Escribe

Holden Centeno

Fragmento

ESCRIBE

Cuando tenía dieciséis años me enseñaron que la literatura puede salvar vidas. Tuve un profesor que lo aseguraba en sus clases. La mayoría de mis compañeros debían pensar que estaba loco, pero yo le creí por completo y empecé a escribir mientras otros seguían jugando al fútbol. Desde entonces quise ser escritor y empecé a devorar todos los libros que caían en mis manos. Si quería ser bueno, tenía que leer a los mejores. La estantería de mi hermano mayor era un lugar adecuado, allí encontraba auténticas joyas. También acudía a la biblioteca del colegio y devoraba los que recomendaban en clase, pero sin duda los libros que más me gustaron fueron los que me aconsejó personalmente aquel profesor. Siempre acertaba, la sensación de leer, y sobre todo de sentirme entendido e identificado, de alguna forma me hacía tener más claro que lo mío eran las letras y que no había ningún arte (o si me lo permiten llamarlo oficio) que fuera tan satisfactorio.

Este profesor del que os hablo era bastante joven. Puede que ni siquiera llegara a los cuarenta. Un día que fui a su despacho para que me prestara un libro, al fin le confesé que quería escribir, dedicar mi vida a ello y empezar en cuanto acabara el colegio, pero su reacción no fue la que esperaba. Sentí cómo se revolvía en la silla de su despacho y me dirigía una de esas miradas capaz de atravesar a una persona:

‒Seré sincero contigo. De escribir no se vive. Mírame a mí. He publicado dos libros, escribo una columna en un par de periódicos gratuitos que nadie lee, he llegado a escribir un guion de una película que nunca se estrenó y te aseguro que no soy rico.

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