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Irlanda es una tierra de poetas y leyendas, de soñadores y rebeldes. A todos ellos les rodea e invade la música. Hay melodías para el baile o el llanto, para el amor o la guerra. En otros tiempos, los arpistas iban de un lado a otro tocando sus canciones a cambio de techo y comida y de las monedas que pudieran darles.
Los arpistas y los seanachais, los contadores de historias, eran bien recibidos allí donde llegaran, fuese una casa de campo, una posada o un campamento. Portaban un talento que se apreciaba hasta en el país de las hadas que había bajo las verdes colinas.
Y sigue siendo así.
Una vez, no hace mucho tiempo, una cuentacuentos llegó a un tranquilo pueblecito junto al mar donde la acogieron con los brazos abiertos. Allí encontró a su amor y su hogar.
En el pueblo vivía un músico. Tenía una casa, donde vivía feliz, pero, todavía, no había encontrado el amor.
En su cabeza, siempre sonaba la música. Unas veces era soñadora y delicada, como el susurro de un enamorado. Otras era una risotada y un grito, como un viejo amigo que te llama para que entres en el pub a tomarte una pinta de cerveza. Podía ser dulce o amarga y llena de lágrimas, pero era la música que él sentía en su interior y disfrutaba escuchándola.
Shawn Gallagher era un hombre satisfecho con su vida. Los había que decían que estaba satisfecho con su vida porque apenas salía de sus sueños para ver lo que pasaba en el mundo. A él no le importaba reconocerlo.
Para él su mundo estaba formado por su música, su familia, su hogar y los amigos verdaderos. ¿Por qué iba a importarle todo lo demás?
Su familia llevaba generaciones viviendo en el pueblecito de Ardmore del condado de Waterford, en el país de Irlanda. Allí, desde tiempos inmemoriales, los Gallagher regentaban un pub en el que se servían pintas de cerveza, bebidas y buena comida. Además, era un lugar agradable para conversar.
El negocio lo dirigía Aidan, el hermano mayor de Shawn, desde que sus padres se establecieron en Boston. A Shawn le parecía muy bien que fuese así porque reconocía que él no tenía aptitudes para los negocios, ni ganas. Se contentaba con dedicarse a la cocina, que era lo que le relajaba.
La música le acompañaba siempre, fuese en su cabeza o en el pub; mientras tomaba los pedidos o probaba el menú del día.
Naturalmente, había momentos en los que su hermana Darcy, quien había heredado gran parte de la energía y ambición de la familia, entraba con ganas de pelea mientras él preparaba un guiso o hacía unos emparedados.
Sin embargo, eso era como la sal de la vida.
A Shawn no le importaba echar una mano con el servicio de las mesas, sobre todo si alguien estaba tocando una canción o bailando. Tampoco protestaba cuando había que limpiar después de cerrar, porque los Gallagher mantenían el local muy limpio y ordenado.
Encajaba perfectamente en la vida de Ardmore; el ritmo lento, la extensión del mar y los acantilados, las delicadas colinas verdes que resplandecían y llegaban hasta los pies de las montañas envueltas en sombras. A él no le había alcanzado la pasión por los viajes que había caracterizado a los Gallagher. Shawn estaba bien arraigado en las tierras arenosas de Ardmore.
Él no tenía ganas de viajar, como había hecho su hermano Aidan o como decía Darcy que haría. Tenía al alcance de la mano todo lo que podía necesitar. No tenía ningún interés en cambiar su forma de vida.
Aunque creía que ya lo había hecho en cierto sentido.
Toda su vida había visto el mar desde la ventana de su dormitorio. Sencillamente, estaba allí, rompiendo contra la arena y salpicado de barcas; podía estar en calma o bravío. Cuando se asomaba a la ventana por las mañanas, lo primero que olía era el aroma del mar.
Sin embargo, cuando el otoño anterior su hermano se casó con una hermosa americana llamada Jude Frances Murray, hubo que hacer algunos cambios.
Según la costumbre de los Gallagher, el primero en casarse se quedaba en la casa familiar. De forma que Jude y Aidan se instalaron en la laberíntica casa de las afueras del pueblo en cuanto volvieron de la luna de miel en Venecia.
A Darcy le dieron a elegir entre las habitaciones que había encima del pub y la pequeña casa de campo que pertenecía a la rama Fitzgerald de la familia de Jude. Darcy eligió las habitaciones. Cameló y convenció a Shawn y a todo el que se cruzó en su camino para que la ayudaran a pintar y a hacer el traslado, hasta que se hizo un pequeño palacio en lo que habían sido las desnudas habitaciones de Aidan.
A Shawn le pareció muy bien.
Él prefería la pequeña casa de campo en la colina de las hadas, con jardín y vistas a los acantilados, y una quietud que era una bendición.
Tampoco le importaba el fantasma que la habitaba.
No lo había visto todavía, pero sabía que estaba allí. Era Lady Gwen, quien lloraba por el príncipe de las hadas, el amor que había rechazado, mientras esperaba a que se deshiciese la maldición y ambos quedasen libres. Shawn conocía la historia de la joven doncella que había vivido en esa misma casa hacía trescientos años.
Carrick, el príncipe de las hadas, se había enamorado de ella, pero en vez de decírselo con palabras y ofrecerle su corazón, se había limitado a mostrarle la vida tan espléndida que podía darle. Por tres veces le ofreció una bolsa de plata llena de joyas: primero fueron diamantes que obtuvo de los rayos del Sol, luego perlas que eran lágrimas derramadas por la Luna y, por último, zafiros arrancados del Corazón del Mar.
Pero Gwen lo rechazó las tres veces, al dudar del amor que sentía él y del destino que la esperaba a ella. Según la leyenda, las joyas que él arrojó a los pies de Gwen se habían convertido en las flores que crecían en el pequeño jardín a la entrada de la casa.
En ese momento, pensó Shawn, casi todas las flores estaban apagadas a la espera de que terminara el invierno que barría la costa. Los acantilados, por donde se decía que solía pasear Gwen, permanecían desolados e inhóspitos bajo un cielo amenazador.
Estaba a punto de descargar una tormenta.
Era una mañana muy fría. El viento golpeaba contra las ventanas y se colaba en la casa. Tenía un fuego encendido en la cocina y el té estaba caliente, de forma que no le preocupaba el viento. Le gustaba la arrogante música que producía mientras él estaba sentado a la mesa mordisqueando unas galletas y dándole vueltas a la letra para una melodía que había compuesto.
Todavía le quedaba una hora antes de volver al pub, pero, para no retrasarse, había puesto el reloj del horno y, para mayor seguridad, el despertador del dormitorio. No tenía a nadie que le devolviera a la realidad ni que le dijese que moviera el culo y se le pasaba el tiempo sin darse cuenta. Hacía lo posible por ser puntual porque sabía que a Aidan le molestaba que llegara tarde y, además, daba un motivo a Darcy para meterse con él. El problema era que cuando estaba embebido en la música no oía los zumbidos o los pitidos de los relojes y acababa llegando tarde.
En ese momento, se dejaba llevar por una canción sobre un amor joven y seguro de sí mismo. Del tipo de amores, en opinión de Shawn, que son inconstantes, como el viento, pero divertidos mientras duran. Una melodía para bailar, decidió, que exigía pies ágiles y cierto coqueteo.
La tocaría en el pub alguna vez, cuando la tuviese más pulida y convenciese a Darcy para que la cantara. Su voz era la indicada para el tono de la canción.
Se encontraba demasiado cómodo como para ir a la sala, donde había conseguido meter el viejo piano que se compró al mudarse a esa casa, por lo que marcaba el ritmo con los pies y perfeccionaba la letra.
No oyó el portazo de la puerta de la calle, ni las pisadas de botas en el vestíbulo ni las palabrotas.
«Típico», pensó Brenna. Otra vez vagando por algún mundo de ensueño mientras la vida pasaba a su alrededor. De entrada, no sabía por qué se preocupaba por llamar a la puerta; nunca lo oía, y estaban acostumbrados desde niños a entrar y salir libremente de sus respectivas casas.
Pero ya no eran niños y bastaría que ella no llamara para encontrarse con algo que no debía.
Según tenía entendido, podría estar con alguna mujer. Las atraía como la miel a las moscas. No era especialmente cariñoso, pero podía serlo.
Sin embargo, ¡qué guapo era! Fue un pensamiento que apareció repentinamente y Brenna se arrepintió al instante de haberlo tenido. Aunque también era muy difícil no darse cuenta.
El pelo negro le caía un poco descuidado, como si nunca estuviese pendiente de cuándo necesitaba un corte. Los ojos eran de un azul sereno y soñador. Hasta que algo le irritaba. Entonces podían ser tan ardientes como heladores. Tenía unas pestañas largas y oscuras por las que sus cuatro hermanas habrían vendido el alma y unos labios carnosos hechos para dar besos interminables, suponía ella, y para susurrar dulces palabras.
Brenna no tenía constancia de ello, pero se lo habían contado.
Su nariz era larga y ligeramente torcida desde que ella le dio un pelotazo cuando jugaban al béisbol hacía más de diez años.
En conjunto, tenía un rostro como el de un príncipe sacado de un cuento de hadas, un caballero andante o, quizá, un ángel un poco desaliñado. Además, el cuerpo era largo y desgarbado, las manos anchas y con dedos de artista y una voz como whisky calentado en fuego de turba. Era un conjunto más que aceptable.
No era que ella tuviese un interés especial. Sencillamente, sabía apreciar las cosas bien hechas.
Qué mentirosa era hasta consigo misma.
Estaba loca por él incluso desde antes de darle el golpe jugando al béisbol. En aquel momento, ella tenía catorce años y él diecinueve. A los veinticuatro años, la pasión de una mujer se hace más ardiente y apremiante.
Él nunca la había mirado como un hombre mira a una mujer.
Le daba igual, intentó convencerse antes de cambiar de opinión otra vez. No podía quedarse de brazos cruzados mientras pensaba en la belleza de Shawn. Algunos tenían que trabajar.
Con un gesto levemente burlón, dejó caer la caja de herramientas en medio de un gran estrépito y sintió un gran placer al verlo saltar como un conejo aterrado por los disparos.
—¡Dios mío! —giró la silla con una mano en el corazón como si se le hubiese parado—. ¿Qué pasa?
—Nada —dijo ella con sorna—. Soy una manazas —continuó con delicadeza mientras recogía la abollada caja de herramientas—. Te he asustado, ¿verdad?
—Casi me matas.
—He llamado, pero tú no te has molestado en abrirme la puerta.
—No te he oído —resopló, apartándose el pelo de la cara y frunciendo el ceño—. Bueno, O’Toole acude. ¿Se ha roto algo?
—Tienes la cabeza como un colador. —Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla—. El horno lleva una semana sin funcionar —le recordó con un gesto de la cabeza en dirección al horno—. Acaba de llegar la pieza que pedí. ¿Quieres que lo arregle o no?
Shawn hizo un sonido de conformidad y un gesto con la mano.
—¿Tomas galletas? —preguntó ella al pasar junto a la mesa—. ¿Qué desayuno es ese para un hombre adulto?
—Estaban aquí —contestó él con una sonrisa que la hizo querer abrazarlo—. Es una pesadez cocinar para uno todas las mañanas, pero si tienes hambre, hago algo para los dos.
—No, ya he desayunado —dijo ella, rebuscando en la caja de herramientas—. Ya sabes que mamá siempre hace comida de sobra. Le encantaría que te pasaras una mañana y comieras como Dios manda.
—Podrías hacerme señales de humo cuando prepare bollos a la plancha. ¿Quieres un poco de té? La tetera sigue caliente.
—Me parece bien.
Observó cómo movía los pies por la cocina mientras ella sacaba las herramientas y la pieza nueva.
—¿Qué hacías? ¿Componías? —continuó Brenna.
—Buscaba la letra para una melodía —dijo distraídamente—. Parece que hace mucho frío. —Se había fijado en un pájaro negro y brillante que volaba solitario bajo el cielo plomizo.
—Sí, y humedad. Apenas ha empezado el invierno y ya estoy deseando que termine.
—Toma, para que entres un poco en calor. —Se agachó con un tazón de té preparado como sabía que le gustaba a ella, fuerte y con mucho azúcar.
—Gracias.
Brenna sujetó el tazón entre las manos para aprovechar el calor que desprendía.
Él se quedó donde estaba. Bebía su té a pequeños sorbos. Sus rodillas chocaron.
—¿Qué vas a hacer con este cacharro?
—¿Qué más te da si vuelve a funcionar?
—Si me entero de cómo lo haces, podría arreglarlo yo la próxima vez —dijo Shawn arqueando una ceja.
Brenna rompió a reír y tuvo que sentarse en el suelo para evitar caerse.
—¿Tú? Si no eres capaz de arreglarte una uña rota.
—Claro que puedo. —Sonrió e hizo el gesto de morderse una uña, lo que provocó que ella volviera a reír.
—Tú no te preocupes por lo que yo haga con las tripas de este trasto y yo no me preocuparé por la próxima tarta que hagas en él. Al fin y al cabo, cada uno tiene sus puntos fuertes.
—Yo también sé usar un destornillador —dijo él a la vez que agarraba uno de la caja.
—Y yo la batidora, pero sé qué es lo que se me da mejor.
Le quitó el destornillador y metió la cabeza en el horno para poder trabajar.
A Shawn le pareció que tenía unas manos pequeñas. Cualquier hombre pensaría que eran muy delicadas, pero él sabía de qué eran capaces. Él las había visto manejar un martillo, sujetar un taladro y apretar cañerías. Lo más frecuente era que esas pequeñas y delicadas manos estuviesen llenas de arañazos o con moratones en los nudillos.
Era una mujer pequeña para el trabajo que había elegido, o para el trabajo que la había elegido a ella, pensó Shawn mientras se levantaba. Sabía cómo eran esas cosas. El padre de Brenna era un hombre que podía hacer cualquier trabajo, y su hija mayor había seguido su camino. También decían que Shawn había seguido el camino de la madre de su madre, quien solía olvidarse de la comida o de la colada mientras tocaba su música.
Al apartarse Shawn, ella se movió y contoneó el trasero mientras aflojaba una tuerca. Él levantó las cejas con un gesto que tan sólo expresaba el interés objetivo que cualquier hombre tiene por esa parte de la anatomía femenina.
En realidad, ella tenía un cuerpo pequeño pero bien proporcionado. Un cuerpo que un hombre podría levantar con una mano si se lo propusiese. Aunque Shawn creía que Brenna O’Toole tumbaría de un tortazo a cualquiera que lo intentara.
Sonrió al imaginarse la escena.
Él prefería mirarla a la cara. Eso sí que merecía la pena. Tenía unos ojos verde botella penetrantes y llenos de viveza, enmarcados por unas cejas muy elegantes y algo más oscuras que el cabello rojizo. La boca era expresiva y sonreía, se fruncía o manifestaba sorna con suma facilidad. Rara vez se pintaba los labios o cualquier otra parte del rostro, aunque era como uña y carne con Darcy, quien no ponía un pie en la calle si no estaba perfectamente arreglada.
Tenía una nariz pequeña y chata como la de un duendecillo, que solía fruncir con desdén o desaprobación. Casi siempre llevaba el pelo recogido dentro de una gorra en la que llevaba clavada una pequeña hada que él le había regalado hacía unos años por algún motivo que no recordaba. Sin embargo, cuando se quitaba la gorra caía un pelo largo, espeso y rojo que se extendía a su aire en rizos muy pequeños.
A ella le sentaba muy bien.
Shawn quería volver a ver ese rostro antes de irse al pub, por lo que se reclinó en la encimera y chasqueó la lengua.
—He oído que últimamente estás saliendo con Jack Brennan —dijo él como quien no quiere la cosa.
Shawn tuvo que hacer un gesto de dolor y contener la risa cuando vio que ella se golpeaba la cabeza con el borde del horno al sacarla bruscamente.
—¡No es verdad! —Tenía un poco de hollín en la nariz y se ladeó la gorra de un manotazo—. ¿Quién ha dicho eso?
—Bueno... —Shawn se encogió de hombros y terminó el té con aire de no haber roto un plato en su vida—. Me pareció oírlo por ahí, habladurías, ya sabes cómo son esas cosas.
—Tienes la cabeza llena de serrín y nunca has oído tal cosa. No estoy saliendo con nadie. No tengo tiempo para tonterías —dijo, y volvió a meter la cabeza en el horno.
—Estaré equivocado, pero tampoco es de extrañar en estos días en los que todo el pueblo rebosa de idilios. Hay muchos compromisos, bodas y bebés en camino.
—Como debe ser, ése es el orden natural de las cosas.
Shawn se rió y volvió a agacharse junto a ella. Apoyó la mano en el trasero de Brenna con un gesto amistoso, pero no se dio cuenta de que ella se ponía rígida.
—Aidan y Jude están buscando nombres y no está ni de dos meses. Hacen una pareja maravillosa, ¿verdad?
—Sí. —Brenna tenía la boca seca por un deseo que se parecía peligrosamente a la necesidad—. Me gusta verles felices. A Jude le gusta pensar que la casa de campo es mágica. Aquí se enamoró de Aidan y empezó una vida nueva. Escribió el libro y se hicieron realidad las cosas que nunca se había atrevido a soñar siquiera.
—Eso es maravilloso también. Este lugar tiene algo especial —dijo como para sí mismo—. Lo notas en los momentos más inesperados. Cuando vas a acostarte o cuando estás despertándote. Es una... espera.
Brenna terminó de colocar la pieza en su sitio y salió del horno. Él le pasó casualmente la mano por la espalda y luego la apartó.
—¿La has visto? A Lady Gwen...
—No —contestó Shawn—. A veces hay una especie de movimiento en el aire, me parece haber vislumbrado algo que desaparece al instante. —Se irguió, sonrió con indiferencia y se levantó—. Quizá no sea su tipo.
—Yo diría que eres el candidato perfecto para un fantasma con el corazón roto —dijo Brenna mientras apartaba la mirada de los sorprendidos ojos de Shawn—. Debería funcionar perfectamente —añadió mientras giraba el botón—. Veamos si calienta.
—Lo comprobarás tú por mí, ¿verdad, querida? —En ese momento sonó el zumbido del reloj del horno dándoles un buen susto—. Tengo que marcharme —dijo Shawn mientras estiraba un brazo para apagarlo.
—¿Ése es tu sistema de despertador?
—Uno de ellos. —Levantó un dedo y, como si fuese una señal convenida, se oyó el despertador del dormitorio—. Ése es el segundo aviso, pero se apagará solo dentro de un minuto. Si no, tendría que estar todo el rato corriendo para apagarlo.
—Cuando te conviene eres muy ingenioso, ¿no?
—Tengo mis ocurrencias. El gato está fuera —continuó mientras descolgaba la chaqueta del perchero—. No te preocupes si empieza a arañar la puerta. Bub sabía a lo que se exponía cuando se empeñó en venir aquí conmigo.
—¿Te acuerdas de darle de comer?
—No soy tan retrasado. —Se puso la bufanda sin sentirse ofendido—. Tiene comida suficiente, y si no la tuviera iría a pedir algo a la puerta de tu cocina. De todas formas lo hará para avergonzarme. —Se puso la gorra—. ¿Pasarás por el pub?
—Es más que probable.
No suspiró hasta que oyó que Shawn cerraba la puerta. Era una tontería desear a Shawn Gallagher, se dijo a sí misma. Él nunca sentiría lo mismo por ella. La consideraba como a una hermana, o, lo que era peor, como a una especie de hermano honorario. Se miró los pantalones de trabajo y las botas gastadas y tuvo que reconocer que tenía parte de culpa. A Shawn le gustaban las chicas más femeninas y ella no lo era. Podría arreglarse. Entre Darcy, sus hermanas y Jude, por ejemplo, tenía un equipo de asesoras de belleza ilimitado.
Pero, aparte de que odiara todo ese asunto, ¿de qué le serviría? Por mucho que se pintara, se empolvara, se ciñera la ropa y se pusiera encajes para atraer a un hombre, él seguiría sin mostrar ningún interés.
Además, si se pintara los labios y se pusiera bisutería y un vestido ceñido, lo único que conseguiría sería que Shawn se partiera de la risa y dijera alguna majadería que le obligaría a darle un puñetazo.
No veía ninguna ventaja.
Dejaría los adornos para Darcy, que era la campeona de la feminidad. Y para sus hermanas, pensó Brenna, que también disfrutaban con esas cosas. En cuanto a ella, seguiría con las herramientas.
Volvió al horno. Comprobó las distintas temperaturas y la resistencia para mayor seguridad. Cuando se convenció de que funcionaba bien, se dio la vuelta y guardó las herramientas.
Tenía intención de irse; en realidad no había nada que la retuviera, pero la casa
