Prólogo
SALEM, MASSACHUSSETS
22 DE JUNIO DE 1692
Se reunieron en secreto entre las sombras verdes en lo más profundo del bosque, cuando el día más largo del año iba a dar paso a la noche más corta, una hora antes de que saliera la luna.
Ese Sabath de Litha no habría celebraciones, ni ritos de agradecimiento por la luz y el calor. Ese solsticio acaecía en un tiempo de ignorancia y muerte.
Las tres que se reunieron lo hicieron con temor.
—¿Tenemos todo lo que necesitamos? —La que se llamaba Aire se ciñó la capucha para que ni un solo mechón de su claro pelo pudiera verse a la tenue luz del ocaso.
—Será suficiente con lo que tenemos. —Tierra dejó su hatillo en el suelo. Había sofocado esa parte de sí misma que clamaba y maldecía por lo que había sucedido y por lo que iba a suceder. Tenía la cabeza inclinada y la melena castaña y espesa le tapaba el rostro.
—¿No tenemos otra solución? —Aire puso una mano en el hombro de Tierra y ambas miraron a la tercera.
Estaba de pie, erguida y delgada. Aunque había pena en su mirada, en sus ojos brillaba una firme determinación. La que llamaban Fuego se quitó la capucha con gesto desafiante dejando escapar una cascada de rizos rojos.
—No tenemos otra solución. Nos perseguirán como a ladrones o bandoleros, y nos matarán, como ya han hecho con una pobre inocente.
—Bridget Bishop no era una bruja —dijo con amargura Tierra mientras se levantaba.
—No, y así lo dijo en el tribunal. Así, lo juró. Sin embargo, la colgaron. La mataron por las mentiras de unas niñas y los desvaríos de unos fanáticos que huelen el azufre del infierno por todos lados.
—Pero hubo solicitudes de clemencia —Aire cruzó las manos como si fuera a rezar. O a suplicar—. No todo el mundo apoya al tribunal ni esta espantosa persecución.
—Son demasiado pocos —murmuró Tierra—. Y ya es demasiado tarde.
—No se terminará con una muerte. Ya lo he visto —Fuego cerró los ojos y volvió a ver los horrores que quedaban por venir—. Es una cacería, nos encontrarán y acabarán con nosotras.
—No hemos hecho nada —Aire dejó caer los brazos—. No hemos hecho daño a nadie.
—¿Qué daño hizo Bridget Bishop? —replicó Fuego—. ¿Qué daño han hecho a la gente de Salem las demás acusadas que esperan juicio? Sarah Osborne murió en una cárcel de Boston. ¿Cuál fue su delito?
Reprimió implacablemente una intensa oleada de cólera ardiente. Incluso en un momento como aquel, evitaba que su poder se tiñera de ira y odio.
—Estos puritanos están cegados —continuó—. Estos pioneros son unos fanáticos y harán una carnicería antes de que recuperen el juicio.
—Si pudiéramos ayudar…
—No podemos detenerlo, hermana.
—No —Fuego asintió con la cabeza a Tierra—. Sólo podemos sobrevivir. Abandonaremos este lugar, el hogar que hemos construido, la vida que hemos llevado aquí y empezaremos otra nueva.
Con ternura, Tierra tomó el rostro de Aire entre las manos.
—No te lamentes por lo que nunca podrá ocurrir, sino celebra lo que está por llegar. Estamos las Tres, y no nos van a derrotar.
—Estaremos solas.
—Estaremos unidas.
Y a la luz del ocaso, entraron en el círculo: El fuego las rodeó y el viento elevó las llamas.
Unieron sus manos y formaron otro círculo dentro del círculo mágico.
Aceptando su destino, Aire levantó el rostro al cielo.
—Cuando la noche domina al día, ofrecemos este resplandor. Hacemos el bien y al Camino hacemos honor. Servidora de la verdad, el círculo de una.
Tierra, desafiante, elevó la voz.
—Es nuestra última hora sobre este mundo, ni el pasado ni el presente ni el futuro serán fecundos. Con fortaleza y sin lamentos, el círculo de dos.
—Nuestras artes y talentos a nadie han dañado, pero la sed por nuestra sangre no se ha saciado. Lejos de aquí habitaremos —Fuego alzó las manos unidas—. Lejos de la muerte, donde nada temeremos. Poder, libre estés; el círculo de tres.
El viento sopló y la tierra tembló. El fuego mágico alumbró la noche. Tres voces se elevaron al unísono:
—Que la tierra se aparte de tanto odio. Que se aleje del temor, la muerte y la persecución. Socave la roca, el árbol, la colina y el arroyo. Que nos lleve el rayo de luna del solsticio de verano. Más allá del acantilado, más allá de la orilla. Que nuestra isla llegue al confín del mar. Que se haga nuestra voluntad.
En el bosque se oyó un bramido, un remolino de viento, una bola de fuego. Mientras los que perseguían lo que no eran capaces de entender dormían con la conciencia tranquila, una isla se separó de la tierra y se adentró en el mar.
Se asentó majestuosamente sobre las olas y dio su primer aliento de vida aquella noche, la más corta.
Uno
ISLA DE LAS TRES HERMANAS
JUNIO DE 2001
La mujer mantenía fija la mirada, mientras el promontorio, que aparecía verde y desigual en la distancia, iba revelando sus secretos. El faro, naturalmente. No era imaginable una isla de la costa de Nueva Inglaterra sin uno que se irguiera firme y robusto. Ése, de una blancura inmaculada y deslumbrante, se alzaba sobre un abrupto acantilado. Nell pensó que no podía ser de otra forma.
Cerca del faro había una casa de piedra de un color gris como la niebla bajo la luz resplandeciente del verano. Tenía un alto tejado a dos aguas y lo que esperaba que fuera una balaustrada alrededor de la planta de arriba.
Ya había visto antes cuadros del Faro de las Hermanas y de la casa que se alzaba a su lado firme y sólida, pero fue el cuadro que vio en la pequeña tienda de la costa el que hizo que se montara en el trasbordador sin pensárselo dos veces.
Llevaba seis meses siguiendo su instinto y actuando por impulsos, justo dos meses después de que su meticuloso plan organizado con todo detalle la hubiera liberado.
Cada momento de aquellos dos meses había sido aterrador. Luego, poco a poco, el terror había dado paso al desasosiego y a un temor distinto, parecido al ansia, a perder lo que había vuelto a encontrar.
Había muerto, luego podía vivir.
Ya estaba cansada de correr, de esconderse, de perderse en ciudades bulliciosas. Quería un hogar. ¿Acaso no era eso lo que había querido siempre? Un hogar, raíces, familia, amigos: la compañía que no juzga a los demás con demasiada severidad.
Quizá encontrara algo parecido allí, en ese trozo de tierra mecido por el mar. Casi con toda seguridad no encontraría un lugar más alejado de Los Ángeles que aquella pequeña y encantadora isla… a no ser que abandonara el país.
Si no encontraba un trabajo, por lo menos podría pasar allí unos días. Una especie de descanso en su huída, se dijo. Disfrutaría de las playas rocosas y del pueblecito; pasearía por los acantilados y se perdería en la espesura del bosque.
Había aprendido a disfrutar y a apreciar cada momento de su existencia. Era algo que no volvería a olvidar jamás.
Encantada con las casas de madera desperdigadas por detrás del muelle, Nell se apoyó en la barandilla del trasbordador dejando que el viento agitara su cabello. Había recuperado el tono rubio, como quemado por el sol, que era su color natural. Cuando emprendió su huida, se lo cortó a lo chico, feliz por deshacerse de los largos y mullidos rizos. Luego se lo tiñó de castaño oscuro. Con el paso del tiempo, fue cambiando de color: pelirrojo, negro como el carbón, marrón claro como un visón… Seguía teniéndolo bastante corto y muy liso.
Para Nell el ser capaz de dejarse el pelo en paz significaba algo. Tal vez que empezaba a recuperarse a sí misma.
A Evan le gustaba que lo llevara largo, con muchos rizos exuberantes. A veces la había arrastrado por el suelo o escaleras abajo tirando de ellos, como si fueran cadenas.
No, nunca volvería a dejárselo largo.
Sintió un escalofrío y miró por encima del hombro a los coches y personas que había en el barco. Se le secó la boca y le ardió la garganta mientras buscaba a un hombre alto y delgado con el cabello dorado y ojos duros y transparentes como el cristal.
Él, naturalmente, no estaba allí, sino a cinco mil millas de distancia. Para él, ella estaba muerta. ¿Acaso no le había dicho cientos de veces que la muerte sería la única forma que tenía para liberarse de él?
Helen Remington había muerto, luego Nell Channing podía vivir.
Furiosa consigo misma por haber rememorado su anterior vida aunque sólo hubiera sido por un instante, Nell hizo un esfuerzo por tranquilizarse. Respiró hondo. Aire salado, agua. Libertad.
Relajó los hombros y esbozó una sonrisa vacilante. Era una mujer pequeña con un rostro de rasgos finos enmarcado por un pelo corto y pajizo que se agitaba con alegría. Sonrió abiertamente y sus labios, delicados y sin pintar, dibujaron la sombra de unos hoyuelos en las mejillas. El placer hizo que su piel adquiriera un delicado tono sonrosado.
No llevaba maquillaje; otro acto deliberado. Había una parte de ella que aún se ocultaba, que se sentía perseguida, y por eso hacía todo lo posible para pasar desapercibida. Hubo una época en la que era considerada una belleza y ella se arreglaba en consonancia. Se vestía como le decían que se vistiera, con ropa sofisticada, elegante y provocativa que elegía un hombre que aseguraba quererla por encima de todo. Sabía lo que era sentir la seda sobre la piel y llevar unos diamantes alrededor del cuello. Helen Remington conoció todos los privilegios que da una gran fortuna.
Y durante tres años se había sentido atemorizada y desgraciada.
Nell llevaba una camisa de algodón y unos vaqueros desteñidos. Calzaba unas zapatillas de deporte blancas, baratas y cómodas y su única joya era un medallón que había sido de su madre.
Algunas cosas eran demasiado preciosas como para dejarlas atrás.
Volvió hacia su coche mientras el trasbordador reducía la velocidad a medida que se acercaba al muelle. Llegaría a Tres Hermanas con una bolsa pequeña en la que llevaba todas sus pertenencias, un destartalado Buick de segunda mano y 208 dólares.
Nunca había sido tan feliz.
Aparcó el coche y empezó a deambular por el muelle; pensó que no podía haber nada más alejado del glamour y los palacios de placer de Beverly Hills. Se dio cuenta de que ningún otro lugar le había atraído tan poderosamente como aquel pueblecito que parecía salido de una postal. Las casas y las tiendas tenían un aspecto cuidado y primoroso aunque hubieran perdido algo de color por el viento y el sol. La calles, adoquinadas y limpias como patenas, ascendían en curva por la colina o rodeaban el muelle.
Los jardines estaban cuidados con mimo, como si las malas hierbas estuvieran prohibidas. Los perros ladraban detrás de vallas de tablones de madera rematados en pico y los niños montaban en bicicletas de color rojo brillante o azul eléctrico.
Los mismos muelles eran todo un dechado de laboriosidad. Había barcos, redes y hombres de mejillas sonrosadas que calzaban botas de goma hasta la rodilla. Olía a pescado y sudor.
Subió la cuesta y se volvió para mirar atrás. Desde allí podía ver los barcos de turistas fondeados en la bahía y la playa de arena, como una cuchillada curva, donde los bañistas se tumbaban en toallas o se dejaba balancear por la marea. Un pequeño tranvía rojo con el rótulo TOUR DE TRES HERMANAS se llenó enseguida de visitantes con cámaras.
Dedujo que el turismo y la pesca eran lo que mantenían a flote la isla. Pero eso era economía. La isla se mantenía firme frente al mar, las tormentas y el tiempo y era capaz de sobrevivir y florecer a su propio ritmo. Eso era valentía.
A ella le había costado demasiado descubrirla.
La calle principal ascendía en cuesta, flanqueada por tiendas, restaurantes y lo que supuso que eran negocios locales. Pensó que debía hacer la primera parada en uno de los restaurantes. Quizá pudiera conseguir un trabajo de camarera o cocinera, aunque sólo le durara la temporada de verano. Si encontraba un trabajo, podría alquilar una habitación.
Podría quedarse.
Al cabo de unos meses, la gente la conocería. La saludarían con la mano al verla pasar o la llamarían por su nombre. Estaba cansada de ser una desconocida, de no tener nadie con quien hablar. De que nadie la apreciara.
Se paró para ver el hotel. Era de piedra, a diferencia de los demás edificios, que eran de madera. Los tres pisos tenían balcones de hierro y una decoración recargada, los tejados eran puntiagudos y el conjunto resultaba indiscutiblemente romántico. Se llamaba la Posada Mágica, un nombre, pensó, que resultaba muy apropiado.
Sería fantástico trabajar allí, como camarera en el comedor o como camarera de habitaciones. Encontrar un trabajo era la primera de sus prioridades.
Pero no podía entrar, así de golpe. Quería un poco más de tiempo antes de empezar a ocuparse de las cosas prácticas.
Evan la habría llamado frívola. Habría dicho que era demasiado frívola y alocada como para cuidar de sí misma, y que, gracias a Dios, le tenía a él para ocuparse de ella.
Se dio la vuelta y empezó a andar en dirección contraria porque aquella voz le retumbaba con demasiada claridad en los oídos, porque aquellas palabras le robaban la confianza que con tanta dificultad había logrado.
Conseguiría aquel maldito trabajo cuando estuviera preparada, pero de momento iba a dar una vuelta, a hacer de turista, a explorar. Cuando terminara de recorrer la calle principal, volvería al coche y exploraría la isla. Ni siquiera pasaría por la oficina de turismo para conseguir un mapa.
Se colocó la mochila y cruzó la calle dejándose llevar por su intuición. Se detuvo en los escaparates de las tiendas de artesanía y de regalos. Vio cosas preciosas expuestas en baldas sin orden ni concierto. Un día, cuando se asentara, se haría un hogar a su gusto, lleno de cosas, colorido y alegre.
Sonrió al ver una tienda de helados. Tenía mesas de cristal y sillas blancas de hierro. Una pareja con sus dos hijos estaba sentada en una de ellas y todos se reían mientras tomaban helados con crema y virutas de caramelo. Un muchacho con gorra y delantal blancos estaba detrás del mostrador y una chica con vaqueros cortados y ceñidos coqueteaba con él mientras decidía qué pedir.
Nell grabó aquella imagen en su retina y siguió su camino.
La librería hizo que se detuviera y que suspirara. Su casa estaría llena de libros, pero no de valiosas primeras ediciones que rara vez alguien abre o lee. Tendría libros viejos y gastados y libros nuevos de tapa blanda, todos ellos mezclados y revueltos en las estanterías. En realidad, eso era algo que ya podía empezar a hacer. Una novela no supondría mucho peso extra. Miró el rótulo en letras góticas que había en el cristal del escaparate: Libros & Café. Bien, era perfecto. Buscaría algo entretenido y le echaría una ojeada ante una taza de café.
Cuando entró, el ambiente olía a flores y especias y se oía una música de gaitas y arpas. No sólo el hotel era mágico, pensó Nell en el preciso momento en que cruzó el umbral de aquella tienda.
Libros. Todo un festín de formas y colores alineados en estanterías azul oscuro. En el techo, pequeños puntos de luz brillaban como estrellas. El mostrador era una vieja mesa de despacho de roble tallada con duendecillos alados y lunas crecientes. Detrás, sobre un taburete, una mujer con el pelo oscuro y cortado a trasquilones pasaba tranquilamente las páginas de un libro. Levantó la mirada y se colocó bien las gafas de montura plateada.
—Buenos días. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Sólo voy a echar un vistazo, gracias.
—Adelante. Si puedo ayudarle, dígamelo.
La dependienta volvió a su libro y Nell empezó a dar vueltas. En el otro lado de la habitación había dos butacas de considerable tamaño frente a una chimenea de piedra. Sobre la mesa que estaba en medio había una lámpara hecha con la escultura de una mujer envuelta en una capa y con los brazos levantados. En otras estanterías había estatuillas de piedras de colores, huevos de cristal, dragones y multitud de objetos. Avanzó entre libros a un lado y velas al otro.
Al fondo, unas escaleras ascendían en curva al piso superior. Subió y se encontró con más libros, más objetos y el café.
Junto a la ventana había media docena de mesas de madera lustrosa y a lo largo del costado se disponía un mostrador con vasos y una impresionante variedad de bollos y sandwiches, además de una olla con la sopa del día. Los precios eran más bien altos, pero no excesivos. Nell decidió que tomaría un poco de sopa y un café.
Al acercarse, oyó voces que salían de la puerta que había detrás del mostrador.
—Jane, eso es ridículo. Una completa irresponsabilidad.
—No lo es. Es la gran oportunidad de Tim y la forma de salir de esta maldita isla. Vamos a aceptar.
—La mera posibilidad de una audición para una obra en el Off Broadway, que a lo mejor no se lleva a cabo, no es una gran oportunidad que digamos. Ninguno de los dos tendrá un empleo. No vais…
—Vamos a hacerlo, Mia. Te dije que trabajaría hasta mediodía de hoy y lo he hecho.
—Me lo dijiste hace menos de veinticuatro horas.
La voz, grave y encantadora, denotaba impaciencia. Nell no pudo evitar acercarse.
—¿Cómo demonios voy a sacar adelante el café si no tengo cocinera?
—Sólo te preocupa lo que te pase a ti, ¿verdad? Ni siquiera vas a desearnos suerte.
—Jane, te desearé un milagro, porque es lo que necesitas. No, espera… no te vayas de morros.
Nell sintió que se acercaban y se apartó de la puerta, aunque siguió escuchando.
—Ten cuidado. Sé feliz. ¡Maldita sea! Ve con mis bendiciones, Jane.
—De acuerdo —se sorbió las lágrimas—. Lo siento, de verdad que siento dejarte así, pero Tim tiene que hacer esto y yo tengo que estar con Tim. Te echaré de menos, Mia. Te escribiré.
Nell consiguió esconderse detrás de las estanterías justo en el momento en que una mujer salía y bajaba a toda prisa las escaleras entre sollozos.
—Vaya, es genial.
Nell se asomó y parpadeó admirada.
La mujer que estaba junto a la puerta era como una aparición. A Nell no se le ocurrió otra palabra para describirla. Tenía una espléndida cabellera del color de las hojas en otoño. Los cabellos rojos y dorados caían sobre el azul de un vestido que dejaba los brazos desnudos para mostrar las pulseras de plata que adornaban las dos muñecas. Los ojos, brillantes por el ataque de genio, eran grises como el humo y relucían en un rostro inmaculado. Los pómulos eran perfectos y la boca ancha y pintada de rojo, como la de una mujer fatal. Y la piel… Nell había oído comparar el cutis con el alabastro, pero aquélla era la primera vez que lo veía.
La mujer era alta, esbelta como un sauce y perfecta.
Nell miró a su alrededor para comprobar si alguno de los clientes estaba tan impresionado como ella, pero ninguno parecía fijarse en la mujer o en la ira que le bullía como si fuera agua hirviendo.
Cuando se asomó un poco más para verla mejor, aquellos ojos grises cambiaron de dirección y se clavaron en ella.
—Hola. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Yo estaba… pensaba… quisiera tomar un capuccino y un poco de sopa. Por favor.
Nell estuvo a punto de volver a esconderse detrás de las estanterías ante la mirada de fastidio que le lanzó Mia.
—Puedo servirle sopa, hoy es de langosta, pero me temo que no soy capaz de manejar la máquina de café.
Nell miró la preciosa máquina de cobre y latón y sintió un ligero hormigueo.
—Puedo hacérmelo yo misma.
—¿Sabe cómo se maneja esa cosa?
—Sí, la verdad es que sí.
Mia, pensativa, asintió con un gesto y Nell pasó detrás del mostrador.
—Podría hacerle uno a usted ya que estoy aquí.
—¿Por qué no? —Mia pensó que era una chiquilla decidida—. ¿Cómo es que has llegado hasta aquí? ¿Eres una excursionista?
—No. Ah… —Nell se sonrojó al acordarse de la mochila—. No, estoy dando una vuelta. Busco un trabajo y alojamiento.
—Ya.
—Disculpe, sé que no hice bien, pero escuché… la conversación. Si he entendido bien, está en un pequeño apuro. Yo sé cocinar.
Mia observó el vapor que subía y escuchó el silbido.
—¿De verdad?
—Soy muy buena cocinera —Nell ofreció a Mia el café espumoso—. He trabajado en una empresa de catering y en una panadería. También he sido camarera. Sé preparar comida y servirla.
—¿Cuántos años tienes?
—Veintiocho.
—¿Tienes antecedentes penales?
A Nell casi se le escapó una carcajada. Los ojos le chisporrotearon un instante.
—No. Soy honrada hasta el aburrimiento, una empleada digna de confianza y una cocinera creativa. —«¡No parlotees, no parlotees!», se ordenó a sí misma, pero no podía parar—. Necesito el trabajo porque quiero vivir en la isla. Me gustaría este trabajo porque me gustan los libros y me ha gustado… la sensación de su tienda desde que entré en ella.
Mia, intrigada, inclinó la cabeza.
—¿Qué has sentido?
—Oportunidades.
Mia se dijo que era una respuesta excelente.
—¿Crees en las oportunidades?
Nell lo meditó un segundo.
—Sí. He tenido que hacerlo.
—Disculpen —una pareja se acercó al mostrador—. Nos gustaría tomar dos helados de moca y dos pasteles de chocolate.
—Naturalmente. Un momento —Mia se volvió hacia Nell—. Estás contratada. El delantal está detrás de la puerta. Concretaremos los detalles más tarde —dio un sorbo al capuccino—. Muy bueno —añadió mientras se retiraba—. Ah… ¿cómo te llamas?
—Nell. Nell Channing.
—Bienvenida a Tres Hermanas, Nell Channing.
* * *
Mia Devlin dirigía el café como dirigía su vida: Con un estilo fruto del instinto y, sobre todo, para su disfrute personal. Era una empresaria muy capaz que disfrutaba obteniendo beneficios, pero siempre según sus condiciones.
Pasaba por alto lo que le aburría y perseguía lo que le intrigaba.
En ese momento, Nell Channing le intrigaba.
Si Nell hubiera exagerado sus virtudes, Mia la habría despedido con la misma facilidad con la que la había contratado y sin remordimientos. Quizá, si se hubiera apiadado de ella, la habría ayudado a encontrar otro trabajo, pero sin dedicarle demasiado tiempo siempre y cuando no interfiriera en la marcha de su negocio.
Había dado aquel paso porque le había impresionado una cosa en el preciso instante en el que los enormes ojos azules de Nell se habían encontrado con los de ella.
Inocencia herida. Ésa había sido la primera impresión de Mia, quien por definición confiaba en sus primeras impresiones. También había notado aptitud, aunque la confianza en sí misma parecía vacilar un poco.
De todas formas, en cuanto Nell se puso a trabajar, todas sus dudas se disiparon.
Mia la observó durante la tarde y notó que manejaba sin aturullarse los pedidos, los clientes, la caja registradora y la misteriosa y desconcertante máquina de café.
Mia decidió que tendría que adecentarla un poco. Esos vaqueros gastados eran habituales en la isla, pero resultaban un poco desaliñados para su gusto.
Satisfecha, en cualquier caso, Mia entró en la cocina. Se quedó impresionada al ver que las encimeras y los cacharros estaban limpios. Jane nunca había conseguido ser una cocinera pulcra, y eso que casi toda la repostería se hacía fuera.
—¿Nell?<
