«El ataque de las cabras», de Laura Chivite: del humor a la tragedia, de la cotidianeidad a la fantasía, de la muerte al amor
El español es un territorio compartido y en permanente transformación, un espacio donde conviven voces diversas que amplían los límites de la literatura. Desde esa mirada surge Mapa de las Lenguas, la iniciativa de Alfaguara y Random House que cada año identifica y proyecta las narrativas más significativas escritas en nuestro idioma. En su edición 2026, el mapa se compone de ocho libros que atraviesan géneros, estilos y geografías: del testimonio a la distopía, de la fábula a la crónica. Ocho propuestas que dialogan con el presente y desafían fronteras literarias y simbólicas. Aquí, Laura Chivite escribe sobre «El ataque de las cabras» (Random House).
Por Laura Chivite

Laura Chivite. Crédito: Getty Images.
Toda idea es primero una intuición, una luz muy muy pequeña que se enciende dentro y a la que una va acercándose con intriga, con cautela. Si le prestas la suficiente atención y tienes un poco de suerte, esa luz sale a la superficie, lo ilumina todo y se convierte en algo sobre lo que trabajar.
Recuerdo los meses en los que me venían los destellos de lo que luego acabó convirtiéndose en El ataque de las cabras: tenía veintiséis años, vivía en una casa diminuta y oscura, estaba sin trabajo y mis días consistían en paseos y noches con amigas que luego me hacían despertarme muy tarde. No recuerdo tener mucha lucidez, durante ese tiempo, sino una especie de niebla en la cabeza, un cúmulo de preguntas que tenían que ver con el paso del tiempo, con quién era yo, con quién quería ser, con la que había dejado atrás.
Y ahí, de repente, en mi mente, nace la imagen de una mujer excéntrica a la que un día llamo Tía Lidia. Una mujer melancólica y solitaria de mediana edad con un pasado excitante, que pasó la juventud en los años ochenta y que fue miembro de un grupo de punk llamado Pezón Suicida, y que tuvo también muchas amantes, y un gato llamado Baby. Otro día, se me aparece una cabra parlante llamada Juana, que convierte su amor por el cine en su oficio, y termina haciéndose cineasta. Otro día, una joven que bien podría ser yo, que vive en una casa diminuta y oscura y está sin trabajo, etc. Otro día, miro a unos tipos fortísimos hacer ejercicios en un parque y me viene una escena de alguien que tiene una epifanía mirándolos, y pienso: fuera cual fuera la novela, el final sería aquí, con esta imagen.
Ver más
Poco a poco, las piezas del puzle se van juntando, veo el sentido y construyo la historia: una tía y su sobrina, ambas queer, vivieron juntas durante la adolescencia de la segunda. La tía le contaba una fábula a la sobrina cuando estaban aburridas, la fábula de Juana, la cabra insolente, que termina haciéndose cineasta. Después se separaron, estuvieron diez años sin verse y nunca llegaron reconciliarse ni a solucionar aquello que las separó.
Y, como toda escritura es un viaje, a través de ellas y a través de la historia vuelvo a todos los lugares en los que viví y a los que, en algunos casos, no he regresado: Granada, Pamplona, Londres, San Sebastián, Los Ángeles… Me desplazo a un prado en donde un perro mata a un cervatillo, a afters en cuevas en los que pasé parte de mi veintena, a festivales de cine en los que trabajé de becaria, a los atardeceres de California y, sobre todo, a una serie de paisajes emocionales que me recuerdan que la ficción nos ayuda a dar sentido a la propia vida.
Escribí esta novela con una libertad que me permitía saltar con tranquilidad del humor a la tragedia, de la cotidianeidad a la fantasía, de la muerte al amor. No tengo claro si en el proceso de escritura era consciente de que lo que estaba haciendo con la novela era hablar con mis fantasmas, con aquellas personas a las que admiré, idealicé y amé en mi primera juventud y de las que más tarde me separé y, por fortuna, humanicé. En cualquier caso, aunque haya dicho de este libro que es un disparate, un delirio o una pequeña historia divertida, es también una historia triste. Una historia de desencanto y distancias insalvables. Es, en última instancia, como cualquier historia: con algunos toques luminosos y algunos toques de oscuridad.
El español es un territorio compartido, un espacio diverso habitado por múltiples voces que lo transforman cada día. Desde esa mirada nace Mapa de las Lenguas, una iniciativa conjunta de Alfaguara y Random House que, cada año, traza una cartografía de la mejor narrativa escrita en nuestro idioma.
Cada país selecciona las obras más prometedoras, relevantes o singulares de su escena literaria: títulos que merecen ser leídos más allá de sus fronteras. Mapa de las Lenguas es la plataforma que les permite expandirse y ser publicados de manera simultánea en todo el ámbito del español. Una colección que refleja la temperatura de lo que está ocurriendo en la literatura de cada país.
En 2026, ese mapa se dibuja con ocho libros que revelan la amplitud y la diversidad de la narrativa contemporánea: del testimonio histórico a la distopía, de la fábula poética a la crónica de lo real. Cada uno de estos libros es una forma de resistencia: contra el realismo, contra el olvido, contra las fronteras.
Desde Argentina, Si sintieras bajo los pies las estructuras mayores de Roberto Chuit Roganovich combina el terror ecológico y la ciencia ficción para crear una criatura que atraviesa la historia y las entrañas del planeta; mientras que en México, Soñarán en el jardín de Gabriela Damián Miravete convierte la fantasía especulativa en un acto de resistencia y esperanza.
En España, Presentes de Paco Cerdà reconstruye la memoria desde la no ficción con la intensidad de una novela, y Laura Chivite, con El ataque de las cabras, transforma la rareza de crecer en una celebración del humor y la imaginación.
Desde Colombia, Andrea Mejía deja fluir en La sed se va con el río una prosa poética que une lo humano y lo natural, mientras Antonio García Ángel mezcla sátira y vértigo en Que pase lo peor, una fábula brillante sobre el desorden contemporáneo.
En Chile, Alfredo Andonie irrumpe con Serpiente, una novela queer y nocturna que captura el deseo y la historia en los años setenta; y desde Perú, Dany Salvatierra imagina con Criaturas virales una Lima distópica donde la belleza se abre paso en medio del colapso.
Mapa de las Lenguas no busca fijar una geografía, sino mostrar su movimiento: el idioma como materia viva, la literatura como territorio en expansión.
Te damos la bienvenida a nuestro MAPA DE LAS LENGUAS 2026.

