Enigmas de la historia argentina

Diego Valenzuela

Fragmento

Capítulo 1. El contrabando

Enigma
¿Fue una actividad ilegal?

En 1750, el padre de Manuel Belgrano, que había nacido en Italia, se mudó a Cádiz, de intensa actividad comercial con América, y se naturalizó español. A los pocos años se radicaba en Buenos Aires, donde llegó a ser uno de los cinco comerciantes más ricos de la ciudad. En su autobiografía, su hijo célebre lo describe así: “La ocupación de mi padre fue la de comerciante, y como le tocó el tiempo del monopolio, adquirió riquezas para vivir cómodamente y dar a sus hijos la educación mejor de aquella época”.

Para ilustrar lo que el contrabando significó en la Colonia, nada mejor que la historia del padre de Manuel Belgrano, uno de los próceres indiscutibles de la historia argentina. A Domingo Belgrano Pérez “le tocó el tiempo del monopolio”, que su hijo combatiría más adelante. La educación del prócer se debió entonces a ese tiempo de comercio monopólico y, en parte, al contrabando.

Don Domingo hacía negocios con Europa, Brasil y también en el interior del Virreinato. Se dedicaba al comercio de plata, cueros de vaca, lana de vicuña, azúcar, yerba mate, ponchos, tabaco, vinos y esclavos. Desde la creación del Virreinato del Río de la Plata, en 1776, la actividad comercial a lo largo de la ruta que unía Buenos Aires con Potosí creció porque casi todos los productos que se consumían en el norte ingresaban por el puerto de la nueva capital. Así, los comerciantes monopolistas de Buenos Aires tuvieron asegurada la prosperidad económica.

Uno de ellos fue Domingo Belgrano Pérez, cuya trayectoria narró el historiador Jorge Gelman en un artículo titulado “De mercachifle a gran comerciante. Los caminos del ascenso en el Río de la Plata colonial”, donde analiza los vínculos entre las formas de hacer fortuna y el poder político durante la última etapa de la Colonia.

Esquivar el monopolio

A mitad del siglo XVII Buenos Aires era un pueblito de cuatro mil habitantes situado en un terreno elevado a orillas del Río de la Plata. Tenía un pequeño Fuerte que dominaba el río con un foso y diez cañones de hierro. Allí residía el gobernador con una guarnición de sólo ciento cincuenta hombres. La aldea contaba con unas cuatrocientas casas construidas de barro y techadas con caña y paja. Sencillas, tenían grandes patios y huertas con árboles frutales. Las familias eran atendidas por muchos sirvientes: negros, mulatos, mestizos, indios, todos esclavos. La única fuente de riqueza de estas tierras sin metales era el suelo y su emplazamiento como puerto. En la historia de lo que hoy es la Argentina hay una marca de origen: la riqueza comenzó a surgir no sólo de la mano de la tierra, sino especialmente del contrabando. Lo ilegal fue fuente de prosperidad en Buenos Aires, que era nexo entre la rica Potosí y Europa.

El monopolio apuntaba a garantizar que los metales preciosos circularan hacia España. El oro y la plata se concentraban en México y Lima, las únicas plazas autorizadas a ejercer el intercambio con España. En el período anterior a la creación del Virreinato, Buenos Aires debía competir con Lima –vía oficial del comercio monopólico– por medio del contrabando porque sobre ella pesaba una rígida prohibición de comerciar.

Para evitar que la ciudad se despoblara, y para prevenir el avance de enemigos, la Corona decide permitir ciertas facilidades de comercio a los habitantes, y hasta tolera algunas violaciones a las normas. Esto derivó en un contrabando que se fue convirtiendo en la actividad más productiva de la ciudad.

El contrabando se materializaba a través de las “arribadas” de navíos. Muchos barcos se detenían en Buenos Aires denunciando que estaban averiados, pero lo cierto es que traían productos cuyo comercio estaba prohibido. Legalmente las autoridades decomisaban el cargamento, que terminaba “bajo custodia” en casas de vecinos de la ciudad. La mercadería se subastaba y era comprada por comerciantes cercanos al capitán del navío. Todo estaba arreglado. Se decomisaban productos y esclavos, que luego eran rematados en la Plaza del Cabildo al mejor postor. Finalmente, se legalizaba su ingreso.

Todo tipo de mercaderías llegaba así a las casas de aquella aldea que era Buenos Aires. No sólo arribaron productos de primera necesidad, sino también otros artículos accesorios, de manera que las costumbres se fueron refinando gracias al contrabando. Los negros de África eran la mercancía más comerciada y conformaban un negocio muy rentable.

Este comercio ilegal de esclavos abastecía a Buenos Aires pero también al interior, y al Alto Perú, ya que en Potosí los negros eran muy codiciados para el trabajo en las minas. El costo de un esclavo entrado por Buenos Aires era sumamente conveniente, pues valía alrededor de un tercio de lo que podía salir en las provincias del norte. Los lobbies limeños se vieron perjudicados y buscaron, por todos los medios, que la Corona castigara a Buenos Aires. Incluso se intentó poner una Aduana en Córdoba que fracasó, ya que el contrabando se las rebuscaba para eludirla.

Misteriosos túneles

Circulan muchas teorías acerca de la función que cumplieron los túneles de Buenos Aires. En general, se piensa que se construyeron para facilitar el contrabando, una idea que causa gracia a muchos historiadores pues implica desconocer que, en la lógica de la época, esta práctica no tenía el sentido que le damos en el presente. El contrabando no necesitaba de pasadizos secretos, se hacía en la superficie y a la vista de todos.

Algunas teorías fundan la existencia de túneles simplemente en la necesidad de circular en una ciudad hostil, cruzada por ráfagas de polvo o inundada por barro cuando llovía. Ir de un edificio importante a otro podía convertirse en una misión casi imposible y los túneles eran una solución.

Otros justifican la presencia de pasadizos como elementos de defensa: los túneles habrían servido para unir las manzanas importantes de Buenos Aires, fundamentalmente a partir de los edificios religiosos que, por su forma, en realidad constituyen un Fuerte con muros altos, casi sin ventanas exteriores. Daniel Schávelzon, el fundador del Centro de Arqueología Urbana de la Universidad de Buenos Aires, es quizá la máxima autoridad en el estudio del subsuelo de Buenos Aires. Según él, la finalidad de la red de túneles es clara: “Creemos que eran para unir edificios importantes y permitir el escape, según el sistema clásico europeo de defensa”. Como no pudieron completarse, quedaron sólo fragmentos debajo de los principales edificios públicos, como lo que ocurre entre la Manzana de las Luces, el Cabildo y la Catedral. No se ha encontrado conexión con el Fuerte (hoy, Casa Rosada).

Infracción regular de normas

Los túneles no eran necesarios para la práctica del contrabando porque la mayor parte del comercio que se realizaba en Buenos Aires era ilegal: se podría decir que el 90 por ciento se hacía por izquierda. Fue común descubrir complicidades entre funcionarios, magistrados y contrabandistas. Grupos de comerciantes portugueses sobornaban a los funcionarios para contrabandear. De hecho, una vez que los portugueses recobraron su independencia de España, volvieron a la carga por sus territorios del Plata y en 1680 fundaron, del otro lado del río, la ciudad de Colonia, que se convertiría en la “capital del contrabando”. Desde entonces, Colonia sería la puerta de escape del comercio de Buenos Aires y centro para el comercio no permitido. Allí se intercambiaban artículos manufacturados y esclavos por sebo, cueros, harina y trigo.

En la zona del Río de la Plata se concentraban quintas, chacras y estancias. El Riachuelo era un área clave de ingreso a la ciudad y puerto natural. Los barcos descargaban los esclavos y las mercaderías en muelles privados, sin pasar por el puerto ni por la vista de las autoridades. Muchos barcos iban descargando las mercaderías en casas sobre la costa, y llegaban al puerto con sólo una parte de la carga. Era tal la amplitud de las costas que resultaba imposible controlarlos. Igualmente la Corona llegó a destacar barcazas para control e instaló cañones, pero poco fue lo que pudieron hacer.

Los datos que “blanqueaban” los capitanes solían reflejar una pequeña parte del comercio que verdaderamente se realizaba. Entre 1650 y 1700 se declararon algo más de 189.000 pesos de comercio a España, de los cuales 126.000 correspondían a particulares. Pero resulta que en 1661, en un solo decomiso al capitán Manuel Tellería, fueron secuestrados 113.500 pesos en metales preciosos.

Zacarías Moutoukias, en su clásico trabajo titulado Contrabando y control colonial en el siglo XVII, es muy rotundo al explicar que esta actividad en el Río de la Plata durante el siglo XVII fue un fenómeno masivo que consistía en la “infracción regular de las normas” con la complicidad de los representantes de la Corona, quienes de este modo se integraban en la oligarquía local. Poco interesa que esto estuviera prohibido. “La confusión aumenta con la utilización del término corrupción, cargado de anacrónicas connotaciones delictivas”, desafía Moutoukias. En su visión, resulta artificial distinguir entre comercio legal e ilegal, dado que ambos formaban parte del mismo fenómeno y eran protagonizados por las mismas personas.

Los historiadores, sin ánimo de justificarlo, sino tratando de comprender lo esencial de la época, juzgan el contrabando como algo parecido a una válvula de escape a las contradicciones del sistema, que no funcionaba si no se toleraba esta actividad paralela. En ese sentido, el comercio ilícito era consecuencia de la incapacidad de la industria española de abastecer a las plazas americanas, de manera que la ilegalidad se hace hasta necesaria para sostener cierta prosperidad comercial que asegure la existencia de los dominios hispanoamericanos. Los funcionarios reales no necesariamente sentían que eran desleales al rey, sino a algunas leyes que consideraban contradictorias o ambiguas. Su complicidad era disculpada por los vacíos de las leyes, los bajos sueldos que recibían y la demora en cobrarlos.

A la luz del día

El contrabando fue una de las principales actividades realizadas por los comerciantes de Buenos Aires, como forma de mantener activa y poblada la ciudad, y financiar un dispositivo de defensa. Los intentos de reprimirlo fueron vanos, y se llegó al punto de comprar legalmente cargos públicos por parte de contrabandistas (en virtuales “subastas públicas”), quienes concentraban así poder socioeconómico y administrativo.

Un documento de 1760 afirma que el contrabando “se hace sin reparo y a la vista pública”, y asegura que “los encargados de los registros avalan o participan del comercio ilegal”. Los exorbitantes derechos que se cobraban desalentaban el comercio legítimo. Es claro, entonces, que hubo alianzas entre contrabandistas y funcionarios, asociación de intereses y corrupción. Los comerciantes eran influyentes y ayudaban a los funcionarios a vivir una vida menos penosa en el Plata.

Juan de Vergara o Diego de Vega son ejemplos de fortunas conseguidas sobre la base de negocios ilegales. Trabajan para ellos indios y esclavos, tienen vaquerías, producen cuero, son prestamistas (en plata, esclavos o productos). Se convierten en poderosos terratenientes y de algún modo controlan la vida de la ciudad.

Otro caso es el del contrabandista Tomás de Roxas, que fue conducido preso a España por sus actividades ilegales: este caballero no quiso desaprovechar el viaje y como parte de su equipaje cargó plata, mercancías y esclavos del Brasil, para venderlos en destino. Alberto Yansen, por último, era un holandés que solía venir con su barco León de Oro. Tenía contactos en la ciudad, amigos entre los funcionarios. Con él viajaban mercaderías de contrabando, y para venderlas abrió una tienda pública con pulpería.

La interacción entre funcionarios españoles y élites locales, aceitada por el contrabando, habría sido central en la formación de Buenos Aires como centro de poder en Sud América. Un ejemplo citado por Moutoukias pinta el cruce de complicidades de la época, que incluía a militares: “En ocasiones una tienda y un propietario rural servían de base a las actividades de un grupo de soldados y oficiales asociados a comerciantes. Ése fue el caso de Juan Bautista Fernández y Joseph Antonio Ximenez, ambos soldados del Fuerte, propietarios de una tienda donde se encontraron en 1678 mercancías extraídas del navío perteneciente al holandés Yansen. Actuaban ligados a un capitán del presidio, Francisco Izquierdo, quien a su vez estaba asociado con dos comerciantes, Juan de Albizuri y Antonio Guerrero, español llegado en los navíos de registro de Vergara el primero, portugués residente en Buenos Aires el segundo. El capitán y el mercader español visitaron la nave de Yansen y posteriormente desembarcaron una importante cantidad de mercancías en la finca de otro oficial, el capitán Pedro Gutiérrez. Con una parte de aquéllas, Albizuri huyó hacia el Tucumán. Previamente había entregado un poder a Guerrero para cobrar las restantes, entre las cuales se encontraban las mercancías secuestradas a los soldados Fernández y Ximenez”.

¿Cómo fue entonces un empresario de la época de oro del contrabando? Parte de su negocio era legal, y otra parte ilícito. Los que contrabandeaban no eran vistos como delincuentes, no eran bandas secretas ni se escondían. No tenían nada de clandestino o irregular. Siempre contaban con la ayuda de los funcionarios reales y muchas veces hasta ocupaban cargos públicos.

Un “empresario” de la transición poscolonial se dedicaba a múltiples actividades: traficaba esclavos, vendía todo tipo de productos, podía tener chacra para cultivo o cría de ganado, se dedicaba a las vaquerías (vaquear ganado suelto), prestaba dinero (incluidos funcionarios, que a cambio hacían la vista gorda), o invertía en inmuebles para alquilar. Desarrollaba sus actividades con mano de obra compulsiva (indios y esclavos), algo habitual en aquellos tiempos. Fue el caso de Domingo Belgrano, entre otros.

Ya antes de la Revolución de Mayo las restricciones se irían levantando, lo que desalentó poco a poco el contrabando. A fines del siglo XVIII, tras la Independencia de los Estados Unidos y luego de la Revolución Francesa, donde la flota de España resulta dañada, la Corona se ve obligada a dar concesiones para mantener la vinculación con las colonias. Vueltas del destino: en un documento de 1809 encontrado en Sevilla, Belgrano defiende el comercio lícito y le hace la guerra al contrabando. Afirma que los comerciantes están “empapados de codicia” y que el contrabando “acelera la destrucción del Estado”. Preocupado por la corrupción en Buenos Aires, propone multas, escrache y proscripciones para los contrabandistas. El tono de la época estaba cambiando.

Capítulo 2. Los esclavos

Enigma
¿Por qué no quedan negros en la Argentina?

Contra la creencia generalizada que subsiste entre nosotros, en el pasado la población negra tuvo una presencia significativa, no sólo en Buenos Aires, sino también en todo el interior. El primer padrón, de 1778, que cubre casi todo el actual territorio del país, muestra la importancia que aquí tenían los negros. Incluso hay ciertas regiones en las que superan a los blancos, como Córdoba, Tucumán o Catamarca, y en Buenos Aires llegan a constituir una tercera parte de la población.

A diferencia del caso de los Estados Unidos, no había aquí una línea de color tajante, sino que existía mucha mezcla. Los ingleses que llegan con las invasiones afirman que en Buenos Aires el 20 por ciento de la población era blanca, y el resto eran “mezclados”. Según documentos de época, los mestizos tuvieron un gran protagonismo en la defensa de Buenos Aires durante los ataques ingleses, con una actuación destacada del Regimiento de Pardos y Morenos.

Como forma de reconocimiento, en un acto realizado en la Plaza de Mayo se sorteó la libertad de algunos de los negros que habían defendido la ciudad: sobre 686 que participaron, 70 fueron liberados; los 10 más destacados, directamente; el resto, por sorteo. Con la presencia de Santiago de Liniers, el héroe de la defensa de Buenos Aires, se armó un tablado en la Plaza y un grupo de niños sacó los nombres de un bolillero. Los beneficiados fueron paseados en andas por los demás negros en medio de un gran júbilo. Ocurrió en noviembre de 1807.

Al frente

Un rol central se les adjudicó como soldados: el frente de los ejércitos. San Martín consideraba que los negros eran los mejores para pelear en la lucha por la Independencia. En 1816, el Libertador estaba en Mendoza armando su expedición a Chile, y le escribe al diputado Godoy Cruz, que estaba en Tucumán: “No hay remedio, mi buen amigo, sólo nos puede salvar el poner a todo esclavo sobre las armas; por otra parte, así como los americanos son lo mejor para la caballería, así es una verdad que no son los más aptos para la infantería […] Sólo los negros son los verdaderamente útiles para esta arma”.

La milicia fue, para el esclavo, una vía hacia la libertad. Los ejércitos se conformaron con negros libertos rescatados por el estado para el servicio militar. El Ejército del Norte y el Regimiento de Granaderos los contaron entre sus filas. La estatua en homenaje a Falucho, un negro hijo de esclavos, primero emplazada al final de la calle Florida y ahora sobre la avenida Santa Fe, recuerda la utilización de los esclavos en los ejércitos, inmortalizando a los que lucharon en las guerras de la Independencia.

Fue Bartolomé Mitre quien rescata a Falucho en su Historia de San Martín: Antonio Ruiz, su verdadero nombre, integró el Regimiento de Pardos y Morenos, acompañó a Belgrano y a San Martín y, estando en Perú, se rehusó a aceptar –en medio de un motín– que fuera izada la bandera española. Según la tradición, el negro Falucho fue fusilado mientras gritaba “Viva Buenos Aires”.

¿Bajamos de los barcos?

La esclavitud duró trescientos cincuenta años en Hispanoamérica, pero aún hoy es un tema casi invisible. Es como si nunca hubiera habido negros esclavos entre nosotros, aunque la población negra fue relevante por su impacto numérico y económico. Hasta podría decirse que hay una negación historiográfica, porque es un tema relativamente poco tratado. En la población argentina en general, existe un sentido común según el cual “acá nunca hubo negros”. Más bien se piensa que “venimos de los barcos”, que somos hijos de Europa y que no tenemos demasiado que ver con Latinoamérica y menos con África. Lo llamativo es que esos “otros”, los esclavos, también vinieron en barcos. Sólo que los trajeron a la fuerza.

En nuestro inconsciente asociamos a los negros con lo colonial, como el negro simpático de la transición hacia la vida independiente, retratado, una y otra vez, en los actos escolares. De ahí en adelante, hay pocas referencias a la negritud entre nosotros. Sucede que en la última parte del siglo XIX se construye una idea de una Argentina blanca y europea, de la mano del impacto de la inmigración. Se ven así opacados tipos sociales relacionados con lo indígena y con la influencia africana.

Sin embargo, en 1810 un tercio de la población de Buenos Aires era negra, y las grandes fortunas se habían construido, en buena medida, con el contrabando de esclavos. Todas las tareas artesanales eran realizadas por población esclava o afrodescendiente. En 1825 Juan Manuel de Rosas tenía treinta y tres esclavos en sus estancias. Dos barrios emblemáticos de la ciudad histórica fueron epicentro de la cultura negra: San Telmo y Monserrat.

Para ponernos en contexto histórico, es útil recordar que en la lógica de la época los esclavos eran objetos pero no sujetos de derechos. Se los podía comprar, vender, alquilar y hasta hipotecar. El esclavo era una forma de inversión: su amo le daba su apellido y lo ponía a estudiar un oficio, como sastre o carpintero. Los jornales que recibía el esclavo por su trabajo representaban la ganancia de su amo. Era el interés por la inversión realizada.

Básicamente, se ponía en duda que fueran humanos, más bien eran considerados un subgénero humano. Eran calificados de salvajes, obscenos y brutales. Cuando llegaban se los llamaba “bozales”, porque no se les entendía nada de lo que decían, como si tuvieran un bozal en la boca.

En busca de mano de obra

Los pobladores de Buenos Aires pedían que se trajeran esclavos porque aquí no había suficientes indios para encomendar. Algunos de los esclavos ingresan legalmente, pero muchos más lo hacen en forma ilegal. “Se denuncia permanentemente que se han encontrado unos negros en las orillas del Río de la Plata y hay todo un sistema aceitado para ingresar a esos negros de contrabando. Las cantidades aumentan de manera muy significativa en el siglo XVIII. Hay dos asientos, uno inglés primero y otro francés después, que tienen que traer esclavos africanos. Eso llevará a un gran aumento de la población de Buenos Aires”, según Marta Goldberg, de la Universidad de Luján, una de las historiadoras que se ha dedicado a este tema casi no tratado.

Las órdenes religiosas cumplieron un papel destacado, sobre todo los jesuitas, que fueron los principales propietarios de esclavos. Era la mano de obra clave para su proceso de producción. Se los encontraba en sus haciendas, en sus estancias, en sus obrajes, en los colegios, y propiciaban que se unieran en familias negras. En La Rioja, por ejemplo, de 800 esclavos que había en la ciudad, 400 eran de los jesuitas, y cuando éstos fueron expulsados, quedaron más de 50 familias esclavas que tenían que ver con la orden.

En el interior la población esclava fue muy importante, sobre todo en la zona del antiguo Tucumán (actual noroeste argentino más la ciudad de Córdoba). “Sucedía que en ese momento Buenos Aires era una ciudad más bien marginal, mientras que toda la zona de Tucumán era bastante importante y con una población también significativa por la articulación económica con el Alto Perú y con las minas de Potosí”, explica Florencia Guzmán, investigadora y autora de varios textos sobre la historia de la esclavitud. Toda esta zona, que era muy importante desde el punto de vista económico, necesitaba mano de obra. Se había dado una caída considerable de la población indígena, entonces hacían falta esclavos.

Estos negros llegaban a Buenos Aires primero y luego recalaban en Córdoba, que se convirtió en un lugar muy importante de distribución de esclavos: desde allí iban al norte, a Potosí, al Alto Perú y a Perú mismo, incluso a Chile. En el medio estaban todas las ciudades coloniales relevantes: Salta, Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja. En consecuencia, todas esas regiones y ciudades tuvieron una población esclava bastante numerosa. En el primer censo de 1778 hay ciudades que tienen un 35 y un 40 por ciento de esclavos. Según cálculos de Jorge Gelman, a mediados del siglo XVIII un esclavo cotizaba en Buenos Aires entre 100 y 200 pesos, contra unos 800 en Potosí (por el traslado desde el Río de la Plata). La importación ilegal de esclavos se tornaba así irresistible.

Más tarde, a Buenos Aires llegan muchos esclavos para quedarse, porque la capital ya no es centro de distribución, sino de recepción. Tener un esclavo llegó a ser un símbolo de estatus. En el interior, por otra parte, la población esclava declina, según los censos, pero se va dando un incremento del mestizaje y de la población negra libre, que se mezcla con las demás razas. “Se iría dando todo un proceso de mestizaje muy significativo, lo que hace que los censos muestren una declinación, que no necesariamente es retroceso, sino que es una población negra libre importante, con ascendencia africana”, según apunta Guzmán.

En busca de la libertad

Los negros se dedicaban a las tareas artesanales, de barberos a artesanos, de sangradores a dentistas. En el Semanario de Industria y Comercio, Hipólito Vieytes se queja de que todos los oficios son realizados por negros. Como dice un viajero, “todo se hace por manos negras”. En las estancias y en el ámbito rural también hay negros en cantidades.

Las mujeres esclavas cuidaban niños y fueron cocineras, lavanderas, planchadoras, sirvientas. En reiteradas ocasiones sus amos las usaban para sus placeres sexuales, lo que fue dando origen a una población mulata, palabra peyorativa que viene de “mula”, híbrido entre un asno y una yegua. En 1827 había cincuenta y ocho varones por cada cien mujeres negras, lo que favoreció el mestizaje de la población negra.

Como señalamos, los barrios del sur de aquella aldea que era Buenos Aires concentraban la mayor cantidad de negros: Monserrat y San Telmo. Monserrat era conocido como el barrio del tambor o del mondongo –una palabra africana, y la comida específica que se les daba a los negros–. El tango nace allí más tarde, de la mezcla entre ritmos africanos y la milonga.

Con el tiempo fueron ganando autonomía y, más tarde, la libertad. La abolición de la esclavitud no ocurre con la Asamblea del Año XIII, como muchos creen; allí se declara la libertad de vientres (la esclavitud se heredaba por vía materna: el amo de la madre esclava era dueño de su hijo). La abolición recién llega con la Constitución de 1853, para la Confederación, y en 1860 para Buenos Aires, cuando ésta acepta la Carta Magna.

El gran deseo de un esclavo era lograr la manumisión: la compra de la propia libertad. Algunos la conseguían porque su amo les daba libertad condicionada hasta su propia muerte. Los negros hacían enormes sacrificios para reunir el dinero y poder pagar a sus amos su propia libertad. Si el precio de un esclavo era 200 pesos, trabajaban extra hasta llegar a esa cantidad y comprar la propia libertad o la de un pariente. En general, primero liberaban a la mujer, porque de esa manera el hijo pasaba a ser libre.

Mientras eran esclavos, vivían en pequeñas habitaciones en la casa de sus amos. Con la liberación, las casas de los negros libertos eran de pequeña dimensión porque significaban la cesión de una porción del patrimonio del dueño al esclavo liberado. Todavía quedan en la ciudad de Buenos Aires algunas casitas de tres o cuatro metros de frente que derivan de aquella tradición.

Mestizaje

Como trasfondo de la disminución de la población negra, ya se ha dicho, aparece el complejo proceso de uniones de negros con mulatos o indígenas, cruces que fueron continuos. Estos intercambios, que la Corona trataba de impedir, podían ser legalizados por la Iglesia. Un hijo de un indio/a y un mulato/a, que eran las uniones más comunes, sería un zambo, pero esta categoría muy pocas veces se usa. Guzmán aclara: “Entonces pasa a denominarse indio –aunque no lo es– y se da un pasaje de categoría que tiene que ver con la declinación de esta población”. A diferencia de lo que ocurrió en países como Brasil o Cuba, en la Argentina, México o Perú la comunidad africana tendió a reducirse mientras crecían los llamados “pardos”.

No se exagera si se dice que fueron víctimas de uno de los mayores genocidios que se conocen. Los negros fueron arrancados de sus hogares y de su cultura, fueron esclavizados, transportados como animales en barcos de carga (es espeluznante observar los planos de los cargueros, maximizando la cantidad de esclavos como mercancía). Las mujeres fueron abusadas sexualmente, sufrían la mayor mortalidad y hacían enormes sacrificios para comprar su libertad. En el libro Los afro-argentinos de Buenos Aires, se argumenta que el modelo agroexportador argentino, basado en capital extranjero e inmigrantes, trajo asimismo un ideal de civilización (la europea) que tendió a “la exclusión de las manifestaciones culturales negras”.

En definitiva, la pregunta que muchos se hacen es: ¿por qué desaparecieron? Las explicaciones son varias: las guerras de la Independencia, la Guerra del Paraguay, la fiebre ama

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