Kelpers. Ni ingleses ni argentinos

Natasha Niebieskikwiat

Fragmento

INTRODUCCIÓN
Sobre las Ruinas de Puerto Louis

Al mando del capitán John James Oslow, el HMS Clio fondeó en la zona todavía conocida como Berkeley Sound el 2 de enero de 1833. Llegaba el capitán a Puerto Louis con órdenes muy concretas: “restablecer” la bandera de Gran Bretaña en las Islas Malvinas —“Falkland Islands” para los ingleses— que el capitán John Strong les había dado tras navegarlas a fines del 1600. Por esos mismos días de 1833, el HMS Tyne desembarcaba también en Puerto Egmont, de donde se habían retirado los ingleses en 1767. Tanto en Puerto Louis, en el islote este, como en Puerto Egmont, noroeste del islote oeste, se desplegaron los colores británicos y se hizo un saludo. Entonces, la pequeña guarnición de Buenos Aires, al mando de José María Pinedo, debió retirarse tranquilamente de Louis y de la Bahía de la Anunciación, como los argentinos llaman a Berkeley Sound. Pinedo se embarcó con lo que tenía en una goleta de la Armada y rumbo al Río de la Plata.

Así empezó otra historia en las Malvinas, reclamadas desde entonces por la Argentina. Sus militares buscaron volver a ocuparla con la invasión del 2 de abril de 1982 y las fuerzas británicas al mando de Margaret Thatcher los desalojaron dos meses y medio después, el 14 de junio.

Pero este libro no busca saber quién descubrió las islas. Tampoco hablar de soberanía. Todo ello remite a la fuerza de una potencia, a cuestiones geopolíticas y a la incapacidad del débil para reelaborar estrategias inteligentes y sostenidas, teniéndolas tan cerca. Hay algo más en Malvinas que me llama profundamente la atención y pretendo tratar en Kelpers: desempolvar los orígenes e historia de los colonos de estas islas, desde el inicio de la ocupación británica de 1833 en adelante. Esa historia que los argentinos no quieren oír porque en lugar de encontrar feroces ocupantes del imperio británico se topan con descendientes de inmigrantes de todas partes y como en todas partes. Gente pobre, aventurera, militares retirados, náufragos literalmente “caídos” de los barcos. Seres ávidos de futuro que levantaron sus casas en un lugar adverso, frío y ventoso como pocos, pero sobre todo remoto.

Veintisiete personas había en las islas cuando desembarcó Oslow. Ciento setenta años después, la población es de poco más de 2.800 personas. En los censos que he consultado, nunca superó los 3.000 habitantes.

Al escribir me preguntaba qué es lo que ha ocurrido para que esa minúscula comunidad haya permanecido en ese confín y haya desarrollado una cultura tan propia, al punto de que hoy comienzan a mostrarse al mundo como una “micronación”, definición que estratégicamente empiezan a utilizar los académicos en Londres. Más aún, hasta sugieren que las islas deberían encaminarse hacia una “libre asociación” con el Reino Unido, lo que parece bastante difícil puesto que ni Londres ni Stanley parecen querer cortar “tanto” ese cordón umbilical. Cualquiera de estas posibilidades puede irritar a la Argentina. Se entiende. Nada más dañino para un reclamo de soberanía que aquella tierra que se desea empiece a comportarse como un “pequeño país”, y con el aval de la metrópolis regente.

En Malvinas la sangre inglesa es la que domina, aunque no la que está presente de manera exclusiva. En el camino de ese linaje inglés me embarqué. Pero encuentro que Malvinas ha sido desde siempre un lugar de reunión profundamente cosmopolita. Un bastión con ánimo de combatir la desolación, y que abrazó la inmigración de todas partes. Con todo, ello no menguó los celos con que la Corona cuidó de la colonia, su llave de acceso a los recursos de la Antártida, una base de entrenamiento valiosa y, ahora, una promesa de recursos petroleros al menos en cantidades modestas. Ingleses, escoceses, irlandeses, galeses, daneses, alemanes, neozelandeses, argentinos, santahelenos, chilenos, filipinos y estadounidenses han convivido por ciento setenta años bajo la insignia de la Union Jack. Tenían a la Argentina a sus puertas. La aceptaron y la aceptan de vecina, pero rechazaron siempre la administración de Buenos Aires. La guerra del 82 no hizo más que fortalecerlos, lanzarlos a un camino de creciente autonomía en todos los planos.

A 14.000 kilómetros de distancia de las Malvinas, y habiéndolas descuidado por décadas en el plano económico, el Reino Unido ha podido conservar su bastión también gracias a esa magia de penetración que tiene el “softpower”, donde uno de valores centrales es sentir que se vive en una democracia.

Al mismo tiempo noté siempre en las Malvinas una fuerte visión de comunidad por sobre el individuo. Una visión que impide el desarrollo de perspectivas radicales o incluso alternativas. En un sitio con bajísimo nivel delictivo, el alcoholismo ha sido allí el verdadero problema. La aparición de nuevos estímulos de una vida próspera y moderna está reconduciendo a los jóvenes a espacios que ofrecen mayores posibilidades que los bares. De todos modos, por más flagelo que exista, para contenerlos siempre estuvo el peso de la rigurosa ley en Malvinas.

“Para mí lo interesante es que aquí podemos hacer casi todo lo que queremos dentro de límites rígidos. Uno puede ser la persona que quiera, puede hacer lo que quiera, pero siguen existiendo límites muy rígidos”, me dijo Phil Middleton una tarde en que le pregunté si no tenía la sensación de vivir en bajo un Big Brother. Middleton lo negó rotundamente, pero me quedé con la sensación de que no alcazaba la respuesta que buscaba. Middleton es un inglés que llegó al archipiélago en los 70 a trabajar como maestro. Tiene dos hijos que se criaron en las islas, uno de los cuales se enroló en las fuerzas armadas del Reino Unido. Estuvo en Irak y en 2013 andaba cumpliendo servicio en Afganistán. No son los primeros que lo hacen. Decenas de kelpers murieron en la Primera y la Segunda Guerra Mundial combatiendo para las fuerzas reales.

Los kelpers constituyen una sociedad conservadora por un lado y sumamente liberal por el otro. En Malvinas viven parejas de concubinos y madres solteras en situación de enorme debilidad. Hay matrimonios mezclados y, por ser un lugar tan pequeño, los cruces entre familias son habituales. En la Argentina se decía que en Malvinas los primos se casaban con primos. Salvo algunos casos del pasado, ello parece poco cierto. Hay desde hace tiempo parejas homosexuales aceptadas de hecho. Todo el mundo convive bajo un halo de discreción y el límite es el otro.

Sin embargo, es indudable que el conflicto de soberanía con la Argentina los define desde siempre, porque expone aquello que rechazan, aquello que no quieren ser, desde el principio de sus tiempos.

Cuando una década atrás Buenos Aires endureció sus políticas, los kelpers abrazaron como nunca antes su estatus británico. Así lo mostraron en el referéndum de marzo de 2013, donde votaron seguir siendo territorio de ultramar del Reino Unido. Efectivamente, hay en Malvinas hasta nueve generaciones de kelpers, incluyendo a los niños. Las viejas generaciones, las que conocen a los argentinos, las que vivieron bajo los acuerdos de comunicaciones entre Londres y Buenos Aires de los años 70, ven con alguna sensatez las diferencias entre países, pueblos y gobiernos. Pero al cortarse los vínculos, los jóvenes desconocen a la Argentina y a su gente. Como decía la socióloga Graciela Römer durante el viaje que compartimos en el marzo del referéndum, los jóvenes asocian a la Argentina con la guerra, la invasión y la muerte. Viven de espaldas al continente y su puerta de entrada y salida es Chile. Las islas se alejan.

La Argentina kirchnerista logró éxitos en el plano internacional. El reclamo de soberanía sigue vigente y es también reconocido por importantes foros internacionales como Naciones Unidas o la Organización de Estados Americanos. Pero al mismo tiempo endureció las políticas de vuelos, los controles marítimos de la pesca y el petróleo en relación con los kelpers, con el argumento de que como son ocupantes no tienen ni voz ni voto en el conflicto de soberanía entre Buenos Aires y Londres. Cristina Kirchner los definió como “okupas”. Difícilmente esta política tenga éxito o pueda ser sostenida en el siglo XXI, aunque sean poco más de 2.500 los kelpers permanentes. Hay en las islas un núcleo duro dispuesto a todo y con el apoyo de Londres inició una astuta campaña de presencia internacional. La marca país “Falkland Islands”.

Desde que pisé por primera vez las islas, en 1996, en un viaje para Clarín, sentí cada una de estas palabras que sostengo. En aquel primer viaje había un importante acercamiento entre Londres y Buenos Aires y, en tanto periodista, me recibieron como una suerte de “representante” de aquella comunicación. Ni más ni menos. Pero a medida que en la década de 2000 la relación fue pasando de fría a mala, la desconfianza hacia mí también fue creciendo. Debo ser justa: reacios o antipáticos, o “títeres del Imperio”, como me dijo un político con el que disiento, los isleños respetaron los compromisos tomados con Buenos Aires. La Argentina, no. Y así me lo hicieron saber en agosto de 2013. Al mismo tiempo, en los ocho viajes que ya realicé a Malvinas, me di cuenta de lo pobre que es pensar sólo en el conflicto y en la guerra. Incluso como estrategia para el reclamo. En esas islas, como en todas partes, hay gente maravillosa con cientos de historias detrás. Historias de navegantes, historias de ca

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