La mujer de la libreta roja

Antoine Laurain

Fragmento

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El taxi la dejó en la esquina del bulevar. Apenas tenía que recorrer cincuenta metros para llegar a su casa. Las farolas iluminaban la calle y coloreaban las fachadas de una luz naranja, sin embargo, se sentía intranquila, como siempre en plena noche. Se dio la vuelta y no vio a nadie. La luz del hotel de enfrente inundaba la acera entre las dos macetas con arbustos que marcaban la entrada del establecimiento de tres estrellas. Se detuvo frente a la puerta, abrió la cremallera central de su bolso para buscar el manojo de llaves con la tarjeta magnética del vestíbulo, y entonces todo sucedió muy deprisa. Una mano salida de ninguna parte, que pertenecía a un hombre moreno vestido con una cazadora, agarró la correa. El miedo no tardó ni un minuto en recorrerle las venas y subir hasta el corazón para estallar en una lluvia helada. De forma instintiva, se aferró al bolso, el hombre tiró de él y, ante su resistencia, le puso la palma de la mano en el rostro y le empujó la cabeza contra el metal de la puerta. Ella se tambaleó por el golpe, vio que la calle se iluminaba con micropartículas brillantes, parecidas a luciérnagas en suspensión, se estremeció y sus dedos soltaron el bolso. El hombre esbozó una sonrisa mientras la correa trazaba un círculo en el aire, y luego huyó. Ella permaneció apoyada en la puerta, siguiendo con la mirada la silueta que se desvanecía en la noche. El oxígeno le penetraba a intervalos regulares en los pulmones, la garganta le escocía y tenía la boca seca, pero el botellín de agua estaba en el bolso. Alargó un dedo hacia las teclas del código de entrada, empujó suavemente la puerta con la espalda y se deslizó hacia el interior.

La puerta de cristal y de hierro negro puso una barrera de seguridad entre ella y el mundo exterior. Muy despacio, se sentó en los escalones de mármol de la entrada y cerró los ojos, a la espera de que el cerebro se le apaciguara y recobrara su funcionamiento normal. Al igual que el borrado progresivo de las consignas de seguridad en los aviones, los indicadores luminosos —«Me atracan», «Voy a morir», «Me han robado el bolso», «No estoy herida», «Sigo viva»— fueron desapareciendo uno tras otro. Levantó la vista hacia los buzones y leyó su nombre, su apellido y su piso, el quinto izquierda. Como no tenía las llaves y eran casi las dos de la madrugada, no iba a poder abrir la puerta del quinto izquierda. Aquel hecho tan concreto iba tomando forma en su cabeza: No puedo entrar en casa y me han robado el bolso. Ya no lo tengo, nunca lo recuperaré. Una parte de ella acababa de desaparecer de la manera más brutal. Miraba a su alrededor como si el bolso fuera a materializarse y a anular la secuencia que acababa de producirse. Pero no, el bolso ya no estaba allí. Estaba lejos, en las calles, arrebatado, volando en brazos de aquel hombre que había huido corriendo, que lo abriría y encontraría sus llaves, su documentación y sus recuerdos. Toda su vida. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas ardientes. El miedo, la desesperación y la ira se entremezclaban con el temblor de las manos, que parecía que jamás iba a remitir, hasta que el dolor en la nuca se hizo más intenso. Se la palpó; sangraba y, por supuesto, el paquete de pañuelos estaba en el bolso.

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La una y cincuenta y ocho de la madrugada: era inconcebible llamar a la puerta de algún vecino. Ni siquiera a la de aquel tipo tan agradable, cuyo nombre no había retenido, que acababa de mudarse al segundo y que trabajaba en el mundo del cómic. El hotel le pareció la única solución. El temporizador del vestíbulo acababa de pararse, así que buscó el interruptor a tientas. Cuando se encendió la luz, experimentó un ligero vértigo y se apoyó en la pared. Debía serenarse e ir a preguntar si podía dormir en el hotel; tendría que explicar que vivía justo delante y que pagaría al día siguiente. Ojalá el recepcionista nocturno fuera comprensivo, porque no se le ocurría ninguna otra idea. Abrió la pesada puerta del edificio y sintió que un temblor recorría todo su cuerpo, no a causa del frío de la noche, sino de un miedo difuso, como si las fachadas hubieran absorbido parte de lo ocurrido y aquel hombre fuera a salir de una pared como por arte de magia. Laure miró a su alrededor. La calle estaba vacía. El hombre no regresaría, desde luego, pero uno no siempre puede dominar sus miedos, y no resulta fácil distinguir entre lo irracional y lo posible a las dos de la madrugada. Cruzó la calle en dirección al hotel. De forma instintiva, hizo el gesto de apretar el bolso contra ella, pero entre la cadera y el antebrazo no encontró más que el vacío. Entró en la luz del tejadillo y la puerta corredera se deslizó hasta abrirse del todo. Un hombre con el pelo gris, sentado detrás del mostrador, alzó la mirada hacia ella.

El recepcionista aceptó un poco a regañadientes, pero cuando Laure hizo ademán de desabrocharse la correa del reloj de oro para dejárselo en prenda, levantó la mano en señal de rendición. Seguro que aquella joven tan desamparada decía la verdad, parecía seria; en una escala de probabilidades del uno al diez, había nueve de que regresara al día siguiente a pagar la noche de hotel. Había dado su nombre y su apellido, así como su dirección. Desde luego, el hotel había tenido que enfrentarse a problemas de impagados mucho más graves que el de una estancia de una única noche por parte de una mujer sola que decía vivir enfrente desde hacía quince años. Era verdad que podría haber llamado a los amigos en cuya casa había pasado la velada, pero tenía los números en el móvil. Y desde que existían los teléfonos móviles con sus agendas, Laure ya sólo se sabía de memoria el suyo y el del trabajo. En cuanto a la sugerencia del recepcionista de recurrir a un cerrajero, también hacía agua. Laure había agotado su talonario de cheques y no había encargado otro a tiempo en el banco, así que no podría disponer de él hasta comienzos de la semana siguiente. Aparte de la tarjeta de crédito y de los cuarenta euros en efectivo que llevaba en el monedero, no contaba con otro medio de pago. Era impresionante descubrir que en esa clase de situaciones miles de detalles que una hora antes resultaban insignificantes de pronto parecían aliarse contra uno. Laure lo siguió hasta el ascensor y luego por el pasillo hasta la habitación 52, que daba a la calle. El recepcionista encendió las luces de la estancia, le mostró el baño a toda prisa y a continuación le entregó la llave. Ella le dio las gracias y volvió a prometerle que al día siguiente pasaría por el hotel lo antes posible. Él esbozó una sonrisa benévola, algo cansado de tener que oír la misma promesa por quinta vez: La creo, señorita, buenas noches.

Laure se dirigió a la ventana y descorrió las cortinas; desde allí se divisaba su piso. Había dejado la lámpara de pie del salón encendida y había colocado una silla delante de la ventana entreabierta para que Belphégor pudiera mirar afuera. Le resultaba muy extraño ver su piso desde allí. Casi tenía la impresión de que iba a distinguir su propia silueta atravesando la estancia. Abrió la ventana. Belphégor... lo llamó a media voz. Belphégor... repitió, emitiendo ese bisbiseo que saben hacer todos los que tienen un gato. Unos instantes después, la silueta negra subió de un brinco a la silla y dos ojos amarillos la observaron atónitos. ¿Cómo podía su dueña encontrarse enfrente y no en el piso? Pues sí, aquí estoy... le dijo ella, encogiéndose de hombros. Lo saludó con un breve gesto y decidió acostarse. En el baño, encontró pañuelos de papel y un poco de agua para limpiarse la herida de la cabeza. Cuando se inclinó, volvió a marearse un poco. La única buena noticia era que parecía que ya no sangraba. Cogió una toalla, la colocó sobre la almohada y luego se desnudó. Una vez tumbada, no podía dejar de revivir la escena del robo. Aunque a lo sumo había durado unos segundos, el suceso se alargaba como si fuera una secuencia a cámara lenta. Más elástica que las estéticas escenas a cámara lenta del cine, más larga. Como las de los documentales científicos que muestran maniquíes en accidentes de tráfico reproducidos en el laboratorio. En ellos se ve el interior del vehículo; el parabrisas, que estalla como un charco de agua vertical; la cabeza de los muñecos, que se inclina despacio hacia delante; los airbags, que se hinchan como si fueran chicles, y el capó del coche, que se arruga con delicadeza, como si se hallara bajo el efecto de un calor suave.

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Laurent renunció a afeitarse delante del espejo del baño. Al poner en marcha el aparato eléctrico, cuyo zumbido acompañaba todos sus despertares, éste emitió un gruñido mortecino y a continuación se paró, dando paso al silencio. Por mucho que accionara el botón de ON-OFF, que diera golpecitos a la rejilla y que desenchufara y luego enchufara de nuevo la máquina de afeitar, la Braun 860 con tres cuchillas giratorias había entregado ya el alma. Profundamente contrariado, no se decidió a tirarla, al menos no de inmediato. Se apiadó de ella y la dejó en la pila bautismal que había comprado en Grecia diez años antes. La cuchilla Gillette que guardaba en un cajón no le fue de ninguna utilidad, ya que le aguardaba otra sorpresa: cuando abrió el grifo de la bañera, oyó un silbido inesperado. No había agua. El corte general llevaba una semana anunciado en el vestíbulo del edificio, pero lo había olvidado. Laurent se contempló en el espejo. Vio el rostro de un hombre sin afeitar con el pelo muy enmarañado tras haber pasado toda la noche con la cara pegada a la almohada. En el hervidor apenas quedaba agua para preparar un café. Al salir del edificio, echó un vistazo a la persiana metálica de la tienda. Al cabo de un rato la abriría haciendo girar la llave en la caja eléctrica, y luego saludaría con un gesto de la cabeza a su vecino, Jean Martel («Le Temps Perdu, antigüedades, compra y venta»), que estaría sentado a una de las mesas de la terraza del Jean-Bart frente a un cortado. También haría una señal con la mano a la mujer del tintorero («La Blanche Colombe, tintorería de calidad»), que le respondería del mismo modo desde detrás del escaparate, y luego, una vez que hubiera subido la persiana, echaría un vistazo ritual a su propio escaparate, en el que lucían las «Novedades de narrativa», los «Libros de arte» y «Los más vendidos», colocados junto a «Nuestros favoritos» y «Los imprescindibles». A las diez y media en punto llegaría Maryse, seguida por Damien. El equipo estaría al completo y empezaría la jornada, con la apertura de cajas de entregas y la atención a consultas de lo más variadas: Busco un libro del que no sé ni la editorial ni el autor, pero transcurre durante la Segunda Guerra Mundial. Las recomendaciones: Señora Berthier, si lo que busca es algo ligero, para distraerse, esta novela es para usted, se lo aseguro, tiene que descubrir a este autor. Los pedidos: Buenos días, le llamo de Le Cahier Rouge; necesitaría tres ejemplares del Don Juan de Molière en la edición de bolsillo de la colección Biblio Lycée. Las devoluciones: Buenos días, le llamo de Le Cahier Rouge; me veo obligado a devolverle los cuatro ejemplares de Tristeza de verano, porque no se venden y debo renovar los expositores. Y la planificación de las firmas: Buenos días, soy Laurent Letellier, de Le Cahier Rouge; dígame, ¿sería posible organizar una presentación y una sesión de firmas con su autor?

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Cuando compró la librería, ésta era una cafetería moribunda, Le Celtique, regentada por una pareja mayor que estaba deseando venderla porque quería regresar a Auvernia. Laurent fue para ellos un salvador inesperado. La cafetería tenía la ventaja de contar con un apartamento justo encima. Desde luego, era una ventaja respecto a las distancias, ya que las eliminaba de manera radical, pero también tenía su cruz: nunca se abandonaba el lugar de trabajo.

Laurent rodeó la plaza a la que daba Le Cahier Rouge y subió por la rue de la Pentille. Llevaba en la mano El cielo como armazón, la última novela de Frédéric Pichier. El autor acudiría a la librería para firmar ejemplares la semana siguiente, y Laurent tenía previsto releer las anotaciones que había hecho en el propio ejemplar delante de un café doble en la terraza de L’Espérance, un bar al que iba a menudo durante sus paseos matutinos. El libro narraba el destino de una joven campesina durante la Primera Guerra Mundial. Era la cuarta novela del autor, quien se había dado a conocer con Las lágrimas de la arena, la historia de un soldado que se enamoraba de una joven autóctona durante la ocupación francesa de Egipto en tiempos de Napoleón. Pichier dominaba el arte de mezclar los tormentos de sus personajes con los grandes momentos de la historia. La crítica literaria no sabía cómo abordar su caso: ¿era sólo un buen narrador o un escritor de los de verdad? La cuestión no estaba zanjada. Fuera como fuese, el libro se vendía muy bien y era de suponer que la sesión de firmas sería un éxito. Mientras caminaba por la calle, Maryse le mandó un SMS. El tren se había detenido entre dos estaciones, y quizá no llegaría a tiempo para encargarse de abrir. Mantenme al corriente, Maryse, contestó Laurent antes de doblar por la rue Vivant-Denon. Al llegar al número 6, alzó la mirada para comprobar que la señora Merlier, una de sus clientas, había abierto las ventanas. Gran lectora, la anciana, que sorprendentemente se parecía muchísimo a la actriz Marguerite Moreno, se levantaba al amanecer: Si no he abierto las ventanas, señor Letellier, es porque me he muerto o me estoy muriendo, le había dicho un día. Acordaron que Laurent llamaría a la policía en caso de que los postigos estuvieran cerrados. Pero todo iba bien en el número 6, pues estaban abiertos. De hecho, eran casi los únicos; la gente aprovechaba el sábado para levantarse tarde y, por la mañana, el barrio estaba desierto. Laurent prosiguió su camino por la rue du Passe-Musette. L’Espérance se encontraba al final de la calle, en la esquina con el bulevar donde montaban el mercado el fin de semana. Delante de las puertas de los garajes había cubos de basura, y al lado, algunos muebles obsoletos a la espera del servicio de recogida. Laurent pasó junto a un cubo, aminoró la marcha —la imagen tardó unos segundos en grabarse en su mente—, luego se dio la vuelta y retrocedió.

Encima de la tapa había un bolso. De cuero color malva y en muy buen estado. Tenía varios bolsillos y cremalleras, dos asas largas, una correa en bandolera y cierres dorados. De forma instintiva, Laurent miró a su alrededor. El gesto era absurdo, ninguna mujer iba a materializarse para recuperar aquel bolso. Por la manera en que la piel se mantenía sobre la base, intuyó que no estaba vacío. De haber estado vacío y estropeado, su propietaria lo habría tirado a la basura en lugar de dejarlo encima de la tapa. Pero, por otra parte, ¿las mujeres tiran los bolsos? Laurent pensó Claire, con quien había compartido su vida durante doce años. No, ella nunca había tirado ninguno de sus bolsos. Tenía varios y los iba cambiando según la estación. Tampoco tiraba los zapatos; de hecho, cuando se le rompían las tapas de los tacones, las llevaba a arreglar al zapatero. No los tiraba ni cuando le decían que ya no podía hacerse nada. Laurent nunca había visto un par de tacones en la basura de la cocina, entre las mondaduras. Desaparecían misteriosamente. A pesar de aquellas reflexiones que lo devolvían a su vida pasada, el hecho de que una mujer se hubiera desprendido de su bolso continuaba siendo una posibilidad. Por otra parte, que aquel bolso en perfecto estado se encontrara encima de un cubo de basura parecía deberse a un acontecimiento más inquietante. Un robo, por ejemplo. Laure

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