Lo que la sangre oculta

Fragmento

San Sebastián, España

Fines de junio de 1915

Aquella mañana el sol brillaba por su ausencia. El cielo, encapotado de nubes negras, estaba de duelo profundo. En un abrir y cerrar de ojos, el día se había convertido en noche. Desde la mansión Aguirre Larreta se sentía el rugido rabioso del mar. Las olas alcanzaban alturas impensadas para, luego, morir contra los acantilados.

Doña Victoria Aguirre Larreta contemplaba la cólera de la naturaleza con cierto gozo interior. Llevaba su edad con elegancia. Era dueña de una extraña belleza que se había ido incrementando con el correr de los años. Desde niña, cuando vivía en la plantación de azúcar en la isla de Cuba, había temido a las tormentas y sus consecuencias nefastas. En más de una ocasión los fuertes temporales barrían con todo a su paso. Recordaba especialmente aquel huracán que había acabado con la villa cercana a “La Alborada”, como se llamaba su plantación. Al amanecer, el viento había atacado sin piedad el lugar y sus alrededores. Trozos de casas, árboles, animales y alguno que otro ser humano que no había llegado a un refugio habían volado por los aires. En el puerto hubo cientos de ahogados y otros tantos desaparecidos. Un estremecimiento la recorrió de los pies a la cabeza, pero rápidamente se sintió protegida por las piedras centenarias de la mansión Aguirre Larreta. Suspiró, se arrebujó en el chal de lana que llevaba sobre los hombros y dejó de contemplar ese escenario dantesco para mirar de lleno a su hijo Salvador.

Estaban en la sala de costura, como a ella le gustaba llamarla. El recinto era pequeño, aunque con grandes ventanales para que la luz fuese perfecta. Contra uno de ellos, sobre una mesita, se encontraba una cesta con hilos, tijeras, agujas de distintos tamaños, ovillos de lana de diversos colores y texturas. Doña Victoria detestaba las labores manuales. Lo suyo eran los caballos: galopar o saltar las vallas que había hecho colocar en el extenso jardín. Sin embargo, aquella habitación le hacía recordar su infancia en la plantación, sus raíces, y esa efímera sensación de pertenencia era algo a lo que no estaba dispuesta a renunciar. No había encendido ninguna de las lámparas, a pesar de que contaban con luz eléctrica. Prefería la luminosidad de los relámpagos que surcaban el cielo.

—Ya ha llegado la hora, hijo. He esperado esta venganza durante mucho tiempo. Se ganará su confianza y luego actuará de acuerdo.

Salvador también contemplaba la borrasca. Las palabras de su madre tensionaron sus mejillas y ensombrecieron su rostro.

—Yo me vengaré, madre, pero de otro modo.

Había heredado los ojos zafíreos de los Aguirre Larreta, igual que el porte elegante. De su madre cubana había recibido la piel color caramelo y las pestañas largas y espesas. Un mechón de ondulado cabello negro le caía sobre la frente ancha.

La mirada de doña Victoria rezumaba rabia y algo aún más oscuro y profundo.

—Hará lo que le ordeno, Salvador. Acabará con su vida sin usar una bala, como lo hicieron con su hermano. —Hizo una pausa para luego continuar—. Hace mucho que rezo por una oportunidad como esta. Por fin se va a hacer justicia en esta tierra.

Sabía muy bien que nada era mejor para mantener viva la memoria que el resentimiento, y ella lo exudaba por todos sus poros.

Salvador seguía contemplando la furia de la tormenta, semejante a la que se estaba desatando en su interior.

—Mucho confía en mis habilidades, madre, aunque usted bien sabe que pagarán justos por pecadores.

Ella sintió que un golpe de sangre le encendía el rostro. Lo miró de lleno y, con voz despectiva, le soltó:

—Ahórrese el melodrama. ¿Acaso la muerte de sus seres queridos no merece una venganza? No quiero siquiera imaginar que lo está poniendo en tela de juicio.

—¡Qué cosas dice, madre! Jamás dudé de mis sentimientos.

—¡De las muchas cosas que no se le dan bien, Salvador, mentir es una de ellas! —Un brillo cargado de locura se advertía en la mirada de Victoria—. No se atreva a no cumplirme. —Se acercó nuevamente al ventanal. Los relámpagos y los truenos cicatrizaban el cielo oscuro—. Sabe bien qué hacer para que la paz vuelva a mi alma torturada.

Salvador permaneció callado. Si su madre hubiese podido leer su mente y confirmar sus dudas, armaría la de Dios es Cristo. Sus ataques de ira eran impredecibles. Un comentario inoportuno, una opinión diferente, un tono de voz beligerante podían desencadenar su furia y provocar unos estallidos ante los cuales no había refugio posible. Fingiendo un aplomo que no sentía, la tranquilizó:

—Nos estamos poniendo en lo peor sin motivo. —Se dirigió a una mesita donde había una botella de vidrio y sirvió dos copas de líquido ambarino—. Bébase este ron para entonar el cuerpo.

Bebieron en silencio. Luego, doña Victoria se dirigió a un armario y sacó un joyero. Hurgó en él y extrajo una cadena de oro con una medalla de la Virgen de Coro, la patrona del lugar. Con el ojo lloroso, se la alcanzó:

—Esta medalla pertenecía a su hermano Toñito. Llévela cerca del corazón para que no se le olvide nunca quiénes fueron los culpables de su muerte. Prométame que jamás se la quitará.

—Se lo prometo, madre.

Resignado, se la colgó. Apenas el metal rozó su piel comenzó a sentir un extraño calor que lo ahogaba. No recordaba a su hermano mayor. Él era una criatura cuando había muerto. Pero su madre se había encargado de mantener su recuerdo presente cada día, cada minuto, cada segundo de sus dieciocho años.

Al oír esas palabras, Doña Victoria se sintió más tranquila y lo despidió con un gesto:

—No me lo tome a mal, hijo, pero quiero estar sola. —Justo cuando estaba por abrir la puerta le advirtió—: Recuerde que, así como las piedras permanecen luego de las tormentas, la familia lo hace cuando todo desaparece.

Salvador se sentía desolado. Su instinto le decía que había cosas que era mejor olvidar. Cosas que estaban muertas y enterradas y a las que había que echar mucha tierra encima para seguir adelante. Sentía como si el corazón le latiera en la garganta, abrumándolo con todo lo que quería decir. Sin embargo, prefirió callar y, con una expresión atormentada en su rostro, se marchó de la sala de costura con la sensación de que su madre se iba a quedar allí parada, mucho tiempo después de que él hubiese salido.

PRIMERA PARTE
POR EL CAMINO DE LA AMARGURA

CAPÍTULO 1
LAS PRISAS SE LLEVAN MAL CON LAS CONTRARIEDADES

San Sebastián, España

Julio de 1893

Corre, Edurne, corre —gritaba Pedro Rojas, nieto de una familia acomodada que veraneaba en la zona y festejante de la joven—. No dejes de hacer rodar el aro.

—¡Ja, ja! Nosotros vamos ganando —se jactaba Imanol Aguirre Larreta. El aro que hacían girar con Gabriela Iribarren iba más rápido.

Las risas de los jóvenes se mezclaban con el viento y el rumor del mar. Se encontraban en los acantilados. A pesar de que era verano, el aire frío de la mañana les cortaba el aliento. De pronto, el sombrero de Edurne rodó contra las rocas.

—¡Nooo! ¡Mi sombrero nuevo! —Sus ojos se llenaron de lágrimas. El coqueto sombrero adornado con flores se mecía al son del viento, atrapado entre dos rocas filosas. Su padre se lo había traído de Barcelona y apenas había alcanzado a usarlo una que otra vez.

—Supéralo, hermanita. Ya estás grande como para hacer un berrinche.

Imanol la miraba burlón. Su hermana había cumplido hacía poco sus dieciséis años.

—No seas así —lo sermoneó Gabriela. Con Edurne eran amigas desde pequeñas y habían cursado sus estudios en un internado en Barcelona.

De pronto se oyó una voz rotunda:

—Yo te voy a ayudar.

Pedro Rojas se arremangó la camisa y comenzó a descender por las rocas resbaladizas. No miraba hacia abajo, pues temía sufrir un mareo: su vista estaba enfocada en la roca de la que pendía el sombrero.

—¡Cuidado! No vayas a lastimarte —suplicó Edurne, al ver que el joven bajaba intrépidamente, mientras las olas se estrellaban contra las rocas y mojaban todo a su alrededor. Un paso en falso y podría caer al mar.

Pedro descendía en silencio y concentrado; los demás jóvenes rezaban por lo bajo. Finalmente, llegó al lugar donde se encontraba el sombrero. Extendió un brazo, mientras que con el otro se aferraba a una roca afilada. Cuando alcanzó el sombrero, lo sacó con sumo cuidado, tratando de que no se le rompiese. Luego subió despacio.

—¡Pedro Rojas! ¡Cómo te atreves! Casi me da un soponcio —lo retó Edurne. Asustada, corrió a refugiarse en sus brazos. Pedro la abrazó con fuerza. Amaba profundamente a la muchacha.

—Venga, no tantos arrumacos, que es mi hermana —los sermoneó Imanol, simulando enojo. Tenía los cabellos oscuros revueltos por el viento y sus ojos azules brillaban con picardía.

Edurne hizo caso omiso a las advertencias de su hermano y le plantó a Pedro un sonoro beso en una de sus mejillas. Luego, salió corriendo mientas él trataba de alcanzarla.

—¡Sois unos locos! —gritó Imanol.

—Pero ¡cómo se quieren! —le contestó Gabriela. Imanol la miró a los ojos:

—No creo que tanto como yo a ti. —Despacio, la tomó de la barbilla y rozó sus labios con un beso suave—. Nunca olvides lo mucho que te amo.

Gabriela sonrió. Estaba feliz. Con seguridad en uno o dos años contraería matrimonio con Imanol. Él le había prometido que, aunque estuvieran casados, ella podría estudiar Enfermería, el sueño que acariciaba desde pequeña.

Tal vez se le hubiera borrado la sonrisa de la cara si hubiera reparado en una jovencita montada en un pura sangre, que los observaba desde lejos. Una mujer de una belleza exótica, porte soberbio, piel color caramelo y unos hermosos ojos verdes. Tras aquellos ojos seductores se ocultaba una mente cruel, una inteligencia afilada.

Al cabo de unos minutos de contemplarlos, la joven azuzó al animal, que salió galopando hacia el otro lado.

—¿Viste a esa muchacha, Imanol? ¡Qué extraño! Me produjo un desasosiego inmenso.

—Pues no. Deben ser alucinaciones tuyas. A veces la neblina nos juega malas pasadas —mintió él. Sabía muy bien de quién se trataba, pero no quería amargarse el día y, menos aún, amargárselo a Gabriela.

—Nos estuvo observando un largo rato —señaló la joven, con un resabio amargo en la boca.

—Será alguna turista. No olvides que en esta época la ciudad se encuentra abarrotada.

Gabriela decidió callarse, aunque sintió que una puntada de angustia se clavaba en su pecho.

*

Todos los veranos se encontraban los cuatro (Edurne, Gabriela, Imanol y Pedro) en San Sebastián. Se habían hecho grandes amigos. Además, durante aquel verano en particular, Pedro y Edurne se habían puesto de novios, como así también Imanol y Gabriela. A los cuatro les gustaba pasar las tardes en la playa, si el tiempo lo permitía. Entonces se embarcaban con Ibai, hijo de un pescador de la zona, quien les manejaba el bote y les hacía de guía en aquellas costas bravas.

Cuando el viento impedía sus correrías en la playa, realizaban excursiones por el bosque. La propiedad de los Aguirre Larreta era muy extensa; podían pasear en ella sin temor a ser descubiertos. Había dos cabañas bien equipadas. Como los miembros de la familia amaban salir de caza, en una de ellas se encontraban varias escopetas, todas engrasadas y cargadas, además de municiones, prismáticos y trampas de distintas formas y grosores. La otra cabaña se la había apropiado Imanol y la había convertido en su estudio de pintura. Desde niño dibujaba y pintaba con gran habilidad, captando con una o dos pinceladas la esencia de las personas. Tres líneas eran suficientes para retratar un rostro extenuado o unos ojos inquietos. Las palabras de su padre todavía resonaban en su cabeza cuando le confesó que quería ser pintor: “Es un oficio de vagos, de miserables, de perdidos. Serás la deshonra y ruina de esta familia”. Sin embargo, con el transcurso del tiempo, el hombre lo había dejado hacer siempre y cuando no descuidase sus deberes para con la familia. El patrimonio de los Aguirre Larreta era demasiado importante como para que solo Jaime, el hijo mayor, se ocupase de él. A Felipe, el tercero, se lo eximía de esas tareas por su salud delicada.

La cabaña era ideal para pintar, ya que había tres ventanales inmensos por donde entraba la luz a raudales. El olor del aceite de linaza que empleaba en las mezclas rebajadas con trementina impregnaba el lugar. Sobre una de las mesas había tarros con pinceles de diversos tamaños y espesores, tubos de pintura y varios bocetos dibujados a carboncillo y lápiz. Frente a uno de los ventanales, un lienzo cubría un caballete. Imanol estaba pintando en secreto un retrato de Gabriela. Lo pintaba de memoria, sería una sorpresa. Pensaba obsequiárselo cuando llegase el día de su santo, el veintisiete de febrero.

Cuando pintaba, se olvidaba de la noción del tiempo y, por eso, recibía un reto de su padre, a quien todo lo relacionado con el arte le parecían puras patrañas. Él necesitaba que sus hijos estudiasen leyes o comercio, para seguir expandiendo y protegiendo sus negocios, ya fuese el astillero en San Sebastián, la fábrica textil en Barcelona o las plantaciones de azúcar que tenían a medias con don Collazo, su socio cubano en aquella isla.

El noviazgo de Imanol con Gabriela contaba con el visto bueno de ambas familias. Se conocían desde pequeños y se movían en el mismo ambiente. Gabriela era la mejor amiga de Edurne. En cambio, Pedro Rojas vivía con sus abuelos en Barcelona y veraneaba en San Sebastián. Su madre había fallecido y el padre administraba las propiedades en la Argentina. Los abuelos estaban bien posicionados, pero no tenían el abolengo de los Aguirre Larreta o los Iribarren, quienes se codeaban con los miembros de la realeza española.

*

Victoria Collazo descendió del caballo con pericia. Vestía un traje de montar, confeccionado en terciopelo negro, que realzaba su figura sensual. Había nacido en aquellos climas, donde las niñas maduraban pronto, como las frutas. Sin embargo, jamás usaba las telas de colores vistosos que llevaban las otras nativas. Su color era el negro, que solía adornar en contadas ocasiones con alguna pasamanería en tonos blancos o marfiles. Se quitó el casco bruscamente y la larga y castaña cabellera se derramó por su espalda. Un mestizo de facciones color chocolate se hizo cargo del animal. Pasaba la temporada veraniega en España, al servicio de la familia Collazo. Lo habían traído desde Cuba, donde tenían extensas plantaciones de azúcar. La familia había usufructuado los beneficios de estos cultivos durante años, aunque en realidad el pilar principal de la vasta fortuna estaba cimentado en la trata de esclavos. El abuelo de la joven había sido un importante negrero, que había llenado las arcas de la familia por varias generaciones a costa de traficar con carne humana.

—Victoria, hija, ¿de dónde viene tan agitada? —La mujer elegante y hermosa la miraba con evidente preocupación. Su belleza era extraña, ya que por sus venas corría sangre negra. Era una cuarterona.

—Lo acabo de ver con esa chiruza, madre. No lo soporto. ¿Acaso padre no iba a hablar con don Aguirre Larreta?

La mujer vaciló antes de contestarle. Sabía que el carácter de Victoria era temible: intolerante y soberbio. Era evidente que lo había heredado de su marido.

—Sí, hace ya unos días que lo ha hecho.

Victoria la miró incrédula, mientras golpeaba suavemente la fusta contra su traje de amazona:

—¿Entonces?

—Hija, es evidente que el muchacho no tiene interés.

Victoria apretó los labios un instante para frenar un incipiente temblor en la barbilla. La ira había comenzado a crecer en su interior como una criatura que atenazaba sus pulmones, impidiéndole respirar.

—Eso no es posible. ¿Acaso no cree usted, madre, que soy más hermosa que la chiruza esa?

La mujer la miró fijamente antes de contestar. No había duda alguna de que la belleza de la joven era impresionante; tan solo los ojos verdes que resaltaban en su piel almendrada eran un rasgo digno de destacar.

—A veces la hermosura no alcanza, Victoria. Existen otros sentimientos. Además, usted tiene una lista interminable de excelentes pretendientes. —Suspiró acongojada. Estaba convencida de que el diablo plantaba la belleza con el único propósito de perder almas, tanto la de quien la padecía como las de aquellos que atraía. Inspiró y exhaló lentamente. Si tan solo su abuelo hubiese elegido distinto. De pronto se le llenaron los ojos de lágrimas. ¡No podía amar a aquella hija, y lo peor era que ella se daba cuenta! Jamás iba a poder con la culpa que la carcomía lentamente.

Victoria la interrumpió con un gesto de impaciencia y la dejó con la palabra en la boca. Mientras se marchaba, hizo sonar la fusta contra el suelo varias veces, levantando una considerable nube de polvo. “A otro perro con ese hueso, madre”, se dijo.

Una arruga de preocupación se dibujó en el semblante de la mujer. Temía los exabruptos de su hija, como así también su carácter indomable. Estaba segura de que, con el transcurso del tiempo, aquella vena cruel que caracterizaba a Victoria iba a convertirse en su arma más poderosa. Su marido la había educado con manga ancha desde pequeña y ahora cosechaban los frutos. Se lamentó profundamente, sabiéndose incapaz de ponerle un freno a su única hija.

Como una tromba, Victoria entró en el despacho de don Collazo. Aunque pasaban las vacaciones en San Sebastián para descansar y codearse con las familias españolas de prosapia, el hombre las aprovechaba para seguir cerrando negocios. Cuando la gente estaba descansada e indefensa, era el mejor momento para realizar los más ventajosos acuerdos. Sabía sacar muy buena tajada de cada oportunidad.

—Padre, ¿acaso usted no iba a hablar con don Aguirre Larreta? —Se sentó en unos de los cómodos sillones de Chippendale que adornaban el despacho. Nerviosa, siguió dando pequeños golpes con su fusta contra sus largas piernas.

—Hija, ¡deje de hacerse daño! —le ordenó él mientras buscaba, en una caja de madera de cedro español, un habano. Eran fruto de sus tabacales y de excelente calidad. Cortó el cigarro y lo encendió. Aspiró profundamente y luego se tomó su tiempo para exhalar el humo. La conversación que mantendría con ella seguramente no iba a ser de su agrado.

Un vaho de humo picante fue a dar contra la joven, quien no se inmutó. Por el contrario, inhaló una bocanada de este. Amaba el olor de los habanos. Siempre que podía le robaba alguno a su padre y se lo fumaba a escondidas.

Don Collazo comenzó a tamborilear los dedos contra el escritorio, gesto que indicaba que estaba nervioso por demás. Contrariar la voluntad de Victoria no era tarea de su agrado.

—La semana pasada me reuní con Aguirre Larreta —le dijo quedamente—. Le propuse estrechar lazos mediante un matrimonio. Le pareció una excelente idea.

Una sonrisa de complacencia iluminó el rostro de Victoria. ¡Por fin se casaría con Imanol!

El padre suspiró. Odiaba amargarla, pero no tenía más remedio.

—Escuche, Victoria, el señor Aguirre Larreta me propuso como candidato a su hijo mayor, Jaime. El que a usted le gusta está comprometido con una amiga de la familia.

El color desapareció de sus mejillas de un plumazo.

—Eso jamás, padre. A quien quiero es a Imanol. Si no me caso con él, no me casaré con nadie.

Don Collazo dio otra larga bocanada a su habano. Lo que más ansiaba en la vida era una casa llena de nietos. Su esposa no había podido tener más niños. Victoria era su única heredera y él pretendía casarla bien. Por eso le aconsejó:

—Las prisas se llevan mal con las contrariedades, hija. Ya veré qué puedo pergeñar para que usted pueda casarse con el tal Imanol.

Victoria se relajó. Confiaba plenamente en su padre. Así como era un as en los negocios, también conseguía a cualquier precio lo que se proponía en la vida. De pronto se dibujó en su rostro un atisbo de sonrisa.

—¡Ramona, Ramona! —gritó—. ¿Dónde se ha metido, negra del demonio? Venga rápido, que me tiene que planchar los vestidos nuevos.

—Ya voy, amita, ya voy —corrió, jadeante, la criada.

—¡Mire que es usted calamidad! ¿Dónde se había escondido? ¿Acaso no sabe que debe venir a mi encuentro apenas diga Ra…? —Disfrutaba observar el escalofrío de miedo que provocaba en las personas que la rodeaban. Le daba una sensación de poder que no cambiaría por nada del mundo.

La negra bajó la mirada. Estaba acostumbrada a los bruscos cambios de humor de su amita. ¡Qué remedio! Prefería aguantarla así de mandona antes que de malas. Bufando por lo bajo, se dijo: “A la amita le encanta ponerla a una como trapo e’ cocina”.

*

Aquella mañana Imanol se hallaba reunido con su padre en el despacho de la mansión.

—No insista, padre. No pienso casarme con esa tal Victoria. Estoy comprometido con Gabriela Iribarren, a quien usted, por si lo ha olvidado, aprecia mucho.

—Hijo, Dios es testigo que nada tengo en contra de Gabriela. Todo lo contrario, me parece una joven amable, educada, además de hermosa.

—Entonces, ¿qué me está pidiendo? —La indignación horadaba la mirada de Imanol.

Don Aguirre Larreta acusaba en su rostro el transcurso de las estaciones y las vicisitudes de su vida:

—El padre de Victoria Collazo me pidió expresamente que te cases con su hija. ¿Qué puedo hacer cuando están en juego mis negocios en Cuba? No olvides que somos socios y que él posee la mayoría de las acciones. Los negocios no van bien aquí en España. Tanto la fábrica como el astillero están dando pérdidas. Nuestros principales ingresos provienen de la isla. ¿Te imaginas lo que podría suceder si de pronto Collazo decidiese acabar con la sociedad? No puedo siquiera conjeturarlo, hijo. Además, también debo pensar en el futuro de tus hermanos. Felipe, con su enfermedad; Edurne, Jaime.

—¿Entonces quiere hipotecar mi futuro por los negocios? Me niego de plano, padre. Jamás me casaré con esa mujer. —Le dirigió una mirada cargada de desprecio. Nunca creyó que lo iba a poner en semejante predicamento.

—Recuerda que el tratamiento contra la tuberculosis de tu hermano Felipe es muy costoso.

Imanol apretó fuerte los puños y contuvo las lágrimas de rabia que pugnaban por escapar:

—No me obligue a tener que elegir, padre. No sé, convenza al señor Collazo de alguna manera. A usted lo que le han sobrado siempre son los argumentos. La hija puede desposar a Jaime o a Felipe. A mí, no. —Con esas palabras dejó el despacho.

Don Aguirre Larreta tragó saliva mientras ahogaba un suspiro. Se sentía atado de pies y manos. Su corazón había conocido el abismo con la temprana muerte de su esposa. Si algo le sucediese a Felipe… Ni siquiera podía suponerlo. Cabizbajo, se dirigió a la mesita donde estaban las botellas y se sirvió una copa generosa de coñac. Las dudas siempre se avivaban cuando uno iba en contra de lo que le dictaba el corazón. Sabía que no iba a ser justo con ese hijo suyo, aunque no tenía remedio. Se secó con el pañuelo bordado las gotitas de transpiración que perlaban su frente. A veces no importaba cuánto lo intentáramos: no podíamos proteger a nuestros seres queridos sin costo alguno. Estaba convencido de que torcer la voluntad de Imanol iba a ser más difícil que encontrar las minas del rey Salomón. Se terminó el resto del coñac y se sirvió otro. Nada mejor que el alcohol para ahogar las penas.

Isla de Cuba

1894

El día había ido naciendo bajo nubes bajas, cargadas de humo, como apretadas entre las montañas que se vislumbraban en el horizonte. Victoria cabalgaba a dos lados. Mientras lo hacía, sus cabellos sueltos se mecían con el viento. La acompañaban sus cuervos amaestrados, que no dejaban de dar vueltas graznando a su alrededor. Sus plumas oscuras y sus ojos negros brillaban contra el cielo. Cuando se cansaban de volar, descansaban en alguno de sus hombros. Ella siempre se encargaba de alimentarlos con insectos. Esbozó una sonrisa de satisfacción: pronto Imanol estaría en sus brazos. No albergaba duda alguna de que el hombre, más temprano que tarde, sucumbiría a sus encantos. “Seré su esposa por las malas o las peores”, se dijo. Había transcurrido más de un año desde que habían regresado a Cuba. Los planes habían salido tal y como lo había previsto su padre. Este le había enviado una carta a don Aguirre Larreta, intimándole a la unión de sus hijos Victoria e Imanol, so pena de finiquitar las sociedades en la isla. Collazo sabía muy bien que el imperio de los Aguirre Larreta se desmoronaría como un castillo de naipes si la amenaza se volvía realidad.

*

—Ay, amita. Cambie esa cara. Podemos hablá con la ña’ Jurema.

Victoria la miró rabiosa. Hacía días que esperaban carta de España, pero esta tardaba en llegar.

—¿Y por qué tendría que hacerlo?

—La ña’ Jurema e’ una santera muy importante. De seguro le tira los cocos y le adivina el futuro. Y si no le gusta, le puede hacer un amarre.

Victoria la miró dubitativa. Su padre siempre había hablado pestes de los negros y sus creencias; su madre, no. Desde pequeña le había hablado de los orishas, de los rituales caribeños que habían llegado desde el África a través de los negros. Tal vez se originaban en los rituales ancestrales de las pitonisas y las sibilas de las antiguas Grecia y Roma, que habían sido asimilados a los de otras culturas y, así, viajado por mares y continentes. La mujer no podía olvidar que su abuela había sido una esclava negra capturada en una de las redadas por traficantes de carne negra. Eso, Victoria no lo perdonaba.

La santera Jurema vivía en la plantación desde siempre; sin embargo, era la primera vez que Victoria se interesaba por ella.

—¿Un amarre? ¿Qué es eso?

—E’ cuando no la quieren a una, ¿vio? Entonce’ la Jurema le hace una poción mágica y en meno’ de lo que canta un gallo lo tiene al Imanol ese comiendo de su mano.

—¡Qué cosas dice, negra infeliz! Yo no necesito de esas yerbas para que se enamoren de mí.

—Pos a mí no me lo parece. Si el Imanol está bien enamorao de otra —terció Ramona.

Una súbita palidez se apoderó del rostro de Victoria. Sacó de su cintura el látigo y le dio unos azotes en las piernas:

—Negra del demonio, ¡la voy a matar si no cierra el pico! ¡Fuera de mi vista!

La criada no dudó en salir disparando mientras se repetía una y otra vez: “Mal paga el mandinga a quien bien le sirve”.

Victoria se quedó pensativa. La idea que le había dado Ramona no estaba nada mal. En lo profundo de su corazón, una vocecita le decía que Imanol jamás se iba a enamorar de ella por voluntad propia.

*

Unos días más tarde, con las indicaciones para llegar a la cabaña de la santera y una bolsa de cocos, ensilló su caballo y cabalgó hacia el lugar. Se fue alejando de la plantación e internando en el monte. Finalmente, cuando llegó, ató el caballo a una de las plantas y caminó hacia la cabaña, que estaba custodiada por una ceiba, el árbol santo. Golpeó las manos y, sin esperar respuesta, entró, corriendo la tela que estaba colocada a modo de puerta. Así le había indicado Ramona que hiciese.

Entrecerró los ojos, intentando adaptarse a la penumbra del lugar. Se sorprendió cuando advirtió una abundancia de bodegón en el recinto: yuyos de las plantas más variadas colgaban del techo y en las paredes; frascos con sustancias oscuras se apilaban en los estantes. Amuletos y talismanes, confeccionados con piedras preciosas y otras no tanto, ocupaban un armario destartalado.

Allí la recibió la negra más grande y obesa que había visto en su vida. Vestía una túnica blanca y un turbante del mismo color ocultaba sus cabellos. Iba descalza. La santera la observaba entre las bolsas de carne que rodeaban sus ojos. Jurema era una sacerdotisa de Ifá, la biblia no escrita de la Santería, los mandamientos de los dioses que llegaron a Cuba desde el África y también la fuente de todos los secretos de los espíritus y la adivinación.

—La estaba esperando —la saludó, con una suave cadencia al hablar que le erizó la piel.

—Aquí traigo los cocos para la ofrenda. —Ramona la había visitado con anterioridad y le había explicado lo que su ama necesitaba.

Una niña escuálida, con el cabello azul largo hasta el suelo, salió de uno de los rincones oscuros, se acercó a Victoria y agarró la bolsa. La niña tenía los ojos blancos: era ciega. Caminando a saltitos, le entregó la bolsa a la santera. La mujer la abrió y, despacio, fue depositando los cocos sobre el altar donde rendía tributo al dios del que todo procede.

—¿No puede ver? —La niña no le había despertado compasión, solo curiosidad. La compasión era algo que Victoria no estaba acostumbrada a experimentar.

La santera se demoró en contestar. Cuando lo hizo, le aclaró:

—A veces, a las personas que ven demasiado, el destino las compensa quitándoles la vista. —Se quedó unos minutos callada y luego le aconsejó—: Si usted quiere encontrar su destino, debe resolver su pasado. En su nacimiento está la verdad acerca de quién es usted.

Victoria la miró sin comprender.

—¿Qué quiere decir? No la entiendo.

—A mí no me corresponde develar ese secreto. Pero debe enfrentarlo para comprender la índole de su naturaleza y así poder actuar en consecuencia.

—¿De qué secreto me habla? —Victoria había comenzado a asustarse. Desde muy pequeña había sentido un gran vacío en su interior, pero únicamente lo había hablado con Ramona y ella siempre le cambiaba de tema. La santera no le contestó. Solo preguntó:

—¿Qué quiere saber? —Sus ojos escrutadores se clavaron en ella.

—Quiero saber si Imanol vendrá a Cuba. —Nerviosa, jugaba con su cabello. ¿Cuál era ese secreto que pendía sobre ella? Debería averiguarlo sin falta.

La santera partió los cocos mientras murmuraba, con sus labios gruesos y descoloridos, una oración ininteligible.

Pese a la distancia que las separaba, Victoria sintió que un escalofrío recorría su espalda cuando observó que los ojos de la mujer se ponían en blanco. Con seguridad se hallaba en trance.

Con un movimiento suave, la santera levantó los cocos y los tiró al piso: dos cayeron boca arriba y dos boca abajo.

—Sí, vendrá. —Su expresión era inescrutable—. Puede hacer otra pregunta.

—Quisiera saber si se enamorará de mí. —El corazón de Victoria palpitaba agitado, temiendo la respuesta que podría recibir.

La santera volvió a tirar los cocos; esta vez tres cayeron boca abajo y uno boca arriba. La miró y le respondió:

—El dios dice que es imposible. El hombre pertenece a una mujer, y ella, a él. —Se demoró unos instantes y agregó—: Este designio está forjado desde hace mucho tiempo, antes de que fueran siquiera una sombra de vida.

Victoria enrojeció hasta las orejas, aunque logró reprimir el estallido de furia que le temblaba en los labios. Sentía los latidos de su corazón resonando como latigazos en su interior.

La santera se guardó de decirle que algo malo estaba por venir. Se jaló de las orejas para ahuyentar el mal y Victoria la imitó. Luego tomó otro coco, lo abrió y le dio de beber el agua.

—Debe haber algo que podamos hacer. Quiero casarme con Imanol. Quiero que sea mi esposo.

La santera le indicó con un gesto que se callase:

—Cuando él llegue a estas tierras, haremos un amarre poderoso y… peligroso —agregó.

—¿Peligroso? ¿Cómo? —preguntó asustada.

—Los dioses pueden pedir algo a cambio. Algo que a usted le importe mucho.

—Pues se lo doy. Mi familia es lo suficientemente rica para poder pagar cualquier precio.

Entonces, la niñita de cabellos azules le dijo:

—Le pedirán lo que no se puede comprar con dinero. Tal vez un pedazo de su propio cuerpo.

—¿Cuál? —preguntó estupefacta.

La niña la observó con unos ojos que no podían ver, pero que sabían escudriñar dentro del alma:

—Puede ser uno de sus ojos verdes.

Victoria la miró horrorizada. ¿Cómo era posible que la ciega supiese que sus ojos eran verdes? Por un momento tuvo la impresión de que la niña no era una niña, sino un ser malvado y perverso.

—¿Entregar un ojo a cambio del amor de Imanol? ¿Usted me lo asegura?

La niñita emitió un gorjeo con una voz clara y cristalina.

—¡Claro que no! Es usted la que debe tomar el riesgo —habló la santera.

Victoria había palidecido. ¿Valía la pena perder uno de sus hermosos ojos por el amor de un hombre? Si era por Imanol, sabía que sí.

—De acuerdo. Así se hará.

—Espere aquí. —Fue hacia uno de los rincones oscuros de la habitación y regresó con un cuchillo de plata, unos yuyos y una tira de cuero.

—Deme su mano —le ordenó. Ante la vacilación de Victoria, la santera le dijo—: Está a tiempo de arrepentirse.

Victoria no estaba acostumbrada a tener miedo. Contadas veces en su vida lo había sentido. Por eso, el terror que estaba experimentando en aquellos momentos era nuevo. Temblando, le extendió la mano.

Mientras la mujer le hacía un corte limpio en la palma, y otro en la de la niña de cabellos azules, trataba de consolarse pensando en uno de los dichos de su padre: “Hay veces en que se debe saber elegir las batallas con que uno va a ganar la guerra”.

Con intensa concentración, la santera unió las dos palmas sangrantes con los yuyos y las ató con el tiento de cuero. Mientras tanto, murmuraba una plegaria.

Victoria sintió el inmenso poder de la magia corriendo por sus venas como un halo gélido, congelándole las entrañas, enfriándole la sangre y el corazón.

La niña de cabellos azules hasta el suelo, clavándole esos ojos vacíos y con voz cantarina, habló:

—Luego de la noche de calenda, traiga un mechón de los cabellos de su hombre. Mi abuela le hará su pócima de amor.

La noche de calenda era aquella en la que se escuchaban los tambores Batá, cuando los negros se reunían a bailar y practicar sus ceremonias religiosas. Los dueños de las plantaciones jamás las habían prohibido, a pesar del miedo espeluznante que les producían el sonar de los tambores y las danzas desenfrenadas.

Victoria no pudo ocultar su sonrisa. Estaba segura de que jamás perdería su ojo. Imanol sucumbiría a sus encantos sin necesidad de grandes sacrificios. Sacó de una alforja que llevaba colgada en su cintura varias monedas de oro y las dejó sobre la mesa. Satisfecha, abandonó la cabaña y se dirigió hacia donde había dejado su caballo. Entonces se dio cuenta de que el lugar estaba envuelto en un manto de silencio. No se escuchaban los pájaros, ni sus cuervos, que siempre la seguían. Nuevamente sintió miedo. Por eso, espoleó al animal y salió al galope. No fue sino a varias leguas de distancia cuando pudo recuperar nuevamente el ritmo de su respiración.

*

Cuando Victoria se marchó, la santera le dijo a su nieta:

—Así como el amor ilumina algunos corazones, en otros lo único que hace es arrojar largas sombras.

—El corazón de esa mujer está enfermo, abuela, huele a muerte, a perversidad. —La niña de cabellos azules hasta el suelo se acercó a la santera.

—Hay venenos que penetran el alma y la enferman, mi niña. La maldad, el odio y los celos son algunos de ellos. Mucho me temo que todos ellos habitan en esa muchacha. Ya sabemos quién ha sobrevivido. Alcánzame nuevamente los cocos —le pidió.

Cuando la niña de cabellos azules hasta el suelo lo hizo, sin querer se raspó con el filo de un hueso y la sangre comenzó a mancharle la ropa. La santera le dijo mientras la curaba:

—La herida de sangre se cura; la del odio, no.

Apenas terminó la curación, volvió a tirar los pedazos de coco. Sabía que los demonios estaban alertas y que sus presas más fáciles eran las almas golpeadas y despechadas. Esta vez, los cuatro cayeron boca abajo. La santera se santiguó. Ahora era Oyékun el que hablaba, y lo hacía para vaticinar una muerte. Entonces la mujer encendió una vela por los muertos por venir.

*

Ni bien Victoria regresó a la plantación, fue directo al cuarto de costura de su madre, donde esta pasaba largas horas tejiendo o haciendo bordados interminables. Entró como una tromba y le espetó:

—Madre, ¿qué secreto se me oculta en esta casa? ¿Qué tiene que ver mi nacimiento en todo esto? —Las palabras le salían a borbotones.

La piel de la mujer palideció, perdiendo ese hermoso color caramelo, que se transformó en un tono verdoso:

—¿De qué me habla, hija? —Su voz temblaba.

—Dígame ese secreto o se lo sacaré a la fuerza. —Victoria estaba decidida a dar con la verdad.

Su madre la miró de hito en hito. Sabía que a Victoria no le temblaría el pulso si quería averiguarlo por las malas. Miró la fusta en su mano y, por un momento, temió lo peor. Sacando fuerzas de flaquezas, le contestó:

—Ocurrió hace muchísimo tiempo. Sin embargo, lo recuerdo como si fuese hoy mismo.

—¿Qué es lo que recuerda, madre? —la interrumpió, violenta—. Sea clara —ordenó, mientras golpeaba la fusta contra sus piernas.

La mujer exhaló un suspiro de resignación y comenzó a hablar:

—El día de su nacimiento fue el más feliz de mi vida… ¿Sabe? Usted no fue hija única. Ese día también nació su hermana.

Los ojos de Victoria se abrieron como platos:

—¿Cómo que tuve una hermana? ¿Y dónde está?

—Está muerta, la pobrecita. —La congoja se dibujaba en el rostro de la cuarterona.

Victoria se quedó paralizada. Jamás se había imaginado que podía haber tenido una gemela.

—¿De qué murió? ¿Acaso contrajo alguna enfermedad?

La madre no pudo evitar estallar en llanto:

—No, no… La mataron.

—Pero ¿qué dice? ¿Cómo que la mataron?

A la madre le costaba encontrar las palabras. Finalmente le explicó:

—Mi abuelo lo hizo. Y casi acaba también con su vida, hija. La pudimos salvar gracias a la madre de Ramona, que fue en busca de ayuda.

Victoria sintió de pronto un miedo espantoso. Un miedo paralizante que trepaba por sus venas, por sus nervios, por su cuerpo fibroso.

La mujer continuó:

—Mi abuelo creía que los gemelos no podían vivir. Para él y para los suyos, uno de ellos encarnaba el bien, y el otro, el mal. Por eso era necesario quitarles la vida a ambas.

Victoria estaba demudada. Siempre había sentido que estaba incompleta. Ahora comenzaba a comprender.

—Por eso, con su padre, no quisimos más niños. Temíamos que nacieran nuevamente gemelos.

—Lo que me está diciendo es un horror. Es decir que, si no hubiese sido por una esclava, hoy yo estaría muerta. ¿Y qué hizo padre?

—Su padre mandó matar a mi abuelo y a los ancianos de la plantación. —Las lágrimas caían por el rostro de la madre—. Colgó sus cuerpos en la entrada durante mucho tiempo, para que sirvieran de escarmiento. Solo después de varios meses se les pudo dar cristiana sepultura. Nos fuimos de la plantación y no regresamos durante años. Su padre estaba aterrorizado, Victoria, temiendo que alguien pudiese hacerle daño.

—Pues felicito a padre de todo corazón. Matar a una inocente por unas creencias estúpidas merece eso y mucho más. Si hubiese sido por mí, tiraba los huesos de esos malnacidos en el chiquero. —Ahora el miedo había desaparecido para dejar paso al dolor, al enorme vacío que habitaba en su interior.

—No diga eso, hija, por favor. Eran sus creencias. —Hizo una pausa y le rogó—: Le suplico que no lo hable con él. Sería remover antiguas heridas.

—Me doy cuenta de que mi padre la debe amar demasiado. Yo hubiese acabado con toda su estirpe. —Su voz gélida destilaba veneno. Le dirigió una mirada despectiva—: Tenga bien presente que no callaré por usted, sino por mí. Ya me señalan por ser hija de una cuarterona. No quisiera empezar a escuchar que soy la gemela malvada. —De un portazo abandonó el salón de costura para ir a las caballerizas. Ahora entendía muy bien su naturaleza torcida. Necesitaba tomar aire y poner en orden sus ideas.

La madre se quedó abatida. No era la primera vez que deseaba que su abuelo hubiese matado a esta hija en lugar de a la otra.

*

Aquella misma semana, Victoria comenzó los preparativos para la futura llegada de Imanol. Había decidido no escarbar en el tema de su nacimiento. ¿Para qué? Tenía que planificar su vida futura, y esa era junto a él. Intuía que no iba a pasar mucho tiempo hasta que el joven pisase el suelo cubano. La carta amenazadora que le había enviado su padre a don Aguirre Larreta había sido contundente. Ahora solo había que esperar. En su último viaje a Europa, antes de regresar a Cuba, había visitado con sus padres la ciudad de París. Allí había encargado un ajuar digno de una princesa: el vestido de novia, la ropa interior bordada con encaje chantilly y lazos de satén, vestidos para la mañana y otros de fiesta, zapatos, guantes, los sombreros de última moda, adornados con animales, plumas y distintas pasamanerías. Todo había costado un Potosí, pero su padre no había dicho ni pío. Cumplía a rajatabla cualquier deseo de su caprichosa hija. Sería la esposa de Imanol Aguirre Larreta a como diese lugar.

Montó nuevamente y se dirigió a la hacienda. A la mañana siguiente viajaría a la ciudad en busca del preciado ajuar, que había llegado en uno de los barcos de su padre. Además, debía retirar las sábanas y toallas que se había hecho bordar por las monjitas con las iniciales de Imanol y las suyas. Una sensación placentera se desparramó por su cuerpo.

*

Victoria abandonó el barco con una sonrisa de satisfacción. Todo había llegado tal como ella lo había ordenado. Luego de hacerse de provisiones, viajaría a “La Alborada” por mar.

La plantación estaba ubicada en Matanzas, entre La Habana y Cienfuegos. A su padre no le hacía gracia que ella se moviese a su aire. Las partidas de insurrectos pululaban por los caminos, asaltando y matando a quienes se enfrentasen a ellos. Sin embargo, Victoria era temeraria. Cuando algo se le ponía entre ceja y ceja, nadie en su sano juicio la detenía.

La primera revuelta independentista en Cuba contra el poder español había comenzado en 1868. En realidad, el primer acto insurgente fue más bien político. Consistió en la redacción de un manifestó denominado “Cuba libre”, por la clandestina Junta Revolucionaria, en el que se anunciaba la abolición de la esclavitud en la isla.

Los españoles, poco a poco, se vieron afectados por estos actos. La colonia seguía siendo para España un importante mercado de productos: harinas, jabones, arroces, azúcar, tabaco.

Los peninsulares que habitaban la isla consideraban los actos independentistas una afrenta a su poderío económico. Los criollos, una salida para sus intereses políticos y económicos; para los negros y mulatos, eran la esperanza de alcanzar una efectiva y auténtica libertad.

Victoria montó el caballo que había dejado preparado y salió al galope rumbo a la ciudad. Cuando estuviese en el barco pensaría con más tranquilidad en las palabras de la santera.

CAPÍTULO 2
POR LAS MALAS O LAS PEORES

San Sebastián, 1894

Padre, ¿qué me está pidiendo? Es imposible que viaje a Cuba. Usted bien sabe que en unos pocos meses me caso.

Imanol hablaba con una firmeza que no dejaba lugar a duda alguna. Don Aguirre Larreta bajó la mirada. Temía que su hijo pudiera leer en ella el terrible dolor que lo oprimía.

—¿Acaso me crees inhumano como para privarte de tu matrimonio? La verdad es que no tengo a nadie para pedirle semejante favor. Simplemente me encuentro acorralado.

—Pídaselo a Jaime. Estoy seguro de que él aceptará gustoso viajar a las plantaciones. Se siente como un pez en el agua haciendo negocios.

Don Aguirre Larreta sacó del bolsillo del traje su pañuelo y se lo pasó por su cabeza calva para secar las gotitas de transpiración. Sabía muy bien que lo estaba traicionando y tal vez lo pagaría muy caro el resto de su vida. Pero los negocios naufragaban y no se podía dar el lujo de tirarlos al traste, más cuando estaba de por medio la salud quebrada de Felipe. Era impensable mostrarse débil con Imanol, a quien veía como la única solución a sus problemas. Además, estaba la maldita carta de su socio… Escogió con cuidado las palabras:

—Hijo, tu hermano Jaime ya se ocupa del astillero y de la fábrica textil, que están atravesando serias dificultades. No le puedo pedir más. —Recuperó el aliento antes de proseguir—. Serán tan solo unos pocos meses. Arreglas los asuntos por allá y luego regresas.

Imanol apretó los puños con fuerza. ¿Cómo le explicaría a su novia ese viaje repentino? ¿Qué excusa podría darle? ¿Y si ella decidía romper el compromiso? Estaba en todo su derecho. A Gabriela lo que le sobraba eran pretendientes. Su belleza se había ido intensificando con los años, hasta convertirse en una auténtica preciosura. El retrato de la joven ya estaba terminado. Se había demorado mucho más de lo pensado, pero había quedado impactante. Había logrado plasmar en su rostro aquel gesto salvaje, a la vez que inocente, ignorante de su propia fuerza; con los músculos en tensión, como los animales salvajes que están al acecho, bellos pero peligrosos. Se mordió el labio inferior. Estaba al tanto de la situación en Cuba. Cuando se prohibió la esclavitud en la isla, las plantaciones sufrieron pérdidas económicas muy significativas. Con mano de obra barata, era casi imposible sacar adelante los cultivos. Sabía que Collazo le había escrito a su padre explicándole el problema. Si su hermano no podía viajar, no le iba a quedar más remedio que hacerlo él.

—Está bien, padre. Si no hay otra alternativa, iré. —Aceptó cabizbajo, pensando cómo se lo diría a su novia.

Cuando salió del despacho, don Aguirre Larreta se mantuvo alerta oyendo los pasos de su hijo que se alejaban de la puerta. Con el deseo infinito de gritarle que lo desoyera, que no le hiciera caso, se desplomó en el sillón. Otras fuerzas que no eran suyas, y sobre las que no tenía voluntad, lo obligaban a quedarse allí sentado, amarrado a su propia desesperación por tener que traicionar a su retoño.

*

Aquella mañana las jóvenes se encontraban en casa de Gabriela:

—¡Ay, amiga, estás preciosa! El vestido de novia te queda pintado —le decía Edurne, mientras observaba cómo la modista, con sus ayudantes, le hacía los retoques necesarios: una alforza por aquí, el ruedo más alto por allá.

Gabriela había decidido usar el vestido de su difunta madre. Sus tías lo habían guardado con mucho cuidado y todos los años lo aireaban y colgaban al sol para evitar que amarilleara. Finalmente había llegado el momento de poder lucirlo. El vestido era una joya: de satén blanco con detalles de encaje chantilly en el cuello y los puños. La larga cola se desplegaba por el suelo como si fuera la de un pavo real.

Edurne resplandecía de felicidad. Ver a su mejor amiga casada con su hermano preferido era su anhelo más deseado. Aquel verano ella también le daría el sí a Pedro Rojas. Finalmente, su padre había cedido ante su insistencia y, luego de corroborar que los Rojas estaban bien posicionados, les permitió casarse. Lo que Edurne ignoraba era que don Aguirre Larreta quería, de ese modo, acallar su conciencia. Al menos, que uno de sus hijos fuese feliz.

Una vez que finalizaron con las pruebas del tocado y también las del velo, las jóvenes se dirigieron a la cocina. Allí les sirvieron tazones humeantes de leche con pan y dulces.

—Todavía estoy sorprendida con la decisión de tu padre —comentó Gabriela mientras untaba su pan con miel—. No me malinterpretes, amiga, pero jamás pensé que te lo iba a poner tan fácil. Siempre creí que iba a armar una Marimorena.

Edurne dejó de beber su leche y dijo:

—No te creas, que para mí también fue toda una sorpresa. Supuse que todo iba a acabar como el rosario de la aurora. Si hasta pensamos en fugarnos con mi Pedro. —Se encogió de hombros—. La verdad es que no entiendo nada. Tan solo te puedo decir que tengo un oscuro presentimiento.

Gabriela se hizo la señal de la cruz:

—Tú y tus visiones me causan escalofríos. —Edurne le había confiado que poseía un don especial: podía presentir las muertes violentas. Era un don que heredaban las primeras hijas mujeres de la familia Aguirre Larreta y que pasaba de generación en generación a la muerte de su antecesora. Ella lo había recibido al morir su madre. Gabriela la había escuchado en silencio y había jurado no divulgar su secreto. Como buena donostiarra, estaba acostumbrada a las creencias y los mitos ancestrales donde la muerte, o el temor a su llegada, se convertía en el centro de la vida. Desde los tiempos antiguos, toda la zona a ambos lados de los Pirineos había sido considerada mágica.

Edurne musitó:

—No me hagas caso. Ya sabes cómo soy. —Prefirió guardarse que desde hacía ya varios días tenía una angustia tan grande que le dificultaba la respiración. Sin embargo, decidió no alarmar a su amiga. Tal vez fuesen solo exageraciones suyas.

Paquita, la criada, entró e interrumpió la conversación.

—Señorita Gabriela, su prometido la espera en la sala.

Los ojos de Gabriela se iluminaron de inmediato.

—Dile que me tardo tan solo unos minutos. —Dirigiéndose a Edurne le preguntó—: ¿Me cambio el vestido? ¿Tengo en orden el cabello o está despeinado?

—Estás perfecta —le dijo, riendo. Aunque Gabriela se vistiese con trapos, no podría ocultar su belleza.

—No, no. Me rehago el peinado y voy. Anda, ve y entretenlo un poco hasta que me aliste.

Edurne dirigió una mirada a los cielos y pensó “¡Santa paciencia!”. Con una sonrisa fue al encuentro de su hermano.

La sala estaba exquisitamente decorada con tapices, alfombras y muebles delicadamente trabajados. Los ventanales amplios estaban abrazados por cortinados de un suave tono verdoso.

Apenas vio a Imanol, la sonrisa de Edurne se borró de sus labios. El rostro de él estaba sombrío y sus ojos la esquivaban. Entonces comprendió que sus presentimientos se iban a volver realidad:

—¿Qué ocurre? Por tu cara veo que no traes buenas nuevas.

Imanol le refirió escuetamente el pedido de su padre. Edurne sintió una puntada de tristeza por su amiga. ¿Cómo reaccionaría? Decidió dejarlos solos.

—Gabriela.

La voz de Imanol hizo que el corazón de Gabriela saltara de la emoción. A pesar de amarse desde niños, siempre le pasaba lo mismo en su presencia. No pudo reprimirse y se lanzó a sus brazos.

—¡Imanol! ¡Ni imaginas cuánto te he extrañado!

Las caricias y abrazos se perdían en sus cuerpos sin recato. Él le besó los labios como si le fuese la vida en ello. Entonces, bajó los ojos, aflojando el abrazo y dejando caer sus brazos, hasta el momento aferrados a su espalda. Gabriela comprendió que algo no estaba bien.

—¿Qué pasa, cariño? ¿Por qué ese ceño fruncido?

—Ha surgido un imprevisto, amor. Debo viajar a Cuba. —Su voz salía quebrada.

Ella tragó las lágrimas que pugnaban por salir:

—¿A Cuba? ¿Tan lejos? ¿Y nuestro matrimonio? ¿Cómo puedes irte faltando tan poco?

Imanol clavó sus ojos en los suyos, como si quisiese beber su mirada:

—Me lo ha pedido padre como un favor especial. Hay situaciones que están amenazando nuestras plantaciones en la isla. Mi hermano no puede viajar, la fábrica y el astillero consumen todo su día, además de las amenazas de huelga. Y en cuanto a padre… ya sabes cómo está.

Gabriela sí que lo sabía. Era testigo de cómo el hombre se iba marchitando en silencio. Sin embargo, una voz en su interior le obligó a preguntar:

—¿No tendrá nada que ver Victoria Collazo con este viaje repentino?

Él la miró sorprendido. Hacía ya mucho tiempo que le había contado los planes del padre de Victoria para casarla con él y cómo los había rechazado. Pero no se le había pasado aquella idea por la cabeza en ningún momento.

—No, no lo creo. Padre no me pondría en semejante predicamento. La situación en la isla es muy precaria. Los conflictos están a la orden del día.

—Entonces, ¿por qué viajas si es tan peligroso? —Llevándose la mano al corazón, agregó—: Tal vez no volvamos a vernos.

Imanol la acercó a su cuerpo y la abrazó.

—¿Cómo puedes decir eso, Gabita? ¿Acaso no sabes que te amo? Tú eres la razón de mi vida, no sabría vivir si no es a tu lado. Solo serán unos meses. Voy a regresar justo para la boda. —Tomó su cara entre las manos y le dio un beso en la boca. Un beso profundo, cálido y apasionado. El último en mucho tiempo.

—Te estaré esperando.

Imanol sabía decirle más con sus besos que todas las cartas d

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