Silber 3 - El tercer libro de los sueños

Kerstin Gier

Fragmento

Silber3-1.html

Créditos

Título original: Silber. Das dritte Buch der Träume

Traducción: Irene Saslavsky

1.ª edición: mayo 2016

© S. Fischer Verlag GmbH, Frankfurt am Main 2015

© Ediciones B, S. A., 2016

para el sello B de Blok

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-437-4

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Silber3-2.html

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

1

2

Dimes y Diretes

3

4

5

6

Dimes y Diretes

7

8

9

10

11

12

Dimes y Diretes

13

14

15

Dimes y Diretes

16

17

18

Dimes y Diretes

19

20

21

Dimes y Diretes

22

23

24

25

Dimes y Diretes

Dimes y Diretes

Apéndice

Agradecimientos

Silber3-3.html

Dedicatoria

... solo estoy soñando...

Para todas las soñadoras y los soñadores de ahí fuera.

Silber3-4.html

Cita

Todo lo que vemos o parecemos es un sueño dentro de otro sueño.

EDGAR ALLAN POE

Silber3-5.html

—Hablemos de su demonio. ¿Ha oído su voz esta semana?

Él se echó hacia atrás, apoyó las manos en la barriga y la miró con aire expectante. Ella lo observó con esos extraordinarios ojos de color azul turquesa que lo fascinaron desde el primer instante, de hecho, como toda ella. No cabía duda de que Anabel Scott era la paciente más atractiva que había tratado en toda su carrera, pero no era eso lo que le resultaba tan fascinante: era el hecho de que incluso tras innumerables sesiones terapéuticas aún no había logrado descubrirle el juego. Ella siempre conseguía sorprenderlo y hacerle olvidar su reserva y discreción, algo que él detestaba. Y en cada ocasión la paciente lograba provocarle la sensación de que él era inferior, pese a que era un médico especialista y ella solo tenía dieciocho años y estaba sumamente perturbada.

Pero ese día todo estaba saliendo bastante bien; hoy, él estaba al mando.

—No es mi demonio —contestó ella y bajó la vista. Sus pestañas eran tan largas que proyectaban sombras sobre sus mejillas—. Y no, no he oído nada. Tampoco he notado nada.

—Pues entonces ya son... permítame echar cuentas... dieciséis semanas desde que usted oyó o vio o percibió al demonio, ¿correcto? —preguntó en tono arrogante, adrede porque sabía que eso la fastidiaba.

—Pues sí —dijo ella.

El tono de voz apocado lo complació y se permitió una pequeña sonrisa.

—Y en su opinión, ¿a qué puede deberse que sus alucinaciones hayan desaparecido?

—A lo mejor... —Anabel se mordió los labios.

—¿Sí? Alce la voz, por favor.

Ella suspiró y se apartó uno de sus brillantes rizos rubios de la frente.

—A lo mejor es gracias a la medicación —admitió.

—Me alegro de que lo reconozca.

Él se inclinó hacia delante para apuntar algo y escribió «a. K, ds. V., br. Ver.», abreviaciones que acababa de inventar, porque sabía que ella también las estaba leyendo y se preguntaba qué diablos significaban. Tuvo que esforzarse por reprimir una sonrisa triunfal: no cabía duda de que esa joven había despertado cierto sadismo en él, hacía tiempo que había dejado de conducirse de manera profesional. Pero le daba igual, Anabel no era una paciente como las otras; para él resultaba importante que por fin reconociera su capacidad. A fin de cuentas, era el doctor Otto Anderson y algún día se convertiría en el jefe del Departamento de Psiquiatría de la institución en la que, previsiblemente, Anabel pasaría el resto de su vida.

—La medicación es imprescindible para tratar una esquizofrenia polimorfa psicótica como la suya —prosiguió el psiquiatra al tiempo que volvía a inclinarse hacia atrás y disfrutaba contemplando la expresión de ella—. Sin embargo, hemos avanzado mucho desde el punto de vista terapéutico. Hemos revelado sus traumas infantiles y analizado los motivos de sus falsos recuerdos.

Eso era una exageración. El padre de la joven le había informado de que Anabel había pasado los tres primeros años de su vida en una secta bastante dudosa, pero la joven no lograba recordar nada y los intentos del médico de penetrar en su memoria mediante la hipnosis —un método que había aplicado sin autorización— no habían obtenido el menor resultado. En realidad, no habían avanzado nada y se encontraban en el mismo punto que al principio de la terapia. Ni siquiera estaba seguro de que las causas de la perturbación psicótica de Anabel realmente se encontraran en su infancia, no estaba seguro de nada con respecto a ella. Pero daba igual: lo principal era que ella lo viera como el médico experimentado capaz de mirar en su interior y al que le debía todo lo que había comprendido acerca de sí misma.

—Por fin está dispuesta a aceptar que su demonio solo ha existido en su fantasía.

—Deje de llamarlo así —dijo ella. Empujó la silla hacia atrás y se puso de pie.

—¡Anabel! —exclamó él en tono severo. Hasta ese momento todo había salido tan bien...—. La sesión aún no ha terminado.

—Ya lo creo que sí, doctorcito —replicó ella—. Mi alarma sonará enseguida. Tengo cita con una asesora de estudios y debo ser puntual. Puede que a usted le parezca ridículo, pero estoy considerando estudiar medicina y más adelante especializarme en psiquiatría.

—¡No diga tonterías, Anabel! —Una extraña sensación lo invadió. Algo iba mal. Con ella. Con él. Con esa habitación... ¿y por qué de pronto percibía el perfume que se ponía su madre? Nervioso, cogió el bolígrafo. Asesora de estudios: ¡qué estupidez! Se encontraban en el ala cerrada de la clínica y, sin su permiso, Anabel no podía ir a ninguna parte, ni siquiera al jardín—. Vuelva a tomar asiento inmediatamente. Ya conoce las reglas. Quien pone fin a las sesiones soy yo y nadie más.

Anabel esbozó una sonrisa compasiva.

—Pobrecito. ¿Todavía no se ha dado cuenta de que aquí sus reglas se limitan a ser... ¿cómo lo ha llamado usted?... ¿falsos recuerdos?

Él no podía respirar. Había algo, una idea, un recuerdo albergado en lo más profundo de sí mismo, una información que debía sacar a la superficie cuanto antes porque era importante. Vital. Pero no lo logró.

—No ponga esa cara. —Anabel ya estaba junto a la puerta y rio en voz baja—. Debo irme, de verdad, pero la semana que viene volveré a hacerle una visita. Se lo prometo. Hasta entonces limítese a soñar algo bonito.

Antes de que el psiquiatra pudiera replicar, ella había cerrado la puerta a sus espaldas y él oyó sus pasos alejándose por el pasillo. Ese mal bicho sabía muy bien que el médico no cometería el error de echar a correr tras ella, eso solo serviría para demostrar a todo el mundo que no controlaba a su paciente. Pero era la última vez que se burlaba de él, era la última vez que pondría fin a la sesión en contra de su voluntad. Si volvía a ocurrir, pediría ayuda a los enfermeros, quizás haría que la inmovilizaran: aún había unas cuantas cosas que no había probado.

Cuando cerró la carpeta de Anabel y la guardó en el cajón aún percibía el ligero aroma que le recordaba a su madre y durante un instante le pareció oír que lo llamaba por su nombre entre sollozos.

Pero entonces la sensación desapareció y todo volvió a ser como siempre.

Silber3-6.html

1

1

De postre había budín de sémola, pero en realidad no era eso lo que me había echado a perder el apetito. De ello ya se había encargado el asunto con Rasmus.

—¿No comes, Liv?

Grayson indicó mi budín, pálido y trémulo en su cuenco de cristal. Él ya había devorado su propia ración de la grumosa papilla acompañada de compota de piña.

—No —dije, acercándole el cuenco—. Cómetelo tú si quieres. Es otro aspecto de las tradiciones británicas cuyo atractivo se me escapa.

—Qué falta de refinamiento —dijo Grayson con la boca llena, y Henry rio.

Era un martes de principios de marzo y el sol penetraba por las altas y sucias ventanas de la cantina del colegio. Los rayos proyectaban delicadas franjas sobre las paredes y los rostros y lo bañaban todo de una luz cálida. Incluso me pareció percibir el aroma a primavera en el aire, pero tal vez solo se debiera al gran ramo de narcisos que estaba en la mesa donde Mrs. Lawrence, mi profesora de francés, acababa de tomar asiento. A juzgar por su aspecto, había dormido aún peor que yo.

Así que la primavera estaba en el aire, Grayson, Henry y yo habíamos conseguido nuestra mesa predilecta iluminada por el sol en el rincón más cerca de la salida, y hacía un momento había descubierto que al día siguiente caía el examen de historia; en una palabra, todo podría haber sido maravillosamente relajado de no ser porque el susodicho asunto con Rasmus me encogía el estómago.

—También existe el budín de sémola... delicioso —apuntó Henry, que haciendo alarde de prudencia había pasado del postre. Me lanzó una sonrisa y durante unos segundos olvidé nuestros problemas y le devolví el gesto. Quizá todo acabaría saliendo bien. Como solía decir Lottie, «no existen los problemas, solo los desafíos.»

Exacto. La vida sería muy aburrida sin desafíos, ¿no? Lo que me llevó a pensar que no era necesario añadir otro más al montón de desafíos a los que ya debía enfrentarme, pero por desgracia ya había hecho eso, precisamente.

Había ocurrido dos noches antes y todavía no tenía ni idea de cómo zafarme del asunto.

Henry y Grayson habían venido a casa a estudiar para una clase de matemáticas. Cuando ya se iban, Henry pasó por mi habitación para desearme buenas noches. Ya era tarde, todo estaba en silencio e incluso Grayson insistió en que debían marcharse.

Estaba muy sorprendida de ver a Henry, no solo porque era hora de irse a dormir, sino también porque aún no habíamos logrado redefinir nuestra relación y pasar oficialmente de estar «separados y desdichados» a «dichosos y reconciliados». Durante las últimas semanas habíamos vuelto a cogernos de la mano en silencio y nos habíamos besado un par de veces, y por tanto podíamos causar la impresión de que todo volvía a ser como antes o al menos estaba a punto de serlo..., pero resulta que no era así. Los acontecimientos de los últimos meses y las cosas que Grayson me contó sobre la vida amorosa de Henry antes de conocerme habían dejado huella, en forma de un pertinaz complejo de inferioridad debido a mi inexperiencia sexual (o como diría mi madre, mi «atraso»).

Si no me hubiese sentido tan dichosa por nuestro acercamiento, tal vez me habría tomado la molestia de analizar con más detenimiento esos sentimientos que palpitaban bajo la sensación de felicidad y enamoramiento, y si lo hubiese hecho a lo mejor ese asunto con Rasmus no habría ocurrido.

Pero al final acabé sorprendiéndome a mí misma.

Justo cuando Henry se asomó a la puerta me disponía a introducirme la férula en la boca. El dentista, alias Charles Spencer, había constatado que al parecer yo hacía rechinar los dientes mientras dormía (algo a lo que di crédito de inmediato) y la férula debía impedir que de noche se desgastara el esmalte dental. No había logrado establecer si resultaba eficaz, sobre todo porque parecía provocar una intensa salivación y por eso la denominaba mi «estúpido babero».

En cuanto vi a Henry me apresuré a deslizar el objeto debajo del colchón. Ya era bastante desastroso que la parte superior de mi pijama no hiciera juego con la inferior y que mi aspecto dejara bastante que desear, aunque Henry afirmó que la franela a cuadros le parecía muy sexy. Lo cual condujo a que lo besara, supuestamente como recompensa por el bonito cumplido; ese beso dio paso a otro que duró bastante más y, al final (entre tanto yo ya había perdido la noción del tiempo y del espacio), ambos acabamos tendidos en mi cama susurrando palabras que parecían surgidas de una canción cursi y que no obstante en ese momento no me parecían cursis en absoluto.

Así que nuestra relación tendía de manera inequívoca a «felizmente enamorados» en el mismo grado en que yo tendía a creer a Henry cuando afirmaba que la franela a cuadros le parecía muy sexy.

Pero entonces se detuvo, me apartó un mechón de pelo de la frente y dijo que no tuviera miedo.

—¿Miedo de qué? —pregunté, todavía aturdida tras todos esos besos.

Tardé unos segundos en caer en la cuenta de que eso acababa de ocurrir en la vida real y no, como solía pasar, en un sueño donde nadie podía molestarnos, y por eso todo me parecía bastante más intenso que de costumbre.

Henry se apoyó en un codo y dijo:

—Ya sabes. Miedo a que todo esté pasando demasiado rápido, a que de algún modo yo pueda exigirte demasiado o pedirte algo para lo cual todavía no estés preparada. Tenemos todo el tiempo del mundo para hacerlo por primera vez, de verdad.

Y entonces sucedió. Hoy, iluminada por la luz clara y primaveral, sentada en la cantina del colegio, ya no podía comprenderlo... o más bien podía comprenderlo, pero por desgracia eso no mejoraba las cosas. En todo caso, la culpa la tenían esas palabras de Henry, ese condenado «por primera vez».

Eran las palabras que habían despertado el complejo de inferioridad, acompañado de otro sentimiento: el del orgullo herido. Ambos me convencieron de que, debido a mi inexperiencia, Henry sentía lástima por mí; en todo caso, a veces su mirada parecía expresar lástima.

Como por ejemplo en ese momento.

—¡Oh! Crees que nunca me he... acostado con un chico, ¿verdad? —dije. Me incorporé y me envolví en la manta—. Claro, comprendo —añadí, riendo un poco—. Te tomaste muy en serio todas esas tonterías acerca de la virginidad durante vuestro juego con los demonios, ¿no?

—Eeh... sí —contestó Henry, y también se incorporó.

—Pues solo lo dije para que me dejarais participar.

El orgullo herido me hizo decir cosas que luego me sorprendieron tanto como a Henry, al tiempo que el gordo complejo de inferioridad aplaudía con entusiasmo.

La expresión confusa de Henry y el modo en que arqueó las cejas me gustaron muchísimo, ya no quedaba ni rastro de lástima.

—En realidad nunca hemos hablado del asunto con claridad —solté, y casi olvidé que estaba mintiendo de manera descarada. De hecho hablaba en un tono muy convincente—. Claro que no he tenido tantos amigos como tú amigas, pero bueno... estaba ese chico con el que estuve. En Pretoria.

Como Henry no decía nada y se limitaba a contemplarme con mirada expectante, continué.

—No es que fuera el gran amor de mi vida ni nada por el estilo, y solo estuvimos juntos tres meses, pero el sexo con él...

En ese punto el orgullo herido (¡ese cabrón!) se esfumó y ya no pude recurrir a él. Y entonces sentí un odio considerable por mí misma. ¿Por qué había hecho eso? En vez de aprovechar la oportunidad para mantener una conversación sincera solo se me ocurrió empeorarlo todo. Empecé por ruborizarme hasta las orejas porque me sentí incapaz de acabar la frase. «El sexo con él...» Solo entonces me di cuenta de que Henry me miraba fijamente a los ojos.

—... molaba bastante —acabé por murmurar.

—Molaba —repitió Henry—. ¿Y cómo se llamaba... el tío?

Sí, ¿cómo se llamaba, estúpido orgullo herido? ¡Eso es algo que uno debe decidir antes! Cuanto más titubeas ante una mentira, tanto peor mentiroso eres, todos los niños lo saben.

—Rasmus —me apresuré a responder.

Porque fue el primer nombre que se me ocurría cuando pensaba en África del Sur y porque pese a todo seguía siendo una mentirosa bastante eficaz.

Rasmus era el nombre del asmático perro chow-chow de nuestro vecino al que yo había hecho de canguro. Por cien rands la hora lo había llevado a pasear junto con un perrito llamado Sir Ladra mucho y Buttercup, nuestra propia perra.

—Rasmus —repitió Henry y yo asentí, aliviada.

Sonaba bastante bien, ¿no? Había nombres peores para un exnovio inventado, por ejemplo, Sir Ladra mucho.

Para mi gran sorpresa, en ese momento Henry cambió de tema, aunque ya me había preparado para un interrogatorio. Para ser más precisos, no cambió de tema en absoluto, sino que empezó a besarme otra vez, como si quisiera demostrarme que lo hacía mucho mejor que Rasmus, lo cual habría sido el caso si Rasmus hubiera existido de verdad: apostaría cualquier cosa a que ningún Rasmus de este mundo podría haber besado mejor que Henry.

Habían pasado dos días y desde entonces no habíamos vuelto a mencionar a mi exnovio inventado. Es verdad que mi complejo de inferioridad había gozado de ese mínimo momento triunfal, pero a la larga la mentira acerca de Rasmus no suponía una buena terapia. Y por eso debía luchar contra un calambre en el estómago ese martes por la mañana, incluso sin budín de sémola y aunque Henry me sonreía.

Entre tanto Grayson se había tragado mi porción y miraba en torno de la cantina con expresión hambrienta, como si aguardara que un hada bondadosa se acercara a nuestra mesa y le sirviera más cuencos llenos de budín.

Pero en vez del hada bondadosa la única que pasó junto a nuestra mesa fue Emily, que fulminó a Grayson con una mirada para la cual hubiese necesitado un permiso de armas. Casi atropella al pobre Mr. Vanhagen, que sin embargo logró esquivarla brincando hacia la mesa de los profesores mientras ella seguía avanzando hacia el mostrador donde ya la aguardaba Florence, la hermana de Grayson.

Hacía unas semanas que Emily era la exnovia de Grayson y solo lograba soportar el prefijo «ex» con dificultad. Yo admiraba a Grayson por la serenidad estoica con que se enfrentaba a Emily; también en ese momento se limitó a sonreír con ironía.

—Creía que hoy ya había recibido mi dosis de miradas desdeñosas durante la clase de inglés —dijo.

—Me parece que Emily ha aumentado la dosis. —Henry se inclinó hacia delante para poder echar otro vistazo a Emily y Florence—. Claro que no soy un leedor de labios profesional, pero estoy bastante seguro de que en este momento tu hermana le está contando lo que has soñado esta noche. Espera... conejitos, ¿verdad?

Porque siempre resultaba divertido provocar a Grayson y además eso me distraía de mis propios problemas, participé de inmediato.

—¿Acaso se trata del esponjoso sueño de los conejitos? ¿Qué le revelará a Emily sobre ti?

Grayson depositó la cuchara en el plato y nos ofreció una dulce sonrisa.

—¿Cuántas veces he de deciros que os equivocáis? Emily no sabe nada del pasillo de los sueños. Además, nunca se dedicaría a husmear en los sueños ajenos. Es demasiado sensata y realista para eso.

Creo que «carente de fantasía» la describiría con mayor precisión, pero no pude mencionarlo porque Grayson ya continuaba hablando.

—No entiendo por qué seguís con el tema, cuando hace semanas que no ocurre nada. El asunto se ha acabado, punto.

Como siempre cuando él decía eso —y lo decía bastante a menudo para convencerse a sí mismo— una parte de mí (la de buena fe y ansiosa de armonía) deseaba que tuviera razón. De hecho, era cierto: hacía semanas que en los pasillos de los sueños reinaba un silencio pacífico.

—Arthur ha aprendido la lección. Nos dejará en paz —declaró Grayson con convencimiento, y en el acto las voces de buena fe y ansiosas de armonía en mi cabeza se apresuraron a manifestar su acuerdo: «¡Exacto! ¡No siempre hay que ponerse en lo peor! Y las personas cambian. En el fondo todo el mundo es bueno, incluso Arthur.»

—Por supuesto, Grayson. —Henry frunció el ceño con aire burlón—. Y seguro que el bueno de Arthur hace tiempo que te ha perdonado por haberte colado en su sueño y haberle pegado una paliza.

Arthur estaba sentado a escasa distancia, detrás de la mesa de los profesores en la que Mr. Vanhagen conversaba animadamente con la directora Cook, mientras que la trasnochada Mrs. Lawrence parecía estar a punto de dejar caer la cabeza en la sopa. Arthur se reía de algo que Gabriel había dicho, mostrando su perfecta dentadura. Las heridas causadas por Grayson habían desaparecido, su rostro volvía a ser tan agraciado y angelical como siempre. Parecía muy relajado y seguro de sí mismo. Me arrepentí de inmediato de haber dirigido la vista hacia allí: su aspecto volvía a despertar mi ira y me indignaba el hecho de que los demás ignoraran por completo con quién estaban compartiendo la mesa.

—Puede que aún esté enfadado conmigo —admitió Grayson—, pero es lo bastante listo para saber cuándo debe tirar la toalla —añadió y apiló sus platos y sus cuencos—. Nadie se molestaría en pensar en ello si vosotros dejarais de atravesar puertas de los sueños que en realidad no deberían existir. —Era evidente que la expresión dubitativa de nuestros rostros lo enfadaba porque desvió la mirada. Pese a ello, lanzó el mentón hacia delante con aire tozudo y dijo—: Todo está perfectamente en orden.

Las voces de buena fe y ansiosas de armonía en mi cabeza enmudecieron de manera definitiva.

—Sí, todo está perfectamente en orden, desde luego —dije, lanzando una mirada furibunda a Grayson—. Excepto por un par de detalles, como el hecho de que Arthur ha jurado vengarse tras fracasar en su intento de asesinar a mi hermana. O que Anabel, sedienta de sangre, ha encerrado a su psiquiatra en un horrendo sueño eterno y ahora vuelve a corretear por ahí en libertad. O que tu exnovia, tan sumamente sensata y moralmente superior más allá de toda duda, se cuele en tus sueños por las noches. Pero lo dicho: solo son detalles. Todo está en perfecto en orden.

—Nada de eso es cierto. —Aunque en la lista yo solo había mencionado una pequeña parte de nuestros problemas, Grayson se aferró a la inocua expresión «exnovia»—. Incluso en el improbable caso de que de verdad haya sido Emily a quien visteis en el pasillo de sueños, fue algo que solo ocurrió una vez —dijo y golpeó una cuchara sucia contra la bandeja—. Dejando aparte el hecho de que estoy seguro de que no siente el menor interés por mis sueños, sería incapaz de superar mis nuevas medidas de seguridad. Y vosotros tampoco podríais —añadió en tono furibundo.

—Huy, ¿acaso el terrible Freddy nos hará deletrear «budín de tapioca» al revés? —quise decir, pero solo pude decir «Freddy», porque en ese preciso instante Mrs. Lawrence se puso de pie y se encaramó a la mesa de los profesores.

Y nosotros comprenderíamos que durante todo ese tiempo habíamos sido como personas que meriendan tranquilamente al borde de un volcán. Aunque saben que el volcán puede entrar en erupción en cualquier momento y también hablan de ello y comentan lo espantosamente peligroso que es, solo cuando la tierra tiembla bajo sus pies y surge un chorro de lava se dan cuenta de que la cosa va en serio. Y que el momento de ponerse a salvo ya ha quedado atrás.

Como derramó varios vasos, Mrs. Lawrence llamó la atención de todos los presentes. Un par de profesores se pusieron de pie porque el zumo o el agua goteaban de sus ropas, la directora Cook rescató el florero de narcisos y los alumnos que nos rodeaban empezaron a cuchichear.

Mrs. Lawrence tenía alrededor de cuarenta años y con su rostro delgado, cabellos oscuros y cuello largo y delicado siempre me recordaba a Sophie (el apellido se me escapa), la actriz francesa de larga coleta. Prefería llevar blusas claras, trajes Chanel y zapatos de tacón con los que lograba caminar a una velocidad pasmosa. Sus cabellos eran muy elegantes, pero los llevaba en un moño descuidado y podía parecer muy severa cuando alguien llegaba a clase sin los deberes hechos. En total, se correspondía bastante con todos los clichés que uno podía imaginar respecto de una profesora de francés y siempre nos pareció que la directora Cook no la había contratado como se hace con los profesores, sino que la había elegido directamente en un plató cinematográfico.

Sin embargo, esa imagen ya no encajaba en absoluto. Sin dejarse afectar por el alboroto que la rodeaba permanecía de pie en la mesa de los profesores entre platos sucios y vasos volcados y extendía los brazos en un gesto teatral.

En un primer momento creí que quizá se disponía a pronunciar un discurso tipo El club de los poetas muertos y a citar un poema de Whitman, lo cual ya hubiese resultado bastante extraño, también en vista de su asignatura, pero por desgracia me equivoqué.

—Seguramente todos vosotros ya estaréis al corriente, porque apareció en el blog de Secrecy, esa cobarde que se esconde tras el anonimato, de que Giles Vanhagen y yo tuvimos una aventura durante los dos últimos cursos —dijo con su voz clara que en general no se limitaba a hacer temblar a los chicos del primer ciclo.

Mr. Vanhagen, que en ese momento procuraba secar el contenido de los vasos derramados con una servilleta, se quedó de piedra y se puso pálido. En la sala reinaba el más absoluto silencio.

—Una aventura —repitió Mrs. Lawrence con expresión desdeñosa—. Detesto esa palabra, lo vuelve todo miserable, pequeño y despreciable pese a que a mí me parecía tan puro, tan maravilloso y tan dulce... Estaba tan enamorada, tan dichosa y tan segura de que estábamos hechos el uno para el otro...

Retrospectivamente, me pareció notable que en un recinto repleto de adolescentes en plena pubertad que no destacaban por su sensibilidad nadie soltara una risita o una carcajada ni blandiera el móvil para inmortalizar ese instante memorable, sino que solo viera rostros consternados y sorprendidos. Y nadie se movió. Estaba segura de que en la honorable institución de la Academia Frognal nadie había visto a un profesor subido a una mesa. Y en caso de que aquí alguien se volviera loco, solo lo demostraría tras puertas decentemente cerradas.

—Le creí cuando juró que dejaría a su esposa —prosiguió Mrs. Lawrence, señalando con un dedo tembloroso a Mr. Vanhagen, quien al parecer consideraba si sería mejor refugiarse bajo la mesa o echar a correr hacia la salida—. ¡Y eso que debería haber sabido que no era verdad! —dijo, se volvió y volcó otro vaso—. Nunca confiéis en los hombres, chicas, ¿oís? ¡Solo les interesa robaros el corazón para después pisotearlo! —gritó—. ¿Queréis que os muestre lo que ha hecho con mi corazón?

Era una pregunta retórica, sin duda, porque en realidad no esperaba una respuesta, aunque un «no» enérgico o un proyectil arrojado contra su cabeza tal vez hubiesen impedido la catástrofe que entonces se inició. Pero todos nosotros estábamos demasiado desconcertados para hacerlo.

Con gran lentitud Mrs. Lawrence se desprendió de su chaqueta Chanel, dejó que se deslizara de sus hombros y cayera en la ensalada de Mrs. Daniels. Después se desabrochó los botones de la blusa uno tras otro.

—Observad con atención —exclamó mientras lo hacía—. Os mostraré dónde me arrancó el corazón del pecho.

Sostuve el aliento, como todos los presentes. Dos botones más y sabríamos de qué color era el sujetador de Mrs. Lawrence.

La única que halló la fuerza para entrar en movimiento fue la directora Cook. Apoyó el florero en el suelo con mucho cuidado y extendió la mano.

—¡Christabel, querida mía! Baje de la mesa por favor.

Mrs. Lawrence dirigió una mirada irritada a la directora.

—Mi corazón —murmuró—, he de mostrároslo.

—¡Sí, lo sé! —dijo la directora Cook con voz trémula—. ¡Venga conmigo! ¡Vamos a mi despacho!

—¿Adónde...? —Lentamente, Mrs. Lawrence bajó la mano y la mirada. El tacón de su zapato izquierdo pisaba el plato de sopa de Mr. Vanhagen y cuando levantó el pie cayeron gotas de sopa de guisantes—. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué estoy haciendo encima...? ¿Por qué...?

Su rostro solo expresaba el más absoluto espanto y empezó a tambalearse un poco, como quien despierta de un sueño profundo y no sabe dónde está.

—No pasa nada, Christabel —le aseguró la directora Cook—. Baje de la mesa. Le ruego que le tienda una mano, Andrew.

—¿Por qué... quién...? —Mrs. Lawrence volvió la vista en torno con expresión aterrada y su desorientada mirada se deslizó por encima de nuestras caras.

«Como Mia, después del sonambulismo», pensé, y, junto con cierta acidez estomacal, la comprensión empezó a surgir. Mrs. Lawrence no se había vuelto loca sin motivo, esa actuación revelaba un método y había sido escenificada solo para nosotros. Alguien había utilizado a Mrs. Lawrence como una marioneta, solo para demostrarnos algo: que nos superaba por completo y que nos llevaba más de un paso de ventaja.

—Esto es un sueño, ¿verdad? —exclamó Mrs. Lawrence—. Tiene que ser un sueño.

—No, por desgracia —susurró una chica a mis espaldas, y no me cupo la menor duda de que todos los presentes sentían la misma pena que yo por la balbuceante y tambaleante mujer.

Todos, excepto uno.

Mientras Mr. Daniels y el todavía lívido Mr. Vanhagen ayudaban a Mrs. Lawrence a bajar de la mesa, y Mrs. Cook le rodeaba los hombros con el brazo y la conducía fuera de la cafetería, me volví lentamente y dirigí la mirada a Arthur. Al parecer, él solo estaba esperando que lo hiciera, porque a diferencia de lo que solía hacer me contempló con sus ojos claros y azules. Hasta que Henry y Grayson también lo miraron fijamente. Era indudable que ambos habían llegado a la misma conclusión que yo.

Arthur sonreía. Ni siquiera era una sonrisa triunfal, solo muy satisfecha y repugnante.

Mientras los alumnos que nos rodeaban despertaban de su conmoción y comenzaban a abandonar la sala, Arthur esbozó una pequeña reverencia dirigida a nosotros.

—Y eso solo ha sido el principio, señores —susurró un momento después, cuando pasó junto a nosotros entre la multitud—. A ver si podéis igualarlo.

Silber3-7.html

2

2

Henry fue el primero en recuperar el control.

—¡Pues vaya con el alma purificada de Arthur! —exclamó.

—Mierda —se limitó a decir Grayson y hundió la cara entre las manos.

De pronto toda la cantina zumbaba como un enjambre de abejas.

—¿Cómo ha hecho eso? —pregunté y el tono espantado de mi voz me amedrentó aún más que antes—. ¿Cómo ha logrado manipular a Mrs. Lawrence en el sueño para que se encarame a una mesa en pleno día y eche a perder su vida, así, sin más? —añadí, con la vista clavada en el caos que rodeaba la mesa de profesores.

Henry se encogió de hombros.

—Una suerte de hipnosis muy especial, supongo. Solo necesitó hacerse con un objeto personal y descubrir cuál era su puerta.

—Sí, suena supersencillo —comentó Grayson en tono irónico.

—Pero ¿por qué escogió a la pobre Mrs. Lawrence? ¿Qué...? —pregunté, pero enmudecí porque Sam, el hermano de Emily, pasaba junto a nuestra mesa camino de la salida. Desde aquel asunto con Mr. Snuggles solía decir «Debería darte vergüenza» en voz baja cada vez que pasaba a mi lado y últimamente también se lo decía a Grayson, pero hoy parecía estar demasiado consternado como para acordarse de hacerlo. Esperé a que se alejara y volví a preguntar—: ¿Por qué Mrs. Lawrence? ¿Qué le ha hecho a Arthur?

—Nada, que yo sepa. —Grayson estaba tan perplejo como yo—. Hace dos años que Arthur ya no va a las clases de francés.

—Sospecho que no se trataba de nada personal —dijo Henry. A diferencia de Grayson, no parecía abrumado, sino animado de un modo extraño—. Es probable que solo eligiera a Mrs. Lawrence por casualidad, para demostrarnos algo. —Echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Vamos Grayson, hemos de discutir con Mrs. Zabrinski sobre el futurismo cubista de la vanguardia rusa.

Grayson cogió su chaqueta con un profundo suspiro.

—Mierda, aún tengo los pelos de punta. Nunca creí que Arthur me daría tanto miedo, pero en este preciso instante tengo la sensación de que, en comparación con él, todos los demás malvados del mundo aún son párvulos.

—¿Por qué no miras el lado positivo? —dijo Henry y le dio una palmada en la espalda para animarlo—. Al menos ahora sabemos por qué estaba tan callado durante las últimas semanas: desarrollaba un método para convertirse en el amo del mundo.

Aunque era evidente que hablaba en broma, ni Grayson ni yo logramos reír.

—Si Arthur es capaz de manipular personas dormidas hasta tal punto que en la vida real hacen lo que él quiere, entonces ese asunto de convertirse en el amo del mundo no parece tan disparatado —murmuré—. Y ni siquiera podemos advertir a la gente: estaríamos encerrados en un manicomio antes de poder pronunciar las palabras «puerta de los sueños».

—Vaya —dijo Henry con una sonrisa torcida—. Es una lástima que seamos los únicos capaces de detenerlo.

—Y, además, que no tengamos ni idea de cómo —añadí.

—Sin embargo... tenemos que hacer algo. —Durante un par de segundos Grayson pareció muy decidido—. Venid esta noche a casa, después del entrenamiento. Hemos de trazar un plan. —Pero al parecer algo se le ocurrió mientras se ponía la chaqueta y la determinación se borró de su cara y dio paso a la más absoluta desesperación—. ¡Ese mal bicho! Ha escogido un momento de mierda. ¿Cómo conseguiremos salvar al mundo y al mismo tiempo aprobar los exámenes finales?

Henry soltó una breve carcajada.

—En todo caso, Arthur tiene el mismo problema; no creo que esté dispuesto a perder su título escolar en aras del dominio mundial.

Confié en que tuviera razón, aun cuando los títulos académicos no eran imprescindibles para convertirse en el amo del mundo.

Durante las dos clases después de la pausa del almuerzo el único tema fue la crisis nerviosa que había sufrido Mrs. Lawrence y su conato de striptease. Al parecer, la directora Cook la trasladó de inmediato a una clínica y era de suponer que no volveríamos a verla en bastante tiempo. La clase de Mr. Vanhagen también se anuló. Tal vez él también había sufrido una crisis nerviosa, tal como sospechab

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos