I. El canto del gallo
Tres veces hizo sonar la aldaba con la izquierda. Después de cada golpe, se persignaba con la misma mano. El brazo derecho estaba inmovilizado por el recién nacido que ya había dejado de berrear. Si muriese en la noche helada, y sin cristianar, la culpa ardería como hereje en la hoguera y los responsables de traerlo al mundo serían consumidos por ella. El pecado era tan sordo como esa cabeza de león que otra vez golpeó, ya furiosa, contra su base. ¿Quién en su sano juicio haría música si el calendario no marcaba fiesta? La vieja Ignacia, envuelta en paño grueso, más apropiado para dama de alcurnia que para criada, le daba al pequeño su calor gastado. No se le fuera a ir a ella, que desconocía los males que la carne provoca en las mujeres débiles, y terminase en el Purgatorio solo por obedecer la orden de su señora, quien seguramente influida su sangre por un antepasado hereje, ya no transitaba la senda del honor cristiano.
Alzó la mirada estrecha, miope, al indiferente cielo que seguía encapotado, lúgubre, igual que su ánimo. Por fin la vieja Ignacia oyó movimientos del otro lado del portal y habló por lo bajo, como si pudiese escucharla, con doña Jerónima, que había desgajado de sí al retoño para lanzarlo a su suerte.
Los ruidos de la cerradura parecían surgir del propio vientre de Ignacia que, con las angustias del trajín, no tuvo tiempo de probar bocado ni de negarse al encargo, aunque sus rezongos murmuraban lo que su humilde condición no le permitía decir a voz en cuello. Las ramas de los árboles, panderetas en manos de difunto, azuzaban a las nubes que iban en fantasmal procesión. ¿Por qué habrían escogido sus huesos enclenques en vez de los de una criada joven?
Quien abrió la puerta titubeó unos segundos, pero el relámpago en lo alto del campanario le encendió la caridad y la mirada aguachenta. No tenía traza de mendiga la que se disculpaba por importunar a esas horas. María la hizo pasar y recién después le preguntó a qué venía.
—A entregar una carta.
—El señor está comiendo con amigos, como acostumbra cada noche. Y los criados tienen prohibido molestarlo.
—Se juega la vida de este pobrecillo, apiádese.
Empuñando el rollo sujeto por una cinta de seda roja, María, que comandaba en la casa de Domenikos Theotokopulos, se hizo seguir por el pasillo con ademanes altaneros. A Estrella, que fregaba los trastos en la cocina, le ordenó que sirviera sin refunfuños algo caliente a Ignacia. La joven, de ademanes refinados y belleza poco común, no le replicó a María que era ella la de refunfuñar por nada, pero lo pensó, y acercó un cuenco con sopa a la mesa en la que se enfriaba un sobrante de cordero.
Ignacia se sentó frente a los manjares, ávida y tímida al mismo tiempo, sin saber qué hacer con el que le entorpecía los movimientos.
—Préstemelo —rogó la joven—, podría quemarlo. Y coma tranquila, mujer.
Estrella, mientras acunaba en sus brazos al niño, instó a la vieja a que también diera cuenta del guiso; su señor, al que muchos llamaban “el griego”, no era de controlar la despensa y menos las sobras.
Los ojos melancólicos de Estrella se fugaron más allá de la carita de ojos cerrados y razonó que la desdicha había parido a esa criatura, como a tantas otras. Ahogó un sollozo, nacido de la experiencia. El gallo había cantado esa madrugada a deshora, recordó. Y le vino a la temerosa cabeza lo que escuchara decir en Santo Tomé: “Cuando la naturaleza altera su orden, seguro que el diablo anda rondando”.
Ahora otro desorden le azuzaba el mal pálpito, pues la música que llegaba del salón había cesado y solo se oían los sonidos golosos de la que masticaba con sus solitarios dientes delanteros.
María regresó a la cocina espantada por haber visto a su amo, por lo común sereno, dar una rápida leída a la carta con ojos alucinados. Para vengarse del ademán despectivo que recibiera de él en la sala antes festiva, ahora apuntaba con el mensaje a la vieja y a Estrella, y las prevenía acerca de los truenos, de los demonios y del Apocalipsis. El rollo, despojado de la cinta, amenazaba abrirse. La que roía la pata de cordero y la que abrazaba al niño no prestaron atención al gesto ni a las palabras de la que continuó mascullando hasta abrir una portezuela lateral. La ráfaga helada se anticipó a su grito: “¡Francisco!”.
A los pocos minutos llegó el que oficiaba, según María, de alcahuete, cochero, mayordomo, correo, palafrenero, ayudante de pintor… Francisco, cerrándose el jubón, las calzas de boca ancha desatadas, las miró con el entrecejo fruncido.
—Seguro que jadeas porque has saltado la barda —rezongó María, los ojos celosos puestos en el piso encharcado. Y pensó con ira que mejor no le tocaran al señor Domenikos a su Francisco Preboste. Si ella supiese leer, ya le habría echado un vistazo a la carta y no dependería de ese embustero que le juraba amor a todas las mozas del vecindario.
Francisco tomó el pliego y lo acercó al candil. Leyó a una velocidad que hizo dudar a María de que allí hubiese algo escrito. Enseguida los ojillos del romano se posaron, inquisidores, en el pequeño bulto que comenzaba a agitarse. Al tomar con gallardo ademán su capote, que pendía de un clavo, se burló en silencio de los comentarios sobre el mal tiempo. ¿Acaso a él no le habían interrumpido su tormenta privada sobre el jergón de la viuda?
La reanudación de la música tranquilizó a María que, ya de mejor talante, se sirvió una tisana. La vieja Ignacia formaba bolitas de miga para terminar saboreándolas como si fueran de mazapán. Las tres mujeres pegaron un respingo cuando el golpe de la aldaba quebró el persistente aullido del viento. La vieja Ignacia dijo por lo bajo:
—Debe de ser el ama de leche.
Le habían advertido, antes de salir, que si ella no regresaba en corto plazo, lo tomarían como una señal y enviarían a la nodriza.
El puchero rebalsó y las llamas chisporrotearon. Esa cocina olía a buen cristiano, razonó Ignacia, no como en la que ella batallaba con especias exóticas que los De las Cuevas, mercaderes de telas, traían de sus viajes a sitios herejes.
Otra llama chisporroteaba en el hombre altivo, grave, ubicado en la cabecera de la larga mesa de la que parecía haberse desentendido. La viola y el clavecín habían ido amenizando, igual que en otras cenas, la charla que minutos antes fuera interrumpida por la noticia que el Greco decidió no compartir con sus comensales, quienes a pesar de la irrupción de la criada siguieron comentando los asuntos del arte como si se tratara de estrategias de guerra, ya que la guerra contra la rebelión morisca había afectado a muchos nobles que, al ser desprovistos de esclavos, vieron disminuida su fortuna. ¿Y quiénes, si no ellos, después de la Iglesia y del rey, fomentaban el arte?
—El tiempo del artista no está hecho de las menudencias de lo cotidiano —escuchó decir Domenikos Theotokopulos a don Luis, como si este hubiese adivinado la nueva que lo angustiaba. Y se enfureció contra sí mismo. Entretenerse con dichas o pesares era cosa de artesanos, de simples “madonneros” de feria. Atrás habían quedado Candía, Venecia y la romana Academia de San Lucas, donde lo registraron como Miser Domenico Greco, marcándole así su extranjería. Terminó aceptando el apodo, a mucha honra.
Si Giulio Clovio se enterara de lo que él acababa de enterarse, a pesar de la disposición indulgente que siempre mostrara hacia su persona, le reprocharía la imprudencia, pensó, arrepentido de sus impulsos pasionales más afines a la juventud que a la madurez.
Mientras los demás opinaban acerca de la importancia de las matemáticas y del dibujo en la pintura, él, como si estuviese sosteniendo entre sus dedos un carboncillo, dibujó mentalmente los trazos de aquella ansiada carta de recomendación de su protector. Habían pasado ocho años pero aún la conservaba en su memoria:
Al Cardenal Farnese
A 16 de noviembre de 1570
Ha llegado a Roma un joven candiota, discípulo del Tiziano, que a mi juicio figura entre los excelentes en pintura. Y entre otras cosas ha hecho un retrato de sí mismo que ha causado la estupefacción de todos los pintores de Roma. Yo querría acogerlo bajo la sombra de V.S. Ilma. y Reverendísima sin que precise otra cosa para vivir que una cámara en el Palazzo Farnese, por un poco de tiempo hasta que pueda acomodarse mejor. Así yo le suplicase sirva escribir al Co. Ludovico, su mayordomo, para que le provea en dicho palacio de alguna estancia en lo alto. V.S. Ilma. haría así una obra virtuosa digna de V.S. y yo le quedaré muy obligado. Y le beso con reverencia las manos. De V.S. Ilma. y Reverendísima, humildísimo servidor.
Don Giulio Clovio
Y ahora él, ya sin el respaldo del cardenal y de su palacio, deshonraba la confianza de Clovio, miniaturista que le había enseñado su virtuosa técnica con el desinterés de un padre. Ningún hombre estaba exento de caer en amores, pero que el fruto de la debilidad lo pusiera en triste evidencia a él, un extranjero que aún esperaba el reconocimiento de la corte española, demostraba su poca prudencia.
La paternidad de un artista está en su arte y no en su descendencia sanguínea, razonó, recordando que su voluntad exigía que las influencias de sus maestros fuesen poco reconocibles, en especial la de Tiziano, admirable pintor, sin dudas, pero ya fuera de época. Si malintencionadamente alguno no le mencionaba a Tintoretto, otro le marcaba ese detalle típico de Bassano, del Veronés… Aunque él ya no era un pintor “a la griega”, los necios le negaban todavía la posibilidad de ser un hombre occidental, señalándole su cuna. Pero en los últimos tiempos algunos encargos importantes le fueron reforzando la idea de que él tenía su grandeza. La soledad era imprescindible para aquel que aspirara a centrar su existencia en el desarrollo del don otorgado por la providencia, razonó. Y ahora tenía tras de sí a los De las Cuevas que, con sus fuertes donaciones parroquiales, pondrían al clero en su contra si él no acataba sus demandas.
El vino espeso, áspero, le supo a agua. Anhelaría beber un tonel, caviló, preocupado, ya que el alcohol propiciaba la holganza y no el trabajo. Pero debía seguir avanzando en La Anunciación hasta el alba, instante en que el insomne suele rendirse al magnánimo sueño.
Aprendiz. Así iba a considerar en el futuro al niño que, según la carta, dejaban a su costa. Y esa verdad debería correr y no la de la maledicencia. Intrigas, juicios, desconfianza ya lo habían apartado de su destino romano… Bastaba que la mala fama echara a rodar para que los mejores encargos fueran acaparados por los ineptos que serpenteaban en las cortes. Y para colmo, las autoridades eclesiásticas, de oído atento, desechaban al “indigno” de recrear escenas religiosas por su libertad interpretativa, y escogían al corto de talento que copiaba con sumisión.
—El sentido escenográfico —dijo Castilla con enfático gesto.
—Y el color —agregó Theotokopulos como si no hubiese permanecido ausente después del último aldabonazo que le confirmó que no era una pesadilla, que la realidad venía a imponerle su marejada de torpezas.
—La lealtad del pintor se debe a la idea que se ha hecho de la composición, coincido contigo, Domenikos. El que contrata al artista es frecuente que desconozca el verdadero sentido del arte.
—Lealtad —repitió por lo bajo el Greco, e hizo un confuso movimiento de cabeza que los músicos interpretaron como el llamado a la pausa. Los instó a seguir con un tecleo en el aire de sus dedos largos que se articulaban, a veces, como si no tuviesen huesos.
Con el dúo de cuerdas se acentuó, tal vez, el sentimiento ambiguo de quien, pensando en la mujer amada, levantó su copa para brindar por los artistas verdaderos. Los amigos del Greco, de excelente humor y agradecidos por la velada, lo imitaron. Al fin de cuentas, España finalizaba el año 1578 con un brillo equivalente al de Francia, Italia, Inglaterra… Si escaseaba el grano, lo mandaban traer de Sicilia. Y los viñedos, en especial los de Valladolid y Medina-Rueda, eran inmejorables. La capirotada de perdiz, las berenjenas a la cazuela y el congrio con salvia, los platos principales servidos en la cena, eran la prueba de que en Toledo se comía tan abundante y sabroso como en la mejor ciudad capital de Europa. Don Luis lo comentó, eufórico, y los demás estuvieron de acuerdo.
II. La caída del dosel
La monja no lograba comprender los balbuceos febriles de la enferma. Paños fríos. Ungüentos. Tisanas. Friegas. Sangrías. La criada, mirada apagada y pies de algodón, iba y venía con silenciosas jofainas, cuencos, cucharas. Inútil intentar que la señora tragase bocado. Le humedecían los labios, a pesar de sus ruegos de que ya basta, que la dejaran morir en paz. Anhelaba ser, en ese instante de arrepentimiento, como Santa Teresa, y encerrarse en una regla estricta, despojada hasta del calzado. Sí, ella formaría parte de esas pequeñas comunidades de trece carmelitas en cualquiera de las congregaciones que la aceptaran, y accedería a los “caminos de la perfección”, entregada solamente a los “placeres de Dios”. Sor Gertrudis, una robusta germana que había aprendido en su país de origen a curar heridas con emplastos de hierbas que ella misma cultivaba en la huerta del convento, era considerada un ángel por aquellos que habían gozado de sus cuidados.
El hermano de Jerónima contemplaba la escena desde el dintel de la puerta. La que había manchado el buen nombre de la familia no se merecía la proximidad del afecto. Los De las Cuevas, con sacrificios y acciones piadosas, habían ido ganándose los favores de la Iglesia. Ya nadie mencionaba al antepasado moro, y menos al pariente lejano de las Sierras del Espadán, vasallo de la nobleza, convertido al catolicismo, que había traicionado la confianza de sus señores al unirse a los rebeldes moriscos. Prueba suficiente habían dado los De las Cuevas toledanos de su fervor católico, con las telas bordadas en piedras preciosas, donadas al altar de la iglesia del Cristo de la luz. También el convento de Santo Domingo recibía actualmente sus dádivas. Y gracias a esas devociones y que solo faltaran a misa cuando estaban de viaje, hoy tenían junto a la yaciente a sor Gertrudis, que facilitaría a Jerónima el tránsito a los cielos, que ni quería pensar Juan de las Cuevas en el amenazante infierno que abría sus fauces ante la bella cara de su hermana, desde tiempo atrás.
Dos veces pidieron al cura párroco de Santo Tomé que le diera la extremaunción, pero las dos veces el cuerpo de Jerónima recuperó movimiento, vaya a saberse si castigado por el arrepentimiento o encendido por el amor clandestino que aún se le notaba en los pechos, en la comba del vientre, en los muslos ansiosos. Juan, que no era de espiar, salvo a las criadas, menos iba a andar curioseando a su hermana en los menesteres íntimos. Pero la enfermedad, que suele despojar a las personas de los pudorosos atributos de la vida, le permitía esa licencia. El cuerpo sufriente de Jerónima era manipulado y exhibido al arbitrio de quien se estuviese encargando de ella.
¿Cuándo fue que las carnes se le moldearon de esa forma obscena? Tal vez los frecuentes viajes comerciales del padre y del hermano propiciaron en ella conductas que la vigilancia masculina habría impedido. El padre mismo encargó el retrato al artista extranjero: la belleza de su Jerónima, duplicada en el cuadro, atraería a algún pretendiente con fortuna pues ya uno, hombre mayor y acaudalado, reciente viudo, le había echado el ojo en la procesión de Corpus Christi. Estaba de Dios, pensaba él, que Jerónima pasara de los mimos paternos a los del marido sin conocer los abusos de la vida. “La mujer, recuérdalo, Juan, hijo mío, debe ser joven, inocente, y parir hijos sanos; al hombre, aunque viejo, le basta con tener las arcas llenas.”
Con los párpados bajos, anticipo del mundo de tinieblas, Jerónima se entregaba al dolor: con dolor había parido, y con dolor debía morir. Aprobaba la sentencia del padre, repetida hoy por su hermano que, desde su postración, solo era una sombra encuadrada por el marco de la puerta. Las palabras duras de Juan, paradójicamente, la confortaban. Estaba dispuesta al martirio, revés del goce que ella supo bordar de manera exquisita para estar a la altura de quien decía dibujarla con el pensamiento. En verano la pintó envuelta en armiño, aunque ella careciese de ese lujo.
—Lucirás como una noble veneciana. Tus rasgos, Jerónima, poseen linaje helénico. Un poco más atrás el rebozo. Los ojos, de ardiente distancia, no se deben posar en quien contemple la pintura, no lo olvides. Y pon la mano derecha en lo que será el abrigo. Pero primero quítate las sortijas. Mi pincel te dará dos: una con un rubí, la otra con un zafiro. Perfecto óvalo. De tres cuartos de perfil, tu inimitable cabeza de reina…
—La reina, Domenikos de mi alma —murmuró Jerónima en su delirio—, hoy te ha enviado al delfín envuelto en la seda de aquel pañuelo que tú mismo le sujetaste al cuello, ¿recuerdas?
Sor Gertrudis acercó el oído a la boca de labios resecos, pero apenas si pudo descifrar el nombre del día dedicado al Señor.
—¿Me llevarás a Venecia, amor mío? —le seguía preguntando Jerónima a su pintor en el delirio de la duermevela, como si no hubiesen pasado nueve meses desde aquel diálogo—. Mi hermano y mi padre van con frecuencia a la ciudad de los canales, pero solo los escucho hablar de hilados, precios, bordados, tinturas… Y al regresar portan la lujuria en las risitas embozadas, en los guiños y en los velados comentarios. Y sospecho que en Venecia y en otras lejanías, ellos gustan de lo prohibido.
—¡Ah, los tintes, Jerónima! El río oloroso y colorido de los tintes en las callejas del mercado. En Venecia, el aire tiñe su piel de damasco en las auroras, y crea un inimitable arcoíris. En las noches sin viento oyes los alertas de los centinelas y las antorchas tiemblan su reflejo en el agua. Y las mujeres despliegan un sortilegio que aquí las condenaría. Pero no pienses que allí no le temen al Anticristo. A los pintores aún los espanta el recuerdo de los juicios; en Florencia, a Botticelli lo convencieron de la inmoralidad de sus desnudos y él mismo tiró algunas de sus obras a la hoguera; y el papa Gregorio XIII pensó en destruir El juicio final de Miguel Ángel por considerarlo obsceno… Por temor, tal vez, es que no te pinto como te veo: desnuda. No me mires con esos ojos de espanto ni me tomes en serio, Jerónima. Hablo de otros países pero ningún aire, créeme, te hubiese sido más propicio que el de Toledo… ¿Te han dicho que pareces una madonna de Bizancio? Belleza griega. Belleza oriental. Sé que la Inquisición a los extranjeros o a los que poseen en su sangre…
—No me cuentes de persecuciones y fogatas —lo había interrumpido—, pero cuéntame otra vez de los carnavales, de las góndolas, y de los rincones transformados en dormitorios. Y del caballero y la dama que se am
