Glosario
deofol
Del inglés antiguo dēofol, «diablo». Espíritus familiares utilizados para la comunicación, la compañía y el consejo. Los deofol no se eligen; se manifiestan en la infancia como una forma juvenil del animal en cuestión y crecen junto al niño. Según el nivel de control de la seith que tenga el invocador, su forma física puede ser nebulosa o detallada.
viruela de platt
Llamada así por Epilotte Platt, Haelan que describió por primera vez la enfermedad durante un brote, un siglo antes del comienzo de esta historia. La viruela de Platt es una enfermedad muy contagiosa que se caracteriza por la formación de grandes llagas supurantes. Afecta sobre todo a niños de entre uno y doce años. La encefalopatía es una complicación grave, y por desgracia común, que requiere la intervención de un Haelan para revertirla.
seith
Del nórdico antiguo seiðr, «magia», aunque Aurienne Fairhrim diría que cualquier magia, cuando se estudia en suficiente profundidad, es ciencia. Todo el mundo puede utilizar la seith para acciones básicas como invocar a su deofol, utilizar una viedra o activar los condensadores de seith. El estudio avanzado de la seith requiere la iniciación en una orden y alcanzar la maestría requiere un tācn.
t
cn
Del inglés antiguo tācn, «señal», «símbolo», «evidencia». Marca grabada en la palma de la mano de los miembros de pleno derecho de una orden determinada. El mecanismo de la marca activa el sistema seith y permite un flujo y una manipulación de la seith exponencialmente mayor.
los t
endoms
Del inglés antiguo tīen, «diez», y dōm, «jurisdicción». Nombre colectivo de los diez pequeños reinos que se disputan el control de un archipiélago en el océano Atlántico Norte. La porosidad de las fronteras entre los Tīendoms depende del clima político; cuando se avecina la guerra, cosa que ocurre con frecuencia, se cierran las viedras y las fronteras.
viedras
Del latín via, «camino», «viaje», y el griego antiguo πέτρα (petra), «roca». Las viedras son menhires altos con grabados rúnicos, dispuestos a lo largo de una red de líneas ley llamada «gratícula de viedras». Son el medio de transporte más común de los Tīendoms. Suelen encontrarse cerca de las tabernas, que se encargan de su mantenimiento. Los miembros de la Orden Leyfarer controlan y gestionan la gratícula de viedras.
Nota al contenido
La deliciosa tortura de amar a tu peor enemigo es el segundo libro de la bilogía Queridos Enemigos, una historia de fantasía romántica en la que dos enemigos, un asesino y una sanadora, recorrerán el camino del odio al amor. Contiene elementos que pueden no ser adecuados para todos los lectores, como violencia explícita, muertes, palabrotas, contenido sexual, contenido médico que incluye enfermedades ficticias que afectan a adultos y niños, enfermedades ficticias curadas mediante la magia y descripciones de niños enfermos en un entorno hospitalario. Rogamos una lectura responsable.
Encontrarás más información sobre las órdenes y una guía de pronunciación al final del libro. Por último, la novela se ambienta en un Reino Unido alternativo, y por ello expresiones y palabras procedentes del inglés aparecen a lo largo de la misma.

La historia hasta ahora
Cuando conocemos a Osric Mordaunt, asesino consumado e imbécil ocasional, padece degeneración del sistema seith, una enfermedad que merma sus poderes y que acabará matándolo. La única persona con los conocimientos necesarios para curarlo es Aurienne Fairhrim, una investigadora especializada en la seith. Solo hay un problema: Osric es miembro de la Orden Fyren, un gremio de asesinos a sueldo despiadados, mientras que Aurienne es miembro de la Orden Haelan, una orden de maestros sanadores. Se detestan mutuamente.
Osric, desesperado por encontrar una cura para la degeneración del sistema seith, intenta sobornar a Aurienne para que lo ayude. Ella se niega, pero su directora, Xanthe, le ordena que lo haga, porque la Orden Haelan también está desesperada: una enfermedad llamada viruela de Platt ha resurgido con extrema virulencia y está matando a miles de niños, o dejándolos en estado vegetativo. El soborno de Osric será de gran ayuda para poner en marcha un plan de inmunización.
Se establece una colaboración forzosa entre Osric y Aurienne. Osric descubre que no hay ninguna cura conocida para la corrupción seith, pero convence a Aurienne para que retome un antiguo proyecto de investigación y lo use a él como conejillo de Indias. Siguen un protocolo de sanación las noches de luna llena basado en cuentos de hadas. Al principio, Aurienne se muestra reacia porque no se trata de ciencia de verdad. Sin embargo, luna tras luna, comienzan a obtener resultados: la degeneración del sistema seith de Osric se ralentiza. Lo más desconcertante es que esos encuentros los acercan cada vez más. Las discusiones y la hostilidad dan paso a una atracción involuntaria.
Mientras la epidemia de viruela sigue causando estragos, Osric ayuda a Aurienne a investigar quién ha intentado colarse en Swanstone, la sede de la Orden Haelan. Eso los conduce a la Fortaleza Wellesley, donde llevan a cabo una masacre (¡uy!), pero también descubren un sótano lleno de botellas misteriosas. Aurienne sospecha que contienen la viruela de Platt y se lleva algunas para analizarlas.
En el cuartel general de los Fyren, uno de los compañeros de Osric, Brythe, habla de un próximo encargo en Swanstone. Preocupado por la seguridad de Aurienne, Osric le tiende una emboscada a Brythe y lo mata. Osric, que resulta gravemente herido en el enfrentamiento, descubre que Aurienne ni siquiera estaba en Swanstone, sino en casa de sus padres, en Londres. Va a su encuentro y se hace pasar por su amante, algo que a ella no le hace ninguna gracia. Mientras intenta curarlo, Aurienne se entera del comportamiento heroico de Osric, que ha protegido Swanstone de Brythe. La estancia de Osric concluye con un baile, durante el cual, como fingen ser amantes, se besan. El beso los confunde a ambos: es demasiado agradable y real.
La líder de los Fyren, la temible Tristane, convoca a Osric al cuartel general de los Fyren. Allí se entera de que, tras la misteriosa desaparición de Brythe, Tristane ha decidido encargarse ella misma de lo de Swanstone. Osric avisa a Aurienne de que Tristane se dirige a la sede de los Haelan. Aurienne le agradece la advertencia. Confirma que la sustancia de las botellas misteriosas es la viruela, lo que significa que la epidemia ha sido provocada intencionadamente. Mientras hablan, Aurienne se da cuenta de que podrían utilizar a los niños infectados para crear un ejército de monstruos en muerte cerebral: Dreor, una orden de caballeros de la muerte casi extinta.
Dado que Osric la ha ayudado tanto, Aurienne cambia de opinión. Hasta entonces se había negado a acompañarlo a la sede de los druidas, conocida como el Færwundor, donde Osric está en busca y captura por haber asesinado a su líder a cambio de dinero. Accede a entrar a escondidas en el Færwundor con él durante la próxima luna llena. Esa vez, espera poder curar su corrupción seith, no solo ralentizarla.
Osric percibe que su actitud hacia él ha cambiado. Se da cuenta de que no están sentados bajo la luz de la luna como enemigos, sino como amante y amada. Él ya no es dueño de su corazón; ahora le pertenece a Aurienne. Pero ella es una Haelan y él un Fyren. No pueden enamorarse. Sus últimos pensamientos se centran en el inevitable dolor que le espera, en lo absurdo de la situación, en la hermosa imposibilidad de todo ello.

Qui dit aimer dit souffrir
Osric
La fortaleza de Swanstone se alzaba prominente y austera. Sus empinadas almenas, recubiertas de musgo y aciano marino, se precipitaban hacia la orilla. Más allá de las murallas, se agitaba un mar embravecido. Las olas blancas se elevaban como cuchillas antes de romper en las aguas negras. La marea estaba subiendo.
En el exterior de la ventana más alta de la torre más alta, se encontraba sentado Osric Mordaunt.
Bastardo de nacimiento, Fyren de profesión y canalla por inclinación.
En el interior de la ventana más alta de la torre más alta, estaba sentada Aurienne Fairhrim. Prestigiosa Haelan, eminente maestra y paradigma de la rectitud moral.
Tiempo atrás Osric había considerado a Fairhrim como una mera herramienta, como un Medio Para Lograr un Fin, cuyo único mérito era el de ser la única persona capaz de curar su enfermedad. La consideraba altiva y fría, irritantemente arrogante y, lo peor de todo, de una belleza moderada, en el mejor de los casos.
Estaba convencido de que la odiaba.
Pero se había equivocado. Se había equivocado en muchas cosas.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Fairhrim.
Osric negó con la cabeza, pero era mentira. Claro que le pasaba algo. Se estaba enamorando de ella. Algo emocionante. Algo horrible. Se guardó la verdad para sí mismo y percibió su sabor en la lengua.
El sol salió como un amante, lánguido y sublime, y tiñó el mar de un tono ambarino. En el alféizar de la ventana, entre Osric y Fairhrim, había una hilera de plantas medicinales y orquídeas exóticas cubiertas por campanas de cristal. Las orquídeas reflejaban el amanecer en sus pétalos de color albaricoque y blanco. Las sombras que protegían a Osric y evitaban que fuera descubierto por los Warden que patrullaban menguaron.
—¿No deberías irte? —dijo Fairhrim, siempre tan sensata.
—Pues sí —contestó Osric—. En unos días te enviaré a mi deofol para preparar lo del Færwundor.
—Gracias de nuevo. Por todo. —Fairhrim levantó una de las campanas y cogió una flor de una de las orquídeas—. Toma.
—¿Y esto? —preguntó él.
—Sé que eres un gran apasionado de la belleza.
Le entregó la flor. Él se las ingenió para rozarle los dedos con los suyos al cogerla.
Volvió a casa en una nube.

En Rosefell Hall, la residencia de la familia Mordaunt, Osric dejó la orquídea sobre la repisa de la chimenea, entre cajas de música decoradas con piedras preciosas y una colección de dagas germánicas. Desprovista de agua y expuesta al calor del fuego, la flor solo tardó unos días en marchitarse.
Una cronología que encajaba a la perfección con los sentimientos de Osric. Al principio frescos y arrebatadores, a la tercera noche se habían marchitado para dar paso a la vergüenza. Observó los restos de la flor con una copa en una mano y una piedra de afilar en la otra.
Un Fyren enamorado de una Haelan. Qué descabellado. Qué grotesco. Qué inviable.
Era un imbécil. Un estúpido. El responsable de su propia desgracia.
Que los dioses se compadecieran de él.
Por favor, que los dioses se compadecieran de él, repitió por segunda vez.
Los dioses no respondieron. Lo cual no era de extrañar; por lo general, Osric no se esforzaba demasiado en complacerlos, y a menudo pronunciaba sus nombres en vano, con frecuencia acompañados de comentarios sobre sus tetas.
Un Fyren enamorado de una Haelan. Menos mal que no se lo había dicho. ¿Qué habría hecho ella? Seguramente morirse de risa. O tirarse por la ventana.
Osric tocó la orquídea marchita. Al hacerlo, se fijó en el tācn que tenía en la palma de la mano: la calavera roja de cerbero que lo identificaba como miembro de la Orden Fyren. La calavera le sonrió. Normalmente, Osric se enorgullecía de su tācn; se lo había ganado a base de décadas de sudor y sangre, y era la fuente de su poder. Sin embargo, aquella noche, la sonrisa con colmillos se burlaba de él. Le recordaba que, en la palma de la mano, Fairhrim llevaba un cisne blanco, el tācn de la Orden Haelan, y que nunca podrían estar juntos.
Osric no estaba acostumbrado a enfrentarse a lo imposible. Antes de lo de Aurienne Fairhrim, nunca había conocido ningún obstáculo insuperable en la vida. Se había topado con dificultades, sí, pero siempre había logrado superarlas usando con inteligencia el dinero o poniéndole una espada en el cuello a alguien.
Pero aquel contratiempo no era tan fácil de resolver. Lo de la espada era tentador, pero Osric no tenía muy claro en qué cuello sería mejor ponerla para solucionar el problema. ¿En el suyo? ¿En el de ella?
El fuego crepitaba sombríamente en la chimenea. Él arrojó la orquídea al fuego. Sus pétalos eran tan delicados que se quemaron antes de tocar las llamas. Revolotearon en la corriente ascendente del hogar, como brasas inquietas entre las cenizas negras. Luego desaparecieron, al igual que las ganas de vivir de Osric.
Pasaron los días. Osric estaba desanimado. Deprimido, básicamente. Se tumbaba en los divanes adoptando posturas trágicas. Tenía que enviar su deofol a Fairhrim para organizar la entrada en el enclave druídico conocido como Færwundor, pero no lo hizo, porque ella tenía la culpa de todo y no deseaba volver a tener ningún contacto con ella ni verla nunca más.
La señora Parson, su criada, al ver que no comía, le preguntó qué le pasaba.
—No hace más que lamentarse y lloriquear, señor.
Osric le ordenó, enfadado, que le dejara sufrir sus Agonías en paz.
La señora Parson, con una perspicacia de lo más irritante, le preguntó si el problema era la Haelan Fairhrim.
Osric le contestó que desearía no haber nacido nunca.
—Voy a hacer la compra —le dijo la señora Parson—. ¿Quiere algo?
—Morir y que me devoren los gusanos.
—Muy bien —repuso la señora Parson—. Entonces solo leche.
Los perros de Osric gimieron y lo empujaron con sus hocicos húmedos. Rigor Mortis, el gran danés, se sentó encima de él y estuvo a punto de asfixiarlo, pero, por desgracia, Osric no murió. Siguió sufriendo sus Agonías. La señora Parson le llevó un poco de sopa. El señor Parson, el jardinero, le sirvió una copa bien cargada. Osric se deslizó hacia fuera por el sofá hasta rozar el suelo con la cabeza. La señora Parson le preguntó si quería que llamara a las plañideras. Osric le dijo que deseaba fundirse con el barro. Se tumbó boca abajo sobre la alfombra y se sumió en la autocompasión. El deofol de Fairhrim hizo hormiguear su tācn varias veces, pero él lo ignoró. El grillo criticón le dijo que era un imbécil. Él no le contestó, porque no podía negarlo. El grillo criticón, sorprendido, se retiró en silencio.
Y así fue como transcurrió la gran Tortura de Osric Mordaunt.

Tal vez Fairhrim fuera una sanadora excepcional, pero el tiempo era la mejor medicina, y, con el paso de los días, el recuerdo del tacto de Fairhrim, su sonrisa discreta y sus ojos brillantes se desvaneció, y Osric salió del trance.
Dejó de autocompadecerse. Merecía algo mejor que aquello, se dijo a sí mismo al verse reflejado en el espejo. Su cabello merecía algo mejor.
Se duchó. Se arregló. Le encargó a su sastre ropa que no necesitaba. Se centró en las actividades habituales: robos, asesinatos y hedonismo en general.
Intentó autoconvencerse de que el amor tenía que ser algo hermoso. Aquello era como estar muriéndose; por lo tanto, no podía ser amor. Era el mismo tipo de deseo que sentía cuando encontraba un cuadro especialmente bonito que no le pertenecía. Se trataba de una Fantasía. Y era normal: él siempre quería más, siempre codiciaba más. Por eso coleccionaba obras de arte, objetos y armas curiosas. Fairhrim era muy preciada para él porque lo ayudaba y le era necesaria, y había que reconocer que era encantadora, y él nunca antes en la vida se había topado con aquel trío concreto de cualidades, por lo que había llegado a la conclusión precipitada de que aquellos sentimientos eran amor. Pero no lo eran. La necesitaba para curar su corrupción seith. Era una Haelan excepcional y poco común, y por ello la codiciaba. Reconocía que se sentía atraído por ella. Pero nada más.
En lo que a conclusiones se refería, aquella era perfecta. Eludía por completo la cuestión de la imposibilidad. Él no la amaba. Qué alivio. Podía volver a la normalidad.
Aceptó algunos encargos extra, porque, cuando se sentía mal, siempre le venía bien una pequeña dosis de crimen.
Tras recuperar las ganas de vivir, Osric se reunió con sus compañeros Fyren en su taberna favorita: Los Huevos Caninos, en Londres. Le preguntaron dónde se había metido y por qué parecía haber perdido un par de kilos, y él contestó vagamente que había estado unos cuantos días comportándose de forma poco digna para un caballero.
—Ven aquí, querido —le dijo Sacramore, haciéndole sitio en la mesa—. ¿El brocado es de oro auténtico? —le preguntó, al ver la chaqueta de su esmoquin.
—Pues claro —respondió Osric.
Sacramore era el segundo al mando de la Orden Fyren y un espadachín absolutamente letal. También estaban presentes Leofric, un capullo integral y compañero de fechorías ocasional de Osric; Lirain, una femme fatale, en el sentido más literal de la palabra fatale, de cabello cobrizo y ojos verdes; y Beaufort, el herrero de los Fyren, que además tenía un maravilloso mechón blanco que contrastaba con su cabello negro y que Osric envidiaba muchísimo.
Osric puso una botella de Launceston’s Finest sobre la mesa.
—¿Acabas de birlarla del bar? —le preguntó Beaufort.
—A esos precios, los ladrones son ellos —replicó Osric.
—Hola, pequeñuelos —dijo alguien más.
Todos los Fyren sentados a la mesa se enderezaron. Tristane acababa de llegar.
Se comportaba con magnificencia, como una reina, aun vestida con la polvorienta capa de viaje. Recorrió la mesa con sus ojos verdes. El cabello negro le caía en un triángulo perfecto y brillante.
Tristane era una legendaria caminasombras, una asesina sin igual y la comandante de los Fyren. Todos los Fyren presentes le debían sus considerables fortunas. Ella había sacado a la Orden Fyren del anonimato hacía décadas y la había convertido en lo que era en la actualidad: un gremio formado por los asesinos mejor pagados de los Tīendoms. Y ella lo dirigía con mano de hierro.
Tristane llegó acompañada por lady Windermere, una esbelta Fyren que empuñaba un látigo y cuya especialidad era el estrangulamiento. Parecía enferma. Tenía las mejillas hundidas y los ojos rojos e hinchados. Varias personas de la mesa le preguntaron por su salud y sobre si había avanzado en la investigación de la desaparición de Brythe. (Brythe era un compañero Fyren; él y lady Windermere habían sido amantes durante mucho tiempo, hasta que Brythe había desaparecido hacía unas cuantas semanas).
—No hemos encontrado nada —dijo lady Windermere, entrelazando sus delgadas manos—. Ni rastro de Brythe. Ni un rumor. Ni su cadáver.
Osric, como todos los demás, gimió consternado. Paradójicamente, él era el responsable de la muerte de Brythe. Este había aceptado un encargo en Swanstone, y Osric, como no sabía en qué consistía y no quería poner en riesgo la vida de Fairhrim, lo había asesinado a sangre fría.
Bueno, no exactamente a sangre fría. Más bien templada. A Osric le preocupaba mucho que hicieran daño a Fairhrim. Además, había estado a punto de morir al matar a Brythe.
—¿Alguno de vosotros recuerda algo de la última vez que vio a Brythe? ¿Algo raro? —preguntó lady Windermere desesperada.
Se oyeron algunos murmullos inútiles, aunque amables, en torno a la mesa; no, nadie había notado nada inusual.
Lady Windermere se retiró con un suspiro desgarrador.
—Pobrecita mía —dijo Beaufort, chasqueando la lengua—. Lo está pasando fatal.
—No puede llorar su pérdida, pero tampoco pasar página —observó Sacramore.
—No me parece muy sano —comentó Lirain—. Lo mejor es dar por hecho que está muerto, pasar el luto y seguir adelante.
—Es mejor que no abandone la esperanza —opinó Sacramore—. Si lo hace, la pérdida la matará.
—Brythe acabará apareciendo —replicó Leofric con convicción, aunque no de forma muy acertada—. Seguro que está por ahí de juerga en algún sitio.
—No sería la primera vez —señaló Osric.
—A lo mejor se ha largado a América —sugirió Beaufort. (América era un gran país del otro lado del océano, cuya principal exportación era el jazz melódico).
Tristane negó con la cabeza.
—Ninguno de nuestros deofoles ha podido encontrarlo. No tenía motivos para desvincularse de nosotros. No es necesario buscarle tres pies al gato. Está muerto.
—Y la pobre Windermere se está consumiendo de pena —apuntó Beaufort—. Esto es demasiado macabro.
Sacramore, que era un romántico, suspiró.
—Era su Gran Amor.
—Por eso deberían evitarse los Grandes Amores —dijo Lirain.
Osric asintió enérgicamente. Los Grandes Amores daban más problemas que alegrías. Él nunca cometería ese error.
Tristane se acomodó en un rincón de la taberna, como solía hacer para asignar los encargos a los Fyren siempre que se reunían. Osric fue hacia su mesa cuando le tocó el turno.
Como siempre, Tristane se había llevado su propio vino. Era francesa y se negaba a beber las «atroces porquerías», como ella las llamaba, que hacían pasar por vino en los Tīendoms. Le sirvió una copa a Osric.
Este, que se consideraba un experto, cogió la botella.
—¿Qué estamos bebiendo?
—Es un Domaine de Brecé. Nunca lo has probado, así que no finjas.
Osric se tragó el orgullo, porque efectivamente nunca lo había hecho, y bebió un trago.
Tristane le entregó tres sobres.
—¿Tres encargos? —preguntó Osric.
—Tengo entendido que eres pobre —dijo Tristane—. Deja de malgastar el dinero en tonterías.
Era cierto que, últimamente, Osric tenía mucho menos dinero, pero se equivocaba al pensar que había dilapidado su fortuna inútilmente. Había sobornado en secreto a la Orden Haelan para que lo ayudaran a curarse de la corrupción seith. El privilegio de contar con la experiencia de Fairhrim le había costado veinte millones de thrymsas, además de hacerle correr el riesgo de enamorarse de ella.
Pero Tristane no debía saberlo.
—Me resulta difícil comprar con moderación: todo me queda bien —contestó, mientras se guardaba los sobres.
—No tienes pinta de haber comido mucho últimamente —replicó Tristane. Le sujetó la barbilla con dos dedos y le giró la cabeza de izquierda a derecha. Sus uñas pintadas de negro se le clavaron en la piel—. No me gusta nada verte así. Me recuerda al niño hambriento que encontré robando pasteles para su maman.
—Estoy bien. He tenido un pequeño virus estomacal.
Tristane le acercó su plato: ganso asado con patatas.
—Come.
(A veces Tristane tenía una actitud tierna y maternal con sus favoritos, entre los que se encontraba Osric. Daba bastante miedo: era como dejarse acariciar por un dragón mimoso).
Sacramore se acercó para hablar de unos temas administrativos. El propietario del matadero abandonado donde la Orden Fyren tenía actualmente su cuartel general se había enterado de la nueva función del lugar y se había opuesto.
—¿Cuál es el nombre y la dirección de nuestro querido arrendador? —le preguntó Tristane. Sacramore se los proporcionó—. Le voy a caramelizar las pelotas.
Osric estaba deseando preguntarle a Tristane si había hecho algún avance en el encargo que Brythe no había logrado completar en Swanstone, pero no encontraba ninguna forma de plantear la pregunta con naturalidad. Era demasiado arriesgado hacerlo así de repente y más aún con Sacramore delante. A Osric no le quedaba más remedio que esperar que Fairhrim tuviera en cuenta sus recomendaciones y que, cuando finalmente llegara a Swanstone, Tristane decidiera no entrar en la fortaleza ante la amenaza de las desagradables barreras protectoras de los Warden.

Cuando Osric volvió a Rosefell Hall, empezó a notar unos pinchazos terribles en el tācn. Llevaba días ignorando al deofol de Fairhrim y este le estaba transmitiendo su malestar. Era como si le estuviera clavando los colmillos por dentro, para que lo dejara pasar.
Osric, que ya estaba más dispuesto a enfrentarse abiertamente a Fairhrim y a sus misivas, levantó el tācn y permitió que el deofol se materializara.
El deofol de Fairhrim era una jineta blanca que tenía por costumbre saludar a la gente con insultos. Esa vez la cosa no fue diferente, sobre todo porque Osric lo había cabreado muchísimo.
—¿Me acabas de morder? —le preguntó Osric.
La jineta se fijó en su atuendo.
—Lo primero es lo primero: ¿por qué llevas puestas unas cortinas? —contestó, mirándolo con desdén.
—Es una chaqueta de esmoquin —replicó Osric.
—Pues es tan elegante como un futón —le soltó la jineta—. Me has estado ignorando.
—Es que he estado muy ocupado —respondió Osric—. Asesinando a gente —añadió. No quería que el deofol supiera que su ocupación había consistido en sumirse en la desesperanza.
—Tienes mala cara.
—Estoy bien, pero gracias por preocuparte.
—Era un comentario, no me preocupa en absoluto —dijo la jineta—. Se acerca la luna llena y Aurienne quiere que os reunáis para organizar vuestra imprudente incursión en el Færwundor.
—¿Puede venir a Rosefell Hall el martes por la noche? —le preguntó Osric.
—Un poco impulsivo, ¿no? Aunque eso es típico de ti. Un poco impulsivo, un poco inútil y un poco memo. —Osric le lanzó un cuchillo a aquel deofol tan insolente. No era más que una criatura de seith y el cuchillo lo atravesó sin causarle daño alguno, pero él se sintió mejor—. Y también un poco irascible —le espetó el deofol—. Le preguntaré si puede venir el martes.
—Enviaré a mi deofol para confirmar la hora —contestó Osric.
Esperaba que la jineta desapareciera, pero se quedó revoloteando delante de sus narices agitando la cola con fuerza.
—Lo de colarse en el Færwundor sigue pareciéndome descabellado. ¿Y si os descubren los druidas?
—Ha sido idea de tu ama —dijo Osric—. Según sus maravillosos datos, el Færwundor era el mejor lugar para la próxima sesión de sanación.
—Eso fue antes de que le contaras que estás en busca y captura por la ley druídica y que te someterán a la Triple Muerte si te pillan.
La Triple Muerte era un castigo druídico. La muerte infligida tres veces: empalamiento, lapidación y ahogamiento. Como asesino profesional, Osric admiraba el concepto. Aquello sí que era tomarse la muerte en serio. Una redundancia tras otra. En cuanto al ámbito personal… Bueno, era una lástima que él fuera uno de los candidatos de los druidas para ponerla en práctica, pero no pensaba dejar que lo capturaran y le aplicaran aquel castigo.
—Los druidas ni siquiera se darán cuenta de que estamos allí —dijo Osric—. Soy muy bueno en mi trabajo.
El deofol seguía sin parecer muy convencido.
—Aurienne traerá toda la información que sea capaz de encontrar sobre el Færwundor. Y quiere que tú hagas lo mismo.
—De acuerdo.
—Si le pasa algo, iré a por ti.
—Jamás permitiría que le pasara nada —contestó Osric.
Su intención era que sonara intrascendente, pero sus palabras transmitieron una sinceridad de lo más rotunda.
Tanto Osric como el deofol se sorprendieron. La jineta agitó los bigotes mientras se desvanecía en el éter.
—Por extraño que parezca, te creo.
Osric estaba preparado para volver a reunirse con Fairhrim. No había ningún peligro; no había ningún Gran Amor. Las Fantasías no eran peligrosas. Hasta podía coquetear con ella si quería. Tal vez lo hiciera, solo para demostrarse a sí mismo que tenía razón.
Así de desmesurada era su arrogancia.

Aurienne se preocupa
Aurienne
Aurienne Fairhrim no sabía lo que era el arrepentimiento. Una no llegaba a convertirse en la mejor investigadora de la Orden Haelan tomando decisiones de las que pudiera arrepentirse. Era tan prudente como perspicaz, sus decisiones eran estratégicas, sus juicios bien meditados y sus acciones se basaban siempre en la integridad y la inteligencia.
Hasta que el destino había puesto a Osric Mordaunt en su camino y este había convertido su organizada vida en un caos.
El arrepentimiento de Aurienne empezó a aflorar cuando Mordaunt dejó su ventana con la orquídea pegada al corazón y alcanzó su punto culminante con la salida del sol, cuando la luz del día arrojó su franca claridad sobre los acontecimientos de la noche anterior. Aurienne empezó a preguntarse, cada vez más preocupada, En Qué Estaba Pensando. ¿Cómo se le ocurría ir por ahí regalando flores a asesinos encaramados al alféizar de su ventana?
Tanto lo de la orquídea como el romanticismo de la visita nocturna de Mordaunt, la suavidad de sus susurros y el encanto de las horas que habían pasado juntos formaban parte de una transgresión amplia e indeseada de los límites. Aquella transgresión hizo que a Aurienne le entraran sudores fríos. Ella era una Haelan y Mordaunt un Fyren, lo que implicaba unas convicciones tan absolutas como prácticas: bueno y malo, correcto e incorrecto. Y esas convicciones no debían mezclarse. Entre ellos siempre debía existir el baluarte del odio.
Pero lo que sentía por Mordaunt estaba empezando a trascender el odio para convertirse en otra cosa. La gratitud se había transformado en admiración. La admiración se había convertido en afecto. Las verdades absolutas se tambaleaban. Su odio estaba perdiendo fuerza.
Aurienne recordó, con una nitidez espantosa, el beso que se habían dado durante el baile. Aunque lo habían hecho para aparentar, se habían besado como si fuera en serio. Aquel recuerdo, ahora teñido de arrepentimiento, tenía un regusto agridulce en el que prevalecía lo agrio.
¿Y ahora se despedía de él con una flor y palabras bonitas a la luz de la luna?
Se le estaba yendo de las manos.
Se arrepentía del beso; se arrepentía de la flor; se arrepentía de todo.
Presa del pánico, Aurienne se apresuró a buscar justificaciones. El beso había sido fingido. La flor había sido una muestra espontánea de gratitud que le había ofrecido a Mordaunt por haber descubierto la viruela almacenada en el sótano de lord Wellesley y también por haberla ayudado a averiguar, probablemente, por qué habían decidido provocar la epidemia. Además, Mordaunt la había informado de que la siniestra jefa de su Orden, Tristane, tenía Swanstone en el punto de mira. Aquel hombre les había hecho unos cuantos favores a Aurienne y a los Haelan. Por su parte, Aurienne había logrado ralentizar (ligeramente) la degeneración de su sistema seith y había eliminado una (1) embolia seith. (También lo había curado de una puñalada mortal, pero dado que la había recibido para protegerla, no creía que eso contara).
Así que Mordaunt se merecía la flor, se dijo Aurienne mientras se vestía. Aquella conclusión la hizo sentirse aliviada.
Era la hora de la ronda matutina. Dio los últimos retoques a su atuendo, abrochándose la bata blanca de Haelan hasta el cuello y recogiéndose el cabello en un moño. Se sujetó con una cureta plateada los últimos mechones rebeldes.
Había recuperado el control.

Por regla general, los pacientes del Centro de Investigación de la Seith de Swanstone eran la prioridad de Aurienne, seguidos de cerca por lo que sucedía en su laboratorio. Pero, ante la visita de Mordaunt, traspasó aquellas responsabilidades a unos compañeros desprevenidos que habían cometido el error de cruzar la mirada con ella en un momento en el que no estaban ocupados salvándole la vida a nadie y luego se fue corriendo a su despacho.
Allí escribió a mano la siguiente solicitud con la mayor exhaustividad posible, dada su ignorancia sobre el tema:
Textos sobre la Orden Dreor: creación, historia, ideales, reclutamiento, expansión, aliados, rangos, secretos, sistemas, ubicaciones, convenciones (rituales, ceremonias, iniciaciones, otros ritos), declive y cualquier otro material relacionado, por favor. Gracias.
Llamó a Quincey, su asistente. El hombrecillo con aspecto de búho asomó la cabeza por la puerta del despacho.
—¿Sí, Haelan Fairhrim?
Aurienne le entregó la nota. Quincey la recibió con confianza, dado que era una de las pocas personas capaces de descifrar su letra.
—Envía una copia de esta solicitud a todas las bibliotecas académicas y de investigación de los Tīendoms —le dijo Aurienne—. Pídeles discreción acerca de la consulta.
—Ahora mismo. —Quincey se quedó mirando el papelito de Aurienne y parpadeó. La confianza que tenía en su habilidad para descifrar su letra se tambaleó al leer el contenido de la nota—. ¿De… la Orden Dreor?
—Así es —contestó Aurienne—. Es un asunto urgente y secreto. Avísame en cuanto empieces a recibir el material.
—Sí, Haelan Fairhrim.
Quincey se despidió con una reverencia y se marchó para ponerse a repiquetear a toda velocidad con los dedos sobre la bola de escribir.
Aurienne salió inmediatamente del despacho para ir a buscar a Xanthe y contarle lo que había sucedido esa noche. Xanthe, una destacada Haelan especializada en la regeneración de extremidades y órganos, era una de las tres líderes de la Orden Haelan, además de la mentora y confidente de Aurienne. (Aunque a veces hacía más de torturadora que de mentora, como cuando le había ordenado a Aurienne que se hiciera cargo del caso de Osric Mordaunt).
Aurienne preguntó por Xanthe en el Pabellón 5 (Regeneración) y le dijeron que había ido al baño.
Llamó tímidamente a la puerta y al entrar vio a Xanthe enjuagándose la boca y haciendo gárgaras con hlutoformo: un paciente se había arrancado la vía intravenosa. Xanthe dijo que Una Cosa era que le salpicara en los ojos y Otra Muy Distinta en la boca, un argumento que Aurienne no pudo rebatir.
—Siempre son los que toman anticoagulantes —dijo Xanthe—. Sangre por el techo. Sangre por las lámparas. Al menos las plantas de las macetas estarán bien hidratadas…
Una vez eliminadas las huellas de los intentos de redecoración de su paciente, Xanthe se volvió hacia Aurienne con el rostro tan húmedo como sombrío.
—¿Qué pasa?
—Dos novedades inquietantes —dijo Aurienne—. El Chico Cebolla ha venido a verme de madrugada. Y he recibido los resultados del laboratorio de Élodie de las botellas que él encontró en la Fortaleza Wellesley.
—¿Qué quería el Chico Cebolla? —preguntó Xanthe con la voz ahogada por una toalla. («Chico Cebolla» era el desafortunado nombre en clave que Xanthe le había puesto a Mordaunt tras su primer encuentro con él).
—Punto número uno —respondió Aurienne—. El Chico Cebolla me ha dicho que la líder de su Orden ha aceptado un encargo en Swanstone. Así que hay una o varias personas en peligro.
—¿Qué? ¿La líder de la Orden Fyren? ¿Tristane?
—Sí.
Xanthe dejó de secarse un instante antes de retomar la tarea con agresividad.
—¿Tristane ha perdido la cabeza? Eso es una vulneración directa de los Acuerdos de Paz. Las otras órdenes son intocables. ¿Cómo se atreve?
—El Chico Cebolla no sabe quién o cuál es el objetivo. Es el mismo encargo que había aceptado Brythe, que fracasó debido a su… intervención…
—¿Te ha dicho el Chico Cebolla quién le ha pagado a Tristane?
—No lo sabía. Solo que, quienquiera que sea, se trata del mismo que está obstaculizando la financiación de la investigación de la vacuna contra la viruela en todos los Tīendoms. Y que sigue vivo, así que no es lord Wellesley. Creo que deberíamos informar a Élodie, discretamente. Ella y su laboratorio son los objetivos más probables, ya que están trabajando en la vacuna.
—Estoy de acuerdo. Ponla sobre aviso y, cuando te pregunte cómo te has enterado, dile que yo he ordenado no revelar la identidad del informador.
Aurienne asintió.
—El Chico Cebolla también me ha dado algunos consejos para protegernos de Tristane. Tendremos que involucrar a los Warden.
—Apunta lo que te ha dicho —le pidió Xanthe—. Yo me encargaré de los Warden. Como Tristane Épervier ponga un pie en Swanstone, más vale que sean ellos los que la pillen, porque, como lo haga yo, le reviento el hígado. —Xanthe permitió que la rabia se apoderara de ella momentáneamente—. ¿Y qué ha pedido el Chico Cebolla a cambio de toda esa información? —preguntó a continuación—. Imagino que ya podemos ir preparando una pequeña fortuna.
Una pregunta lógica que dejó a Aurienne completamente desconcertada.
—Pues… nada, la verdad.
Xanthe rara vez se sorprendía por algo, pero sus cejas ralas se fundieron con el nacimiento de su cabello.
—¿Te lo ha dicho gratis?
—Sí.
—¿Un Fyren te ha proporcionado información confidencial, relacionada con su propia Orden, a cambio de nada? ¿Gratis?
—Pues… sí —balbuceó Aurienne—. Dijo que era porque yo estaba en Swanstone y quería que siguiera con vida. Es pragmatismo, no generosidad. —La forma en la que Xanthe la miró reveló que aquello no la convencía demasiado—. Punto número dos —continuó—. Bioterrorismo.
—Soy toda oídos.
—Como bien sabes, envié a analizar las botellas que el Chico Cebolla descubrió en el sótano de Wellesley. Anoche recibí los resultados. Era lo que sospechábamos: la viruela en dosis transportables.
Xanthe apretó la mandíbula. Sus arrugas se hicieron más profundas.
—Eso es muy grave, Aurienne.
—Pues sí.
—Pero ¿por qué?
—Supongo que esa es la pregunta. ¿Por qué iba nadie a recuperar un virus que afectó a la población por última vez hace un siglo? ¿Por qué iba a propagar deliberadamente la viruela y causar la muerte, cerebral o total, de tantísimos niños? ¿Quién podría ser tan tremendamente cruel?
—Después de semejante introducción, espero que tengas una respuesta —dijo Xanthe.
—Tengo una hipótesis relacionada con los niños en muerte cerebral —contestó Aurienne—. La Orden Dreor.
—La Orden Dreor —repitió Xanthe lentamente.
—Ahora sabemos que alguien ha propagado la viruela adrede. Sabemos que han invertido muchísimos recursos en ello y luego todavía más en obstaculizar el desarrollo de la vacuna en todos los Tīendoms. Sabemos que la Orden Dreor lleva décadas en declive. Yo solo sé lo básico de ellos: que están locos y que son muertos vivientes. El último brote de viruela de Platt tuvo lugar hace cien años, en Lichfield, donde se encuentra su cuartel general. Todavía no he podido relacionar esos puntos mediante hechos. Acabo de escribir a las bibliotecas para recopilar todo el material disponible sobre la Orden Dreor. Aunque también podría estar totalmente equivocada.
Xanthe se quedó allí de pie, con los hombros encorvados y una expresión de profundo cansancio en la cara.
—También podrías tener razón. Aurienne, es terrible.
—Ya.
—Voy a tener que contárselo al resto de los líderes.
—Vale, pero no les des el nombre de nuestro informador. Y que les quede claro que se trata de una mera especulación. Voy a investigar un poco sobre los Dreor. Cuando tenga algo más concreto,
