Advertencias de contenido
Con todo es una comedia romántica oscura que contiene elementos fuertes. Se advierte a los lectores de que en este libro encontrarán lo siguiente:
Apuestas
Consumo de alcohol y de drogas
Agujas (tatuajes)
Club de juego
Mención a la mafia y a sus crímenes
Mención a asesinos en serie
Inseguridad alimentaria
Restricción alimentaria
Chantaje
Acoso, extorsión y amenazas
Enfermedad crónica y dolor
Violencia
Descripción de un accidente de coche (recuerdos)
Amputación y exposición de una cirugía
Ambientación en un hospital
Abuso a menores y abandono (recuerdos)
Traumatismo craneoencefálico
Infidelidad (recuerdos)
Asesinatos (recuerdos)
Secuestro
Atropello con fuga
Sexo explícito (incluye varias parejas y sexo anal)
Juegos sexuales con semen
Juegos sexuales que implican un sumiso rebelde
Privación del orgasmo
Muerte de un progenitor
Para aquellas personas que se sienten atraídas por hombres en contra de su voluntad
1
Tyler
Un millón de dólares. Eso es todo lo que podría ganar esta noche si la fiesta seguía así.
Todavía no me podía creer que lo hubiera conseguido. Semanas de planificación, decenas de miles de dólares invertidos y un sinfín de leyes quebrantadas…, todo para organizar una noche privada de apuestas de alto riesgo a bordo de un barco de carga abandonado que llevaba años pudriéndose en el antiguo puerto. Era el último lugar en el que alguien buscaría una fiesta exclusiva para la élite de la ciudad, lo que lo convertía en el sitio perfecto.
Un estrepitoso aplauso estalló entre la multitud. Todos llevaban máscara para proteger su anonimato, incluido el personal, pero, como maestro de ceremonias, yo sabía quiénes eran. Me giré y vi a una mujer rubia con un vestido de gala rojo pasión saltando de alegría. Debía de haber ganado mucho dinero, lo cual era algo bueno tanto para ella como para mí.
Como corredor de apuestas de esta pequeña velada, yo me llevaba el diez por ciento de todas las ganancias. Y sí, sé que un millón de dólares puede parecer mucho dinero, pero, después de todos los sobornos y de las grandes cantidades que había desembolsado, tendría suerte si conseguía quedarme con un tercio, y gran parte de esa cantidad la reinvertiría en mi próxima noche de juegos.
Pero merecía la pena. Al fin y al cabo, lo que realmente daba dinero eran los intereses. Si alguno de nuestros jugadores se quedaba sin fondos, nosotros, la casa, le proporcionábamos medios para que siguiera jugando. A cambio de una comisión, claro está. Era tan baja que resultaba tentadora, un anzuelo que mordían los más despistados. No era hasta después de caer en la trampa cuando se daban cuenta de lo mucho que acumularían en comisiones si no nos devolvían el dinero a tiempo.
Recorrí con la mirada el resto de la sala, una cámara enorme que antes usaban como bodega de carga. Ahora, más de dos docenas de mesas llenaban el espacio, algunas cubiertas con manteles blancos de lino y fuentes cargadas de comida de alta cocina, mientras que otras estaban rodeadas de jugadores con vestidos y trajes de diseño. Al fondo de la estancia se encontraba una barra, y los camareros iban y venían para servirles cócteles de primera a la multitud. Una luz suave se filtraba desde los candelabros y se reflejaba en las joyas y las copas de champán, dando a la escena un aspecto casi onírico.
Suspiré, pensando en la guerra interna que libraba dentro de mí. Lo de esta noche era un triunfo, una fiesta que eclipsaba todas las demás. Pero la próxima vez tendría que buscar algo mejor, más inesperado y emocionante. Mis fiestas debían seguir siendo el entretenimiento más codiciado y escurridizo de la ciudad. Había aprendido que los ricos eran como niños mimados; se distraían fácilmente con cualquier objeto brillante, por lo que requería mucho esfuerzo lograr que no perdieran el interés en conseguir un sitio en mis mesas.
Y pensar que todo esto empezó en mi habitación de la universidad. Era un estudiante sin un duro que cursaba un doble grado en Finanzas y Administración de Empresas, y que buscaba ganar dinero para no tener que dejar los estudios. Siempre se me dieron bien los números y reconocer patrones, así que las cartas me parecía que estaban chupadas. Mi mente sabía perfectamente cuáles quedaban en la baraja sin necesidad de contarlas de forma consciente.
Al principio, mis noches de póquer eran poca cosa, solo yo y la gente a la que conseguía convencer de jugar conmigo. La mayoría se iban después de perder contra mí una y otra vez, por lo que pensé que todo se había acabado incluso antes de empezar, que mi plan para ganar dinero se había ido al traste. Pero entonces comenzó a correr el rumor de que era invencible, y pronto todos los aspirantes a convertirse en profesionales del póquer y genios de las matemáticas querían jugar contra mí, lo que me generó dinero suficiente para evitar una crisis económica.
Una clase sobre emprendimiento plantó dentro de mí la idea de que podría conseguir más pasta y de una forma más estable desde detrás de la mesa. Podría convertir las partidas en un negocio. Abrí la veda a toda clase de jugadores, desde profesionales hasta novatos que querían probar suerte por primera vez. Y entonces pasaron dos cosas: en la universidad, la gente descubrió que mi mejor amigo, Josh, era hijo de un asesino en serie famoso, y luego los profesores se enteraron de lo de mis partidas. Así que nos mudamos a la ciudad para empezar de cero. Yo me cambié de universidad, pero Josh dejó los estudios y se hizo hacker profesional porque era mejor programador que cualquiera de sus profesores, por lo que ya no tenían nada más que enseñarle.
Dejé lo de las apuestas a un lado, terminé mi último año y entré en las finanzas corporativas después de graduarme. Pero solo me llevó un año darme cuenta de lo mucho que aborrecía mi trabajo. Odiaba tener que vestirme de traje para compartir mi tiempo con un grupo de gilipollas que seguían El lobo de Wall Street al dedillo, como si se tratara de un manual de instrucciones. Odiaba mi ridículo sueldo, que apenas me daba para vivir, cuando sabía que había formas mejores (y más sencillas) de ganar dinero. Además, me aburría como una ostra. No era emocionante. Y mi jefe era un payaso que solo había conseguido el puesto por nepotismo, no por méritos propios… Otro recordatorio de por qué siempre había odiado a los ricachones.
Dimitir me permitió volver a las viejas costumbres. Organicé otra noche de póquer y la reconstruí desde cero. Esta vez, me permití pensar a lo grande. No lo hacía únicamente por el dinero. Tenía un propósito: la venganza. Un objetivo que conseguir. Cada partida lo tenía más cerca, pero esta noche en particular podía suponer un movimiento decisivo. Un movimiento que lograría acercarme más que nunca a él.
Sonaron más vítores en una partida de blackjack cercana. En esta ocasión, un marchante de arte había ganado. A su izquierda, un agente de fondos de cobertura lo miraba con envidia. A su derecha, un capo le daba una palmadita de felicitación en la espalda.
Aparté la mirada y me ajusté la máscara. Era negra, con piedras preciosas verdes y moldeada para parecer un demonio, con cuernos retorcidos y las cuencas de los ojos vacías. Quizá era un poco exagerada, pero, dado que me habían descrito como la mismísima reencarnación del diablo más de una vez en mi vida, me pareció que la simbología les serviría a mis clientes como recordatorio de que no se pasaran de listos conmigo.
Me coloqué la máscara en su sitio y me dirigí hacia un trío de mesas de póquer cerca de la caldera del barco. En la del centro, de espaldas a mí, estaba un niñato de veinte años que no pintaba nada aquí.
Blake McCormick.
Era el heredero de una de las mayores fortunas de la ciudad. Lo había sentado junto a los mejores jugadores de póquer presentes y, si todo salía según lo planeado, los camareros se estarían asegurando de que bebiera más de lo debido. También me había encargado de ordenarle al crupier que informara a Blake de que, en caso de extralimitarse y quedarse sin dinero, la casa le prestaría más con mucho gusto.
El crupier y yo nos miramos, y el hombre me dirigió un leve asentimiento a modo de confirmación.
Sonreí. El chico ya estaba acumulando una buena deuda y la noche solo acababa de empezar. ¿Cuánto podría llegar a deberme cuando llegara a su fin? ¿Medio millón? ¿Más? Fuera la cantidad que fuese, pensaba aprovecharlo.
Porque Blake tenía una hermana mayor que haría cualquier cosa por protegerlo, y ella sería mi vía de acceso. El instrumento para alcanzar mi objetivo. Ella me conduciría directamente hasta él. Hasta mi padre. El hombre por el que vine a esta ciudad. El hombre al que quiero destruir.
«Nos vemos pronto, Stella, corazón», pensé sonriendo para mis adentros mientras otra ronda de vítores estallaba entre la multitud.
2
Stella
El estudio estaba muy tranquilo a esta hora del día, sin los zumbidos de las máquinas de tatuar ni las conversaciones ociosas de mis compañeros de trabajo.
Demasiado tranquilo.
Lo que daba pie a que los pensamientos afloraran. Pensamientos como «¿Me volverán a subir las facturas este mes?», «¿Por qué la palabra “Ohio” se ha convertido en un meme?», «¿Y si el lunar que tengo en el muslo se convierte en cáncer de piel y me mata?».
Conecté mi teléfono al equipo de sonido y puse mi lista de reproducción favorita para acallar mi monólogo interno. Una música suave e inquietante flotó desde los altavoces del techo. Las notas estaban llenas de añoranza, arrepentimiento y recuerdos de tiempos más felices que se desvanecían. Una de las artistas con las que trabajaba, Elayne, dijo que parecía la marcha fúnebre de una solterona victoriana. Se quedó confundida cuando le di las gracias.
La canción combinaba a la perfección con la decoración oscura y gótica del local. De las paredes colgaban antiguos objetos enmarcados. En las estanterías, la taxidermia vintage compartía espacio con réplicas de bustos romanos y plantas de interior de hojas frondosas. En las zonas comunes, unas gruesas alfombras suavizaban el suelo de cemento, con cómodos sillones y sofás de cuero sobre ellas. Era maximalista, todo un festín para la vista. Los clientes nuevos solían decirme que no sabían a dónde mirar primero y los que volvían disfrutaban descubriendo nuevas curiosidades mientras esperaban su turno. Se había convertido en una especie de juego: yo cambiaba un par de cosas de sitio y esperaba a ver quién era el primero en darse cuenta.
Cogí mi café matutino y mi tablet, me dirigí a la zona de descanso y me acurruqué en mi rincón habitual. A veces todavía me costaba creer que este lugar fuera mío. Que hubiera levantado mi estudio de tatuajes soñado a partir de lo que en su momento fue un cubo de cemento sin vida. Me había costado muchísimo trabajo, incontables horas de planificación, bocetos y discusiones con contratistas que intentaban quitarme hasta el último centavo… Hubo momentos en los que sentí que nunca se terminaría, que fracasaría, como con todo lo demás: demasiado inconstante para acabar lo que empezaba, demasiado débil para aguantar hasta el final. Pero, sin saber muy bien cómo, conseguí sobrevivir a este año infernal, y la recompensa de estar aquí sentada, mirando lo que había conseguido, hacía que todo valiera la pena.
Di un sorbo a mi café antes de dejarlo a un lado para coger la tablet. La tienda permanecía cerrada unas horas y solía dedicar ese tiempo a crear. Dibujaba todos mis tatuajes a mano, así que eran únicos. Era una artista neotradicionalista que fusionaba estilos modernos y vintage. Mi especialidad eran los trazos marcados y los colores intensos, con un toque de ilustración extravagante: art nouveau con tintes de Studio Ghibli. Mi estilo no estaba hecho para todo el mundo, pero a quienes les gustaba les encantaba.
Llevaba años perfeccionando mi técnica. Era buena en lo que hacía y eso se reflejaba en lo apretada que tenía la agenda. Hoy había tres tatuajes y dos consultas programadas, y, aunque de primeras no parecía gran cosa, lo era. Uno de los tatuajes era pequeño y no me llevaría mucho tiempo, pero los otros dos eran bastante más complejos. Me esperaban unas ocho horas tatuando y ya sentía el dolor de espalda que se me venía encima. Esta noche necesitaría varios analgésicos y una manta térmica…, pero, una vez más, merecía la pena.
Oí un ruido en la puerta principal y levanté la cabeza.
Esta parte de la ciudad estaba en pleno auge. Es decir, que había tanto lugares la mar de agradables como zonas muy peligrosas, por lo que la amenaza de robos estaba a la orden del día. Tenía las cortinas cerradas, así que no veía quién estaba fuera, pero no me preocupé. En lugar de cristal, las ventanas estaban hechas de un policarbonato transparente irrompible. Todo el estudio, tanto por dentro como por fuera, estaba cubierto de cámaras y había instalado cerraduras comerciales de nivel uno en todas las puertas. Colarse aquí dentro era prácticamente imposible.
Con toda la confianza del mundo en mis medidas de seguridad, me puse de nuevo a dibujar.
La puerta se abrió de golpe.
«¡Joder!».
Me levanté de un salto y cogí una urna que tenía a mano para usarla como arma improvisada justo cuando mi madre entró. Tenía sesenta y cinco años, pero parecía mucho más joven gracias a una mezcla de genética y dinero de sobra para costearse los mejores productos de cuidado facial y tratamientos estéticos del mercado. Era alta y delgada, y llevaba puesto un vestido verde oscuro bordado por la rodilla que con toda probabilidad costaba lo mismo que un sedán de segunda mano. El cabello negro azabache le caía suelto por la espalda. Llevaba tacones de aguja de suela roja. En una mano sostenía un bolso Hermès personalizado y las llaves que ya me arrepentía de haberle dado. Con la otra sujetaba… ¿una lámpara?
—¿Qué estás haciendo, mamá?
Pegó un grito y se volvió hacia mí con una mano en el pecho.
—¿Qué estoy haciendo yo? ¿Qué estás haciendo tú ahí plantada en la oscuridad como una pervertida?
Mi madre era de Inglaterra, pero había vivido tanto tiempo en Estados Unidos que su acento se había transformado en una extraña mezcla de británico pijo y estadounidense estirado; alargaba algunas vocales, mientras que otras las acortaba, por lo que su «pervertida» había sonado más como «peravertida» y, a pesar de mi cabreo, casi se me escapa una sonrisa. Mi hermano pequeño, Blake, y yo íbamos a pasárnoslo pipa llamándonos «peravertidos» entre nosotros cuando se lo contara.
—Creía que intentaba entrar alguien —respondí.
—¿Y qué pensabas hacer? ¿Matarlo de un susto? —Su expresión se tornó preocupada—. Ay, cariño, ¿no te estás echando la crema hidratante? Pareces un fantasma con esta luz.
Las ganas de sonreír se desvanecieron. Levanté la urna.
—Mi plan tiraba más por provocarle un traumatismo. ¿Qué haces aquí?
Ella señaló la lámpara.
—La vi en una tienda de antigüedades del centro y me pareció que tu estudio era el lugar perfecto para ella.
—¿Y tanto te costaba esperar a que abriéramos? ¿Tenías que pasarte sin avisar?
Mi respuesta hizo que pusiera los ojos en blanco.
—Por favor, Stella. A diferencia de ti, los demás no tenemos tiempo para pasarnos la mañana vagueando en pantalón de chándal sucio. He quedado para desayunar, después tengo el día hasta arriba de trabajo y una cena benéfica por los niños desfavorecidos. Además, si no me presentara así, no nos veríamos nunca.
Se dio la vuelta y empezó a andar hacia el mostrador principal, como si el lugar le perteneciera. Yo bajé la vista. Uf, al parecer me había tirado el café encima en algún momento. Y no, todavía no me había echado la crema. Cómo no, tenía que ser mi madre quien me señalara todos mis fracasos matutinos nada más verme.
Suspiré y la seguí. Se había criado en un hogar cruel y severo, donde los elogios no existían y el cariño era un lujo. A pesar de todos sus años de terapia, todavía la incomodaban las muestras de afecto y portaba el esnobismo como una armadura. En especial cuando se sentía vulnerable o descuidada, que claramente era el caso, a juzgar por su último comentario. En lugar de decirlo de forma directa, lo insinuaba, porque era incapaz de admitir cuánto le importaba y cuánto se preocupaba por mí, como cualquier madre.
Sus muestras de cariño resultaban más sutiles: intentaba pagarme el alquiler a escondidas o aparecía de la nada en la tienda con alguna excusa absurda. La de hoy era la lámpara, la de hace dos semanas, que estaba «dando una vuelta por la zona».
Así que sí, mi madre era una completa estirada con infinidad de traumas infantiles sin resolver, por lo que nuestra relación resultaba bastante complicada. Pero la quería y sería la primera persona a la que acudiría si alguna vez me metiera en un problema bien gordo. Otra vez.
Dejó la lámpara sobre el mostrador y, de espaldas a mí, empezó a acomodarla.
Aproveché su distracción momentánea para rodearle la cintura y darle un breve abrazo.
—Yo también te echaba de menos.
Empezó a ponerse tensa, así que me aparté antes de que se sintiera incómoda.
—Sí, bueno, tampoco hace falta ponerse tan sentimental —respondió, pero sabía perfectamente que se había ablandado. Colocó la lámpara junto al monitor del ordenador y dio un paso atrás—. Ni se te ocurra permitir que la gente la toque con sus manos mugrientas. Es una Tiffany.
Casi me atraganto.
—¿Tú quieres que me entren a robar o qué?
Hizo un ademán con la mano y sus sortijas relucieron bajo la tenue luz.
—Dudo que alguno de los gamberros con los que trabajas sepa que es auténtica. Ah, hablando de eso… —Se sacó una tarjeta del bolso—. Dásela a Elayne. Es de un abogado especializado en los derechos de los arrendatarios que conocimos tu padre y yo la otra noche. Le hablé sobre su terrible casero. Cree que vale la pena investigarlo y se ofreció a ocuparse de su caso gratis.
Acepté la tarjeta. Era gruesa, de textura elegante y sobria. Abrí los ojos de par en par al leer el nombre del bufete, uno de los más prestigiosos de toda la ciudad.
Sacudí la cabeza. Puede que mi madre fuera excéntrica, pretenciosa y fría como el hielo, pero en el fondo tenía un corazón de oro. Esa cena benéfica que había mencionado… No me cabía duda de que estaba en la junta, que había organizado el evento ella misma y que había arrastrado a todos sus amigos con dinero a asistir y no los dejaría marcharse hasta haber alcanzado la exorbitante cantidad que se había propuesto. Después, se aseguraría de que todo ese dinero acabara en manos de quienes más lo necesitaban.
Mi madre se acercó, como si fuera a abrazarme. Me quedé quieta, temerosa de asustarla. Dudó, me miró a los ojos y me dedicó una sonrisilla antes de darme una palmadita en el hombro.
—¿Vas a venir al cumpleaños de Tippi?
—No me lo perdería por nada del mundo.
Se refería a nuestra perrita, una bichón frisé muy mayor que estaba sorda y medio ciega, pero que era incluso más estirada que la mujer que tenía delante.
Mi madre me examinó de arriba abajo una vez más con una expresión horrorizada.
—No pretenderás… llevar eso puesto todo el día, ¿no?
Señalé la puerta.
—Fuera.
Abrió la boca, pero levanté la urna y la sacudí de forma amenazante.
Por suerte, se encaminó hacia la salida, aunque se tomó su tiempo para dejar bien claro que era ella quien decidía marcharse. En cuanto llegó a la puerta, se detuvo con el rostro contraído.
—Vi a Maddie este fin de semana, en la fiesta de verano de su tía.
Me puse rígida. Su nombre era como una bofetada.
La expresión de mi madre se ensombreció.
—Me preguntó por ti.
—¿Por qué? —La rabia me subió por la espalda.
Ella se encogió de hombros.
—Por osadía, supongo.
—¿Por fin está preparada para responsabilizarse de lo que hizo?
La risa de mi madre fue seca, sin rastro de humor. Me quedó clara la respuesta.
—Ya, eso me imaginaba —bufé—. Hasta que no diga la verdad, no tenemos nada de qué hablar.
—Te lo cuento porque, si tuvo el descaro de venir a hablar conmigo, quizá también venga a buscarte. Y no te estoy diciendo que la perdones…
—Lo que hizo no tiene perdón —escupí.
—Pero si la asesinas probablemente te salgan arrugas, y, teniendo en cuenta que tampoco te estás cuidando la piel como Dios manda, eres más propensa a…
—Genial, siempre es un placer verte. ¡Adiós! —dije casi echándola de la tienda.
Se detuvo y me miró con una expresión parecida al arrepentimiento, como si se planteara darse media vuelta para tener una conversación real conmigo por una vez en su vida. Estaba a punto de abrirle la puerta cuando pareció pensárselo dos veces. Me dedicó un breve asentimiento de despedida antes de dirigirse con paso decidido hacia el Mercedes que la esperaba junto a la acera.
Varias horas más tarde, me despedí de mi última cita del día. Era una chica rubia de veintipocos años que se creía la persona más guay de la ciudad. Y, a ver, probablemente lo era. Tenía más de dos millones de seguidores en redes sociales y casi la misma cantidad de suscriptores en YouTube. Se ganaba la vida como gamer de videojuegos cozy.
Ahora un enorme cuervo posado sobre una calavera rodeada de flores le cubría el antebrazo derecho. Llevábamos meses trabajando en él, porque tenía muy poca tolerancia al dolor. Primero hicimos el delineado, después el sombreado y, por fin, esta noche, añadimos el color. Los tonos intensos destacaban incluso bajo el vendaje de Saniderm que le cubría el tatuaje.
La miré.
—Ashley, te lo juro por Dios, como no te lo cuides como te he dicho…
Puso los ojos en blanco con expresión de fastidio.
—Sí, mamá.
Me puse rígida. Tampoco le sacaba tantos años.
—Es uno de mis mejores trabajos. No lo estropees.
—¿O qué? ¿Me vas a castigar sin salir?
Negué con la cabeza.
—No. Me meteré en tu próximo directo y le contaré a todos tus seguidores que haces trampa y usas comandos especiales.
—¡Secreto profesional! —gritó a la vez que giraba la cabeza para asegurarse de que nadie nos hubiera oído.
—Eso es cosa de abogados y terapeutas.
El rostro se le tiñó de rojo de la indignación.
—Confié en ti.
Sonreí.
—Ese fue tu primer error.
Me hizo una peineta y salió del local.
—¡Un placer trabajar contigo! —grité.
Una corriente de aire cálido me acarició la piel mientras la puerta se cerraba lentamente tras ella. Había sido otro día abrasador; el sol calentaba y había tanta humedad que hasta se me encrespaba el pelo, liso como una tabla. El verano era la estación del año que menos me gustaba. El ambiente lo volvía todo pegajoso y maloliente. El cemento solo lo empeoraba, ya que absorbía el calor durante el día y lo liberaba por la noche, por lo que nunca refrescaba. Me moría de ganas de que fuera otoño. Soy tan básica que en cuanto llegue septiembre seré la primera de la cola para comprarme mi primer pumpkin spice latte de la temporada, como todo el mundo.
La puerta se cerró del todo, poniendo fin al calor de la noche, y regresé al interior del local para acabar con la transacción de Ashley. Eran las nueve y en el estudio las agujas casi echaban humo, pero el sonido quedaba ahogado por las conversaciones a todo volumen.
La tienda era de tamaño mediano y contaba con un diseño sencillo. La recepción y el mostrador principal flanqueaban la puerta. El pasillo conducía a seis cabinas de tatuar individuales. Ninguna de ellas tenía puertas y el suelo de cemento hacía que hubiera mucho eco, por lo que las voces se propagaban por todo el local. Esta noche, la música era alegre y movidita, porque Elayne había sintonizado una emisora de pop alternativo.
Sonreí. Me sentía contenta, casi podría decir que hasta feliz. Después de haber estado a punto de perderlo todo, había logrado algo. Y me pertenecía solo a mí. Sin la ayuda de nadie, a pesar de lo mucho que mis padres se empeñaban en meterse en mi vida. No es que no agradeciera que quisieran echarme una mano. El problema era que ya habían hecho mucho por mí (demasiado, de hecho), por lo que quería conseguir esto por mi cuenta.
¿Me aterrorizaba cagarla? Por supuesto. No me sobraba el dinero; al fin y al cabo, el negocio era nuevo y necesitaban mi herencia para otra cosa, por lo que escatimaba en gastos todo lo que podía y me aseguraba de invertir cada dólar ganado con cabeza. Me había convertido en una manitas: me encargaba de la limpieza, era la especialista en informática y, en una ocasión asquerosamente memorable, hice de fontanera.
Y el trabajo empezaba a dar sus frutos. Ya teníamos una clientela bastante fiel. Buenas reseñas en internet. Una presencia en redes sociales que crecía cada vez más gracias al tiempo que le dedicaba a las fotos y los vídeos. Todavía me pasaba algunas noches en vela, preocupada por que todo se fuera al traste, pero mi miedo ya no era algo constante, y en semanas como esta, en las que estábamos hasta arriba, no me costaba tanto pensar que lo lograría. Que quizá, por una vez en mi vida, tendría éxito en algo. Y eso era lo único que quería. No solo por demostrar que podía hacerlo, sino porque esto era lo que de verdad deseaba.
Desvié la mirada hacia la lámpara Tiffany junto a la caja registradora. Mi madre tenía razón. Quedaba perfecta. Venga, vale, quizá un poquitito de ayuda no iba a matarme, pero me negaba a permitir que me pagaran el alquiler.
El retumbar de unos pasos pesados me sacó de mi ensimismamiento. Me volví y vi a Derrick, uno de mis tatuadores, caminando por el pasillo. Se trataba de un hombre serio de cincuenta y tantos con el pelo plateado. Era alto, fuerte, blanco, con una barba cuidada pero sin perilla y con más tatuajes que cualquier conocido mío. En su vida pasada había pertenecido a una banda de moteros criminales de Texas, pero tuvo una discusión con su líder megalómano y salió pitando de allí antes de acabar muerto. No estaba muy segura de si Derrick era su nombre real, pero tampoco me importaba, porque su especialidad era el realismo y el tío era una puta pasada.
Miré al cliente que lo seguía, un chico negro altísimo que no apartaba la vista de su antebrazo mientras admiraba su nuevo tatuaje. A medida que se acercaba, entendí por qué. Parecía que algo lo había arañado, tenía tres tajos enormes que revelaban un atisbo de pantera debajo. Casi daba mal rollo de lo bien hecho que estaba, como si de verdad le hubieran rasgado la piel.
En momentos como este, me preguntaba cómo narices había conseguido a Derrick. Era un artista de primera categoría, solía atraer a clientes famosos, por lo que podría haber trabajado en cualquier sitio, pero, por alguna razón, apareció en mi estudio un día y me pidió trabajo. De hecho, si no tenía ataques de pánico cada semana era gracias a él y a todo el dinero que me hacía ganar. Hasta me planteé que mi padre o mi madre hubieran hablado con él a mis espaldas. No sería la primera vez que hacían algo similar… Echarme una mano desde las sombras a pesar de haberles dicho que necesitaba encargarme de esto yo sola. Cada vez que se lo insinuaba a Derrick, él cambiaba de tema o se hacía el tonto, por lo que mis sospechas no hacían más que aumentar.
—Qué pasada —dije.
Derrick soltó un bufido, pero su cliente me dirigió una sonrisa.
—Gracias —respondió.
Intenté fingir que no estaba flipando.
—¿Te dará tiempo a que se cure antes de empezar a entrenar?
Él asintió.
—Sí, no volvemos hasta septiembre.
—Buena suerte con la temporada —añadí.
Él ensanchó la sonrisa.
—Muchas gracias.
Me dirigí hacia mi cabina antes de hacer alguna estupidez, como ligar con una estrella de la NBA.
3
Tyler
—Un club sexual —dije—. Somos dueños de un club sexual.
Me giré para mirar a Nico «Junior» Trocci, mi socio en esta aventura. Pelo oscuro, piel olivácea, complejo de Napoleón. Los tatuajes del cuello le supondrían un problema si algún día intentaba buscar un trabajo normal, pero, teniendo en cuenta que nació en la realeza de la mafia, dudo que eso lo preocupe.
Él y yo teníamos una relación… complicada. Solía follarme a su sobrina, Aly, que al parecer estaba comprometida con mi mejor amigo, Josh, quien empezaba a sospechar que también era el mejor amigo de Junior.
El muy traidor.
Junior y yo no nos llevábamos bien. No sé si fue una movida territorial o que simplemente nos caíamos mal, así que el hecho de que ahora fuéramos socios era algo que jamás me habría imaginado. Por desgracia, no hubo forma de evitarlo.
Apareció en la fiesta del barco la semana pasada para intentar comprarme la deuda de alguien y terminamos chantajeándonos hasta arrinconarnos. Él me amenazó con contarle a Josh lo de mis apuestas ilegales y yo lo amenacé con contarle a su padre (que era casi igual de malo que el de Josh) lo de su interés en este edificio. Al final, acabamos comprándolo a medias, y ahora estaba segurísimo de que esto iba a acabar fatal.
Junior frunció el ceño.
—Se llama «club para adultos».
Lo miré. Qué guapo era el hijo de puta. Había heredado los rasgos oscuros de su padre y los ojos verdes de su madre. Qué pena que fuera un heterazo y no pudiéramos aprovechar la tensión que había entre nosotros. Es mucho más fácil tratar con la gente después de echar un buen polvo.
—¿Es rentable, al menos? —pregunté.
—Sí —respondió una voz dulce y femenina.
Junior y yo nos giramos y vimos a su novia, Lauren, entrando en la habitación. Era bajita, guapísima y estaba fuera del alcance de Junior. Tenía el pelo largo y de color castaño oscuro, los ojos grandes y marrones, y la piel bronceada. Todavía no entendía cómo semejante imbécil había conseguido a esa chica.
—¿Puedes demostrarlo o se supone que debo creerte así porque sí? —dije.
Junior me pegó un codazo. Fuerte.
—Cuidado con cómo le hablas.
Crucé la mirada con Lauren.
—¿Por qué? ¿Eres igual de sensible que tu novio?
Ella me dirigió una sonrisa radiante.
—Tengo la costumbre de darle con la Taser a la gente que me cabrea. Intenta ahorrarte el mal trago.
Solté una carcajada. Menuda gilipollez.
Junior percibió mi incredulidad y se levantó la camiseta para revelar una fea quemadura a medio curar.
Volví a mirar a Lauren y ella afiló la sonrisa. Vale, quizá estos dos psicópatas sí que pegaban.
—Un puto club sexu… para adultos —me corregí, echando un vistazo alrededor. El local no abriría hasta dentro de varias horas, pero, incluso a plena luz del día, era un lugar oscuro e íntimo, con papel pintado negro de damasco, muebles cómodos, una barra reluciente al fondo y una escalera a la derecha que subía a las… ¿salas sexuales? ¿Salas para adultos?
Madre mía, ¿dónde cojones me estaba metiendo?
Me pasé una mano por la cara.
—¿Cómo se supone que voy a explicarle todo esto a mi contable, con sus setenta años?
—Dile que estás explorando tu fetiche de sumiso rebelde —respondió Lauren.
La miré con el ceño fruncido.
Ella resopló.
—Venga ya. Se ve a leguas que necesitas que te obliguen a arrodillarte y a cerrar la puta boca hasta que te den permiso para volver a hablar.
Sonreí.
—¿Te estás ofreciendo voluntaria?
Junior soltó lo que pareció un gruñido, confirmando su sensibilidad. Lauren se echó a reír.
—Domesticar a niños mimados no entra en mi lista de fetiches, pero no te preocupes, tenemos a gente que puede enseñarte a comportarte.
—Paso —respondí—. Portarse mal es mucho más divertido.
Junior, a punto de perder la paciencia, señaló la escalera.
—¿Podemos acabar ya la puta visita? Tengo que seguir con mi día.
Le hice un gesto para que avanzara. Por una vez, estábamos de acuerdo, ya que yo también tenía muchas cosas que hacer.
—Tú primero.
Las ganas de añadir un «mequetrefe» al final de la frase eran fuertes, pero, si Junior y yo queríamos que el negocio funcionara, tendría que aprender a controlar mi necesidad constante de burlarme de él.
¿Qué puedo decir? El tío era una presa fácil, y, aunque la movida esa del sumiso rebelde que había dicho Lauren no me llamaba la atención, sí que me divertía tocarle las narices a la gente. Porque era mucho más fácil que se fueran de la lengua cuando estaban con las emociones desbordadas, que dijeran algo que de lo contrario no dirían, que revelaran más de lo que pretendían. Y esos pequeños deslices eran fáciles de explotar.
Junior y Lauren me enseñaron el resto del club y me contaron que se llamaba Velvet. El primer piso contaba con espacios comunes, pero la disposición de la barra era especial, ya que, debido a la normativa de la ciudad, no se podía servir alcohol en el local. Por suerte, sí que estaba permitido que la gente trajera sus propias bebidas, por lo que habíamos contratado a camareros para servir y hacer las mezclas con lo que trajeran los clientes. Tras pasar la estancia principal, había varios espacios más pequeños: salas con asientos acogedores y luz tenue, rincones escondidos, y hasta una pequeña biblioteca que olía a cuero y a libros viejos. No difería mucho de cualquier otro club pijo de la ciudad.
O eso pensaba, hasta que me enseñaron las salas para adultos del segundo piso. Todas tenían un diseño similar: cuadradas y con asientos a un lado que miraban hacia un pequeño escenario elevado. La primera que visitamos, la sala de voyerismo, solo contaba con una cama y una silla en el escenario, y, por la mirada larga y significativa que compartieron Lauren y Junior cuando creían que no estaba atento (spoiler: siempre estoy atento), llegué a pensar que este espacio tenía algún significado especial para ellos.
No mostré ninguna reacción, pero la idea de que a Junior «Vainilla» Trocci le gustara ver a otras personas follar me voló la cabeza. Aunque, bueno, a su prima Aly y a mi mejor amigo les iban las máscaras (información que me encantaría poder borrar de mi mente), así que igual lo de los fetiches era algo que venía de familia.
Después atravesamos otros espacios y Lauren me explicó para qué servía cada uno antes de subir al tercer piso, donde se encontraban las habitaciones privadas, que obviamente estaban concebidas para follar.
Lauren se volvió hacia mí en medio de la más grande, que tenía una cama enorme con un dosel de terciopelo a un lado y una pared de espejos al otro.
—Nuestra idea es alquilar estas habitaciones durante el día a fotógrafos de boudoir y sus modelos.
—¿Todos los días de la semana? —dije—. ¿No solo los cuatro que abre el club?
—Todos los días —respondió Lauren.
Había sido ella la que había hablado todo el rato; Junior se limitaba a asentir y a observarla con admiración. Estar con ellos era igual de horrible que estar con Josh y Aly. Todos los que me rodeaban estaban asquerosamente enamorados y empezaba a darme grima.
—¿Cuánto pensáis cobrarles por hora? —pregunté.
Lauren contestó y empecé a hacer los cálculos en silencio, sumando el número de salas privadas y las horas que podríamos alquilarlas a lo largo de la semana.
—Eso ayudará a cubrir los costes de la reforma —sentencié.
Durante la visita, Lauren me contó que planeaba convertir Velvet en el club más seguro y rentable del país. Por mí, a tope, porque tener las cuentas a reventar de dinero legal era más que bienvenido. Mi venganza tenía fecha de caducidad y, después de llevarla a cabo, tenía en mente dejar el tema de las apuestas, lo que significaba que necesitaba una nueva fuente de ingresos que fuera legal. Como esta.
Me volví hacia Junior.
—¿Necesitas que te eche una mano con las cuentas?
Él negó con la cabeza.
—No hace falta.
Lauren lo enganchó del brazo y lo miró embobada.
—Es un secreto, pero es un genio de las mates.
No me sorprendió. Junior era un hombre cauteloso. No estaría tan obsesionado con comprar este edificio si no fuera rentable, al margen de lo pillado que estuviera por una de las dueñas del club.
—Bueno, de todas formas, me gustaría echarles un vistazo —insistí—. Solo para asegurarme. Si voy a ser un socio sin voz ni voto en esta pequeña aventura, quiero comprobar que lo tenemos todo bajo control.
—Te enviaré las cuentas más tarde —respondió Junior.
Eché un vistazo al reloj. Todavía tenía muchas cosas que hacer, y quería ir al gimnasio antes de mi último compromiso, el más importante.
—¿Hemos acabado?
—Hemos acabado —afirmó Junior.
—Genial. No la cagues.
Y, después de
