Hilde
Marzo de 1951
Suena como un disparo. La vajilla tintinea, el suelo tiembla y las paredes vibran. Enfrente, junto a la puerta giratoria, el yeso se desprende del techo. Dura tan solo tres o cuatro segundos y luego cesa. Hilde se queda petrificada junto al mostrador de las tartas sosteniendo firmemente la bandeja con dos desayunos para la mesa siete.
En la sala, una mujer grita histérica:
—¡Vienen los rusos! ¡Granadas antitanques! ¡Al sótano!
Un niño empieza a llorar con fuerza al tiempo que se oyen murmullos y exclamaciones de asombro. Las miradas se dirigen hacia arriba, donde las lámparas colgadas se balancean. De pronto alguien se echa a reír.
—¡Un terremoto! ¡Será posible!
Hans Reblinger es el primero en darse cuenta. Solo ha sido un terremoto.
Hilde se siente aliviada, aunque al mismo tiempo empieza a palpitarle el corazón a toda velocidad; hasta ahora no había reaccionado ante el susto. Algunos clientes se levantan y salen corriendo a la Wilhelmstrasse. Bunte, que duerme en el cesto del rincón, ni siquiera se ha despertado.
—¡Un terremoto! ¡Qué barbaridad! —dice Finchen, la camarera.
Tras el mostrador de las tartas, Finchen sostiene con las dos manos la bandeja de porcelana con la tarta de nata y chocolate que acaba de sacar de la vitrina. Deja un momento la bandeja y coge la paleta para servir de un recipiente con agua, dispuesta a cortar tres trozos. Pero al ir a cortar el primero, se detiene.
—¡Madre mía! ¿Ha visto eso, señora Perrier?
Hilde sirve por fin el desayuno a las clientas de la mesa siete. Ya son más de las diez, y las dos jóvenes actrices tienen que irse enseguida al teatro de enfrente porque los ensayos están a punto de empezar. Dos panecillos frescos con un poco de mantequilla, mermelada y miel, y una taza de café en grano. El total asciende a noventa peniques; en realidad, casi salen perdiendo, pero los sueldos de las principiantes son muy bajos y ellos quieren que los artistas se sientan en el Café del Ángel como en casa. Al menos eso es lo que quiere Heinz, el padre de Hilde.
—Bueno, a pesar de lo sucedido, os deseo buen provecho. Que lo disfrutéis.
—Gracias… ¿Ha visto ya eso?
Karin Langgässer, la joven actriz, señala con el dedo hacia el mostrador de las tartas, y cuando Hilde se vuelve, apenas da crédito a lo que ven sus ojos. El cristal de la vitrina se ha resquebrajado de arriba abajo; parece una telaraña dibujada con un punzón de acero.
—¡Oh, no! —dice Hilde en voz baja.
Tras el mostrador, Finchen deja nuevamente la tarta y mira a Hilde con un gesto de preocupación.
—¿Será posible? —dice, mientras Hilde pasa los dedos por el cristal de la vitrina—. Ha resistido todos los bombardeos, y ahora, con ese pequeño temblor, va y se rompe. ¡Ay, Dios mío, cuando lo vea la señora Koch!
En el café todo el mundo habla en voz alta; la puerta giratoria está en continuo movimiento porque los clientes vuelven de la calle. Al parecer, en el barrio de Quellen se ha derrumbado un muro que estaba en ruinas, y una mujer que iba con dos niños pequeños se ha salvado por los pelos. Una bicicleta aparcada con dos bolsas de la compra se ha caído, y junto al establecimiento de enfrente, el Café del Rey, hay varias tejas en la acera. Esta última noticia también ha llegado a oídos de la madre de Hilde, que ahora sale de la cocina con el delantal manchado de harina todavía puesto, porque ha estado preparando un pastel de chocolate.
—Echa un vistazo ahí fuera, Hilde —dice preocupada—, no vaya a ser que a nosotros también se nos hayan caído algunas tejas.
—No me extrañaría nada —contesta su hija.
Fuera, completamente ajeno a lo sucedido, luce el sol de principios de primavera. En los bancos del Zum Warmen Damm hay gente sentada con abrigo y sombrero, dejando que los rayos del astro rey calienten sus pálidos rostros invernales. En los arriates florecen rosas del azafrán amarillas y blancas, y los bulbos de color verde lima de los primeros tulipanes asoman por la tierra. Enfrente, delante del Café del Rey, dos camareros colocan varias mesas y sillas plegables, mientras un chico recoge las tejas rotas y las echa en un cubo. Hilde saluda con la cabeza a los camareros y, para sus adentros, piensa que nadie se sentará fuera a tomar café con el frío que hace en marzo. ¿O sí? El Café del Rey, que lleva dos años provisionalmente instalado en un edificio cercano al Café del Ángel, es una pesadilla para ella y para su familia. No es que tengan nada en contra de la competencia; eso anima el negocio, como les gusta decir a algunos. Hay un montón de cafés más grandes y más pequeños en Wiesbaden; gracias a Dios, por fin van mejorando las cosas después de los años tan malos de la posguerra. Pero Egon Mayer-Schulte, el propietario del Café del Rey, se empeña en robarles la clientela. Lo intenta por todos los medios, y no siempre a la distinguida manera inglesa.
Mientras contempla los muros recién revocados de su casa y descubre una grieta, alguien la llama por su nombre.
—Eh, Hilde, ma petite colombe. ¿Va todo bien? Hemos oído un estruendo…
Hilde alza la vista y distingue a su marido en el tragaluz del piso de Sofia Künzel. Jean-Jacques se ha puesto un gorro en punta hecho con papel de periódico con el que se tapa su negra mata de pelo rizado. La cabeza gris de Addi, cubierta con un pañuelo azul y blanco con los cuatro extremos anudados, aparece ahora a su lado. Los dos están haciendo reformas en la casa de Sofia, mientras la inquilina imparte clases de piano en el conservatorio.
—Ha sido un terremoto —grita Hilde hacia arriba—. ¿Está todo bien por ahí arriba?
—Casi todo —dice Addi—. Solo hemos tenido un problema con un pequeño cubo de pintura blanca…
—Ay, madre, ¿se os ha caído?
Jean-Jacques, fiel a su carácter apasionado, se echa a reír alegremente. Es una persona que todo lo vive con gran intensidad: amar, reír, discutir, enfadarse y reconciliarse.
—¡Qué va! —dice—. ¡Lo he atrapado!
—El cubo sí —apostilla Addi con una sonrisita—. Pero la pintura no.
Después de suspirar, Hilde vuelve rápidamente al café. Algunos clientes han pedido la cuenta, Finchen recoge las mesas y limpia con un cepillo las migas de los manteles blancos. El padre de Hilde, que estaba arriba tomándole la lección a su hijo August, acaba de bajar. El hermano de Hilde, que fue hecho prisionero de guerra —pero no por los británicos, como se sospechaba primero, sino por los rusos—, fue liberado hace menos de un año. Cuando llegó, con las mejillas hundidas y la tez gris, su aspecto era terrible; casi no se le reconocía. Pero gracias a los cuidados de su madre, se ha recuperado bien y ha reanudado la carrera de Derecho en Frankfurt. Ahora se pasa el día estudiando para un examen importante. Quiere independizarse lo antes posible para no seguir viviendo a costa de sus padres.
El padre de Hilde se desespera mucho cuando ve la vitrina en ese estado. No para de menear la cabeza; pasa la mano por el cristal y se lamenta de lo difícil que va a ser encontrar un cristalero que sepa reemplazar el vidrio roto.
—Lo que hace falta ahora es una vitrina nueva, papá —dice Hilde al pasar—. Con iluminación eléctrica y refrigeración incorporada. Como en América.
Su padre hace un gesto de rechazo con la mano que más o menos significa «ni hablar». A su madre tampoco le convence la idea. En ese aspecto los padres de Hilde, por desgracia, están de acuerdo: todo debe seguir como ha estado siempre. Para lograr hasta el más mínimo cambio, Hilde ha de esforzarse mucho. Al mismo tiempo, sus padres son conscientes de que se están quedando sin clientes. El Café del Rey de enfrente es amplio y luminoso y tiene ventanales y macetas con plantas exóticas; esas cosas gustan a la gente de hoy en día…
—Más vale que te ocupes del almuerzo —sugiere su padre, para poner fin al molesto tema de la modernización del local.
Hilde menea la cabeza y lleva los cubiertos a la cocina.
—Hoy le toca a mamá…
Los tiempos en los que su madre hacía la cena para todos los vecinos de la casa han quedado ya muy atrás. Sofia Künzel y Julia Wemhöner se las arreglan solas; Hubert Lindner también ha encontrado un cuartito y aparece muy de tarde en tarde por el café. Luisa vive con su marido, Fritz Bogner, en un piso pequeño del barrio Bergkirchen y de vez en cuando echa una mano en el café. El año pasado, Edith von Haack y su empleada Grete Kruse encontraron alojamiento en un piso pequeño de nueva construcción; desde entonces no se ha sabido nada de ellas. Aunque lo cierto es que en la casa de los Koch no las echan mucho de menos. En su lugar, ahora se sientan a la mesa August y Wilhelm, los dos hermanos de Hilde. Wilhelm regresó ya a finales de 1946 de su cautiverio americano y, durante este tiempo, ha terminado los estudios en la Escuela de Arte Dramático de Frankfurt. Por contentar a sus padres, después de dudarlo mucho, ha aceptado que le contraten como actor en el Teatro Estatal de Wiesbaden, donde al parecer tiene mucho éxito, al menos entre el público femenino, pues a menudo se presentan en el Café del Ángel damas jóvenes y señoras mayores que preguntan con mirada ardiente por el señor Willi Koch. Y luego sacan del bolso el folleto del programa y lo dejan avergonzadas encima de la mesa, deseando que les firme un autógrafo.
La comida del mediodía se sirve a las doce y media en punto, unas veces arriba, en casa de Hilde y Jean-Jacques, que ahora ocupan el antiguo piso de August, y otras veces abajo, en casa de los padres. A estas alturas ya son ocho personas en la familia porque Hilde, a finales de 1946, tuvo gemelos. Frank y Andi ya casi tienen cinco años y el año que viene, por Pascua, empezarán el colegio.
La madre de Hilde echa un vistazo al viejo reloj de pie de la sala del café y asegura que todavía son las once menos cuarto y que le queda suficiente tiempo para preparar la comida.
—Por desgracia te equivocas, querida —dice el padre de Hilde, mirando su reloj de pulsera—. Son las once y media.
—¿Qué?
El viejo y querido reloj de pared se ha parado. El terremoto ha detenido el péndulo y ahora el reloj marca la hora a la que esa mañana ha temblado la tierra durante unos segundos. Las once menos cuarto.
La madre de Hilde, que pese a toda su energía no deja de ser supersticiosa, se lleva la mano a la boca y susurra angustiada:
—Ojalá no signifique nada malo.
—Claro que es una mala señal —replica Hilde irónicamente—. Significa que hoy la comida no estará lista a su debido tiempo.
—¡Eso es lo que tú te crees! —responde su madre mientras se quita el delantal y atraviesa corriendo la cocina para subir a casa.
Efectivamente, a las doce y media la sopera llena ya está en la mesa de la sala de estar, que hace también las veces de comedor. Han puesto cubiertos para diez personas porque hoy se apuntan a comer con ellos Addi y Luisa. Esta ha estado con los gemelos en el parque del Balneario y solo quiere picar algo antes de bajar al café para echar una mano a Finchen. Heinz, el padre de Hilde, ya se ha sentado a la mesa, mientras su mujer va a buscar a la cocina sal, pimienta y el frasco de condimento Maggi, que tanto les gusta a todos, y Hilde decora con bolitas de mantequilla, azúcar y harina el pudin de chocolate que hizo el día anterior. Del piso de arriba llegan unas enérgicas voces infantiles.
—¡Están limpias, papá!
—¿Limpias? Montre voir! ¿Dónde están limpias?
—Pues por todas partes, por arriba, por abajo, en el medio…
—Aún están sucias. Vamos todos al cuarto de baño. Papá también tiene que lavarse las manos. Regarde: las tengo todas blancas de la pintura.
—Pero si el blanco no es sucio… el blanco es limpio…
—Allons, allons… pas de discusión.
Hilde frunce el ceño. Su Jean-Jacques es un padre cariñoso, pero a veces también puede ser algo autoritario. Suele retozar con sus hijos, organizar batallas de almohadas; en el último cumpleaños de los gemelos, para entusiasmo de todos, participó en la carrera de sacos y en la piñata. En esos momentos se comporta como si fuera un niño más, un muchacho alegre y jovial que juega al fútbol con los pequeños y siempre quiere ganar a toda costa. Pero a veces, cuando se traspasa un límite, de repente puede ser muy estricto, incluso se enfada y a los chicos no les queda más remedio que obedecer. A Hilde eso no le acaba de gustar; le parece que debería controlar mejor sus cambios de humor, pero en fin, así están las cosas.
Su madre llama a la puerta de la habitación de August, abre una rendija y pregunta algo. Luego vuelve meneando la cabeza y suspirando.
—Qué barbaridad. Sigue sin querer comer nada. No hace otra cosa más que estudiar y estudiar. El pobre se va a poner enfermo.
—No creo que se muera de hambre, mamá —comenta Hilde.
—¡Pero tiene que comer! Con el hambre que ha pasado durante tanto tiempo…
Hilde se traga un comentario mordaz. Desde que han vuelto August y Wilhelm, su madre se preocupa a todas horas de que a sus hermanos no les falte nada. A August le están pagando la carrera, Wilhelm ha estudiado tres años en la Escuela de Arte Dramático mientras vivía y comía en casa de sus padres, y ahora que gana dinero, no paga ni un céntimo por la comida y el alojamiento. ¿Acaso han hecho los dos algo por el café, como servir a los clientes o comprar comida? ¿Ayudaron el año pasado cuando hubo que pintar la habitación anexa? ¡En absoluto! August por lo menos se ofreció, pero su madre enseguida le dijo que no hacía falta. ¿Y Wilhelm? Ese siempre se busca un pretexto para no tener que trabajar. Hilde y su marido, en cambio, se desloman. Y también el pobre Addi, que es el factótum del Café del Ángel, y ahora más que nunca porque Julia Wemhöner, su pareja, ha vuelto a trabajar como costurera del teatro.
Luisa se ha cambiado de ropa y lleva ya puesto el vestido negro y el delantal blanco para bajar lo antes posible. Hoy Fritz tiene ensayo en el teatro, actúa de suplente en la orquesta, pues por desgracia aún no le han dado una plaza fija. Al poco rato aparece Jean-Jacques con los dos chicos; los acompaña Addi, al que aún le quedan salpicaduras blancas en la cara y en la barba.
Los dos hijos de Hilde han salido a su padre, tienen los ojos oscuros y el pelo rizado de color castaño oscuro. La gente dice que los gemelos de Hilde parecen dos francesitos. De carácter, sin embargo, son muy distintos. Frank, que es dos minutos mayor que su hermano, siempre lleva la voz cantante, mientras que Andi, que en realidad se llama Andreas, prefiere permanecer en un segundo plano. Pero a pesar de ser tan diferentes, los dos están muy unidos y cuando juegan con otros niños, son como uña y carne.
—¿Dónde está el tío Willi? —quiere saber Frank, mientras se sienta en una silla. Luego ve la sopera y pone mala cara—. ¡Otra vez sopa de carne de vaca!
—¡La carne de vaca fortalece! —asegura el abuelo Heinz.
—Pero es que cuesta tanto masticarla… —dice Andi en voz baja.
La madre de Hilde sirve la sopa. Lleva verdura, arroz y carne hervida. Es verdad que la carne está bastante dura; por más tiempo que cueza, no se acaba de ablandar. La madre mira preocupada las dos sillas vacías: tampoco Wilhelm ha ido a comer; tiene ensayo en el pequeño teatro recién construido en las Kolonnaden, que se inauguró en diciembre del año pasado. El antiguo Residenztheater quedó completamente destruido por los bombardeos.
Todos se desean buen provecho y empiezan a comer. El tema de conversación es el terremoto; Luisa y los niños no lo han notado en el parque del Balneario. El abuelo Heinz tiene que explicarles a sus nietos lo que es un terremoto.
—La tierra tiembla un poco…
—¿Por qué?
—Porque le entra la tos, a la tierra.
—¿Está acatarrada?
El padre de Hilde nota que las miradas de todos los adultos se dirigen a él. Carraspea con timidez porque no sabe cómo explicar científicamente el fenómeno del terremoto. Tampoco él las tiene todas consigo. Y no quiere asustar a sus nietos.
—Sí, la tierra se ha acatarrado. Eso suele pasar a veces en primavera.
Frank aparta los trocitos de carne y los deja en el borde del plato. Andi va sacando con cuidado los pedacitos de cebolla y las zanahorias finamente cortadas de la sopa.
Addi cuenta cómo van las obras de reforma en el piso de Sofia Künzel.
—Podríamos haber terminado hace tiempo, si la Künzel no tuviera tantos cachivaches. No os podéis ni imaginar la de cosas que guarda ahí arriba. Un montón de partituras, antiguos trajes de teatro, pelucas, cajas llenas de maquillaje para salir a escena, flores artificiales de papel, camisones de seda con puntillas…
—¡Por favor, Addi! —exclama Heinz horrorizado—. ¡Un poco más de discreción! Las propiedades de mi inquilina no me interesan lo más mínimo, y de sus seductoras prendas íntimas tampoco quiero saber nada.
Hilde mira a Luisa y las dos tienen que aguantarse la risa. Jean-Jacques sonríe con toda naturalidad y dice:
—La Künzel en camisón de seda… Me gustaría ver eso.
—¿Por qué, papá? —pregunta Frank con curiosidad.
—¡Buena la has hecho! —opina la madre de Hilde, mirando a Jean-Jacques con cara de reproche.
Este se lo piensa un rato y luego les explica a sus hijos:
—Porque un camisón de seda siempre es bonito. Brilla como la plata.
—¿Y por qué mamá no tiene un camisón de seda?
—Porque somos pobres. ¡Y ahora tómate la sopa!
La madre de Hilde no aguanta más, llena un plato de sopa y se lo lleva a August. Este ocupa el que antes era el «cuarto de los chicos», mientras que Wilhelm se ha instalado en la habitación de la niña. De manera que Else ya tiene otra vez a sus dos chicos en casa, por lo que se siente muy feliz.
—Pero mamá… —oye protestar a August.
—¡Tienes que comer algo, hijo!
Regresa satisfecha a la mesa sin hacer caso de la mirada de reproche de Hilde. Su marido le hace un gesto de asentimiento; le parece bien que anime a August, después de lo que ha tenido que soportar con los malditos rusos. Jean-Jacques sonríe. Hilde no sabe en qué estará pensando ahora, tal vez en su propia madre, a la que ella sigue sin conocer. Siempre que Hilde le propone invitar o visitar a su familia, él le pone alguna pega.
—No somos pobres —insiste Frank—. Si hasta comemos esas pommes frites que solo sabe hacer papá y están riquísimas.
Con eso ha tocado un punto delicado de la familia, porque la introducción de esas tiras de patatas fritas nadando en aceite causó en su día sensación en Wiesbaden. Durante un tiempo las tartas de la madre quedaron arrinconadas, pues todos los clientes querían probar las pommes frites con mayonesa de Jean-Jacques. Y la cocina apestaba, según asegura la madre de Hilde, a aceite. Ese olor grasiento se pegaba a todo, a los muebles, a la ropa, al pelo, incluso a la ropa interior. Else nunca ha entendido cómo se puede guisar y freír con esa grasa tan mala que nunca podrá sustituir a la buena mantequilla. Pero, por desgracia, los clientes no compartían su opinión y el volumen de ventas de las patatas con mayonesa no dejaba lugar a dudas. A estas alturas, ya hay otros que hacen en Wiesbaden las patatas fritas de esa manera, por lo que en el Café del Ángel solo se sirven de noche. Porque los vecinos se quejan del olor de la cocina, dice la madre de Hilde.
—En el Café del Rey, las patatas cuestan cinco peniques menos que en el nuestro —comenta Hilde.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta Jean-Jacques.
—Lo pone en la pizarra de la entrada.
—Grand filou! —dice Jean-Jacques furioso.
—Por mí como si las regalan —refunfuña Else—. ¿Quién quiere más sopa? ¿Addi? Luisa, ¿es que ya no quieres más? ¡Si todavía falta el pudin con chocolate espolvoreado!
Andi y Frank gritan de júbilo, y al padre de Hilde también se le pone una cara radiante de alegría, igual que a Addi. A Jean-Jacques no le entusiasma el dulce. Frank pone disimuladamente los trocitos de carne de vaca que ha apartado en el plato de Addi, y Andi le añade las rodajitas de cebolla y zanahoria. Su padre puede enfadarse si los ve: para el que no se lo haya terminado todo no hay postre.
—Gracias, tía Else —rechaza Luisa el ofrecimiento, y se levanta—. Tengo que bajar enseguida. ¿Quieres que glasee el pastel de chocolate?
—Eso sería maravilloso, Luisa. Y las tartas de fruta pueden guardarse en la vitrina… Ay, Dios, si está rota.
—Hay que comprar enseguida una nueva —toma la palabra Hilde—. Ahí no podemos guardar las tartas. Parece que estamos en tiempos de guerra.
—No necesitamos una vitrina nueva —dice su padre obstinado—. Le pondremos un cristal nuevo. Así de sencillo.
Otra vez empieza la discusión por las innovaciones, que en opinión de los padres de Hilde son completamente innecesarias y solo cuestan dinero. No, el café no necesita unas ventanas más grandes, y el cuarto accesorio y la puerta giratoria se quedan como están, y las fotos antiguas no se tocan; de lo contrario, el padre de Hilde se enfadará de verdad. De la rabia y la excitación su cara está tan congestionada que su hija teme que le vaya a dar algo.
—Son grandes artistas, no se merecen quedar relegados en el olvido. Al actor la posteridad no le pone ninguna corona, como suele decirse. Pero yo, Heinz Koch, a esos maestros de la escena teatral les pongo coronas de laureles, ¡y lo seguiré haciendo mientras viva!
La adquisición de una nevera eléctrica al menos se somete a consideración, pero un aparato de esos cuesta quinientos marcos y eso es mucho dinero. La propuesta que hace siempre Jean-Jacques, la de comprar un coche, es rechazada una vez más. Al fin y al cabo, Wilhelm, el muy granuja, se ha comprado un coche de segunda mano con el que puede hacer los viajes que hagan falta para el café. Y además, ¿para qué necesitan un coche? La harina, el azúcar, el tocino y todo lo demás lo reparten a domicilio, y para los pequeños recados basta con la bicicleta. Hilde ve cómo las comisuras de los labios de su marido adoptan un gesto de resignación. Sabe que esta noche volverá a discutir con él sobre el tema «empresa de explotación familiar». Jean-Jacques sabe algo de eso porque su familia tiene una finca vinícola que regenta su hermano junto con sus padres. Es la misma historia que en el Café del Ángel: los propietarios son los padres, y ellos deciden lo que se compra y lo que no se compra. Los jóvenes pueden trabajar y dar su opinión, pero las decisiones las toman los mayores. Al menos, mientras no traspasen el negocio, y eso algunos no lo hacen hasta el final. A Jean-Jacques eso no le gusta demasiado, y Hilde lo entiende bien; en eso están los dos de acuerdo. Tendrán que esperar todavía un tiempo; en algún momento los padres de Hilde se darán cuenta de que su hija tiene razón. Entonces se harán las reformas necesarias: Hilde ya lo tiene todo bien pensado. Sus padres se quedarán asombrados cuando vean la cantidad de clientes que entrarán entonces en el café.
El pudin de chocolate aplaca los ánimos; además, a todos les parece que delante de los niños no se debe discutir. En opinión de Hilde, Jean-Jacques se ha portado hoy de una manera ejemplar. Lo del coche solo lo ha mencionado de pasada, para que sus padres sepan que no ha renunciado a la idea. Pero no ha discutido. Ella le obsequia con una sonrisa, que él le devuelve con unos ojos llenos de ternura. Y de deseo: su mirada le transmite todas las cosas que no se pueden decir en voz alta delante de los demás. Hilde nota cómo se le eriza el vello de la nuca. ¡Es que con tanto trabajo apenas tienen tiempo para ellos dos solos! Eso debe cambiar. Luego los chicos quieren ir a jugar con los niños del barrio en el patio, de modo que podrían sacar un ratito libre para…
En el preciso momento en que su madre está preparando un cuenco con pudin para August, este sale de su habitación con el plato de sopa lleno entre las manos.
—Lo siento, mamá. Ahora no me entra nada. Guárdamela para la noche, por favor.
Su madre se desespera. August apenas ha tomado dos cucharadas de sopa y tampoco quiere postre.
—Ay, hijo, esto no puede seguir así.
August deja el plato con cuidado encima de la mesa y abraza a su madre. ¡Qué delgado sigue estando! Hoy a Hilde le parece que está muy pálido; seguro que es por lo nervioso que le pone el examen de mañana. La verdad es que su hermano mayor es listísimo. Hasta ahora ha sacado matrícula de honor en todos los exámenes.
—No te preocupes siempre tanto, mamá —dice él en voz baja—. Estoy bien. Esta noche cenaré algo. Ahora me voy a dar un paseíto.
Su madre se tranquiliza solo a medias. El aire libre es sano, pero ir por ahí con el estómago vacío no le cabe en la cabeza. August no está para más conversaciones; coge el abrigo y el sombrero del perchero, saluda a los demás con una leve inclinación de cabeza y se va de casa.
—¡En qué lo han convertido esos rusos asquerosos! —Suspira su madre—. Nuestro August era un muchacho sano y alegre. Y ahora ya no es ni la sombra de lo que fue.
—Bueno, no exageres, Else —interviene su padre—. Se va recuperando, aunque sea poco a poco.
A diferencia de Wilhelm, que no se cansaba de contar historias sobre la época en la que fue prisionero de guerra en Estados Unidos, August apenas hablaba de eso. Solo decía que había estado en varios campamentos, el último de ellos en Kazán, muy al este, donde viven los cosacos. Hasta hoy no ha dicho ni una sola palabra acerca de los trabajos que le obligaron a hacer y del trato que daban allí a los presos.
—No puede hablar —le dijo una vez Jean-Jacques a Hilde—. Si la vida te ha tratado muy mal, no puedes contarlo. Es como si se te bloqueara la cabeza, ¿lo entiendes?
A Hilde le queda clarísimo. Ella misma ha tardado mucho tiempo en contarle a su amado lo del aborto y ahora se pregunta si él también le ocultará cosas porque no puede compartirlas con ella. Las continuas quejas de su madre porque August no quiere comer la sacan de quicio. A una persona que ha vivido tantas atrocidades, ¿se la puede ayudar atiborrándola de comida? Pero, bueno, las madres son así. Ojalá ella no se convierta nunca en una madre que ceba a sus hijos.
Jean-Jacques la ayuda a recoger la mesa. Cuando terminan y la madre de Hilde ya está fregando en la cocina, Jean-Jacques coge a su mujer por la cintura.
—Dentro de un cuarto de hora… —le susurra al oído—. Arriba en nuestra chambre… ¿Vendrás, madame Perrier?
El padre de Hilde, como es natural, lo ha oído. En ese momento está sacando un puro de la caja taraceada de los cigarros y se lo guarda en el bolsillo superior de la chaqueta. Luego baja al café, no sin antes obsequiar a la joven pareja con una sonrisita de complicidad. A Hilde le da mucha vergüenza, pero a Jean-Jacques no parece molestarle.
—Tal vez —le contesta Hilde con coquetería.
Él ríe para sus adentros y la besa en el cuello.
—Cuando una mujer dice «tal vez» es que sí.
¿De dónde se sacará siempre esos dichos? Hilde se separa de él entre risas y va a la cocina a secar la vajilla, mientras él baja corriendo al patio y se pone a jugar al fútbol con los chicos. Desde la ventana de la cocina le ve dar patadas a la pelota de cuero deformada, animado por sus hijos. Se han acercado varios niños del barrio; ojalá no estropeen los maceteros de su madre, que ya tienen dos narcisos amarillos florecidos.
—¿No te ha contado nada Luisa? —indaga su madre.
—¿Qué tiene que contarme? ¿No estará otra vez…?
Su madre se encoge de hombros; no quiere difundir un rumor. Y menos acerca de Luisa, que es muy buena chica y en enero ya tuvo el segundo aborto.
—Fritz ha insinuado algo así. Y dice que confía en que esta vez la cosa vaya bien.
Hilde suspira. Le encantaría que Luisa pudiera al fin sostener un niño entre los brazos. Seguro que Fritz sería un padre maravilloso. Pero hasta ahora Luisa no ha tenido ningún hijo porque las dos veces lo ha perdido hacia finales del tercer mes.
—A veces sale bien cuando se deja de pensar en ello —opina su madre—. Contigo nos pasó eso, Hilde. Tu padre y yo ya creíamos que con los dos chicos habíamos cumplido, cuando de repente volví a quedarme embarazada.
A Hilde le parece que eso no admite comparación, pero no lo dice. En su lugar, piensa en por qué Luisa no le habrá contado nada de su nuevo embarazo. A lo mejor porque hay siempre tantas cosas que hacer que rara vez sacan tiempo para sentarse a charlar tranquilamente. El café abre todos los días a las nueve de la mañana y cierra tarde por la noche. No se pueden permitir un día de descanso porque es mucha gente la que vive del negocio.
—Bueno, pues ya está —dice su madre—. Los cacharros los secaré yo con el trapo. Puedes volver a bajar.
Hilde deja a su madre convencida de que va a bajar enseguida al café para ayudar a Luisa y a Finchen. Sin embargo, sube a su casa con el corazón palpitando y con la sensación de que está haciendo algo completamente prohibido, cuando en realidad lo único que quiere es estar media horita a solas con su marido. ¡En pleno día, qué inmoralidad! Pero justo por eso resulta tan excitante. Solo de imaginárselo ya se muere de ganas…
Jean-Jacques la espera en el dormitorio, delante de la cama de matrimonio, y solo lleva puesta la ropa interior. Mira con deseo a su mujer, a quien le entran escalofríos y se siente como cuando pasaban a escondidas una noche juntos y luego tenían que separarse durante una larga temporada.
—Ven —dice él—. Ma chérie… viens…
Ella se acerca. El primer abrazo, el primer beso salvaje, es lo más bonito, aun cuando luego le sigan otros deleites. Hilde es una amante muy temperamental; en eso no le va a la zaga a su Jean-Jacques.
—Espera, voy a cerrar las cortinas —murmura él.
—Para que todos sepan lo que estamos haciendo…
—Prefiero la penumbra, es mejor para hacer el amor.
Qué locos están los hombres. Pero le da plena libertad. Le desabrocha la blusa, le levanta la falda y ya quiere llevarla a la cama. Al fin y al cabo, solo tienen media hora.
—Mon Dieu! —exclama él de repente, y se asoma a la ventana.
—¿Qué pasa? ¡Apártate de la ventana, que estás en ropa interior!
—Ese es tu hermano… allí, junto a los árboles… al lado de los plátanos.
Ella nota en su tono de voz que ha sucedido algo. Precisamente ahora.
—¿Qué le pasa? —pregunta preocupada.
—Está en el suelo. Hay gente alrededor… Un hombre se ha arrodillado a su lado.
—Santo cielo —susurra Hilde.
Se acabó el momento amoroso. Se visten a toda velocidad, bajan corriendo las escaleras, cruzan el pasillo y salen a la calle. ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente? ¿Un infarto de miocardio? ¿Un derrame cerebral?
—No puede estar muerto —susurra Hilde para sus adentros, mientras cruza la calzada junto a su marido—. Dios mío, por favor, haz que siga vivo. ¡Por favor!
Se arrodilla en el suelo al lado de August, le palpa las sienes y ve la sangre que desde su mejilla izquierda gotea en el polvo de la calle.
—¿Conoce a este hombre? —pregunta alguien.
—Es mi hermano.
—Está vivo —dice Jean-Jacques, que se pone en cuclillas a su lado y le toma el pulso a August—. Mira, está abriendo los ojos.
August entorna primero los ojos y luego la mira con extrañeza.
—¿Qué pasa? —balbucea. Después tuerce el gesto, se pasa la mano por la mejilla, ve la sangre en su mano e intenta incorporarse.
—Doucement —dice Jean-Jacques—. Cuidado, espera, que te ayudo. Apóyate en mi brazo.
Consigue poner a August de pie y los dos cruzan la calle despacito, paso a paso. Cuando llegan al otro lado, a August le tiemblan tanto las piernas que Jean-Jacques lo coge sin vacilar en brazos y entra con él en casa.
—Es solo la circulación, nada grave. No le digas nada a mi madre —implora August—. Se pondría nerviosísima.
Swetlana
Smolensk, febrero de 1949
A pesar del horrible dolor de cabeza, consigue dar una cabezada. Le retumba el ruido sordo del tren, ese «ra-ta-ta-ta… ra-ta-ta-ta», siempre el mismo compás de cuatro por cuatro, no sabe por qué. Pero le da igual; lo principal es que el tren avance y no vuelva a pararse en algún campo nevado porque una aguja se quede atrancada o porque haya algo en los raíles.
—Mamá —se lamenta Mischa—. Tengo mucho calor…
La mujer se despierta y se encuentra con la ávida mirada del tártaro que va sentado frente a ella en el banco de madera. Viajan en tercera clase, sin calefacción, en bancos de madera, con el suelo pringoso porque la gente no para de escupir; huele a toda clase de efluvios humanos. Atrás van dejando bosques nevados de árboles pelados por el invierno; de vez en cuando aparece un pueblecito, la nieve aplasta las casas contra la llanura. ¿Siguen estando en Polonia? ¿O han llegado por fin a Rusia?
—Tienes fiebre, cariño —dice, poniendo la mano en la frente de su hijo—. Bebe un trago de agua. En la siguiente parada haré un té para los dos.
Dos vagones más allá hay un samovar. Allí se puede coger agua caliente; el té y el recipiente los tiene que llevar uno mismo. Todo es muy primitivo en ese tren, pero Swetlana está contenta. Lo único malo es que Mischa, su hijo de seis años, está enfermo; a saber cómo acabará. No obstante, este viaje de regreso a casa está colmado de esperanzas; la vuelta a la libertad, al hogar de su familia en Smolensk. Ha estado fuera ocho años, víctima de la guerra, deportada por los alemanes junto con otros muchos en un vagón para el ganado, obligada a trabajar. «Trabajadores orientales», los llamaban en el campamento de Landgraben, donde ha tenido que trabajar para la empresa Kalle. Entonces tenía dieciséis años, una niña indefensa. Desde entonces han pasado muchas cosas, pero ella ha aguantado, ha sobrevivido, y ahora todo será distinto. En casa quiere reanudar su vida, que Mischa vaya a un colegio ruso y se olvide del detestado idioma alemán, que se convierta en un ruso. Y ella también encontrará algo. Un puesto de trabajo. Tal vez incluso una vivienda para ellos dos solos. No quiere ni pensar en un marido; aún tiene en la cabeza a otro hombre, uno que no era bueno pero del que estaba enamorada. Ha sido tonta, estaba sola y desesperada, y él se aprovechó de eso, pero de todos modos era amor. El amor es una locura, nadie puede explicarlo, nadie sabe de quién te enamorarás. Te somete a su voluntad y hace contigo lo que quiere.
Mischa bebe obediente un poco de agua de la cantimplora. Es nieve derretida con la que ella llena el recipiente en cada parada porque las provisiones de agua se le terminaron al segundo día. Ya es el tercer día de viaje, a primera hora de la tarde; cada vez hay menos luz, pronto encenderá alguien los dos faroles que iluminan el vagón con una luz opaca cuando oscurece. Swetlana odia las noches en ese vagón apestoso, donde hombres y mujeres están hacinados, en cuclillas o tumbados, expuestos una y otra vez a descarados intentos de aproximación. Pero ella sabe defenderse; pese a estar muy delgada tiene fuerza, y ¡pobre del que tenga delante cuando se enfada! Además son tres mujeres, pues a su izquierda va sentada Sonja Armatowna, quien con más de setenta años y regordeta como un tonel, golpea igual que un boxeador. Ha tenido siete hijos de tres hombres diferentes; ahora tiene doce nietos pero ningún hombre, la guerra se los ha llevado a todos a la tumba. La guerra y el vodka, cada cosa a su tiempo. Se ha montado en Varsovia y se dirige a Smolensk, a casa de una de sus hijas. Y enfrente, al lado del horrible tártaro, va sentada Jekaterina, a la que soltaron del campo de desplazados de Wiesbaden junto con Swetlana; también ella regresa a su tierra natal. Jekaterina es pelirroja y tiene los ojos de color azul claro siempre irritados. Swetlana no se fijó bien en ella hasta que tuvieron que formar en el campo para el viaje de partida, con ropa limpia, recién duchadas y con las cosas más necesarias en una maleta. Jekaterina es un ser que sabe volverse invisible, apenas se nota su presencia, nadie recuerda haber hablado nunca con ella. Pero en esos dos días que han pasado juntas en el tren, Swetlana ha aprendido a apreciar a Jekaterina; junto con Sonja son ahora un trío muy unido, se ayudan unas a otras, comparten los alimentos y se cuidan entre sí.
Los restantes viajeros del vagón son cinco hombres, tres jóvenes y dos viejos. Todos están flacos y harapientos, algunos hasta parecen enfermos, lo que no impide que molesten a las mujeres. Son compañeros de fatigas, también ellos fueron deportados para trabajar en Alemania y ahora regresan junto a sus familias.
—El té lo haré yo cuando nos detengamos —dice Jekaterina, inclinándose hacia delante para que Swetlana la entienda mejor—. Tú quédate con tu hijo, Swetlana. Traeré té para las tres.
—Gracias —dice Swetlana, sonriendo a Jekaterina—. Aún me quedan galletas para tomar con el té.
—Yo también tengo algo para el té —añade Sonja—. Nos hará entrar en calor.
Sonja lleva en el bolso dos botellas de vodka, se las ha traído de Varsovia, de casa de su hijo. Una de ellas está medio vacía. A los hombres del vagón no les da ni un solo trago porque sabe las consecuencias que eso acarrearía. Pero ellos ya van surtidos de vodka y están ansiosos de poder al fin beber de nuevo a su antojo.
La siguiente parada es la frontera. Allí comprueban los papeles de su puesta en libertad; los agentes de la aduana son indulgentes y les dejan pasar el vodka; al fin y al cabo son soviéticos que vuelven del cautiverio alemán a su patria, a los brazos de la madre Rusia, así que hacen la vista gorda.
—Qué guapa eres —le dice uno de los funcionarios de la aduana a Swetlana—. Con esa cara causarás estragos.
Swetlana se ríe y contesta si no le da vergüenza decir tantas tonterías.
—Ojos claros y pelo negro y una boca como las cerezas maduras —sigue el agente, con una sonrisa descarada.
—Demasiadas cerezas dan dolor de barriga —dice ella con el mismo descaro.
Él se ríe, le parece graciosa la contestación.
Al atardecer y por la noche atraviesan Ucrania. El tren se para cada dos por tres por razones inexplicables. Tras las ventanas, la trémula luz de unas farolas, sombras que se mueven en la nieve, puertas que se abren y se cierran; luego el tren se pone de nuevo en marcha. Sigue avanzando. Gracias a Dios sigue avanzando. Swetlana ha sentado al febril Mischa sobre su regazo, la mejilla ardiendo del niño reposa sobre su hombro, el cuerpecito delgado del chico la calienta como una estufa. Le acaricia la espalda, le canta canciones infantiles al oído, lo consuela, se siente aliviada cuando consigue que se duerma un rato. Luego apoya agotada la cabeza en el duro tabique, nota el traqueteo y la vibración del tren y anhela poder tumbarse y estirarse en una cama. Con una almohada blandita bajo la cabeza. Y un paño frío y húmedo sobre la frente dolorida, como lo hacía antes su madre cuando a alguien de la familia le dolía la cabeza. Mamá… qué ganas tiene de volver a ver a su madre. De abrazarla y llorar con ella. De alegría y también de tristeza, porque sabe que su padre murió hace un año a consecuencia de las lesiones de la guerra. Boris, su hermano mayor, ha regresado del frente, se ha casado y tiene dos hijas. Sus dos sobrinas, a las que todavía no ha visto nunca. Tampoco conoce a Irina, su cuñada. A veces piensa en la cantidad de cosas que han cambiado en casa y le inquieta la idea de haberse convertido en una extraña para sus seres queridos.
Por la mañana ven los primeros pueblos ucranianos. ¡Cuántas casas quemadas sigue habiendo aquí! En las ciudades también se ven ruinas, pero están reconstruyendo todo con diligencia, sobre todo en las zonas en las que se hallan los edificios gubernamentales.
A última hora de la tarde, cuando ya ha oscurecido de nuevo, el tren entra por fin en la estación de Smolensk. Swetlana y su hijo se apean y se quedan desconcertados en la penumbra del frío andén. Dos mujeres han estado esperando a sus maridos; el reencuentro le parte a uno el corazón. Sonja tiene que enjugarse las lágrimas y Jekaterina aparta tímidamente la mirada. Después llega la hija de Sonja con su marido y dos niños para recoger a la abuela. Sonja abraza a sus compañeras de viaje, se dan besos de despedida y prometen visitarse unas a otras. Sonja y su familia desaparecen en la oscuridad del edificio de la estación; durante un rato todavía se les oye hablar y reírse, hasta que sus voces se extinguen. Un empleado del ferrocarril echa a los últimos viajeros del andén. No está permitido quedarse allí; el mes pasado murieron congelados algunos por tumbarse a dormir en un banco.
Swetlana lleva un rato a Mischa en brazos; luego le pesa demasiado, y como el niño se niega a que lo lleve Jekaterina, tiene que ir andando. Hoy se encuentra mejor, la fiebre le ha remitido casi del todo y tiene mucha hambre, pero a Swetlana solo le queda un trocito de bizcocho. Se detienen ante el edificio de la estación e intentan orientarse. Saben que Smolensk ha estado en ruinas; los alemanes le prendieron fuego y destruyeron todas las casas. Con la escasa iluminación vespertina no se percibe nada de eso; la mayor parte de las casas parecen intactas, algunas están rodeadas de andamios; de vez en cuando descubren restos de muros que indican ruinas. Con el chico en medio de las dos, avanzan lentamente a lo largo de la calle Simona Petliuri, luego giran a la derecha para meterse por la calle Ziljanska. Entonces Jekaterina se detiene.
—Ahí vive mi hermana —le dice a Swetlana, señalando hacia una casa de varios pisos que, al resplandor de la farola de la calle, no se ve entera—. Me está esperando.
Otra despedida, esta vez con lágrimas, pues Jekaterina se ha encariñado con Swetlana y el pequeño Mischa. Tal vez porque ha tenido muy pocas amigas en su vida, en realidad ninguna.
—Tienes que venir a vernos con Mischa. ¡Promételo, Swetlana!
—Pues claro que sí, Kitti. Tú y tu hermana seréis siempre bienvenidas en nuestra casa.
—Y si alguna vez estás en un apuro, aquí nos tienes. Podéis vivir con nosotras el tiempo que queráis.
—Ay, Kitti, eres un encanto. Vendré a verte lo antes que pueda. Que llegues bien a casa, pequeña, y saluda a tu hermana de mi parte. Démonos un beso, Kitti.
Mischa no quiere por nada en el mundo ser besado por Jekaterina; bastante horrible le ha parecido ya el efusivo besuqueo de Sonja. Por lo menos deja que Jekaterina lo abrace; eso todavía lo soporta, pero de besos no quiere saber nada. Y menos de esa mujer, que tiene la cara empapada de lágrimas y los ojos asquerosamente rojos e irritados.
Al alejarse, Jekaterina se vuelve varias veces para despedirse con la mano. Al final, continúan andando porque hace frío. No nieva pero el viento es gélido y la oscuridad tiende un manto húmedo y pesado sobre la ciudad.
—¡Mamá, no puedo andar más!
—Ya falta muy poco, Mischa.
Las casas de varios pisos se recortan como bloques negros a la luz grisácea del anochecer. De vez en cuando se ven ventanas iluminadas, un farol sobre una puerta de entrada. A Swetlana, que hace siete años que no recorre esas calles, le cuesta trabajo acordarse del camino en la oscuridad. La casualidad le echa una mano: reconoce la entrada de la casa por la verja de hierro oxidado, que de noche se cierra con una cadena.
—Ya hemos llegado, Mischa.
Le ha escrito una carta a su madre comunicándole la hora aproximada de su llegada, de modo que la estará esperando. A la débil luz de la farola, busca el timbre. Aún sigue allí el nombre de su padre, Petr Kovaleva. Se emociona; el letrerito es el mismo de cuando era niña. Como si el tiempo se hubiera detenido.
Tiene que tocar el timbre varias veces, hasta que alguien baja para abrir la verja de hierro. En el pasillo, medio a oscuras, no reconoce de inmediato a su hermano Boris; ha cambiado, está más ancho, tiene menos pelo y las mejillas le cuelgan un poco.
—¡Swetlana! ¡Dios mío, eres tú! Pasa, pasa… ¿Este es tu hijo? Qué alto está ya.
Antes incluso de abrazarse, Swetlana le huele el tufo a aguardiente. Enseguida la aparta de sí y la mira a la cara.
—Te has convertido en una belleza. Con la pinta de pollito esmirriado que tenías antes…
Entra en la casa riéndose. A Mischa no le hace caso. Ni siquiera le ha saludado. Eso hiere a Swetlana. Mischa es un hijo nacido fuera del matrimonio; eso es una vergüenza, pero estaban en guerra, y además el chico no tiene la culpa de nada. La escalera sigue oliendo igual que antes, a una mezcla de ropa húmeda, repollo, leche agria y el hedor que sale de las letrinas de las entreplantas. Swetlana tiene que tirar de Mischa, que llora y no quiere seguir andando.
Arriba, junto a la puerta de la vivienda, hay una anciana vestida de negro, encorvada, con su ralo pelo gris recogido en un moño a la altura de la nuca. Swetlana tarda un rato en reconocer a su madre.
—Mamá —dice en voz baja.
Luego las dos se abrazan; llevaban mucho tiempo soñando con ese momento, que ahora no se parece en nada a lo que imaginaban porque ya no son las mismas. Hace siete años, la madre de Swetlana era una mujer enérgica y robusta; ahora es una anciana marcada por la enfermedad pulmonar. Swetlana, en cambio, aquel pollito flaco y asustadizo de ojos grandes, se ha convertido en una joven muy hermosa.
—Svetotschka, mi pequeña. Has vuelto a casa de tu madre. Oh, qué alegría.
—Y este es Mischa, mi hijo. Ya tiene seis años y pronto irá al colegio.
La madre acaricia la mejilla de Mischa.
—Qué chico más alto. Así que tú eres mi nieto… Ven, entra en nuestra casa, Mischa.
A Swetlana el piso le parece mucho más pequeño y estrecho que antes. Además huele a moho; se ve que ahora en invierno no ventilan para que no se vaya el calor. Hay tres habitaciones; la más grande hacía de cuarto de estar y en ella dormían por la noche los padres. Los otros dos cuartos son muy pequeños; en cada uno cabe tan solo una cama y un armario. Uno era el suyo y el de su hermana Natalja, y en el otro dormía Boris.
Ahora todo está cambiado. En la sala de estar hay una mujer desconocida, Irina, la esposa de su hermano Boris. Es alta y tiene el pecho caído, la cara rolliza, los ojos pequeños y negros. Swetlana nota enseguida la expresión hostil en el rostro de su cuñada y se da cuenta de que no es bienvenida. Ahora Irina y Boris ocupan la sala de estar, sus dos hijas comparten una de las dos habitaciones pequeñas, y en la otra vive su madre.
—Sentaos a tomar el té —los invita Irina, señalando el sofá—. Llevamos dos días esperándoos.
Suena como si hubiera tenido que mantener el té caliente durante todo ese tiempo y eso la hubiera contrariado. Swetlana se quita el abrigo, retira del cuerpo de Mischa la toquilla de lana con la que lo había envuelto y le quita el gorro.
—Qué cosas más nuevas y más bonitas lleváis puestas —observa Irina con envidia—. ¿Os las han regalado los alemanes?
—No. Los americanos.
Swetlana no tiene ganas de seguir informando a Irina sobre su pasado. ¿Qué le importará a ella? Que meta las narices en sus propios y mugrientos asuntos. El té quema y sabe a rancio; echa un poco de mermelada en el vaso de té de Mischa para que se lo beba.
—No podéis quedaros aquí mucho tiempo —dice Irina—. Ya veis el poco sitio que hay. Y tampoco podemos daros de comer.
—Déjalo —interviene Boris—. Ya nos las arreglaremos.
La madre, según parece, está en la cocina preparando algo de comer. Boris sirve vodka para brindar por su regreso.
—¡Por el secretario general del Partido Comunista! ¡Por el gran Stalin! ¡Por nuestro futuro!
Swetlana no ha oído hablar muy bien de Stalin, ni en Smolensk ni más tarde en Alemania. Pero seguro que no era más que propaganda. En Alemania se despotricaba siempre contra la Unión Soviética porque los alemanes tienen un miedo atroz a los rusos. Así que brinda y bebe por el gran Josef Stalin y enseguida nota que se marea con el vodka. No le extraña; en todo el día solo ha comido unas galletas con algo de té. Boris cuenta que tiene trabajo en un Kombinat, que construyen casas nuevas, prestan un buen servicio y consiguen que el país se recupere.
—El oblast de Smolensk es una región que se enorgullece de alzarse por encima de los escombros de la guerra tras vencer a los fascistas en la gran guerra patriótica.
Swetlana asiente con la cabeza. La frase le suena un tanto rimbombante. ¿Tendrán que aprendérsela de memoria? La madre trae unos blinis rellenos de repollo y pescado, e Irina llama a sus hijas para que vayan a comer. Las niñas tienen cuatro y cinco años, el pelo de un tono rubio platino y los ojos de color azul claro. Saludan cortésmente a su nueva tía, cogen con timidez una de las tortitas enrolladas y se sientan muy juntitas en una silla. Mientras comen, miran a Mischa como si fuera un ser de otra galaxia. Mischa, que está hambriento, devora dos blinis y se dispone a coger el tercero.
—Con dos ya tiene bastante —dice Irina, y aparta el plato de los blinis—. ¿No le has enseñado a tu hijo que tiene que portarse educadamente cuando es un invitado?
Swetlana sabe que debería callarse, pero cuando se trata de Mischa, es incapaz de reprimir su ira.
—Lleva dos días sin comer porque tenía fiebre —contesta—. Pero de haber sabido lo miserable que eres, no habríamos probado ni siquiera un bocado.
—Bueno, bueno… —dice Boris, poniendo la mano sobre el hombro de Irina—. No nos peleemos, que la pobre acaba de llegar.
La madre no dice ni una palabra, tiene la mirada perdida, y Swetlana se da cuenta de que a su madre enferma la han arrinconado como a un mueble viejo. Aquí la madre ya no pinta nada; la que manda es la cuñada.
—¿Quién está peleándose aquí? —vocifera Irina—. No permito que me ofendan en mi propia casa. ¿Soy una miserable? Les he dado té, mermelada y azúcar, han tomado blinis rellenos de pescado y repollo…
Ahora la madre sí reacciona. Levanta la cabeza y mira a Irina con enfado.
—¿A qué viene tanto aspaviento? ¡Todo eso lo he pagado yo con mi dinero, lo compraste ayer con mi pensión!
Irina coge aire para responder algo, pero Boris se le adelanta, da un puñetazo en la mesa y grita:
—¡Silencio! Ha vuelto mi hermana. Es un gran día. ¡Y tú cierra el pico, Irina!
Swetlana nota que Mischa tiembla. Le da miedo su vociferante tío, pero no llora. Quizá porque las dos niñas siguen mirándole fijamente.
Como ahora Irina tiene que obedecer sin chistar, se desfoga con sus hijas.
—¿Qué estáis mirando con esa cara de bobas? ¡A la cama! ¡Y pobres de vosotras que os quedéis escuchando al lado de la puerta!
Las niñas salen zumbando. Irina se levanta y cierra la puerta tras ellas, luego vuelve a sentarse en su sitio. Ya nadie se atreve a comer, Boris se termina el té y la madre se queda otra vez ensimismada.
—Pues sí que has tardado en encontrar el camino de vuelta a casa —empieza de nuevo Irina—. La guerra terminó hace ya cuatro años. ¿Tan a gusto te encontrabas con los fascistas en Alemania?
Swetlana mira a Boris, pero a este no parece importarle el tono ofensivo con que ha sido formulada la pregunta. ¡Con qué bruja se ha casado su hermano!
—No fui allí por voluntad propia, eso ya lo sabéis —dice Swetlana de mala gana—. Después de la guerra, los americanos nos han alojado y mantenido en los campamentos. Pero eran tantas las personas deportadas por los alemanes, que ha pasado mucho tiempo hasta que nos ha tocado a Mischa y a mí ser liberados del campamento.
Boris asiente con la cabeza, se toma el último blinis, lo mastica despacio y luego mira al pequeño Mischa. El niño es rubio y tiene los ojos de color gris azulado. Es muy alto para su edad.
—¿Y este? —pregunta, señalando con la cabeza hacia Mischa—. ¿Tiene un padre alemán?
—Sí.
Swetlana le oye decir que todos los soldados alemanes son unos cerdos. Que en Smolensk causaron estragos y se portaron como salvajes, violando a todas las mujeres, sin arredrarse siquiera ante las niñas y las ancianas.
—Irina te lo puede contar —añade Boris, conteniendo la ira.
—Pero no quiero —responde Irina—. No hay mucho que contar. La guerra es la guerra. Hay que cerrar los ojos y pensar en otra cosa.
Swetlana guarda silencio. Sabe perfectamente de qué habla Irina, que ha vivido algo parecido. Dos veces escapó por los pelos de una violación, y a casi todas sus compañeras de fatigas les fue peor. Su amante la protegió, y lo pudo hacer porque era el director del campamento.
—Pero yo no he tenido ningún hijo —continúa Irina—. Porque no he querido. No quería tener un hijo de un asqueroso fascista.
Swetlana tarda un rato en comprender. ¿Le está echando en cara que no haya abortado de Mischa porque tiene un padre alemán? Pero lo que dice ahora Irina suena mucho más absurdo todavía.
—Pero si una disfruta dejándose follar por un alemán, entonces se queda embarazada.
Boris coge a Irina del brazo y le da sacudidas.
—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo se te ocurre pensar que disfrutó?
—Si no, no se habría quedado embarazada —dice Irina tan tranquila—. Eso lo sabe todo el mundo: una mujer solo se queda preñada si disfruta haciéndolo.
—¿Quién te ha contado esa tontería? —se irrita Swetlana.
—Nadie. Eso es así.
Boris mira a su mujer con cara de incredulidad, pero el gesto convencido de Irina le impresiona. La madre menea la cabeza, pero no dice nada. Swetlana ya está harta. Aquí no es bienvenida; se lo han demostrado con claridad. Su vuelta al seno familiar, con la que había soñado todos estos años y que tanto anhelaba, ha resultado muy distinta de lo imaginado. Se siente amargamente decepcionada. Pero ella no es de las que se conforma con su destino sin hacer nada. Si la tratan con maldad, quiere darles motivo para ello.
Rodea amorosamente a Mischa con el brazo antes de contestar.
—Tienes toda la razón, Irina —dice con una fría sonrisa—. Disfruté haciéndolo. Porque me había enamorado de ese alemán y estaba deseando acostarme con él. ¡Y te juro que esa única noche que pasé con mi amado alemán fue mejor que todas las noches que hayas podido pasar tú con mi hermano!
Por un momento el desconcierto es tal que reina el silencio. A Irina se le pone la cara larga, se queda boquiabierta, con la barbilla caída. Y los ojos de Boris se salen tanto de sus órbitas que por poco se le caen al vaso de té.
—¡Puta fascista! —dice Boris con la voz ronca—. ¡Lárgate de mi casa! ¡Desaparece, asquerosa! No quiero que perviertas a mis hijas inocentes…
Fuera hace un frío gélido, de varios grados bajo cero. Pero eso a Swetlana en este momento le da igual. No se siente ofendida, y menos por esa estúpida Irina, que se ha instalado aquí como si fuera la dueña de la casa. En vida de su padre, no lo habría conseguido, la muy tirana. Swetlana se pone el abrigo, envuelve a Mischa en la toquilla y le tapa rápidamente la cabeza con el gorro.
—¡No te preocupes! —le grita a su hermano—. Nos las arreglaremos. ¡Esta casa apesta a engreimiento!
Después de unos cuantos insultos y réplicas, baja con Mischa al oscuro portal de la casa. Pero no puede salir porque está echada la cadena que cierra la verja. Sacude furiosa la reja y luego tiene que ocuparse de Mischa, que no para de sollozar en un rincón del portal. Se pone en cuclillas a su lado, lo abraza y quiere consolarlo, pero él la empuja y llora más fuerte todavía.
—Tú tienes la culpa… Siempre estás gritándoles a todos… No paras de pelearte…
Swetlana le deja desahogarse, espera a que se calme y le limpia las lágrimas.
—Vamos a casa de Jekaterina. Allí podemos pasar la noche…
—No vamos a ninguna parte. No podemos salir porque la verja está cerrada…
—Voy a llamar a algún piso para que nos abran la puerta. Es muy fácil, Mischa.
—No es nada fácil —gruñe el niño.
Swetlana se pone de pie y cuando se dirige a una de las puertas de la planta baja, oye pasos en la escalera. ¿Será Boris? No, los pasos son ligeros y vacilantes.
—Swetlana, ¿estás ahí?
Es su madre. Por un momento se enciend
