Todas mis lunas

Mónica Jurjevcic

Fragmento

1

1

El rincón de la mamá. Voy al rincón de la mamá. Mi sala de jardín de infantes tiene distintos rincones para jugar. Y yo siempre elijo el mismo: ese donde hay una cocina con sus ollas y sartenes, camas marineras y una mesa con sillas como tengo yo en el comedor. Y lo mando a Ramiro a que acomode las colchas, a Toby a que me ayude con la limpieza y me levante la basura con la pala chiquita. Pero como Toby es muy zonzo se le cae toda la basura antes de llegar al tacho. Y la maestra (que siempre nos está mirando a nosotros) nos reta y nos dice que la próxima vez no sé qué cosa.

Le arranco el volado a las cortinas de la ventana porque no me gusta ese color sucio amarillo, sucio de viejo, sucio como mi bolsita de tela cuando la arrastro por la galería hasta llegar a la salita verde. La arrastro y escucho cómo suenan adentro el vaso de metal que choca con el tupper de galletitas que se romperán, se harán miguitas y entonces le voy a robar las de Milena porque las suyas son más ricas que las que me mandan a mí.

Siempre llego a la salita verde de la señorita Emilce con la bolsita sucia. La señorita la mira con asco, la agarra con dos dedos y me la cuelga en el perchero que tiene forma de luna. Cuando reparten los rincones me voy al de la mamá, “¿siempre al rincón de la mamá, Malu?”. Sí, siempre al rincón de la mamá, señorita Emilce, ¿por qué me pregunta, tiene algún problema con eso?

No me gusta el rincón de arte porque me ensucio de colores y no hay plastilina verde. No me gusta el rincón de los cuentos porque la señorita Emilce tiene una voz que me hace quedar dormida y entonces los cuentos nunca tienen final. Y no hay un rincón para arreglar motos. “¿Por qué, seño Emilce, no hay un rincón para arreglar motos?”. La seño no escucha mi pregunta y me acompaña. Entonces voy al rincón de la mamá todas las tardes de rincones y tengo un sirviente que se llama Lucrecio y nos viene a visitar Camila con su hijita. Y yo la recibo en mi casita que tiene todo más chiquito porque en el jardín todo se achica: los juguetes, los permisos, las palabras.

Cuando llega la hora de irnos, me saco el delantal y lo doblo, pero como no me sale bien dejarlo doblado todo cuadradito y sin arrugas, lo hago un bollo para que quede del tamaño de mi bolsita. Después lo guardo, me pongo en la fila adelante de Facundo, que está de la mano de la maestra (correte, Facundo, que hoy yo salgo primera). Solo quiero salir de la salita, de los amiguitos, de la maestra chiquita.

Cuando llego a la vereda, me suelto de la mano de la seño y me abrazo a la mujer que me espera. Me separo apenas un poco de su cuerpo, miro para arriba para encontrarme con sus ojos y le digo:

—Hola, Susana. Ya sé que no sos mi mamá.

2

Ahí viene con la bolsita hecha una mugre, otra vez. La ve arrastrar todo el fastidio por la galería del jardín hasta llegar a la puerta, de la mano de la maestra. Sale y le hace la pregunta (aunque no es una pregunta). Y la nena apenas tiene cinco. Susana recibe las palabras que ha estado esperando. Entonces, por unos minutos imagina que se pasea con Alberto arriba de un camello por Arabia Saudita, coloca su título de odontóloga (ya enmarcado) en el consultorio nuevo de la calle Viamonte, lo acompaña a él en la carrera del Gran MotoGP y salen terceros (los únicos latinoamericanos del certamen, la única mujer en la competencia) y compra un Rolex y una cartera de cuero en Roma.

Después, cuando desde sus recuerdos vuelve a la puerta del jardín, se encuentra con los ojos de Malu que esperan una respuesta (a eso que no fue una pregunta). Susana le niega la mirada, la agarra de la mano (a garra) y la hace caminar firme, el cuerpo en lucha de la nena que solo cede al tirón de la madre.

Cruza la avenida y camina las tres cuadras hasta su casa en contra de los vecinos (“qué linda que está la nena, Susana, cómo creció, otra vez vuelve empacada del jardín”). Escalera. Leche con chocolate en el vaso que le gusta; las obleas, en un platito.

Los dibujitos en la tele. Saca las galletitas del tupper y tira las migas a la basura. Recién ahí mira a Malu aunque sabe que la nena no ha apartado sus ojos de ella desde que se encontraron en la puerta del jardín. Hoy no. Hoy no va a ser el día de la respuesta. Se aleja de esa mirada, entra a su dormitorio, se tira en la cama y empieza a llorar.

3

Tomo la leche mientras miro Pippi Calzaslargas. Pippi usa trenzas, como yo (Susana me las hace apretadas y, en el jardín, los chicos me las estiran cuando me llaman y yo no me quiero dar vuelta). Pippi tiene medias de colores (como las que me consiguió Susana, en la feria, porque le avisó doña Elvira que una señora las traía por encargo). Pippi come caramelos de menta (como yo que le robo las pastillas a Alberto de la mesita de luz).

“No te preocupes por mí, que yo sé cuidarme solita”, dice Pippi (como yo le digo a Susana cuando me espera al final del tobogán).

Pippi no tiene mamá ni papá.

4

Cuando Susana se levanta, después del llanto, encuentra a Malu dormida, media oblea en la mano, las trenzas desparramadas sobre la mesa y la tele encendida. Le hace cosquillas en la nuca, le pasa un dedo sobre la nariz (esa nariz redonda, apenas respingadita). Con una caricia le despeja la frente de un flequillo desplumado (nunca se va a perdonar haber dejado las tijeras en el baño, al alcance de peluqueras precoces), le besa una oreja y después un ojito cerrado. Ahí se da cuenta de que, como cíclope, Malu la espía y vuelve a cerrar su ojo que delata “me hago la dormida así me hacés más mimos”.

Susana le secretea al oído:

—¿A que no sabés quién viene a comer hoy?

Malu se incorpora, la mira desconfiada:

—El padrino... porque nunca viene nadie a esta casa, solo el padrino... vos no sabés jugar a las adivinanzas, Susana.

Podría haberle contestado que el padrino no viene solo, que lo acompaña a veces su esposa con sus dos hijos, pero no quiere recordarle que los pequeños visitantes toman por asalto el baúl de los juguetes. Por eso prefiere que sean ellas las visitas. Y sí, tiene razón Malu, piensa Susana, las adivinanzas no son lo de ella.

5

Para ir a la casa del padrino Fernando nos subimos a un colectivo rojo. Y tardamos en llegar lo que tarda en hacerse un bizcochuelo en el horno. A mí me gustan los de vainilla. A veces, le llevamos un bizcochuelo de ese sabor. Antes de llevárselo, lo abrimos al medio y le ponemos un poco de dulce de leche. A él también le gusta, lo agradece y dice “no hace falta que traigan nada”. Pero nosotras siempre vamos cargadas con algún paquete. Hacemos malabares para subir al colectivo, porque no me puedo soltar de la mano por si me pierdo. Pero dos manos no alcanzan para llevar un paquete en una y una nena en la otra. Porque faltan manos para sacar el boleto. Yo ayudo con la mano que me sobra, pongo las monedas y espero el papelito. Pero después ya no me sobra esa mano porque es la que se agarra al caño del asiento así no se cae ninguna de nosotras. Si alguien nos da su lugar, el paquete va sobre mis rodillas y yo a upa de Susana. Pero igual voy de la mano, aunque esté sentada.

Si no vamos con un paquete a lo del padrino, viajar es más divertido, porque, aunque voy de la mano, puedo hacer mi trabajo: apenas me subo al colectivo empiezo a mirar a todos los que van sentados. Uno por uno. Los miro una y otra vez, mientras dure el tiempo de hacerse el bizcochuelo. Los miro y veo los pocitos que se le hacen a una chica cuando se ríe porque le resulta gracioso lo que le cuenta su compañera de asiento, veo las manos grandes del señor que abre la ventanilla porque tiene calor, y los dedos flacos y largos de la señora que sostiene el libro que va leyendo.

Cada vez que me quedo mucho rato mirando los ojos de alguien y se da cuenta de que yo lo miro, se levanta y me deja el asiento porque, seguro, ve ganas de sentarse en mi mirada. Pero no, no son esas mis ganas: yo lo único que quiero es encontrar a alguien que se parezca a mí.

6

El rito de ir a visitar al padrino tiene más explicaciones que la elección de ese recorrido en colectivo: elegir el camino más largo tampoco es algo que Susana deje librado al azar. El bizcochuelo envuelto en un papel blanco y después puesto en una bolsita las acompaña luego de que Malu se haya chupado todo el dulce de leche que quedó entre sus dedos. Entonces Susana decide ir con el colectivo 2 y bajarse en Rivadavia para después caminar unas seis o siete cuadras. Aunque hubiera acortado el trayecto con la línea 36, o la 55, tal vez prefiere que los caminos se alarguen para suplir la ausencia de otros: ¿cuántos años hacía que no pasaba por Parque Centenario?

Si cada vida tiene sus barrios, la de ella, antes de Alberto y de las motos y de las carreras y de Malu, había ocurrido en los alrededores de ese parque. Entre aquellos árboles había dejado escondidos los primeros besos y las declaraciones de amor. A la orilla del lago había contestado una propuesta de casamiento con un sí rotundo y enamorado, cuando recién había cumplido los 23.

—Sí, quiero.

Y fijar la fecha para dentro de seis meses. Probarse el vestido. Ensayar, de blanco, el camino hacia el altar de la mano de Carlos, el que le había sacado la monotonía de las horas de facultad.

Carlos, el que le había prometido que en seis meses le esperaba otra vida, menos dura, menos sometida al destrato de un padre y unos hermanos varones que no le perdonaban ser mujer.

Carlos, el de la sonri

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos