Nota de la autora
Doris Burke, una comentarista deportiva veterana de la NBA, se convirtió en la primera mujer en aparecer como experta en una final televisada de una de las cuatro principales ligas deportivas profesionales de Estados Unidos.
Esto fue en 2024.
Lleva trabajando en la cadena de televisión ESPN desde 1991, y en 2017 se convirtió en la primera comentarista oficial para cubrir los partidos de la NBA durante la temporada.
¿No os parece que hay una tendencia clara?
Bajo control va de hockey, no de baloncesto, pero en esencia va sobre las mujeres en el deporte y sobre el gran esfuerzo que deben hacer para alcanzar los logros que los hombres consiguen a un ritmo mucho más rápido.
Cuando empecé a pensar en esta historia, supe que quería tanto que la trayectoria de Piper en el periodismo deportivo demostrara su compromiso con el hockey como sacar a relucir las conversaciones, reales y degradantes, que los hombres mantienen sobre las mujeres que participan en el ámbito del deporte profesional.
Si buscas en cualquier artículo de ESPN sobre la WNBA (la liga estadounidense femenina de baloncesto) que trate el tema de la contratación como entrenadora de Jessica Campbell por parte de los Seatle Kraken o sobre cualquier cosa relacionada con las mujeres en el mundo del deporte, encontrarás cientos de comentarios despectivos. Verás expresiones como «poco cualificada» y leerás frases como «vuelve a la cocina» y «a nadie le importa».
Soy aficionada a los deportes desde hace mucho. Fui a mi primer partido de la NBA cuando tenía cuatro o cinco años y desde entonces no he parado, y es desalentador ver el desdén que algunos hombres le demuestran a nuestra pasión por los deportes.
Sé que estás a punto de sumergirte en un mundo ficticio, pero no puedo escribir sobre las mujeres en el deporte sin añadirles a estas páginas cierta dosis de una realidad decepcionante.
Dicho esto, he modificado ciertos elementos del hockey para adaptarlos a la ficción y que los lectores lo disfruten. ¿Puede un portero establecer el récord de la liga de más paradas en un partido? No. Pero en este libro sí. ¿Los deportistas se emborrachan y se casan en Las Vegas después de una victoria? No. Pero en este libro sí.
Una temporada de hockey cuenta con ochenta y dos partidos, y Bajo control abarca toda la temporada. No puedo incluir cada partido o cada día porque entonces sería un libro demasiado largo, así que notarás algunos saltos temporales de un mes a otro para que la historia siga avanzando. También verás algunos nombres de equipos que se parecen a los de la NHL real. Como no quiero meterme en problemas con nadie, he cambiado las ubicaciones. Sé que los Lightning no juegan en Las Vegas, pero no quiero pillarme los dedos con cuestiones de marcas registradas.
Aparte de esto, debo señalar que uno de los componentes principales de la narración es la evolución en la vida sexual de Piper. Puede parecer una tontería que haya estado casada durante tantos años y no sepa hacer una mamada, pero son cosas que pasan. Es inexperta y, aunque este libro tal vez contenga el mayor número de escenas picantes que he escrito, espero haberlas intercalado con emoción y sentimiento para que podáis ver el crecimiento y el desarrollo de ambos personajes.
Mis mensajes directos en Instagram siempre están abiertos si queréis charlar de algo, ¡y me encanta escuchar todas las locuras que se os ocurren mientras leéis!
¡Disfrutad!
Con cariño,
Chelsea
Advertencias sobre el contenido
Bajo control es una comedia romántica llena de humor, pasión y muchas emociones, pero me gustaría compartir algunas advertencias sobre el contenido por si algunos lectores quieren tenerlas en cuenta:
• Lenguaje explícito
• Múltiples escenas sexuales explícitas
• Consumo de alcohol
• Violencia física (breve, y no entre los protagonistas)
• Comentarios sexistas realizados por personajes secundarios (breves, e incluyendo un comentario sobre sexo no consentido)
• Mención a la infidelidad
• Mención al divorcio
• Mención de cáncer (breve)
• Mención de embarazo (no de la protagonista)
Como siempre, cuídate y protege tu corazón. Si tienes alguna pregunta sobre cualquiera de los temas que acabo de enumerar, puedes escribirme un mensaje en Instagram (@authorchelseacurto en IG).
Plantilla de los D. C. Stars
Maverick Miller – Alero derecho
Finn Adams – Alero izquierdo
Liam Sullivan – Portero
Hudson Hayes – Defensa
Riley Mitchel – Defensa
Ethan Richardson – Delantero centro
Grant Everett – Alero derecho
Connor McKenzie – Centro
Ryan Seymour – Defensa
Brody Saunders – Entrenador principal
Personajes
Mis libros son independientes, ¡pero los personajes de las historias se solapan!
Si este es el primer libro mío que lees, ¡hola! Me alegro mucho de que estés aquí.
Maverick Miller y Emmy Hartwell tienen su propio libro, Cara a cara, que es el primero de la serie de los D. C. Stars. Es una historia de amor-odio, con rivales con derecho a roce, como el perro y el gato, llena de bromas y escenas picantes. Es posible que Maverick y Emmy sean mi pareja favorita de todos los tiempos y aparecen en Bajo control un montón de veces (spoiler: ¡siguen siendo felices!). Bajo control empieza justo después del epílogo de Cara a cara.
Maven Lansfield, una de las amigas de Piper, aparece a lo largo del libro y ella también tiene su propia historia. Behind the Camera es una historia romántica sobre un padre soltero, jugador de la NFL, y una niñera con la que comparte piso. ¡También me encantan estos dos!
No voy a decir nada más sobre los personajes y con quiénes podrían acabar (¡En la sección «Próximamente» se enumeran los siguientes chicos con libro propio!), pero solo añadiré esto: entre estas páginas hay muchas pistas sobre futuros proyectos.
La serie D. C. Stars es la primera que he escrito que planeé como tal, y no puedo evitar dejar pistas ocultas a lo largo de la novela. ¿Quieres una? No todas las que he dejado son para libros de romance deportivo. Algunas sí, pero otras son de géneros muy diferentes.
¡Feliz búsqueda!
1
Piper
Como un hombre más me diga que sonría, le voy a dar un puñetazo en toda la cara y me van a importar una mierda las consecuencias.
Refunfuño sobre la audacia del sexo masculino mientras recorro el pasillo del United Airlines Arena, sede del equipo de hockey D. C. Stars, con un paso tan decidido como me lo permite mi casi metro sesenta de estatura.
El equipo está de descanso después del duro entrenamiento de ayer por la tarde y, sin sus gritos y sus tonterías, el edificio está en calma. Disfruto de este inusual silencio a sabiendas de que dentro de treinta horas, cuando juguemos contra uno de nuestros mayores rivales, esto se convertirá en un manicomio.
Cuando abro de un empujón la puerta de la sala de fisioterapia y me dejo caer en una silla, la tensión que he estado soportando toda la mañana se desvanece.
—Odio a los hombres —le digo a Lexi Armstrong, una de mis mejores amigas y preparadora deportiva de los D. C. Stars—. ¿Podemos eliminarlos de la faz de la tierra? Se me ocurre que podríamos probar con una cepa agresiva de la gripe masculina. Nos libraríamos de todos de un plumazo y la vida sería muchísimo mejor.
—Bueno —dice alguien con voz grave, y yo doy un salto—, esto es un poco incómodo.
Dirijo la mirada al otro lado de la sala. Liam Sullivan, el portero del equipo, está tumbado sin camiseta en una camilla.
Una toalla le cubre la parte inferior del cuerpo. Con su más de metro noventa de altura, lo pequeña que resulta la tela parece indecente.
No puedo evitar desviar los ojos hacia los tatuajes que no sabía que tenía. Descubro en su torso un par de gorriones y unas flores muy artísticas, y en sus antebrazos, unas hojas de helecho. Son obras de arte inesperadas y tan sensuales que casi parecen eróticas.
Ahogo un chillido cuando me doy cuenta de que lo estoy mirando fijamente y me tapo los ojos.
—Madre mía. Lo siento. No sabía que estabas aquí y mucho menos que estabas aquí y desnudo —digo.
—Hola, Piper.
—Hola. Sí. Me voy. Estás… ahí. Y se supone que yo no debería estar aquí cuando tienes la polla prácticamente expuesta. Es muy poco profesional.
—Tengo una toalla.
—Es más bien un calcetín.
—Te agradezco el cumplido.
Miro entre los dedos y lo veo sonriéndome. Resoplo y bajo las manos, aunque fijo la mirada en algún punto por encima de su hombro, y no en ese cuerpo que yace en la camilla como un dios griego a la espera.
—He venido a ver a Lexi, pero obviamente está ocupada.
—Hielo —dice al tiempo que señala la puerta a su izquierda.
—¿Ha dicho cuánto tiempo va a tardar?
—No.
—¿Estás lesionado?
—El isquiotibial.
—¿Y por qué estás sin camiseta?
—Porque me duele todo el cuerpo y estoy intentando aliviar el dolor.
—¿Te lesionaste en el partido del lunes?
—Me encanta el juego de las veinte preguntas. —Se tapa la cara con un brazo, y me doy cuenta de que está harto de mí. Pero, bueno, siempre está harto de todo el mundo—. Llevo una semana con molestias. Es una forma cojonuda de empezar la temporada.
Asiento, como si supiera lo que es ser un jugador de hockey con dolor muscular. Levanta la pierna y se agarra la parte posterior del muslo, gruñendo como si fuera un tractor arrancando.
Aprovecho que está momentáneamente distraído para observarlo.
Parece que tiene la mandíbula hecha de cristal tallado y lleva el pelo oscuro más largo que al final de la temporada pasada. Tiene una pequeña cicatriz sobre una ceja; la marca de la cuchilla de un patín que lo golpeó en la cara cuando era niño.
Lo sé porque durante mi primer año con el equipo hicimos un trato el día de la prensa. Él se negaba a hablar con los medios de comunicación (una actitud que todavía le dura) y yo necesitaba que alguien hiciera tiempo antes de que el nuevo fichaje se pusiera delante del micrófono y respondiera a los periodistas. Así que Liam y yo llegamos a un acuerdo: si les contaba un detalle sobre su vida como jugador de hockey, no tendría que hablar con la prensa durante la primera mitad de la temporada. Eligió una historia muy gráfica que incluía puntos de sutura, pero funcionó a las mil maravillas.
Es un sueño ser la reportera suplente en la pista de hielo y la coordinadora de prensa del equipo. He perseguido esta oportunidad durante años: cuando trabajaba en la taquilla del estadio mientras estudiaba en Syracuse, cuando me gradué en periodismo audiovisual con especialización en deportes, cuando hice prácticas en el equipo de la liga amateur de hockey sobre hielo, la ECHL, de Nueva York. Después pasé al equipo de la liga AHL de Filadelfia durante cuatro años y luego aterricé en Washington D. C. con los Stars.
Sin embargo, el puesto me exige una enorme capacidad de adaptación. Tengo que cambiar de chip muy rápido y modificar sobre la marcha las preguntas que me he preparado si un jugador está ocupado tras el partido o se niega a cooperar.
Liam Sullivan es la definición de poco cooperativo.
Me paso los días persiguiéndolo por el pasillo, tirándole de la camiseta, suplicándole y rogándole que les conceda a las cámaras ocho segundos de su tiempo.
Todavía no lo he conseguido, y empiezo a pensar que le gusta que la NHL, la liga profesional de hockey, lo multe por negarse a hablar con la prensa.
O a lo mejor lo que le gusta es molestarme a mí.
—Me estás mirando —murmura sin abrir los ojos.
—No —miento.
—Piper, todas las noches me pongo delante de veinte mil personas. Sé cuándo alguien me está observando.
—Si estuviéramos hablando de cualquier otro trabajo, eso daría muy mal rollo. —Me aliso la falda con las manos y cambio de tema—. Si alguien puede ponerte en plena forma para jugar, esa es Lexi. Es la mejor de la liga. ¿Has visto el trofeo pequeñito que tiene detrás de la mesa en su oficina? Pone «La mejor preparadora deportiva del mundo».
—Anda, y ni siquiera he tenido que pagarte para que digas eso. —Lexi se echa a reír mientras entra en la sala con una bolsa de hielo—. Eres el mejor apoyo.
—Para eso estamos. —Me aparto para dejarle espacio y que pueda hacer su trabajo—. Siento haber venido sin avisar. Creía que como el equipo está de descanso tendrías tiempo para comer.
—Sullivan ha sido una incorporación de última hora a mi agenda. —Le da un golpecito en el hombro—. Boca abajo, por favor.
—¿Para que me tortures? —Liam se sujeta la toalla a la parte inferior del cuerpo y cambia de postura soltando una retahíla de palabrotas—. ¿Contenta?
—¿A que es un rayito de sol? —Lexi le coloca el hielo en la pierna izquierda y sonríe cuando él suelta otro taco—. La alegría de la huerta.
—Un minuto y me lo quitas. Cinco, como mucho —dice él.
—Claro que sí. —Ella le coloca una almohada debajo de la pierna—. Veinte como mínimo, gruñón. Y como intentes levantarte de la camilla, te ato.
—Vaya. —Levanto una ceja, impresionada—. Veo que tienes mano de hierro, Lex.
—No me queda más remedio. Estos chicos están empeñados en ganar la Stanley Cup, y la única manera de que lo consigan es que estén en mejor forma que nunca. Ir por ahí cojeando por tener el isquiotibial tocado no va a ayudar al Señor Portero aquí presente a mejorar su porcentaje de paradas.
—Mi porcentaje de paradas es la hostia —protesta Liam—. Quedé tercero la temporada pasada.
—Ah, pero no primero. ¿Estás haciendo los ejercicios que te di?
—Mañana y noche.
Hay una razón por la que Liam es portero: se entrega tanto que raya en la obsesión. Vive por y para el hockey, así que si Lexi le ha dado una rutina de ejercicios para que haga en su tiempo libre, estoy segura de que los está haciendo religiosamente.
—Muy bien. —Ella le da una palmadita en la cabeza, y yo contengo la risa al ver un destello de mala leche en los ojos de Liam—. ¿Te importa si Piper y yo hablamos, o preferirías que hubiera silencio mientras te quedas aquí tumbado rumiando tus pensamientos?
—Me da igual. Por lo menos así me distraigo y no pienso en lo fría que está la puta mierda esta.
—Tan elocuente como siempre. —Lexi se deja caer en la silla que yo he dejado libre y le da una palmada a la que tiene al lado—. ¿Va todo bien?
—Me parece una tontería hablar de esto mientras estás trabajando. —Me siento a su lado y suspiro—. Hay cosas más importantes. La pierna de Liam seguramente vale ocho millones de dólares. ¿No deberías centrarte en sus estiramientos?
—¿Haces esto mucho? —me pregunta Liam.
—¿El qué? —replico.
—Fingir que tus problemas importan menos que los de los demás.
Parpadeo, sin saber muy bien cómo responder a la pregunta.
¿Sí? ¿No? Supongo que sí.
Supongo que priorizo a los demás y prefiero ayudarlos a solucionar sus cosas en vez de agobiarme con las mías. Siempre hay alguien en algún sitio que está peor, que envidiaría lo que yo estoy pasando, y me parece mal quejarme de que mi vida profesional está estancada o que la personal es un desastre absoluto cuando el hombre que tengo delante está lidiando con una lesión que podría afectar a su carrera deportiva y a su forma de ganarse la vida.
—A veces —respondo, mirando a Lexi—. Son cosas personales.
—¿Qué ha hecho Steven ahora? —me pregunta Lexi, refiriéndose a mi exmarido—. Te juro por Dios que le voy a cortar los huevos y los voy a colgar de un semáforo.
—Me voy a tomar eso como una señal para largarme. Me niego a oír a hablar de castraciones. Sí, me dejo el hielo puesto. No, no me quedo —dice Liam, y luego baja las piernas por el borde de la camilla y se sujeta la toalla a la cintura, aunque no le sirve de mucho porque no le tapa los increíbles abdominales que tiene—. A ti te veo mañana, pequeñaja.
Desaparece por la puerta del vestuario, y Lexi me mira.
—¿Pequeñaja? Eso es nuevo.
—Es la segunda vez que me llama así. No es nada —le aseguro con la cara como un tomate.
—Nunca había oído a ese hombre decir algo medianamente cariñoso. Mucho menos un apodo.
—Eso no es verdad: la semana pasada le deseó feliz cumpleaños a Hudson, sin poner los ojos en blanco ni nada.
Lexi me coge una mano.
—¿Estás bien?
Esa es otra pregunta que no sé cómo contestar.
Hay aire en mis pulmones. Dinero en mi cuenta corriente. Tengo la próxima comida asegurada y una cama cómoda en la que acurrucarme todas las noches.
En el gran esquema de las cosas, estoy bien.
Bastante bien, la verdad sea dicha.
Pero también estoy triste.
Estoy atrapada en una rutina de la que no sé cómo salir; agobiada, aunque mi vida es anodina; cansada, aunque duermo lo suficiente; perdida, aunque no me he desviado del camino que me he marcado: treinta y dos años, divorciada e intentando empezar de nuevo.
—Steven sigue intentando renegociar los bienes que dividimos en el divorcio. De repente está muy interesado en quedarse con cosas que no quería cuando estaba ocupado acostándose con su secretaria. Y, por si no tuviera bastante con eso, mi jefe ha hecho un comentario tan asqueroso durante nuestra reunión mensual que estoy pensando presentar mi dimisión. —Tuerzo el gesto—. Mierda, perdona. Es mucho.
—Empecemos por el principio. ¿Te he dicho últimamente lo mucho que odio a tu ex? —me pregunta.
Sí, me lo ha dicho. Con todo lujo de detalles, varias veces al día. No me sorprendería que hubiera una diana con la cara de Steven en algún lugar del despacho de Lexie, al final del pasillo.
—No —respondo con sarcasmo—. ¿Me lo puedes recordar?
—El tío es un puto millonario. ¿Qué quiere de ti que no pueda comprarse él mismo?
—Mi piso, que me compré después del divorcio. He tenido que pasarme una hora entera esta mañana escuchando a su abogado explicarle al mío que la luz natural ejerce una influencia positiva sobre la creatividad y… —Lexi hace una peineta con ambas manos y suelto una carcajada—. No va a ganar esa batalla.
—Sigo cabreada porque no nos dejaste rayarle el coche, pero supongo que es lo malo de ser mujeres maduras y con clase.
—No habría servido de nada. La Cybertruck que conduce ya es lo bastante horrorosa, no merece la pena que te arriesgues a una denuncia.
—No te preocupes por Steven. Se irá a tomar por culo dentro de poco y volverá al mismo agujero del que salió. Y si no lo hace, avísame. Me encantaría decirle un par de cosas a ese gilipollas.
—Gracias, Lex.
—Pasemos ahora al otro gilipollas. ¿Qué ha dicho Charlie?
Lexi sabe que mi jefe está entre las personas a las que no aguanto. Que yo irrumpa en fisioterapia para meterme en el despacho de Lexi a quejarme se ha convertido en una cita semanal para nosotras. Una en la que nos desahogamos, también con mis otras mejores amigas (Maven Lansheld y Emerson Hartwell), en privado sobre las alegrías de ser mujeres en un mundillo dominado por la testosterona.
—Fue un comentario sobre mi camisa. —Señalo la prenda que me puse esta mañana, antes de que el día se fuera a la mierda—. Me dijo que me vendría bien desabrocharme el botón de arriba. Y luego añadió, como remate, que sonriera más.
Lexi pone cara de asco.
—Habla con Recursos Humanos. Dudo que seas la primera en presentar una queja contra ese cerdo. Prométeme que irás la semana que viene.
—Te lo prometo —digo.
—Muy bien. Cambiemos a la parte buena del día. ¿Hacemos cena de chicas el viernes? El partido del sábado empieza tarde, y eso nos da margen para ponernos de comida hasta las cejas la noche anterior.
—Sí. —Sonrío—. He reservado mesa en el italiano nuevo del centro. Me vendrá bien desconectar de los últimos dos días.
—Espero que sepas que nos tienes aquí para lo que necesites, Piper. Estos años han sido una mierda, pero tengo la sensación de que pronto te va a pasar algo bueno.
—Muy bien, oráculo. Ya que lo sabes todo, ¿podrías decirle al universo que se dé prisa? Estoy perdiendo la paciencia.
—Claro, ahora mismo hago un par de llamadas.
—Eres la mejor, Lex. Estás libre para comer, ¿verdad? ¿No tienes a ningún otro jugador que necesite tu atención?
—Soy libre como un pájaro. —Sonríe y se levanta—. Podemos llenar el despacho de Charlie de papel higiénico antes de irnos. ¡Ah…! O podemos mandarle una bomba de purpurina que le explote en esa cara de ardilla que tiene, a ver si el muy imbécil se entera de lo que opinamos de él.
—Vaya, ¿tu plan para acabar con él incluye purpurina?
—¿Y por qué no?
Entrelazo el brazo con el suyo, agradecida por tener a una mujer tan feroz de mi lado.
—Acepto, pero solo porque es un capullo mayúsculo y necesito divertirme un poco.
2
Liam
Es fácil conseguir que despidan a alguien?
Maverick Miller, el mejor alero derecho que ha pisado la NHL, levanta la mirada hacia mí mientras se ata los patines.
—Hostia, Liam, ¿quieres que deje de ser tu capitán?
—Para que lo sepas, creo que eres el mejor capitán que ha tenido este equipo.
Maverick sonríe y se pasa la mano por el pelo castaño oscuro.
—Ay, Papi Portero, al final me vas a sacar los colores.
—No soporto ese puto apodo.
He visto los vídeos en TikTok. A los chicos les hace gracia mandarme las recopilaciones que hace la gente; se descojonan con las etiquetas como #thirsttrap y #daddymaterial.
Y, por desgracia para mí, el nombrecito ha echado raíces.
—Deja de hacer cosas que la gente de internet considera que son para morirse y no te llamaré así.
—Morderme la camiseta no es sexy —digo.
—Bueno, yo personalmente no te veo el atractivo. No me gusta ese rollo de cabrón gruñón y melancólico que te traes antes del partido, con todos esos rituales como comerte la ropa, pero a la gente sí le gusta.
—Que no me como la ropa.
—Oye, llámalo como quieras. Me alegro de que haya un público para todo. ¡Arriba los comecamisetas! —exclama, y frunzo el ceño—. A ver, ¿a quién quieres que despidan?
—A alguien que no merece ocupar un cargo con poder.
—¿Ya vas a empezar con una de tus tramas de venganza? —Maverick abre los ojos de par en par—. Ay, mierda. Un segundo… ¿No irás a por los encargados de la comida que han quitado el puesto de perritos calientes del vestíbulo? Porque yo también estoy cabreado por eso.
—No, no es por los perritos, pero ya hablaremos de eso. ¿A quién se le ocurre quitar un puesto de perritos calientes?
—¡Pecadores! —grita Grant Everett, el suplente de Maverick—. Son una puta panda de pecadores.
—¡Mañana montamos un piquete! —exclama Ethan Richardson, el delantero centro titular—. ¡Que nos devuelvan los glizzys!
—Mira lo que has conseguido, Miller —le digo—. Ethan está usando jerga específica para hablar de perritos calientes, como si fuera un moderno.
—Ya sabes que tengo cierta vena dramática —replica él con una sonrisa—. Por favor, no me digas que quieres que despidan al entrenador Saunders. Sé que perdimos la final el año pasado, pero creo que en esta pretemporada llevamos buen ritmo. Hemos estado imparables en los primeros partidos.
—No, no es el entrenador. Ni nadie del equipo. Es de otro departamento.
Escuché por accidente la conversación entre Piper y Lexi ayer. No era mi intención poner la oreja desde el vestuario mientras estaba en bolas ni pegarme a la pared para oírlas mejor, pero, en cuanto lo hice, no hubo vuelta atrás.
En cuanto Piper mencionó las mierdas que le había dicho su jefe, estuve a punto de ir al despacho del muy imbécil para decirle cuatro cosas.
Pero ya me han puesto suficientes sanciones por negarme a hablar con la prensa al principio de la temporada, así que agredir físicamente a un tío que se cree importante porque decide quién lleva un micrófono en los partidos de hockey es una forma segura de acabar sentado en el banquillo. Tengo que recurrir a otros métodos, y contar con la ayuda de Maverick Miller es mi mejor plan. Si él pide algo, lo normal es que lo solucionen en un abrir y cerrar de ojos.
¿Que la presión del agua en las duchas del vestuario no es óptima? A la mañana siguiente está arreglado. ¿Que las opciones de comida que tienen en la sala para invitados después de los partidos son una mierda? El equipo de cáterin prepara un menú nuevo para la siguiente vez que juguemos en casa.
¿Que decide liderar un proyecto para diseñar un vestuario femenino a fin de que Emerson Hartwell, su prometida, nuestra antigua compañera de equipo y la primera mujer en jugar en la NHL, no tuviera que cambiarse en el almacén de la limpieza? Pues quedó mejor que el nuestro.
Hay un motivo por el que Maverick es el ojito derecho de todo el mundo: tiene un gran corazón y es buena persona.
—¿Desde cuándo hablamos con tantos rodeos en este equipo? —pregunta Maverick mientras se pone la camiseta y se la ajusta sobre las protecciones—. La mitad de las veces no me entero de qué queréis decir.
—Porque no es asunto tuyo —responde Hudson Hayes, nuestro defensa titular—. Aprende a no meterte donde no te llaman, capitán.
—Y porque eres viejo —añade Grant.
—Y porque prefieres quedarte en casa con tu chica en vez de salir con nosotros como en los viejos tiempos —dice Ethan—. Eres aburridísimo.
—Vaya panda de gilipollas —refunfuña Maverick—. ¿Entonces qué, portero?
Otra forma de referirse a mí, e infinitamente mejor que «Papi Portero».
—¿Qué harías si alguien le hiciera un comentario inapropiado a Emmy? —le pregunto, aunque ya sé la respuesta. Maverick quemaría la casa de esa persona primero, y luego ya harían preguntas.
Cuando jugamos contra el ex de Emmy, Maverick lo dejó hecho un cuadro y, cuando lo expulsaron del partido, salió de la pista sonriendo y luego etiquetó al cabrón en Instagram en una foto de su cara ensangrentada, haciéndole una peineta. Debajo escribió: «Lo que pasa cuando me tocan los cojones».
La sutileza no es lo suyo.
—¿Quién le ha dicho algo? —Se levanta y coge el palo—. Ha sido el segundo entrenador ese que tiene, ¿verdad? Sabía que ese tío era un capullo cuando…
—¡Con todo el equipo! —grita Riley Mitchell, el otro defensa, interrumpiéndolo.
—Que sí, que he caído con todo el equipo, que te den —replica Maverick—. Si se meten con mi chica, se meten conmigo. Y ahora callaos todos antes de que os mande a patinar por la pista. —Todos cierran la boca al oírlo, y vuelve a mirarme—. ¿Quién ha dicho algo sobre ella?
—Nadie ha dicho nada sobre Emmy, pero gracias por recordarme que no te toque las narices jamás. Me refería a otra persona.
—Ah. —Se relaja y sonríe—. Vale, esto ya es otra cosa. Yo iría directamente a la fuente y le plantaría cara. Es lo que suele funcionar mejor.
Cojo mi camiseta del perchero y me la paso por la cabeza.
—Gracias por el consejo.
El entrenador Saunders entra en el vestuario.
—¡Diez minutos! —grita, y todos nos apresuramos a coger el equipo.
Me levanto para estirarme y calentar un poco antes de salir a la pista. A mitad de las rotaciones de cadera, oigo que mi móvil vibra en la taquilla. Lo cojo y veo que el nombre de mi hermana parpadea en la pantalla.
Si no contesto, seguirá llamando. No le importa una mierda que tenga partido.
Apoyo el teléfono contra mi bolsa de deporte y acepto la videollamada.
—Tengo cuarenta segundos —le digo.
—¿Estás en el vestuario? Gira la cámara para que pueda ver a los chicos guapos del hockey —dice Alana.
—Te casas en cuatro meses.
—Solo estoy mirando. No voy a tocar nada. Todavía tengo ojos.
—Qué asco. La mitad de estos se tiran a todo lo que se menea, y los otros tienen una relación estable, como tú hasta donde yo sé. Y ninguno es lo bastante bueno para mi hermana pequeña.
—Oh… —Sonríe y apoya la barbilla en una mano—. Ese es mi hermano favorito.
—Soy el único que tienes.
—Aun así, eres al que más quiero, y por eso te llamo. La fecha límite para confirmar la asistencia a la boda era la semana pasada y no he recibido tu respuesta por correo. —Me mira fijamente—. ¿Qué pasa, Li? ¿No quieres pasar cuatro días en un hotel de lujo en España? Sé que te lo puedes permitir, eres un cabrón con pasta.
—Y eso me lo llama la que creó una app de citas que vale tanto dinero que sus tataranietos no tendrán necesidad de trabajar.
—No intentes comparar nuestro patrimonio. El contrato que firmaste en verano es obsceno.
Lo es, sí.
Ocho años, ochenta y cuatro millones de dólares. Es la cifra más alta para un portero en la historia de la NHL, y estoy decidido a demostrar que valgo esa inversión después de que tuviéramos esa final de mierda en la Stanley Cup de hace unos meses.
—Estaba esperando hasta ver el calendario de entrenamientos —miento.
Me muerdo el cuello de la camiseta.
Mierda.
A lo mejor Miller tiene razón.
—Y una mierda —replica—. Hablé con el entrenador Saunders y me dijo que la boda coincide con la celebración de la Copa de las Cuatro Naciones. Estás libre esas dos semanas de febrero, así que puedes venir a mis nupcias perfectamente.
—¿Has hablado con el entrenador Saunders?
—Hemos intercambiado un par de correos. Háblame de él. Es una monada.
—Es un padre soltero que bien podría ser monje. No lo he visto con una mujer en años. Creo que nunca, en realidad.
—A lo mejor le van los tíos.
—A lo mejor. —Suspiro, molesto—. Estaba esperando un poco para mandarte la confirmación.
—¿Esperando? —repite Alana—. ¿A qué? ¿A que los cerdos vuelen?
Puede que la humanidad en general me desquicie, pero quiero a mi familia.
Cuando era pequeño, mis padres sacrificaron su tiempo y su energía durante años para que aprendiera a patinar. Mi madre me llevaba a la pista seis días a la semana. Mi padre no se perdió ningún partido, ni siquiera los que jugué en Ottawa en pleno invierno.
Conforme he ido haciéndome mayor, han empezado a presionarme de otra manera que no tiene nada que ver con mis logros deportivos. No les importa si gano la Stanley Cup o si me paso el resto de mi carrera en el banquillo.
Para ellos es más importante lo que ocurre fuera de la pista de hielo: quieren que siente la cabeza. Que me case. Que deje el deporte profesional para formar una familia.
Ese es el tema de conversación estrella en todas las reuniones familiares; en Navidad, en los cumpleaños, aquella vez en la que cogí un avión y volví a casa para el día de la Madre y me soltaron un sermón de dos horas sobre la falta que me hacía una mujer en mi vida.
La única forma que tengo de aislarme de todo es cada noche en la pista, cuando estoy en la portería siguiendo los movimientos del disco durante sesenta minutos seguidos. Es mi lugar seguro, aunque soy consciente de que mi trabajo siempre está pendiendo de un hilo. Un paso en falso podría hacer que perdiera todo lo que tanto me ha costado lograr, así que no me permito distracciones.
Durante la temporada, me exijo mucho. Nada de sexo. Nada de mujeres. Una copa a la semana y a las diez en la cama.
No me importan una mierda la fama, la atención de la gente o las fiestas. Me gusta ir a lo mío. Me presento en el estadio, juego bien al hockey y luego vuelvo a la tranquilidad de mi piso, con mi gato.
Sé que es un comportamiento neurótico y obsesivo. Los chicos dicen que soy un muermo, que me estoy perdiendo cosas, pero a mí me funciona. Mi vida está dedicada al deporte por el que tanto me he sacrificado, y así me va bien. ¿Qué más da que folle, ni haya conocido a nadie, ni me haya enamorado?
Soy feliz como para no necesitar preocuparme por todas esas cosas extra, pero si tengo que soportar otra ronda de cien preguntas sobre por qué voy solo a la boda de mi hermana perderé la puta cabeza.
—Iré —digo—. No me lo perdería por nada del mundo.
—¿Vendrás con alguien? —me pregunta—. A lo mejor con una chica que quiera hacer un viaje gratis con un deportista y que no tenga ni idea de que tu segundo nombre es Frederick. Necesito saber el número exacto de cubiertos para organizarlo todo.
Puede que sea porque estoy harto de la compasión de la gente al descubrir que no tengo pareja.
O porque estoy harto de responder a la misma pregunta todos los días.
O porque, en el fondo, la pura realidad es que me siento solo. O porque me aterra la idea de que nadie me quiera nunca porque soy demasiado cerrado, demasiado borde, demasiado entregado a mi trabajo, y sé que evitar el tema es más sencillo que reconocer lo que es.
El caso es que, sea por lo que sea, al final suelto una palabra que desearía poder tragarme en el acto.
—Sí.
—¿En serio? No sabía que estabas saliendo con alguien —dice Alana con voz alegre—. ¿No vas a hablarme de ella? ¿Ni siquiera vas a decirme cómo se llama? Al menos dime su signo del zodiaco para que mire si sois compatibles.
Me encojo de hombros.
—Es reciente.
—¿Qué cojones, Liam? ¿Cómo se supone que voy a buscarla en internet si no me das un nombre?
—Es una mujer. —Ofrecer poca información es lo mejor, porque me dará tiempo para solucionar este marrón y hacer como que no he dicho nada—. Una mujer muy simpática.
—Si te aguanta es que es una santa.
—Tengo que irme. Es hora de calentar.
—¡Más te vale comprarme un buen regalo! —exclama Alana, y cuelgo antes de que pueda añadir algo más.
Dejo el móvil debajo de la camiseta de repuesto y cojo el casco.
Ha sido una estupidez mentir, pero ya solucionaré ese problema más adelante. Ahora mismo tengo cosas más importantes que decidir con quién se supone que estoy saliendo, como ganar este partido.
La prioridad es el hockey.
Siempre lo será, y una novia, ya sea real o imaginaria, nunca va a cambiar eso.
3
Piper
Tengo que contaros una cosa —les digo a mis amigas el viernes por la noche, después de que nos acomodemos en una mesa del Mama Melrose’s—. Y me vendría bien algún consejo, porque estoy a años luz de mi zona de confort ahora mismo.
—¿Qué pasa? —pregunta Emerson, a quien todas llamamos Emmy, al tiempo que apoya los codos en la mesa y me mira fijamente con sus ojos verdes muy abiertos. Es la misma expresión atenta que tenía cuando nos conocimos en el instituto y, aunque perdimos el contacto durante un tiempo después de graduarnos, por la vida y por perseguir nuestros sueños, no deja de resultarme increíble que llevemos siendo amigas tanto tiempo—. ¿Es algo sexual? ¿Un fetiche? He visto cosas muy raras, Piper. Tu secreto está a salvo con nosotras.
—No. ¡No! No es tan raro, pero sí muchísimo más vergonzoso. —Hago una pausa y suelto una carcajada por lo bajo—. Pero recuérdame que te pregunte por esas anécdotas después de unas copas de vino.
—Oye —Maven, la fotógrafa del equipo de los Stars, aparta la botella de chardonnay italiano que hemos pedido para mirarme—, que no te dé vergüenza contarnos nada. Aquí no se juzga a nadie.
—¿Os acordáis de aquella vez cuando estaba dando una clase de Pilates y se me rompieron las mallas por la mitad mientras hacía una flexión en la máquina? —pregunta Lexi, y todas nos echamos a reír—. Emmy me tuvo que llevar unos leggins nuevos para mi siguiente clase, y vosotras me dijisteis que era porque tengo un culo poderoso.
—Y así es —replico—. Aunque lo mío es más personal.
—¿Más personal que enseñarle el tanga al padre soltero tímido que estaba en primera fila? —Suspira—. No volvió, y es una pena. Era muy mono.
—Es sobre lo patética que es mi vida sentimental. Después del divorcio, todo me parecía aterrador. Hablar con hombres. Conocerlos. Abrirme y dejar que alguien nuevo viera las partes de mí misma que todavía estoy aprendiendo a querer. He pasado gran parte de mi vida adulta con pareja, y la idea de empezar de nuevo me ponía los pelos de punta. —Deslizo un dedo por la base de mi copa mientras me armo de valor—. Decidí tomármelo con calma y disfrutar de la soltería, hacer lo que quiera cuando quiera, pero últimamente me siento sola. —Hago una pausa para beber un sorbo de vino—. Muy sola, si os soy sincera. Os veo a todas enamoradas y eso hace que tenga la sensación de que me estoy perdiendo algo importante. De que me estoy quedando atrás. Sé que me partieron el corazón una vez, pero me gustaría creer que puedo encontrar el amor de nuevo.
—Cuando dice eso de estar enamoradas, habla de vosotras, guapas —les dice Lexi a Maven y a Emmy—. No de mí, que soy una solterona.
Suelto una carcajada y me froto los brazos, pero estoy de los nervios.
Me siento desnuda delante de las chicas al contarles esto. Sé que no me juzgarán; nuestra amistad se basa en compartirlo todo, desde historias de citas horrorosas hasta temas de trabajo, pero hay algo muy descarnado, muy humano, en compartir las cosas que más miedo dan. Intimida decirlas en voz alta y lanzarlas al universo, expresar tus miedos y enfrentarte a ellos sin rodeos.
—Es normal sentirse sola —dice Maven con delicadeza—. La sociedad nos dice que debemos alcanzar ciertos hitos como mujeres a determinadas edades o será demasiado tarde, como que si no sentamos la cabeza antes de los veinte, nunca encontraremos el amor ni habrá tiempo para tener hijos. Son gilipolleces.
—Me encanta cuando Mae se pone en plan «muerte al patriarcado». —Emmy sonríe—. Para que conste, sí que son chorradas. Míranos a Maverick y a mí. Tenemos más de treinta años. Que sí, que estamos comprometidos, pero no nos hemos casado. Si estuviéramos en los años cuarenta, el mundo nos daría la espalda.
—No te estás quedando atrás, Piper. Te estás tomando tu tiempo esperando a que aparezca el hombre adecuado —añade Maven.
—Pero ¿cómo voy a encontrar al hombre adecuado si ni siquiera sé moverme en el mundo del amor moderno? Steven y yo nos conocimos en mi primer año de universidad, en el comedor, cuando los móviles todavía no eran táctiles. —Miro una foto de la torre de Pisa colgada en la pared que Maven tiene detrás y ladeo la cabeza—. No tuve que entrar en ninguna página web, ni enumerar cinco lugares a los que me gustaría viajar antes de morir en la biografía de una aplicación. Él se tropezó conmigo, a mí se me cayeron las tortitas y el resto fue una historia de amor maravillosa hasta que dejó de serlo, y ahora me toca tener que aprender a salir con alguien de nuevo. El año pasado no duré más de cinco minutos con una app de esas descargada.
—Si quieres volver a probar una, yo haré criba para asegurarme de que merecen que inviertas tu tiempo en ellos. No recibirás fotopollas no deseadas —se ofrece Lexi.
—Te agradezco que mantengas los penes a raya. —Le doy unas palmaditas en un muslo—. Pero ¿y el sexo qué? Eso es lo que más me preocupa. Steve y yo lo hacíamos poco. Y las veces que lo hacíamos, era regular. Asumo que como mucho podríamos categorizarlo de mediocre, pero no tengo con qué compararlo porque es el único hombre con el que he estado. Aunque no lo disfrutaba mucho y no creo que se me dé bien. No puedo lanzarme de nuevo a las citas sin saber hacer una mamada en condiciones. ¿Hasta qué punto uso la lengua? ¿Y qué hago con las manos?
Nuestra camarera elige justo este momento para aparecer. Deja la cesta con los palitos de pan en la mesa y nos mira a las cuatro con una sonrisa forzada.
—Perdón por interrumpir —se disculpa—. ¿Sabéis ya lo que vais a pedir?
—¿Te importa darnos unos minutos más? —Maven ojea la carta—. Creo que todavía no lo hemos decidido.
—Claro. —La camarera se da la vuelta para volver a la cocina. Con lo colorada que está, temo que no vuelva—. Tomaos vuestro tiempo.
—Estupendo —gimo—, la he traumatizado. No ha venido a trabajar pensando que los clientes se pondrían a hablar de mamadas entre platos de pasta de veinte dólares.
—Hablando de mamadas: ¿no has pensado en consultar a un terapeuta sexual? —pregunta Lexi.
—¿Qué cojones es un terapeuta sexual?
—Un especialista que te ayuda a lidiar con las dudas que puedas tener con temas íntimos o sexuales. Tengo una amiga de la universidad que tiene la licencia. Trabaja con parejas y personas solteras sin parar.
—¿Hay gente que trabaja de eso? —pregunta Emmy.
—Hoy en día hay gente que trabaja de todo —contesta Maven.
—Te elabora un plan, te da técnicas y deberes para que practiques… —sigue Lexi.
—¿Deberes? —repito—. ¿Se supone que tengo que acostarme con tíos aleatorios para… qué? ¿En nombre de la ciencia?
—¿Acaso no consiste en eso lo de no tener pareja estable? ¿En hacer lo que quieras con quien quieras? —Lexi se echa la melena castaña oscura hacia atrás y se encoge de hombros—. Es libertad sexual, es explorar. A mí me parece divertido.
—Aprecio toda esta positividad sexual y me alegro de que haya alguien que ayude con esas cosas, pero me intimida demasiado hablar con un profesional sobre mi falta de experiencia. Ni siquiera sé cómo le voy a explicar al tío con el que salga que mi ex solo consiguió que tuviera un orgasmo cinco veces en diez años de relación. Eso solo serviría para demostrar que no tengo ni idea de lo que hago en la cama, y ¿quién va a querer acostarse con alguien que no tiene ni idea?
—Vamos a necesitar más alcohol. —Lexi me rellena la copa de vino—. A lo mejor un buen punto de partida es tomarte un tiempo para descubrir lo que te gusta y lo que no te gusta en la cama. Internet puede ser útil. Si hablar con alguien te resulta incómodo, puedes leer algún artículo. Ya que estamos sincerándonos, yo he aprendido mucho sobre mí misma gracias a las novelas románticas. —Se ruboriza al decirlo, y me recuerda lo mucho que quiero a mis amigas y su vulnerabilidad—. Al leerlas he descubierto que me gustan cosas que creía que no y también he aprendido a través de los personajes. Parece una tontería, pero nunca he estado tan contenta con mi vida sexual.
Suelto una carcajada y bebo de nuevo.
—Qué envidia me da que seas capaz de acercarte a un hombre y conseguir lo que quieres. El fin de semana pasado te sentaste con el chico aquel a la barra como si nada y acabaste yéndote a casa con él. Me gustaría poder hacer eso.
Lexi siempre ha sido así: segura de su sexualidad, capaz de expresar lo que quiere y lo que no. Se ha acostado con muchos hombres, argumentando que si ellos pueden ir por ahí follándose a todo lo que se menea, ella también debería poder hacerlo.
—Tienes que ir poco a poco, cari. No te sientes cómoda con el tema aún porque es algo que nunca has hecho. Necesitas un poco de tiempo, y no pasa nada —me asegura.
—Siempre puedes preguntarnos a nosotras —añade Maven—. Yo te contaré todo lo que Dallas y yo hacemos en la cama para que pienses si a ti también te gustaría.
Dallas Lansheld es el marido de Maven y el mejor pateador de la historia de la Liga Nacional de Fútbol Americano. Vivieron un romance vertiginoso y se enamoraron mientras ella era la niñera de June, la hija de Dallas, que ahora ya es de ambos. Les fue imposible mantenerse alejados el uno del otro, y todavía son inseparables.
A veces, cuando los veo juntos (y también a Maverick y a Emmy), siento una intensa punzada de celos en el pecho, una presión detrás de los pulmones. Y no es porque me atraigan como pareja, sino porque mi relación anterior nunca se pareció a la suya, ni siquiera en nuestros mejores días.
Ahora que veo mi divorcio con tiempo de por medio, me doy cuenta de lo mucho que me molesta. Estoy enfadada y resentida. Siempre he sido más de amor que de guerra, de dar una tercera o incluso cuarta oportunidad cuando nunca debí haber dado la segunda, así que me resulta agotador odiar a alguien como odio a Steven.
Me genera mucho dolor haber perdido tanto tiempo con él. Me decepciona la cantidad de años que pasé con un hombre que nunca me miró como las parejas de mis amigas las miran: como si fueran lo más importante del mundo, como si estuvieran agradecidos por poder respirar el mismo aire que ellas.
Me pregunto si es demasiado tarde para tener algo así.
Me pregunto si todavía tengo tiempo para encontrar un nuevo «felices para siempre».
Durante mi relación con Steven, siempre importé menos que su trabajo, su empresa y de los inversores que lo ayudaban a labrarse un nombre en la competitiva industria tecnológica. Menos que su dinero, sus títulos y sus logros profesionales.
Y menos que Julia, la secretaria de veintitrés años con la que pasaba todo el tiempo libre y a quien encontraba mucho más interesante.
Debe de ser bonito ser la prioridad de alguien, el centro de toda su atención y también su sueño hecho realidad.
No me lo imagino.
—A veces le pido a Maverick que follemos mientras él lleva puesta mi camiseta, para que sepa bien a quién pertenece —dice Emmy, devolviéndome al presente y desterrando el pasado.
—Como si las palabras «El guaperas de Emmy» que lleva tatuadas en el pecho no le dejaran claro a todo el mundo que está felizmente comprometido —bromea Maven—. He tenido que pedirle que se ponga la camiseta para las fotos oficiales porque le gusta ir por ahí a pecho descubierto para enseñarlo.
Emmy suspira y se enrolla un mechón de pelo rojo alrededor del dedo.
—Cómo quiero a ese hombre.
—Oye, las dos empezasteis vuestras relaciones siendo solo amigos con derecho a roce, ¿verdad? —pregunta Lexi, y Emmy asiente—. ¿Y si probaras algo así, Piper? Una relación puramente sexual con el mismo hombre, para enrollarte con él y experimentar.
—¿Y de dónde lo saco? —pregunto—. ¿De Craigslist?
—Solo si quieres que te mate. —Chasquea la lengua y me mira con cara de que espera que lo haya dicho en broma—. Las apps para ligar son el lugar perfecto para encontrar un follamigo. Si pones en tu bio de Tinder algo como «No busco nada serio», los hombres acudirán a ti como moscas a la miel.
—Es verdad —conviene Maven—. Y nosotras podemos ayudarte a montar el perfil.
Sonrío mientras las miro. Me arden las mejillas. Siento que tengo el corazón lleno de amor y, a pesar de no tener pareja y volver cada noche a un piso vacío, nunca me he sentido tan querida.
—No sabéis cuánto os valoro, chicas. Me queréis incluso cuando creo que no me lo merezco. Me habéis demostrado que vale la pena luch
