El amor, las mujeres y la vida

Mario Benedetti

Fragmento

 Prólogo

Desde que, en mi lejana adolescencia, me enfrenté a El amor, las mujeres y la muerte, por entonces el libro más popular del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (17881860), entré en contradicción con la sutil propuesta que sugerían las tres palabras de aquel título. Y aunque el filósofo de Danzig se cuidaba de tratar cada término por separado, era evidente que su pesimismo voluntarista, al introducir los tres enunciados en un mismo saco, los convertía en ingredientes de su inextinguible misoginia. Es cierto que muchas de las acometidas de Schopenhauer contra la mujer y sus primeros y tímidos conatos de independencia, se inscribían en un prejuicio generalizado en aquel lugar y en aquel tiempo, un prejuicio que por cierto no sólo abarcaba a los hombres sino también a las mujeres.

En estos días volví a leer todo el libro, con ojos casi sesenta años más viejos, y, pese a situarlo, ahora sí conscientemente, en su ámbito temporal, volvía a experimentar aquella antigua sensación de rechazo. El amor es uno de los elementos emblemáticos de la vida. Breve o extendido, espontáneo o minuciosamente construido, es de cualquier manera un apogeo en las relaciones humanas. Curiosamente, hasta en su controvertida obra, Schopenhauer no puede evitar una constancia esperanzada: «El amor es la compensación de la muerte; su correlativo esencial». Lo rescaté como epígrafe para esta antología. ¿Acaso no vale para mostrar que, aun en un carácter tan sexualmente huraño como el de este autor teutón, el amor es el único elemento que le sirve para enfrentar a la muerte? De ahí a reconocer que el amor y las mujeres están más cerca de la vida que de la muerte, media sólo un paso. Aquí lo doy, con perdón de Schopenhauer. Ésta es una antología temática que se fue haciendo sola en los últimos cincuenta años. De tanto revisar galeradas de mis dos Inventarios, me di cuenta de que estaba ahí y que sólo hacía falta rescatarla, separándola de tantos otros contenidos, por cierto menos incitantes y confortadores que el amor.

MARIO BENEDETTI

Asunción de ti

A Luz

1

Quién hubiera creído que se hallaba

sola en el aire, oculta,

tu mirada.

Quién hubiera creído esa terrible

ocasión de nacer puesta al alcance

de mi suerte y mis ojos,

y que tú y yo iríamos, despojados

de todo bien, de todo mal, de todo,

a aherrojarnos en el mismo silencio,

a inclinarnos sobre la misma fuente

para vernos y vernos

mutuamente espiados en el fondo,

temblando desde el agua,

descubriendo, pretendiendo alcanzar

quién eras tú detrás de esa cortina,

quién era yo detrás de mí.

Y todavía no hemos visto nada.

Espero que alguien venga, inexorable,

siempre temo y espero,

y acabe por nombrarnos en un signo,

por situarnos en alguna estación

por dejarnos allí, como dos gritos

de asombro.

Pero nunca será. Tú no eres ésa,

yo no soy ése, ésos, los que fuimos

antes de ser nosotros.

Eras sí pero ahora

suenas un poco a mí.

Era sí pero ahora

vengo un poco de ti.

No demasiado, solamente un toque,

acaso un leve rasgo familiar,

pero que fuerce a todos a abarcarnos

a ti y a mí cuando nos piensen solos.

2

Hemos llegado al crepúsculo neutro

donde el día y la noche se funden y se igualan.

Nadie podrá olvidar este descanso.

Pasa sobre mis párpados el cielo fácil

a dejarme los ojos vacíos de ciudad.

No pienses ahora en el tiempo de agujas,

en el tiempo de pobres desesperaciones.

Ahora sólo existe el anhelo desnudo,

el sol que se desprende de sus nubes de llanto,

tu rostro que se interna noche adentro

hasta sólo ser voz y rumor de sonrisa.

3

Puedes querer el alba

cuando ames.

Puedes

venir a reclamarte como eras.

He conservado intacto tu paisaje.

Lo dejaré en tus manos

cuando éstas lleguen, como siempre,

anunciándote.

Puedes

venir a reclamarte como eras.

Aunque ya no seas tú.

Aunque mi voz te espere

sola en su azar

quemando

y tu sueño sea eso y mucho más.

Puedes amar el alba

cuando quieras.

Mi soledad ha aprendido a ostentarte.

Esta noche, otra noche

tú estarás

y volverá a gemir el tiempo giratorio

y los labios dirán

esta paz ahora esta paz ahora.

Ahora puedes venir a reclamarte,

penetrar en tus sábanas de alegre angustia,

reconocer tu tibio corazón sin excusas,

los cuadros persuadidos,

saberte aquí.

Habrá para vivir cualquier huida

y el momento de la espuma y el sol

que aquí permanecieron.

Habrá para aprender otra piedad

y el momento del sueño y el amor

que aquí permanecieron.

Esta noche, otra noche

tú estarás,

tibia estarás al alcance de mis ojos,

lejos ya de la ausencia que no nos pertenece.

He conservado intacto tu paisaje

pero no sé hasta dónde está intacto sin ti,

sin que tú le prometas horizontes de niebla,

sin que tú le reclames su ventana de arena.

Puedes querer el alba cuando ames.

Debes venir a reclamarte como eras.

Aunque ya no seas tú,

aunque contigo traigas

dolor y otros milagros.

Aunque seas otro rostro

de tu cielo hacia mí.

Amor, de tarde

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cuatro

y acabo la planilla y pienso diez minutos

y estiro las piernas como todas las tardes

y hago así con los hombros para aflojar la espalda

y me doblo los dedos y les saco mentiras.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cinco

y soy una manija que calcula intereses

o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas

o un oído que escucha cómo ladra el teléfono

o un tipo que hace números y les saca verdades.

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las seis.

Podrías acercarte de sorpresa

y decirme «¿Qué tal?» y quedaríamos

yo con la mancha roja de tus labios

tú con el tizne azul de mi carbónico.

Es tan poco

Lo que conoces

es tan poco

lo que conoces

de mí

lo que conoces

son mis nubes

son mis silencios

son mis gestos

lo que conoces

es la tristeza

de mi casa vista de afuera

son los postigos de mi tristeza

el llamador de mi tristeza.

Pero no sabes

nada

a lo sumo

piensas a veces

que es tan poco

lo que conozco

de ti

lo que conozco o sea tus nubes

o tus silencios

o tus gestos

lo que conozco

es la tristeza

de tu casa vista de afuera

son los postigos de tu tristeza

el llamador de tu tristeza.

Pero no llamas.

Pero no llamo.

Ella que pasa

Paso que pasa

rostro que pasabas

qué más quieres

te miro

después me olvidaré

después y solo

solo y después

seguro que me olvido.

Paso que pasas

rostro que pasabas

qué más quieres

te quiero

te quiero sólo dos

o tres minutos

para quererte más

no tengo tiempo.

Paso que pasas

rostro que pasabas

qué más quieres

ay no

ay no me tientes

que si nos tentamos

no nos podremos olvidar

adiós.

Balada del mal genio

Hay días en que siento una desgana

de mí, de ti, de todo lo que insiste en creerse

y me hallo solidariamente cretino

apto para que en mí vacilen los rencores

y nada me parezca un aceptable augurio.

Días en que abro el diario con el corazón en la boca

como si aguardara de veras que mi nombre

fuera a aparecer en los avisos fúnebres

seguido de la nómina de parientes y amigos

y de todo el indócil personal a mis órdenes.

Hay días que ni siquiera son oscuros

días en que pierdo el rastro de mi pena

y resuelvo las palabras cruzadas

con una rabia hecha para otra ocasión

digamos, por ejemplo, para noches de insomnio.

Días en que uno sabe que hace mucho era bueno

bah tal vez no hace tanto que salía la luna

limpia como después de un jabón perfumado

y aquello sí era auténtica melancolía

y no este malsano, dulce aburrimiento.

Bueno, esta balada sólo es para avisarte

que en esos pocos días no me tomes en cuenta.

A la izquierda del roble

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico es un parque dormido

en el que uno puede sentirse árbol o prójimo

siempre y cuando se cumpla un requisito previo.

Que la ciudad exista tranquilamente lejos.

El secreto es apoyarse digamos en un tronco

y oír a través del aire que admite ruidos muertos

cómo en Millán y Reyes galopan los tranvías.

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes

pero el Jardín Botánico siempre ha tenido

una agradable propensión a los sueños

a que los insectos suban por las piernas

y la melancolía baje por los brazos

hasta que uno cierra los puños y la atrapa

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