La bahía azul (Bahía de Chesapeake 4)

Nora Roberts

Fragmento

1

Volvía a casa. La costa este de Maryland era una zona de marismas y humedales, de amplios campos de cultivo sembrados de surcos tan rectos como soldados. Sotos con abruptas riberas y escondidas calas formadas por las mareas en las que se alimentaban las garzas.

Era la bahía y el cangrejo azul y los pescadores que los capturaban.

No importaba dónde hubiera vivido los primeros diez miserables años de su existencia ni los últimos a medida que se aproximaba a la treintena, solo la costa había sido un verdadero hogar para él.

Aquella casa albergaba innumerables matices, un sinfín de recuerdos, y cada uno de ellos estaba tan vívido en su mente como el sol que se reflejaba en el agua de la bahía de Chesapeake.

Mientras cruzaba el puente, su ojo de artista se afanaba en capturar el momento: la brillante agua azul y los barcos que surcaban su superficie; las veloces olas salpicadas de espuma y el descenso en picado de las ávidas gaviotas; el modo en que la tierra rozaba la orilla y se extendía hacia atrás en una explosión de tonos verdes y marrones; las frondosas hojas de los eucaliptos y los robles, con aquellas pinceladas de color aportadas por las flores que saboreaban el calor de la primavera.

Deseaba recordar aquel momento del mismo modo en que recordaba la primera vez que había cruzado la bahía hasta la orilla este cuando era un chico hosco y asustado junto a un hombre que le había prometido una vida nueva.

Iba en el asiento del pasajero del coche con un hombre al que apenas conocía sentado al volante. Tan solo poseía la ropa que llevaba puesta y algunas escasas pertenencias en una bolsa de papel.

Los nervios le atenazaban el estómago, pero había adoptado lo que consideraba una expresión de aburrimiento y miraba por la ventanilla.

Mientras estuviera con el viejo no estaría con ella. Y eso era lo mejor que le podía pasar.

Además, el viejo era guay.

No apestaba a cerveza ni a los caramelos de menta que usaban para disimular el aliento algunos de los gilipollas que Gloria subía al estercolero en el que vivían. Y las dos veces que se habían visto, el viejo, Ray, lo había invitado a una hamburguesa o a pizza.

Y había hablado con él.

Según su experiencia, los adultos no hablaban con los niños. Hablaban a su alrededor o sobre ellos, pero nunca con ellos.

Ray sí. También escuchaba. Y cuando le había preguntado sin rodeos si él, un niño nada más, deseaba vivir en su casa, no había sentido aquel miedo paralizante ni un pánico atroz. Había sentido que tal vez, solo tal vez, su suerte estaba cambiando.

Se estaba alejando de ella. Eso era lo mejor de todo. Cuanto más durara el viaje, más lejos estaría de ella.

Si las cosas se ponían feas, siempre podía huir. Aquel tipo era realmente viejo. Era grande, un gigante, pero también viejo. Tenía el cabello alborotado y blanco, y la cara llena de arrugas.

Lo miró de reojo varias veces y comenzó a dibujar su rostro mentalmente.

Sus ojos eran muy azules, lo cual resultaba extraño, ya que los suyos también lo eran. Además, tenía una voz potente, aunque cuando hablaba no parecía que estuviera gritando. Era sosegada, tal vez incluso un poco cansada.

En aquellos momentos parecía agotado.
—Ya casi hemos llegado —dijo Ray a medida que se acercaban al puente—. ¿Tienes hambre?

—No sé. Sí, supongo.
—Por lo que sé, los chicos siempre tienen hambre. He criado a tres que eran un pozo sin fondo.

Su voz dejaba entrever cierta animación, pero sonaba forzada. El niño no debía de tener más de diez años y aun así podía reconocer el tono de la falsedad.

Ya estaban lo bastante lejos, pensó, en caso de que tuviera que huir. Así que pondría las cartas sobre la mesa y comprobaría qué coño estaba pasando.

—¿Por qué me llevas a tu casa?
—Porque necesitas una casa.
—Venga ya. La gente no hace ese tipo de cosas. —Algunos sí. Mi esposa, Stella, y yo sí hacíamos este tipo de cosas.

—¿Le has dicho que ibas a llevarme?

Ray esbozó una sonrisa, si bien denotaba cierta tristeza. —A mi manera. Falleció hace algún tiempo. Te habría gustado. Y ella te habría echado un vistazo y se habría remangado.

Seth no sabía qué decir al respecto.
—¿Qué se supone que debo hacer cuando lleguemos a donde vamos?

—Vivir —respondió Ray—. Ser un niño. Ir a clase y meterte en líos. Yo te enseñaré a navegar.

—¿En un barco?

Ray rompió a reír, con un sonido estruendoso que llenó el coche y que, por razones que el chico no alcanzaba a comprender, le aflojó los nervios del estómago.

—Claro, en un barco. Tengo un cachorro sin cerebro, a mí siempre me tocan los tontos, y estoy intentado adiestrarlo. Puedes echarme una mano con eso. Tendrás tareas que hacer, ya veremos cuáles. Pondremos las reglas y tú las cumplirás. No creas que soy un blandengue solo porque soy viejo.

—Le has dado dinero.

Ray apartó un momento la vista de la carretera y lo miró a los ojos, que tenían el mismo color que los suyos.

—Así es. Por lo que he visto, eso es lo único que ella entiende. Ella nunca te ha comprendido, ¿verdad, chaval?

Algo comenzaba a arremolinarse en su interior, una tormenta que no reconocía como esperanza.

—Si te cabreas conmigo, te cansas de que esté en tu casa o simplemente cambias de opinión, me harás volver. No voy a volver.

Ya estaban en el puente. Ray detuvo el coche en el arcén y se volvió para mirarlo a la cara.

—Me cabrearé contigo y, a mi edad, seguro que me canso de vez en cuando. Pero voy a hacerte una promesa aquí y ahora: te doy mi palabra de que jamás haré que vuelvas.

—Si ella...
—No voy a dejar que ella se te lleve otra vez —aseveró Ray, adelantándose a Seth—. No importa lo que tenga que hacer. Ahora estás conmigo. Eres mi familia. Y te quedarás conmigo hasta que tú quieras. Un Quinn cumple sus promesas —agregó y le tendió una mano.

Seth miró la mano que le ofrecía y luego la suya, que comenzó a sudarle.

—No me gusta que me toquen.

Ray asintió.
—De acuerdo. Pero sigues teniendo mi palabra. —Se incorporó de nuevo a la carretera después de echar una última mirada al chico—. Casi hemos llegado a casa —repitió.

A los pocos meses, Ray murió, pero mantuvo su palabra. Lo había hecho a través de los tres hombres a los que un día había convertido en sus hijos. Ellos se encargaron de darle una vida al chico canijo y desconfiado.

Le habían dado un hogar y lo habían convertido en un hombre.

Cameron, el viajero inquieto y de carácter voluble; Ethan, el pescador paciente y estable; Phillip, el ejecutivo elegante y de mente aguda. Los tres habían dado la cara por él, habían luchado por él. Lo habían salvado.

Sus hermanos.

La luz dorada de última hora de la tarde arrancaba destellos a las marismas, los humedales y los campos de cultivo. Con las ventanillas bajadas pudo captar el aroma del agua mientras rodeaba el pequeño pueblo de Saint Christopher.

Había considerado pasarse por el pueblo y dirigirse primero al viejo astillero de ladrillo. Barcos Quinn todavía fabricaba embarcaciones de madera por encargo y en los dieciocho años que llevaba en pie la empresa, basada en un sueño, en la astucia y en el trabajo duro, se había granjeado una reputación más que merecida por su calidad y su buen hacer.

Probablemente estarían allí. Cam andaría soltando maldiciones mientras remataba algún detalle en un camarote, Ethan estaría colocando los tablones con aire sereno y Phil estaría arriba, en la oficina, ideando alguna elegante campaña publicitaria.

Podía acercarse a Crawford’s y pillar un pack de latas de cerveza. Tal vez todos se tomaran una bien fría, pero lo más probable era que Cam le lanzara un martillo y le dijera que moviera el culo.

Eso le encantaría, pero no era lo que lo impulsaba. No era lo que lo empujaba a recorrer la estrecha carretera rural en cuyos márgenes surgía la marisma de entre las sombras y los árboles de troncos nudosos desplegaban sus hojas en todo su esplendor de mayo.

De todos los lugares que había visto, las magníficas cúpulas y agujas de Florencia, la recargada belleza de París y las impresionantes colinas verdes de Irlanda, ninguno lograba formarle un nudo en la garganta y le colmaba el corazón como la vieja casa blanca con sus desvaídos remates de color azul claro, que se alzaba sobre un pedazo de césped desigual y descendía hasta las aguas tranquilas de la bahía.

Aparcó en el camino de entrada, detrás del viejo Corvette blanco que había pertenecido a Ray y a Stella Quinn. El coche estaba tan impecable como el día en que salió del concesionario. Es obra de Cam, pensó. Cam diría que era cuestión de mostrar el debido respeto hacia una máquina excepcional, aunque en realidad tenía que ver con Ray y con Stella, con la familia. Tenía que ver con el amor.

El lilo del jardín delantero estaba en flor. Aquello también tenía que ver con el amor, reflexionó. Le había regalado aquel pequeño arbusto a Anna el día de la madre cuando tenía doce años.

Recordó que ella se había puesto a llorar. Sus preciosos y grandes ojos castaños se habían llenado de lágrimas, pero rió y no paró de enjugárselas mientras Cam y él lo plantaban para ella.

Anna era la esposa de Cam y, por tanto, eso la convertía en su hermana. Pero en el fondo de su corazón, que era lo que de verdad contaba, era su madre. Los Quinn sabían mucho de lo que pasaba en el fondo del corazón. Se bajó del coche en medio de aquella maravillosa quietud. Ya no era el chico flacucho con los pies demasiado grandes y la mente desconfiada.

Había crecido hasta una altura acorde con sus pies. Medía un metro ochenta y cinco y poseía una constitución fibrosa. Se le había oscurecido el cabello, y en esos momentos se asemejaba más a un tono castaño cobrizo que a las greñas rubiales de cuando era pequeño. Aún era proclive a descuidarlo y, cuando se pasó la mano por encima, hizo una mueca al recordar que había tenido intención de cortárselo antes de abandonar Roma.

Sus hermanos iban a mofarse de él por la pequeña coleta, lo que significaba que tendría que seguir llevándola durante un tiempo; era una cuestión de principios.

Seth se encogió de hombros y, metiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros desgastados, empezó a andar al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor: las flores de Anna, las mecedoras del porche delantero, el bosque que se extendía a un lado de la casa y en el que había correteado de niño.

El viejo embarcadero meciéndose sobre el agua y el blanco balandro amarrado a él.

Se quedó ensimismado, con su rostro bronceado y de mejillas hundidas vuelto hacia el agua.

Una sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios, firmes y carnosos. El peso que presionaba su corazón, y que no se había dado cuenta que estaba ahí, empezó a aligerarse.

Se dio la vuelta al escuchar un ruido procedente del bosque; todavía quedaba en él lo suficiente de aquel chico desconfiado para que su movimiento fuera rápido y defensivo. De entre los árboles salió disparada una figura negra.

—¡Memo! —Su voz denotaba un deje de autoridad entremezclado con humor desenfadado. La combinación hizo que el perro se parara en seco, levantando las orejas y sacando la lengua mientras estudiaba al hombre—. ¡Venga ya, no ha pasado tanto tiempo! —Se acuclilló y le tendió una mano—. ¿Te acuerdas de mí?

Memo esbozó aquella sonrisa estúpida que había inspirado su nombre y acto seguido se tumbó boca arriba para que le frotara la barriga.

—Eso es. Así se hace.

Siempre había habido un perro en aquella casa. Siempre un barco en el embarcadero, una mecedora en el porche y un perro en el jardín.

—Sí, claro que te acuerdas de mí. —Mientras acariciaba a Memo, dirigió la mirada hacia el fondo del jardín, donde Anna había plantado una hortensia sobre la tumba de su perro. El fiel y muy querido Bobo—. Soy Seth —murmuró—. Ha pasado mucho tiempo.

Oyó el ruido de un motor y el chirrido de los frenos al tomar una curva a más velocidad de la permitida por la ley. El perro se levantó de un brinco al tiempo que él se enderezaba y salió pitando en dirección a la parte delantera de la casa.

Lo siguió sin prisas, deseando saborear el momento. Oyó cerrarse de golpe la puerta del coche y luego una voz de mujer que le hablaba al perro. Entonces se quedó mirando a Anna Spinelli Quinn, con su rizada melena negra agitada por el trayecto en coche y los brazos cargados de bolsas que había sacado del vehículo.

Una sonrisa se dibujó en su cara mientras ella trataba de contener el desmedido afecto del perro.

—¿Cuántas veces tenemos que repasar esta sencilla regla? —inquirió—. No te abalances sobre la gente, mucho menos sobre mí, sobre todo cuando voy trajeada.

—Bonito traje —dijo Seth—. Las piernas son aún mejores. Ella levantó la vista de forma súbita, y aquellos profundos ojos castaños se abrieron desmesuradamente revelándole la sorpresa, el placer y la bienvenida con una sola mirada.

—¡Ay, Dios mío!

Sin prestar atención a los víveres, Anna arrojó las bolsas por la puerta abierta del coche y echó a correr.

Seth la abrazó, la levantó en vilo y le dio una vuelta antes de volver a dejarla en el suelo, pero no la soltó, sino que hundió la cara en su cabello.

—¡Hola!
—¡Seth! ¡Seth! —Se aferró a él haciendo caso omiso del perro, que dando saltos y gañidos hacía todo lo posible por meter el hocico entre ellos—. No me puedo creer que estés aquí.

—No llores.
—Solo un poco. Deja que te mire. —Tomó su rostro entre las manos mientras se apartaba. Tan guapo, pensó. Tan mayor—. Fíjate en esto —murmuró mientras le acariciaba el cabello.

—Tenía intención de cortármelo.
—Me gusta. —Las lágrimas rodaban por sus mejillas a pesar de que sonreía—. Es muy bohemio. Tienes un aspecto fenomenal..., realmente fenomenal.

—Y tú eres la mujer más hermosa del mundo entero. —¡Qué chico este! —Sorbió por la nariz y meneó la cabeza—. Así no vas a conseguir que pare. —Se enjugó las lágrimas—. ¿Cuándo has llegado? Creía que estabas en Roma.

—Lo estaba. Quería venir aquí.
—Si hubieras llamado, habríamos ido a buscarte. —Quería daros una sorpresa. —Se acercó al coche y sacó las bolsas—. ¿Cam está en el astillero?

—Debería estar. Dame, yo me ocupo de eso. Tú tendrás que sacar tus cosas.

—Ya lo haré luego. ¿Dónde están Kevin y Jake?

Anna subió por el camino con él, echando un vistazo al reloj mientras pensaba en sus hijos.

—¿Qué día es hoy? Todavía me da vueltas la cabeza. —Jueves.
—Ah, Kevin tiene ensayo de la obra del instituto y Jake tiene entrenamiento de béisbol. Kevin se ha sacado el carnet de conducir, que Dios nos ampare, e irá a buscar a su hermano de camino a casa. —Abrió la puerta principal—. Deberían estar de vuelta dentro de una hora, así que para entonces se acabó la tranquilidad.

Todo era igual, pensó Seth. Daba lo mismo de qué color estuvieran pintadas las paredes, que hubieran cambiado el viejo sillón o que hubiera una nueva lámpara en la mesa. Todo era igual porque la sensación era la misma.

El perro rodeó la pierna de Seth y fue directo hacia la cocina.

—Quiero que te sientes —repuso Anna señalando hacia la mesa de la cocina, bajo la cual estaba repanchigado Memo, mordisqueando feliz un trozo de cuerda— y que me lo cuentes todo. ¿Te apetece una copa de vino?

—Claro, después de que te ayude a guardar la compra. —Al ver que ella enarcaba las cejas, Seth se detuvo con un envase de leche en la mano—. ¿Qué?

—Me estaba acordando de que todos, incluyéndote a ti, solíais desaparecer cuando había que colocar la compra.

—Porque siempre decías que guardábamos las cosas en el sitio equivocado.

—Siempre lo hacíais, y adrede para que os echara a patadas de la cocina.

—Te dabas cuenta, ¿eh?
—Me doy cuenta de todo lo que se refiere a mis chicos. No se me pasa ni una, colega. ¿Ha ocurrido algo en Roma?

—No. —Continuó sacando la compra de las bolsas. Sabía dónde iba todo, dónde había ido todo en la cocina de Anna—. No estoy metido en ningún lío, Anna.

Pero estás preocupado, pensó Anna, y lo dejó estar por el momento.

—Voy a abrir un vino blanco muy bueno. Tomaremos una copa mientras me cuentas todas esas cosas maravillosas que has estado haciendo. Parece que hayan pasado años desde la última vez que te tuve delante.

Seth cerró la nevera y se volvió hacia ella.
—Siento no haber venido a casa por Navidad.
—Cielo, lo comprendimos. Tenías una exposición en enero. Todos estamos muy orgullosos de ti, Seth. Cam debió de comprar cien copias de la revista Smithsonian cuando te dedicaron aquel artículo: «El joven artista americano que ha seducido a Europa».

Seth se encogió de hombros en un gesto tan típico de los Quinn que hizo sonreír a Anna.

—Bueno, siéntate —le ordenó.
—Me sentaré, pero preferiría que me pusieras al día. ¿Cómo están todos? ¿Qué hacen? Tú primero.

—De acuerdo. —Abrió la botella y sacó dos copas—. Últimamente me ocupo más del trabajo administrativo que de realizar el estudio de los casos. El trabajo social implica un montón de papeleo, pero es muy gratificante. Entre eso y tener dos adolescentes en casa, no tengo tiempo para aburrirme. El astillero va prosperando. —Tomó asiento y le pasó una copa a Seth—. Aubrey está trabajando allí.

—¿En serio? —Sonrió al pensar en la chica que era más una hermana para él que cualquier pariente de sangre—. ¿Qué tal se le da?

—De miedo. Es guapa, lista, cabezota y, según Cam, es un genio con la madera. Creo que Grace se sintió un poco decepcionada cuando Aubrey no quiso dedicarse a la danza, pero es difícil discutir al ver tan feliz a tu hija. Y la otra hija de Grace y Ethan, Emily, ha seguido los pasos de su madre.

—¿Todavía piensa en marcharse a Nueva York a finales de agosto?

—Una oportunidad de bailar con la Compañía Americana de Ballet no se presenta todos los días. Va a aprovecharla y jura que será la bailarina principal antes de cumplir veinte años. Deke es digno hijo de su padre: callado, listo y es más feliz cuando se hace a la mar. Cielo, ¿quieres picar algo?

—No. —Seth le cubrió una mano con una suya—. Continúa.

—Vale. Phillip sigue siendo el gurú del marketing y la publicidad de la empresa. Me parece que ninguno de nosotros, ni siquiera él mismo, se imaginaba que dejaría la firma de publicidad de Baltimore, renunciaría a la vida en la gran ciudad y se vendría a vivir a Saint Christopher. Pero ya han pasado unos catorce años, así que supongo que no podemos decir que fuera un capricho. Claro que Sybill y él conservan el apartamento en Nueva York. Ella está trabajando en un nuevo libro.

—Sí, hablé con ella. —Le acarició la cabeza al perro con el pie—. Algo sobre la evolución de la comunidad en el ciberespacio. Es increíble. ¿Cómo están los chicos?

—Chalados, como cualquier adolescente que se precie. La semana pasada Bram estaba coladito por una chica que se llama Cloe. Es posible que ya se haya acabado. Los intereses de Fiona se dividen entre los chicos y las compras. Pero, bueno, tiene catorce años, así que es natural.

—Catorce años. ¡Madre mía! Cuando me fui a Europa Fiona aún no había cumplido diez. A pesar de haberlos visto de vez en cuando durante los últimos años no me parece... no me parece posible que Kevin ya conduzca, que Aubrey construya barcos y que Bram vaya detrás de las chicas. Recuerdo que... —Se interrumpió y meneó la cabeza.

—¿Qué?
—Me acuerdo de cuando Grace estaba embarazada de Emily. Era la primera vez que estaba en compañía de alguien que iba a tener un bebé..., bueno, de alguien que deseaba tenerlo. Parece que fuera ayer, y ahora Emily se marcha a Nueva York. ¿Cómo es posible que hayan pasado dieciocho años y tú sigas igual de joven, Anna?

—¡Ay, cuánto te he echado de menos! —Anna rió y le apretó la mano.

—Yo también te he echado de menos. Os he echado de menos a todos.

—Vamos a ponerle remedio a eso. Los reuniremos a todos y te daremos una ruidosa fiesta de bienvenida el domingo. ¿Qué te parece?

—Simplemente perfecto.

El perro se puso a ladrar y acto seguido se escabulló de debajo de la mesa para echar a correr hacia la puerta principal.

—Es Cameron —dijo Anna—. Vamos, sal a recibirlo. Seth atravesó la casa, como tantas veces había hecho. Abrió la puerta mosquitera, igual que había hecho siempre, y miró al hombre que había de pie en el jardín delantero, jugando al tira y afloja con el perro con un trozo de cuerda.

Seguía siendo alto y conservaba su constitución de velocista. Tenía algunas canas en el pelo. Llevaba la camisa de trabajo remangada hasta los codos y los vaqueros estaban blancos en las zonas de roce. Unas gafas de sol le cubrían los ojos y llevaba unas Nike que estaban para el arrastre.

A sus cincuenta años, Cameron Quinn seguía pareciendo un chico malo.

En lugar de saludarlo, Seth dejó que la puerta se cerrara de golpe a su espalda. Cameron levantó la vista, y la única señal de sorpresa fue que la cuerda se le escapó de entre los dedos.

Se dijeron un millar de palabras sin necesidad de pronunciarlas. Un millón de sentimientos y de innumerables recuerdos. Seth bajó los escalones en silencio mientras Cameron cruzaba el jardín hasta que quedaron cara a cara, uno frente a otro.

—Espero que ese pedazo de chatarra del camino sea de alquiler —dijo Cam.

—Claro que lo es. Lo mejor que he podido conseguir con tan poca antelación. Pensaba devolverlo mañana y utilizar el Corvette durante un tiempo.

Cameron esbozó una sonrisa tan afilada como una navaja. —Ni lo sueñes, colega. Ni lo sueñes.
—No tiene sentido que se eche a perder ahí aparcado. —Menos sentido tiene que un pintor de poca monta con delirios de grandeza se ponga al volante de un clásico.

—Oye, que fuiste tú quien me enseñó a conducir.
—Lo intenté. Hasta una anciana de noventa años con el brazo roto podría conducir un cinco marchas mejor que tú. —Hizo un gesto con la cabeza hacia el coche de alquiler de Seth—. Esa abominación que hay en mi entrada no me inspira la confianza de que hayas mejorado en ese aspecto.

Con aire arrogante, Seth se balanceó sobre los talones. —Hace un par de meses hice una prueba con un Maserati. Cam enarcó las cejas.
—¡Venga ya!
—Lo puse a ciento ochenta kilómetros por hora. Estaba cagado de miedo.

Cam rompió a reír y dio un puñetazo afectuoso en el brazo a Seth. A continuación exhaló un suspiro.

—Vaya cabronazo. ¡Menudo cabronazo! —exclamó de nuevo mientras tiraba de Seth y le daba un fuerte abrazo—. ¿Por qué coño no nos has avisado de que venías?

—Fue una especie de impulso —repuso—. Quería estar aquí. Necesitaba estar aquí, eso es todo.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos