¡No más migrañas!

Stephanie Weaver

Fragmento

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plecap

Introducción

Por qué escribí este libro

Hola, soy Stephanie. A principios de 2014 acabé en el consultorio de un neurólogo después de tres episodios horribles de vértigo. No tenía idea de que los ataques de migraña podían causarlo. En ese entonces, lo que sabía sobre migraña era nada más lo que mis compañeros de trabajo me habían dicho: dolores de cabeza tan fuertes que la gente deja de ir a trabajar tres días mientras está miserablemente postrada en un cuarto oscuro. Ahora sé que los ataques de migraña son mucho más complejos, con síntomas y precursores únicos para cada persona.

Durante algunas semanas en ese invierno vi a dos médicos distintos para atender mi vértigo. Cada uno me dio una dieta diferente y me prescribió un medicamento distinto. El segundo médico me diagnosticó migraña con la variedad de Ménière. Tomé su medicamento y su consejo con mucho gusto, pues estaba desesperada por que el cuarto dejara de dar vueltas.

Una vez que empecé a sentirme mejor, quería saber más. Al ver las dos dietas (una baja en sodio y la otra baja en tiramina), no tenía idea de que tantos alimentos pudieran provocar o contribuir a los ataques de migraña. Dado que escribo un blog sobre comida, tengo un título en educación nutricional y soy asesora de salud, explorar cómo la dieta podía ayudarme era una prioridad. Lo que consideré una tarea relativamente fácil —combinar las dos guías en una sola hoja— me llevó por un camino que en parte era una novela policiaca y en parte era educación médica.

Como cualquier investigador, empecé en internet, comprando casi todos los libros sobre migraña que estaban disponibles en versión impresa y en Kindle. Entre más ahondaba en las investigaciones sobre enfermedad de Ménière y migraña, terminé en la biblioteca médica de la universidad local. Después de leer docenas de libros y cientos de estudios médicos y artículos de investigación, desarrollé un plan de alimentación que me funcionó y pude comprender por qué me estaba ayudando. Y sí, empecé a sentirme mejor.

Estaba decidida a crear un plan para ayudar a otros. Tuve suerte de que mi cuerpo respondiera tan rápido, que mis síntomas no fueran más severos y de que tuviera al alcance recursos tan grandiosos, además de habilidades únicas que me permitían unir todas las piezas. La mayoría de la gente no tiene el tiempo ni los recursos para esto, sobre todo cuando tiene dolor. Quise compartir mis hallazgos con otras personas para que empezaran a sentirse mejor también.

Por eso escribí este libro: para que esté disponible para ti. Toda la investigación, todo el camino de prueba y error. Pasé meses creando recetas y probando este plan con otros pacientes de migraña para que no tuvieras que hacer ese trabajo. Desentrañé toda la información en pequeños bocados repartidos a lo largo de algunos meses para que puedas incorporarlos exitosamente a tu vida sin mucho esfuerzo ni estrés adicional. ¡Piensa en mí como tu asesor de bienestar personal! Camino contigo cada semana, animándote a hacer pequeños cambios gradualmente para provocar una inmensa diferencia en tu salud general.

Creo fervientemente en tomar el control de tu propia salud y en tener a médicos excelentes y otros proveedores de salud como aliados y como recursos confiables. Me esfuerzo por ver los problemas de salud a largo plazo como oportunidades para estar sanos. Este libro reúne muchas facetas de mi vida y de mi experiencia: utilizando mi labor en el campo de la salud pública y la nutrición, más de dos décadas de literatura académica, 30 años de renovación de recetas, seis años de escribir un blog sobre alimentación y mi tenacidad para desentrañar este problema de las migrañas. Espero que aquí encuentres muchas cosas que puedas poner en práctica y que hacerlo te ayude a sentirte significativamente mejor, empoderado por tomar el control de tu salud.

¿Este libro es para ti?

Las personas que no tienen migrañas o ataques de Ménière no lo comprenden. Probablemente nunca han vomitado delante de sus quiroprácticos. Probablemente nunca han regresado de una cita y vomitado en el jardín del vecino en frente de un montón de albañiles. Quizá nunca han sentido un ataque de vértigo tan fuerte que sentían que el coche estaba dando vueltas. Yo sí. Yo sé lo vergonzosos y lo frustrantes que son los ataques de migraña y cómo te hacen sentir tan fuera de control. Sé cómo se siente preocuparse antes de subir a un avión, pensando que te sentirás mal, cuándo debes tomar una pastilla y si beber mucha agua servirá de algo. Sé cómo es temer los días muy soleados y a veces vivir como un topo para intentar prevenir un ataque. Si estás enfermo y cansado de que el dolor de cabeza o el vértigo entorpezcan tu vida, este libro es para ti. Si estás cansado de pensar en ti como un “paciente” y que la migraña amenace tu vida, este libro es para ti. Si te preocupa tomar demasiados medicamentos para la migraña o si estás racionando tus medicinas a lo largo del mes, este libro puede darte el poder para bajarte de la montaña rusa del dolor sin miedo. Si tienes dolores de cabeza diarios, dolores de senos nasales, dolor de cabeza por tensión o dolor de cabeza relacionado con el clima, este libro es para ti.

Mi análisis puede incluso ayudar a quienes no tienen un diagnóstico de migraña. Los síntomas relacionados con migraña, Ménière y vértigo se sobreponen; los investigadores todavía no tienen claro si todas estas enfermedades son aisladas. Mi plan es lo suficientemente completo para cubrir todas las recomendaciones. Si tu médico ya descartó que tengas vértigo postural paroxístico benigno (VPPB) u otra enfermedad como causa de tu vértigo, es posible que mi plan te ayude.

Si alguna vez te ha dado dolor de cabeza por comer queso o comida china, o por beber alcohol o refrescos de dieta, es posible que estos alimentos contribuyan a tu migraña y tus dolores de cabeza, así que este libro es para ti. Siempre he sido sensible a la luz, el alcohol, algunos quesos, los refrescos de dieta, la cafeína y al glutamato monosódico. Antes de mi diagnóstico, nunca había hecho la conexión entre estas sensibilidades y la migraña.

Pero quizá has intentado hacer algunos cambios en tu dieta antes y crees que no funcionaron. Este libro todavía es para ti porque mi acercamiento gradual al alivio de la migraña se basa en una alimentación y un estilo de vida nutricional. Ninguna de las recetas contiene los precursores conocidos de la migraña, son completamente libres de azúcar,1 y libres de gluten. Mi plan se enfoca en alimentos naturales, sin procesar, y utiliza la información de las últimas investigaciones nutricionales para darte una dieta balanceada que debería ayudar a reducir la frecuencia y la severidad de tus ataques. Pero mi acercamiento también incluye una guía sobre digestión, sueño, hidratación, movimiento regular suave, meditación, opciones alternativas de tratamiento y factores medioambientales.

Creé este plan para apoyarte si ya estás listo para probar un método basado en alimentación y estilo de vida. Incluso si no estás totalmente listo, leer este libro te ayudará a pensar diferente sobre la migraña o la enfermedad de Ménière, y lo tendrás a la mano cuando ya estés listo para hacer cambios.

Mi filosofía sobre la salud está basada en mi propia experiencia y mi ideología. He visto —tanto en mí como en personas cercanas a mí— el impacto positivo que una nutrición y una actitud excelentes pueden tener sobre problemas considerados imposibles de resolver. Verdaderamente creo que la forma en que pensamos sobre nosotros mismos, el lenguaje que utilizamos y la intención que ponemos detrás de nuestro esfuerzo para recuperar nuestra salud son importantes. Creo que el deseo central de nuestro cuerpo es sanar y que tenemos una sabiduría innata sobre lo que puede curarnos. Creo que soy creativa, capaz e inquebrantable.

Como tu asesora de salud y bienestar, creo que esto también es cierto sobre ti.

¡Bienvenido!

Definiciones útiles

Cefalea histamínica: considerada el dolor de cabeza más doloroso, también se conoce como dolor de cabeza suicida. Los ataques de dolor severo en algún lugar de la cabeza (muchas veces descrito como una punzada a través del ojo o la sien). Cada dolor de cabeza puede durar entre 15 y 180 minutos, con ataques que se dan cada cierto tiempo, hasta ocho o más veces al día. La histamínica puede ser estacional. Casi tres cuartas partes de los pacientes con cefalea histamínica son hombres.

Dolor de cabeza: dolor en la cabeza, usualmente provocado por tensión muscular o estrés. El dolor es de leve a moderado, usualmente en ambos lados de la cabeza, puede sentirse como una banda apretando, no empeora por cansancio físico ni tiene una cualidad de pulsación. Puede incluir ya sea sensibilidad al ruido o a la luz, pero no ambos.

Enfermedad de Ménière: se pensó que era una enfermedad aparte, pero ahora muchos médicos creen que es una manifestación particular de la migraña. Los síntomas incluyen mareo, vértigo y tinitus (un zumbido o rugido en los oídos). Sólo se puede diagnosticar formalmente la enfermedad de Ménière cuando el paciente ya perdió la capacidad auditiva en un oído. En esta enfermedad, el exceso de líquido en el oído interno presiona las vellosidades y los huesecillos que conforman el sistema vestibular, el cual regula nuestro equilibrio. Demasiada presión durante demasiado tiempo provoca un daño permanente, llevando a la pérdida del oído y del equilibrio. La enfermedad de Ménière es compleja y se ha investigado poco sobre ella. Las causas pueden incluir virus, genética, alergias y alteraciones autoinmunes.2

Migraña: es un desorden neurobiológico complejo con componentes genéticos, vasculares y bioquímicos. Algunos médicos creen que la migraña tiene un componente autoinmune, indicando que la respuesta inmunológica natural del cuerpo puede estar funcionando incorrectamente. Los ataques de migraña pueden incluir cuatro fases (ve la página). Los tipos menos comunes incluyen el abdominal (por lo general en niños), el hemipléjico (genético), el basilar y la migraña retinal. Los cólicos en los bebés pueden ser la primera señal de migraña. No todos los ataques de migraña incluyen dolor de cabeza, pero si es así, el dolor suele ser sólo en un lado de la cabeza y va de moderado a severo. Los ataques de migraña empeoran con el agotamiento físico y tienen una cualidad de pulsión. Los ataques pueden incluir náuseas, vómito y sensibilidades extremas a la luz, al ruido y al tacto. Casi tres cuartas partes de los pacientes de migraña son mujeres.

Precursores de migraña: una variedad de estímulos tanto externos como internos puede provocar una migraña. Se cree que la gente propensa a los ataques de migraña es mucho más sensible a estos estímulos que todos los demás. Los precursores no son la causa subyacente de la migraña, la cual se desconoce todavía. Los precursores son siempre acumulativos (es decir, un precursor rara vez será suficiente para provocar un ataque de migraña). La gente con migraña parece tener un umbral: si permanece por debajo de éste, no tendrá un ataque; si lo supera, lo tendrá. Los precursores pueden ser comida, luz, sonido, olores, cambios en la presión barométrica, hormonas, estrés, falta de sueño, alimentación irregular y poco ejercicio o demasiado intenso. Los precursores de cada persona son diferentes.

Seguir el plan de No más migrañas reducirá la mayor cantidad de precursores posible para que puedas vivir muy por debajo de tu umbral.

Cefalea por exceso de medicamento (CEM, antes llamada cefalea por rebote): los dolores de cabeza y los ataques de migraña provocados por el sobreconsumo de medicamentos comerciales o prescritos. La opinión médica varía sobre cuánto medicamento es “demasiado” (click aquí para más información). Los médicos están de acuerdo en que lo siguiente puede provocar CEM: antihistamínicos, descongestionantes, medicamentos con cafeína (sobre todo los que tienen más de un analgésico), ergotaminas, triptanos y prescripciones que contengan codeína, barbitúricos o narcóticos. Considera que automedicarte utilizando bebidas con cafeína más analgésicos comerciales también puede causar CEM.

Dolor de cabeza y senos nasales: ahora se considera un diagnóstico incorrecto, pues 90% de los dolores de cabeza y senos nasales son ataques de migraña no diagnosticados. Los verdaderos dolores de senos nasales se dan por una infección severa en los senos e incluyen secreciones nasales infectadas, fiebre, escalofríos y otros síntomas de infección. Consulta con un especialista en dolor de cabeza o un neurólogo para más información.

Vértigo: una sensación de girar o rotar en el espacio cuando no te estás moviendo, lo que puede provocar náuseas o problemas de equilibrio. El vértigo es un síntoma de ataque de migraña en 25 o 35% de las personas con migraña. La gente que se marea con el movimiento puede ser más propensa a tener ataques de migraña. Los ataques de vértigo provocados por pequeños cristales que se desprenden en el oído se llaman vértigo postural paroxístico benigno (VPPB) y se diagnostican utilizando una serie de movimientos de cabeza y cuello específicos llamada maniobra de Epley. Los cristales pueden reposicionarse y el vértigo puede desaparecer rápidamente. El VPPB no está vinculado con la migraña.

Dolor de cabeza estacional: es posible que los dolores de cabeza que regularmente acompañan cambios específicos en el clima (como una tormenta eléctrica o un ambiente cálido y seco) sean ataques de migraña no diagnosticados. Yo los tuve durante 30 años antes de que me diagnosticaran; mi madre los ha tenido toda su vida. Consulta con un especialista en dolor de cabeza o un neurólogo para más información.

Fases de la migraña

Pródromo

Fase premonitoria (experimentada por 30 o 40% de las personas con migraña)

Lapso de tiempo: entre cuatro y 48 horas antes del ataque

Síntomas: fatiga; necesidad de dormir o problemas para dormir; cambios en el estado de ánimo, incluyendo depresión; antojos; mareo; molestias gastrointestinales; problemas para concentrarse, leer o hablar; hiper o hipoactividad; aumento en la sed o en la orina; náuseas; sensibilidad a la luz o al sonido; bostezos repetitivos; tensión en el cuello.3

Aura (experimentado por 20% de las personas con migraña con un componente genético)

Lapso de tiempo: entre 20 y 45 minutos antes del ataque

Síntomas: trastornos visuales, adormecimiento, hormigueo, dificultad para hablar. Provocados por una depresión cortical propagada.4

Ataque

Lapso de tiempo: entre cuatro y 72 horas

Síntomas: dolor pulsado moderado a severo (por lo general de un lado, pero puede ser bilateral), náuseas, vómito, sensibilidad a la luz, al sonido o al tacto.

Posdromo

Lapso de tiempo: entre unas cuantas horas y un día después del ataque (si se experimenta)

Síntomas: fatiga, niebla mental, sensibilidades progresivas a la luz, el sonido o el tacto.

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PRIMERA PARTE

La creación del plan

La historia de cómo empecé a escribir este libro está entretejida con mi propia historia médica y con un diagnóstico sorprendente que recibí más adelante en mi vida. Es parte misterio médico y parte novela policiaca. Recalca lo importante que es ser partícipes activos de la historia de nuestra salud, trabajando con nuestros médicos y proveedores de salud para determinar qué es mejor para nosotros. En la primera parte verás cómo se desarrolló todo esto para mí, cómo investigué este plan y cómo empecé a escribir este libro utilizando mis habilidades particulares.

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Mi historia

Te contaré un poco sobre mí. Cuando estaba en mis treinta tuve algunos problemas de fatiga y dolores de cabeza que desconcertaron a mis médicos, ya que fuera de eso estaba muy sana y activa.

Comía una dieta baja en grasa, llena de granos enteros, leguminosas, frutas y verduras, en su mayoría preparada en casa, con muy poca carne. Comía de esta manera porque creía que era la dieta más saludable, pues me habían enseñado en la maestría en salud pública que la grasa era mala, la mantequilla era el diablo, los granos enteros eran mucho más saludables que la harina blanca y las carnes grasosas eventualmente me matarían. Dado que nunca me encantó la carne de todas formas, era muy fácil comer una dieta vegetariana y reemplacé obedientemente la mantequilla con una margarina saludable para el corazón y el queso real con versiones sin grasa, light o bajas en grasa. No bebía ni fumaba, hacía ejercicio bastante seguido, no tenía sobrepeso y cocinaba bien.

A pesar de mi estilo de vida tan saludable, tenía episodios raros de fatiga, dolor de cabeza y síntomas parecidos a la gripa. Muchos especialistas me hicieron pruebas para una gran variedad de condiciones a lo largo de los años, sin ningún resultado concluyente, dejándonos frustrados a todos porque no podían ayudarme. En un momento dado, casi llegando a los 40 años, mis dolores de cabeza estacionales ya eran lo suficientemente malos, así que mi médico me recetó Imitrex y un medicamento contra las náuseas. No recuerdo que me dijeran que tenía ataques de migraña, ni siquiera en ese entonces, a pesar de los episodios de vómito, sensibilidad a la luz y un dolor terrible de cabeza y cuello.

Cuando entré a los cuarenta, experimenté un año de fatiga profunda y dolores corporales que no tenían nada que ver con ninguna enfermedad conocida. Tomé algunos meses de incapacidad en mi trabajo, tuve dos cirugías en la espalda para soldar una fractura por estrés e hice tres cambios significativos en mi dieta intentando sentirme mejor: 1) dejé el azúcar y los alimentos procesados, 2) dejé el gluten y 3) seguí una dieta vegetal.1

Ocasionalmente comía gluten, azúcar o productos animales, por lo general cuando viajaba. En estos casos, a la mañana siguiente mis dedos estaban hinchados como salchichas, me dolían las articulaciones y sentía fatiga o síntomas parecidos a la gripa. Siempre regresaba a mi dieta vegetal libre de gluten y de azúcar bastante rápido. Seguía teniendo dolores de cabeza agudos cuando cambiaba el clima y por lo general tenía un dolor de cabeza suave o moderado diario, el cual sólo intentaba ignorar. Mi madre es una mujer alemana estoica, orgullosa de nunca llorar, así que aprendí pronto a aguantarme y a no quejarme por molestias o dolores. (A los 89 años se sometió a una quimioterapia y se comportó como una guerrera.) Nunca se me ocurrió ir con un médico por mi dolor de cabeza, sólo era parte de mi vida, al igual que mi espalda.

Aprendí cómo preparar queso vegano para gratinar con nueces de la India y agar-agar, un polvo blanco obtenido de algas marinas. Preparaba té kombucha con probióticos, fermentaba mi propio chucrut y perfeccioné el yogurt con nueces de la India. Experimenté horneando panes veganos sin gluten hasta que pude preparar galletas, pasteles y pays veganos bajos en azúcar que sabían increíble. Compartí mis recetas en mi nuevo blog sobre comida, www.reciperenovator.com.

Un nuevo síntoma terrible

Me hubiera encantado seguir esa dieta el resto de mi vida, pero en el otoño de 2013 tuve mis primeros dos episodios de vértigo. Estaba viajando a casa desde Los Ángeles con un amigo, lo que era un trayecto de alrededor de dos horas y media. Tenía un dolor de cabeza pulsante. El dolor había empezado en Los Ángeles, en el lado izquierdo de mi cabeza, y sentía como si tuviera una banda de hierro que me apretara más y más, con una pequeña punzada que atravesaba mi sien izquierda, por si fuera poco. Los brillantes rayos de sol que se reflejaban en los demás autos, el efecto estroboscópico de la luz cuando pasábamos por un desnivel; todo lo empeoraba. Había tenido muchos dolores de cabeza, pero nada como esto.

Cuando nos detuvimos en un estacionamiento, tuve la sensación de estar girando, como si una cámara hiciera una toma rápida de 360 grados, y pensé que iba a vomitar. Entré al baño de un Starbucks, segura de que necesitaba vomitar, sin saber qué estaba pasando.

Cuando sucedió por segunda vez, programé una cita con mi médico general. No encontró nada mal, pero me hizo una limpieza profunda de oídos, en caso de que fuera cera. Eso pareció ayudar, así que me olvidé del problema. Mis dolores de cabeza diarios continuaron; ya estaba tan acostumbrada a ellos que no lo noté. En los días malos tomaba ibuprofeno. En los días realmente malos —por ejemplo, cuando experimentaba un dolor de cabeza vinculado a cambios climáticos— tomaba un Fioricet genérico, una mezcla de cafeína, acetaminofeno y butalbital que mi médico me recetó para lo que llamó “dolores de cabeza por tensión”. Solía funcionar, pero parecía ser cada vez menos efectivo cuando lo tomaba (ahora sé que este medicamento ya no es recomendable, pues puede provocar dolores de cabeza de rebote).

En enero de 2014 el vértigo apareció por tercera vez, sin incluir el viaje en automóvil. Desperté con un dolor de cabeza que empeoró a lo largo de la mañana. Para la hora de la comida mi amiga Ellen nos estaba contando sobre un loco ataque de vértigo que había tenido en las vacaciones; estaba aterrada de que fuera un tumor cerebral. Conforme hablaba, podía sentir cómo la sangre pulsaba en mi cabeza y esperaba no tener que ir al baño a vomitar.

Ellen no tenía un tumor cerebral como temía; tenía algo llamado vértigo postural paroxístico benigno (VPPB), provocado por pequeños cristales que se desprenden dentro del mecanismo de equilibrio del oído, alterándolo, y es relativamente fácil de arreglar. Sugirió que hiciera una cita con su médico. Mis náuseas eran tan graves para cuando llegué a casa, que vomité, lo que no había hecho en más de 10 años. Me quedé recostada en un cuarto a oscuras, con una compresa fría en la cabeza, preguntándome qué me estaba pasando. Juré llamar al doctor de Ellen tan pronto como pudiera.

La primera opinión (de dos)

Fui a ver al médico de oído, nariz y garganta que Ellen me había recomendado, a quien llamaré Dr. X. Fue profesional y amable, y me sentí segura de que era competente y me cuidaría bien, sobre todo después de la maravillosa experiencia que había tenido Ellen con él. Estaba segura de que lo mío podía arreglarse tan rápido como lo de Ellen. Me hizo una tonelada de preguntas sobre mi oído, mi equilibrio y mis dolores de cabeza.

“De acuerdo, ahora voy a hacerte una prueba. Quiero que te pares ahí, cierres los ojos y te cubras los oídos con las manos. Quiero que marches en ese lugar, levantando tus rodillas lo más que puedas cada vez, como si fueras en una banda de guerra. Intenta permanecer en la misma posición lo más que puedas y mantén los ojos cerrados. Hazlo hasta que te diga que te detengas. ¿Estás lista?”

Asentí, cerré los ojos y cubrí mis oídos. Empecé a marchar, sintiendo que era una prueba extraña y obviamente sencilla.2 Después de marchar mucho escuché que dijo: “¡Detente! Ahora, no abras los ojos. ¿Crees que estás en el mismo punto donde empezaste?”

Confundida, dije que sí. ¿Acaso no me había dicho que me quedara en el mismo lugar?

“Muy bien, abre los ojos.”

Lo hice y me desorienté de inmediato. A pesar de hacer lo que me había dicho y sentir que estaba exactamente en el mismo lugar donde había empezado, había marchado alrededor de metro y medio hacia la izquierda y me había girado casi 90°, a punto de toparme con un mostrador de plástico blanco.

Me pidió que me sentara de nuevo.

“Desafortunadamente, no tienes VPPB. Es una lástima porque eso se arregla con cierta facilidad. Creo que tienes un desorden del equilibrio llamado enfermedad de Ménière.”

No me lo esperaba e intenté asimilar lo que me estaba diciendo.

“Es una enfermedad de la que sabemos poco. Provoca que tu cuerpo retenga sodio, lo que a su vez aumenta el nivel de fluido en las cavidades del oído interno, afectando tu equilibrio. Algunas personas pierden su capacidad auditiva, por lo general en uno de los dos oídos.” No mencionó nada sobre mis dolores de cabeza.

¿En lugar de cristales sueltos tenía algo de lo que nunca había escuchado y me podía quedar sorda?

Me pidió que entrara en una cabina para una prueba de oído. Inmediatamente recordé estar sentada en una similar en la primaria. Olía y se sentía exactamente igual, mohosa y extrañamente silenciosa, con paredes de tela beige sin ningún chiste. El técnico me colocó unos audífonos enormes y me indicó que escuchara los tonos y señalara con mi mano cada vez que escuchara uno.

Intenté desesperadamente no reprobar. ¿Qué tan mal estoy? ¿Ya me estoy quedando sorda? ¿Cómo es posible que no lo notara? Contuve las lágrimas que ya empezaban a brotar conforme escuché tanto como pude los tonos, concentrando cada fibra de mi ser, deseando no fallar la prueba. ¿Estaba escuchando los tonos suficientes? ¿Ése era uno? ¿Se me fue alguno?

Después, el doctor vio los resultados.

“Tus resultados no son definitivos. Tienes una pérdida mínima del oído en el registro más bajo de tu lado derecho. No es inusual para una mujer de tu edad. Lo mejor que podemos hacer es que tomes un diurético, lo que ayudará a eliminar el sodio de tu cuerpo. ¿Te has sentido hinchada?”

A decir verdad, me había sentido hinchada intermitentemente toda mi vida, cuidando mi peso como hace la mayoría de las mujeres. No sabía qué responder, así que sólo dije que no, apenada.

“Si pierdes un poco de peso la primera semana con el diurético, nos ayudará a saber si es Ménière. Llámame en una semana y me dices. Es probable que este medicamento te haga sentir agotada, además de que te hará orinar como un caballo de carreras. Quiero que disminuyas tu consumo de sodio también. Te daré una hoja con las indicaciones.”

Me fui a casa con mi cerebro dando vueltas, al igual que mi equilibrio.

El camino hacia una dieta baja en sodio

Mi instinto durante las siguientes dos semanas fue quedarme tan quieta como fuera posible, como si eso pudiera hacer que el mundo dejara de girar. Aun sentada, muy quieta, tenía la sensación de flotar, girando lentamente hacia adelante, como si fuera un astronauta en gravedad cero. Hacía que estuviera a punto de volver el estómago la mayor parte del tiempo. Pronto me di cuenta de que no podía vivir así y que estar quieta tal vez me mataría antes que cualquier otra cosa.

Bajé dos kilogramos y medio en cinco días con el diurético, lo que parecía indicar que, de hecho, sí estaba hinchada. Como una mujer eternamente a dieta estaba encantada con la pérdida de peso, pero mi cerebro racional estaba preocupado. ¿Cuánto tiempo llevaba así? ¿Cómo no había notado qué tan hinchada estaba? Me había estado flagelando mentalmente por estar inflamada y subir un poco de peso, culpando a la menopausia, y resultaba que no era mi culpa.

El Dr. X me advirtió sobre tener cuidado con lo que leyera en internet sobre Ménière, pues “había mucha información deprimente. Quédate con lo que diga WebMD o alguna página web de prestigio”. A pesar de su advertencia, sí navegué por internet y sólo 10 minutos de buscar entre los foros fue suficiente para asustarme. La gente con Ménière perdía su trabajo, no podía funcionar y estaba tan mareada durante los ataques impredecibles, que tenía que gatear hasta el baño. Les zumbaba un oído o los dos, lo que no se detenía necesariamente ya que perdían la capacidad auditiva de un oído.3 A mí me zumbaban los oídos ocasionalmente, y a veces sonaba como si estuviera bajo el agua. Algunas veces perdía un poco el equilibrio, lo que atribuía a no poner suficiente atención o estar haciendo varias cosas a la vez antes de mi diagnóstico.

Le pedí a mi esposo que investigara un poco y me dijera lo que considerara útil. Mientras tanto, me enfoqué en lo que sí podía controlar: mi dieta. Diez minutos de investigación revelaron que la dieta baja en sodio del Dr. X era obsoleta, así que seguí los lineamientos actualizados de la Asociación Americana del Corazón: 1 500 miligramos de sodio al día.

Recientemente había empezado a utilizar una aplicación de dieta y bienestar, así que tenía datos sólidos sobre lo que había estado comiendo.4 Comí algunos alimentos vegetales procesados: queso vegano rallado, masa para pizza sin gluten y pan sin gluten. Al ser alimentos procesados, siguen siendo sorprendentemente altos en sodio. Comíamos fuera una o dos veces a la semana también, lo que dejaba esos días altos en sodio. Una vez que empecé a leer las etiquetas, me enteré de que mis amados aminoácidos líquidos Bragg, una marca de salsa de soya sin gluten, eran terriblemente altos en sodio, al igual que la pasta miso, la pasta de curry tailandés, la mostaza Dijon, la salsa cátsup y la salsa inglesa. Lo mismo pasa con la comida japonesa, china, tailandesa e hindú. Necesitaba reconsiderar todas mis colaciones favoritas, todo lo que pedía a domicilio, todo.

Me sentía tan perdida y frustrada, pues todo lo que estaba prohibido había sido clave en mi dieta “saludable” anterior. Y a pesar de consumir una dieta vegana libre de gluten y comer muy pocos alimentos procesados y comida rápida, seguía ingiriendo muchísima sal. Aunque no utilizaba sal de mesa blanca, sí usaba sal rosa del Himalaya cuando cocinaba y sal de mar Maldon como condimento. Tenía una inmensa colección de sales gourmet en mi alacena: sal roja ahumada de Hawái, sal con chocolate de Portland, bolsas enormes de hermosos cristales rosas y azules de nuestro viaje a Francia.

Dado que no comía muchos alimentos procesados, estaba consumiendo un promedio entre 1 800 y 2 300 miligramos de sal al día, algo que no era terriblemente alto dentro de las recomendaciones del Dr. X. Me pregunté cuánto más podía cambiar y qué tanta diferencia iba a hacer.

A pesar de haber sido una gran cocinera durante más de 30 años, escribir un blog especializado en renovar recetas y tener un título de salud pública en educación nutricional, no tenía idea de dónde empezar para cocinar bajo en sodio. La hoja del Dr. X no incluía recursos.

Compré algunos libros en Amazon, les pregunté a mis amigos entre los blogs de alimentación, y encontré información maravillosa de Jessica Goldman Foung, de Sodium Girl,5 y de Donald Gazzaniga, de MegaHeart.6 Fueron generosos, amables y solidarios, y me sentí menos sola.

Empecé a aprender sobre el sodio, la sal y ciertos aspectos de las dietas bajas en sodio. Aprendí sobre la dieta libre de sal de Jess y Donald, la cual provee alrededor de 500 miligramos de sodio al día. Aunque los investigadores todavía no la han estudiado a profundidad, algunas personas que siguieron esta dieta comentaron haberse curado de enfermedad renal,7 fallo cardiaco crónico e incluso Ménière. Esta dieta libre de sal tenía el sello de aprobación de un cardiólogo de Stanford.8 Además del reto de seguir la dieta, no había efectos secundarios adversos y sí muchos posibles resultados positivos. Estaba ligeramente escéptica, pero emocionada por probarla; quizá podía curarme con ella.

Me di cuenta de que podía escribir mi propia historia. Las historias de otras personas eran suyas, no mías.

Aprendí que se espera que 90% de los estadounidenses desarrollen hipertensión en su vida, en parte por el contenido de sodio en su dieta.9 Esto es una locura, pues la presión sanguínea normalmente se reduce conforme envejecemos; no debería aumentar.

Aprendí que el síndrome de abstinencia de la dieta libre de sal es terrible. La comida me supo horrible durante siete semanas, hasta que mi gusto se ajustó. La comida, uno de los grandes amores de mi vida, fue simplemente deprimente en ese tiempo. Recuerdo estar parada frente al refrigerador, viendo lo que había, qué de todo eso podía comer, y nada me emocionaba. Simplemente comía para tener combustible. No bailaba de emoción cuando me sentaba a la mesa. Perdí peso. Entonces, finalmente, llegó un momento en que mordí un jitomate cherry, caliente, recién cortado del jardín, y pude percibir la explosión de sabores entre lo dulce y lo amargo. Casi lloro cuando me di cuenta de que la comida podía volver a ser un placer. Dado que mi experiencia fue tan mala, diseñé el plan en este libro para que fuera una transición mucho más sutil.

Al ser una buena investigadora, también me preguntaba si debería buscar a otro médico, uno que se especializara en vértigo, equilibrio y enfermedad de Ménière. Me recomendaron a uno de los principales especialistas en desórdenes de equilibrio en el país, quien resultó tener su consultorio en San Diego. Hice una cita para obtener una segunda opinión sobre mi diagnóstico.

La segunda opinión

Me sentía tan mal el día de mi cita, que mi esposo me llevó a ver al especialista, alrededor de tres semanas después de encontrarme con el Dr. X. Su consultorio era muy distinto del anterior, con una vibra cargada de energía que emanaba del especialista, a quien llamaré el Dr. Y.

La cita comenzó a las 10:30, con un joven médico asistente haciéndome una tonelada de preguntas y registrando la información en mi expediente, el cual se mostraba en una inmensa pantalla en la pared. Cubrimos los mismos puntos que con el Dr. X: tres episodios de vértigo con náuseas y las circunstancias alrededor de ellos.

El Dr. Y entró e inmediatamente empezó a platicar conmigo. El asistente añadía más notas a mi expediente, mientras el Dr. Y casi no paraba de hablar.

“El Dr. X es un gran médico. Realmente es una buena persona —dijo el Dr. Y—. En mi experiencia, la enfermedad de Ménière es muy, muy difícil de diagnosticar. Necesito más información. No puedo aseverar que tienes Ménière con una sola prueba de audición.”

Aprecié mucho que respetara al médico anterior, pero aun cuando estaba ahí buscando una segunda opinión, me sorprendió saber que podía estar en entredicho el diagnóstico que otro médico había afirmado con seguridad. En ese entonces no comprendía lo complejas que eran la migraña y la enfermedad de Ménière.

“No sé si la tienes. Quiero verte varias veces, cuando tengas síntomas —dijo el Dr. Y—. Quiero que vengas cuando te sientas realmente mal. Es el mejor momento para obtener esa información. No podemos discernir mucho cuando te sientes bien. ¿De acuerdo?”

Asentí, pero por dentro pensé, ¿se supone que debo subirme al coche estando mareada y venir? Qué horror. Ahora comprendo que le ayudaba más verme cuando tenía síntomas, pero fue muy difícil escucharlo en ese momento.

“Queremos llevarte a La Silla y descartar con toda seguridad el VPPB. Haremos una prueba de audición cada vez que vengas para ver la progresión.”

Yo seguía asintiendo, queriendo seguirle el paso.

“La pérdida del oído es un problema, por supuesto. Pero es una discapacidad de 100 000 dólares. El problema del equilibrio es mucho más crítico. Ésa es una discapacidad de un millón de dólares.”

Me tomó desprevenida y sólo pude parpadear. ¿Qué acababa de decir? No había llegado a esa cita pensando que podría escuchar la palabra discapacidad.

“Eres una paciente compleja. Necesitarás tener tu propia copia de tu expediente y traerla contigo en cada cita —continuó el Dr. Y—. Necesitas estar al tanto de todo. Los médicos no saben lo suficiente sobre estas cosas.”

Hasta ese momento nunca se me había ocurrido que un médico no tuviera todas las respuestas o que pudiera tener una condición que todavía necesitara años de investigación.

“Necesitarás abogar por ti misma. Te encargaré una resonancia magnética. Paga un poco extra para que te den el DVD después. Será necesario que añadas el DVD a tu expediente. La resonancia descartará un tumor benigno.”

Espera, ¿podía tener un tumor?

“Sin más información, no puedo aseverarlo todavía, pero creo que tienes lo que se llama enfermedad de Ménière con una variante de migraña. Búscalo en internet si quieres.”

¿Tengo ataques de migraña?

“Los ataques de migraña son una locura. Algunas personas llegan aquí y parece que les estuviera dando un infarto: tienen la mitad del rostro caído. Eso puede ser migraña —dijo—. Puedes tener toda clase de síntomas porque es una inflamación que se extiende por todo tu cerebro. Depende de la función que toque, ésos son tus síntomas. Algunas personas tienen migraña con auras, en las que tienen perturbaciones visuales, como halos alrededor de las luces, escuchan sonidos extraños o se les duerme un brazo. Otros, como tú, no tienen aura, así que no tienen un periodo de alerta. A la gente no necesariamente le duele la cabeza durante un ataque de migraña. Nos gustaría tratar tus síntomas agresivamente.”

Eso tiene sentido pero, ¿qué quiere decir con agresivamente?

“No me encanta este diurético —dijo, leyendo mi expediente—. Dale un diurético que no altere el potasio y también un suplemento de potasio.”

¿Me estaba cambiando el medicamento? Creo que sí. Para este momento deseaba haberle pedido a mi esposo que entrara conmigo para que escuchara todo también. Sabía que no podría recordar todos esos detalles después. Me di cuenta de que el Dr. Y estaba intentando darme toda la información que fuera posible en el poco tiempo que estuvo conmigo.

“Quiero que consumas lo menos inflamatorio posible. ¿Ya no comes gluten? Eso es genial. Ya llevas ventaja. Dale una hoja de la dieta baja en tiramina.”10

Me di cuenta de que el Dr. Y estaba hablando conmigo y con el asistente a la vez, quien seguía tecleando notas en mi expediente. ¿Qué es tiramina?

“Es otra forma de nombrar la dieta para la migraña —añadió—. Deberás seguirla lo más posible. Elimina los alimentos que pueden provocar migrañas, como vino, chocolate, nueces y semillas, alimentos fermentados, cosas así.”

Espera, ¿nada de nueces? ¿No puedo comer nueces? En ese momento se aceleró mi cerebro y ya no escuché lo demás. Pensé en mi refrigerador, lleno de yogurt de nueces de la India, queso de nueces de la India, kéfir casero, cacao en trozos y chucrut, básicamente todo lo que estaba en la cochina lista. Sentí que mi labio inferior empezaba a temblar cuando le indicó al asistente que me llevara a La Silla.11

Le pedí un momento para ir al baño y me senté en la taza. ¿Qué me está pasando? No me siento tan mal, ¿y resulta que puedo tener un tumor o quedarme sorda? Lloré lo más calladamente que pude durante algunos minutos. Aunque rara vez lloro, sucede más de lo que quisiera en los consultorios médicos, donde debo dejar mi fachada de “todo está bien” y contar qué está pasando, lo que me hace sentir profundamente vulnerable. Pero me tranquilicé, determinada a no desmoronarme delante del asistente, quien se veía muy joven a pesar de usar bata.

La Silla parecía un aparato de ciencia ficción, con correas y broches para atarte, y lentes de alta tecnología para cubrirte los ojos. Te gira rápida y abruptamente de arriba abajo, y hacia atrás; luego te indican que abras los ojos y los dejes abiertos mientras filman tu movimiento ocular. Luego te giran de nuevo, dejándote abruptamente en otra posición extraña.

Los lentes estaban muy apretados y me lastimaban la cabeza. Mi prueba no fue definitiva, así que hice tres sesiones en la silla mientras el doctor y el asistente platicaban. Las correas eran pesadas y se me encajaban en los hombros. Para ese momento estaba emocional y físicamente exhausta. También me moría de hambre, pues ya era después de mediodía.

Todavía faltaba que me hicieran una prueba de oído y tomaran muestras de sangre, pero les pedí que me dieran tiempo para comer. Sentía que no podía siquiera hablar coherentemente y no tenía idea de lo que debía comer. Mi esposo y yo fuimos a un restaurante libanés que estaba cerca para reagruparnos. Empecé a ver la nueva dieta que el doctor me había dado.

Decía: “La tiramina es un compuesto producido en los alimentos a partir de la descomposición natural del aminoácido tirosina. La tiramina no se añade a los alimentos. Los niveles de tiramina aumentan en los alimentos cuando están viejos, fermentados o guardados durante largos periodos de tiempo, o no son frescos”.

De acuerdo con la hoja, tres cuartas partes de mi dieta vegetal —aparentemente muy saludable— quedaban fuera: nueces, soya, alimentos fermentados, vinagre o alimentos añejos. Algunas frutas y verduras de mis favoritas también quedaban fuera, como los plátanos, los aguacates, los dátiles, las ciruelas y las habas verdes. Nada de cítricos. Alrededor de la mitad de las leguminosas secas, de las cuales dependía para obtener proteína, junto con todas las lentejas, también quedaban fuera.

Parecía una lista que alguien creó lanzando dardos. ¡Le atinó! ¡Las frambuesas quedan fuera, pero todas las demás moras están bien! ¡Otro dardo! ¡Los frijoles blancos quedan fuera, pero los frijoles negros están bien!

Acabábamos de plantar árboles de ciruelas y limones Meyer en nuestro jardín, y nuestros árboles de aguacate y naranja estaban llenos de fruta. Árboles de frutos que quizá nunca podría comer. No podía comprender cómo iba a lograrlo, pero estaba claro que, con la eliminación de casi todas mis fuentes vegetales de proteína, no podía seguir siendo vegana. Eso era seguro.

Llegamos a casa casi seis horas después. Me senté en el estudio con la hoja que me había dado el doctor, titulada: “Dieta para dolor de cabeza baja en tiramina”. La hoja tenía tablas con colores y distintas columnas que decían “Permitido”, “Consumir con cuidado” y “Evitar si estás con IMAO”. Asumí, aunque el médico no me lo había dicho, que la columna de “Evitar” me aplicaba a mí, aun si no creía estar tomando un IMAO. (Después me enteré de que IMAO es inhibidor de la monoamina oxidasa, una clase de medicamento utilizado para tratar la depresión y la enfermedad de Parkinson. Y no, no me habían prescrito un IMAO; se les recomienda la misma dieta a las personas con migraña.)

A pesar de mantenerme actualizada sobre las últimas investigaciones en nutrición a lo largo de los años desde que me gradué, nunca había escuchado de la tiramina. Así que mi primera pregunta fue, ¿qué es la tiramina y cómo se relaciona con la migraña?

Esa pregunta al parecer sencilla y el proceso de investigarla me llevaron a escribir este libro. Aprendí que abogar por mí misma dentro del sistema de salud es vital. Aprendí que hay muy poca investigación sobre migraña y Ménière, considerando que afecta al menos a 36 millones de personas y cuesta un estimado de 13 000 millones de dólares al año sólo en Estados Unidos.12 Y aprendí que ver todo el panorama, desde una perspectiva de bienestar versus una perspectiva de enfermedad, era vital para mi recuperación.

Descubrí que la lista de alimentos que mi médico me dio no era la lista más completa para la migraña y aprendí qué tan poco saben actualmente, incluso los principales médicos e investigadores, sobre Ménière, vértigo, migraña y dolor de cabeza. Aprendí que, aunque había encontrado varios libros sobre el tema, no había casi nada de investigación útil sobre un acercamiento alimentario hacia el manejo de estas enfermedades. Aprendí que cada lista era frustrantemente distinta.

Leer la lista y ver la comida en mi cocina me dijo que tenía un reto inmenso frente a mí. Alrededor de 75% de mis alimentos cotidianos estaban en la lista a “Evitar”. Iba a tener que replantear toda mi dieta, todo mi estilo de vida. Ésta era una empresa enorme.

Al principio empecé con mucho ánimo, pero después de unos días me pegó. ¿Por qué yo? Ya había hecho mucho, había trabajado tan duro para sentirme bien. Yo, una persona fastidiosamente optimista que casi nunca lloraba, me pasé todo el fin de semana hecha un mar de lágrimas. Cada vez que empezaba a sentirme mejor, el llanto empezaba de nuevo. ¿Cómo iba a manejar algo así?

Mi esposo, quien odia verme llorar más que nada en el mundo, seguía intentando animarme, lo que no ayudaba. Al final le dije: “Mira, necesito este fin de semana. Necesito llorarlo. Si todavía estoy llorando el lunes, entonces me pateas el trasero, pero hoy necesito sentirme mal”.

El lunes empecé el trabajo que culminaría en este libro.

Título
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Buscando una respuesta

Así es como funciona mi cerebro: observé la dieta baja en sodio del Dr. X y la dieta baja en tiramina del Dr. Y, y supe que nunca podría encontrarle sentido a la información sin combinarlas visualmente. En ese entonces no pensaba escribir un libro. Estaba mareada, tenía náuseas y me dolía la cabeza todo el tiempo. Simplemente intentaba darle sentido a lo que me habían recomendado ambos médicos. Mi primer paso fue crear un documento en Word sobre el que pudiera trabajar, así que busqué en internet la dieta de tiramina que el Dr. Y me había dado, esperando poder copiar y pegarla en un nuevo documento, y luego cruzar las referencias con todos los alimentos bajos en sodio para tener una sola dieta.

Encontré la hoja de tiramina en una página web, la descargué y empecé a trabajar en ello. Pero algo estaba mal. La hoja se veía como la mía, sólo que la redacción era diferente. Algunos alimentos estaban en distintas columnas. Las recomendaciones habían cambiado. De hecho, era menos estricta de la que me habían dado. ¿Por qué?

Investigando más me topé con la versión original que me había dado el Dr. Y, la cual compartió originalmente una organización de cefaleas en julio de 2010.1 Se actualizó entre julio y diciembre de 2010 con lineamientos ligeramente relajados.

Llamé a la organización de cefaleas para indagar más: ¿Por qué había cambiado la dieta? ¿En qué se basaban los cambios? Llamé tres veces y mandé más de cinco correos a lo largo de varias semanas, pero nadie me respondió. Ese camino no iba a ninguna parte.

Encontré varias versiones de la dieta por todo internet, desde la Universidad de Northwestern hasta el Centro Médico Jonhs Hopkins. Sin embargo, nadie pudo decirme de dónde provenía la información, quién la recabó o dónde podía encontrar información sobre los alimentos que contenían tiramina, este misterioso compuesto que se escondía en casi todos mis alimentos favoritos. El contenido de tiramina no estaba listado en la base de datos del USDA, así que, ¿cómo podían saber qué alimentos la contenían?

Ya que seguir la dieta me prohibía completamente continuar comiendo una dieta exclusivamente vegetal —y que seguía considerando mi opción más saludable—, quería corroborar la información y por qué me la habían recomendado.

Seguir la hoja al pie de la letra implicaba que sólo podía comer cosas recién preparadas y las sobras nada más al día siguiente.2 Tendría que comprar verduras frescas para unos cuantos días a la vez, sólo lo que pudiera cocinar y comer crudo. Podía congelar alimentos y recalentarlos después. Esto cambiaría completamente cómo compraba, cocinaba y conservaba mi comida, pues normalmente compraba al menos la comida de toda una semana. Mi congelador estaba considerablemente vacío y mi refrigerador estaba retacado de frutas y verduras frescas. Y sí, en el pasado se me olvidaban algunas verduras que quedaban hasta atrás del cajón, así que se echaban a perder o ya no tenían la mejor calidad cuando las cocinaba. Hacer este cambio era posible, pero involucraría mucho más trabajo, sobre todo si mezclaba los lineamientos bajos en tiramina con los bajos en sodio. Los pocos frijoles enlatados que permitía la dieta baja en tiramina, como pintos, negros y garbanzos, no me servirían a menos de que pudiera encontrar versiones sin sal, así que tendría que cocinarlos yo.

Me di cuenta de que tendría que ser flexible sobre lo que estaba dispuesta a comer mientras me aprendía la dieta. Compré atún y salmón enlatados sin sal, queso de cabra bajo en sodio y le pedí unos cuantos huevos a un vecino que tenía gallinas. Leí muchas etiquetas. Mis viajes al supermercado duraban al menos una hora. Muchas veces volví a casa descorazonada.

Tuve que tomarme tres meses lejos de mi blog de alimentación, pues no tenía idea de cómo alimentarme a mí misma durante las primeras semanas, mucho menos desarrollar recetas. En ese momento no podía imaginar lo que mi blog se volvería en el futuro: un santuario bajo en sodio para la migraña.

Después de algunas semanas intentando obtener información sobre la dieta baja en tiramina, finalmente decidí que debía hablar con el Dr. Y. Él me había dado la hoja, así que esperaba que pudiera explicarme por qué me había entregado esa dieta en particular y no la más nueva, la menos restrictiva. Se me ocurrió que tal vez no supiera que habían actualizado la dieta. Realmente esperaba que no fuera cierto porque eso significaría que no iba a tener respuestas. Aunque sabía que era el mejor médico para mí y confiaba completamente en sus habilidades clínicas, ya me había dicho que no tenía tiempo para investigar sobre nutrición.

Después de hablar con su asistente, me enteré de que el Dr. Y no estaba al tanto de que se hubiera actualizado la dieta. Después de tratar con muchos médicos profesionalmente, sé que están todos muy ocupados; el sistema de salud está tan mal, que no tienen el tiempo que quisieran invertir en el cuidado de todos sus pacientes. Sin embargo, que él no pudiera investigar más sobre el tema no quería decir que yo tampoco. En una de nuestras citas, el Dr. Y me encomendó aprender tanto como pudiera sobre lo que estaba investigando y contárselo después. Siempre apoyó (y lo sigue haciendo) mi trabajo. En ese momento cambió algo dentro de mí y asumí el papel de abogada, pero no sólo mía, sino de otros.

La mayoría de las personas en un papel de pacientes no son como yo; no habrían volteado de cabeza su vida para intentar seguir las dietas. También estaba cada vez más claro que la información de varias fuentes legítimas en internet era contradictoria, lo cual es increíblemente frustrante cuando estás buscando La Respuesta. Mi última decisión fue a la vez inquietante y empoderadora: podía saber más sobre la dieta para migraña o sabría más sobre la dieta para migraña que mi médico y su equipo.

En ese momento, por frustrada que me sintiera sin tener La Respuesta, sabía que tenía que haber una mejor forma. Las personas comunes, mareadas, vomitando o con dolor crónico, y que no tienen mis habilidades, que no son un perro sabueso tras un rastro como yo, simplemente se rendirían con la dieta. Los médicos las catalogarían como “incumplidas”. No porque no quisieran sentirse mejor, sino porque intentar hacer cambios en la dieta y el estilo de vida cuando te sientes fatal muchas veces es demasiado difícil y muy confuso. En especial cuando el recurso, incluso uno que recibiste de un gran médico, apesta.

Si había respuestas, no iba a ser fácil encontrarlas. Pero el sabueso que había en mí iba a continuar con el caso. Yo encontraría las respuestas o crearía las mías.

¿Qué son los precursores alimentarios
y cómo pueden provocar migrañas?

Los compuestos químicos en los alimentos pueden provocar ataques de migraña en algunas personas. Muchos de estos compuestos se producen a partir de los aminoácidos que descomponen naturalmente los alimentos. Algunos se conocen como aminas vasopresoras (también llamadas aminas biogénicas o vasoactivas). Las aminas vasopresoras actúan sobre el sistema vascular, ya sea dilatando (ensanchando) o constriñendo (estrechando) los vasos sanguíneos. Muchas aminas vasopresoras también son neurotransmisores, llevando señales eléctricas o químicas dentro del cuerpo. La gente propensa a tener ataques de migraña parece ser más sensible a la acción de estas aminas vasopresoras y otros compuestos alimentarios, aunque todavía no se sabe por qué. Éstas son algunas teorías actuales sobre cómo pueden contribuir estos compuestos a la migraña:

1. Cualquier compuesto que dilata los vasos sanguíneos provoca inflamación, lo que genera químicos antiinflamatorios para atender esa inflamación y sanar los vasos.

2. Las aminas vasopresoras interactúan con otros neurotransmisores, como la serotonina y la norepinefrina, provocando una reacción química en cadena que podría desencadenar la transmisión de dolor.3

3. Los precursores alimentarios pueden estimular el centro de control de la migraña, mezclándose con otros precursores no alimentarios, como el estrés (el cual genera químicos y neurotransmisores específicos en nuestro cuerpo), las hormonas (también químicos) y los cambios en la presión barométrica (que afectan físicamente nuestros vasos sanguíneos).4

4. Los precursores alimentarios también pueden hacer que las células cerebrales sean más reactivas en general.

5. Las alergias alimentarias también tienen un papel en la creación de condiciones proinflamatorias que estimulen la migraña cuando se añaden otros precursores a la mezcla.5 El doctor David Perlmutter cree que mucha gente ha desarrollado sensibilidades alimentarias por el síndrome de intestino permeable (ve la página). En la gente propensa a la migraña, estas sensibilidades alimentarias pueden ser un precursor.6 Cuando hay inflamación presente en el cuerpo, éste genera compuestos antiinflamatorios para atenderla.

6. La característica común de todos los precursores de migraña puede ser el estrés oxidativo. Un estudio de 2015 especuló que todos los precursores de migraña (alimentarios y de otra clase) pueden provocar estrés oxidativo en el cerebro, lo que explica cómo tantos tipos distintos de precursores, desde el clima hasta el estrés y la comida, pueden tener una misma consecuencia: un ataque de migraña.7

7. No todos los investigadores están de acuerdo en que los elementos alimentarios provocan migraña. Tal vez aprendamos en el futuro que lo que parecían ser precursores alimentarios en realidad eran antojos alimentarios que aparecían en el estado premonitorio de la migraña, antes de que la gente se dé cuenta de que ya comenzó el ataque de migraña.8

Cuando entrevisté a investigadores vanguardistas sobre dolor en la Universidad de California, en San Diego, dijeron que podrían pasar años antes de que supieran con seguridad qué sucede dentro de la cabeza cuando se provoca una migraña.

Aminas vasopresoras y otros compuestos dietéticos
que pueden provocar migraña

Ahora que ya sabes un poco más sobre cómo las aminas vasopresoras podrían estar involucradas en la migraña, esto es lo que se sabe sobre las dos más importantes:

Histamina: es probable que te sea familiar, pues provoca nuestra respuesta a las alergias. El tratamiento es un antihistamínico que bloquea esta respuesta inflamatoria. La histamina se forma a partir del aminoácido histidina, el cual es un neurotransmisor liberado en nuestro cuerpo durante el proceso normal de la digestión. Para algunas personas, el acto de comer cualquier cosa provoca una migraña porque su cuerpo no produce suficiente de la enzima digestiva diaminooxidasa (DAO). Para estas personas, tomar un suplemento de DAO puede ser extremadamente útil.9 Un pequeño estudio descubrió que 90% de las personas que padecen migraña tenían una deficiencia de esta enzima. En el estudio, la toma de un suplemento de DAO redujo la cantidad y la duración de los ataques, pero no disminuyó el dolor.10 Consumir aceite de coco y de palma aumenta la actividad del DAO, y puede ser útil para la gente intolerante a la histamina.11

Tiramina: este compuesto vasopresor se forma cuando se descompone el aminoácido tirosina en el cuerpo. La tirosina y la tiramina se encuentran naturalmente en los alimentos; no son aditivos. Hay una respuesta bien documentada a los alimentos que contienen tiramina —los cuales tienden a ser añejos, curados o fermentados— si a la vez se está tomando un inhibidor de la monoamina oxidasa (IMAO). Los IMAO son la clase original de antidepresivos, todavía utilizados ocasionalmente para la depresión y como tratamiento para la enfermedad de Parkinson. Si alguien tomando un IMAO come alimentos que contienen tiramina, su presión arterial puede dispararse peligrosamente; algunos incluso han muerto.12 Por este motivo, los hospitales, centros médicos y muchos doctores tratantes de migraña distribuyen hojas con una dieta baja en tiramina. Aunque esta dieta puede estar abiertamente disponible, la ciencia todavía es frustrantemente inconclusa sobre el papel que representa la tiramina en la migraña, y enfocarse sólo en la tiramina es una visión muy limitada.

Además de la histamina y la tiramina, hay muchas otras formas de aminas vasopresoras en los alimentos —cadaverina, putrescina, espermidina y espermina, entre otras— que podrí

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