Julieta

Anabella Franco

Fragmento

Corporativa

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Penguin Random House

El que es incapaz de perdonar es incapaz de amar.

MARTIN LUTHER KING

1

2008

—Tenía motivos —masculló el cliente, nervioso. Sudaba copiosamente—. ¡Ella me engañaba con él, un cantinero! ¿Qué quería que hiciera? ¿Felicitarla?

Julieta apenas pestañeó. Permanecía impasible tanto en la comodidad de su oficina como entre las paredes putrefactas de una cárcel, hablando de un fin de semana en Punta del Este como de un asesinato.

—¿Está seguro de que él pasó la noche con ella? —indagó—. No podemos cometer errores.

—¡Claro que estoy seguro! —exclamó el cliente—. De otro modo no habría reaccionado como lo hice. Sospecho que hasta podrían encontrar su semen en ella todavía. Pero claro, el maldito debe haber usado preservativo.

Julieta bajó la mirada, era fría incluso cuando se hablaba de sexo. Volvió a su cliente ni bien él se calló y respiró profundo antes de continuar.

—En ese caso, creo que tenemos la coartada perfecta.

—Lo mandé a investigar. Quiero que… —quiso seguir él.

—Solo voy a necesitar su foto —lo interrumpió Julieta. No iba a perder el tiempo hablando de ese hombre: a su cliente podía importarle, había sido el amante de su mujer, pero a ella no—. También dos testigos que digan que usted estuvo en algún lado esa noche. Tienen que ser hombres. No quiero mujeres, podría prestarse a confusiones. Pueden ser un chofer y el maître de algún restaurante. Además, hay que buscar testigos que certifiquen que el tal Leonardo Durán estuvo con ella en la escena del crimen, para eso necesito su foto. Por otro lado, no podemos perder de vista el arma. ¿Dónde la dejó?

El cliente tragó con fuerza. Miró hacia uno y otro lado como un paranoico y se inclinó hacia adelante.

—No me gusta hablar de eso acá —susurró.

Julieta enarcó las cejas y sonrió, insensible ante la situación.

—¿Quiere que salgamos al jardín de rosas? —preguntó con tono irónico, señalando la puerta. Dentro de una cárcel no había más que patios enjaulados y paredes enmohecidas.

El cliente ocultó su frustración. Si tan solo hubiera elegido otro abogado… Bajó la cabeza y trató de ser preciso.

—La escondí. Puedo decirle dónde encontrarla si piensa plantársela como prueba a ese maldito.

—No voy a plantarle ninguna prueba —contestó Julieta, enérgica—. Mi trabajo se resume a salvarlo a usted de una condena, no a propiciar la de un inocente. Lo usaré como distracción para que el juez aparte la atención de usted, pero no voy a ser el instrumento de una venganza personal contra el amante de su mujer. Concentraremos la atención sobre el amante, y eso reforzará nuestro argumento de que hubo falta de pruebas contra usted. Yo me ocuparé de los testigos, y usted, del arma; supongo que tiene a alguien de confianza para que se haga cargo de eso. Deshágase de ella lo antes posible. ¿Piensa hacerlo? —El culpable asintió con la cabeza. Ella se puso de pie—. En ese caso, bienvenido al sobreseimiento, señor Barrios —concluyó, y se retiró sin esperar respuesta.

Todo en ella —su ropa, su voz, sus movimientos— evocaba lo implacable de su conducta. No medía más de un metro sesenta y cinco, pero conseguía una altura aceptable gracias a los tacos, elegidos para acobardar a cualquiera. Le temía a muy pocas cosas. Siempre vestía ropa seria y distinguida, y caminaba con la frente en alto. En el universo machista de las cárceles y el afán competitivo de Tribunales convenía mantener una postura inquebrantable, sobre todo cuando defendía a grandes clientes. Jamás permitía que la vieran débil, por eso atacaba primero, y muchos le temían. Había forjado un mito y nunca dejaría que colegas despiadados y clientes soberbios le quitaran un ápice de todo lo que había logrado.

No existía ser alguno que pudiera doblegarla.

* * *

Recostado en su cama, apenas cubierto por la sábana y con la cabeza enterrada en la almohada, Leonardo deseó morir.

Quería tocarla una vez más. Anhelaba su cuerpo, su voz, su perfume. Su risa invadía los rincones más recónditos de su mente y rebotaba contra sus oídos, transformándose en lágrimas.

—Emilia… —balbuceó, consternado.

La recordó en el bar donde se habían visto por primera vez. La recordó desnuda en su sofá, bañada por la luz de la luna que entraba por la ventana abierta, en su cocina, en su cama. La recordó una noche de verano en su cuarto desordenado.

Él recorría su cuerpo con un dedo; ella giró la cabeza, estiró una mano y le acarició una mejilla.

—¿Cómo sería ser libres? —le preguntó, con la ternura propia de los sueños.

—Lo seremos —prometió él—. Estoy dispuesto a esperarte todo el tiempo que sea necesario.

Emilia sonrió en la penumbra. Él le besó los dedos.

—¿Cómo sería una vida juntos? —siguió preguntando ella.

Leonardo sonrió con la mirada dulcificada.

—Sería maravillosa —respondió antes de besarle los labios.

En su presente, tan distinto de aquel pasado todavía latente, se retorció en la cama, apretando la almohada bajo su frente bañada de sudor y lágrimas. Ya no habría sexo, una vida juntos, ni sueños. Ya no habría nada.

—¡Agh! —gritó, preso de la impotencia.

Quería matarlo. Samuel Barrios le había arrebatado más que una mujer, le había arrancado el futuro. Solo esperaba que pagara.

Jamás se había sentido tan vacío, tan solo. Jamás había deseado matar y morir al mismo tiempo. ¿Cómo haría para vivir sin Emilia? ¿Cómo respiraría hasta que se hiciera justicia? ¿Cómo podía resucitarla? De haber sabido que esa sería la última noche que pasarían juntos, la despedida definitiva, jamás la habría dejado a merced de su marido.

—Ya le pedí el divorcio —le contó ella.

—Vayámonos lejos —propuso él.

—No sería justo —respondió Emilia, y a continuación hizo una promesa—: Vamos a ser felices.

Leonardo volvió a quejarse y se retorció al recordar esas últimas palabras. Era imposible luchar contra el dolor del alma. No había modo de arrancarlo, se enterraba cada vez más, arrastrándolo a la oscuridad.

Nunca pensó que la penumbra sería real.

El timbre sonó, pero él no reaccionó hasta que oyó un fuerte golpe en la puerta de su departamento. Se secó la cara con la sábana y saltó de la cama. Ni siquiera se vistió, salió del cuarto en bóxer, alertado por el ruido.

Para su sorpresa, halló algunos sujetos de traje y policías en su sala.

—¿Qué significa esto? —interrogó con el ceño fruncido.

—¿Leonardo Durán? —preguntó un hombre que se abría paso hacia él entre dos agentes.

—Sí.

—Tenemos una orden de allanamiento.

2

2016

—Según refiere usted, alguien iba conduciendo un Audi TT y atropelló a dos jóvenes que murieron en el acto. El conductor se asustó, huyó y abandonó el automóvil a unas cuadras, posiblemente porque el coche se detuvo a causa de las consecuencias del impacto con los peatones —resumió Julieta—. Debo asumir que el conductor era usted.

—¡Claro que no! —replicó el hombre de traje, indignado.

—¿Su hijo?

—Mi hijo iba en el auto, pero no estaba conduciendo. Se lo había prestado a un amigo.

Julieta suspiró. Estaba acostumbrada a escuchar relatos que pretendían encubrir delitos. Muchos de sus colegas preferían desconocer la verdad y creer en el cliente. Ella no. Si querían evitar un fallo como culpables, no podían dejar nada librado al azar. Ocultarle datos a ella, su abogada defensora, era casi tan estúpido como haber abandonado el auto en medio de la calle.

—Si quiere que tengamos éxito en la defensa, debe decirme la verdad. Esa es mi forma de proceder, o no procedo —replicó, dura.

—Me dijeron que usted era la mejor —atacó el sujeto. Pretendía presionarla con una humillación encubierta, pero Julieta no dimitió. Continuaba mirándolo con una expresión inmutable, enmarcada por los cuadros que ostentaban su título, posgrados y un doctorado en la pared de su oficina.

—Soy la mejor cuando mis clientes hacen exactamente lo que yo les pido —contestó—. No me gusta dejar nada librado al azar, tengo una reputación que mantener y una larga fila de clientes dispuestos a pagar el triple que usted, así que colabore o busque otro abogado.

Siguió un momento de tenso silencio.

—Debemos callar a la prensa —soltó él. Buscaba cambiar de tema para no sentir que una mujer le había ganado. Julieta, hábil, le concedió esa tregua.

—Puedo ayudar con eso también, pero quiero la verdad.

El hombre bajó la cabeza.

—Mi hijo conducía y se había drogado —admitió, y alzó los ojos para rogar—. Por favor, solo es un chico malcriado, jamás resistiría una cárcel.

—Los chicos que su hijo mató también tenían una vida, senador. No lo victimice —pidió ella—. Gracias por la verdad —agregó para suavizar el duro matiz de su voz—. Es preciso que hable con su hijo para los detalles: horarios, lugares en los que estuvo antes del accidente, quiénes iban con él en el coche… Necesitamos demostrar que los peatones cruzaron mal la calle, que habían bebido y que por eso no se daban cuenta de lo que hacían. Es imprescindible que crean que su hijo no pudo evitar lo que pasó. ¿La policía sabe que estaba drogado? ¿Le hicieron el test? ¿Había cámaras de seguridad?

—Le hicieron un control de alcoholemia, pero dio cero. No hubo otros procedimientos. En cuanto a las cámaras, le pregunté al intendente de la localidad, que es amigo de un amigo mío, y me dijo que en esa esquina no hay.

—¿Está seguro? —preguntó Julieta. Él asintió—. Eso es bueno. Debemos conseguir un testigo que diga que los peatones cruzaron el semáforo en rojo y que su hijo no pudo hacer nada para evitar atropellarlos. Lo mismo dirán sus amigos. Podemos conseguir una compensación económica para las víctimas y evitar la cárcel para su hijo. Veremos.

Los muertos no resucitarían. Conseguiría dinero para las familias y, aunque el niño mimado no pagaría su crimen, tal vez aprendiera la lección y ya no volviera a tocar un auto. Para representar a la defensa tenía que olvidar los escrúpulos y, sobre todo, jamás ponerse en el lugar de las víctimas.

Conversó con el cliente hasta que el reloj de su escritorio señaló las ocho. Habría preferido seguir en su oficina tramando coartadas, pero no podía llegar tarde al cumpleaños de su pareja.

Se despidieron, y Julieta se apresuró a salir de la oficina. Mientras bajaba por el ascensor, se miró al espejo para acomodarse el pelo. Su traje de blazer y falda gris hasta la rodilla y una camisa blanca le otorgaban un aspecto formal y aburrido, aunque ideal para parecer implacable. El pelo rojizo, sujeto en una cola, la hacía ver muy seria. Tenía treinta y seis años, pero una dieta vegetariana y el ejercicio diario le daban la apariencia de una mujer más joven.

Condujo hasta el edificio donde vivía lo más rápido posible y dejó el coche preparado en la puerta, listo para volver a salir.

El departamento estaba en penumbras. A través del inmenso ventanal de la sala se veían las luces de la ciudad, la avenida del Libertador y el cielo oscuro. Justo frente a su edificio, un enorme letrero de luces rojas iluminaba el living. Odiaba aquel anuncio; no podía abrir las cortinas de noche, porque la luz roja entraba en su sala y parecía la pista de baile de una discoteca. Nunca tenía tiempo de iniciar acciones legales para que lo quitaran. Se prometió por milésima vez que demandaría a la compañía por las molestias ocasionadas, arrojó el maletín sobre el sofá y se sacó los zapatos.

Los pies le dolían, estaban lastimados y hasta le sangraban a veces, pero continuaba caminando sobre tacones. De lo contrario, su metro sesenta y cinco la habría hecho sentir vulnerable frente a los clientes y otros abogados.

Mientras se dirigía a la cocina, inclinó el cuello hacia un hombro. Las vértebras sonaron, también hacia el lado contrario. Jamás mostraba cuán nerviosa se sentía, siempre lucía fría y omnipotente, pero su cuerpo sufría las consecuencias.

Extrajo una botella de la heladera, la destapó y bebió agua. Después la dejó sobre la mesada y fue a su habitación. Al pasar apoyó el celular sobre el tocador, presionó el ícono del contestador y activó el altavoz.

Mientras resonaban algunos mensajes, buscó ropa, extrajo un par de zapatos y al final se detuvo para repetir el único mensaje que, en su mente pragmática, había sonado útil. Se trataba de un abogado conocido que le pedía ayuda para una causa de evasión impositiva. Anotó el teléfono de su colega y borró la grabación. Eran las nueve de la noche y debía llegar al restaurante, como muy tarde, a las nueve y media.

Después de maquillarse, recogió la cartera y salió apurada. Se había puesto un vestido negro largo hasta la rodilla y tacos. También había elegido un chal que combinaba con el vestido y, como accesorios, aros, un anillo, una pulsera y una cadena de brillantes.

Llegó al Hyatt, entró al restaurante Duhau y preguntó por la mesa reservada para Christian Basualdo. Un empleado se ofreció a orientarla a través del salón. Julieta le agradeció en cuanto vio el cabello rubio de Christian: estaba sentado de espaldas a ella con un grupo de amigos.

Dio unos pasos más y se detuvo antes de llegar a la mesa. Suspiró y cerró los ojos; trataba de darse fuerzas. No le gustaban las reuniones sociales y se ponía nerviosa cuando tenía que interactuar con gente fuera del ámbito laboral; socializar nunca había sido lo suyo. Finalmente, enfrentó la situación con una sonrisa fría que la ayudó a mostrarse fuerte y segura.

—Buenas noches —saludó, apoyando una mano sobre el hombro de Christian.

Él giró la cabeza y la miró. Mientras los hombres y mujeres que lo acompañaban respondían con cortesía, Julieta lo besó y luego se sentó a su lado.

—Feliz cumpleaños —le dijo.

—Llegaste tarde —la reprendió Christian en voz baja.

—Tuve mucho trabajo —respondió Julieta, colocándose una servilleta en el regazo—. ¿Ya ordenaste?

—Te pedí como entrada ensalada tibia de vegetales. Supuse que eso te gustaría.

Julieta volvió a sonreír. Al fin su novio había aprendido que ella no comía carne. Solo pescado, a veces.

—Gracias —respondió.

Enseguida dirigió su atención a uno de los hombres de las parejas amigas, quien le hizo una pregunta.

—¿De verdad tomaste el caso del diputado acusado de corrupción que salió en libertad esta semana?

—Escuchamos tu nombre en el noticiero y no lo podíamos creer —acotó su esposa.

—Sí, es mi cliente —respondió Julieta, sonriendo con gesto autosuficiente.

La novia de turno de otro de los amigos de Christian, una chica rubia y atractiva a la que Julieta no había visto nunca, agregó:

—¿Sos abogada defensora? Siempre me pregunto si los acusados son culpables o inocentes. ¿No te sentís mal cuando tenés que defender a un culpable? Digamos que sos la abogada del diablo.

Julieta sonrió con los labios apretados.

—¿Quién dijo que mis defendidos son culpables? —respondió—. ¿Me pasás el vino, por favor?

Jamás develaba secretos profesionales, aunque las únicas conversaciones en las que solía participar eran de trabajo. Se sentía más a gusto hablando de asuntos legales, actualidad y política, que de su vida privada.

Después de la cena, cortaron una torta. Aunque le sirvieron una porción, la dejó intacta y a cambio ordenó un plato de frutas de temporada.

Una hora después, fueron al estacionamiento.

—¿Te espero en mi departamento? —le preguntó Christian junto a su auto, tocándole la cintura—. Todavía no me diste mi regalo de cumpleaños —insinuó con una sonrisa sagaz.

Por un instante, Julieta pensó en decir que se hallaba cansada. Ansiaba volver a su casa. No podía: la semana anterior había puesto la excusa de que estaba con el período, y si huía de nuevo Christian se daría cuenta de que trataba de evitar el sexo. Asintió, y él la despidió con un beso mientras le rozaba la cadera con los dedos. Fue una insinuación inequívoca de que la esperaba para continuar con la velada en su cuarto.

En el silencio del auto, rumbo al departamento de su pareja, Julieta pensó en lo poco que deseaba acostarse con él. Debía ofrecerle su cuerpo porque tenía treinta y seis años y no se podía dar el lujo de perder a un abogado de cuarenta y uno, soltero y adinerado. Christian era el novio perfecto: compartían la profesión, la posición social y los amigos. Se habían conocido hacía dos años en una fiesta del Colegio de Abogados, gracias a un conocido en común que los había presentado. Esa misma noche se pasaron los teléfonos y a la semana siguiente ya estaban compartiendo la cama.

Desde entonces los unía una relación racional y mesurada, y por el momento tenían tantas ocupaciones, que no les interesaba convivir y mucho menos unirse en matrimonio. No querían hijos, problemas domésticos, ni perder su libertad. A ninguno le gustaba dar explicaciones ni desaprovechar el tiempo con sensiblerías. Se veían los sábados, conversaban más tiempo de su profesión que de sus proyectos personales y acababan en la casa del country de algún amigo de él, un domingo cada tanto. Los demás días los pasaban separados, trabajando. Julieta aprovechaba cualquier rato libre para avanzar con sus casos y recuperar las horas que le faltaban a la semana. Le gustaba ocupar cada minuto. No quería ratos libres, no quería pensar en nada que no fuera el trabajo.

Llegó a Palermo al mismo tiempo que Christian. Estacionó a media cuadra mientras él ingresaba su auto al predio de edificios y luego al estacionamiento. Ella saludó a los guardias de seguridad, caminó hasta la primera torre y esperó a Christian para que le abriera la puerta. Una vez juntos, tomaron el ascensor y subieron al piso en silencio.

A Julieta le agradaba el ambiente: al igual que su vivienda, era pulcro, distinguido y ordenado. La decoración era minimalista en claroscuros y había un gran ventanal que daba al jardín del predio, donde no había carteles publicitarios molestos.

Se sentó en un sillón blanco, se quitó el chal y lo depositó en el respaldo mientras observaba a Christian. En ese momento él se aproximaba al equipo de música.

—¿Chopin o Vivaldi? —preguntó, manipulando discos compactos.

—Stravinsky —respondió ella, con pasión velada. Christian sonrió.

—No me gustan los vanguardistas, y Stravinsky en particular es muy violento —manifestó, y acabó poniendo a Vivaldi. Después se aproximó a la barra de bar para servirse un whisky—. ¿Baileys? —ofreció.

Se había quitado la corbata y desprendido los primeros botones de la camisa. Algunos mechones de pelo rubio caían sobre su frente formando un corazón, y su rostro de finos rasgos masculinos se relajaba con la perspectiva del alcohol. Como se había arremangado, algo de vello claro se avistaba en sus antebrazos, y sus manos cuidadas se movían con precisión. Miraba el líquido marrón que caía en el vaso; parecía tan concentrado, que Julieta temió molestarlo con alguna intervención. Acabó aceptando el Baileys sólo porque la perspectiva del sexo la ponía incómoda y necesitaba relajarse con algo.

Christian se le acercó. Se sentó a su lado y le entregó la bebida.

—¿Te entrevistaste con Fernández? —preguntó.

Julieta suspiró, lista para otra conversación de trabajo.

—Sí, es un viejo que merece la cárcel —bromeó. Bebió un poco y explicó—: Alguien que se queja por tener que pagar cincuenta mil pesos más de lo que pensaba, se merece cadena perpetua.

Christian rio echando la cabeza atrás y estiró una mano hacia el antebrazo de Julieta. Lo rozó con un dedo, esperando provocar sensaciones placenteras en ella.

Julieta se humedeció los labios y se acomodó en el asiento, como si su entrepierna también gozara las consecuencias de la caricia. No era así: se sentía incómoda y rogaba que Christian no deseara extenderse en juegos previos. Quería que se quitara las ganas rápido para terminar con el trámite enseguida, como si hiciera una transacción legal con un cliente molesto.

Él acortó la distancia que los separaba y se arrimó a su costado. Pasó el brazo por detrás de su cintura y le rozó la cadera con la mano. Después se inclinó hacia su mejilla, le apartó el pelo con dos dedos y le acarició la piel con los labios.

—Olés tan bien —le susurró detrás de la oreja.

Julieta se estremeció. La cosquilla que el aliento de Christian le brindaba en una zona tan sensible le producía escalofríos. Apretó los ojos para evitar hacer una mueca de desagrado y tragó con fuerza cuando él le acarició el lóbulo de la oreja con la lengua.

Su cuerpo reaccionó al estímulo por instinto, aunque su corazón siguiera congelado. Se mordió el labio y eso tentó a Christian. Él le giró la cara apoyando una mano en su mejilla y la besó en la boca. La lengua se inmiscuyó entre sus dientes y la obligó a usar la de ella.

Mientras la besaba, la recostó en el sillón. Le rozó el cuello con una mano y descendió hasta acariciarle un pecho. Julieta calló. Abrió las piernas, que le dolían debajo de las de Christian, y él aprovechó para colocarse entre ellas. Se arrodilló y se desprendió el pantalón. Estiró una mano y tocó la pantorrilla de Julieta, subió hasta la parte interna del muslo y se detuvo en su ropa interior. Se la quitó y la arrojó sobre la alfombra. Enseguida se bajó el pantalón y volvió a tocarla.

Julieta esperaba, quieta y callada, la penetración. A pesar del silencio y la falta de movimientos, fingía una respiración agitada.

Christian le besó el cuello y luego el mentón. Se puso un condón y la invadió. Entrar en Julieta fue un alivio; gimió y se aferró al apoyabrazos del sillón para moverse con más fuerza. Julieta le enterró las uñas en la cadera y él se convenció de que disfrutaba del sexo.

—¿Te gusta? —le preguntó y, sin esperar respuesta, se impulsó más adentro.

Julieta volvió a enterrarle las uñas, tratando de concentrarse en lo que hacían. Jamás lo conseguía. Odiaba prestar su cuerpo y quería que todo terminara. Hacer el amor con Christian era como mirar una película aburrida.

Infinidad de pensamientos surcaron su mente mientras Christian se movía. Él jadeaba, y ella no hacía más que fingir para no parecer frígida. Probó enredando los dedos en su pelo y besándole la comisura de los labios, pero ni siquiera así lograba sentir algo. Después de tanta insistencia, terminó disfrutando un poco.

Acabó con un orgasmo tibio en cuanto percibió que Christian ya no podía contenerse. Cerró los ojos mientras él apoyaba la frente sobre su hombro y aguantó los minutos que a su pareja le demandó reponerse. Cuando por fin se apartó, ella giró en el sillón y se acurrucó sobre sí misma. El final de “El Verano” de Las cuatro estaciones de Vivaldi sonaba con fuerza.

—Te dejé agotada —susurró él, acariciándole la espalda.

Julieta guardó silencio.

3

La mañana del martes se entrevistó con clientes. Salteó el almuerzo para llegar a tiempo al estudio del abogado que le había dejado el mensaje en el contestador el viernes y delinearon juntos el nuevo caso durante algunas horas. Cuando la reunión terminó, subió al auto para ir al natatorio.

Bajó apresurada y puso la alarma. No se dio cuenta de que era su cumpleaños hasta que chocó con un hombre que iba cargado de paquetes. Pidió disculpas y se quedó quieta, pensando en cómo eludir las felicitaciones. No le interesaba festejar; cumplía treinta y siete años, pero a veces sentía que ni siquiera había nacido, o que era muy vieja.

Llegó al natatorio a las siete y media. Le gustaba ir a última hora, cuando había menos gente.

Regresó a su casa a eso de las nueve, cuando ya había caído la noche. Cenó panaché de verduras sentada en la alfombra del living, con el televisor encendido en un canal de noticias.

A las diez, hora de su nacimiento, se encontró bebiendo una copa de vino tinto en la penumbra de la sala.

El teléfono sonó a las diez y cuarto.

«Julieta», dijo la voz de su madre en el contestador. «¿En lo de qué amigo estarás en lugar de estar con tu familia? Todos te enviamos nuestros mejores deseos, y si decidís venir a almorzar a casa el domingo, estaremos esperándote. Sería bueno que te hicieras un rato para ver a tu familia. Adiós, te quiero.»

Julieta no estaba acostumbrada a recibir ni a dar afecto. Su hermana, dos años menor, estaba casada y tenía dos hijas a quienes ella jamás veía. No era la tía querida de sus sobrinas, la hermana compinche de Sofía, ni la hija compañera de su madre. Tampoco creía necesitar alguna de esas cosas. Su cuñado la había llamado una sola vez para consultarle por un problema legal con la compra de un auto, pero Julieta le había respondido de manera tan cortante, que Gustavo le había pedido disculpas y no había vuelto a llamar. Seguro su esposa le había advertido de la reacción de arpía que tendría Julieta, pero el hombre no había hecho caso y había decidido estrellarse contra el muro, incapaz de creer que lo que Sofía decía fuera cierto.

Las hermanas Olazábal eran el agua y el aceite. Mientras Julieta había seguido los pasos del padre, juez de la Nación, convirtiéndose en abogada, su otra hija, Sofía, se dedicaba al arte y a la filosofía. La menor adoraba la familia. Julieta, en cambio, la cambiaba por el trabajo. Ella solo vivía para crecer en su profesión, enriquecerse y ser «la abogada del diablo». El mito decía que no movía un solo músculo sin percibir ganancias a cambio, que no se conmovía ante nada y que no compartía tiempo con gente que no le interesaba, entre ellos, su familia.

Lo cierto era que no estaba en casa para ningún cumpleaños. Los pasaba trabajando, pero se había asegurado de hacer creer a su madre que estaba rodeada de amigos. De todos modos, solo Nora le deseaba felicidades. Christian, que cumplía unos días antes que ella, apenas le dejaba un mensaje en el celular. No podía quejarse: ella no lo había saludado hasta la cena, y ni siquiera le había regalado algo más que sexo. Después de todo, era fría e insensible, y nunca se cansaba de demostrar que no le interesaban el amor, la familia, y mucho menos los cumpleaños.

En la intimidad de las noches, sin embargo, sabía mejor que nadie la verdad sobre su vida. Ignoraba a su madre para que jamás descubriera la mentira, y espantaba a todo el mundo con frialdad y soberbia porque, en realidad, era la única manera de protegerse. Le temía a la gente.

De pronto se halló pensando que había sabido cosechar el odio y el temor de muchos, pero el amor de nadie, ni siquiera el de Christian. La soledad y el silencio la envolvían. Estaba quieta, sentada frente al ventanal, con la mirada fija en el cartel rojo que parecía ser su única y eterna compañía. Entonces la atacó el monstruo de la culpa al que tanto temía. Su mente se llenó de miradas, risas y víctimas. Su corazón se colmó de criminales y de injusticia, y sintió que estallaría.

Se puso de pie, llevó la copa a la cocina y derramó el vino en la pileta. Después fue al baño, ingirió un sedante y se metió en la cama.

Al día siguiente, volvió a ser la misma. Fría, inteligente, perfeccionista. Pasó la semana trabajando en sus casos.

El viernes fue al gimnasio y a natación. Cerca de las diez de la noche recibió el llamado de un cliente. Lo había estado esperando.

—Me informaron que Ochoa va a estar en el bar que le dije. ¿Nos encontramos ahí a las once?

Era la oportunidad de conseguir el testigo perfecto. Manuel Rojas estaba imputado por tráfico de drogas, y ella se había empeñado en probar que, en realidad, el culpable había sido su socio, Diego Iribarne. Estaba segura de que Rojas era inocente.

Cortó y corrió a su cuarto. Se puso lo primero que encontró: una pollera negra, camisa blanca, blazer y zapatos. Soportó el dolor que siempre le producía colocarse los tacos y recogió la cartera. Fue a su coche y condujo hasta La Boca.

Estacionó en una zona que alguna vez había brillado con el color y el ruido de las cantinas. Bajó del auto, revisó la dirección que llevaba anotada en el celular y miró alrededor. El número correspondía a una puerta desvencijada en una pared llena de inscripciones de vándalos. Caminó hacia allí pensando en cuánto le habría gustado mandar a otro. Era imposible cuando se trataba de casos complicados, no era seguro que terceros supieran los secretos de sus clientes. Suspiró pensando en los sitios sucios y peligrosos a los que debía exponerse por dinero y abrió la puerta de chapa con dos dedos.

Del otro lado, el olor nauseabundo del cigarrillo y el alcohol le inundó las fosas nasales. Apenas asomó la cabeza, le ardieron los ojos por el humo. Estaba en penumbras, las únicas luces eran focos azules y rojos. Las mesas eran de madera vieja y en las paredes pintadas de turquesa se avistaban sectores sin revoque. Se distinguían zonas de ladrillo y otros tonos de pintura a la vista. Lo más probable era que, en algún momento, allí también hubiera funcionado una cantina.

Ingresó al antro como si le tuviera que pedir permiso al humo para pasar. Cerró la puerta tras ella y entrecerró los ojos, tratando de divisar a su cliente. No había llegado todavía. Distinguió solo a un viejo borracho en una mesa contra la pared y a un grupo de amigos jugando al billar. Giró la cabeza hacia la izquierda y estudió la barra. Detrás había un inmenso espejo con una estantería repleta de botellas. Del otro lado del mostrador de madera, un sujeto canoso contaba dinero y otro limpiaba un vaso.

Fue ese último el que robó su atención. Era fuerte y tenía la expresión más dura y formidable que hubiera visto nunca. El torso se adivinaba musculoso debajo de la remera negra, y en uno de sus brazos distinguió parte de un tatuaje. Llevaba el pelo castaño oscuro corto y un rastro de barba sin afeitar. No era el tipo de hombre en el que solía confiar, pero su intuición le susurró que era el más confiable del salón, aunque su aspecto indicara lo contrario. Avanzó hacia él sin dudar.

Leonardo percibió que alguien lo observaba. Acostumbrado a estar alerta, fingió que seguía limpiando vasos mientras miraba con disimulo. Se sorprendió cuando halló a una mujer vestida para una película de los años 50. Su asombro creció aún más cuando descubrió que esa mujer era Julieta Olazábal.

¿Qué hacía ahí? ¿Qué pretendía de él al punto de haber sido capaz de descender al infierno mismo para buscarlo?

Allí estaba ella, con su cuerpo de serpiente y su cabello de demonio. Se acercaba con sus pasos silenciosos, presagios de muerte. Con sus labios rojos y su piel de porcelana, con sus pecas claras esfumadas bajo el maquillaje costoso y su perfume importado.

Cuando se detuvo del otro lado de la barra, contuvo el deseo de golpearla. La tenía allí, servida en su terreno, donde nadie lo delataría y podría matarla. Era tanto su rencor que quería acabar con ella.

Sin embargo, tan solo la miró. Los ojos verdes de la abogada no se inmutaron. ¿Cómo era posible? Se dio cuenta de que no lo buscaba a él, ni siquiera lo había reconocido.

Ella no lo había reconocido, y él jamás podría olvidarla.

Ella lo miraba como si fuera confiable, y él solo quería matarla.

Por primera vez en muchos años, Julieta se sintió intranquila ante la mirada de un desconocido. Esos ojos azules evidenciaban un inexplicable enojo y le provocaron un nudo en el estómago.

—Agua, por favor —solicitó, impostando su voz de abogada invencible.

Leonardo apretó los dientes. Tensó la mandíbula, y así su rostro se hizo todavía más adusto. No iba a darle agua. No iba a darle nada.

—¿No se da cuenta? En un lugar como este no vendemos agua —la menospreció.

Su tono despedía tanto poder como su mirada. La doctora Olazábal entrecerró los ojos. Lucía molesta, pero Leonardo notó que, en el fondo, tenía miedo. Era probable que en su interior estuviera temblando.

Así había temblado él las noches que ella lo había condenado al infierno.

Así había temblado él cuando había perdido su futuro.

Julieta metió una mano en la cartera y depositó un billete sobre el mostrador.

—Espero pueda ingeniárselas para conseguirme un poco —replicó.

Todo lo arreglaba con dinero, pero él no quería sus migajas. Estaba más allá de su soberbia.

Recogió un vaso limpio —aunque le hubiera gustado darle uno usado—, giró sobre los talones y lo llenó con agua de la canilla. Se volvió y lo apoyó sobre el mostrador con tanta brusquedad que parte del líquido se derramó. Puso un dedo sobre el billete, sucio como la abogada, y lo arrastró hasta dejarlo muy cerca de su pecho.

Julieta bajó la cabeza hacia donde la cercanía de esa mano la quemaba. Una electricidad le recorrió la columna y tragó con fuerza. Apretó los labios y volvió a alzar la mirada: los ojos profundos todavía la acusaban en silencio. Ella nunca sucumbía ante nada, pero en ese momento se puso tan nerviosa que temió delatarse.

Leonardo frunció el ceño. ¿Cómo era posible que la doctorcita no lo reconociera? ¿Ni siquiera veía los rostros de los hombres que mandaba a la cárcel? ¿Tan poco había significado él en su larga lista de chivos expiatorios para que ni siquiera tuviera la decencia de recordar su cara? Se dio cuenta de que estaba pidiendo decencia a la indecencia en persona, y se sintió un estúpido.

Todo lo que había vivido por culpa de esa mujer menuda y desgraciada pasó por su mente en un microsegundo. Por un momento, de nuevo tuvo ganas de matarla.

Al mismo tiempo, se consoló pensando que si ella no lo recordaba, en realidad eso podría resultarle beneficioso. Contaba con la ventaja del anonimato, y eso le ofrecía la posibilidad de una venganza fría.

La idea le dibujó una sonrisa maliciosa. Ver a esa mujer resucitaba el dolor que todavía no conseguía enterrar del todo. La abogada de ricos estaba en un bar de mala muerte mientras Emilia estaba muerta, y su asesino, libre. La doctora inescrupulosa se atrevía a mirarlo a los ojos y exigirle agua mientras le había quitado todo.

No podía soportarlo. Quería verla entre rejas por todos los delincuentes que había ayudado a liberar inculpando inocentes, como había hecho con él. Cinco años de cárcel por un crimen que no había cometido no se olvidaban fácilmente.

Él y la abogada del diablo sabían muy bien quién era el culpable. Y, en parte, ella también era culpable, por eso quería que pagara. Quería verla en ese mismo infierno que él había soportado durante cinco años. Quería acabar con su vida acomodada y que padeciera noches de insomnio, mugre y la muerte lenta que implica la cárcel.

En ese momento, la puerta del bar se abrió y Julieta giró la cabeza. Leonardo observó a quien acababa de entrar: un hombre con un guardaespaldas. Algo estaba pasando, y si conseguía averiguar qué era, quizás pudiera utilizarlo para su venganza.

La abogada se olvidó de todo. Le dio la espalda como si él no existiera y se dirigió al sujeto. Este señaló una mesa, y los dos abordaron al tipo que hacía horas bebía la misma botella de vodka.

Se sentaron e iniciaron una conversación. Leonardo se acercó para ofrecerles tragos. Tuvo que alejarse ante un gesto de detención del guardaespaldas. Hizo otro intento para escuchar y fingió que limpiaba las mesas cercanas, pero solo entendía fragmentos aislados.

—Necesitamos que diga lo que vio esa noche —pidió Julieta.

—¿Por qué voy a beneficiarlos? —interrogó el hombre del vodka.

—Porque podemos pagarle mejor. ¿Cuánto le ofreció el socio de mi cliente? —replicó ella.

¿Acaso esta vez su defendido era inocente? ¡Imposible!

Presintió que alguien lo

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