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A través de la gélida cortina de aguanieve y en el haz intermitente del potente faro del acantilado que descollaba al sur, la inmensa silueta de Bluff House se cernía sobre el pueblo de Whiskey Beach. La casa miraba al frío y turbulento Atlántico con aire desafiante.
Duraré tanto como tú.
Sus tres plantas, que se alzaban sólida e indulgentemente sobre la costa accidentada y escarpada, contemplaban la embestida y el azote de las olas a través de los oscuros ojos de las ventanas, igual que lo habían hecho, en una u otra encarnación, durante más de tres siglos.
La casita de piedra que ahora albergaba herramientas y útiles de jardinería daba fe de sus humildes orígenes, de quienes se habían enfrentado al violento e imprevisible Atlántico para forjar una vida en el suelo pedregoso de un nuevo mundo. Eclipsando esos inicios, la extensión y altura de las paredes de arena dorada y los hastiales arqueados, las amplias terrazas de piedra local alisada por el tiempo hablaban de sus momentos más gloriosos.
Había sobrevivido a la tormenta, al abandono, a la indulgencia caprichosa, al gusto dudoso, a las épocas de bonanza y a la quiebra, al escándalo y a la virtud.
Entre sus paredes, generaciones de la familia Landon habían vivido y fallecido, festejado y llorado, conspirado, prosperado, triunfado y languidecido.
Había brillado como la potente luz que barría las aguas desde la rocosa y soberbia orilla norte de Massachusetts. Y se había acurrucado en la oscuridad, con los postigos cerrados.
Llevaba mucho tiempo en pie, tanto que ahora ya solo era Bluff House, imperiosa sobre el mar, la arena y Whiskey Beach.
Para Eli Landon era el último lugar que le quedaba. No era solo un refugio, sino más bien una vía de escape de todo aquello en lo que se había convertido su vida en los últimos y horribles once meses.
Apenas se reconocía.
El viaje de dos horas y media en coche desde Boston por carreteras resbaladizas lo había dejado exhausto. Aunque, siendo sinceros, la mayoría de los días el cansancio se instalaba cómodamente a su lado, como una amante. Y allí estaba, sentado frente a la casa, en la oscuridad, con el aguanieve repiqueteando en el parabrisas, en el techo, mientras se debatía entre reunir suficiente energía para entrar o quedarse donde estaba y, tal vez, acabar durmiendo en el coche.
Eres idiota, pensó. Claro que no iba a quedarse allí sentado y a dormir en el coche cuando tenía la casa, con camas de sobra, a escasos metros.
Sin embargo, ni siquiera era capaz de encontrar el ánimo y la fuerza para sacar el equipaje del maletero, así que terminó cogiendo los dos bultos pequeños del asiento del acompañante, en los que llevaba el portátil y cuatro cosas más de primera necesidad.
El aguanieve le golpeó la cara cuando salió del coche, pero el frío, ese viento cortante del Atlántico, se abrió paso a través de las capas externas del letargo. El bramido de las olas al romper contra las rocas y azotar la arena se unían hasta convertirse en un constante rugido sibilante. Eli sacó las llaves del bolsillo de la chaqueta con desgana y entró al abrigo del amplio pórtico de piedra que conducía hasta las gigantescas puertas dobles de la entrada, talladas más de un siglo atrás en madera de teca importada de Birmania.
Dos años, casi tres desde la última vez que había estado allí, pensó. Demasiado absorbido por su vida, su trabajo, su desastroso matrimonio para dedicarle un fin de semana, unas vacaciones o una breve visita a su abuela.
Habían pasado tiempo juntos, la indomable Hester Hawkin Landon y él; eso sí, siempre que ella iba a Boston. La llamaba con regularidad y seguían en contacto a través de correos electrónicos, facebook y skype. Puede que Hester rondara los ochenta, pero siempre había sido muy receptiva a la tecnología y a las innovaciones y las acogía con curiosidad y entusiasmo.
La llevaba a comer, a tomar algo, y siempre se acordaba de enviarle flores con una nota, y regalos, y se reunía con ella y la familia en Navidad o en los cumpleaños importantes.
Y todo eso, pensó mientras se disponía a abrir la puerta, no era otra cosa que buscar excusas para justificar el hecho de no haber encontrado el tiempo, o no haberlo intentado, para ir a Whiskey Beach, el lugar que ella adoraba, y haberle dedicado el tiempo y la atención que se merecía.
Encontró la llave, abrió la puerta y encendió las luces nada más entrar.
Se fijó en que su abuela había hecho algunas modificaciones, aunque se le daba bien lanzarse al cambio y conservar las tradiciones al mismo tiempo, algo muy típico de ella.
Cuadros nuevos (paisajes marinos, jardines) salpicaban de colores suaves las ya abarrotadas paredes pintadas de un marrón cálido e intenso. Soltó las bolsas junto a la puerta y se tomó un instante para admirare el esplendor que desbordaba el vestíbulo.
Le echó un vistazo a la escalera, a los postes de arranque decorados con gárgolas sonrientes que algún Landon caprichoso había encargado, y observó hasta donde esta se bifurcaba con elegancia a derecha y a izquierda, en dirección a las alas norte y sur de la casa.
Habitaciones de sobra, pensó. Solo tenía que subir y escoger una.
Aunque, todavía no.
Atravesó lo que llamaban el salón principal, con sus altas ventanas arqueadas que daban al jardín delantero, o lo que era un jardín cuando el invierno abrió sus garras.
Su abuela llevaba más de dos meses sin pisar aquella casa, pero no vio ni una sola mota de polvo. Había leña en la chimenea, enmarcada por el brillo del lapislázuli y lista para ser encendida. Y flores recién cortadas en la mesa Hepplewhite, que ella tanto apreciaba. Los cojines esperaban ahuecados y acogedores en los tres sofás que había repartidos por la habitación, y el suelo, de amplios tablones de madera de castaño, relucía como un espejo.
Debe de habérselo pedido a alguien, pensó, y a continuación se tocó la frente en el lugar en que amenazaba con estallar un dolor de cabeza.
Se lo había dicho, ¿no era así? Su abuela le había dicho que alguien se encargaba de la casa. Una vecina, que se ocupaba de la limpieza a fondo. No lo había olvidado, era solo que, por un momento, había perdido la información en la niebla que demasiado a menudo se colaba a rastras en su cabeza para embotarle la mente.
Ahora le tocaba a él ocuparse de Bluff House. Cuidarla para, como le había pedido su abuela, mantenerla viva. Y, había añadido ella, quizá la casa le regalara a él parte de esa vida.
Recogió las bolsas y miró la escalera. Pero no se movió.
La habían encontrado allí, allí mismo, al pie de los escalones. Una vecina… ¿La misma vecina? ¿Era la misma vecina que iba a limpiar? Alguien, gracias a Dios, había ido para ver qué tal estaba y la había encontrado allí, inconsciente, magullada, sangrando, con un codo destrozado, una cadera rota, varias costillas rotas y una conmoción cerebral.
Podría haber muerto, pensó. Los médicos se sorprendieron ante la tenacidad con que la mujer se había aferrado a la vida. Nadie de la familia solía llamarla a diario para saber cómo estaba, a nadie se le había ocurrido, y nadie, incluido él, se hubiera preocupado de no haber sabido nada de ella durante uno o dos días.
Hester Landon, independiente, invencible, indestructible.
La misma que hubiera muerto a causa de una aparatosa caída de no haber sido por una vecina… y su indoblegable fuerza de voluntad.
Ahora se había adueñado de varias habitaciones en casa de los padres de él mientras se recuperaba de las heridas, donde permanecería hasta que consideraran que estaba lo bastante fuerte para volver a Bluff House. O, si sus padres se salían con la suya, se quedaría allí para siempre, y punto.
Él prefería imaginarla de vuelta en casa, la casa que ella amaba, sentada al atardecer en la terraza, con su martini, mirando al mar. O entretenida en el jardín, tal vez colocando el caballete para pintar.
Prefería imaginarla fuerte y llena de energía, no en el suelo, malherida e incapaz de moverse, mientras él se servía el segundo café de la mañana.
Así que haría todo lo que estuviera en sus manos hasta su regreso. Mantendría viva la casa de su abuela, como si fuera suya.
Eli cogió de nuevo las bolsas y empezó a subir la escalera. Se quedaría en la habitación que siempre utilizaba cuando iba de visita, o que había utilizado antes de que esas visitas se hubieran reducido y espaciado en el tiempo. A Lindsay nunca le había gustado Whiskey Beach, ni Bluff House, y cada vez que iban se entablaba una guerra fría en la que uno de los bandos, el formado por su abuela, se mostraba estiradamente correcto, y el otro, encabezado por su mujer, deliberadamente sarcástico. Mientras él quedaba atrapado en medio.
Bueno, había escogido el camino más fácil, se dijo en ese momento. Podía arrepentirse, lamentarse por haber dejado de ir, por haber inventado excusas y haber limitado el tiempo que pasaba con su abuela cuando esta iba a Boston. Sin embargo, no podía dar marcha atrás.
Entró en la habitación y observó que allí también había flores. La estancia conservaba las mismas paredes de color verde claro y dos de las acuarelas de su abuela que a él siempre le habían gustado.
Dejó las bolsas en el banco que había a los pies de la cama imperio y se quitó la chaqueta.
Todo estaba igual. El pequeño escritorio debajo de la ventana, las amplias puertas acristaladas que daban a la terraza, el sillón orejero y el pequeño escabel con la funda que hacía muchos años había bordado la madre de su abuela.
De pronto se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, casi se sentía en casa. Abrió la bolsa, sacó el neceser y encontró toallas limpias y curiosos jabones con forma de concha. El baño olía a limón.
Se desnudó sin mirarse en el espejo. Había perdido peso, demasiado, en el último año. No hacía falta que volviera a repetírselo. Abrió el grifo y se metió en la ducha con la esperanza de que el agua caliente se llevara parte del cansancio. Sabía por experiencia que si se iba a la cama exhausto y estresado, no descansaría y se despertaría con esa resaca que lo dejaba decaído e inquieto.
Cuando salió, cogió una de las toallas de la pila y volvió a percibir el aroma a limón mientras se la pasaba por el pelo. Con el cabello húmedo, los rizos le llegaban por debajo de la nuca, una melena rubia oscura más larga de lo que solía llevarla desde que tenía veintipocos. Claro que, ya casi hacía un año que no visitaba a Enrique, su barbero habitual. No necesitaba un corte de ciento cincuenta dólares, ni la colección de trajes y zapatos italianos guardados en el guardarropa.
Ya no era un abogado criminalista de ropa elegante, despacho con vistas espectaculares y una fulgurante carrera encaminada a convertirlo en socio de pleno derecho. Ese hombre había muerto con Lindsay. Aunque él, en aquel momento, no lo sabía.
Retiró la colcha, tan esponjosa y blanca como la toalla, se metió en la cama y apagó la luz.
Oía el mar en la oscuridad, un bramido constante, y el repiqueteo del aguanieve en las ventanas. Cerró los ojos y deseó, como todas las noches, unas pocas horas de inconsciencia.
Unas pocas fue lo único que consiguió.
Maldita sea, estaba cabreado. Nadie, absolutamente nadie, pensaba mientras conducía bajo el helado aguacero, era capaz de hacerlo saltar como Lindsay.
La muy zorra.
La mente de Lindsay, y por lo visto su código moral, funcionaban de manera distinta comparados con los de cualquier otra persona que hubiera conocido. Había logrado convencerse a sí misma, y él estaba seguro de que había persuadido a infinidad de amistades, a la madre, la hermana y Dios sabía a quién más, de que él tenía la culpa de que su matrimonio se hubiera ido al traste, de que hubieran pasado de la terapia de pareja a una separación de prueba y de ahí a una batalla legal de cara al divorcio.
Y seguro que él también tenía la puñetera culpa de que ella lo hubiera engañado durante más de ocho meses, sin contar los tres que había durado la separación temporal por la que ella tanto había abogado. Y, no sabía cómo, encima le reprochaba que hubiera averiguado que era una mentirosa, una embustera y una falsa antes de firmar sobre la línea de puntos y haber logrado un acuerdo jugoso.
De modo que ambos estaban cabreados, concluyó: él, por haber sido idiota, y ella, porque él había acabado descubriéndola.
Por supuesto que él tenía la culpa de que hubieran mantenido una amarga y violenta discusión pública en la galería de arte donde ella trabajaba a tiempo parcial. No había sabido escoger el momento y había perdido las formas, lo admitía, pero en ese instante le importaba una mierda.
Ella quería cargarle las culpas porque se había vuelto descuidada, tan descuidada que la hermana de Eli había visto a su cuñada la mar de acaramelada con otro hombre en el vestíbulo de un hotel en Cambridge… antes de entrar en el ascensor.
Vale que Tricia había esperado un par de días para contárselo, pero seguramente él habría hecho lo mismo. No era fácil explicar una cosa así. Y él se había tomado un par más para asimilarlo antes de apechugar con ello y contratar un detective privado.
Ocho meses, pensó de nuevo. Su mujer había estado acostándose con otro en hoteles, pensiones y Dios sabía qué otros sitios, aunque se había cuidado mucho de utilizar la casa. ¿Qué pensarían los vecinos?
Tal vez no tendría que haber ido, armado con el informe del detective y su propia ira, a la galería de arte para encararse con ella. Quizá ambos tendrían que haber tenido más cabeza antes de iniciar una competición de gritos que retumbaron en el local y llegaron hasta la calle.
Pero ambos sobrellevarían el bochorno.
De una cosa estaba seguro: el acuerdo ya no iba a saberle tan dulce a Lindsay. ¿Lo de intentar jugar limpio y ser justo, eso de que no hacía falta atenerse al acuerdo prenupcial al pie de la letra? Eso se había acabado. Lindsay lo descubriría cuando llegara a casa después de la subasta de la beneficencia y notara que Eli se había llevado el cuadro que él había comprado en Florencia, el diamante de estilo art déco que había heredado de su bisabuela y el juego de café de plata que, a pesar de no tener ningún interés en él, era otra herencia familiar y ¡antes muerto que permitir que Lindsay lo metiera en el saco de los bienes gananciales!
Pronto descubriría que las reglas del juego habían cambiado por completo.
Tal vez era mezquino, quizá una tontería… o puede que estuviera bien y fuera lo justo. En ese momento no era capaz de sobreponerse a la rabia y al saberse traicionado, y lo cierto era que le daba lo mismo. Movido por la ira, aparcó en la entrada de la casa de Back Bay, en Boston. Una casa que había creído que serviría de cimientos sólidos para un matrimonio que había empezado a mostrar algunas grietas. Un hogar en el que esperaba que algún día hubiera niños y en el que, durante un tiempo, aunque breve, habían enyesado esas grietas, habían logrado acondicionar los espacios, escoger los muebles, debatir, discutir y llegar a acuerdos (todo lo cual él consideraba normal) sobre pequeños detalles.
Ahora tendrían que venderla y era muy probable que ambos acabaran con la mitad de prácticamente nada. Además, en vez de alquilar un apartamento para lo que había creído que sería poco tiempo, terminaría comprando uno.
Para él solo, pensó, mientras bajaba del coche y la lluvia empezaba a mojarlo. Sin necesidad de consultas, discusiones ni acuerdos.
Es más, comprendió cuando corría hacia la entrada principal, era un alivio. Se habían acabado las esperas, los quizá, el fingir que su matrimonio podía o debía salvarse.
Puede que a su embustero, artero y falso modo, ella le hubiera hecho un favor.
Ahora podía mandarlo todo a hacer gárgaras sin sentimiento de culpa ni remordimientos.
Pero se marcharía con lo que era suyo, eso seguro.
Abrió la puerta, entró en el amplio y elegante vestíbulo y se volvió hacia la alarma para introducir el código. Si Lindsay lo había cambiado, llevaba su identificación personal, donde aparecían su nombre y aquella dirección. Ya había pensado de antemano cómo solventar las preguntas que pudieran hacerle la policía o la empresa de seguridad.
Simplemente diría que su mujer había cambiado el código, lo cual sería cierto y que él lo había olvidado.
Sin embargo, no lo había hecho, cosa que le resultó tan conveniente como ofensiva. Lindsay creía que lo conocía muy bien y estaba totalmente convencida de que él jamás entraría en la casa, a pesar de que la mitad era suya, sin pedirle permiso. Eli había aceptado trasladarse a otro lugar para que ambos tuvieran espacio, por lo que nunca la importunaría, nunca la presionaría más de la cuenta.
Daba por sentado que él se comportaría de manera civilizada.
Pues a la mierda. Pronto Lindsay descubriría que no lo conocía en absoluto.
Eli esperó unos instantes, impregnándose del silencio de la casa, de las sensaciones que le transmitía. Los tonos neutros servían de telón de fondo para las salpicaduras y los destellos de color, y la mezcla de lo antiguo, lo nuevo y lo ingeniosamente extravagante le daba estilo.
A Lindsay se le daba bien aquello, eso no podía negarlo. Sabía cómo venderse, tanto a ella misma como su hogar; sabía cómo organizar fiestas fabulosas. Allí habían vivido buenos momentos, picos de felicidad, períodos de satisfacción, temporadas de sencilla compatibilidad, polvos memorables, ociosas mañanas de domingo.
¿Cómo había ido todo tan mal?
—A la mierda —musitó.
Entras y sales, se dijo. Estar en la casa lo deprimía. Subió al segundo piso, se dirigió a la sala de estar que había enfrente del dormitorio principal… y se fijó en que Lindsay había dejado un bolso de viaje medio lleno en el maletero.
Podía ir donde le diera la maldita gana, pensó, con o sin su amante.
Eli se concentró en la razón por la que estaba allí y tecleó la combinación de la caja fuerte que había dentro del armario. Pasó por alto la pila de dinero, los documentos, los estuches que contenían las joyas que él había ido regalándole a lo largo de los años o que ella misma se había comprado.
Solo el anillo, se dijo. El anillo Landon. Abrió el estuche, admiró cómo relumbraba cuando le daba la luz y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta. Ya había cerrado la caja fuerte y había empezado a bajar la escalera cuando cayó en la cuenta de que tendría que haber llevado plástico de burbujas o algún tipo de protección para el cuadro.
Decidió coger unas toallas, algo con que resguardarlo de la lluvia. Sacó un par de las grandes del armario de la ropa blanca y siguió adelante.
Entras y sales, se repitió una vez más. No sabía lo mucho que deseaba alejarse de esa casa, de los recuerdos… buenos y malos.
Entró en el salón y descolgó el cuadro de la pared. Lo había comprado durante la luna de miel porque Lindsay se había quedado prendada de él, de los colores bañados por el sol, del encanto y la sencillez de un campo de girasoles sobre un fondo de olivares.
Habían comprado más obras de arte desde entonces, pensó mientras envolvía el cuadro con las toallas. Pinturas, esculturas y cerámicas de muchísimo más valor. Todas podían ir al saco de los bienes gananciales, podían formar parte del proceso de negociación. Pero ese cuadro no.
Dejó el óleo protegido sobre el sofá y se paseó por el salón mientras la tormenta arreciaba. Se preguntó si Lindsay estaría conduciendo bajo la lluvia, de camino a casa para acabar de hacer la maleta e irse de fin de semana con su amante.
—Disfruta mientras puedas —murmuró. Porque lo primero que haría por la mañana sería llamar a su abogado matrimonialista y soltar las riendas.
A partir de entonces, iría a la yugular.
Entró en la estancia que habían convertido en una biblioteca y cuando estaba a punto de encender la luz la vio en el trémulo fogonazo de un relámpago escalofriante.
Desde ese momento hasta el estallido de un trueno, se quedó en blanco.
—¿Lindsay?
Le dio un manotazo al interruptor y se adelantó con paso incierto. En su interior se libraba una batalla entre lo que veía y lo que era capaz de aceptar.
Estaba tumbada de lado, delante de la chimenea. Sangre, muchísima sangre sobre el mármol blanco; el suelo ensombrecido.
Los ojos, de ese intenso castaño oscuro que lo había cautivado una vez, los tenía nublados.
—Lindsay.
Se dejó caer a su lado y le tomó la mano que tenía estirada en el suelo, como si quisiera alcanzar algo. Y estaba fría.
Eli se despertó en Bluff House, saliendo a rastras de la sangre y el sueño espantoso y recurrente, a la luz del día.
Se incorporó y esperó unos instantes en la misma posición, desorientado y con la cabeza embotada. Recorrió la habitación con la mirada y recordó dónde se encontraba a medida que su corazón recuperaba el ritmo.
Bluff House. Había ido a Bluff House.
Lindsay llevaba muerta cerca de un año. La casa de Back Bay por fin estaba a la venta. Había dejado atrás la pesadilla. Aun cuando todavía notara su aliento en la nuca.
Se retiró el pelo. Ojalá pudiera engañarse y conciliar el sueño una vez más, pero sabía que, si volvía a cerrar los ojos, regresaría de inmediato a la pequeña biblioteca, regresaría de inmediato junto al cuerpo de su mujer asesinada.
Con todo, no se le ocurría ni una sola buena razón para salir de la cama.
Creyó oír música, apagada, distante. ¿Qué narices era aquella música?
Se había acostumbrado tanto a los ruidos (voces, música, el murmullo del televisor) durante los últimos meses en casa de sus padres que no se había dado cuenta de que allí no tendría que oírse música, ni cualquier otra cosa que no fuera el mar y el viento.
¿Había encendido la radio, el televisor o alguna otra cosa y lo había olvidado? No sería la primera vez desde su largo descenso a los infiernos.
En fin, ya tenía una razón para levantarse.
Dado que todavía no había metido el resto del equipaje en la casa, se enfundó rápidamente los vaqueros que llevaba el día anterior y se puso la camiseta mientras salía de la habitación.
Se acercaba a la escalera cuando comprendió que no parecía una radio. O no solo una radio. No le costó reconocer la voz de Adele mientras atravesaba la planta baja, pero también oyó a la perfección una segunda voz femenina formando una especie de entregado y escandaloso dúo.
Siguió el sonido, y recorrió la casa en dirección a la cocina.
La acompañante de Adele metió las manos en una de las tres bolsas de la compra que había sobre la encimera, sacó una pequeña mano de plátanos y la dejó en un frutero de bambú que ya contenía manzanas y peras.
Eli era incapaz de comprender lo que veía, nada de nada.
La mujer cantaba a pleno pulmón y bien; puede que no con la magia de Adele, pero bien. Además, parecía un hada, de las altas y esbeltas.
Una melena de largos rizos de color castaño le caía sobre los hombros y se desparramaba por la espalda de un suéter azul oscuro. Su rostro era… poco corriente, fue lo único que se le ocurrió. Alargado, con los ojos rasgados, la nariz y los pómulos afilados, los labios carnosos; hasta el lunar en una de las comisuras se le antojó un poco sobrenatural.
O tal vez solo fuera su cerebro embotado y las circunstancias.
Varios anillos brillaban en sus dedos. Unos pendientes largos se balanceaban en sus orejas. Un colgante en forma de media luna pendía de su cuello y un reloj con una esfera tan redonda y blanca como una pelota de béisbol le envolvía una de las muñecas.
Sin dejar de cantar a grito pelado, la mujer sacó un cartón de leche y un paquete de mantequilla de la bolsa y se volvió hacia la nevera. Y lo vio.
No gritó, pero trastabilló al retroceder y estuvo a punto de caérsele la leche.
—¿Eli? —Dejó el cartón en la encimera y se llevó la mano cargada de anillos al pecho—. ¡Dios! Qué susto me has dado. —Se sacudió la rizada melena hacia atrás al tiempo que lanzaba una risa ronca y entrecortada—. Se suponía que no llegarías hasta esta tarde. No he visto tu coche. Pero he entrado por detrás —prosiguió, señalando la puerta que daba a la terraza principal—. Me imagino que tú has venido por delante. Claro, ¿por dónde ibas a entrar, si no? ¿Llegaste anoche? Menos tráfico, supongo, aunque no es bueno conducir con aguanieve. Bueno, en cualquier caso, ya estás aquí. ¿Te apetece un poco de café?
Parecía un hada de piernas largas, volvió a pensar Eli, y tenía la risa de una diosa marina.
Y había traído plátanos.
Se la quedó mirando.
—¿Quién eres?
—Ay, disculpa. Creía que Hester te lo habría dicho. Me llamo Abra. Abra Walsh. Hester me pidió que lo dejara todo listo para cuando llegaras. Solo estoy abasteciendo la despensa. ¿Qué tal está Hester? Hace un par de días que no hablo con ella, solo nos hemos enviado unos mensajes y correos muy breves.
—Abra Walsh —repitió Eli—. Tú la encontraste.
—Sí. —Extrajo un paquete de granos de café de una bolsa y empezó a llenar una máquina muy similar a la que él había utilizado a diario en el despacho de abogados—. Un día espantoso. No había ido a la clase de yoga… y no suele perderse ni una. La llamé, pero no contestó, así que me acerqué para ver cómo estaba. Tengo llave. Le limpio la casa.
Mientras la máquina murmuraba, Abra colocó una taza enorme bajo el pitorro y continuó guardando la compra.
—Entré por detrás, como siempre. La llamé, pero… Empecé a preocuparme y a pensar que igual no se encontraba bien, así que me dirigí a la escalera. Y estaba allí tendida. Pensé lo peor… Pero tenía pulso, y recobró la conciencia un minuto cuando la llamé por su nombre. Pedí una ambulancia y la tapé con la manta del sofá porque no me atreví a moverla. Fueron rápidos, pero en aquel momento me parecieron horas.
Sacó un cartón de crema de leche de la nevera y le echó un chorrito al café.
—¿Encimera o rincón del desayuno?
—¿Qué?
—Encimera. —Dejó el café en la isla—. Así podrás sentarte y charlar conmigo. —Al ver que Eli se quedaba mirando el café, sonrió—. Está bien así, ¿no? Hester me comentó lo de una cucharada de crema de leche, sin azúcar.
—Sí. Sí, gracias.
Como un sonámbulo, se acercó a la isla y se sentó en el taburete.
—Es tan fuerte, tan inteligente, tan auténtica. Tu abuela es mi heroína. Cuando me mudé aquí, hará un par de años, fue la primera persona con la que conecté de verdad.
Y continuó hablando. Daba igual si la escuchaba o no, pensó Abra. A veces, el sonido de la voz de una persona podía resultar reconfortante, y él daba la impresión de necesitarlo.
Pensó en las fotos que Hester le había enseñado de su nieto, de hacía unos años. La sonrisa relajada, la luz que desprendían aquellos ojos típicos de los Landon, de un azul cristalino con un anillo oscuro, oscurísimo, alrededor del iris. Ahora parecía cansado, triste y estaba demasiado delgado.
Haría lo que pudiera para solucionarlo.
Entretenida en aquellos pensamientos, sacó huevos, queso y jamón de la nevera.
—Tu abuela agradece que aceptaras venir aquí. Sé que le preocupaba que Bluff House se quedase vacía. ¿Dijo que estabas escribiendo una novela?
—Eeeh…
—He leído un par de tus relatos cortos y me han gustado. —Colocó una sartén para tortillas en los fogones y, mientras se calentaba, sirvió zumo de naranja en un vaso, puso varias bayas en un colador para lavarlas y pan en la tostadora—. Yo escribía poemas románticos infumables cuando era adolescente. Y aun sonaban peor cuando intentaba ponerles música. Me gusta leer. Admiro a la gente que es capaz de unir una palabra con otra hasta lograr construir una historia. Hester está muy orgullosa de ti.
Eli alzó la cabeza y la miró a los ojos. Verdes, se fijó, como un mar a través de una fina bruma, y tan sobrenaturales como todo lo que hacía referencia a ella.
Tal vez ni siquiera estuviera allí de verdad.
En ese momento, Abra colocó su mano sobre la de él un instante, cálida y real.
—Se te va a enfriar el café.
—Vale.
Levantó la taza y bebió. Y se sintió ligeramente mejor.
—Hace bastante tiempo que no vienes por aquí —prosiguió ella, mientras vertía el huevo batido en la sartén—. Hay un pequeño y bonito restaurante en el pueblo… Y la pizzería todavía sigue abierta. Creo que por el momento estás bastante bien abastecido, pero el supermercado todavía está en el mismo sitio. Si necesitas algo y no quieres ir al pueblo, dímelo. Vivo en Laughing Gull Cottage, por si sales y te quieres pasar por allí. ¿Sabes dónde está?
—Eeeh… Sí. ¿Tú… trabajas para mi abuela?
—Le limpio la casa una o dos veces por semana, según le vaya bien. Limpio para más gente… según les vaya bien. Doy clases de yoga cinco días a la semana, en el sótano de la iglesia, y una tarde en mi casa. En cuanto convencí a Hester para que hiciera yoga, ya no pudo dejarlo. Doy masajes —volvió la cabeza y le lanzó un rápido guiño— terapéuticos; estoy titulada. Hago prácticamente de todo, porque prácticamente todo me interesa. —Sirvió la tortilla en un plato, junto con las bayas y la tostada, y lo puso delante de Eli, con una servilleta de lino rojo y cubiertos—. Tengo que irme, se me ha hecho un poco tarde.
Dobló las bolsas de la compra, las metió en un enorme bolso rojo, se puso un abrigo morado, se envolvió el cuello en un pañuelo de rayas multicolor y se encasquetó un gorro de lana, también morado.
—Te veo pasado mañana, sobre las nueve.
—¿Pasado mañana?
—Para limpiar. Si mientras tanto necesitas algo, mis números, tanto el del móvil como el de casa, están ahí en el tablón. O si sales a pasear y estoy en casa, pásate un momento. Bueno…, bienvenido, Eli.
Se dirigió a la puerta del patio, se volvió y sonrió.
—Acábate el desayuno —le ordenó, y se fue.
Eli se sentó sin dejar de mirar la puerta y luego bajó la vista hasta el plato. Como tampoco se le ocurrió otra cosa que hacer, cogió el tenedor y comió.
2
Eli se paseó por la casa con la esperanza de que eso lo ayudara a orientarse. Odiaba la sensación de ir caminando sobre las nubes, de dejarse arrastrar de un lado a otro, de un pensamiento a otro, desprovisto de raíces o algo que lo anclara. Su vida una vez estuvo estructurada, tenía un propósito. Incluso tras la muerte de Lindsay, cuando la estructura se hizo añicos, había tenido un propósito.
Luchar para no pasar el resto de su vida en la cárcel equivalía a un propósito firme y definido.
Pero ahora que la amenaza ya no era tan inmediata, tan factible, ¿qué propósito tenía? La escritura, recordó. A menudo pensaba que el proceso de trabajo y la evasión que le proporcionaba la escritura lo habían mantenido cuerdo.
Sin embargo, ¿qué lo anclaba ahora? ¿Dónde habían quedado sus raíces? ¿En Bluff House? ¿Así de sencillo?
De pequeño, de adolescente, había pasado temporadas en aquella casa, incontables veranos en que la playa siempre estaba tentadoramente cerca, innumerables vacaciones o fines de semana invernales, viendo cómo la nieve se acumulaba sobre la arena, sobre las rocas que asomaban a través de esta.
Una época desprovista de complicaciones… ¿Inocente? ¿Lo había sido? Castillos de arena y picnics en la playa con la familia, con amigos, navegando con su abuelo en el precioso balandro que su abuela todavía tenía amarrado en el puerto de Whiskey Beach, y comidas de Navidad bulliciosas, multitudinarias, llenas de color, con todas las chimeneas encendidas, crepitando y chisporroteando.
Jamás se había imaginado deambulando por aquellos cuartos como un fantasma, tratando de recuperar los ecos de aquellas voces o las imágenes desdibujadas de tiempos mejores.
Cuando entró en el dormitorio de su abuela, le sorprendió que, a pesar de algunos cambios (la pintura, la ropa de cama), casi todo seguía igual.
Allí estaba la enorme y magnífica cama de dosel donde había nacido el padre de Eli a causa de una tormenta de nieve y un parto rápido. La fotografía de sus abuelos el día de su boda, hacía más de cincuenta años, tan jóvenes, llenos de vida y apuestos, seguía, como siempre, en el reluciente marco de plata que había sobre la cómoda. Y la vista desde la ventana, el mar, la arena, la curva accidentada de la costa rocosa, permanecía inmutable.
De pronto lo asaltó el recuerdo vívido, como en una película, de una noche de verano, de una violenta tormenta estival. Los truenos retumbaban y los relámpagos iluminaban el cielo. Su hermana y él, que habían ido a pasar el fin de semana en Bluff House, corriendo a la cama de sus abuelos, muertos de miedo.
¿Qué edad tenía por entonces? ¿Cinco años, tal vez seis? Sin embargo, lo veía con absoluta claridad, como a través de una lente translúcida. Los estallidos de luz al otro lado de la ventana, la cama increíble y gigantesca a la que tuvo que trepar. Oyó reír a su abuelo mientras subía a la aterrada Tricia a la cama. ¿No era extraño darse cuenta justo entonces de lo mucho que su padre había acabado pareciéndose a su abuelo a una edad similar?
Recordó la frase de su abuelo: «¡Menuda fiesta tienen montada ahí arriba! Es el concierto de rock de los cielos».
Eli se sintió más tranquilo al tiempo que la imagen se difuminaba.
Se acercó a las puertas de la terraza, giró la llave y salió al encuentro del viento y el frío.
Las olas se embravecían, impulsadas por el fuerte y constante aire con sabor a nieve. En la punta del promontorio, en el extremo más alejado de aquella curva, la torre del faro vestida de novia se alzaba por encima de las rocas desprendidas. En la distancia, vio un puntito en el Atlántico, un barco que surcaba aquellas aguas agitadas.
¿Adónde iba? ¿Qué transportaba?
Mucho tiempo atrás, se habían inventado un juego, una versión propia del «A de Avión». Va a Armenia, pensó Eli, y transporta alcachofas.
Por primera vez en demasiado tiempo, mientras se encogía para protegerse del frío glacial, sonrió.
A Bimini con babuinos. Al Cairo con cocos. A Dinamarca con dentaduras, pensó, mientras veía desaparecer el puntito.
Aun se demoró unos instantes antes de regresar al interior, al calor del hogar.
Tenía que hacer algo. Debía salir y sacar las cosas del coche. Deshacer las maletas, instalarse.
Tal vez luego.
Volvió a pasearse por la casa, distraído, hasta la tercera planta, que una vez había servido, antes de que él naciera, para el alojamiento del servicio.
Ahora cumplía la función de almacén, muebles tapados con sábanas, baúles, cajas, la mayoría de ellos en el espacio común, mientras que el laberinto de habitaciones donde habían dormido las criadas y las cocineras permanecían vacías. Sin ningún propósito en mente, deambuló por ellas hasta llegar al lado que daba al mar y el cuarto abuhardillado con amplias y curvadas ventanas que miraban a la playa.
La habitación del ama de llaves, pensó. ¿O era la del mayordomo? No lo recordaba, pero quien hubiera dormido allí se había adjudicado el mejor espacio de todos, con entrada privada y terraza incluidas.
Ahora ya no hacía falta todo aquel personal, ni mantener la tercera planta amueblada, cuidada, ni siquiera caldeada. Su práctica abuela la había cerrado hacía años.
Puede que algún día le diera un nuevo uso quien en ese momento estuviera a cargo de la casa, que la recuperara, quitara todas esas sábanas fantasmales y le devolviera la luz y la calidez.
Sin embargo, por el momento parecía tan vacía y fría como él.
Volvió a bajar, y continuó paseando por la casa.
Y encontró más cambios.
Su abuela había rediseñado lo que antes era uno de los dormitorios de la segunda planta y lo había reconvertido en una salita de estar que también hacía las veces de despacho. Un estudio, imaginó, con su ordenador sobre un espléndido escritorio antiguo, un sillón de lectura y lo que supuso que sería un sofá para echar la siesta. Y más cuadros: peonías de pétalos rosas rebosando un jarrón azul cobalto, neblinas remontando dunas barridas por el viento.
Y la vista, por descontado, expuesta como un banquete para un alma hambrienta.
Entró en la habitación, se acercó al escritorio y cogió la nota adhesiva que había pegada en el monitor.
Hester dice:
Escribe aquí. ¿Y por qué no estás haciéndolo ya?
(Mensaje transmitido a través de Abra.)
Se quedó mirando la nota unos instantes con el entrecejo fruncido; no estaba seguro de si le gustaba demasiado que su abuela utilizara a la vecina para transmitirle sus órdenes. Luego, con la nota todavía en la mano, miró a su alrededor, por las ventanas; incluso echó un vistazo al pequeño cuarto de baño y al armario que ahora contenía material de oficina, así como sábanas, mantas y almohadas. Lo cual significaba, concluyó, que el sofá era un lugar de descanso.
Una vez más, una decisión práctica. La casa tenía una docena de dormitorios o más, ya no lo recordaba, pero ¿para qué desperdiciar el espacio cuando podía utilizarse para múltiples propósitos?
Sacudió la cabeza delante de la neverita con la puerta de cristal y cargada de botellines de agua y varios Mountain Dew, su vergonzante refresco preferido desde la universidad.
Escribe aquí. Es un buen lugar, pensó, y la idea de escribir le atraía bastante más que la de deshacer las maletas.
—Vale —dijo—. De acuerdo.
Volvió a su habitación y cogió el portátil. Colocó el teclado y el monitor de su abuela en una esquina del escritorio e hizo sitio para su propio ordenador. Y ya que estaba allí, qué demonios, cogió una botella fría de su refresco favorito. Arrancó el portátil y enchufó su memoria USB.
—De acuerdo —repitió—. ¿Dónde estábamos?
Destapó la botella, tomó un trago mientras abría el archivo y le daba un breve repaso. Y tras admirar las vistas una última vez, se sumergió en su trabajo.
Se evadió.
Escribía como pasatiempo desde que iba a la universidad, una afición a la que se entregaba con placer. Además, también le había dado motivos para enorgullecerse después de haber vendido un puñado de relatos cortos.
En el último año y medio, momento en que su vida había empezado a irse al garete, había descubierto que escribir le proporcionaba mucho más sosiego, era mejor que una sesión de cincuenta minutos con un loquero.
Podía escapar a un mundo que él creaba, que él, al menos hasta cierto punto, controlaba, y dentro del cual se sentía más él mismo, por extraño que pareciera.
Escribía (de nuevo, hasta cierto punto) sobre lo que conocía. Elaborar thrillers de abogados, primero en relatos cortos y ahora en aquella tentativa aterradora y sugestiva de novela, le ofrecía la posibilidad de jugar con la ley, de darle un buen o mal uso dependiendo del personaje. Podía plantear dilemas, soluciones y caminar por la cuerda floja, fina y resbaladiza, moviéndose entre la ley y la justicia.
Se había hecho abogado porque el derecho, con todos sus defectos, con todas sus complejidades e interpretaciones, le fascinaba. Y porque el negocio familiar, la empresa Landon Whiskey, no estaba hecho para él, como sí lo estaba, en cambio, para su padre, su hermana e incluso su cuñado.
Se había decantado por el derecho penal y había perseguido ese objetivo con determinación en su paso por la facultad y mientras trabajaba de ayudante del juez Reingold, un hombre que admiraba y respetaba, hasta formar parte del despacho Brown, Kinsale, Schubert y Asociados.
Ahora que la ley le había fallado en el sentido literal, escribía para sentirse vivo, para recordarse que había veces en que la verdad se alzaba sobre las mentiras y que la justicia encontraba el modo de imponerse.
Cuando volvió a emerger a la superficie, la luz había cambiado, se había apagado y había suavizado los tonos del mar. No sin cierta sorpresa comprobó que eran más de las tres; había estado escribiendo cerca de cuatro horas seguidas.
—Hester gana de nuevo —murmuró.
Guardó el archivo de trabajo y abrió el gestor de correo electrónico. Se fijó en que había recibido un montón de correo no deseado y lo borró. Y poco más, no encontró nada que estuviera obligado a leer justo en ese momento.
En su lugar escribió un mensaje a sus padres y otro a su hermana casi con el mismo texto. Había llegado sin problemas, la casa estaba perfecta, se alegraba de haber ido, estaba instalándose. Decidió no decir nada sobre sueños recurrentes, una depresión acechante o vecinas parlanchinas que preparaban tortillas.
A continuación, redactó otro para su abuela.
Estoy escribiendo aquí, como has ordenado. Gracias. El mar se ha vuelto de un acero ondulante con veloces caballos blancos. Va a nevar, se nota en el ambiente. La casa tiene buen aspecto y se está muy bien en ella. Había olvidado cómo me siento cuando estoy aquí. Lo lamento. No me digas que no vuelva a disculparme. Abuela, lamento haber dejado de venir. Aunque ahora casi lo lamento tanto por mí como por ti.
Tal vez, si hubiera venido contigo a Bluff House, habría visto las cosas con mayor claridad, habría aceptado unas y cambiado otras. De ser así, ¿habría ido todo tan mal?
Nunca lo sabré, y no tiene sentido seguir preguntándomelo.
Lo que sí sé es que me alegro de estar aquí, y cuidaré de la casa hasta que regreses. Voy a dar un paseo por la playa y, en cuanto vuelva, encenderé la chimenea para poder disfrutar del fuego cuando empiece a caer la nieve.
Te quiero,
Eli
Ah, P. D.: He conocido a Abra Walsh. Una chica interesante. No recuerdo si le he dado las gracias por salvar al amor de mi vida. Lo haré la próxima vez que venga.
Después de enviar el correo electrónico, cayó en la cuenta de que, si bien no recordaba haberle dado las gracias, lo que desde luego no había hecho era pagarle la compra.
Escribió una nota en el paquete de posits que encontró en el cajón del escritorio y la pegó en la pantalla del ordenador. Últimamente se le olvidaban las cosas con mucha facilidad.
No tenía sentido seguir posponiendo lo del equipaje, se dijo. Aunque solo fuera por cambiarse de ropa, la misma que llevaba desde hacía un par de días. No podía volver a dejarse arrastrar por ese camino.
Aprovechó el ánimo que la escritura le había dado, se puso el abrigo a regañadientes, recordó que ni siquiera había llegado a calzarse y salió a buscar las maletas.
Mientras las deshacía, descubrió que no había prestado demasiada atención a la hora de hacer el equipaje. Si a duras penas iba a necesitar un traje, mucho menos necesitaría tres o cuatro pares de zapatos de vestir, o (¡por Dios bendito!) quince corbatas. La costumbre, se dijo. Por hacer la maleta con el piloto automático puesto.
Colgó la ropa, metió otras prendas en los cajones, apiló los libros y encontró el cargador del móvil y el iPod. Una vez que sus cosas estuvieron guardadas en la habitación, se dio cuenta de que aquello hacía que se sintiera instalado en casa.
Sacó la funda del portátil y la chequera (tenía que pagar a la vecina cuando limpiara) en el cajón del escritorio, junto con su obsesivo arsenal de bolígrafos.
Ahora ya podía ir a dar un paseo. Estiraría las piernas, haría algo de ejercicio, tomaría un poco de aire fresco. Cosas sanas y productivas. No obstante, no deseaba hacer aquel esfuerzo, por lo que tuvo que obligarse; se lo había prometido a sí mismo. Salir cada día, aunque solo fuera a dar una vuelta por la playa. Nada de regodearse en la miseria, nada de darle vueltas y más vueltas a lo mismo.
Se puso la parka, metió las llaves en el bolsillo y salió por la terraza antes de que cambiara de opinión.
Se atrevió a cruzar el suelo pavimentado a pesar del fuerte viento. Quince minutos, decidió, mientras se dirigía a los escalones que conducían hasta la playa, con la cabeza agachada y encogido de hombros. Aquello contaba como salir de casa. Se pondría a caminar, continuaría en una misma dirección durante siete minutos y medio y luego daría media vuelta.
Después encendería la chimenea y, si le apetecía, se sentaría a darle vueltas a la cabeza delante del fuego con un vaso de whisky.
La arena de las dunas se arremolinaba mientras el viento que soplaba desde el mar azotaba las algas con ánimo pendenciero. Los caballos blancos de los que le había hablado a su abuela se encabritaban y galopaban sobre unas aguas de color gris duro y gélido. El aire le raspaba la garganta cada vez que respiraba, como si estuviera hecho de esquirlas de cristal.
El invierno se aferraba a Whiskey Beach como unos erizos helados y le recordaba de paso que había olvidado coger unos guantes y un gorro.
Al final hizo un trato consigo mismo y decidió que al día siguiente caminaría treinta minutos. O escogería un día de la semana y caminaría una hora. ¿Quién decía que tenía que ser a diario? ¿Quién ponía las normas? Hacía un frío de cuidado allí fuera y hasta un idiota se habría dado cuenta con solo mirar ese cielo aborregado que aquellas nubes ufanas y revueltas estaban a punto de descargar nieve a espuertas.
Y solo un idiota paseaba por la playa durante una tormenta de nieve.
Alcanzó los escalones cubiertos de arena con sus pensamientos, ahogados por el rugido del agua y el viento. Aquello no tenía sentido, se convenció, y estaba a punto de dar media vuelta y volver a la casa cuando levantó la cabeza.
Las olas avanzaban sobre ese mundo gris acerado para arremeter contra la orilla como arietes, con fuerza y furia desbordantes. Un grito de guerra tras otro resonaba en su avance y retroceso incesantes. Contra la arena en movimiento constante se alzaban los salientes y el tropel de rocas que el agua atacaba. Las olas se reagrupaban y volvían a abalanzarse en una guerra que ningún bando ganaría jamás.
Por encima de la batalla esperaba aquel cielo aborregado, observante, como si calculara el momento justo para intervenir con sus propias armas.
Eli se detuvo, traspasado por el poder y la belleza extraordinarios. Por la grandiosidad de la energía en estado puro.
Y entonces, cuando la guerra se recrudeció, echó a andar.
No vio ni un alma en la extensa playa, solo oía el aullido del viento y el rugido de las olas. Sobre las dunas, las casas y los edificios se enfrentaban al frío con las ventanas cerradas a cal y canto. Hasta donde alcanzaba a ver, nadie subía o bajaba los escalones que llevaban a la playa. Tampoco divisaba un alma en el despeñadero o el acantilado. Nadie contemplaba el mar desde el muelle, donde las olas turbulentas golpeaban los pilotes sin piedad.
Por el momento, en ese momento, estaba solo, como Crusoe. Aunque no se sentía solo.
Comprendió que era imposible sentirse solo en aquel lugar, rodeado de ese poder y esa energía. Lo recordaría, se prometió, recordaría esa sensación la próxima vez que tratara de encontrar una excusa, la próxima vez que tratara de encontrar una justificación para encerrarse en sí mismo.
Le gustaba la playa y aquella continuaba siendo una de sus preferidas por motivos sentimentales. Le gustaba la sensación que desprendía antes de una tormenta; ya fuera en invierno, verano o primavera, eso daba igual. Y la vida que se respiraba en la época en que la gente buceaba, se estiraba en las toallas o colocaba tumbonas en la arena, bajo las sombrillas. Le gustaba el aspecto que tenía al amanecer, o la atmósfera que la envolvía en el suave beso del crepúsculo estival.
¿Por qué se había privado de aquello durante tanto tiempo? No podía culpar a las circunstancias, no podía culpar a Lindsay. Podría, y tendría, que haber ido… por su abuela, por él. Sin embargo, había escogido lo que le había parecido más sencillo para ahorrarse las explicaciones acerca de la ausencia de su mujer y el tener que excusarse. O las discusiones con Lindsay cuando ella se inclinó por Cape Cod o Martha’s Vineyard… o por alargar las vacaciones en la Costa Azul.
No obstante, lo más sencillo no lo había hecho más sencillo, y él había perdido algo importante.
Si ahora no lo recuperaba, no tendría a nadie a quien culpar, salvo a sí mismo. De modo que siguió caminando, hasta el muelle, y recordó a la chica con la que había tenido un serio y tórrido romance estival, justo antes de que él empezara la universidad. Pescar con su padre, algo que a ninguno de los dos se les daba bien. Y remontándose a su infancia, excavar en la arena con la marea baja en busca de un tesoro pirata junto con amigos pasajeros, de ese verano.
La dote de Esmeralda, pensó. La vieja leyenda, todavía viva, sobre el tesoro del que se apoderaron unos piratas en una feroz batalla naval y que se perdió una vez más cuando el barco, el infame Calypso, naufragó en las rocas de Whiskey Beach, al pie de Bluff House.
Había oído todo tipo de versiones acerca de la leyenda a lo largo de los años, y de niño lo había buscado con sus amigos. Ellos desenterrarían el tesoro y se convertirían en los piratas del presente, con sus monedas, joyas y plata.
Aunque, igual que el resto, solo habían encontrado almejas, cangrejos fantasma y conchas. Sin embargo, habían disfrutado viviendo aventuras en aquellos veranos de hacía tanto tiempo, bañados por el sol.
Whiskey Beach le había ido bien, le había hecho bien. Allí de pie, con esas olas grandes y traicioneras escupiendo y salpicando espuma, estaba seguro de que volvería a hacerle bien.
Había caminado mucho más de lo que se había propuesto, y se había quedado más tiempo, y ahora que regresaba pensó en un whisky junto al fuego como algo placentero, una especie de recompensa en vez de una vía de escape o una excusa para encerrarse en sus pensamientos.
Supuso que tendría que prepararse algo, ya que se había saltado la comida sin darse cuenta. Cayó en que no había ingerido nada desde el desayuno, lo cual significaba que había incumplido otra de las promesas que se había hecho, la de ganar el peso que había perdido, la de empezar a adoptar un estilo de vida más saludable.
Bueno, pues se haría una buena cena y empezaría esa vida más saludable. Tenía que haber algo que pudiera prepararse. La vecina había surtido la despensa, así que…
Alzó la vista al pensar en ella y vio Laughing Gull enclavada entre sus vecinos, al otro lado de las dunas. El atrevido azul celeste de las tablillas de madera destacaba entre los pasteles y los cremas. Recordaba que alguna vez había sido de un color gris claro, pero la forma peculiar de aquella casa, con su tejado a dos aguas, la amplia terraza de la azotea y aquella galería acristalada que sobresalía como una joroba, la hacía inconfundible.
Vio que unas luces parpadeaban detrás del cristal para ahuyentar la oscuridad.
Subiría un momento y le pagaría en efectivo, concluyó. Así ya se lo quitaba de encima. Después volvería a casa desde allí dando un paseo y refrescaría el recuerdo que tenía de las demás casas y de quienes vivían… o habían vivido en ellas.
Su cerebro registró que así tendría algo alegre, y cierto, que contar a la familia. Fui a dar un paseo por la playa (descripción), pasé a ver a Abra Walsh de camino a casa… Bla, bla, bla…, el nuevo color de Laughing Gull queda bien.
¿Lo veis? No me aíslo, familia preocupada. Salgo, hablo con gente. Situación normalizada.
Entretenido con la idea, fue imaginándose el correo electrónico mientras subía los escalones. Avanzó por un camino empedrado que atravesaba un pequeño jardín decorado con arbustos y estatuas: una sirena fantástica con la cola enroscada, una rana tocando un banjo y un pequeño banco de piedra cuyas patas eran hadas aladas. La nueva disposición, al menos para él, y lo bien que casaba con la personalidad de la casita lo dejaron tan impresionado que no se dio cuenta del movimiento que había detrás de la galería acristalada hasta que tuvo un pie en el porche.
Varias mujeres tendidas sobre colchonetas de yoga se incorporaron, con distintos grados de agilidad y destreza hasta la posición de uve invertida que él conocía como «Perro boca abajo».
Muchas vestían la típica ropa deportiva (camisetas de colores llamativos, pantalones ajustados) que a menudo había visto en el gimnasio. Cuando todavía iba al gimnasio, por supuesto. Algunas optaron por pantalones de chándal y otras por pantalones cortos.
Todas ellas, con algún que otro tambaleo, adelantaron un pie, bastante alejado del cuerpo, y a continuación se incorporaron con un par de bamboleos. Después flexionaron la pierna delantera, estiraron bien la pierna trasera y extendieron los brazos, uno hacia delante y otro hacia atrás.
Ligeramente incómodo, empezó a retroceder para dar media vuelta cuando se dio cuenta de que el grupo seguía las instrucciones de Abra.
Esta mantuvo la posición, con la melena recogida en una coleta. La camiseta morada dejaba a la vista unos brazos largos y torneados; los pantalones de color gris piedra se pegaban a unas caderas estrechas y cubrían unas piernas largas que acababan en unos pies largos y finos, con las uñas pintadas del mismo color que la camiseta.
Se quedó fascinado, atrapado mientras Abra, y entonces las demás chicas, se inclinaban hacia atrás, flexionaban el brazo delantero y lo colocaban sobre la cabeza, movían el torso hacia un lado y levantaban la cabeza.
Luego, Abra estiró la pierna delantera, se inclinó hacia delante y fue bajando, cada vez más, hasta que tocó el suelo con la mano, junto al pie adelantado, mientras el otro brazo apuntaba al techo. De nuevo, giró el torso. Antes de que a Eli le diera tiempo a retroceder, Abra también movió la cabeza y, al tiempo que alzaba la vista, sus ojos se encontraron.
Ella sonrió. Como si no le sorprendiera verlo allí, como si Eli no hubiera estado haciendo el mirón sin darse cuenta.
Entonces sí que retrocedió, con un gesto con el que esperaba disculparse, pero ella ya había empezado a enderezarse. Eli vio que le indicaba algo a una de las mujeres mientras zigzagueaba entre colchonetas y cuerpos.
¿Y ahora qué hacía?
La puerta se abrió y Abra le sonrió.
—Eli, ¿qué hay?
—Lo siento. No me he dado cuenta hasta… ahora.
—¡Dios, pero qué frío que hace! Entra.
—No, estás ocupada. Es que estaba dando una vuelta y pensé…
—Bueno, pues dala por aquí dentro antes de que me congele.
Salió con los finos pies descalzos y lo tomó de la mano.
—Estás helado. —Tiró de él, con insistencia—. No quiero que la clase coja frío.
Viendo que no le quedaba otra opción, entró para que ella pudiera cerrar la puerta. En la galería acristalada se oía el murmullo del agua de un arroyo, música de reminiscencias new age. Eli vio que una de las mujeres al fondo de la clase retomaba la última postura.
—Lo siento —repitió—. Estoy interrumpiéndoos.
—No pasa nada. Maureen puede dirigirlas. Ya casi habíamos acabado. ¿Por qué no pasas a la cocina y te sirves un poco de vino mientras termino con esto?
—No, no, gracias. —Deseó, casi con desesperación, no haber dado aquel rodeo dejándose llevar por un impulso—. Yo solo… Había salido a pasear y me he pasado de camino a casa porque me he dado cuenta de que no te he pagado lo que has comprado esta mañana.
—Hester ya se ocupó de eso.
—Ah. Tendría que habérmelo imaginado. Hablaré con ella.
El carboncillo enmarcado que había colgado en la entrada lo distrajo un instante. Reconoció la mano de su abuela incluso sin el H. H. Landon en la esquina inferior.
También reconoció a Abra, de pie, recta como una lanza en la llamada «postura del árbol», con los brazos por encima de la cabeza y la boca entreabierta, como si riera.
—Hester me lo regaló el año pasado —dijo Abra.
—¿Qué?
—El dibujo. La convencí para que viniera a clase a dibujar; una manera de persuadirla para que hiciera ejercicio. Y ella me lo regaló a modo de agradecimiento después de enamorarse del yoga.
—Es genial.
No se había dado cuenta de que Abra todavía le sujetaba la mano hasta que ella retrocedió un paso y él se vio obligado a caminar.
—Hombros abajo y atrás, Leah. Eso es. Relaja la mandíbula, Heather. Bien. Así está bien. Disculpa —dijo, dirigiéndose a Eli.
—No, discúlpame a mí. Estoy interrumpiéndoos. Yo ya me voy, tú sigue con lo tuyo.
—¿Estás seguro de que no te apetece una copa de vino? O, tal vez, teniendo en cuenta… —Cerró la otra mano alrededor de la de él y se la frotó para que entrara en calor—. ¿Un poco de chocolate caliente?
—No, no, muchas gracias. Tengo que volver. —La fricción de sus manos motivó una calidez repentina, casi dolorosa, que acentuó el frío que se le había metido hasta los huesos—. Va a… nevar.
—Una buena noche para quedarse en casa delante de la chimenea con un buen libro. En fin. —Le soltó la mano para abrir la puerta—. Nos vemos de aquí a un par de días. Llama o pásate por aquí si necesitas algo.
—Gracias.
Eli apretó el paso para que pudiera cerrar la puerta y no se escapara el calor.
Sin embargo, ella permaneció en el umbral y lo siguió con la mirada.
Abra sintió que se le partía el corazón, ese que algunos a menudo le decían que abría con demasiada facilidad, que era demasiado blando.
Se preguntó cuándo habría sido la última vez que alguien ajeno a la familia le había abierto las puertas a él para resguardarse del frío.
Abra cerró la puerta, regresó a la galería y, con una breve inclinación de cabeza dirigida a Maureen, retomó la dirección de los ejercicios.
Habían acabado la relajación final cuando vio caer, al otro lado del cristal, la nieve que Eli había predicho, gruesa y suave. Daba la sensación de que aquel espacio acogedor se había convertido en el interior de una extravagante bola de nieve.
Se dijo que era perfecto.
—No olvidéis hidrataros. —Levantó su botellín de agua mientras las mujeres enrollaban las colchonetas—. Y todavía quedan plazas para la clase de «Oriente conoce Occidente» de mañana por la mañana en el sótano de la iglesia unitaria, a las nueve y cuarto.
—Me encanta esa clase. —Heather Lockaby se ahuecó la corta melena rubia—. Winnie, si quieres paso a recogerte de camino.
—Llámame primero. Me gustaría asistir.
—Y ahora —Heather se frotó las manos—, ¿ese era quien creo que era?
—¿Perdona? —dijo Abra.
—El hombre que ha venido mientras estábamos en clase. ¿No era Eli Landon?
El nombre levantó un murmullo al instante. Abra sintió que los beneficios de una hora de clase de yoga se desvanecían al tiempo que sus hombros se tensaban.
—Sí, era Eli.
—Te lo dije. —Heather le dio un codazo a Winnie—. Te dije que había oído que iba a instalarse en Bluff House. ¿De verdad que vas a limpiar la casa mientras él esté allí?
—No hay mucho que limpiar cuando no vive nadie.
—Pero, Abra, ¿no te pone un poco nerviosa? Es decir, está acusado de asesinato. De matar a su propia mujer. Y…
—Lo absolvieron, Heather. ¿Recuerdas?
—Solo porque no encontraran suficientes pruebas para detenerlo no significa que no sea culpable. No deberías quedarte a solas con él en esa casa.
—Solo porque a la prensa le gusten los escándalos, sobre todo en los que hay sexo, dinero y está implicada una de las familias más prominentes de Nueva Inglaterra, no significa que no sea inocente. —Maureen enarcó las cejas de color rojo encendido—. Ya sabes lo que dice esa vieja máxima legal, Heather: uno es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
—Lo que sé es que lo despidieron… y que era abogado criminalista. Si quieres que te diga la verdad, resulta un poco sospechoso que lo despidieran si no es culpable. Y dijeron que era el principal sospechoso. Hubo testigos que lo oyeron amenazar a su mujer el mismo día que la mataron. Ella se habría llevado un buen pellizco con el divorcio. Además, ¿qué hacía él en esa casa?
—Era su casa —apuntó Abra.
—Pero se había mudado. Yo solo digo que donde hay humo…
—Donde hay humo, a veces quiere decir que algún otro ha hecho fuego.
—Eres muy confiada. —Heather le pasó un brazo por encima a Abra, un gesto tan sincero como paternalista—. Ya veo que vas a tenerme preocupada.
—Creo que Abra juzga muy bien a la gente y que sabe cuidar de ella misma. —Greta Parrish, la mayor del grupo a sus setenta y dos años, se puso su cálido y práctico abrigo de lana—. Y Hester Landon no le habría abierto Bluff House a Eli, un joven que siempre ha sido muy educado, si tuviera la más mínima duda acerca de su inocencia.
—Bueno, la señora Landon se merece todo mi afecto y respeto —empezó a decir Heather—. Todos esperamos y rezamos para que se recupere pronto y pueda volver a casa cuanto antes, pero…
—No hay peros que valgan. —Greta se caló un casquete sobre el cabello gris acero—. Ese chico es parte de esta comunidad. Puede que haya vivido en Boston, pero es un Landon y uno de los nuestros. Dios sabe que las ha pasado moradas y me entristecería pensar que alguien de aquí le pone las cosas aún más difíciles.
—Yo… Yo no quería decir eso. —Sonrojada, Heather miró a algunas de sus compañeras—. De verdad, no era mi intención. Solo me preocupo por Abra. No puedo evitarlo.
—Estoy segura de que es así. —Greta asintió escuetamente en dirección a Heather—. Y también estoy segura de que no tienes motivos para preocuparte. La clase ha estado muy bien, Abra.
—Gracias. ¿Y si te llevo a casa? Nieva bastante.
—Creo que puedo arreglármelas, es un paseíto de tres minutos.
Las mujeres se agolparon en la entrada y empezaron a desfilar por la puerta. Maureen se quedó atrás.
—Heather es idiota —sentenció Maureen.
—Como mucha gente. Y son muchos los que piensan como Heather: si sospecharon de él, tiene que ser culpable. Eso no está bien.
—Pues claro que no. —Maureen O’Malley, con su corto cabello de punta tan encendido como sus cejas, tomó otro trago de agua de su botellín—. El problema es que no sé si yo no pensaría lo mismo, al menos en un rinconcito de mi cerebro, si no conociera a Eli.
—No sabía que lo conocías.
—Fue mi primer rollo serio.
—No sigas. —Abra la señaló con los dos dedos índices—. Ni una palabra más. Eso es una historia que se merece una copa de vino.
—No voy a hacerme de rogar. Deja que le envíe un mensaje a Mike para decirle que me quedo otra media hora.
—Vale. Serviré el vino.
Ya en la cocina, Abra escogió una botella de shiraz mientras Maureen se dejaba caer en el sofá de la acogedora sala de estar.
—Dice que no pasa nada. Los niños todavía no se han matado entre ellos y ahora mismo están felices en medio de la tormenta de nieve. —Levantó la vista del móvil y sonrió a Abra mientras esta le tendía una copa y tomaba asiento—. Gracias. Me lo tomaré como un regalo antes de caminar hasta la próxima puerta para lanzarme al ataque y alimentar a las tropas.
—¿Un rollo?
—Yo tenía quince años, y aunque ya me habían besado, aquel fue el primer beso de verdad. Lenguas, manos, jadeos. Ante todo, el muchacho sabía cómo utilizar los labios, y las manos no se quedaban atrás. Las primeras, también tengo que admitirlo, que tocaron este increíble par de domingas. —Se dio unas palmaditas en el pecho y luego tomó un trago de vino—. Aunque no las últimas.
—Detalles, detalles.
—Cuatro de Julio, después de los fuegos artificiales. Hicimos una hoguera en la playa. Un grupito. Me dieron permiso, un permiso que me gané a pulso, que lo sepas, y que mis hijos van a sudar mucho más para conseguirlo gracias a mi experiencia. Eli era monísimo. Dios, Eli Landon llega de Boston para pasar un mes… y le pongo los ojos encima. Aunque no fui la única.
—¿Cómo de mono?
—Ay… Pelo rizado que el sol le aclaraba, ojos de un fabuloso azul cristalino… Y tenía una sonrisa que quitaba el hipo. Cuerpo de atleta; jugaba al baloncesto, creo recordar. Si no estaba en la playa, sin camiseta, estaba en el centro social jugando con la pelota, sin camiseta. Permíteme que insista: ay…
—Ha perdido peso —apuntó Abra—. Está muy delgado.
—He visto algunas fotos, y las imágenes de las noticias. Sí, está demasiado delgado. Pero por entonces, ese verano… Era guapísimo, tan joven y feliz y divertido. Me dejé la piel tonteando con él y esa hoguera del Cuatro de Julio surtió efecto. La primera vez que me besó estábamos sentados junto al fuego. La música sonaba a todo volumen, algunos bailaban y otros estaban en el agua. Una cosa llevó a la otra y nos fuimos al muelle.
Suspiró al recordarlo.
—Solo éramos un par de adolescentes con las hormonas alteradas en una cálida noche de verano. La cosa no fue más allá de lo debido, aunque estoy segura de que mi padre no lo vería igual, pero fue la experiencia más excitante de mi vida hasta ese momento. Ahora me parece dulce e inocente, aunque de un romántico que roza lo ridículo. Las olas, el mar, el claro de
