CAPÍTULO 1
El ventilador
¿A quién carajo se le ocurrió que era buena idea poner apliques dorados en un ventilador de techo? Para colmo, todo el sindicato de diseñadores de estas porquerías copió a ese tipo que tuvo la idea y el resultado es que el noventa por ciento de los ventiladores del planeta es estéticamente espantoso.
Para mí, el infierno debe parecerse un poco a este otoño, con un calor insoportable que jamás se apaga. Es como si el verano se aferrara con sus dientes calientes a la ciudad, queriendo quedarse para hacer todavía más difícil todo. Como si no lo fuera ya. Cuesta caminar, cuesta moverse, todo sucede en cámara lenta porque el aire se siente tibio y pesa. Y, para colmo, está lleno de mosquitos, desorientados por andar de cacería fuera de temporada. Por estos días, el único destinatario de mis palabras es este artefacto, un ventilador de techo espantoso. No sé si estoy volviéndome loca, pero como no hay nadie a la vista con quien hablar, me acuesto, lo miro, gira, le hablo, a veces estoy aburrida y me levanto de la cama, me maquillo para parecer un poco más humana, me vuelvo a acostar porque no lo logré y me sigue mirando. Además, convengamos: los ventiladores sacuden aire caliente, no sirven para nada y hacen ese ruidito tactac tactac cada vez que dan una vuelta y terminan siendo la representación de los enviados de Satanás en la Tierra.
Acá estoy, en mi departamento que parece muy canchero, pero está hecho con paredes de papel; un dos ambientes que en realidad bien podría ser uno, pero le metieron una placa de durlock en el medio. Es, literalmente, una caja de zapatos desde la que escuchás con lujo de detalles lo que hacen tus vecinos en el baño. En los tiempos que corren, todo lo lindo es descartable, la mayoría de las veces las cosas están hechas así nomás… y esta no es la excepción. Y yo, como si no fuera suficiente con la desgracia que está siendo mi vida, paso mis días atrapada con un gato que no me cae bien y sé que yo tampoco a él porque me lo deja claro cada vez que tiene oportunidad. Rodolfo no me quiere, me ignora, me da la espalda y preferiría vivir en un refugio de animales metido en una jaula sucia antes que conmigo, que en vano le compro juguetes —para que no rasque mi sillón— y la mejor comida que pueda tener. Me dejo medio sueldo en este gato con cara de culo que igual prefiere hacerme pelota los muebles cuando no lo estoy mirando… y cuando lo estoy mirando también. Es así; hay relaciones que simplemente no están destinadas a ser por más que una de las partes ponga todo para que funcione. “Se necesitan dos para bailar un tango”, diría mi papá, que en paz descanse.
A mí las cosas siempre me salen cruzadas; tengo la capacidad infinita de mandarme cagadas incluso con antelación y descubrir tiempo después que efectivamente me las mandé. O sea, tengo experiencia en esto de bombas que van a explotar porque, generalmente, la que presiona sin querer el botoncito soy yo. Siempre estoy en el lugar de los hechos, como esos noteros de televisión que aparecen a las siete de la mañana en pleno González Catán, bajo la lluvia y abrigados hasta el caracú, mostrando la chapa de la persiana que quedó doblada después del robo a una fiambrería. Yo tengo ese talento y, si me pagaran por eso, me haría millonaria. La cosa es que más allá de cualquier cartel con aviso luminoso que indique que no hay que tocar cierta palanca para evitar el fin del mundo, yo voy a terminar tropezándome con alguna piedra invisible y desatando la guerra de las galaxias. No lo hago queriendo; mi tía Marta —que se llama Marta pero prefiere que lo escriban Martha porque le parece que le da un toque de clase— tiene la teoría de que en parte es por el trébol de cuatro hojas que llevo en mi billetera y fue regalo de mi abuelo. El tema es que Rodolfo, mi gato que no me quiere, le arrancó una y ahora solo tiene tres, entonces en lugar de dar buena suerte genera lo contrario. Todo esto según Marta y su teoría, que puede que en esto no la esté pifiando, pero no explica por qué la suerte jamás me acompañó.
Renuncié al trabajo que más dinero me daba hace poco tiempo —tengo otros, escribiendo para revistas sobre temas que, a veces, me interesan un pomo y, en otras ocasiones, no creo para nada—, con la idea de agarrar mis ahorros e irme a España en busca de algo de aventura y a cumplir algunos sueños que siempre pospuse, después de un desengaño amoroso que me rompió el corazón. No es tanto el hombre en cuestión, Hernán, sino que considero que de cualquier ruptura uno saca algo positivo, crece, aprende lo que quiere o al menos lo que no quiere, y yo todavía estoy en ese lugar en el que no siento nada bueno, nada positivo, ningún aprendizaje. Sin darle vueltas, todavía todo me parece un espanto y estoy en la etapa del instinto asesino a flor de piel, buscando sicarios en LinkedIn y ese tipo de cosas. Voy y vengo, a veces estaciono mi mente en lugares oscuros, porque la historia es tan triste y decepcionante que, de a ratos, justifico todo y me da lástima por él y, otras veces, quiero pasarle por arriba con el auto. Pero como no tengo auto porque se lo quedó él en la repartija de bienes, su vida no corre peligro.
Cuando aterrice en España, me recibirá una amiga que se fue hace un tiempo a vivir allá y que me puede prestar un colchón para tirar en su living, al menos hasta que me acomode en algún espacio propio. Bueno, propio tampoco va a ser, pero mi intención es alquilar algún departamento chiquito, bien ubicado, lo más cerca posible de la playa. Sí, las quiero todas; es que a veces es tiempo de quererlas todas. Estoy harta de vivir siendo sommelier de la vida de los demás, viendo pasar historias felices y sueños cumplidos y yo, acá, mirando como si fuera la novela de la tarde, emocionada con las historias del resto de los seres humanos. No quiero ser de esa gente que va a la costanera con la reposera, el mate y unas facturas a ver cómo despegan los aviones; yo me quiero subir. Tengo pánico de terminar sentada en un sillón como mi tía opinando sobre los vecinos y los conocidos y que mi única expedición semanal emocionante sea ir a la fiambrería. Así que renuncié, como dije, a mi trabajo en relación de dependencia, pero todavía me quedan las cuatro columnas que escribo para revistas femeninas, en las que hablo de amor y de relaciones cuando yo a duras penas puedo sostener la mía con el cajero del mercadito chino de la esquina. Y la sostengo porque ninguno de los dos habla el idioma del otro, entonces todo el intercambio se basa en mover la cabeza, señalar cosas y sonreír, de tanto en tanto. A mí eso me parece un planazo. Las relaciones deberían ser así, sin ir a lo profundo; tendría que ser obligatorio que te emparejaras con alguien que no comprendiera un cuerno de lo que decís y así todo funcionaría. En ese mundo ideal, venderían el “Manual para la pareja perfecta”, que traería stickers con dibujitos de empanadas, un televisor, la factura de Metrogas y así. Entonces, vos señalás y el otro entiende, mueve la cabeza y chau. Un mundo de relaciones solucionadas a base de mostrarle un pictograma al que tenés al lado.
Después de abandonar el laburo que me daba de comer, agarré la nueva hoja en blanco de mi vida —bueno, quizá tenga algunas tachaduras y no esté tan limpia— pero resulta que me falta un papel sin el cual no puedo viajar y todo parece indicar que tengo para un largo rato entre estas paredes, comiéndome los pocos ahorros y mirando el ventilador. Con esos apliques dorados horrendos.
No hay que creer que la vida del que vive de escribir es una vida de abundancia financiera y que por eso me puedo dar el gusto de ir viajando por el mundo. No, no lo es. Yo tengo mi primera novela terminada, golpeo todas las puertas posibles para verla publicada y mientras tanto escribo esas reflexiones para el universo femenino. Las mujeres me leen, mis columnas gustan y en las revistas en las que trabajo están muy contentos con lo que hago. Pero, claro, no lo suficiente como para pagarme decentemente. Así fue como terminé agarrando por las mañanas aquel laburo en un estudio de contadores, cosa que nada tiene que ver conmigo —y no sé si hay algo en el planeta que tenga menos que ver conmigo— ocupándome de algunas tareas administrativas. Los escritores —como casi todos los que se dedican a algo que tenga que ver con lo artístico— solemos trabajar por la tarde o por la noche, entonces ese trabajo me iba bien y no se chocaba con mi universo de las palabras. Pero esta nueva etapa que vivo está llena de decisiones que tomar… y dejar ese laburo fue la primera. Claro, yo no contaba con una pandemia que se iba a desatar y me iba a clavar acá, masticando las últimas monedas y puteando al sistema solar.
Si abrís Instagram por estos días, te llueven cartelitos que te ordenan: tomá agua, meditá, limpiá tu piel, comé frutas, escuchá, estirate, respirá, dormí, soñá, leé buenos libros, seguí aprendiendo. La gente está haciendo panes con masa madre, se arman grupos para hacer gimnasia, aparecen tutoriales hasta para doblar el papel higiénico, te enseñan a ordenar el placard por colores y ofrecen talleres para diseñar tu propia ropa partiendo de una cortina vieja. Yo no quiero alimentar todos los días una cosa deforme y olorosa metida en un frasco de vidrio para después comérmela, así que no participo de todas esas cuestiones y solo las observo de reojo mientras miro, a medias, series y películas y bajo libros de internet que tampoco voy a leer. Me molesta que la gente esté tan activa, me hace sentir mal; ellos con tantos abdominales de cubetera de freezer y yo sacándole la pelusa al almohadón del sillón. El que no está físicamente activo, está en un momento de introspección y pretende contagiar a los demás; así es como varias veces por día te cruzás con gente que te dice que tenés que soltar, que todo el contexto que estamos viviendo es una oportunidad perfecta para eso, que es una señal del universo. Soltá, soltá. ¿Qué tengo que soltar? Yo no quiero soltar nada, déjenme en paz. Lo único que quiero es que todos dejen de hacer sentadillas y flexiones de brazos en vivo y en mi cara, y de llenarme de culpa y de estímulos baratos de profesora de gimnasia gritona mientras yo los miro desde un banquito de diseño incomodísimo comiendo pan con manteca.
Eso. En algún momento vamos a tener que analizar si queremos banquitos cómodos y normales o si vamos a seguir sentándonos en butacas de mimbre enanas que te dejan todo el culo marcado cuando te levantás. Estoy harta de lo que parece, pero al final no es y la vida está llena de situaciones así. Un poco como Instagram y sus filtros, una red en la que ves personas que después no reconocés si te los cruzás en la vida real porque ya ni las personas se parecen a sí mismas. Tengo un amigo que fue a una cita con una chica que conoció en una red social; ella estaba en el bar con algunas amigas y lo invitó a ir con sus amigos. Él llegó, muy galán, saludó a todas y finalmente se sentó al lado de Lucía, la chica en cuestión. “¿Qué onda, Lu? ¿Todo bien?”, dijo él. Por supuesto le pifió y Lucía era otra, que era tan diferente a sus propias fotos que no podías ni imaginar que fuera la misma. Pasa todo el tiempo; situaciones “sí pero no”, decepciones y desilusiones. Yo quiero un banquito que cumpla su función de banquito; ya cambié. Ahí tenés, ya solté algo al final. Te solté el banquito de mimbre; puedo vivir sin él. Nos aferramos a estupideces hasta que se acerca la ola gigante, como en la peli del tsunami. Es en esos microsegundos que entendemos que no saldremos corriendo a buscar nuestro mejor vestido para salvarlo del agua, sino que lo más importante siempre pasa por otro lado, a veces un costado sentimental y otras uno pragmático, porque habrá quien corra a buscar la caja del DNI, el acta de nacimiento apostillada por no sé quién y el pasaporte y algún otro se trepará a una baulera para bajar la cajita de zapatos llena de recuerdos de infancia. Lo que es seguro es que el pobre banquito termina como último orejón del tarro, es cantado que nadie pensaría primero en él. Pero bueno, necesitamos la ola gigante, un par de pandemias y el dedo metido ya sabés dónde. Ya hablaré de eso de meter los dedos en lugares poco convencionales que no van, no es el momento todavía, aunque todo tiene que ver con todo. Cuando todo esto pase, también habrá que decidir si segu
