Anselmo Tobillolargo

Fragmento

5.

Cuando un gigante se enamora, en vez de deshojar margaritas deshoja molinos.

“Me quiere, no me quiere, me quiere... no me quiere”. Cada molino que deshojaba Anselmo respondía una fatalidad: “no”, “no” y “no”. Y como los gigantes no son personas que acepten fácilmente los infortunios que les depara el destino, Anselmo insistía con otro molino.

La cuestión es que a los paisanos no les hacía ninguna gracia que un gigante enamorado saliera del monte y se acercara a sus campos para consultar la suerte con sus molinos.

Se organizaron y fueron a buscarlo allá, en lo profundo de la selva. Le dijeron:

—Anselmo, chamigo: por favor, deje nuestros molinos en paz.

Anselmo estaba tan triste que no los escuchó.

Los paisanos creyeron que los ignoraba, que no los quería escuchar. Y entonces le declararon la guerra:

—La próxima vez que toque un molino lo pagará con su vida.

Ni bien terminaron de decirlo, Anselmo se secó un par de lágrimas y dispuesto a darle al destino otra oportunidad sacó del bolsillo un molino que había arrancado hacía poco y comenzó a deshojarlo: “Me quiere, no me quiere, me quiere... no me quiere... ¡buaaaaaaaa!”, lloró el grandulón.

Los paisanos consideraron que era el colmo, que el gigante los desafiaba delante de sus narices. Entonces tensaron sus arcos y lanzaron sus flechas.

De repente, por primera vez en su vida, Anselmo experimentó la picadura de un mosquito. Se dijo: “Qué raro” y se rascó una rodilla. Se dijo: “Qué raro” y se rascó una oreja. Se dijo: “Qué raro” y se rascó la panza. En los minutos siguientes, le picó absolutamente todo y se puso molesto, lo cual fue bueno, porque le permitió olvidarse por un momento de sus penas.

—A ver, mosquitos, si se dejan de molestar, que estoy muy triste —dijo manoteando al aire para espantarlos.

Los paisanos se sintieron insultados.

—¡Más mosquito serás vos! —respondieron.

Al escucharlos, Anselmo miró para abajo. Se sorprendió al encontrarse con un grupo de personas que lo apuntaban con flechas.

—¡Epa! Por favor, ¿qué les sucede? No es necesario ponerse agresivos.

—¿Cómo que no es necesario ponerse agresivos? El primero que insultó fue usted, chamigo grandulón, q

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