La guerra del fin de los tiempos

Graeme Wood

Fragmento

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Abu Huraira proclamó: El Mensajero de Dios, con él sea la paz y la bienaventuranza, dijo: «El islam empezó como algo extraño y volverá a ser extraño, como lo fue en el principio. Así que benditos sean los extraños».

Sahih Muslim 1/130

 

Se criaron en casas como la suya. Los criaron padres como él. Y muchas eran niñas, niñas cuya identidad política era total, no eran menos agresivas, ni menos militantes, ni sentían menos atracción por la «acción armada» que los muchachos. Hay algo aterradoramente puro en su violencia y su sed de transformación. Renuncian a sus raíces para tomar como modelos a aquellos revolucionarios que demuestran sus convicciones de manera más despiadada. Fabrican como máquinas imparables la aversión que impulsa su idealismo de hierro. Su rabia es combustible. Están dispuestas a hacer cualquier cosa imaginable para cambiar la historia [...].

Esa era su hija, y era incognoscible. Esta asesina es mía.

 

PHILIP ROTH, Pastoral americana

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UN COMENTARIO SOBRE LA TERMINOLOGÍA

 

 

 

 

A pesar de que en ocasiones se la trate como tal, la guerra contra el Estado Islámico no es fundamentalmente una batalla por las palabras. Con el objetivo de desacreditarlo e irritarlo, a menudo sus enemigos insisten en referirse a él como «ISIS», «el autodenominado Estado Islámico», «Daesh» o el «Estado anti-Islámico». Todos estos apelativos aún tienen que demostrar que son capaces de surtir algún efecto palpable. «Nos encanta que os dediquéis a debatir sobre si hay que llamarnos “Daesh”, “ISIL” o “ISIS” —me dijo una vez un simpatizante del Estado Islámico—. Mientras estéis entretenidos hablando de eso y no de teología, política u operaciones militares, sabemos que no nos estáis tomando en serio.»

En este libro yo me referiré al «Estado Islámico». A algunos lectores no les gustará mi decisión de emplear el nombre que ellos se dan a sí mismos. Hasta la fecha no hay escritor que haya descubierto un término neutro para etiquetar al Estado Islámico ni sus creencias, y mi elección no supone un respaldo por mi parte. Al hablar de él como «Estado Islámico» no lo estoy apoyando, en la misma medida en que tampoco estaré insinuando que Hizbulah cuenta con el favor divino cuando use su nombre, que significa «el partido de Dios».

El Estado Islámico tiene muchos nombres, y todos ellos describen la misma entidad:

 

• Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIL, por sus siglas en inglés)

• Estado Islámico de Irak y Sham (ISIS, por sus siglas en inglés)

• Daesh o Daʿesh

• Estado Islámico

 

«Sham» es el nombre árabe del Levante, la zona geográfica que abarca aproximadamente los actuales Siria y Líbano y posiblemente Cisjordania y Jordania[1]. Los acrónimos «ISIL» e «ISIS» difieren tan solo en el hecho de que «ISIL» emplea el término inglés para el Levante e «ISIS», el término árabe para el Levante y los ingleses para el resto.

El equivalente en árabe de «Estado Islámico de Irak y Sham» es al Dawlah al Islamiyya fi-l ʿIraq wa-l Sham. Entre los hablantes de árabe, los contrarios al grupo prefieren emplear el término «Daesh», que fonéticamente se parece a otras dos palabras que significan algo como «pisotear» y «basto», «rudo»[2]. La «a» de «Daʿesh» corresponde a la palabra árabe para «islámico» y la «d», a «Estado» (dawlah). El símbolo «ʿ» es la letra árabe ʿayn (ع), que representa un sonido muy particular. (Mi primer profesor de árabe me hacía practicarlo cantando «Angie», de los Rolling Stones. La cuarta vez que Mick Jagger cita el nombre de Angie pronuncia un ʿayn perfecto).

El hecho de llamar «Daʿesh» a dicha entidad no supone en ningún modo negarle su vindicación de ser un Estado islámico. Sin embargo, el término sí resulta irritante para los militantes del Estado Islámico. La etiqueta que ellos prefieren es «Estado Islámico», y han llegado a azotar a gente y amenazarles con cortarles la lengua por decir «Daʿesh». Para el Estado Islámico también resultan aceptables los términos al Dawlah («el Estado») y al Khilafah («el Califato», comandado por un khalifah, un «califa»). Afirman que la entidad conocida como «ISIS» o «ISIL» se disolvió al declararse un califato en junio de 2014 y que a partir de entonces se convirtió en el Estado Islámico.

El Estado Islámico cuenta con su propio arsenal de insultos y elogios. Como grupo sunní radical, reserva en exclusiva el calificativo de «musulmán» a un pequeño grupo de sunníes similares y tiene una visión muy negativa de la teología chií. A otros grupos que se consideran a sí mismos musulmanes, el Estado Islámico no los ve en absoluto como tales; han negado el islam de obra o de creencia y deben arrepentirse o morir.

En primer lugar, los chiíes. El Estado Islámico los considera ex musulmanes, es decir, apóstatas, gente que ha dejado atrás su fe. La ruptura entre sunníes y chiíes tuvo su origen en la cuestión de quién debía suceder a Mahoma como líder de los musulmanes tras su muerte en el año 632. Los chiíes querían seguir a miembros de la familia de Mahoma y los sunníes, elegir a sus líderes entre la comunidad entera de musulmanes, sin dar preferencia a la línea del Profeta. El Estado Islámico afirma que, hasta el día de hoy, los chiíes han «rechazado» el liderazgo legítimo, y los llama rawafidh o rafidha («renegados»). La propaganda del Estado Islámico es clara acerca de estas cuestiones:

 

Los sabios también los llamaron así [a los chiíes] porque los Rāfidah renegaron del imāmah [«liderazgo»] de [los primeros califas sunníes] Abū Bakr, ʿUmar y ʿUthmān, porque renegaron de los Sahābah [compañeros del Profeta], porque renegaron de la Sunnah [el ejemplo del Profeta] y porque, en esencia, renegaron del Qur’ān y de la religión del islam[3].

 

Al renegar del Corán, los chiíes abandonaron el islam y, en consecuencia, todo chií es un murtadd («apóstata») y merece ser asesinado.

La mayoría de aquellos a los que el Estado Islámico considera apóstatas se ven a sí mismos como musulmanes. Afirmar o insinuar que el profeta Mahoma y el Santo Corán son imperfectos, o que sus mandatos son optativos o deben ser revisados o reinterpretados, son actos de apostasía en potencia que muy probablemente conllevarían la pena de muerte en el Estado Islámico. Dado que el Estado Islámico considera que muchos actos y creencias constituyen apostasía, cuando sus seguidores emplean el término «musulmán» lo hacen en un sentido muy restringido y al que la gran mayoría de quienes se identifican como musulmanes pondrían fuertes objeciones.

Cualquier líder político supuestamente musulmán que gobierne en contra de la voluntad de Dios (por ejemplo, celebrando elecciones, legalizando el consumo de cerdo o de alcohol, o negándose a lapidar a quienes cometen adulterio) es un apóstata. Este criterio tan riguroso arroja resultados contradictorios, puesto que el Estado Islámico considera apóstatas hasta a los islamistas más reconocidos (entre ellos a los líderes de Hamas y los Hermanos Musulmanes, y al presidente turco Recep Tayyip Erdoğan). Al sustituir la ley de Dios por la suya propia, estos gobernantes cometen el pecado de shirk (elevar al estatus de Dios a otro que no sea él, literalmente asignarle un «compañero» a Dios) y son, por tanto, mushrikin («politeístas»; en singular mushrik).

El Estado Islámico llama a los hombres fuertes de los países árabes tawaghit («tiranos»; en singular taghut). Los imanes que sirven a los tiranos son apóstatas si hacen gala de su error y munafiqun («hipócritas»; en singular munafiq) si predican la verdad sin practicarla. Y también se les expulsa del islam. El Estado Islámico llama a los gobernantes saudíes y a sus seguidores al Salul, denominación que alude a ʿAbdullah Ibn Ubayy (muerto en 631), conocido como Ibn Salul, un líder de Medina que juró lealtad a Mahoma y luego lo traicionó. Él es el munafiq original. El desprecio hacia los saudíes deriva de la creencia de que, si bien predican la doctrina correcta, no la practican.

Gran parte de los intelectuales religiosos musulmanes de la historia han sido sufíes (místicos que buscan la unidad con Dios a través de la meditación, la poesía, la danza y el vino) o seguidores de escuelas teológicas (principalmente la maturidí o la ashʿariyyah) a las que el Estado Islámico y sus predecesores se han opuesto. El Estado Islámico insiste en hacer una lectura literal del Corán, permitiendo un mínimo margen de interpretación figurativa o alegórica. (Cuando el Corán habla de «la mano de Dios» (yadu llahi), la mayoría de los musulmanes interpretan que la palabra «mano» (yadu) significa «poder» y el Estado Islámico, que significa «mano»)[4]. Denigran a los sufíes por adorar las tumbas y los santuarios de los santos. El Estado Islámico dicta que estas prácticas son shirk, idolatría, y que como tales niegan el islam.

Este libro contiene el menor número de palabras y expresiones en árabe que me ha sido posible, pero es imposible hablar del Estado Islámico sin recurrir ocasionalmente a los términos árabes presentados anteriormente. Muchos seguidores no árabes del Estado Islámico salpican sus frases con palabras árabes, aun en los casos en que estas —Allah («Dios») y dawlah («Estado»), por ejemplo— tienen equivalentes exactos en sus lenguas nativas. Con el fin de facilitarles la lectura a los lectores que no entienden árabe, y para mantener la cadencia original de las citas, he mantenido las palabras árabes y ofrezco una traducción entre paréntesis o corchetes.

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PRÓLOGO

 

 

 

 

En noviembre de 2004 empecé a trabajar para una empresa de mensajería en Irak y me trasladé a vivir a una extensión de tierra pedregosa cerca del aeropuerto de Mosul. Dos pequeñas edificaciones temporales hacían las veces de oficinas y barracones privados. Los compartía con dos gurkas nepalíes con morriña y con un soldado inglés retirado. Nuestros aviones llegaban de Baréin y los cuatro trabajábamos con un equipo de cinco iraquíes para descargar y distribuir el cargamento. Los soldados estadounidenses recibían paquetes con provisiones de su familia y equipamiento llegado de otras bases lejanas. Los iraquíes llegaban hasta allí para recoger motores diésel, máquinas de rayos X para el hospital local y paquetes de cigarrillos jordanos libres de impuestos que luego revendían. Por la noche, los gurkas se dejaban fortunas llamando a Nepal con un teléfono vía satélite, y el inglés veía películas, bebía whisky y se limpiaba las botas y el arma reglamentaria.

La ocupación de Irak, que por entonces ya llevaba un año, no había alcanzado aún su momento más peligroso, y los ataques de los insurgentes eran todavía golpes de aficionados y no las obras maestras conducentes a escenas dantescas en que se convertirían a lo largo de los tres años siguientes. El ejército estadounidense podía asegurar el aeropuerto, pero no la ciudad que lo rodeaba. Los insurgentes lanzaban regularmente proyectiles de mortero y cohetes, y el «¡clanc!» que se oía a lo lejos servía como un aviso que daba cinco segundos de margen para sumergirse en el pequeño búnker de hormigón contiguo a mi despacho y esperar la explosión. Los ataques de mortero podían durar unos segundos o una hora, y a veces se oía después el zumbido de los helicópteros que iban en busca de los autores de los ataques para, con una ráfaga de ametralladora, matarlos. Cuando se produjo el tercero de estos ataques, yo ya había empezado a equipar el búnker con un libro y una linterna, de modo que nunca me pillarían, vivo o muerto, sin algo que leer.

Durante aquellas largas y frías noches, apiñado con los gurkas, echado en un catre resguardado bajo una capa de quince centímetros de hormigón, me pregunté por el hombre que estaba intentando matarnos. Es probable que tuviera mi edad, unos veinticinco años o menos. ¿Sería iraquí o un aventurero extranjero como yo? Si se trataba de esto último, ¿cómo había llegado hasta allí y por qué? Yo apenas entendía para qué había ido yo mismo a Mosul —tenía trabajos mejores más cerca de casa—, así que ¿cómo iba a comprender las motivaciones de un hombre a quien no había visto nunca? ¿Acaso tendría también mejores opciones? ¿Llevaría también encima un libro de bolsillo para leerlo mientras esperaba el momento oportuno para introducir un mortero en el tubo?

 

 

Este libro surgió a raíz de la curiosidad que sentía por él.

El 21 de diciembre de 2004, un terrorista suicida se infiltró en una de las dos cafeterías que había en el aeropuerto e hizo volar por los aires a veintidós personas iraquíes y estadounidenses. En ese momento yo estaba almorzando en la otra cafetería. Me salvé porque el estómago me rugió delante de una de las destartaladas tiendas de campaña y no de la otra. El descubrimiento de los detalles del ataque —el terrorista iba cargado de tuercas y tornillos para multiplicar la metralla— supuso todo un reto para mi capacidad de empatía. Podía imaginarme a mí mismo en un estado de ira, incluso violento, pero al tratar de imaginar la sensación física del asesinato —el pesado chaleco, con un cargamento de metal tan grande como toda una ferretería— alcancé un límite y me resigné a mantenerme en la perplejidad.

A lo largo de la década siguiente los insurgentes cambiaron, y yo también. Volví a Irak como periodista. Los gurkas se fueron a Baréin y el inglés es ahora el guardaespaldas de un embajador en Londres. Los últimos soldados estadounidenses salieron de Mosul a finales de 2011. Mis amigos iraquíes afirman que los soldados de su país que los sustituyeron robaron y revendieron una gran parte del equipo que habían dejado los estadounidenses.

Una vez que estos se hubieron ido, los insurgentes salieron de entre las sombras. Pocos años después del atentado de la cafetería, los miembros del grupo responsable juraron lealtad al Estado Islámico de Irak (ISI), el predecesor del Estado Islámico de Irak y Sham (ISIS). Cuando visité Mosul por última vez, en agosto de 2012, la ciudad estaba nominalmente bajo el control del Gobierno iraquí, pero la gente ya vivía con miedo al ISI, al que aún se referían como «Al Qaeda» (nombre que el propio grupo no había usado desde 2006). El ISI/Al Qaeda se dedicaba a extorsionar a los comerciantes, a asesinar y secuestrar. Cuando íbamos en coche por la ciudad, mi amigo Yasir me pedía que me agachara y me quitara las gafas de sol de estilo militar porque las calles habían vuelto a ponerse tan peligrosas que, si alguien me confundía con un soldado o con un mercenario estadounidense, podría terminar secuestrado por Al Qaeda o podían matarme de un tiro en cualquier atasco.

El 10 de junio de 2014, Al Qaeda —ahora ISIS—tomó Mosul con una fuerza de unos quinientos o mil hombres. El ejército iraquí apenas resistió. La población de Mosul, en su mayor parte árabes sunníes, desdeñosos con el Gobierno de Bagdad de mayoría chií, recibieron a los soldados sunníes del ISIS con inquietud y, después, con aterrada aquiescencia. El ISIS impuso la ley de la sharia y gobernó Mosul sin resistencia hasta que el ejército iraquí comenzó su asalto para reconquistar la ciudad en octubre de 2016. Ahora estaba al mando aquel hombre al que intenté imaginarme por primera vez en 2004.

 

 

Observar la conquista de Mosul por el ISIS era como observar algo conocido y nuevo a la vez. Desde que la ciudad cayó en manos estadounidenses, había transcurrido todo un decenio de guerra continua, y la aparición de otra hilera de camiones repletos de pistoleros apenas parecía nada revolucionario. Tampoco resultaban desconocidos, en la cúpula dirigente del ISIS, algunos elementos del anterior régimen de Sadam Husein. En Irak pocas revueltas insurgentes, seglares o religiosas, se han iniciado sin la influencia de los baazistas, y algunos de ellos han oscilado con sorprendente facilidad hacia el conservadurismo religioso. En tiempos lucían un bigote como el de Sadam, pero después se dejaron crecer la barba y empezaron a imponer las normas islámicas que marcan los códigos en lo tocante a las leyes, la vestimenta y el comportamiento. Abu Muslim al Turkmani, antiguo oficial del ejército, se convirtió en el jefe de operaciones del grupo en Irak, e Izzat Ibrahim al Duri, el baazista pelirrojo líder del mayor contingente de sadamistas fugitivos, elogió al grupo y se alió con él. Para algunos observadores externos, la huella de los baazistas era la constatación de que no había cambiado nada y de que el enemigo no era nuevo.

Pero los atentos analistas del fenómeno de la yihad que observaban de cerca al ISIS, infiltrados en los foros online de adeptos y propagandistas, detectaron algo preocupante. Los yihadistas no consideraron que la toma de Mosul fuera simplemente una victoria local, y menos aún una victoria cuyos principales beneficiaros fueran los secuaces de Sadam. Por el contrario, primero como un murmullo y luego como un clamor, empezaron a insistir en que el ascenso del ISIS era un acontecimiento de importancia histórica mundial. De hecho, llamarlo «de importancia histórica mundial» sería incluso minusvalorarlo, porque era el cosmos entero el que estaba en juego. Lo que sugerían era que el ISIS constituye una profecía autocumplida que resucita leyes y formas de gobierno que llevaban más de mil años dormidas, y que seguirá derrotando a los enemigos del islam hasta que el propio Jesús vuelva como un guerrero musulmán para acabar con el Anticristo.

Tanto esta forma de desenterrar un pasado distante e inventado como las proyecciones de cara al futuro estaban calculadas para explotar una narrativa que suena familiar. Entre los musulmanes, y entre los que no lo son, la palabra «califato» (el territorio gobernado por un sucesor del Profeta y cuyo establecimiento el ISIS ha confirmado que es su objetivo) evoca la memoria colectiva de un pasado islámico imaginario: las cortes de Bagdad, las mil y una noches, avances científicos y filosóficos como la invención del álgebra y las primeras teorías de la óptica, etc. Infinidad de niños se han ido a la cama entre visiones de palacios y alfombras voladoras, y muchos niños musulmanes han pedido que les dejaran la luz encendida al acostarse después de que les hayan contado historias de combates entre los ejércitos musulmanes y el Anticristo, y sobre las tribulaciones del fin del mundo. Este es el relato que invoca el ISIS. Para todos los que se unen a él, es una promesa de gloria y de virtud, y del honor que supondrá participar nada menos que en el gran final del propio universo.

Cada generación de cristianos y musulmanes ofrece su propia cosecha de locos que se dedican a aullarle a la luna y que siempre dejan espantados a todos los racionalistas de su época. La generación anterior señaló con preocupación la retórica del apocalipsis de la revolución iraní, y más de la mitad de los evangélicos estadounidenses creen, o afirman creer, en la inminencia del día del Juicio Final[5]. Por fortuna, la mayor parte de los movimientos apocalípticos se acaban apagando, van suavizando el tono o resultan ser un fraude. Muchos de los revolucionarios iraníes que confiaban en que el ayatolá Jomeini se revelaría como el Mahdi —figura mesiánica que la mayoría de los chiíes creen que lleva oculta desde el año 941— niegan ahora no solo que lo fuera, sino incluso haberlo creído alguna vez. Los mullahs que ejercen el poder tienen al menos tanto interés en los acuerdos comerciales como en las armas nucleares. Por lo que respecta a los evangélicos estadounidenses, aseguran estar convencidos de que viven en el fin de los tiempos, pero eso no obsta para que tengan contratados planes de jubilación. Podemos estar más o menos igual de seguros de que cuando un yihadista te dice que quiere matarte, y acabar con la vida de otros tantos millones de personas, para traer el fin del mundo, lo está diciendo solo para impresionar.

Lo que me preocupaba de los nuevos señores de Mosul era la evidencia creciente de que tanto ellos como un grupo cada vez mayor de adeptos dispersos por rincones distantes del planeta estaban hablando en serio. En lugar de aludir a su muerte inminente al tiempo que hacían planes para disfrutar de una larga vida, hablaban de una muerte inminente y la buscaban con avidez. A mediados del verano de 2014, los combatientes del ISIS llevaban ya bastante tiempo tuiteando y publicando en Instagram imágenes abominables: cestas llenas de cabezas, pilas de cadáveres, vídeos de ejecuciones en bucle infinito. En lo tocante a sus inmolaciones, se intensificó la conversación sobre sus anhelos de sufrir el martirio en el campo de batalla y los reclutas se apresuraron a emigrar a la peor zona de guerra del planeta. A esas alturas, el ISIS había hecho del nordeste de Siria su baluarte. Según fuentes del ejército estadounidense, hasta aquella fecha habían viajado hasta allí unas veinte mil personas como combatientes, y otras veinte mil habían desafiado a los Gobiernos de sus naciones y esquivado a la policía y las patrullas fronterizas para hacerlo.

 

 

Muchos de los que inmigraron —o, en términos del Estado Islámico, «hicieron la hijrah»— murieron pronto en combate. El objetivo era morir. Pero muchos otros sobrevivieron y alentaron a sus amigos a unirse a ellos. Algunos de ellos expresaron su arrepentimiento y lanzaron advertencias contra la extrema dureza del empeño, poniendo con ello sus vidas en peligro, pues el Estado Islámico dicta pena de muerte para los desertores. Pero no había campaña propagandística que pudiera ocultar el incómodo hecho de que, para los inmigrantes que llegaban al Estado Islámico, esas matanzas eran una fuente de profunda realización.

Las cartas que enviaban a sus hogares combinaban cierta dignidad con una completa enajenación moral. En mayo de 2015, doce miembros de la familia Mannan de Luton (Inglaterra) viajaron a Raqqah, en Siria, la capital de facto del Estado Islámico. Tenían entre uno y setenta y cinco años de edad, y enviaron una carta abierta que impugnaba cualquier posible sospecha acerca de que les hubieran engañado para hacer ese viaje. «Que no os asombre saber que ninguno de nosotros fue obligado contra su voluntad —escribieron—. Es indignante pensar que una familia entera pueda ser secuestrada y obligada a emigrar de este modo.» Habían hecho el viaje «por orden del Khalifah [«califa»] de los musulmanes» y encontraron justo lo que buscaban, «una tierra que ha establecido la sharia, en la que los musulmanes no se sienten oprimidos [...], en la que un padre no siente la preocupación de que sus hijos acaben siendo víctimas de la inmoralidad de la sociedad [...], en la que los enfermos y los ancianos no tienen que esperar mientras agonizan»[6].

En junio de 2015, un médico australiano, Tareq Kamleh, apareció en un vídeo del Estado Islámico elogiando el sistema sanitario de Raqqah. El Estado Islámico, como cualquier otro Gobierno, tenía que administrar el territorio y la población, y estaba atareado construyendo sistemas de administración pública en materia de recaudación de impuestos, sanidad, educación y otras funciones oficiales. Los medios australianos investigaron el pasado de Kamleh y descubrieron que se había convertido en un momento tardío de su vida. Era, decían, un playboy que coleccionaba fotos de las «macizas» con las que salía[7]. La Agencia de Regulación de la Actividad de los Profesionales Sanitarios australiana le escribió comunicándole que su servicio al Estado Islámico constituía una infracción ética que causaba la anulación de su licencia médica. Él contestó:

 

Venir aquí fue una decisión bien informada y calculada, nadie me ha lavado el cerebro. Desde que estoy aquí he visto que esto no es en ningún caso como lo describen los efectistas políticos australianos, según los cuales «asesinan y violan a todo el que se ponga en su camino» [...] [un] «culto a la muerte». Las únicas muertes con las que he tenido que lidiar desde que estoy aquí han sido, bien por patologías, bien por ataques de drones aliados. Como médico al frente del contingente pediátrico, mi momento preferido fue cuando tuve que explicarle a la madre de una niña de seis años que el hecho de que su hija tuviera el cerebro desparramado por toda la cara significaba que estaba muerta. [...] ¡Buen trabajo, «Equipo Australia»! Por lo que he podido ver, hay más sangre en vuestras manos que en los cuchillos del ISIS...

¿No es acaso mi deber humanitario ayudar también a estos niños [...] o solo a los niños con piel blanca y pasaportes azules? Niego formalmente que haya tomado parte alguna vez en conductas poco profesionales que hayan puesto en peligro la relación con mis pacientes.

No tengo la intención de volver nunca a Australia, por fin he llegado a casa[8].

 

El alcance del atractivo del Estado Islámico era tan impactante como su profundidad. Tres generaciones de musulmanes conservadores de las afueras de Londres, un soltero de oro del sur de Australia y decenas de miles de personas más habían recibido su inspiración de las mismas fuentes. Además del califato físico, con su territorio y su guerra y con una economía que gestionar, existía un califato imaginario al que toda esta gente había emigrado mucho antes de atravesar la frontera turca. Creían que el Estado que les aguardaba purificaría sus vidas mediante la prohibición del vicio y la promoción de la virtud. Su líder, Abu Bakr al Baghdadi, uniría a los musulmanes del mundo, restablecería su honor y les permitiría residir en la única sociedad verdaderamente justa. Sus ciudadanos musulmanes disfrutarían de una igualdad perfecta, libres de las iniquidades que hasta entonces habían sufrido en sus tierras natales debido a las de

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