5 de marzo
He llegado a Londres sin ningún percance.
Últimamente, pocas cosas me salen bien, pero esta ha sido una de ellas. Mi existencia en los últimos tres años puede considerarse una sucesión de percances.
El tren entró en la estación de St. Pancras envuelto en una nube de vapor con cinco minutos de adelanto. Un hecho de lo más propicio, ya que estoy bastante segura de que no se ha producido nunca antes en la historia de los ferrocarriles británicos. Un mozo muy poco solícito me ayudó con mis dos baúles, mi maleta y mi sombrerera. Reparó en los bordes deshilachados de mi abrigo de viaje, emitió un sonido de desaprobación y procedió a dar muestra del desagrado que le producía ayudarme. Aun así, le di medio penique. Lo que fue muy generoso por mi parte, considerando el estado de mis finanzas. Cosa extraña, la sombrerera fue lo que despertó mayor desdén, a pesar de contener, en efecto, un sombrero. Durante más de un año, contuvo algo ligeramente menos agradable: la cabeza de mono que me envió Maxwell.
He estado a punto de tacharla, la mención a la cabeza de mono. En Bournemouth, adopté la desafortunada costumbre de censurarme, dado el escaso respeto que la prima Matilde mostraba por la propiedad ajena, tal y como quedó demostrado en La Gran Quema de 1882. La propensión a dar por hecho que yo no tengo intimidad ha persistido a pesar de todos mis esfuerzos, pero estoy decidida a subvertirla. Este diario no se merece tener una fea y negra tachadura sobre cada pensamiento incriminatorio. ¡Se acabó el censurarme a mí misma!
Estoy divagando.
Después de conseguir un coche de punto, un dispendio inevitable, di al conductor la dirección de mi lugar preferido del mundo entero:
Lapis Lazuli House, en el barrio de St. Crispian’s, Londres.
Qué felicidad.
Cuando el coche enfiló Whereabouts Lane, saqué la cabeza por la ventanilla para ver Lapis Lazuli House. ¡Ahí estaba! Alta y gloriosa, de piedra caliza gris y con relieves exteriores que recuerdan al banco de un parque o una lápida ornamentada. En cuanto el coche se detuvo, bajé a la calle, aliviada de haber llegado por fin a mi destino. Si bien el pórtico cuadrado necesita una mano de pintura, los cinco escalones curvos que conducen a la puerta principal estaban recién barridos. Habría que limpiar los ventanales, pero me atrevo a presumir de que son de los más altos del vecindario. A pesar de todo ello, esta casa desprende un aire despreocupado que me encanta. Por magnífica que sea, Lapis Lazuli House no se toma a sí misma demasiado en serio. Una especie de contrapunto cósmico frente al ego de su actual residente.
El susodicho residente, mi primo Archibald, no estaba en casa cuando llegué. Debió de presentir su inminente desgracia mi inminente llegada. Su mayordomo, Parian, sí estaba, por lo que fue él quien me abrió la famosa puerta azul y —después de resoplar por la nariz en repetidas y desaprobatorias ocasiones— me permitió traspasar el sagrado umbral. La fregona, ahora convertida en cocinera, también estuvo presente en mi llegada. Se llama Agnes. Es una muchacha de dieciséis años tan graciosa como poco agraciada. Ella y Parian me ayudaron a transportar el equipaje a mis habitaciones.
Para ello tuvimos que subir varios tramos de escaleras. Sí, varios. Y es que mi benevolente primo me ha alojado no en mis acostumbradas habitaciones del muy razonable tercer piso, sino en el desván de la quinta planta.
El desván.
Repito: el desván.
Al parecer, mis antiguas habitaciones ya no son mías. He sido desterrada de ellas. ¿Por qué?, cabría preguntar. A lo que respondo que hay cosas que no tienen explicación.
Aunque, siendo sincera, debo admitir que esta en particular puede guardar relación con El Incidente que desembocó en La Cicatriz.
Para mi escarnio, la planta cuarta entera está vacía y así seguirá. La tercera planta la ocupan dos dormitorios de invitados y mis antiguas habitaciones. El primo Archibald ocupa la segunda planta, incluyendo la biblioteca, que me está vetada y que el primo mantiene cerrada con llave. El primer piso alberga el salón en el que se recibe a las visitas y que viene a ser también la sala de estar, el comedor y un gran salón formal que no se usa. Las cocinas y las despensas se encuentran en la planta baja, con un dormitorio para Agnes detrás de la cocina, cerca de los jardines.
¿Dónde, cabría preguntarse, reside Parian, nuestro ayuda de cámara convertido en mayordomo convertido en individuo bastante insoportable? Sospecho que Sus Habitaciones Actuales son las antes conocidas como Mis Habitaciones. Que disfrute de las vistas del jardín.
Este cambio habría sido extraño en cualquier otra residencia londinense, pero no puede sorprenderme que haya ocurrido aquí. En palabras de mi tía materna, lady Eugenia Spencer, «Lapis Lazuli House es una residencia peculiar, por decirlo suavemente». Y mi tía no es alguien que se conforme con decir las cosas suavemente.
En cuanto al estado del desván, es un desbarajuste de muebles, polvo y telarañas. Tras subir el último tramo de escalera, una se encuentra tres puertas. La de la izquierda es de una habitación de orientación oeste, con una ventana y media que dan al jardín trasero. La puerta central es de un armario en el que reina un completo caos. La puerta derecha es de una habitación de orientación este, también con una ventana y media, pero que dan a la calle. La media ventana es resultado de Lapis Lazuli Minor, que el primo Archibald creó al tabicar un pedazo ridículamente pequeño de la casa, de trece palmos, con el fin de atraer a inquilinos acaudalados. Después de ceder otros trece míseros palmos en el resto de las plantas —cuatro de los cuales los ocupa la antigua escalera de servicio—, Archibald dio rienda suelta a su generosidad en el desván y cedió la mitad de la planta. Lo que significa que mis habitaciones son más pequeñas y cada una dispone de una ventana y media.
He encontrado una cama y una mesilla entre los despojos de la sala este, y aquí es donde acamparé hasta que pueda meditar sobre posibles planes de actuación. Agnes se aseguró de que comprendo que la ropa de cama ha sido lavada dos veces. Tan vehemente fue su defensa de la limpieza de las sábanas que reconozco haberme alarmado un poco al pensar en cuál sería su estado anterior.
Descubrí, entre el caos del desván, un ejemplar gastado de El Paraíso perdido. ¡Viva! Supone un revés para el plan del primo Archibald de condenarme a la ignorancia. Será maravilloso tener algo que leer hasta que pueda reconstruir mi biblioteca. Y hallar a Milton en la buhardilla ha de ser por fuerza un presagio de alguna clase.
Así que me digo: bienvenida a casa.
Voy a encargar unas tarjetas de visita.
Emma M. Lion
Lapis Lazuli House, Whereabouts Lane
Londres
6 de marzo
Esta mañana se me ha informado de que, salvo que se me indique lo contrario, mis comidas se me servirán en una bandeja en la buhardilla. No podré ir al comedor. Parian me dio la noticia con evidente satisfacción. Presiento que mi destierro es motivo de considerable felicidad para él. No se lo tendré en cuenta. Después de todo, es el ayuda de cámara del primo Archibald. No debe de conocer demasiados momentos felices.
Cuando se marchó, reflexioné sobre esta sentencia y las ventajas que me procura. Sin duda, es una bendición hacer las comidas sola, lejos del escrutinio de un anciano cascarrabias. Para celebrarlo, sentada plácidamente en mi asiento de la ventana, me comí unas galletas de la lata que me envió Arabella.
Siempre me han gustado las vistas desde Lapis Lazuli House, situada justo en el recodo de Whereabouts Lane. Permite advertir perfectamente a cualquiera que venga o vaya, y más desde la ventana de la quinta planta, pues es como si la casa se pusiera de puntillas para divisar los tejados de Londres. Hacer aquí mis comidas, aunque esté pensado como un insulto, no me supondrá perjuicio alguno.
La única desventaja de comer de una bandeja en la buhardilla (una imagen de lo más poética, por otro lado) es que mi economía no me permite sufragarme escapadas a tomar té y pasteles como suplemento de los comestibles que el destino me envíe desde la cocina. Y es de todos sabido que quienes viven en buhardillas extraen al menos una porción de su sustento del té y los pasteles de establecimientos tales como Everett’s o el Reed and Rite. Es un hecho científico indiscutible. No me extrañaría que Darwin escribiera algo al respecto. Por cierto, que el buen señor murió en Kent el año pasado. ¡En Kent nada menos! Eso sí que es supervivencia del más apto. Si he de hacer caso de sus teorías, quizá debería irme a Hyde Park y ponerme a forcejear con jóvenes damas para sustraerles el bolso. Londres es un entorno hostil y una debe sobrevivir.
El primo Archibald no ha hecho aún acto de presencia y, por tanto, no he tenido ocasión de preguntarle por el salario que se me debe y también por mi asignación. Presiento que tampoco los ha olvidado él y por eso me evita. He visto la sombra de un hombre escabullirse de la casa por la mañana temprano y volver a finales de la tarde, y me atrevo a asegurar que, si hablamos de una sombra con forma de hombre, no puede ser otro que el primo Archibald. El cual no solo anda escaso de peso, sino también de humor, espíritu y temperamento.
Encontré un espejo en la habitación oeste y lo he colocado en la este, sobre el lavamanos. Debió de pertenecer a mi tía abuela y tiene un bonito marco dorado decorado con una cenefa griega. Apoyado contra la pared, es lo bastante alto para mostrar mi reflejo entero.
Estoy algo pálida.
Después de tanto tiempo de parecerme a mi padre, ahora me resulta alarmante ver a mi madre. Sigo teniendo los ojos de mi padre, de ese verde mar tan insólito; ojos separados, grandes, objeto de la desaprobación más absoluta de la prima Matilde.
Pero mi madre se ha impuesto en un tour de force. Tengo sus pómulos, su forma de arquear las cejas y ese rasgo de las mujeres de esta familia: el hoyuelo en la barbilla. Mi pelo es oscuro y rebelde, un regalo de mi abuela portuguesa por parte de madre.
¿Y en el puente de la nariz? Una constelación de pecas.
—Se te irán cuando seas mayor —me dijo en una ocasión mi madre.
—Espero que no —replicó mi padre desde la otra habitación, encorvado sobre una ilustración—. Sería una lástima que Emma perdiera esa pizca de magia, ¿no os parece?
Bien, padre mío, no la he perdido, aunque ahora me miro en este espejo y me reconozco menos que cuando era niña. Supongo que es algo que ocurre cuando te haces adulta y no has encontrado aún tu lugar en el mundo.
En lo que a estatura se refiere, no soy ni muy alta ni muy baja, sino que me hallo en un prosaico nivel intermedio. La prima Matilde afirmó en una ocasión que sería mi única virtud a la hora de encontrar marido. «Los hombres no quieren un espécimen alto y zancudo, tampoco una joven raquítica, con la excepción de su Majestad la Reina. Tu estatura es tu única ventaja. Es posible incluso que puedas aspirar a un empleado de banca, siempre que le des un hijo y una hija, en ese orden. —A continuación, agitó el dedo—. ¡Será posible, todas esas mujeres que insisten en dar a luz a primogénitas! ¡A saber qué tendrán en la cabeza! ¡Pájaros, sin duda!».
Mi más sincero agradecimiento, prima Matilde, por tu generoso pronóstico de mi vida futura.
7 de marzo
Hoy he recorrido St. Crispian’s casi entero. Era un ritual de mi padre, que iniciaba cada estancia en Lapis Lazuli House con una inspección del vecindario, y yo he continuado su práctica.
Es una delicia estar de nuevo en Londres y, lo que es mejor, en St. Crispian’s. Siempre ha sido mi vecindario favorito, por encontrarse tan próximo a Primrose Hill. Aquí se concentra gran parte de la historia más insólita de Londres. La iglesia del siglo xv constr
