Una cruel bendición

Fragmento

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El cielo era de un azul brillante y el día se presentaba caluroso y despejado, cuando Diana Goode salió de la limusina en compañía de su padre. Los ángulos de su cara estaban más relajados de lo habitual bajo el toque del cremoso velo marfileño; el pesado vestido de satén produjo como un leve soplo de viento cuando el conductor la ayudó a componérselo tras abrir la puerta del coche. Sonrió a su padre, que la esperaba fuera de la iglesia, y a continuación cerró los ojos intentando recordar todos y cada uno de los detalles de aquel momento. Jamás se había sentido tan feliz en su vida. Todo era perfecto.

—Estás preciosa —dijo su padre en voz baja.

La iglesia episcopal de Todos los Santos, en Pasadena, se elevaba majestuosa detrás de ella.

Su madre se había adelantado en el otro coche, junto con sus hermanas, los maridos y los hijos de éstas. Diana, que era la mediana, siempre se esforzaba para ser la mejor, la más responsable, la más afortunada. Profesaba un profundo cariño a sus hermanas, pero, aun así, siempre había tenido la sensación de que debía hacer más de lo que ellas hacían. Y no es que ellas fueran nada del otro mundo. Gayle, la mayor, había decidido estudiar medicina hasta que conoció a su marido en el primer curso. Se casaron en junio de ese mismo año y casi inmediatamente se quedó embarazada. Ahora, a los veintinueve años, ya tenía tres niñas adorables. Gayle era dos años mayor que Diana y, aunque se llevaban bien, las dos mujeres eran increíblemente distintas y siempre había existido entre ellas un sentimiento de rivalidad. Gayle nunca volvió a considerar la posibilidad de estudiar medicina. Estaba felizmente casada y la idea de quedarse en casa y de atender a sus hijas y a su marido la satisfacía plenamente. Era la esposa ideal para un médico: inteligente, culta y mostraba una absoluta comprensión hacia su trabajo como tocólogo. Tal y como Gayle había confesado a Diana semanas atrás, planeaban tener al menos otro hijo. Jack ansiaba ahora un chico. Toda la vida de Gayle giraba en torno a su marido, sus hijos y el hogar. A diferencia de sus dos hermanas menores, el mundo de los estudios no le llamaba en absoluto la atención.

En algunos aspectos, Diana tenía muchas más cosas en común con su hermana menor, Sam. Samantha era ambiciosa, competidora y se mostraba entusiasmada por el solo hecho de estar en el mundo. Durante sus dos primeros años de casada había intentado desesperadamente compaginar casa y trabajo. Sin embargo, al nacer su segundo hijo, trece meses después del primero y apenas dos años después de la boda, tuvo que admitir que no podía con todo ello. Dejó su empleo en una galería de arte de Los Ángeles y decidió quedarse en casa, con la aprobación de su marido; no obstante, el hecho de dejar de trabajar supuso para Sam una cierta decepción durante los primeros meses. En los dos años que llevaban casados, el trabajo de Seamus había empezado a reconocerse y a valorarse, y poco a poco se iba convirtiendo en uno de los jóvenes artistas contemporáneos de mayor proyección.

Sam diseñaba por libre en casa, pero le costaba lo indecible llevar a cabo dicha tarea, que se veía dificultada por la carencia de ayuda y la presencia de sus hijos pequeños. Le encantaba estar en casa con Seamus y los niños; formaban un matrimonio feliz y tanto el niño como la niña eran dos gorditos angelicales. Todo aquel que los veía se quedaba prendado de ellos al instante. Con todo, en ocasiones envidiaba el lugar que ocupaba Diana en el mundo del trabajo, entre «los mayores», como solía decir.

Sin embargo, a Diana le daba la sensación de que sus hermanas habían encarrilado perfectamente sus vidas. Por lo que podía ver, con veinticinco y veintinueve años, parecían tener todo lo que querían. Sam se encontraba muy a gusto en el mundo del arte moderno, y Gayle era igualmente feliz en su papel de esposa de un médico. Sin embargo, Diana siempre había deseado muchas más cosas de las que ellas disfrutaban. Había estudiado en Stanford, y había pasado el tercer año de carrera en el extranjero, en La Sorbona de París. No contenta con ello, había vuelto a la capital francesa para permanecer allí otro año después de la graduación. Encontró un pequeño apartamento que le pareció fabuloso, en la calle Grenelle, en la orilla izquierda del Sena, y durante una temporada estuvo plenamente convencida de que aquél era su lugar. Sin embargo, después de un año y medio trabajando para Paris-Match, empezó a sentir nostalgia de Estados Unidos, de su familia y, sobre todo, lo que le pareció más sorprendente, de sus hermanas. Por aquel entonces, Gayle había tenido su tercer hijo y Sam estaba esperando el primero; de alguna manera, Diana sentía necesidad de estar con ellas.

Pero tras su vuelta se sintió confusa y atormentada, y durante los primeros meses se torturó con la duda de si la decisión de volver había sido correcta o no. Tal vez no se había esforzado lo suficiente por establecerse en París.

París había sido una experiencia maravillosa, pero Los Ángeles también resultaba interesante; nada más llegar, consiguió un empleo estupendo como directora de Today’s Home. Por entonces, hacía poco que había aparecido la revista y las perspectivas que ofrecía eran tremendamente alentadoras. El salario era muy bueno, el ambiente agradable, las condiciones de trabajo excelentes y, además, le dieron un despacho fabuloso. En cuestión de meses se encontró dirigiendo artículos, contratando fotógrafos, reescribiendo historias y viajando a los lugares más exóticos para hacer reportajes sobre lujosas mansiones. De vez en cuando regresaba a París o se daba una vuelta por Londres. Realizó un reportaje en el sur de Francia y otro en Gstaad, sin olvidar, por supuesto, lugares como Nueva York, Palm Beach, Houston, Dallas, San Francisco y otras muchas ciudades estadounidenses. Era el empleo ideal para ella, además de ser la envidia no sólo de sus amigos sino también de sus hermanas. Para todos los que no se daban cuenta de sus dificultades, aquel trabajo podía resultar extremadamente atractivo; para Diana lo era, y mucho.

Poco después de hacerse cargo de la revista, conoció a Andy en una fiesta a la que asistieron representantes de los medios de comunicación. Aquella misma noche charlaron durante seis horas seguidas en un acogedor restaurante italiano, después de lo cual se sintió desbordada cuando él le propuso irse a vivir juntos a su apartamento. De hecho, esperó seis meses antes de decidirse, pues la idea de perder su independencia la inquietaba bastante. Sin embargo, estaba loca por él y Andy, consciente de ello, la correspondía plenamente, por lo que la situación parecía ir encaminada a un engranaje perfecto. La verdad es que parecían hechos el uno para el otro: él era alto, rubio y bien parecido; había sido una estrella del tenis en Yale, procedía de una familia respetable y con solera de Nueva York y había estudiado derecho en la Universidad de California, en Los Ángeles. Una vez terminados sus estudios, se había incorporado al departamento de leyes de una importante cadena de empresas. Adoraba su trabajo y a Diana le fascinaba tanto lo que hacía como su círculo de amistades. Andy era asesor de varias empresas y la compañía estaba muy contenta con su manera de llevar los más complejos contratos.

A Diana le entusiasmaba asistir con él a reuniones de negocios, en las que conocía a personajes importantes y hablaba con otros abogados, grandes empresarios e importantes intermediarios. Todo ello podía acarrear quebraderos de cabeza, pero Andy sabía estar a la altura de las circunstancias, ya que tenía talento e inteligencia y rara vez se mostraba impresionado por el encanto del mundillo en el que trabajaba. Le gustaba lo que hacía y entre sus planes a largo plazo figuraba el de abrir su propio bufete, en el que asesoraría jurídicamente a empresas relacionadas con el mundo del espectáculo. Sin embargo, consciente de que todavía era demasiado pronto para eso, reconocía la valiosa experiencia que estaba adquiriendo en la empresa. Sabía perfectamente cuál era su camino y lo que ambicionaba en la vida. Ya hacía tiempo que había proyectado su carrera con todo detalle y, cuando Diana apareció en su vida, supo en cuestión de días que ella era la mujer que deseaba como esposa y madre de sus hijos. La risa se apoderó de ellos cuando descubrieron que coincidían en su deseo de tener cuatro hijos; él era uno de cuatro hermanos, entre los que también había gemelos, y Diana fantaseaba con la posibilidad de tenerlos también. Hablaban con frecuencia de tener niños, y Diana se dio cuenta de que de vez en cuando las pocas precauciones que tomaban nacían de su deseo compartido de tentar al destino y quedarse embarazada. La idea de un embarazo que les llevara a una boda forzosa no habría sido motivo de inquietud. Poco tiempo después de conocerse ya hablaban abiertamente de planes de boda y de proyectos a largo plazo.

Vivían juntos en un pequeño pero acogedor apartamento de Beverly Hills. Compartían los mismos gustos y hasta llegaron a comprar dos cuadros de Seamus. Podían vivir con bastante comodidad juntando sus ingresos; decoraron su vivienda al más puro estilo moderno y dedicaron el dinero sobrante a la compra de objetos artísticos. Pensaron empezar una colección de categoría, pero en esos momentos no estaban en condiciones de permitírselo, de modo que compraron lo que pudieron y lo disfrutaron enormemente.

Diana estaba encantadísima con la buena relación que Andy mantenía con sus padres, hermanas y cuñados. Parecía encontrarse muy a gusto con Jack y Seamus, a pesar de que ambos eran completamente distintos, y solía comer con ellos cuando no tenía programada ninguna comida de negocios en la empresa. Daba la sensación de sentirse igual de cómodo tanto en el mundo artístico de Seamus como en el de Jack, ya fuera hablando de investigaciones médicas o de inversiones financieras. Andrew Douglas era un tipo simpático y natural, y la idea de pasar la vida juntos emocionaba a Diana. Al cabo de un año viajaron a Europa, ella le mostró sus lugares predilectos en París y siguieron la ruta del valle del Loira. Finalmente fueron a Escocia, donde visitaron a Nick, el hermano menor de Andy, que estaba pasando un año allí. Fue un viaje perfecto y cuando volvieron a casa empezaron a planear cuidadosamente su boda para el verano siguiente. Se comprometieron dieciocho meses después de conocerse y fijaron la fecha de la boda en junio, ocho meses más tarde; decidieron ir de nuevo a Europa de luna de miel, esta vez al sur de Francia, Italia y España. Diana consiguió tres semanas de vacaciones en la revista y Andy se las arregló en la empresa para obtener el mismo número de días.

Buscaron una casa en Brentwood, en Westwood y en Santa Mónica, e incluso pensaron en la posibilidad de viajar desde Malibú cuando vieron allí algo que les gustó mucho. Sin embargo, en marzo encontraron la casa perfecta, en la costa del Pacífico. Pertenecía a una familia numerosa que la había cuidado durante muchos años; ahora los chicos habían crecido y se habían marchado, y el matrimonio propietario, con cierta desgana, se veía forzado a venderla. Andy y Diana se enamoraron de ella a primera vista. Era enorme, cálida y algo laberíntica; tenía un artesonado de madera y un jardín inmenso con preciosos árboles donde los niños podrían jugar. La habitación principal del segundo piso era encantadora y disponían de un despacho para cada uno, además de un salón de invitados ciertamente elegante. Tenía también cuatro habitaciones grandísimas en el piso superior.

Andy se trasladó a la casa justo tres semanas antes de la boda. La noche en que los padres de Diana ofrecieron una cena para celebrarlo, todavía podían verse cajas por doquier; Diana dejó en el salón principal las maletas que se llevaría en su luna de miel. No quería pasar la noche antes de la boda con Andy, y prefirió quedarse en casa de sus padres, en la habitación que había ocupado de niña. Cuando se despertó, permaneció tumbada durante un buen rato, mirando el papel pintado de la habitación, con sus flores rosas y azules descoloridas, que le era tan familiar. Resultaba algo extraño pensar que en pocas horas sería otra persona, se convertiría en la esposa de alguien. ¿Qué significaba eso? ¿Quién sería a partir de entonces? ¿Variaría en algo la convivencia que habían mantenido hasta aquel momento? ¿Cambiaría él? ¿O tal vez ella? De repente, todo le parecía motivo de preocupación. Entonces pensó en sus hermanas, en los hombres con los que se habían casado, en sus hijos, y en cómo eso las había cambiado, de manera sutil al principio, para luego, con el paso de los años, pasar a convertirse en una especie de unidad, con sus hijos y maridos. Todavía guardaba una relación íntima con ellas, pero, de alguna manera, algo había cambiado. También resultaba extraño pensar que tal vez en el plazo de un año ya tendría un hijo. Esta idea le produjo una ligera contracción en el estómago. Hacer el amor con Andy era algo extraordinario, pero todavía era más apasionante la perspectiva de que cualquier día esa relación pudiera dar su fruto y tener un hijo. Amaba muchísimo a Andy y le encantaba la idea de ser la madre de sus hijos.

Todavía estaba sonriendo cuando se levantó, en el día de su boda, pensando en Andy y en la vida que se disponían a compartir. Antes de que todos se despertaran, bajó a tomarse un café; su madre apareció poco después, y media hora más tarde sus hermanas y los niños llegaron para vestirse y ayudar a Diana a prepararse para la ceremonia. Sus maridos se habían quedado en casa, y ambos iban a actuar de acompañantes en la boda. Las tres hijas de Gayle y la de Sam llevarían las flores, y el hijo de esta última los anillos. Sólo tenía dos años y estaba tan guapo con el vestido blanco de seda que Diana había escogido para él, que unas lágrimas aparecieron en los ojos de ella y sus hermanas.

La madre de Diana reunió a todos los niños poco después de que llegaran; había empleado a una chica para que cuidara de ellos mientras sus hijas se vestían.

—Era de esperar —aclaró Gayle con una sonrisa más bien resignada.

Su madre solía pensar en todo; planeaba cualquier eventualidad y era tan organizada que podía despertar las quejas de todos cuando empezaba a ponerse en contacto con ellos en junio para averiguar sus planes para el día de Acción de Gracias. Sin embargo, su presencia había sido para Diana como un regalo llovido del cielo a la hora de preparar la boda. Había estado tan ocupada con la revista que apenas había tenido tiempo de probarse el vestido, pero su madre se había ocupado de todo. Por eso Diana sabía que las cosas iban como la seda y, en efecto, así fue. Sus hermanas estaban preciosas con sus vestidos de seda de color melocotón pálido, con las rosas del mismo color. Las niñas también estaban guapísimas, con sus vestidnos blancos y el fajín de color melocotón, llevando unas cestas con pétalos de rosa en las manitas enguantadas, mientras se dirigían a la iglesia en compañía de su abuela y sus respectivas madres. Diana miró a su padre y habló con él durante aquellos últimos momentos de nerviosismo.

—Estás absolutamente arrebatadora, tesoro —le dijo él con una sonrisa.

Siempre se había sentido muy orgulloso de ella y Diana había disfrutado de su apoyo y su cariño en todo momento. No tenía ninguna queja de sus padres; por lo que podía recordar, no existieron nunca secretos ni exigencias desmesuradas ni animadversión de ningún tipo, ni siquiera en su adolescencia. Gayle lo pasó peor con ellos, pues ella y su madre habían mantenido discusiones violentas. No en vano Gayle era la hija mayor y, como siempre diría después: «Los estaba acostumbrando». No obstante, Diana siempre pensó que sus padres habían sido bastante razonables; Samantha coincidía con ella la mayoría de las veces, aunque en un primer momento el señor Goode se puso un poco nervioso ante el hecho de que se casara con un artista. Finalmente, acabaron por admirarle y respetarle. Por otro lado, Seamus era todo un carácter, aunque se hacía difícil no quererle.

Sobre Andrew Douglas no tenían ningún tipo de reservas. Era un hombre encantador y sabían que Diana, con él, iba a ser muy feliz.

—¿Asustada? —preguntó despacio su padre mientras ella se relajaba un poco en la sala de estar, consumiendo los últimos instantes antes de dirigirse a la limusina que la llevaría al altar.

Todavía les quedaba algo de tiempo; de repente, Diana deseó que todo se hubiera acabado y que ya estuvieran en el vuelo de Bel Air o en el de París, a la mañana siguiente.

—Un poco —musitó, como si fuera una niña.

Llevaba el pelo castañorrojizo recogido en un moño detrás del velo; tenía un aspecto notablemente sofisticado y al mismo tiempo muy joven, mientras miraba a su padre. Siempre había podido acudir a él, decirle lo que sentía y compartir sus dudas y temores. Ahora, sin embargo, no padecía seriamente por nada, y sólo tenía unas cuantas preguntas a las que encontrar respuesta.

—No ceso de preguntarme si todo será diferente ahora… casándome, quiero decir… en lugar de vivir juntos… —Suspiró y sonrió de nuevo—. Todo parece tan de personas adultas, ¿verdad?

A sus veintisiete años se sentía muy joven y a la vez muy vieja. Sin embargo, no parecía haber nada malo en casarse, especialmente con un hombre al que amaba tanto como a Andrew William Douglas.

—Lo es —respondió su padre con una sonrisa, besándole tiernamente la frente.

Era un hombre alto y de porte distinguido, con el pelo blanco y los ojos de un azul intenso. La conocía muy bien y le gustaba la mujer que veía ante él y el hombre con el que se iba a casar. Sabía que saldrían adelante. Su corazón no albergaba ninguna duda respecto a Andrew y a Diana. Si la vida les sonreía, podrían llegar lejos; él les deseaba lo mejor en su camino.

—Estás preparada. Sabes lo que haces y él es un hombre bueno. No te equivocarás, cielo. Además, siempre estaremos contigo. Y con Andy. Supongo que ya lo sabéis.

—Claro.

Apartó la mirada y los ojos se le llenaron de lágrimas. De repente, sintió una honda emoción por abandonar a su padre y dejar la casa, aunque ya no viviera en ella. De alguna manera, era más difícil dejar a su padre que a su madre, pues ella era mucho más activa y práctica, completamente entregada a la tarea de arreglar el velo de Diana y de vigilar que los niños no pisaran la cola del vestido antes de llegar a la iglesia. Ahora, sin embargo, no había lugar para la confusión, sólo amor, esperanza y un torrente de sentimientos mientras permanecía en el salón, en compañía de su padre.

—Vamos, jovencita —dijo finalmente él, con voz seria pero cariñosa—. Tenemos que ir a una boda.

La miró, sonrió y le ofreció el brazo. Junto con el conductor la ayudaron a entrar en la limusina, componiendo también el velo completo y la cola; unos instantes más tarde se encontraba acomodada en el asiento trasero llevando un enorme ramo de rosas blancas. La inmensidad del vestido se extendía por todo el coche; de repente, se sintió sorprendida cuando oyó a unos niños saludarla y señalarla, desde la calle, gritando:

—¡Mirad! ¡Mirad! ¡Una novia!

Resultaba extraño pensar que ella era la novia y la emoción la desbordó mientras el vehículo avanzaba. Sintió una súbita aceleración de los latidos de su corazón al tiempo que se ajustaba el velo, el corpiño y las enormes mangas de satén que tantas veces se había probado. Llevaba un vestido extremadamente formal y muy al estilo victoriano.

Habían invitado a trescientas personas al banquete que se celebraría en el Oakmont Country Club. No faltaría nadie: allí estarían sus antiguos compañeros de clase, amigos de los padres de la novia, familiares lejanos, conocidos de la revista, amigos de Andy y una multitud de gente de la empresa que él mismo había convidado.

William Bennington, su mejor amigo en el trabajo, también estaría presente, así como algunos de los famosos con los que Andy había negociado determinados contratos. También habían venido sus padres y sus tres hermanos: Nick, que había estudiado en Escocia y trabajaba ahora en Londres, y Greg y Alex, los gemelos, que estudiaban en la Facultad de Económicas de Harvard. Todos ellos se encontraban presentes. Los gemelos, seis años menores que Andy, que contaba treinta y dos, siempre habían tenido a su hermano por un héroe. También estaban entusiasmados con Diana, quien a su vez deseaba verlos más a menudo, estar con ellos durante las vacaciones de verano y, tal vez, intentar convencerlos de que se trasladaran a vivir a California. Sin embargo, a diferencia de Andy, los otros hermanos Douglas preferían el este, y Greg y Alex estaban casi convencidos de que acabarían por establecerse en Nueva York o en Boston, o quizás en Londres, como Nick.

—Nosotros no tenemos la buena estrella de nuestro hermano —bromeó Nick la noche de la cena de celebración.

No obstante, era evidente que admiraban su éxito y la novia elegida. Los tres muchachos estaban ciertamente muy orgullosos de su hermano mayor.

Diana oyó la música del órgano mientras permanecía fuera de la iglesia. Al tomar el brazo de su padre, un leve temblor de emoción le recorrió el cuerpo. Le apretó la mano cuando empezaron a subir la escalera de la iglesia y le miró con los mismos ojos de él, azules y eléctricos.

—Allá vamos, papá —susurró.

—Todo irá bien —la animó, tal y como había hecho la noche del ensayo, y aquella vez que se cayó de la bicicleta y se rompió el brazo cuando tenía nueve años; la llevó al hospital, explicándole historias divertidas, haciéndola reír, y luego la abrazó con fuerza cuando todo acabó—. Eres una chica maravillosa y vas a ser una esposa perfecta —le dijo, mientras se detenían ante la entrada, esperando la señal de uno de los acompañantes.

—Te quiero, papá —musitó.

—Yo también, Diana.

Se acercó y besó el velo; el intenso olor de las rosas parecía rodearlos. Eran conscientes de que recordarían aquel momento durante toda la vida.

—Que Dios te bendiga —susurró su padre cuando recibieron la señal.

Sus hermanas empezaron a avanzar lentamente por la nave, seguidas por las tres mejores amigas de Diana, ataviadas también con vestidos de color melocotón y enormes sombreros de organdí; la procesión finalizaba con un desfile de niños adorables. Hubo una larga pausa en la que la música se tornó más majestuosa y luego, muy despacio, regia y elegante, apareció la novia, como una joven reina que acudiera al encuentro de su príncipe consorte, con su vestido de satén blanco, de corpiño ceñido, y los preciosos complementos de satén marfil. A través del velo, que parecía rodearla con un halo de suavidad, los presentes adivinaron el cabello oscuro, la piel tersa, los brillantes ojos azules, la media sonrisa nerviosa y los labios entreabiertos. Entonces alzó la mirada y le vio, alto, atractivo y rubio, esperándola. La promesa de toda una vida.

Unas lágrimas brotaron de los ojos de Andrew cuando la miró. Verla deslizarse tan despacio por la nave alfombrada de satén blanco era algo de ensueño. Y por fin, sujetando el ramo en sus manos temblorosas, estuvo allí, a su lado.

Andy le apretó la mano con suavidad. El oficiante se dirigió en tono solemne a la congregación, al tiempo que recordaba la razón de su presencia y su absoluta responsabilidad, como familia y amigos que eran, de apoyar a la joven pareja en su juramento, en la suerte y en la desgracia, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separase. Recordó a Andrew y a Diana que el camino sería a veces espinoso, que la fortuna no siempre resultaría favorable, pero que deberían estar el uno junto al otro, dando fe de su promesa, guardando fidelidad y siendo fuertes y constantes en su amor y en el del Señor.

Se prometieron fidelidad eterna con voz potente y clara; en ese momento, a Diana ya no le temblaban las manos. Ya no tenía miedo. Estaba con Andy, donde debía estar. Nunca se había sentido tan feliz. Sonrió cuando el pastor les declaró marido y mujer. El anillo que Andy había deslizado en su dedo relucía entre tanta claridad; cuando se acercó para besarla, la ternura en sus ojos era tal que hasta la madre de Diana rompió a llorar. Su padre ya lo había hecho cuando la dejó en el altar al lado del hombre al que amaba. Era consciente de que ya nada sería lo mismo para ellos. Ahora pertenecía a otro.

Avanzaron por la nave radiantes y orgullosos, y todavía sonreían cuando se metieron en el coche para ir al banquete en el club. Después, el baile continuó hasta las seis. A Diana le parecía haber invitado a todas las personas que había conocido en algún momento de su vida, y tal vez a algunas que no conocía. Al final de la tarde creía haber bailado con todos los invitados; junto con sus hermanas, Andy y sus hermanos, había bailado frenéticamente. Los dos gemelos habían tenido que bailar con Sam, puesto que había cuatro hermanos Douglas y sólo tres hermanas Goode. No obstante, daba la sensación de que ésta se lo pasaba muy bien. Sólo era un año menor que los gemelos, y al final del banquete se habían convertido en grandes amigos. A Diana le emocionó ver la cantidad de personas que habían venido de la empresa de Andy. Hasta el presidente acudió con su esposa, aunque sólo se quedó un rato, pero su presencia había sido todo un detalle. También acudió el editor de Today’s Home, quien bailó repetidas veces con Diana y su madre.

Era una tarde preciosa, el día perfecto para el comienzo de una vida que siempre había soñado. Hasta entonces, todo en su vida había discurrido perfectamente. Andy había llegado a ella en el momento justo y habían sido felices durante los últimos dos años y medio; a Diana le había encantado vivir con él y ahora parecía el momento justo de casarse. Tenían confianza en sí mismos y en lo que ambicionaban. Deseaban estar juntos, compartir sus vidas y formar una familia como las que habían tenido oportunidad de disfrutar hasta entonces. Tenían mucho que compartir y que ofrecer. Mientras miraba a Andy, momentos antes de cambiarse el vestido de novia, Diana sintió por unos instantes que todo era demasiado perfecto. Odiaba tener que quitárselo y no ponérselo ya nunca más, odiaba convertir aquella realidad en un recuerdo. Miraba al marido recién estrenado y deseaba que aquel momento no terminase nunca.

—Estás increíble —le susurró Andy mientras la sacaba a bailar el último vals antes de abandonar la fiesta para empezar una nueva vida juntos.

—Me gustaría que el día de hoy no acabara nunca —dijo ella cerrando los ojos y pensando en lo maravilloso que había sido.

—No acabará nunca —le aseguró Andy tranquilo, acercándola aún más—. No lo permitiré. Siempre será así, Diana. Recordemos que, si alguna vez las cosas se tuercen…

—¿Es una advertencia? —preguntó ella, apartándose un poco y sonriéndole—. ¿Ya vas a empezar a molestarme?

—Ya lo creo —sonrió él.

Diana comprendió el significado de sus palabras y se echó a reír.

—Eres un sinvergüenza —le dijo, riéndose de él mientras seguían bailando el vals.

—¿Sinvergüenza yo? ¿Quién me dejó solo y volvió con sus padres para ser virgen?

—¡Andy! ¡Una noche!

—No fue una noche. Fue mucho más que eso…, lo sé.

Se acercó a Diana de nuevo y dejó reposar la mejilla sobre su velo, mientras ella le acariciaba suavemente el cuello.

—Sólo fue una noche…

—Tendrás que congraciarte conmigo durante semanas, a partir de… —miró su reloj— dentro de media hora.

Paulatinamente, la música llegó a su fin y entonces él la miró tiernamente.

—¿Lista para salir?

Diana asintió, triste por abandonar su boda; pero ya era tarde, eran más de las seis y los dos estaban cansados.

Las damas de honor subieron a ayudarla a cambiarse y Diana se quitó muy lentamente el precioso vestido y el velo. Su madre colgó el atuendo con sumo cuidado en unas perchas especiales acolchadas y, a una cierta distancia, observó con una leve sonrisa la emoción de las mujeres más jóvenes. Amaba a sus hijas como a nada en el mundo. Le habían dado muchas satisfacciones y ahora se sentía contenta de verlas definitivamente instaladas y felizmente casadas.

Diana se puso el vestido de seda color marfil que, con su madre, había escogido en Chanel. Estaba bordado en azul marino, complementado con un bolso a juego y con unos grandes botones color perla. Se había comprado también un sombrero color crema y estaba tremendamente elegante cuando, llevando consigo el enorme ramo de rosas blancas, bajó la escalera para reencontrarse con su marido.

De camino hacia el salón se le encendieron de nuevo los ojos. Instantes más tarde, lanzó el ramo de rosas y su liga. En medio de una tormenta de arroz y pétalos, corrieron hacia el coche, después de despedirse de sus respectivos hermanos y padres. Prometieron llamar durante el viaje; Diana dio las gracias a sus padres por una ceremonia tan espléndida e inmediatamente después se fueron en una limusina larga y blanca en dirección al hotel Bel Air, a pasar la noche de bodas en una enorme suite que daba a la cuidada arquitectura de los jardines del hotel.

Cuando el coche se alejaba, Andy la rodeó con un brazo y ambos suspiraron de alivio y cansancio.

—¡Uau! ¡Vaya día! —exclamó él, apoyándose en el asiento trasero y después de mirarla con silencioso aprecio—. ¡Has sido una novia encantadora!

¡Se hacía tan extraño pensar que todo había acabado!

—Tú también estabas muy guapo —le sonrió ella—. ¡Ha sido una boda tan bonita!

—Tú y mamá hicisteis un trabajo fantástico. Cada vez que hablaba con alguien de la empresa, me decía que era mucho mejor que cualquier película.

Había sido todo muy bonito y entrañable, con toda la familia y los amigos, pero, aun así, no había resultado demasiado ostentoso.

—Y tus hermanas han estado divertidísimas. ¡Mira que os desmadráis cuando os juntáis! —bromeó él.

Ella reaccionó con una indignación fingida.

—¿Que nosotras nos desmadramos? ¡Pues yo diría que los hermanos Douglas no os habéis quedado atrás! ¡Lo vuestro ha sido escandaloso!

—No seas tonta —respondió Andy, con tono remilgado, mientras reía y hacía ver que apartaba la vista hacia la ventana, y su esposa le empujaba casi hasta hacerle caer al suelo.

—¿Bromeas? ¿Es que ya no te acuerdas de que los cuatro habéis bailado la conga con mi madre?

—No lo recuerdo —aseguró, todo él inocencia, y los dos se rieron abiertamente.

—Estás borracho.

—Seguramente.

Se volvió, la abrazó y la besó. Después de permanecer unos minutos así, casi se quedaron sin aliento.

—Dios mío… Me moría de ganas de hacer esto. Estoy impaciente por llegar al hotel y arrancarte la ropa.

—¿Mi vestido nuevo? —preguntó ella horrorizada, anticipándole luego una sonrisa.

—Y el sombrero a juego también. Aunque, a decir verdad, son muy bonitos.

—Gracias.

Se cogieron de la mano y charlaron, sintiéndose otra vez muy enamorados. De alguna manera, era como empezar de nuevo, menos en el hecho de que ya eran viejos amigos y en todo lo que hacían se encontraban a gusto y confortados por el amor que se profesaban.

Cuando llegaron al hotel, un empleado de recepción los acompañó hacia el edificio principal, y una sonrisa de complicidad se les escapó al pasar por un discreto anuncio que señalaba el camino al banquete de bodas Mason-Winwood.

—Debe de ser un gran día para ellos —musitó Andy, y ella le correspondió con una sonrisa.

Miraron los jardines y los cisnes, y la emoción los embargó cuando vieron su habitación. Se hallaba en el segundo piso y tenía un salón enorme, una pequeña cocina y un dormitorio fabuloso. Todo estaba decorado con un delicado papel estampado y con satén de color rosado. Parecía el lugar perfecto para la noche de bodas; en la sala de estar había una chimenea y Andy deseó que la noche fuese lo suficientemente fría como para encenderla.

—Es preciosa —dijo Diana cuando salió el empleado y la puerta se cerró.

—Tú también estás preciosa.

Le quitó el sombrero con suavidad, lo lanzó al aire y fue a parar sobre una mesa. Entonces le soltó el pelo con cuidado y lo acarició con los dedos hasta llegar a los hombros.

—Eres la mujer más bella que he visto en mi vida. Y eres mía… para siempre.

Sus palabras sonaron como las de un niño contando un cuento de hadas, pero en el fondo era lo que ellos habían prometido. Y la novia y el novio vivieron muy felices a partir de entonces…

—Y tú también eres mío —le recordó ella.

Él no necesitaba que se lo recordaran, pero no puso ninguna objeción. Mientras se besaban, el nuevo traje de Chanel, tan elegante, fue rápidamente desabrochado y la chaqueta cayó al suelo. Luego, Diana se tumbó en el sofá. Unos instantes después la ropa de Andy también estaba en el suelo. Junto al montón de ropa, sus cuerpos yacían inclinados y tensos al descubrirse por primera vez como marido y mujer. Toda su pasión y sus promesas parecían converger en un solo momento de abandono, y Diana se aferró a él como si no quisiera dejarle marchar, ni un instante ni una vida entera. Cuando llegaron al éxtasis vibraron de placer; después permanecieron callados y abrazados durante un buen rato. En aquel momento, el sol empezó a ponerse y unos halos de luz rosada y naranja irrumpieron en la habitación. Permanecieron acostados, juntos, pensando en la nueva vida que iban a compartir.

—Nunca he sido tan feliz en mi vida —dijo él en voz baja.

—Espero que siempre lo seas —susurró ella—. Deseo hacerte muy feliz.

—Ojalá lo seamos siempre —añadió él.

Separó entonces sus largas piernas de ella y le dedicó una sonrisa antes de dirigirse lentamente hacia la ventana. Los cisnes blancos y negros se deslizaban por un estanque rodeado por unos jardines perfectamente cuidados. Unos jóvenes elegantemente vestidos corrían hacia una zona que escapaba de su vista, mientras llegaba hasta ellos el sonido de una melodía, transportado por el aire de la noche.

—Eso debe de ser el enlace Mason-Winwood.

Diana, todavía en el sofá, le sonrió y de repente deseó que hubieran engendrado ya un niño. Últimamente, no tomaban ningún tipo de precauciones, pues no había razón para ello. Habían determinado hacerlo así y esperar acontecimientos en cuanto se casaran. Sus dos hermanas se habían quedado embarazadas en sus respectivas lunas de miel y ella sospechaba que lo mismo podía ocurrirles a ellos, posibilidad que verdaderamente le agradaba.

Diana se levantó tras unos minutos y se acercó a él. En aquel preciso instante vio correr por el camino a una mujer joven que llevaba un vestido de novia blanco y corto y sujetaba un velo de similares características, en compañía de una chica vestida de rojo, probablemente su dama de honor. La novia debía de tener, más o menos, la misma edad que Diana; era una rubia algo «artificial», bastante atractiva, de una forma muy sensual. Su vestido parecía sofisticado, pero no caro. Sin embargo, hubo algo en su apariencia y en el nerviosismo de su carrera que los conmovió al observarla. Era una situación muy familiar para ellos; le desearon suerte cuando la vieron alejarse hacia su boda…

—¡Vamos, Barbie!

Judi, la chica del vestido rojo, apremiaba a Barbara, que tropezó con los zapatos blancos de tacón alto recién comprados en Payless aquella misma mañana.

—Ven aquí…, tranquila, pequeña —dijo Judi, extendiendo una mano para ayudarla.

Barbara se detuvo para respirar y esconderse de los invitados. En aquel momento Judi hizo una señal al padrino de bodas:

—¿Ya es la hora?

Él negó con la cabeza y le indicó por señas que todavía faltaban cinco minutos, a lo que ella hizo un gesto de asentimiento. Las dos mujeres eran amigas, aunque bastante recientes. Eran actrices y se habían desplazado hacía un año de Los Ángeles a Las Vegas, donde trabajaban como bailarinas. Las dos chicas habían decidido compartir piso para ahorrar sus exiguos ingresos.

Desde su llegada a Los Ángeles, Judi había conseguido dos pequeños papeles y algunos trabajos como modelo, y había estado a punto de aparecer en un anuncio de televisión. Barbie había obtenido un papel en el coro de ¡Oklahoma!, durante una reposición en la ciudad, y había intentado participar en todos y cada uno de los culebrones de televisión; al igual que Judi, había pasado el resto del tiempo trabajando como camarera. Consiguió un empleo estupendo en el Hard Rock Cafe, poco después de llegar a la ciudad, y pudo colocar a Judi en el mismo lugar. Fue precisamente en el Hard Rock donde las dos habían conocido a Charlie.

Al principio, fue Judi la que salió con él, pero llegaron a odiarse y al final ya no tenían nada que decirse, por lo que Charlie decidió dirigirse a Barbie. Durante una temporada, solía comer cada día con ella, hasta que tuvo el valor suficiente para pedirle que salieran juntos. Le había resultado más fácil pedírselo a Judi, porque su relación era mucho más natural y práctica; con Barbie, sin embargo, era diferente, porque veía en ella algo realmente especial.

Salieron juntos varias veces y, a la cuarta, Charlie estaba ya perdidamente enamorado de ella, aunque tenía demasiado miedo para confesárselo. Llegó a dejar de verla durante unos días, pero no podía aguantarlo. Así que llamó a Judi y quedó con ella. Quería su consejo, deseaba saber lo que Barbie pensaba de él.

—Está loca por ti, tonto.

Le sorprendió ver cómo un hombre de veintinueve años podía ser tan ingenuo con las mujeres. Ni ella ni Barbie habían conocido a nadie como él. No es que fuera atractivo, pero, como se suele decir, era «mono», inocente y bueno.

—¿Qué te hace pensar que le gusto? ¿Te ha comentado algo? —le preguntó, receloso, a Judi.

—La conozco mejor que tú.

Judi sabía que a Barbie le gustaban su dulzura y su generosidad, y recordó que la había llevado a algunos sitios encantadores. Se ganaba muy bien la vida trabajando a comisión como representante de una empresa textil; le gustaba llevar a las chicas a buenos restaurantes y vivía bastante bien para ser un joven soltero. Las cosas agradables de la vida eran importantes para él, pues había nacido en el seno de una familia muy pobre en Nueva Jersey, y para él tenía una gran importancia disfrutar de un buen nivel de vida. Trabajaba mucho y obtenía su recompensa.

—Ella piensa que eres un tipo fenomenal —añadió Judi, preguntándose si no hubiera debido esforzarse con él un poco más, a pesar de que, bien mirado, no era su tipo.

A Judi le atraían las emociones fuertes y Charlie era demasiado aburrido. Era un hombre agradable, pero a ella le gustaba que fueran más atrevidos. Quería pasárselo en grande y con él se aburría. Sin embargo, la historia de Barbara era distinta. Judi sabía que se había criado en una ciudad pequeña, donde había ganado el título de «Miss Todo» al acabar el instituto; al parecer, rompió entonces con su familia y se marchó a Las Vegas. Había pensado ir a Nueva York durante una buena temporada, pero estaba demasiado lejos de Salt Lake City y Las Vegas quedaba más cerca. A pesar de todos los hombres que había conocido allí y de lo mal que lo había pasado, todavía quedaba un rescoldo de inocencia e ingenuidad en Barbie que hacía que Charlie la amara. A ella también le gustaba él. Le recordaba a algunos muchachos de su ciudad natal y encontraba en su ingenuidad algo refrescante. Era un cambio positivo respecto a los hombres que había conocido en Las Vegas y en Los Ángeles, que parecían esperarlo absolutamente todo de una mujer, desde dinero hasta sexo, y luego incluso más. Charlie no deseaba otra cosa que estar con ella y mimarla, lo que no era nada difícil. Y, aunque no tenía mal aspecto, la verdad era que no resultaba muy excitante. Era pelirrojo, tenía los ojos azules y cada centímetro de su piel estaba cubierto de pecas. Tenía una sencillez que hacía que muchas mujeres le encontraran simpático y atractivo, y esas características también conmovían a Barbie. En ocasiones pensaba que él podía ser la solución a muchos de sus problemas.

—¿Por qué no le dices lo que piensas de ella? —le animó Judi.

A las tres semanas de empezar a salir juntos, ya se habían comprometido. Y, seis meses más tarde, Barbara esperaba detrás de un árbol, en el hotel Bel Air, la señal que le indicaría el comienzo de su boda.

—¿Estás bien? —inquirió Judi.

Barbara parecía muy nerviosa y daba saltitos, como un caballo de carreras atemorizado.

—Creo que voy a vomitar.

—¡Ni se te ocurra! ¡Me he pasado dos horas arreglándote el pelo debajo del velo! ¡Te mato si lo haces!

—De acuerdo, está bien… Dios mío, Judi, soy demasiado vieja para esto.

Tenía treinta años, sólo uno más que Charlie, pero a veces se sentía muchísimo mayor. Sin embargo, cuando iba menos maquillada y se recogía el pelo en una trenza, parecía más joven que él. Ella, no obstante, estaba más curtida y también más cansada. Sólo Charlie era capaz de ver pureza y dulzura bajo su apariencia, sólo él podía llegar a una parte de sí misma que ella creía perdida para siempre. La invitaba a su apartamento y le preparaba él mismo la comida, daban largos paseos y él hablaba de conocer a su familia; ella negaba con la cabeza y nunca respondía a esa clase de preguntas. No le gustaba hablar de ellos y decía que jamás volvería a Salt Lake City para verlos, aunque no explicaba las razones. Se puso furiosa una noche en que dos mormones aparecieron en el apartamento que compartía con Judi e intentaron convencerla de que volviera a la iglesia y se trasladara de nuevo a Salt Lake City. Todo lo que Charlie sabía era que tenía ocho hermanos y alrededor de veinte sobrinos, pero era evidente que allí le había ocurrido algo, aparte de una profunda sensación de aburrimiento. Ella, sin embargo, se negaba en redondo a explicárselo.

Él se mostraba mucho más abierto a la hora de hablar de su pasado. Le habían abandonado en una estación de ferrocarril poco después de nacer y se había criado en una serie de orfanatos estatales de Nueva Jersey. Había pasado por varias casas de adopción, pero era un niño nervioso, dado a las alergias y a problemas en la piel; además, a los cinco años tuvo severos ataques de asma. Acabó por superarlo todo, e incluso logró controlar los accesos de asma, pero para entonces ya era demasiado mayor para que alguien le adoptara. Abandonó el orfanato cuando cumplió los dieciocho, tomó el primer autobús en dirección a Los Ángeles y allí llevaba ya once años. Se matriculó en un instituto y estudió por las noches, con la ilusión de cursar estudios en la Facultad de Económicas, lo que le permitiría conseguir un mejor empleo y mantener a la familia que tanto anhelaba tener. Para él, encontrar a Barbie era un sueño convertido en realidad. Todo lo que deseaba en esos momentos era casarse con ella, ofrecerle un buen hogar y llenarlo de hijos que se parecieran a ella. Se lo había comentado una vez y Barbie se había echado a reír.

—¡Viviríamos mucho mejor si se parecieran a ti!

Era una chica hermosa, con una figura estupenda, pero que no se había preocupado mucho de su imagen ni de sí misma hasta que conoció a Charlie. Era muy atento con ella y la protegía mucho, a diferencia de los hombres que había conocido hasta entonces, pero, aun así, a veces deseaba que fuera más animado. Había llegado a Los Ángeles con la intención de salir con un actor, o tal vez, por qué no, con alguien famoso. En su lugar, se había enamorado de Charlie. No obstante, todavía se preguntaba a veces si no debería esperar a encontrar al príncipe azul, o, por lo menos, a un actor conocido. Había acompañado a Charlie a comprar ropa nueva y había intentado familiarizarle con los estilos modernos para animarle un poco, pero finalmente tuvo que admitir que le quedaban fatal. Era un hombre de gustos muy sencillos. Se le erizaba el cabello cuando se lo dejaba crecer, por lo que tenía que cortárselo con frecuencia, y nunca se bronceaba, sino que, por el contrario, se le quemaba la piel y más tarde le salían ampollas.

—No soy precisamente un tipo con un atractivo especial —le había dicho él una noche, muy serio, después de una cena que él mismo había preparado para ella.

Había cocinado su especialidad: canelones y osso buco, así como un gran plato de ensalada bien aliñada. En realidad, lo había aprendido en uno de sus hogares de adopción, tal como le explicara a Barbie, y, al decírselo, su corazón le dio un vuelco. Había momentos en que ella realmente le amaba, y otros momentos en que no estaba segura de ello.

«¿Es el hombre de mi vida? —se preguntaba—. ¿Es realmente el hombre que me interesa? O acaso es simplemente generoso, agradable y adecuado para mí.»

Sabía perfectamente que, estando con él, nunca le ocurriría nada malo, pero quizás tampoco tendrían una vida estimulante y atractiva.

Ella nunca había tenido límites; las opciones a elegir habían sido siempre terriblemente difíciles, los precios a pagar muy altos, y los riesgos demasiado elevados…, excepto con Charlie. Él le ofrecía todo lo que necesitaba y había soñado o deseado durante años e, incluso, lo que ahora mismo anhelaba. Le ofrecía seguridad, un hogar acogedor, una agradable personalidad que cuidara de ella, sin preocupaciones, sin dolores de cabeza, sin el temor de no poder pagar el alquiler, sin miedo a que las cosas tomaran un giro desagradable, empeoraran y se viera en la necesidad de trabajar de nuevo en el mundillo del espectáculo. Lo que realmente deseaba era ser actriz y los agentes con los que había hablado le auguraban un excelente porvenir. Necesitaba únicamente un cambio de aires. Pero ¿podría trabajar estando casada? ¿Se opondría Charlie a su carrera? Él le había prometido que no lo haría, pero no dejaba de hablar de otras personas, y de que eso no le sería posible, no por el momento, no con él, aún no, quizás nunca. Ella nunca sacaba a relucir ese tema, por supuesto, pero ¿qué pasaría si por fin se decidiera? ¿Qué ocurriría si le dieran un papel fijo en un espectáculo semanal o, incluso, el papel principal de una película importante? ¿Qué pasaría entonces con la intimidad de su vida en común? Pero, si ese gran cambio no llegaba…, al menos así no se le subirían los humos. Quizás no fuera ésa la forma adecuada de mirar las cosas.

A veces, se sentía culpable por ello, pero también tenía que pensar en sí misma. Había aprendido esa lección hacía mucho tiempo, en el seno de su propia familia, donde había comprendido tantas cosas, cosas que no necesitaba volver a revisar y que incluso ya no recordaba.

Era difícil no verse arrastrada por la constancia de Charlie, por su adoración, por su devoción, por su decencia, y, finalmente, Barbie comprendió que realmente le amaba. Pero ahora, aquí de pie, era todo nuevamente terrible. ¿Y si no estaba actuando correctamente? ¿Qué pasaría si al cabo de dos años llegaban a odiarse? ¿Y si su matrimonio no llegaba siquiera a durar tanto?

—¿Qué haré entonces? —preguntó a Judi en un murmullo.

—Ahora ya es demasiado tarde para preocuparse por eso, ¿no crees? —le respondió aquélla, sin dejar de alisarse el vestido rojo de encaje.

Tenía unas piernas largas y los pechos parecían salírsele del escote. Se los había hecho operar en Las Vegas por un experto cirujano, y a todos los hombres que conocía les gustaban. Excepto a Barbie, quien opinaba que era una tontería operarse los pechos, puesto que los suyos eran grandes, turgentes y bien suyos. «Pero ¡qué demonios! —se dijo Judi a sí misma—. ¿Quién va a darse cuenta de la diferencia a cierta distancia?»

Barbie tenía una figura sensacional, con unos pechos henchidos, en claro contraste con su estrecha cintura, tan fina que Charlie podía rodearla con las manos y llegar a tocarse los dedos. No era una mujer alta, pero tenía unas piernas bien formadas. Su apariencia era impactante y siempre se las arreglaba para parecer sexy, incluso con un vestido mal cortado. Resultaba muy atractiva, sin importar lo que llevara puesto. Y ahora, con su corto y ceñido traje de bodas de color blanco satén, se percibía en ella un acentuado contraste entre inocencia y erotismo.

—¿Crees que mi traje es demasiado ajustado? —le preguntó a Judi, mirándola otra vez con nerviosismo.

Tenía la impresión de que ya llevaban mucho tiempo esperando. No entendía por qué no habían podido ir directamente a City Hall, pero Charlie había insistido en que fuera una auténtica boda.

Esta boda lo significaba todo para él y Barbie no había querido contradecirle en nada, aunque hubiera sido mucho más feliz de haber podido pasar el fin de semana en Reno. Sin embargo, Charlie ya lo tenía todo planeado y había invitado a todos sus amigos. Iban a ser sesenta invitados, y ella sabía que era el hotel más exquisito de Los Ángeles, dejando a un lado, acaso, el Beverly Hills. Así se lo había dicho a Charlie, pero éste insistió en que el Bel Air era todavía mejor. Habían elegido el menú menos caro y una ceremonia de lo más sencilla, pero él deseaba que se celebrara allí, aunque con ello se fuera la mayor parte de sus ahorros.

—Tú te lo mereces —le había dicho a Barbie.

—Tu traje es muy bonito —asintió Judi, intentando transmitirle confianza. En verdad creía que su amiga estaba encantadora. Algo asustada, pero verdaderamente preciosa—. Todo saldrá bien, no te preocupes.

Empezaba a preguntarse a qué se debía el retraso, cuando de pronto apareció el padrino de Charlie y la marcha nupcial empezó a sonar. Habían contratado para la ocasión a un bajo, un violinista y un piano eléctrico.

Tocaron Aquí viene la novia y Judi se encaminó lentamente y con el rostro serio hacia el pequeño pabellón que se había instalado para la ocasión. Charlie había encontrado en algún sitio a un capellán que no le había planteado demasiados problemas a Barbie a causa de su origen mormón, por lo que la boda podría por fin celebrarse.

Ahora Mark, el padrino, ofreció su brazo a Barbie y la miró con una sonrisa paternal. Doblaba en edad a Charlie y era más grueso que él. Había sido su supervisor en el trabajo durante dos años y, en cierta manera, era para él como un padre. Aún era un hombre atractivo, aunque le sobraba peso y transpiraba gotitas de sudor a ambos lados de la frente, que le caían por la sien desde el pelo, de color gris y muy bien peinado.

Su actitud fue casi solemne al inclinarse ante Barbie, justo antes de comenzar a caminar hacia el altar.

—Buena suerte, Barbara…, todo va a salir a la perfección —le dijo, acariciándole la mano mientras ella intentaba no pensar en su padre.

—Gracias, Mark.

Él se había empeñado en pagar la boda y en ser el padrino. También les había surtido de todo el champán, puesto que su cuñado conocía a un mayorista que disponía de una fuente inagotable, en Napa Valley. Deseaba que todo resultara bien para ellos, ya que el mismo Mark estaba divorciado y tenía dos hijas, una de ellas casada, mientras que la otra estudiaba en la universidad.

Caminaron por el pasillo, hacia el pabellón, y Barbara intentó no pensar en lo que le esperaba: la ceremonia, los años de compromiso. Y, de repente, allí estaba él, Charlie…, con una mirada dulce e inocente como la de un adolescente, con sus ojos azules, su pelo rojo y una melosa sonrisa. Llevaba una chaqueta blanca, con un clavel blanco en la solapa, y parecía un crío que hubiera tomado prestada la chaqueta de su padre para parecer mayor.

Resultaba difícil tenerle miedo o comprometerse con él de por vida y, cuando Mark le apretó la mano intentando transmitirle confianza, se dio cuenta rápidamente de que ninguno de los temores que la atenazaban tenía fundamento. Nada malo le ocurriría por ser la mujer de Charlie. Estaba haciendo lo que creía más correcto y, de repente, cobró conciencia de ello.

—Te amo —murmuró Charlie al llegar a su lado.

Ella le contempló y se convenció a sí misma de que le amaba con todo su corazón. Él estaba haciendo algo que para Barbie era maravilloso. Le estaba ofreciendo una nueva y agradable vida y comprometiéndose a protegerla para siempre. Nunca nadie había hecho algo así por ella y, al tiempo que le observaba, comprendió que él nunca le fallaría.

De repente, se sintió apenada por las dudas que había tenido, por el miedo, por haber pensado en secreto que encontraría un hombre mejor. Charlie era el hombre adecuado, un buen amigo, un buen hombre, y sería un buen marido. Había sido una tonta por haber deseado algo más. Tenía treinta años y el príncipe de sus sueños estaría con toda seguridad comprometido con otra mujer, en algún lugar de lo que sin duda alguna sería otro planeta. Charlie Winwood tenía mucho del príncipe que deseaba y ella no necesitaba mucho más de lo que él tenía para ofrecerle.

—Te amo, Charlie —le dijo con un suspiro en el momento en que él le ponía el anillo en el dedo.

Después, al besarla, él emitió un suspiro, y Barbie se le aproximó, intentando ofrecerle todo aquello que nunca había tenido en su solitaria y penosa vida.

—Te amo tanto, Barbie…

No había palabras que pudieran expresar el vehemente amor que sentía por ella.

—Prometo que seré una buena esposa…, te prometo que lo seré.

—Ya lo sé, cariño —le sonrió Charlie.

Más tarde brindaron con

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