PRÓLOGO
Teníamos ocho años
Conocí a George Saint James el día que mi madre se esfumó.
La noche anterior me dormí como todas las noches, deseando que pasara algo extraordinario. A los ocho años estaba segura de una cosa: mi destino era vivir grandes aventuras.
Por la mañana, una fuerte lluvia primaveral arremetió contra los últimos restos de nieve y liberó flores blancas y violetas de azafrán silvestre de sus nidos helados. Mis hermanos mayores y yo nos arrodillamos delante de la ventana para ver los surcos de las ruedas de los coches llenarse de lágrimas caídas del cielo. La ranchera de mi madre no estaba.
Mi padre apenas habló cuando lo despertamos, pero, mientras iba sorbiendo su primera taza de café, nos dijo que nuestra madre se había ido a casa. Solo Darwin, que tenía doce años, pareció entenderlo. Moby tenía diez, y vi que estaba tan confundido como yo.
Aquella era nuestra casa. ¿No era también la de mi madre?
Mi padre no supo decirnos cuánto tiempo estaría fuera, pero nos aseguró que volvería y no tuvimos más remedio que creerle.
En cuanto la lluvia se convirtió en llovizna, nos mandó salir. Sin mi madre para desenredarme el pelo con paciencia, lo tenía hecho una masa enmarañada. Todavía iba en camisón, pero Darwin se aseguró de que me pusiera las botas de agua y el impermeable amarillo. Moby fue a buscar el balón de básquet.
Yo quería jugar, pero mis hermanos no me pasaban la pelota. Nunca me la pasaban. Les grité y salté sobre los charcos, pero ellos siguieron lanzando la pelota por encima de mí. Harta, cogí el cazamariposas verde del recibidor y me dispuse a atrapar una criatura en los matorrales del final del campo. Un gusano, un saltamontes o incluso una rana.
En lugar de eso, encontré algo mucho más interesante: un conejo de color marrón claro sentado en las briznas nuevas de hierba. Tenía las orejas largas y aterciopeladas y una inquieta nariz rosada. Iba a atraparlo. ¡Qué celosos se pondrían Darwin y Moby!
Pero la paciencia nunca fue mi fuerte. Eché a correr, las ramitas chasquearon al romperse bajo mis pies, y allá que fue el conejo, hacia la otra punta del campo. Lo perseguí hasta el seto de cedro que rodeaba el terreno colindante. El animal no sabía lo que yo: la mujer que vivía en la Casa Grande, la vecina, era una bruja. Y las brujas usaban a los conejos para todo tipo de cosas. Tenía que salvarlo.
Recorrí el denso muro perenne hasta un agujero lo bastante grande para colarme por él. Miré a través de las ramas y ahogué un grito al encontrarme con unos ojos azules oscuros entrecerrados observándome desde el otro lado.
Nunca había visto a aquel niño. Era blanco como la nieve, con los mofletes redondos y rosados y unas pestañas oscuras. Llevaba el pelo rapado muy corto. Tenía pecas en la naricita y era igual de alto que yo. No había nada que temer.
—Hola, soy Francesca. —Le tendí la mano, como me había enseñado mi padre—. Pero puedes llamarme Frankie.
El niño parpadeó y me pregunté si saldría corriendo, pero luego alargó el brazo de repente y me dio la mano.
—Yo soy George.
Con los brazos en jarra, lo estudié con detenimiento. No llevaba botas de agua ni impermeable y tenía un agujero en los pantalones a la altura de la rodilla. La única ropa de abrigo que llevaba era una sudadera con capucha que tenía una mancha en la manga.
—¿Me estabas espiando? —le pregunté.
—No. —Se sonrojó—. Bueno, desde hace muy poco.
—¿Qué haces ahí?
La Casa Grande no era un buen lugar para un niño, y menos para uno con un aspecto tan delicado como George. Necesitaría que alguien lo defendiera. Incluso que lo rescatara. Se me puso la piel de gallina de la emoción.
—Ahora vivo aquí —dijo con voz resignada.
Lo miré boquiabierta.
—¿Vives ahí? —Señalé la imponente casa de piedra que tenía detrás—. ¿Con la bruja?
—No es una bruja, es mi abuela.
—Me sabe mal decírtelo, George —dije disfrutando del momento—, pero está claro que tu abuela es una bruja.
¿Cómo podía no saberlo? Tenía el jardín descuidado. El viejo invernadero estaba lleno de plantas para pociones. Casi nunca salía de casa y siempre iba envuelta en ropas negras. Además, Darwin juraba que la había visto canturreando mientras removía un enorme caldero negro burbujeante una noche que fue a espiarla.
—Que no —dijo George.
Entrecerré los ojos.
—Demuéstramelo —solté—. Déjame entrar y, si no hay ni un caldero ni colas de lagarto ni ojos de tritón, me lo creeré.
—No hay nada de eso. Es una casa normal.
—Oh —dije enseguida, decepcionada.
—Pero hay un gato negro —se apresuró a decir él—. Se llama Baryshnikov.
—¿En serio?
—Sí, pero es lo único. Nunca he visto nada mágico.
Tal vez George pensara que la Casa Grande era normal, pero dentro tenía que haber secretos escondidos esperando ser descubiertos.
—¿Me la enseñas?
—¿Quieres entrar? —Se notaba que no se lo creía, que pensaba que igual cambiaba de idea.
—¡Sí! Llevo mil años esperando que pase algo interesante.
—Yo no soy interesante. —El rubor de sus mejillas se intensificó como el de las fresas cuando maduran en verano.
—Eso lo decidiré yo —dije—. Por favor, tengo unas ganas irrefrenables de vivir una aventura.
Se rio. Fue un sonido fuerte y repentino, como cuando explota una pompa de chicle.
—¿Tienes unas ganas irrefrenables de vivir una aventura? —repitió.
—Sí —le dije yo—. ¿Tú no?
Me miró pensativo y asintió.
—Vale, pues sígueme.
Y lo hice. Seguí a George y entramos en la Casa Grande, y nada volvió a ser como antes.
Para ninguno de los dos.
LA MANSIÓN
1
Esta noche todo brilla. Las majestuosas lámparas de araña con sus lágrimas de cristal centelleantes. Las guirnaldas de lucecitas que cuelgan de los árboles en el exterior. Incluso yo.
Estoy rodeada de mis amigos y familiares más queridos, sentada como una reina entre sus súbditos en el elegante comedor de una antigua casa solariega. La mesa que tengo delante está vestida con mantelería francesa, cubiertos dorados y muchísimas velas, cada una envuelta en un halo radiante. Observo su reflejo titilante en los jarrones de latón a rebosar de peonías.
Me he puesto sombra de ojos dorada, me acabo de hacer los reflejos en el pelo rubio miel y mi vestido es de seda de color champán y ligero como el merengue. En la mano izquierda llevo un enorme diamante amarillo claro al que no he tenido tiempo de acostumbrarme. Estoy radiante, pero siento que no puedo respirar.
Nunca pensé que me casaría y, sin embargo, aquí estoy, a dos días de mi segunda boda.
Aunque la primera no cuenta.
Un pianista con esmoquin y pajarita toca algo ligero en el Steinway, pero, por un momento, todo eso se desvanece. El tiempo se escurre y, de pronto, estoy en esa primera boda debajo del manzano.
Pronunciamos los votos bajo sus ramas, y las frutas caídas eran el confeti a nuestros pies. Mi vestido estaba hecho con una vieja cortina, como si fuera una niña de Sonrisas y lágrimas. El ramo de flores era un manojo de violetas cogidas del jardín con los tallos atados con hilo de cocina. Él tenía una mancha en el jersey de limpiarse los dedos del crumble de manzana y frutos del bosque de mi madre; siempre estaba comiendo y siempre se ponía perdido. Recuerdo quedarme estudiando ese pequeño punto morado antes de que él hablase.
«Frankie, te prometo…».
Una mano fría se posa en mi muñeca.
—¿Frankie?
Parpadeo volviendo al presente. Siento el andamiaje de pasadores y ganchos clavándoseme en el cráneo, sosteniendo mi melena leonina en un correcto moño francés. Advierto el sabor pegajoso de algodón de azúcar de mi brillo de labios. Noto la seda resbaladiza rozándome las piernas. Percibo la mirada preocupada de una de mis damas de honor.
—¿Frankie? —repite Aurora con los ojos de color café entrecerrados y fijos en mí—. ¿Estás bien? —El tacto de sus dedos contra mi piel se me antoja el de cinco diminutos tentáculos. Estoy segura de que es medio lagarto, siempre está helada.
Lleva todas las trenzas peinadas hacia un lado, como una cascada negra que va volviéndose morada y luego rosa pastel, y los labios pintados de un color rosáceo parecido al de su vestido con un solo tirante. Dejando de lado los tatuajes que le cubren un brazo, parece que esta noche la hayan ayudado a vestirse unas criaturas del bosque y un hada madrina.
—Estoy bien —digo. Me vuelvo para mirar la silla vacía y los nudos que tengo en el estómago vuelven a estrecharse—. Enseguida vuelvo.
No espero a que me responda antes de escabullirme al pasillo. Encuentro un rincón oscuro bajo una escalera de caoba y llamo. Me salta directamente el contestador. Apoyo la frente en el brocado del papel pintado y le dejo otro mensaje.
—Soy yo. Otra vez. En recepción dicen que todavía no te has registrado. Por favor, dime que vas a venir. Te necesito, George. No creo que pueda hacer esto sin ti.
Cierro los ojos y respiro hondo intentando sofocar el miedo.
Vuelvo a mi asiento. Tengo a Aurora y a su novia, Betty, a un lado y a mi prometido al otro. Me apoyo en Nate, le aprieto la mano y él me da un beso en la mejilla.
La cena de bienvenida de esta noche, con un menú de seis platos, es el principio de las festividades de nuestra boda y quiero pasármelo bien. No como lo habría hecho en los años desenfrenados de la veintena, sino de un modo más apropiado para una mujer responsable de treinta años que está a punto de casarse con un galardonado profesor universitario de Matemáticas.
Nate es dieciséis años mayor que yo, pero su pelo espeso y pelirrojo hace que aparente mucho menos de cuarenta y seis. Tiene los ojos de color miel jaspeado y, aunque ahora está recién afeitado para la boda, normalmente lleva barba de unos pocos días. Es de sonrisa fácil y asidua. Esta noche se ha puesto un traje azul marino, pero resulta más sencillo imaginárselo con un kilt caminando por las Tierras Altas de Escocia que dando clase de teoría de la probabilidad en un aula.
Recorro la sala con la mirada esquivando la silla vacía que hay al lado de Mimi, la abuela de George. Casarme nunca fue uno de mis sueños, pero, si lo hubiera sido, no me habría imaginado una boda tan sofisticada. La mansión Darlington y sus terrenos ocupan más de cuarenta hectáreas de bosque y prados a una hora al este de Toronto. Durante los próximos días, tendremos a nuestra disposición unas habitaciones de invitados amuebladas con antigüedades, unos jardines primorosamente cuidados, un restaurante con estrellas Michelin y excursiones con vistas preciosas.
Nate era un estudiante universitario sin blanca cuando se casó por primera vez. Él y su ex celebraron la ceremonia en el ayuntamiento y luego se fueron a un pub con sus amigos. La novia llevaba vaqueros. A mí todo eso me sonaba la mar de bien, pero Nate quería un bodorrio. Celebrarlo a lo grande. Darnos un festín. Eso último lo había dicho levantando una de sus cejas rubias, sabiendo que despertaría mi interés.
Yo me he volcado en la planificación de los menús con el chef, en deliberar sobre cada plato, en probar cada bocado. Mañana, a medida que vayan llegando los invitados, habrá varias experiencias entre las que elegir y la buena comida será el centro de cada una de ellas. Podrán salir a buscar setas, puerros silvestres y brotes de helecho con un experto, o hacer una excursión a caballo por el bosque y disfrutar de un pícnic preparado en una hoguera. Habrá una cata de vinos en la bodega centenaria de la finca, acompañada de quesos y conservas artesanales. Por la noche, un grupo más reducido se reunirá para el ensayo y luego se celebrará una cena para todos nuestros amigos.
Por supuesto, el colofón será el sábado, con la ceremonia y el banquete. Nuestra lista de invitados alcanza los ciento veinte. Mi vestido costó lo que vale un coche pequeño. Para el camino hacia el altar, un cuarteto de cuerda ha aprendido a tocar «Orchard House», de la banda sonora de Mujercitas de 1994, la mejor película de la historia. (No se admiten réplicas).
Siempre me he sentido identificada con Jo March. Soy cabezota, impulsiva e independiente. Nunca quise tener pareja hasta que sí que quise. No soy especialmente presumida, excepto en lo relativo a mi pelo. Antes no me gustaba nada la parte de la película en la que Jo rechazaba la propuesta de matrimonio de Laurie, me parecía que el profesor Bhaer era demasiado viejo y aburrido. Luego maduré y conocí a Nate.
Me pilló dándole un repaso con la mirada en la cola de una cafetería. Poco antes había dejado el trabajo de sous-chef en un arrebato de rabia y agotamiento, y hacía dos semanas que había empezado a trabajar en algo totalmente distinto y a tener una rutina equilibrada. Nate sonrió y el resto de su cara acompañó la sonrisa. Los rabillos de los ojos. Las arrugas alrededor de su boca. Fue como ver un time lapse de una flor abriéndose. Entabló conversación conmigo, me pidió el teléfono y al cabo de una hora me escribió.
Cena conmigo el sábado.
El punto al final de la frase me cautivó. Me impresionó lo directo que era y la facilidad con la que decía lo que quería. Sin juegos. Sin segundas. Sin tópicos baratos para ligar. Nate era un hombre. Y yo quería madurar.
Aurora cree que todas las veces que había leído y visto Mujercitas terminaron manifestándose en mi vida. Por fin estaba lista para tener una relación seria y el universo me mandó a un profesor, igual que a Jo.
—Creo que será el hombre de tu vida —me dijo ella antes de nuestra primera cita.
Es una romántica empedernida, pero tenía razón. A los seis meses, Nate me pidió que me casara con él y yo me mudé a su adosado de Seaton Village.
Un camarero que lleva chaleco negro me coloca delante un plato con el borde dorado. Hay tres raviolis de cangrejo. Juego con ellos con el tenedor mientras escucho, ausente, las conversaciones que se solapan. Nate habla sobre su próximo triatlón, Aurora y Betty se ríen por algo que ha dicho Mimi, y mi madre charla con mi futura suegra sobre la luna de miel.
Nate y yo nos quedamos en la mansión unas noches más después de la boda, pero el viaje de verdad será en julio. Hemos reservado una semana en un resort de Tofino, un remoto paraíso costero de bosques templados húmedos en la periferia de la isla de Vancouver. Tendremos una casa a la orilla del mar.
Mi madre me pilla mirándola y una expresión de preocupación le cruza fugazmente la cara. He perdido la sonrisa. La recupero con la esperanza de que confunda el sudor de mi piel con el resplandor de alguien que está a punto de casarse. Aurora habla con su madre de todo, pero yo no tengo la misma confianza con la mía. Ella no tiene ni idea de que tal vez mi mejor amigo de toda la vida no aparecerá. Mi madre quiere a George y el sentimiento es mutuo, pero mi relación con ella es más complicada.
Abandonó a mi familia durante un año y medio cuando yo tenía ocho años. Mis hermanos pudieron olvidarlo y perdonarla, pero a mí siempre me ha costado conciliar a la mujer que nos dejó con la que volvió. Yo había cambiado durante su ausencia, pero ella había cambiado todavía más.
—Estás muy rara —dice Aurora, y yo le mando a George otro mensaje desde debajo de la mesa.
Me dijiste que estarías
Me prometiste que serías mi padrino
Me guardo el teléfono debajo del muslo.
—¿Sí?
—Apenas has comido. —Mira con insistencia el plato intacto.
Ya no soy cocinera, pero me sigue encantando la comida. En todos los sentidos. Me encanta hablar de comida, comprarla, prepararla… Y lo que más me gusta de todo es comerla.
Pero estoy demasiado nerviosa para probar más que un bocado de ravioli. ¿Y si George ha cambiado de idea?
Estos últimos años, se ha ido alejando. No lo veo desde que nos gritamos en el campo de detrás de casa de mis padres en Navidad, pero no pensaba que fuera a dejar de contestarme al teléfono.
—No dejas de mirar el móvil a escondidas —dice Aurora.
—Qué va.
Como respuesta, me lanza una mirada. A diferencia de mí, Aurora no es nada beligerante, pero sí que tiene esa mirada. Con las cejas arqueadas. Los labios formando una fina línea. Es su forma de llamarme la atención sin llamarme la atención.
Me obligo a dar un bocado.
—¿Contenta? —pregunto con la boca llena.
Ella sonríe.
—Vaya, la novia es toda una señorita.
Le saco la lengua al mismo tiempo que la madre de Nate nos mira entrecerrando los ojos. No le gusto y su recelo no me parece descabellado, porque Nate y yo nos conocemos desde hace solo un año, pero pienso ganármela.
—Ya estás otra vez —dice Aurora mientras yo les doy vueltas a los raviolis en el plato.
—¿Que estoy qué?
—No comiendo.
Mira el resto de la sala.
—No llega tarde, ¿verdad?
Eso es lo que le he dicho a todo el mundo, que George ha pillado un atasco viniendo del aeropuerto. Le he preguntado a Mimi, pero ella tampoco ha tenido noticias suyas hoy.
Niego con la cabeza, con el estómago revuelto.
—Tampoco sería el fin del mundo si no viniera, ¿no? —pregunta Aurora.
Intento reír al oír el falso optimismo de su voz, pero la risa se me queda atascada en la garganta como si fuera un chicle muy masticado y duro. Desde hace veintidós años, George siempre ha estado a mi lado en los momentos más importantes. Aurora me aprieta la mano y, aunque tiene los dedos gélidos, yo me aferro a ella.
—Estás a punto de empezar un nuevo capítulo de tu vida. Si decide que no quiere formar parte de él, pues él se lo pierde.
Me escuecen los ojos y levanto la vista hacia las lámparas de araña para contener las lágrimas. George es mi mejor amigo. Quiero que esté presente en todos los capítulos de mi vida.
Cuando me vibra el teléfono, estoy segura de que será él, pero, al ver el nombre de mi hermano, se me cae el alma a los pies.
Moby
Parece que estés a punto de potar
No es demasiado tarde para cancelarlo todo
Ladeo la pantalla para que Nate no lea el mensaje y fulmino con la mirada a Moby, que está al otro lado de la mesa. Darwin y él ya han intentado convencerme de que no me case. Mascullaron un discursito disuasorio la mañana siguiente de mi despedida de soltera.
«Es la primera vez que vas en serio con alguien. ¿Qué prisa tienes?».
Pero hay algo en lo que Moby tiene razón: puede que vomite.
—Tengo que ir al baño —le digo a Aurora.
Y entonces lo veo.
2
George está de pie bajo el arco de la entrada. Por un momento me pregunto si la mente me engaña. Pero no.
Mi mejor amigo ha llegado y todo va a salir bien.
Me sorprende el perfecto estado de su ropa —una chaqueta negra sobre una camisa blanca, ambas impecables—, pero lleva el pelo castaño todo revuelto. Unas ondas oscuras se le arremolinan por la frente y culebrean a la altura de las orejas; como siempre, necesita un corte de pelo urgente.
Una vez, Aurora me dijo que George era un Clark Kent en la vida real, lo cual a mí me pareció pasarse un poco, aunque sí que es alto y guapo. También es un reportero con gafas, con una vena bienhechora, ningún tipo de preocupación por su propia supervivencia y una mandíbula que algunas personas describirían como cincelada. Las gafas son negras y tirando a cuadradas, y las ha llevado —estas o unas muy parecidas— desde que era estudiante de Periodismo. Se compró las mismas gafas que se pondría un actor para hacer de reportero de la televisión. Y yo, cómo no, me burlé de él.
George observa la sala con una expresión inescrutable. Cuando su mirada encuentra la mía, me levanto tan deprisa que la silla cae al suelo.
Por un momento, nos quedamos mirándonos, pero luego el susurro de una sonrisa se extiende por su cara. Es una ligera tensión en los labios, algo que otra persona pasaría por alto. Echo a correr por la sala —a la mierda lo de ser toda una señorita—, y le envuelvo la cintura con los brazos. No solemos abrazarnos así y siento cómo se tensa antes de relajarse. Me rodea la espalda con los brazos y su pecho se alza con una larga inhalación. Cierro los ojos un instante. Por primera vez esta noche, puedo respirar.
—Has venido —le digo echándome hacia atrás para poder mirarlo.
Puede que la sonrisa que tengo en la boca no se me quite nunca.
George me estudia con sus ojos de un azul nocturno, unos ojos que conozco mejor que los míos.
—He venido.
—Te he llamado. Te he dejado mensajes. Estaba preocupada.
—Perdón, me he quedado sin batería en algún punto sobrevolando el Atlántico. —Observo cómo se le mueve la nuez al tragar—. Oye, ¿podemos hablar?
—George —dice Nate llegando a mi lado. Mi prometido me coge por la cintura y le tiende la mano.
Nate se gana a la gente con su sonrisa y su inquietante capacidad para recordar todos los pequeños detalles de una conversación. Es seguro de sí mismo, amable y cuenta con el respeto tanto del claustro como de los alumnos. Le cae bien a todo el mundo.
Menos a George.
Aunque siento que el tiempo y la distancia tensan las costuras de nuestra amistad, nadie me conoce mejor que George. Y yo también lo conozco a él.
Le di la mano mientras un médico le cosía ocho limpios puntos en el costado cuando éramos niños.
Estuve con él cuando lloró en el suelo de nuestro piso, abrazándolo todo lo fuerte que pude.
Fui la persona a quien llamó la noche que pensaba que iba a morir.
Tengo su nombre tatuado en las costillas, y él, el mío.
De modo que sé que, cuando mira a mi prometido y su párpado derecho hace un movimiento casi imperceptible, es porque no le cae bien. Esboza la sombra de una sonrisa, un velo que cubre sus verdaderos sentimientos. Cuando le da un apretón de manos a Nate y le dice que se alegra de verlo, sé que no es sincero. Pero no me importa, porque George ha venido y va a fingir que Nate le cae bien. Lo hará por mí. Y estoy segura de que los próximos días harán que cambie de opinión. En cuanto pase más tiempo con él, terminará encantándole, igual que le encanta a todo el mundo.
—Nos hace mucha ilusión que estés aquí —dice Nate con franqueza. No participa en eso de los celos y me creyó cuando le dije que George y yo no tenemos un pasado romántico. Como en cualquier relación que dura décadas, ha habido muchos dramas, pero ningún beso.
A no ser que contemos aquella vez.
(Para mí no cuenta).
Haríamos una pareja horrible. Somos Laurie y Jo, demasiado parecidos y demasiado vehementes para ceder como hay que hacerlo en una pareja.
—Soy el padrino de Frankie —responde George sin más—. No me lo habría perdido por nada del mundo.
Antes de que podamos decir nada más, George se ve rodeado por los Gardiner. Mimi nos mira desde la mesa riendo por el alboroto que se ha formado. Mi amigo recibe abrazos de Darwin y Moby, y luego de mis padres. Tenemos un gran parecido familiar. Todos somos de pelo claro y yo tengo los extraños ojos azules casi púrpura de mi madre. Darwin y mi padre se parecen tanto que es casi cómico: de metro ochenta, pecho ancho e incómodos cuando tienen que ponerse elegantes. Incluso trabajan juntos en el negocio familiar de ebanistería. Moby también es alto, pero no podría ser más distinto. Vive en Ottawa y trabaja de informático en ciberseguridad. Tiene treinta y dos años, pero se comporta como un adolescente. Esta noche se ha puesto una camiseta que tiene impreso un esmoquin.
A George siempre lo han tratado como si fuera de la familia. Es el hijo favorito de mi madre. Tiene que ser Darwin el que la aparte de él.
—Déjalo respirar, mamá —dice, y pasa a rodear el cuello de George con el brazo—. No está lo bastante fuerte para tenerte en brazos para siempre.
—Bueno, a ver —dice Moby apretándole el bíceps—, parece que el pequeño George se ha mazado.
Sí que parece que esté más fuerte que en diciembre, aunque puede que sea por el traje. Los hombres Gardiner son altos, pero él lo es todavía más. Cuando teníamos trece años, se fue a vivir con su padre a Montreal siete meses y, cuando volvió, ya era más alto que Moby, de quince años, y casi llegaba a la altura de Darwin, que tenía diecisiete. Con aquel estirón repentino pasó de ser un niño corpulento de rostro infantil a ser un chico de casi catorce años flaco, con las extremidades largas y una voz grave que parecía fuera de lugar.
—Se te ve cansado —le dice mi madre. Se preocupa por él, por cuánto viaja, por si descansa lo suficiente. Alarga el brazo para apartarle un rizo de la frente, una causa perdida—. Pero mejor que el mes pasado.
—¿Estuviste en casa? —No me lo había dicho. Hubo un tiempo en el que estábamos juntos a todas horas, en el que yo sabía dónde se encontraba en todo momento.
—Fue una visita rápida —dice él—. Menos de un día y medio.
George es periodista ambiental y se ha pasado la mayor parte de la veintena cubriendo noticias en todos los rincones del país, pero estos últimos tres años ha estado viajando tan lejos y con tanta frecuencia que apenas lo he visto. Entre nuestros cumpleaños hay cuatro días de diferencia e intentamos celebrarlos juntos, pero a veces no es posible. El año pasado estaba en Brasil investigando para un artículo sobre la deforestación de la sabana del Cerrado. Se compró un piso en Toronto para tener un centro de operaciones, pero normalmente está ocupado por un elenco cambiante de inquilinos temporales.
—Habría ido —le digo. Está solo a dos horas en coche de la ciudad—. Tendrías que haberme avisado.
Me observa como lo hace él, con una mirada directa y profunda. Lleva las gafas sucias. Siempre las lleva sucias. Me contengo para no quitárselas y limpiarlas como normalmente haría.
—No te pases con él, Frankie —dice Darwin—, que apenas ha aterrizado en esta franja horaria.
George acaba de volver de un congreso sobre el cambio climático en Bolonia.
—Déjalos que se peleen —dice Moby—. Siempre se agradece un buen espectáculo. Hace ya meses de su riña en Navidad.
Nate frunce el ceño, pero la preocupación solo aparece en la parte superior de su rostro.
—¿Qué riña?
—No fue nada —digo mirando a George—, ya ni me acuerdo de por qué nos picamos.
Él casi ni se inmuta.
—A ver, nada tampoco. Volvimos a discutir por la guarnición. Tú querías cambiarla, como siempre, pero a la gente le gusta la de toda la vida. ¿Qué era esta vez…, pan de maíz y nueces pecanas?
Es cierto, sí que intento convencer a las familias Gardiner y Saint James de que innovemos un poco en Navidad, pero no discutimos por eso. Nadie corrige la mentira.
—Ya sabes cómo son —le dice mi madre a Nate.
Él ladea la cabeza y me mira, porque no, no sabe cómo somos George y yo. No del todo. He intentado explicárselo, por supuesto, pero nuestra historia está tan enmarañada que es imposible tomar la distancia suficiente para ver nuestra amistad con claridad, y menos todavía para explicarla. George no es alguien distinto a mí, forma parte de mí.
Desde el día en que nos conocimos a los ocho años, hemos sido inseparables. En esa época, yo sentía la necesidad de proteger a aquel chico nuevo, tímido, de ojos entrecerrados, que parecía receloso de todo el mundo menos de mí. Mi padre empezó a llamarlo «mi costilla». «¿Dónde te has dejado a tu costilla?» o «¿Cómo está tu costilla? No lo veo desde esta mañana».
Entonces, a George le pusieron gafas y dejó de llevar los ojos siempre entrecerrados. Creció y se volvió más atrevido. Pasó a ser guapo y popular. Seguía siendo mi compañero de aventuras, pero ya no necesitaba que lo protegiera.
Cuando terminamos el instituto, nos mudamos a Toronto juntos y compartimos piso. Él estudió Periodismo y yo fui a una escuela de cocina. Éramos como dos cohetes gemelos que se daban apoyo mutuo mientras perseguían sus sueños. Y entonces George se mudó a la otra punta del país por trabajo y me dejó coja. Cada avance en su carrera profesional se lo llevaba más lejos, pero conservamos la amistad mediante un flujo interminable de mensajes y correos. Hace tres años, estuvo tres meses cubriendo los incendios forestales que arrasaron una gran parte del país. Cuando volvió, todo había cambiado.
—George, ven a sentarte —dice mi padre—. Estarás muerto de hambre. ¿Cómo ha ido el vuelo?
Observo cómo mi amigo se detiene para darle un beso a Mimi, que le susurra algo al oído antes de que lo absorba mi familia, igual que ocurre siempre desde que se mudó a la casa de al lado. Era como un gato callejero. No dejaba de venir y nosotros no dejamos de darle comida. Se quedó con nosotros. Nos ayudó a mantenernos unidos tanto como nosotros lo ayudamos a él.
Nate y yo nos sentamos. Aurora me sirve agua en un vaso y me pasa la cesta del pan.
—Come.
3
Ni con un estropajo de metal podrían borrarme la sonrisa de la cara. Ahora que ha llegado George, todo es perfecto.
Me termino dos copas de crémant seguidas y siento que mi cuerpo se relaja. Estoy rebosante de alivio.
George tiene en el regazo a Birdie, mi sobrina de tres años. Están pintando una página de su libro de colorear. Darwin y su mujer, Anh, agradecen tener un respiro. Mi madre acribilla a George a preguntas acerca del congreso sobre el cambio climático y mi padre escucha. Es un hombre de pocas palabras y una compasión infinita. George ya se ha aflojado la corbata. En cualquier momento se desabrochará el primer botón de la camisa. Tenía un aspecto respetable al llegar, pero es incapaz de mantenerse tan arreglado mucho tiempo. Tampoco puede estarse quieto. A no ser que esté absorto en sus pensamientos, está en movimiento. A veces creo que se mueve tanto porque su cuerpo necesita quemar todo lo que se le pasa por la cabeza.
Cuando nuestras miradas se encuentran durante el postre, levanto una mano abierta.
—¿Cinco minutos? —le digo sin emitir sonido, moviendo solo los labios—. ¿Fuera?
Él asiente.
Me veo arrastrada a la pista de baile junto a Nate. Le ha pedido al pianista que pase a hacer versiones jazzísticas de canciones pop. Hemos estado yendo a clases de baile para prepararnos para la boda, aunque yo ya sabía bailar vals, tango y foxtrot. Mimi nos enseñó bailes de salón a George y a mí cuando éramos niños. Como tutora legal no era estricta, pero, como antigua bailarina, Mimi insistía en que él aprendiera a llevar a su pareja de baile en la pista. Durante años, esa pareja de baile fui yo.
George era un bailarín nato, pero yo siempre intentaba ser la que lo guiaba a él. Así que Mimi me hizo bailar con los ojos cerrados para que no tuviera más remedio que seguirlo.
«Delante, al lado, juntos».
«Francesca, tienes la gracia de un rinoceronte».
«Un, dos, tres».
Mimi y Nate son las únicas personas que me llaman Francesca. Nunca he corregido a Mimi porque me da un poco de miedo, y Nate tiene el pase porque dice que soy demasiado guapa para llamarme Frankie.
Mi prometido no es un bailarín nato y, a pesar de las clases, no hemos encontrado nuestro ritmo. Me pisa la punta de los pies cinco veces mientras bailamos, pero no me importa. Cuando miro a George, tiene una sonrisa de suficiencia en la cara.
—Rinoceronte —me dice sin emitir sonido, y yo me río tanto que se me saltan las lágrimas.
—¿Cinco minutos más? —le digo yo también moviendo solo los labios desde la distancia, y él asiente.
Pierdo la noción del tiempo. Me duelen las mejillas de sonreír. Todo el mundo está en la pista de baile, hasta Birdie, casi dormida en brazos de George. El pianista termina de tocar y Moby se autoproclama DJ poniendo música con el Bluetooth. Es el momento en el que los padres y abuelos empiezan a excusarse. Anh se lleva a Birdie a la cama y Darwin consigue grandes vasos de whisky mientras Moby va repartiendo gominolas de marihuana. Aurora y Betty sirven chupitos de tequila. Yo estoy algo preocupada por si estamos dándolo todo dos noches antes de tiempo, pero entonces Nate me da un beso torpe con una sonrisa floja.
—Te quiero —dice—. Me haces muy feliz.
Yo me quito los tacones.
Consigo separar a Aurora de su novia y bailamos como si tuviéramos trece años, meciéndonos, yo con las manos en sus hombros y ella con las suyas en mi cintura.
Somos amigas desde hace cinco años, desde la noche en la que entré de improviso en su estudio de tatuaje y ella me dijo que volviera cuando tuviese cita. A la mañana siguiente, repasé su perfil de Instagram, maravillada por el nivel de detalle de sus trabajos. Puede hacer cualquier cosa, pero por lo que más se la conoce es por sus flores y animales hiperrealistas. Tatúa unos colibríes increíbles. Leí una entrevista que le hicieron en la que hablaba de cómo es ser una artista negra y de su compromiso por dar a conocer las técnicas adecuadas para tatuar tonos de piel oscuros. La forma en la que hablaba de su trabajo, con tanta dedicación, me recordó a George. Le pedí cita para mi segundo tatuaje y salí de allí con un precioso laberinto en el hombro y una nueva amiga.
—Me encanta verte así —dice.
—¿Cómo?
—Radiante. En cuanto ha aparecido George, has vuelto a la vida.
Me encojo de hombros.
—Es mi mejor amigo.
Al cabo de un momento, el hombre en cuestión entra en escena y toca a Aurora en el hombro.
—Voy a robártela un momento —dice George.
Ella le lanza una mirada que parece de ánimo y, al mismo tiempo, amenazadora. Sabe lo de la discusión.
Él levanta la barbilla como para hacerle saber que lo ha entendido, y Aurora se aleja para unirse a Betty y al círculo de gente que baila.
Frente a mí, George levanta la palma de la mano.
—Hace mucho tiempo —le digo, poniendo mi mano sobre la suya y levantando el otro brazo para colocarme en la posición de inicio del vals.
—No te preocupes, yo todavía me defiendo.
Y, así, sin más, George me guía por la sala. Y, en efecto, todavía se defiende, y muy bien.
—Fanfarrones —grita Moby.
Yo levanto la vista y le sonrío a George, pero él me mira de un modo raro, sus ojos van de un punto a otro de mi cara.
—¿Tengo algo entre los dientes?
—No. —Carraspea—. Estás distinta.
Me ha maquillado Aurora. Ha conseguido resaltar el violeta de mis ojos y hacer que mi enorme boca parezca sexy y no de payaso.
—Me han hecho el contouring —le digo.
—No sé qué es eso.
—Qué suerte tienes.
—El vestido es… —Da la impresión de que le cuesta decir algo bonito. Es un simple vestido lencero escotado.
—Tú di que estoy guapa —le ordeno.
—Estás guapa —dice sosteniéndome la mirada—. Estás preciosa, Frankie.
Me río por la tensión de su voz. Nunca se le ha dado bien hacerme cumplidos sobre mi apariencia física.
—Y pareces feliz —añade.
—Lo soy —le digo—. Creo que nunca había sido tan feliz.
Le piso el pie. George me aprieta la espalda con delicadeza, un recordatorio de que se me ha olvidado dejar que me guíe. De modo que, durante el resto de la canción, bailo con los ojos cerrados tal como me enseñó Mimi. Todo se reduce a la música y al movimiento y a la presión de sus manos. Es el único momento en el que le entrego el control a otra persona y la sensación es de liberación total. Algo que no he podido encontrar en ningún otro sitio y que hacía años que no sentía, desde que George y yo bailamos en la boda de Darwin.
Cuando cambia la música, abro los ojos.
—Echaba de menos esto —digo.
—Yo también. —Tiene la voz rasposa.
A veces todavía veo al chico perdido al que conocí hace tanto tiempo, pero ahora mismo no hay ni rastro de él. Su cara de querubín ha sido sustituida por ángulos marcados y la sombra oscura de la barba de pocos días. Es seguro de sí mismo. Nate tiene una energía de guardabosques competente, pero, no sé cómo, la seguridad de George es más discreta y, a la vez, completamente innegable.
Nunca olvidaré cómo era a los ocho años, con esas mejillas de un rosa pálido y sus ojos azules mirándome desde el otro lado del seto. En aquel momento, no conocía su historia, pero, de algún modo, sabía que me necesitaba. Igual que ahora sé que algo va mal.
—¿Qué pasa? —le pregunto cuando avanzam
