente.
Los mayores protestan y Elisa se va con Sofía en los brazos.
—¿Quisieron quedarse? Ahora, a ser valientes. Bajen la cabeza y entrecierren los ojos.
Loreto carga a Luisa y María aferra la mano de Luis Emilio.
Como otro mar, surge, detrás de una loma, el campo de pastoreo. Altos pajonales lo protegen. Vernet, Loreto, Emilio, y su gente, habían viajado con anterioridad a las islas. Y ahora el resultado de sus esfuerzos estaba a la vista. Loreto hace un movimiento abarcador con su cayado y dice:
—Se poblará de ovejas. Ahora sólo nos quedan veinte. Las otras murieron en el viaje, quizá les ha hecho impresión el cambio, después de estar tantos días en la bodega.
Ambos hablan de sus sueños; la grandeza suele tener un precio distinto para cada uno.
Los niños ruedan por la pendiente, dando grititos de júbilo.
María se acuesta sobre la hierba y siente una energía nueva. La luz la ciega y frunce los párpados hasta convertirla en rombos de colores.
Loreto apoya su mano sobre la de María y murmura:
—No creo que me resulte fácil dejar las islas, es duro aquí, pero tiene una gran ventaja: se trabaja en libertad.
María le dice que si se aquerencia, tendrá que pensar en mujer que lo acompañe. Y no se le ocurre ninguna niña de sociedad con el temple necesario…
—No te preocupes, hermanita, sabré amañarme.
Cosas de hombre, diría Vernet, piensa María. Recuerda a uno de sus sirvientes, palmeando las nalgas de la negra Julia, y las conversaciones susurradas. En las cocinas y galpones hierve la vida, se dice. Y evoca la suya. La de antes. La de cuando era un remolino de temeroso deseo en los brazos del hombre que acababa de desposarla.
No se le ocurre qué añora cuando se encienden en su memoria las íntimas confidencias de sus amigas, las risas apagadas, los ojos húmedos… Pero sabe que esa añoranza alimenta el insomnio y agranda la presencia adolescente de una María ávida, curiosa.
Los marinos cuentan que en sus viajes por el sur se han encontrado con indios que, semidesnudos, viven en la nieve. ¡Ya quisieran ellos tener esa resistencia!
Las ráfagas que anuncian tormenta los empujan, inquietos, hacia las casas. Envueltos en las capas de los mayores, los chicos saborean la aventura.
Frugal, la merienda los aguarda.
María y los niños beben leche caliente con canela. La cebadora le alcanza a Loreto, con sus manos morenas, el mate de plata.
—Loreto, ¿te acuerdas de las torrejas con miel? —A veces, en su estado, María se antoja con las confituras y los postres de Buenos Aires. Imposible comerlos aquí, ¿cómo hacer torrejas sin pan? El bizcocho y la galleta que trajeron se han terminado.
Recuerda las colaciones que su padrino traía de Córdoba. Le pedirá a su madre que le mande la receta de los alfajores que había aprendido a hacer la negra Dominga en Santa Fe.
Las familias alemanas le han prometido, cuando lleguen las provisiones que Vernet encargó al continente, una torta —apfelstrudel— para la que necesitan orejones de manzana delicada.
V
—Son los negros —responde Vernet a María.
Si estaba segura de que eran ellos y no otros los que provocaban ese sonido monótono y acompasado que le traía de repente la furia de las olas contra el casco de la goleta, por qué lo ha preguntado. Ojalá Vernet, que acaba de salir, los hiciera callar, pero no quiso pedírselo.
La lejanía también llora en su parche. Y ellos están lejos, más lejos aún que ella.
El tam-tam del tamboril golpea con la misma persistencia que el agua en la proa. Su cabeza también puede partirse, naufragar como la Ucrania, encallar. ¿Habrá encallado María Sáez de Vernet en esa orilla o su destino será cruzar el mar del regreso?
Noche cerrada y fría. Los cantos y alaridos calientan el aire, los recuerdos. Y en ellos se enciende una muchacha pálida, que se embriaga con halagos, en los salones festivos. Ah, esa grávida frivolidad que caía de los ornamentados cielorrasos para reinar en los incansables pies, en los roces… Debe rescatar aquella alegría y hacerla su compañera. La melancolía de la incertidumbre no sembraría buena semilla. Han anclado en las islas para bien, qué duda cabe. Sólo para bien.
Junto al fuego, trata de leer en él. Antes, mucho antes de que ella naciera, los negros habrán bailado sus candombes en los corrales de Buenos Aires.
Ha intentado escribir en su diario cómo era ese baile. Feo, lo ha llamado. Se arrepiente, ¿qué significa eso? ¿No llamarían feo, también, a su modo de vida en las islas los petimetres y las damitas de Buenos Aires?
En la música vive el alma de los pueblos ¿Es más valioso acaso un lied que una vidala o un candombe?
Se pone de pie y va hacia la luz del candil. Si tan sólo pudiese leer…
Un grito como de animal herido la estremece. Se abriga con el pañolón. El diablo, a quienes los negros llaman Belcebú, parece no haber faltado a la cita. El diablo también puede cruzar el océano, hablarle al oído… Shhh. Ese susurro dentro de ella es como el sonido que sacude, constante, las ventanas.
Les ha traído ropa y adornos porque quiere que estén contentos a su servicio. Por qué no regalarles, entonces, el color de ese canto que les pertenece. ¿Por qué desea hacerlos callar? Oscura la noche, oscuro su canto. Y oscura esa voluntad suya de rescatar los ruidos cotidianos que domaban silencios y vigilias.
En su camisón blanco, casi espectral, se ve en el espejo y se desconoce. El viento, finalmente, no aturde tanto y hasta puede ser un aullido de lobo que acompaña.
Mira el reloj con cuadrante lunar, recuerdo de su hermano Domingo: el péndulo marca las once y media de la noche. Ese mismo reloj marcó horas más livianas y breves que aquí se arrastran, morosas.
La presencia de su madre, solía consolarla, cuando niña, de la pesadilla. ¿Y si le escribiera?
Como en esos amaneceres calmos después de la tormenta, brota el silencio. El viento también se ha calmado. Y se hace necesario agregar un leño a la chimenea. Ojalá que en la cama no se hayan enfriado los botellones calientapiés. Ya están dispuestos el té y las copas con el licor que acostumbran tomar antes de dormir. En Malvinas se aprecian más los pequeños ritos cotidianos.
María moja la pluma y escribe:
Querida madre:
—Ya los he mandado callar —dice Vernet, entrando.
En el reloj suenan las doce.
VI
Mira la nieve desde el otro lado del cristal. Ve cómo se van borrando las aristas, los volúmenes, cómo se suaviza el suelo. Buenos Aires es un sueño distante. En las islas todo es tan intocado como esa nieve que cae sin medida.
Los chicos juegan afuera con el ama. El frío parece rozarlos sólo lo suficiente para sonrojarles las mejillas. Hacen bolas de nieve que al rodar se agrandan. Luis Emilio le lanza una al ama. Quisiera acompañarlos, hacer un muñeco semejante a aquellos que ha visto en los grabados europeos. Si no fuera por su embarazo, saldría. Envidia un poco a Elisa, que se comporta como una niña más. El ama tiene la misma edad que ella cuando se casó, pero se la ve más libre.
La superposición de abrigos oculta las formas de los cuerpos. ¿Habrá sido real esa María de escotes y piel tersa que aguardaba de los demás la palabra invitadora? Acostumbrada al soliloquio, y a las tiernas conversaciones con los niños, teme que el mandato que le han conferido, la sobrepase. Cuánto poder ejerce la palabra cuando no será refutada: los negros escuchan, los colonos escuchan…
Los hombres no están: Luis ha ido a relevar el terreno y a visitar el saladero; Emilio y Loreto con los peones, salieron a buscar ganado en pie para entregar a la goleta Betsie. En ausencia del gobernador, los pobladores esperan de ella el gesto abierto de su palabra y comienza a sentir ese peso.
Vernet ha destinado para los alemanes —que hasta ese momento habían ocupado una casa provisoria de tablas levantada por Emilio, Loreto y los capitanes— la construcción que fuera el Hospital de los Españoles, de gruesas paredes de piedra que habían resistido el tiempo. Se pregunta si ya habrán colocado las puertas y ventanas que faltaban. En los primeros días, los colonos se habían acomodado en las piezas de los altos, las que después les hicieron falta a los Vernet para guardar provisiones y muebles.
En la Alemania de Otto Hermann, la nieve tardaba meses en derretirse. Se consuela pensando que, a pesar de las estrecheces, tal vez estuvieran sufriendo menos que ella.
María no puede imaginar la costa nevada. El cielo plano, gris, roto por el vuelo de las gaviotas, grises también. Y más tarde, la negra blancura de esas noches frías.
Cómo describirle a su madre esto, tan nuevo para sus ojos. Si cuando los cierra, y quiere recordar el paisaje, se le desvanece. Todavía acompaña su paso el fru-fru de la postergada seda y en muchos de sus sueños aún habita el cuarto de la infancia y ve las manos infantiles preparadas para el rezo. Ya no invoca en sus oraciones a la Inmaculada sino a Stella Maris, patrona de los vientos y las aguas. También invoca a la paciencia. Y ruega porque se acallen los tumultos jóvenes de un cuerpo que ha perdido formas pero no ganas. Pobre Luis, tan preocupado por su familia y sus tierras que tal vez no sepa leer en la ancha cintura de su mujer, en la piel tensa del vientre, en los suspiros… Abrazos que acunan más que aprietan. Y un inconfesable deseo de sentir la entrega pesada del hombre quitándole el aire. Borrar los pensamientos sombríos con cada exhalación. Hasta vaciarse.
Apenas se divisa la bahía.
Imagina tras la niebla, a la Ucrania, ese dedo oxidado que señala el cielo.
La negra Gregoria entra con la pañoleta húmeda por la nieve y los ojos enrojecidos. Le cuenta que no hallan a Julia, que es la encargada de servir el té. María la tranquiliza; ella le ha encomendado ir al saladero a anunciar su visita y a traer pescado para la cena. Seguramente doña Mariquita la habrá invitado a matear para paliar el frío.
—Menos mal que no les nevó la noche del baile.
—Viera, misia María, qué compañera la luna y cómo sonaban de lindo los cantos. Y eso que el mulato Pedro no pudo cantar por su garganta ardida. Pero no era nuestra intención molestar.
—Se los mandó callar porque ya era medianoche y habían hecho suficiente bulla. Además podrán bailar todos los domingos, el comandante Vernet lo autorizó, te lo aseguro.
—Ya está caliente la leche para los niños. Qué buena ha resultado su vaca, y qué repuesta está, ni un solo día ha dejado de dar leche.
A María le causa gracia que las negras llamen su vaca al pobre animal que ella se ocupó de hacer alimentar durante la travesía para que no se debilitara. Sin embargo había llegado tan flaca, que apenas podía caminar. Y, días atrás, cuando salió hasta el arroyo, la siguió como un perro manso. La Tristona, la habían bautizado, después de que perdiera su ternero. La mano de María va a su vientre. Si nace sana y niña, le gustaría llamarla Malvina.
VII
Hoy, como ayer, amaneció claro y con viento fuerte. Atareada con los preparativos, sólo había escrito en su diario sábado 8 de agosto.
El capitán Mateo Brisbane, ayudante principal en las islas, que comandaba la goleta Betsie, y su segundo vendrían a tomar el té.
María y Luis disfrutan estas visitas de los barcos. Son una oportunidad para recibir noticias del continente y escuchar historias que se aparten de la tranquila vida cotidiana. Son también un motivo para lucir la vajilla que Ana de Riglos les regalara para su boda.
Hay una cierta reminiscencia de los salones de Buenos Aires en su manera de recibir: sencillez más hidalguía.
María se encargará de servirles la merienda, con los bizcochos de cuajada que hace la negra Gregoria y buen té inglés, que ella mezquina tanto y ofrece sólo en esas ocasiones, ya que de ordinario toman té de “lucen”, una hierba de allí que llaman té de Malvinas, muy buena con miel y un poco de canela, como le gusta a Luis por las noches.
Es lindo ver fondear los barcos en la bahía. Los mástiles orgullosos, las jarcias tensas y la morbidez del velamen, cediendo al brío de los gavieros. Y más linda es aún la esperanza de recibir carta. Las cartas son otra vela. Al leerlas, María también viaja. La ansiedad a veces le seca la garganta. ¿Es que estarán bien los suyos?
Cuando la Betsie parta, le gustará estar de pie sobre la barranca, a orillas del mar y decir adiós con la mano a la goleta hasta que sólo sea una luciérnaga que las aguas se traguen; y volver después lentamente a casa y en el camino recoger una esponja que lleve aromas de sal al baño de su hermano Domingo, tan distante. Se figura en Buenos Aires, ofreciéndole la esponja. Y cree sentir el calor del beso fraternal.
Deja vagar su mirada por los objetos que adornan el austero salón, que antes de su llegada, y a pesar de las buenas intenciones de Luis, Emilio y Loreto, lucía desguarnecido. María admira la voluntad de Vernet, que en su primer viaje a las islas había levantado, junto a su gente, las instalaciones para recibir a su familia y acomodar a los colonos. Qué inhóspita habrá sido entonces Malvinas. Piensa en esa extensión de más de cincuenta islas y doscientos islotes que es ahora su hogar. Y ella, casi siempre en un mismo punto: la Soledad.
En un lugar de preferencia, Luis había colgado un cuadro. Enmarcada en un óvalo de madera de guindo, una muchacha de bucles y hombros de terciopelo, sonríe. Es una sonrisa de labios cerrados, apenas esbozada. Una Gioconda del sur con escote de blonda y camafeo. Tal vez Luis necesitó apelar a esa imagen suya porque supo que después una mujer de vientre combado y cabellera recogida iba a reemplazarla. Pero debajo de esa apariencia de matrona aguarda la otra. Y ella intuye que él tiene remordimientos. Cada tanto lo descubre recorriendo la inalterada belleza del retrato como pidiéndole disculpas.
Sobre una repisa María ve el mate de plata que perteneciera a su abuelo. El mismo mate que anoche en su sueño, le alcanzara la negra Julia:
Protegida por el alero, espía el baile de los negros. Las caravanas que penden de las orejas, los collares, los pañuelos y las faldas enloquecidas giran en círculo. Torbellino, mar embravecido de colores y un viento que huele a rancio. Chicharrones y sobacos, caras húmedas. Manos al cielo y en los parches. En el centro de la rueda, el mulato Pedro danza semidesnudo; ni el frío ni la noche parecen tocarlo. Solo. Igual que un bergantín en el oleaje. Oleaje de carne y calor que se levanta como una masa de agua oscura, gigantesca.
Julia se aparta del grupo. Le alcanza un mate: el de su abuelo, y la arrastra hacia el centro del baile. El mulato, piel sudada, brazos poderosos, le rodea la cintura. Oye el tum-tum de los tamboriles, el canto gutural, y acompaña su ritmo frenético. Por qué en vez de huir se queda allí, danzando una danza de pesadilla que, sin embargo, la hace feliz.
Rechaza ese recuerdo perturbador, y dispone los bizcochos sobre la bandeja. Las mermeladas de mora y guinda en las dulceras de cristal, voluptuosas como algunos sueños incomprensibles, expanden círculos rojos sobre el mantel blanco. Un rayo de luz, regalo inusual a esas horas, estalla en la azucarera y cubiertos de plata.
Oye las voces de los hombres que se acercan y se recompone frente al espejo.
—Bienvenidos, bienvenidos —dice María, extendiendo su mano al capitán Brisbane, un hombre robusto de finos modales.
Ya entra Gregoria con el servicio de té. Detrás de ella, Julia con la jícara de chocolate y los buñuelos. No se cebará mate esa tarde.
Hablan de los progresos. El plan próximo de Brisbane es levantar el ancla, fondear junto a Long Island y recibir, con Vernet y Emilio, las reses vivas que deben llevar a la Isla de los Estados. Si continúa el buen tiempo, Loreto volverá a Soledad para empacar ocho novillos más. Otro de los trabajos es dejar en Los Estados al señor Banks y su gente, encargados de cortar madera. Después, si la naturaleza lo permite, ir a Georgia en busca de nueve hombres que naufragaron allí.
—El 30 de agosto tomaré posesión de la isla en nombre del Gobierno de Buenos Aires, y honraremos a Santa Rosa. —El gobernador se pone de pie, apoya su mano en el hombro de María y anuncia—: Para celebrar nuestros diez años de casados, organizaré carreras cuadreras. La ocasión merece un gran festejo.
—No me lo habías dicho, Luis —dice María con un tono tierno de reproche.
—Es que era una sorpresa. Pero ahora ya lo sabes.
Gregoria acerca en ese momento el oporto, y el capitán Brisbane pide un brindis por el matrimonio Vernet.
María cuenta que se ha propuesto reunir a las mujeres para confeccionar ropa y velas. La vestimenta que acostumbraban llevar en su antigua vida ya no les sirve. Los capotes, ponchos y botas son de rigor, y no siempre pueden traerse del continente. Resulta más sencillo encargar las telas que podrán llegar con las provisiones, si el tiempo lo permitiera, que pedir vestidos ya confeccionados, pues los talles son diversos. Las velas, dada la poca luz diurna en invierno y la escasez de días soleados, se consumen en gran cantidad.
—Lástima que nadie sepa hacer pan, las negras son duchas en hornear bizcochos y freír buñuelos, pero se extraña tanto el pan… —María sueña con una hogaza tibia y crujiente—. Sería bueno poder untarlo con mantequilla.
—A diario la fabricamos con la leche gorda que dan las vacas. El campo de pastoreo resultó mejor de lo que pensábamos gracias al trabajo de Loreto y el portugués Jacinto —dice Vernet.
—Me ha sorprendido la altura del pasto —dice Ruiz Puente, español, segundo de Brisbane y descendiente del primer gobernador en la isla. En más de una ocasión ellos han comentado acerca de documentos en los que los antecesores de Ruiz Puente registran su opinión sobre Malvinas: “la cosa más ruin y estéril que se pueda imaginar”.
—Seguro que en otros tiempos faltó conocimiento —dice Vernet— hay aguadas, turba suficiente, buena tierra para plantar papas y vegetales… No faltará mucho para que podamos cultivar cereales. Estableceremos aquí una empresa pujante.
—Sin embargo debemos agradecer que los españoles, a pesar de su rechazo por el lugar, vigilaran y reconocieran estas costas que, por derecho natural, pasaron a Buenos Aires, en 1811.
—Así es, al decreto de mi nombramiento, antecede una declaración del gobierno de Buenos Aires, que deja bien claro que las islas pertenecían a España y pasaron a la Argentina junto con el resto del territorio.
—Si no me equivoco —dice Brisbane— hubo un período francés, aún pueden verse las ruinas del otro lado de la loma, frente al mar.
—He leído acerca de Bougainville. Me gustaría visitar el antiguo fuerte —dice María.
—Iremos. Ése fue el asentamiento más importante previo a nuestra llegada. Estoy seguro de que los actuales pobladores lograrán sobreponerse a las dificultades. Debemos impulsarlos a que se afinquen definitivamente y formen familia. Los niños que nazcan en Malvinas crecerán acostumbrados a este clima y este paisaje.
—Para eso hace falta un sacerdote —responde María con la mente puesta en la negra Julia, el mulato Pedro—: Son todos solteros y hay más hombres que mujeres. Si no tomamos medidas terminarán amancebándose.
—Si estuviéramos en alta mar, yo podría casarlos —dice el capitán Brisbane.
—Lástima que estas islas no sean un buque a su mando —bromea su segundo.
—Ya pedimos sacerdote —afirma Vernet— mientras tanto veremos qué hacer.
—Los cuidados que hoy tiene la señora, respecto de los negros —sostiene el capitán— obedece a la abolición de la esclavitud; pero no todo el mundo acata todavía esa ley. Como los portugueses contrabandeaban esclavos, a Inglaterra se le dio el control sobre esos barcos.
—Los ingleses tuvieron el monopolio del tráfico en el XVIII. Si después se convirtieron en los campeones de la abolición fue debido a que comenzaron a aplicar la máquina en su industria. Recién entonces abolieron la esclavitud en sus colonias y semicolonias. Ellos no iban a permitir que lo manufacturado por los esclavos fuera más barato que lo que hacía la máquina: así Inglaterra pudo vender sus tejidos a todo el mundo sin tener competencia. Como verá, querido Brisbane, no fue una cuestión de humanidad sino de conveniencia —retruca Vernet.
—Así, desgraciadamente, se han hecho los reinos y naciones: por interés —agrega Ruiz Puente.
VIII
Nada rueda más lentamente que la rueda del aburrimiento.
Los hombres se han ido a recorrer las islas. Y María planifica su propia aventura.
El cielo, menos encapotado que los días anteriores, no ha logrado intimidarla. Media legua distaba el saladero, y había enviado recado, anunciando su visita.
Envuelta en grueso paño de la cabeza a los pies, un poncho de vicuña le cubre la boca. Protege contra su cuerpo la canasta con los pasteles de membrillo que lleva como obsequio a doña Mariquita, para consolarla un poco. Ésta y su marido se lamentaban, en los primeros días, de haber venido a un desierto.
¿Acaso, piensa María, no es desierto también el mar cuando los días y noches se alargan como un médano interminable? Y el canto pegajoso y triste de los negros perdiéndose en la letanía oscura del viento. Y la memoria cuando los rostros se desdibujan tragados por la distancia y el tiempo.
En la bahía, la silueta amigable de la Betsie. Los marineros descargan gruesos troncos que usarán en la construcción de nuevas instalaciones. María se acerca; ahí el espectáculo del trabajo también es un entretenimiento.
Han vuelto con el capitán los hombres que habían naufragado en las costas desiertas de Georgia. Además trajeron maderas y árboles de diferentes clases, uno cuya corteza pica como el ají; otro de color amarillo, que María sabe que puede servir para teñir; otro, fragante. También un arbusto pequeño que abunda en las islas y que, aún verde, arde como yesca. Lo usan para leña y le dicen grullera.
Con la canasta tibia siempre apretada contra su pecho, deja la bahía y asciende lentamente la loma. En la cumbre se detiene a descansar, gira la cabeza y mira entonces hacia las casas. Le arden los ojos por el aire helado. El humo blanco que asciende desde las chimeneas de las cocinas compone una visión tan tibia y fragante como los dulces que lleva de regalo.
El saladero está próximo a la orilla del mar. Le han dicho que primero deberá cruzar arroyos. Pisa con cuidado, teme resbalarse. Vernet la alienta a visitar a sus vecinos. Claro que, junto al aliento, vienen las mil recomendaciones.
Divisa el saladero. Se sorprende de la sólida construcción de piedra y madera bordeada por un arroyo y un manantial.
Doña Mariquita la hace pasar y traba puertas y ventanas.
—No había tanto viento cuando salí —dice María.
—Es que en el puerto está más protegido.
La encargada del saladero, una gallega de cara redonda, ojos vivaces y pelo trenzado alrededor de la cabeza, recibe los pasteles con exclamaciones de agradecimiento.
Ofrece mate o té, lo que la señora guste tomar.
A pesar del mal tiempo, María insiste en visitar el saladero.
Las instalaciones por ahora son precarias, se excusa José, el marido de doña Mariquita.
Don Julio, el pescadero, les provee de pesca tan abundante que a veces no dan abasto y deben pedir la ayuda de otros colonos. Mariano, el aprendiz, un joven alto, de torso amplio y manos cuadradas, con ágiles movimientos, sobre una mesa de madera, raspa escamas, destripa y coloca los pescados en una pileta. En un galón están los ya salados. En cubas de madera, acomodados por capas, los en proceso. En otra barraca, en hilera, cuelgan los puestos a orear, componiendo extraños banderines de piel brillante. Los cristales de sal relucen en la penumbra. José dice que, aunque más rudimentario, el procedimiento es similar al que usaban en su Galicia natal.
El olor es fuerte y produce náuseas a María, que las disimula en su pañuelo perfumado.
Doña Mariquita lo advierte y propone volver a la casa. Quizás un licor vendría bien.
María, ya repuesta, se interesa y pide detalles.
Don Julio está orgulloso y sorprendido por la generosidad de estos mares verdes y profundos. Cuando es tiempo de agarrar, no hay red que aguante. El Mediterráneo, en cambio, es azul, y por lo tanto más pobre en pesca.
—Y pensar que apenas llegados quisimos dar la vuelta —dice doña Mariquita.
Se ha hecho tarde y María debe emprender el regreso.
José desaconseja que vuelva sola. Mariano ya está por terminar la labor del día y podrá acompañarla.
El aprendiz va callado, de vez en cuando —cuidado, misia— le indica con pudor las irregularidades del terreno, que conoce palmo a palmo y no se anima a preguntarle por Elisa, con quien bailó en la velada de bienvenida. Mariano, que viene de los corrales de Miserere, donde las mozas son bravas, se ha deslumbrado con la finura del ama.
—Hay pocas muchachas casaderas, ¿no es verdad? —dice María como adivinándole el pensamiento.
—Y, sí —responde tragándose el impulso de nombrar a Elisa.
Un hermano menor trabaja con Loreto en el campo de pastoreo. Y los padres se ocupan del tambo.
La luz oblicua del atardecer se refleja en el arroyo. María recuerda el agua limpia que bebió del cuenco de su mano en aquel primer paseo. Ahora, a pesar de tener las manos protegidas, siente la misma sensación. Convivir con las lenguas del frío, con el latigazo del viento, con las piedras y el barro. Y no quejarse. Ve el aliento de Mariano en el aire quebradizo. Ve sus palabras no dichas, que humean. Conoce la reserva de los isleños ante su presencia. María Sáez de Vernet no deja de ser la gobernadora.
Cuando llegan a una bifurcación del camino desde donde ya se ve la casa, María lo despide, gracias, volveré pronto al saladero.
Qué protector le parece su hogar después de haber caminado aterida. Los candiles encendidos crean una atmósfera amarilla y cálida. La observa antes de entrar como quien goza anticipadamente de un placer.
Se promete realizar una reunión para que los jóvenes se traten: tertulias o bailes. Nada más triste que sumar soledades. En Puerto Soledad se hace imprescindible la compañía.
Los niños corren a recibir a su madre.
—¿Nos has traído el corderito?
—No, no, cómo podría haberlo cargado yo sola. Le pediremos a Loreto que nos preste uno, el más pequeño… pero sólo por un rato. Los corderitos no pueden estar lejos de su mamá mucho tiempo, apenas unos momentos, como ustedes. Y ahora, cuéntenme, en qué han pasado la tarde.
—Elisa nos ha enseñado a armar collares con conchillas y a hacer pajaritas de papel —dicen excitados. Y también han practicado los saludos de sociedad, el caballero y la dama. Ríen y hacen reverencias.
María mira al ama con ojos nuevos. Esa bella muchacha será muy requerida, piensa.
Una negra del servicio la ayuda a quitarse el abrigo y le ofrece algo caliente.
—Gregoria, al pasar por las barracas de los negros, he oído un griterío. Seguro que es, otra vez, una cuestión de faldas. El gobernador ya tomará medidas.
Gregoria, con la cabeza gacha, hace un gesto de disculpa.
María piensa en esos dieciocho negros contratados por diez años y en las doce muchachas negras. Habrán de disputárselas, seguramente. Entre los blancos sucederá lo mismo: habrá que estimular la inmigración femenina.
Ya en su cuarto se acerca a la ventana. Eleva la mirada y ve las constelaciones. ¿Betelgeuse era esa estrella tan brillante que le señalaba su padre? De repente la luna, como una hoz, va segando los nubarrones y aparece un cielo duro, alto. Bajo esa bóveda enorme había caminado toda la tarde. El cielo de Malvinas no tiene la humildad del de su infancia.
Si supieras, madre, escribirá esa noche a Buenos Aires.
Cree que su madre no podría imaginar a don Julio, el pescadero, con sus redes que regresan trayendo, a veces, hasta dos mil pescados.
Se ha entusiasmado con el saladero. Queda poco en mí —se dice sonriendo— de aquella dama que hacía labores y tocaba el piano.
