Las rosas del sur

Julio Llamazares

Fragmento

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Nota del autor

Hace diez años, en la misma editorial Alfaguara, publiqué un libro titulado Las rosas de piedra del que éste es la continuación. El motivo de haberlo dado en dos entregas fue el largo tiempo de redacción, más de dieciséis años, así como lo voluminoso que habría resultado de haberse editado de una sola vez. En total, los dos volúmenes juntos sobrepasan las mil cien páginas.

A quienes leyeron la primera entrega únicamente me cabe decirles que esta segunda es fiel sucesión de ella, esto es, que participa de su misma concepción y estilo, sólo que referida a las catedrales de la mitad sur de España, habiendo sido aquélla el relato del viaje a las de la mitad norte. Hay que decir que en este de la segunda parte, que arranca en Madrid y termina en la isla de Tenerife, las catedrales son menos pero las distancias, mayores, incluyendo las que separan la península ibérica de los archipiélagos balear y canario. En total, entre los viajes de una parte y otra, calculo haber recorrido más de veinte mil kilómetros, la mayoría de ellos en coche, pero también en barco y avión. La geografía española es muy variopinta, como los españoles sabemos bien.

A quienes abren esta segunda entrega sin haber leído la anterior, debo decirles que no se preocupen, pues los dos libros son autónomos. Es más, los propios viajes que los componen siguen un orden circunstancial que el lector puede alterar a su gusto sin que repercuta en su comprensión del texto. Al fin y al cabo, tanto Las rosas de piedra como Las rosas del sur son un conjunto de viajes independientes que se complementan leídos uno detrás de otro pero que perfectamente podrían por separado.

Por lo demás, las citas de Fulcanelli y de Georges Duby que encabezan Las rosas de piedra valen para éstas del sur y lo mismo cabría decir de las advertencias del preámbulo con el que se abrían aquéllas: que éste es un libro de viajes, no de arte ni de historia, ni mucho menos de espiritualidad. Y que con él no pretendo establecer ninguna teoría ni llegar a ninguna conclusión concreta. Como en todos los libros de viajes que he escrito, lo que en él cuento es lo que vi y me ocurrió, que es lo que han hecho siempre los escritores y los viajeros que escriben y viajan por puro placer.

Madrid, 28 de abril de 2018

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Séptimo viaje
MADRID: TRES MÁS UNA

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1 de mayo en Madrid

Esta vez, el viajero empieza el viaje en su casa. Lo empieza y lo terminará, pues es un viaje a la región en la que vive; una región creada artificialmente tras segregarse Madrid de la histórica a la que pertenecía, la Castilla la Nueva del Quijote, algo que vino determinado, más que por diferencias geográficas, por razones políticas y de sobrepoblación. Y es que Madrid, que fue un pueblo hasta hace nada, tiene ya más habitantes que las dos Castillas juntas.

El viajero va pensando todo esto mientras desciende en el ascensor, cruza el portal, que hoy está vacío, y se acerca, como todas las mañanas, al quiosco de Maxi para comprar el periódico.

Maxi sí está al frente de su negocio.

—¿Tú no haces puente? —le pregunta el viajero, al ver la ciudad desierta.

—Eso es para los ricos —dice Maxi, con su retranca atlética y madrileñista.

—No lo dirás por mí… —le sonríe el viajero, pagándole su periódico.

Con el periódico bajo el brazo, el viajero encara la avenida, que está desierta también, no sólo porque hoy es fiesta, sino porque todavía es muy pronto. Lo cual explica que hasta se oiga a los pájaros cantar, cosa imposible en cualquier otro momento.

Por lo demás, la mañana está limpia y resplandeciente como corresponde al día: 1 de mayo, fiesta de los Trabajadores. Contra el cielo azul de la primavera, la ciudad luce con toda su arquitectura, que aquí, por Chamberí, por donde el viajero va, es uniforme y bastante hermosa. Sin embargo, a medida que desciende en dirección al Madrid antiguo, cuyos tejados rojos se ven al fondo iluminados por el resplandor del sol, la arquitectura cambia, lo mismo que los vecinos. Mientras que por Chamberí los pocos que se veían eran personas mayores, paseantes madrugadores o mujeres que compraban el periódico y el pan, por la calle Hortaleza y por la Gran Vía son jóvenes que todavía siguen de juerga o que vuelven a sus casas con los rostros demacrados y los ojos rojos de no dormir. Ya en la Puerta del Sol, más adelante, donde Madrid tiene su corazón, unos y otros se mezclan con los turistas y con los sindicalistas que ya se agrupan, con sus banderas y distintivos ondeando al viento, en torno al escenario levantado en plena plaza contra el viejo edificio de la Casa de Correos, que hoy es sede del gobierno madrileño. Una pancarta que cubre aquél pregona a los cuatro vientos el eslogan que este año los dirigentes sindicales han elegido para su fiesta: «ES EL MOMENTO DE LA IGUALDAD, EL SALARIO DIGNO Y LA INVERSIÓN PRODUCTIVA». Frente a él, la escultura del oso y el madroño que simboliza la quintaesencia de esta ciudad permanece impasible a cuanto sucede, como las putas de la Montera, que, aunque también son trabajadoras, no pueden hacer fiesta porque tienen que comer.

Calle Mayor abajo, el viajero recorre ahora en sentido inverso el camino seguido por Madrid en su desarrollo urbano, esto es, de poniente hacia levante, desde la plataforma fluvial en la que surgió hasta la Puerta del Sol, que fue su límite mucho tiempo. Las casas que flanquean su calle principal, junto con la plaza Mayor, a un lado, dan testimonio de esa evolución histórica, breve pero muy intensa. Al final ya, el edificio de Capitanía, un antiguo palacio renacentista, aparece engalanado con tapices, no para celebrar la fiesta de los Trabajadores, que a los militares debe de importarles poco, sino la de mañana, que, aparte de ser la de la Comunidad Autónoma de Madrid, este año conmemora el doscientos aniversario del acontecimiento que le dio origen y que no es otro que el levantamiento de los madrileños contra los franceses en la famosa guerra de la Independencia. Al sol de la mañana, los tapices relucen con distinción, al revés que las pancartas de los sindicalistas, más humildes y reivindicativas.

El viajero ha llegado a su destino. Tras el último edificio de la calle —una casa de seis plantas que ocupa hoy el solar de la primitiva iglesia de la Almudena (parte de cuyos cimientos pueden verse en la calleja lateral)—, aparecen la catedral y el Palacio Real, a su derecha. Dos edificios tan imponentes que se bastan por sí solos para cubrir todo el horizonte por este lado de la ciudad.

Al viajero, aunque los ha visto ya numerosas veces, continúan sorprendiéndole, tan grandes son sus volúmenes; especialmente el del palacio, concebido como un signo del poder de la monarquía española y con una plaza de Armas tan grande casi como el edificio. Frente a ella, aprovechando el resto de la terraza en la que se levantó el alcázar que dio origen a Madrid (y a su nombre: Magerit en lengua árabe), la catedral quiere prolongar su estilo, aunque su modernidad contrasta con la pureza y fina elegancia del gran edificio regio. Se nota que uno y otra son de épocas diferentes.

Y tan diferentes. Según la guía que el viajero ha traído entre sus cosas este día y que le hace parecer un turista en su ciudad, el palacio es del siglo XVIII, y la catedral no empezó a erigirse hasta finales del XIX, concluyéndose las obras más de cien años después. Un dato que la hace la más joven de todas las catedrales construidas como tales en España.

Aunque, a decir verdad, y por lo que cuenta también la guía, no empezó a construirse como catedral, pues todavía Madrid dependía por entonces de la archidiócesis de Toledo, la principal de las españolas, si bien ya se adivinaba su pronta segregación, cosa que sucedería el año 1885. Así que este enorme templo que el viajero mira ahora desde los jardines que tiene enfrente (solamente los separa la ancha calle de Bailén) es una catedral moderna, pero catedral con todas las bendiciones. Expresión nunca mejor traída, pues fue un papa el que la consagró.

Fue en 1993, según explica la guía y corrobora la placa que conmemora, en la fachada que da a la calle de Bailén, tan inolvidable fecha, así como la escultura de imponente tamaño y realismo de Juan Pablo II, que fue el papa en cuestión. De ahí que la plazoleta (que una gran verja aísla de la calle) esté dedicada a él, pese a que le rodeen otras estatuas —éstas, de bronce, sobre la verja— de personajes con más currículo en el santoral católico, como San Antonio María Claret o San Juan de Ávila.

Pero el viajero pasa de largo ante ellas. El viajero quiere entrar en el templo por la puerta principal y ésta, aunque más oculta, está donde corresponde: en la fachada que da a poniente (en realidad hacia el noroeste, pues el terreno no le permitió otra cosa), frente a la plaza de la Armería del gran Palacio Real. Una explanada enfrentada a ésta y separada de ella por otra verja permite verla a distancia, así como el espectacular paisaje que se divisa al fondo, hacia el occidente: abajo, el río Manzanares, oculto ya por los edificios, pero intuido en su vegetación, y más allá la Casa de Campo, la dehesa que es pulmón y solaz de la ciudad, y los barrios que hoy ocupan lo que fueran descampados y cultivos y que se prolongan hasta el infinito. Tanto ha crecido Madrid y tan inmensa es la urbe ya. Una ciudad que empieza a rugir tras despertar de la larga noche.

La que también ruge es la gente que llena la explanada ya a esta hora. Son turistas que visitan la ciudad, muchos de ellos españoles que aprovechan el puente que hoy se inicia para ello. Incluso se ven algunos sindicalistas que hacen tiempo hasta la hora del comienzo de la manifestación a la que han venido visitando los monumentos más destacados. A todos los unifica su actitud animosa y bullanguera y la pasión por hacerse fotos, lo que llena de destellos y de voces la explanada. Pocos se fijan en la gran mole cuya severidad contrasta con el espíritu popular y alegre de los turistas.

Enorme, de granito gris uniforme, con columnas salomónicas flanqueando su gran puerta principal, la catedral tampoco ofrece por este lado muchos detalles en los que entretener la vista. Solamente las dos torres, estrechas y puntiagudas —una, la de la derecha, llamada de los Gallegos porque fue regalada a la catedral por naturales de esa región, según la guía del viajero—, y las cinco estatuas de la cornisa (San Isidro Labrador, Santa María de la Cabeza, Santa Teresa de Jesús, San Fernando y, en medio de ellas, entronizada en una espadaña, la Virgen de la Almudena, la patrona de Madrid y de la seo) alivian la pesadez de la gran fachada, que parece un panteón más que la entrada de un templo. Una impresión que transmiten también las puertas, de bronce oscuro y macizo, y la ancha escalinata de granito que accede a ellas entre las columnas. Lo cual no impide que haya gente allí sentada descansando o fumando un cigarrillo antes de proseguir su visita.

El viajero, que está deseando ya entrar en la catedral, se detiene solamente a contemplar unos segundos los relieves de las puertas (los de la central, con el tema de la Trinidad, y los de las laterales, con el de la Reconquista y el de Hispanoamérica) y a consultar en su guía quién fue su autor (un tal Sanguino, señala ésta) y cruza la única abierta tropezando al hacerlo con los turistas que, al revés, salen, puesto que la mayoría entra por la de Bailén.

El interior de la catedral contrasta vivamente con su severidad externa. No sólo por su estilo, que es neogótico (el exterior es neoclásico y la cúpula barroca), sino por la claridad que inunda sus grandes naves y que viene de los ventanales que cubren todo el ábside y los muros laterales, así como la cúpula, que es gigantesca. Lo cual, unido a su colorido y a la modernidad del templo, que parece recién hecho, hace que éste dé la impresión de ser un trampantojo más que una catedral real.

El viajero, impresionado, se queda mirando todo sin acabar de creer que esto sea verdad. El ábside, las capillas, las pinturas de la cúpula y del techo, hasta los bancos, que están brillantes como si los acabaran de barnizar hace unos minutos, todo lo que la catedral contiene da la impresión de ser de mentira, tan nuevo está y tan resplandeciente. Y ello a pesar de la mucha gente que llena las tres naves principales y el crucero, mirándolo todo con admiración. Se ve que a la mayoría le gusta la artificiosidad.

Al viajero, en cambio, le desazona. Habituado como está a ver templos muy antiguos, lugares en los que el tiempo ha dejado su poso de misterio, éste le parece falso, pese a que todo en él sea verdadero. Porque, es cierto, es un templo de verdad, con sus naves, su girola, sus bóvedas y capillas, su presbiterio y su altar mayor, pero todo está tan resplandeciente que produce una impresión de falsedad. Una impresión que acentúa la gente, que deambula de un lado a otro sin gran respeto, hablando y haciendo fotos como en la calle, algo que es ya habitual en todos los templos, pero que aquí se cree justificado. Al fin y al cabo, tanta artificiosidad y brillo es lógico que se inmortalicen.

Y, sin embargo, cada pocos minutos, una voz por la megafonía recuerda a los turistas que están en una iglesia y que deben, por ello, guardar silencio. Advertencia que muy pocos obedecen, ocupados como están la mayoría en contar a los demás sus impresiones o en hablar por teléfono con sus amigos, como estas adolescentes que pasan ahora junto al viajero y a las que, a lo que se ve, la catedral les importa poco. ¿Qué harán aquí?, piensa mirando sus minifaldas, que tampoco parecen muy acordes con el sitio.

Aunque en realidad es él el que no está a tono con el lugar. Escéptico, reflexivo, respetuoso y hasta lento en el andar, si alguien sobra en este sitio es el viajero, empeñado en buscar belleza donde sólo hay artificio; una artificiosidad extrema que se advierte en cada detalle de la decoración del templo, especialmente en la de los techos, que se diría pintados hace dos días, y que se contagia, a lo que parece, a los visitantes, empeñados muchos de ellos en aparentar un conocimiento y una disposición estética que contradicen su aspecto y sus comentarios. «¿A que recuerda a la de la catedral de Burgos?», le dice, por ejemplo, una señora a su marido, admirando la desmesurada cúpula. «A mí me recuerda más a la de Toledo», responde el interpelado, que lleva una pegatina de Comisiones Obreras en la camisa.

No todos, sin embargo, están aquí de turistas. Los hay también, aunque menos, que han venido por motivos religiosos y que suben entre aquéllos por la escalera doble que trepa hasta un altar elevado presidido por la imagen de la Virgen, en el brazo derecho de la nave del crucero. Es, según quiere la guía, el corazón de la catedral por estar allí su patrona —Nuestra Señora de la Almudena—, y por eso es el lugar más concurrido de todo el templo. Tanto que cuesta llegar a ella, pues, además, algunas personas se arrodillan a sus pies y le rezan brevemente, quizá pidiéndole algún favor.

El viajero, por su parte, como no cree en los favores, y menos si los hace una talla de madera (distinto es que le guste que otros lo crean), desciende nuevamente hacia las naves después de admirar la imagen y el precioso retablo que la enmarca, obra de Juan de Borgoña, a saber de qué procedencia, deteniéndose a mitad de la escalera ante otro pequeño altar que escolta la sepultura donde reposan los restos de la reina María de las Mercedes, la de la famosa copla. Al parecer, fueron traídos de El Escorial, donde estaban hasta entonces —en el panteón real—, en agradecimiento a su impulso a las obras iniciales de este templo. La sepultura, de mármol, está encastrada en un arco, justo bajo el altar de la Virgen.

Ya en las naves, el viajero se dedica a ver el templo con más detalle. Lo hace con dificultad, pues cada vez hay más gente en él (¡qué paradoja!, piensa recordando otros mucho más interesantes y atractivos que estaban casi vacíos), y procurando no estorbar a los que rezan, que son una minoría. Comienza por la girola, compuesta por cinco huecos, el central dedicado a San Isidro, el patrón de Madrid y de los labradores españoles por su oficio, cuya arca funeraria (sin los restos), gótica, del siglo XIII, traída de la colegiata a la que dio nombre y que fue la catedral de Madrid hasta que se construyó esta nueva, preside otros siete túmulos, seis de los cuales esperan ya a los nuevos compañeros del que ocupa —desde el año 2006, en que murió— el anterior arzobispo de Madrid, Ángel Suquía Goicoechea. El resto de las capillas, de decoración moderna, son a cual más espantosa, comenzando por la de la Vida Mística, con unas esculturas de madera que dan miedo de lo feas, y terminando por la de San Josemaría Escrivá de Balaguer, el famoso fundador del Opus Dei, que, al parecer, era gran devoto de la Virgen de la Almudena y cuya vida y milagros reproducen dos paneles en relieve, mientras que su personalidad ha quedado inmortalizada en bronce en el centro mismo de la capilla. Nada que ver con la gran humildad que proclama al lado, en otra fea capilla, la beata madrileña Mariana de Jesús, nacida en 1565, cuyos versos no dejan lugar a dudas: «¿Cómo seré más prudente? / Obediente. / ¿Cómo mi vida se engasta? / Casta. / ¿Cómo seré que más sobre? / Pobre. / Pues, mi Dios, vuestro amor obre, / que, para no me perder, / no hay juro mejor que ser / obediente, casta y pobre».

El altar mayor no es mejor. Iluminado por las vidrieras (siete en total) que repiten en el ábside el término palabra en seis idiomas —latín, griego, hebreo, ruso, siríaco y español—, más el nombre de la Virgen —María— en la central, y por la que, desde la capilla de San Isidro, proyecta a todo el templo la imagen de Cristo resucitado (con la bandera de la victoria en la mano izquierda y la derecha mostrando una llaga abierta), el corazón litúrgico de la catedral se ve eclipsado, no obstante, por las enormes pinturas con formas y colores estridentes que «regaló» a la catedral uno de los gurús de la nueva Iglesia, el célebre Kiko Argüello, fundador del movimiento ultracatólico Camino Neocatecumenal. ¿Cómo van a competir la sobria piedra del altar y la silla episcopal, que es de madera, con la profusión estética, polícroma e iconográfica que conforma en su conjunto lo que las guías denominan la «corona mistérica» de la fe, proclamándola heredera del primitivo canon ortodoxo y emparentándola nada más y nada menos que con Rubliov, el mayor pintor de la Rusia antigua, pero que al viajero le hace pensar en los frescos de un mercado de Valencia? «¡Vengo pronto!», proclama el libro abierto que sostiene el pantocrátor, que es el motivo central de aquéllos, pero ni siquiera eso le hace dedicar más tiempo a su contemplación, temeroso de sufrir algún trastorno en la vista. Menos mal que, en el crucero, junto a la puerta que da a la calle de Bailén, unas tablas procedentes de un retablo de Horcajo de la Sierra, un pueblecito de la provincia, atribuido a la escuela de Berruguete le reconcilian con la pintura, si bien su reconciliación le durará muy poco, teniendo en cuenta lo que le espera: las capillas de las naves laterales, que son a cuál más horrenda.

Catedral de la Almudena, Madrid.

La mayoría están dedicadas a beatos y santos madrileños, que hay más de los que cabría pensar a tenor de la corta historia de la ciudad (comparada con las de otras españolas), y muestran al visitante un mal gusto y una osadía colosales. Así, la nave del Evangelio, la más cercana al crucero, de pretendido estilo neobizantino, un verdadero homenaje al estilo kitsch, o la de Santa Ángela de la Cruz, fundadora de la Orden de las Hermanas de la Santa Cruz, con un retablo neobarroco que ciega de tanto oro. En la nave de la Epístola, el inventario es aún más prolijo: la del Bautismo, con un mosaico de azulejos digno de una taberna castiza, donación de la Hermandad de Daimieleños en Madrid (representa a la Virgen de las Cruces, la patrona de ese pueblo ciudadrealeño); la de Santa Josefa Sancho de Guerra, vitoriana fundadora del Instituto de las Siervas de la Caridad, cuya imagen cruza una banda que parece una bacalada; la de San Pedro Poveda, sacerdote asesinado en la guerra civil española, con tres relieves en bronce similares a los de las puertas; la de Santa María Soledad Torres Acosta, la monja fundadora de las Siervas de María, canonizada en 1970, cuya estatua arrodillada ante la Virgen (las dos sobre sendas nubes) parece una escultura de Lladró; la de la Santísima Trinidad, con un retablo-escultura en el que a Dios se le representa con un triángulo en la cabeza, como en los cuentos de niños, y Cristo semeja un ninot de Fallas… El viajero, estupefacto, después de mirarlas todas, no sabe si está en el cielo o en una tienda de souvenirs.

Por fortuna, una campana le devuelve a la realidad. Es la campana que toca, a la puerta de la sacristía, el sacristán que acompaña al cura que sale de ella en este momento vestido para la misa. Tendrá lugar en otra capilla, la que sigue a la nave del crucero y ante la cual un Cristo yacente obra del escultor Juan de Ávalos continúa el mal gusto general. Menos mal que la capilla está vedada al turismo por exponerse en ella el Santísimo y el viajero se evita tener que verla.

El viajero, además, tiene ya hambre. Aún no es hora de comer, pero, como madrugó bastante, siente que ya ha llegado la hora de tomar un tentempié si quiere seguir con vida. Sobre todo, después de ver lo que ha visto, cuya sola descripción, aparte de mucha imaginación, le va a llevar largo tiempo.

Mientras lo hace en una terraza —la de El Anciano Rey de los Vinos, una vetusta taberna que ocupa el bajo del edificio alzado sobre el solar de la desaparecida iglesia de la Almudena, justo enfrente de la puerta de Bailén—, una perra se le acerca moviendo el rabo por si cae algo. El nombre del animal le recuerda que no le han puesto lo que pidió.

—¡Ginebra! —llama al can su propietaria, que está sentada en el jardincillo—. ¡Es una caradura…! —se disculpa por el atrevimiento del animal, que ya se ha comido la tapa que el viajero había pedido para sí.

Éste llama al camarero cuando vuelve:

—Le había pedido unas gotas de ginebra en el vermú… —le dice—. Y tráigame otra tapa, por favor.

Desde la terracilla la catedral se ofrece en toda su inmensidad, resaltada ahora por el resplandor del sol; un sol que pega con fuerza y que obliga al viajero a mover su mesa, pues la línea de sombra ha retrocedido. Mientras escribe, observa a los peatones, hoy convertidos en paseantes, pues es fiesta en la ciudad.

Cuando termina, se levanta decidido a proseguir su visita al templo. Le falta ver el museo, aparte de la cripta y de sus alrededores.

Al museo se accede por la puerta principal. Tras ella, un atrio conduce a la pequeña escalera que comunica las distintas salas de aquél y que termina, después de cruzarlas todas, en lo alto de la bóveda, desde donde se domina la ciudad entera. El precio de la visita son seis euros para los forasteros y cuatro para los madrileños (los curas y las monjas entran gratis, no se sabe en virtud de qué exención). Un detector de metales por el que tienen que pasar todos, incluidos los exentos de pagar, sugiere una gran riqueza que en modo alguno se corresponde con lo que de verdad el museo expone. Fuera de las coronas y de las joyas de la Virgen de la Almudena que muestran sendas vitrinas y de las vestimentas de los obispos madrileños, todas del XIX y el XX, lo demás podría encontrarse en cualquier tienda de antigüedades. Lo cual no impide que se muestre todo como si fuera un auténtico tesoro.

—Muy bonito —le dice el viajero al vigilante que se aburre al final de la escalera.

Por fortuna, las vistas desde la bóveda, que es aún más fea vista de cerca que desde lejos, con las enormes vidrieras a dos palmos de los ojos, compensan la visita y los cuatro euros. La trama urbana de Madrid, más la de algunos pueblos de alrededor y las montañas de Guadarrama en el horizonte (éstas con manchas de nieve aún), se extiende como un gran mapa inundado de sol y de sonidos y punteado por sus hitos urbanísticos. Ahí están, perfectamente identificables, las torres de las iglesias, más abundantes y destacadas en el Madrid antiguo que en el moderno, los anuncios y letreros luminosos (ahora apagados, como es natural), los rascacielos de la parte norte… El viajero, al igual que cualquier turista, se entretiene en buscar los más conocidos y en identificarlos en los paneles que los repiten a través de la terraza de la bóveda, a la que da la vuelta de esa manera. Un ejercicio de paisajismo que le reconcilia con la catedral.

—Precioso —le dice al encargado de cuidar de que ningún turista se quede perdido arriba.

Es la hora de comer. Entre unas cosas y otras (más la hora larga que pasó en la terraza tomando notas antes de subir aquí), el mediodía ha avanzado mucho y es hora de buscar un restaurante, pues no va a volver a casa. Lo tiene ya pensado y está cerca, pero no está seguro de que haya sitio.

Casa Ciriaco, que así se llama el local, que pasa por ser uno de los más castizos de los que en Madrid funcionan, está a un tiro de piedra de Bailén, en el número 84 de la también castiza calle Mayor. Aparte de su comida, su decoración antigua y la profesionalidad de sus camareros, todos vestidos con chaquetilla y haciendo gala de un madrileñismo clásico, tiene el aliciente de abrir sus puertas en el inmueble desde el que un día de mayo del año 1906 el anarquista Mateo Morral lanzó una bomba oculta en un ramo de flores al paso de la carroza en la que regresaban de casarse en los Jerónimos los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia, causando una gran matanza. El magnicidio frustrado (la bomba tropezó en su recorrido con un cable que la desvió unos metros, lo que libró a los reyes de morir) lo recuerda una placa en la fachada y, ya en el interior de la taberna, un periódico de entonces, de los muchos que ilustran las paredes junto con fotografías de sus clientes más conocidos. Uno de ellos, Zuloaga, que aquí tuvo su tertulia y que cenó por última vez en la misma mesa, y otro, el gallego Julio Camba, quien precisamente estuvo implicado en el atentado de Mateo Morral, por lo que tuvo que exiliarse en Argentina algunos años, pero que, de vuelta a España, se hacía llevar cada noche la cena desde Ciriaco hasta el hotel en el que vivía.

El viajero se conforma, sin embargo, con que le dejen comer en el restaurante. Tendrá que esperar un poco porque todas las mesas están ocupadas, pero no le preocupa mucho, puesto que el bar está entretenido. Aparte de la decoración (que rematan en la vitrina un faisán disecado y un manojo de espárragos gordísimos atados con una cinta con los colores de la bandera española), la clientela y los camareros están a tono con el local. Comenzando por el que parece el dueño, que asoma cada poco a tranquilizar a los que esperan mesa y que es un verdadero showman.

—¿Nos toca ya? —le preguntan tres mujeres, impacientes.

—Las toco —dice, tocándolas en el hombro.

El dueño canta, dice chascarrillos, sonríe a unos y otros mientras va de la taberna al restaurante y al revés, empujando la puerta como un vaquero del Oeste. ¿Cuántas veces lo habrá hecho a lo largo de su vida?

Por fin, le llega el turno al viajero. En una pequeña mesa, al lado de una pareja que parece ser conocida del dueño. Al menos, éste se sienta con ellos, sin por eso dejar de vigilar el negocio:

—¡A ver qué va a comer el señor! —le grita a un camarero para que atienda al viajero, que ya ha leído la carta.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Fuera de carta tiene mollejas, gallina en pepitoria, conejo a la riojana y unos espárragos fabulosos.

—Pues venga: espárragos. Pero sin mayonesa —pide el viajero, acordándose de los que campeaban en la vitrina como un trofeo.

—¿Y de segundo?

—Ensalada de cogollos con atún —decide aquél, conteniéndose. No quiere que le dé el sueño, pues le espera aún mucha tarde por delante.

—¿Para beber?

—Vino.

—¿Tinto?

—Tinto.

—¡Marchando! —grita el camarero mientras se aleja en busca de la comanda.

La comida discurre entre grandes voces; las que dan los camareros trayendo y llevando platos y las que profiere el dueño, que incluso canta cuando le apetece: «¡Ay, Macarena…!». Parecen todos contentos pese a estar trabajando en día de fiesta.

El viajero lo está también, pero por razón distinta. Hacía ya tiempo que deseaba volver a emprender un viaje (desde el que hizo por Cataluña han pasado quince meses) y echaba en falta esta sensación que le acompaña desde que se levantó: la sensación de ser un turista, aunque sea en la ciudad en la que vive.

—¡Vaya espárragos! —le dice el dueño al pasar, ahora cantando una de Los Brincos: «¡La otra noche bailando estaba con Lola…!».

En la calle, cuando sale, al viajero le recibe una algarabía distinta: la que producen los coches y el ruido de la ciudad, que está de fiesta, como ya sabe. Por las aceras, grupos de gente mayor comienzan a pasear aprovechando que hace buen tiempo.

Los alrededores de la catedral están también atestados. Tanto en el atrio que da a Bailén como en la explanada, al fondo, los turistas y los madrileños se juntan y se confunden, al revés que por la mañana, en que sólo había turistas. No es extraño que un mendigo sentado en un escalón junto a la reja del atrio que da a Bailén, con los pies metidos en una caja haya tomado ya posiciones, a la vista de la concurrencia.

—¿Y por qué tiene los pies dentro de la caja? —le pregunta el viajero, que no encuentra la razón de su actitud.

—Tienen frío —dice él en un extraño lenguaje que le desconcierta aún más, pues hace un día de verano.

Las puertas de la entrada de Bailén son, como las de la principal, de bronce; enormes hojas talladas que representan, igual que éstas, tres cuadros figurativos: el hallazgo en la muralla de Madrid de la talla de la Virgen de la Almudena por el rey Alfonso VI de León, la de la izquierda; la consagración de la catedral por el papa Juan Pablo II el 15 de junio de 1993 (con imágenes de los reyes, de la madre del rey, doña María de las Mercedes, y del arzobispo de Madrid entonces, Ángel Suquía), la central; y la procesión de la Virgen de la Almudena el día de su festividad por las calles de la ciudad presidida por el actual, Antonio María Rouco Varela, la de la derecha. Tres estampas sucesivas que pretenden resumir toda una historia, la de la Virgen de la Almudena, cuya imagen se venera detrás de ellas.

La catedral está abarrotada. Como por la mañana, los turistas llenan sus grandes naves, pero ahora hay también muchos madrileños que han venido a rezar o de visita. Las colas suben hacia la Virgen como si se tratara de un jubileo y continuamente llega más gente que accede al templo por sus dos entradas. Se diría que esta tarde va a suceder aquí algo especial.

Pero no. Durante toda la tarde, que transcurre lentamente como corresponde a un día cuyas horas se prolongan hasta cerca de las diez, lo único que sucede es el ir y venir de los turistas y de los madrileños que se congregan ante las diferentes capillas siguiendo sus devociones. La aglomeración es tal que el viajero apenas puede abrirse paso entre ellos, por lo que al final decide sentarse en uno de los bancos y dedicarse a tomar sus notas intentando abstraerse del barullo general. Debe de ser el único que obedece las advertencias periódicas que la megafonía repite para que los congregados guarden silencio sin que, como por la mañana, la gente parezca oírlas.

—¡Por favor, que están en un lugar sagrado! —exclama el hombre de la megafonía, cada vez de peor humor.

El viajero lo está también, pero por razón distinta. En sus idas y venidas, ha olvidado su guía en algún lado (tal vez en el restaurante) y ahora no puede tomar sus notas con la ayuda de ésta, como le gustaría. Así que las despacha como puede, da otra vuelta a las capillas y a las naves (que, a esta hora de la tarde, están todavía más luminosas) y, como la algarabía persiste, sale de nuevo al exterior, al atrio donde el mendigo sigue con los pies dentro de la caja, ahora también con un cartel que proclama: RUMANO. Como si ser rumano fuera una enfermedad.

—Tenga —le da el viajero un par de monedas, conmovido por la declaración.

El ábside de la catedral se asoma a una calle en cuesta —la llamada de la Vega— que continúa a la Mayor tras acabarse ésta en la de Bailén. La calle, que está desierta al contrario que las otras, quizá por calle en cuesta, esconde, pese a ello, dos secretos que a la mayoría de los turistas suelen pasarles desapercibidos: el lienzo de la muralla donde, al decir de la tradición, se le apareció la Virgen de la Almudena al rey Alfonso VI de León cuando éste rindió Madrid y la entrada a la cripta que, en su recuerdo, los madrileños hicieron justo donde sucedió el milagro. Si bien su construcción se demorara aún mucho tiempo, concretamente hasta principios del siglo XX, cuando se abrió al culto sin estar comenzada la catedral.

Del muro queda muy poco (apenas unos diez metros), pero la cripta, que es neorrománica (faltaba sólo este estilo, piensa el viajero al entrar en ella) y que hace las veces de parroquia en sustitución de la antigua iglesia de la Almudena, compite por su tamaño con la catedral de arriba. De hecho, tiene sus mismas dimensiones, sus mismas naves y capillas, si bien su altura y su oscuridad no tengan nada que ver con ella. Mientras que la catedral destella y sus bóvedas parecen flotar en un mar de luz, la cripta semeja una catacumba, tan baja es y tan asfixiante.

Por si faltara algo, además, cuenta tal número de columnas y éstas son tan gigantescas que su oscuridad aumenta a medida que uno se adentra en ella. Y ello a pesar de tener tres naves y de estar las laterales rodeadas de capillas, la mitad de las cuales —las del oeste— tienen también ventanales que dejan entrar la luz. El viajero, impresionado, les da la vuelta despacio sin cruzarse en su camino más que con un par de turistas y sin advertir aún que está pisando en un cementerio: el que conforman las muchas lápidas que se suceden entre las columnas.

El viajero está más atento a lo que ocurre en el altar mayor. Allí, en mitad de la cripta, a la luz de una gran lámpara y de unas cuantas velas amarillas, un cura joven y afectadísimo oficia una ceremonia para dos docenas de personas, todas de avanzada edad. Le acompaña otro sacerdote que hace las veces de monaguillo y, en un segundo plano, una mujer que canta y toca la guitarra. En la oscuridad del lugar, la escena parece casi irreal, como si se tratara de primitivos cristianos en las catacumbas de la antigua Roma.

La ceremonia es una misa, pero extraña. Trufada de oraciones y de cánticos, se prolonga indefinidamente hasta el punto de que el viajero se pregunta si será una misa normal. Por si le faltara algo, los dos curas se muestran como ausentes, como si estuvieran viviendo una experiencia mística. Cada poco caen en un profundo silencio que a veces dura varios minutos y, cuando regresan de él, parecen resucitar, tal era su inmovilidad en tanto. El viajero, oculto tras una reja, observa todo sin moverse, no vaya a romper el clímax, mientras se pregunta qué hace él allí, espiándolos como un intruso. Quizá es la misma pregunta que se hacen los asistentes, todos vestidos muy clásicos: de traje y corbata, los caballeros, y con grandes cardados y collares, las señoras. Al final, un tanto incómodo, el viajero opta por alejarse de allí, no vaya a ser que le llamen la atención por espiarlos.

Mientras la ceremonia prosigue, se dedica a ver el resto de la cripta. Ahora sí, comienza a ver ya las lápidas que cubren casi enteras las dos naves laterales, incluso las capillas y la parte final de la central. Aunque de fechas recientes (la cripta también lo es), la mayoría de ellas pertenecen a personas con títulos nobiliarios, o con varios apellidos enlazados por guiones, lo que al viajero le hace pensar no sólo en la fatuidad del mundo, sino en cuánto costará enterrarse aquí. Aunque, aun cuando fuera gratis, que no lo cree, él preferiría sin duda un sitio más soleado, pese a que le costase más alcanzar el cielo.

Los que lo van a alcanzar seguro son los curas y la gente que los sigue ajena a todo. Pues, acabada la misa (la extraña misa cantada y celebrada entre grandes gestos por los primeros), ahora rezan el rosario, también de forma muy teatral. Pero la cosa no se queda ahí. Al rosario, que dura casi una hora (entre cada letanía hay un silencio y otro más largo al final del todo), le sigue una meditación y a la meditación otro extraño rito que parece una adoración; aunque, como es en latín, es difícil saber de qué se trata. El viajero, ahora ya sí, empieza a pensar que todo es un tanto raro y que a lo que está asistiendo no es una celebración normal; una sospecha que corroboran las banderitas de España que algunos hombres lucen en sus chaquetas y las mujeres en los relojes o en las pulseras y que el viajero descubre cuando se aproxima a ellos y que confirma —cuando la adoración termina y la gente se agrupa en torno a los curas como los niños en torno a su profesor— una señora muy rubia y más cardada que el resto, quien le confiesa que pertenecen a la Asociación de la Amistad de Cristo en María-Apóstoles de la Reparación, surgida, según proclama, a raíz del estreno en Madrid de la obra del actor Pepe Rubianes Me cago en Dios (el título no lo dice, pero el viajero lo sabe) para defender la religión católica de las muchas ofensas que recibe últimamente, según ella.

—¿Usted es católico practicante? —le pregunta la señora a bocajarro cuando termina su explicación.

—A medias —miente el viajero, no sea que lo contrario la señora lo considere otro insulto.

—Pues pásese por aquí el próximo jueves, que todos los jueves nos reunimos para la misa de reparación a Cristo —le dice, dándole una estampita y una hoja informativa con los datos de la asociación.

La señora se va hacia el cura, que sigue departiendo con los otros (más que un maestro con sus alumnos, se asemeja a un pájaro con sus polluelos), y el viajero se queda con la estampita, desconcertado y sin saber qué hacer. Le parece que todo lo está soñando, desde la cripta a lo que sucede en ella.

—Le esperamos —le dice la señora desde lejos, provocando la curiosidad del resto.

—Necesitamos gente joven como usted —amaga un hombre con acercarse.

—Si puedo, vendré otro jueves —vuelve a mentir el viajero, escapando a toda velocidad del lugar.

—Dios nos necesita a todos —trata de convencerle aquél.

—Sin duda —dice el viajero antes de desaparecer.

Lo hace deprisa, por si las moscas, sin dejar de observar si alguien le sigue. Lo cual no le impide ver, aparte de otros detalles (el cura, que continúa hablando, la lámpara, que se apaga, la oscuridad del resto de la cripta…), ya cerca de la salida, la lápida mortuoria del marqués de Villaverde, el que fuera yerno de Franco. ¡Qué regresión a la España eterna!

En la calle luce aún el sol. El viajero lo recibe con alivio, como si retornara de una pesadilla. La cuesta de la Vega corre abajo, dando curvas y más curvas en dirección al río Manzanares y dejando a su derecha la muralla en la que se apareció la Virgen y, antes, una estatua de ésta, erguida en un pedestal. Hacia su parte alta, donde termina la cuesta, los coches pasan haciendo ruido por la vecina calle de Bailén, cuyas aceras puebla la gente que disfruta del buen tiempo y de la vida. ¡Quién diría que aquí al lado un grupo de catecúmenos vela por la salvación de todos!

Huyendo de ellos, por si aparecen (ya empieza a tener visiones), el viajero vuelve a la catedral, que ya ha cerrado sus puertas, y se asoma a contemplar, al final de ella, la caída del sol junto al palacio. Hay mucha gente que ha hecho lo mismo y que llena la explanada por completo. Pero la valla que cierra ésta, junto con la aglomeración y el ruido, hace que el viajero huya buscando un lugar mejor. Lo encuentra cerca de allí, en las terrazas de las Vistillas, tras cruzar andando el Viaducto, que salva el precipicio de la calle de Segovia y desde el que tradicionalmente se han arrojado (mientras sus barandillas no estuvieron protegidas por cristales como ahora) los suicidas madrileños. El atardecer no invita, no obstante, a hacerlo. Al contrario, los azules y los rosas velazqueños con los que, a la caída del sol, se adorna el cielo de Madrid alcanzan hoy su máxima intensidad, provocada quizá por la festividad del día. Mientras los mira sentado en una terraza, el viajero recuerda la penumbra de la cripta y piensa en el contraste que supone la vitalidad de toda esta gente que disfruta en torno a él de este atardecer magnífico delante de sus cervezas con la que en aquella dejó al salir.

—Pues nosotros nos vamos a ir a Praga —les dice una pareja a sus amigos en la mesa que tiene a su derecha.

—¡Qué suerte! —responde otro—. Nosotros nos quedamos en Madrid. Yo tengo la oposición en setiembre.

Poco a poco, mientras el sol se funde en el horizonte, el murmullo de las voces se acrecienta entremezclándose con los cláxones de los coches que pasan bajo el Viaducto y con el ruido de la ciudad, al fondo. Madrid se prepara para otra noche que, como la de ayer, será larga e intensa, pues mañana será sábado y, además, también es fiesta. El viajero, ensimismado, mira a la gente a su alrededor y decide que éste es un buen lugar para tomar las notas que aún no ha tomado.

Cuando termina, la catedral, que está justo frente a él, al otro lado del Viaducto, ya ha encendido sus luces exteriores, anticipándose a la llegada de la noche.

libro-5

La Virgen de los Ángeles

Segundo día de viaje. El viajero, como ayer, se despierta muy temprano (para lo que él acostumbra) y, tras desayunar, se echa a la calle dispuesto a visitar la segunda catedral de Madrid. La de Getafe, la más moderna de las tres que existen en la provincia.

Como cada mañana, Maxi está ya en su quiosco cuando sale.

—¡Buenos días! —le saluda, igual que todos los días.

—¡Buenos días! —dice Maxi, mirándole con extrañeza—. ¿Cómo es que madrugas tanto?

—Pues ya ves —le responde el viajero, sonriendo—. Me aburría…

Debe de ser de los pocos. Por la acera se acerca una mujer portando una gran bandeja llena de bollos y de cruasanes.

—¿Tú sabes por qué no han abierto aún? —le pregunta a Maxi, por la cafetería de enfrente.

—Se dormirían —sonríe el quiosquero, que es el único en su sitio, por lo que se puede ver.

La pastelera se va con su cargamento y el viajero se dispone a hacer lo propio, tras comprarle a Maxi la prensa.

—Voy a Getafe —le comunica.

—El jueves estuve yo —le dice Maxi, sin sorprenderse.

—¿Y eso?

—Fui a un entierro —responde el quiosquero—. De un tío mío que palmó.

—¿Era mayor?

—Setenta y nueve años. Pero estaba muy jodido —dice Maxi, que no parece muy afectado por la desgracia.

Madrid está esplendorosa. Apenas si se ven coches circulando por sus calles y, por la Castellana abajo, el viajero puede admirar desde el suyo los parterres de los bulevares, llenos de rosas y tulipanes en plena explosión primaveral. En la radio, las emisoras hablan de los acontecimientos acaecidos en Madrid tal día como hoy hace dos siglos, la mayoría de ellos pintados por Goya, dice uno de los locutores. En la Cibeles, están ultimando aún los preparativos para el acto que se celebrará esta noche en conmemoración de aquéllos y que protagonizará, según los carteles, un grupo de teatro catalán. Así es Madrid, piensa el viajero al leerlos, felicitándose por su antinacionalismo.

Hasta Getafe, que está en la carretera de Toledo, apenas a media hora de la Cibeles, el viajero atraviesa la periferia de la ciudad, esa que integran sus nuevos barrios y el rosario de ciudades dormitorio y de polígonos industriales que la rodean por su parte sur. Al revés que por el norte, donde viven los más ricos, la zona sur de Madrid es la más pobre y trabajadora, aunque ha cambiado mucho en los últimos años. Tanto como para que el viajero se pierda en algún desvío y acabe en una urbanización que no sabe si es de Getafe o de Leganés.

Por fortuna, llega un taxi que le devuelve a la dirección correcta.

—Sígame —le dice el taxista—. Yo voy también hacia allí.

De no haber sido por él, el viajero continuaría aún dando vueltas por la zona, tantas son las autovías, polígonos y urbanizaciones que se suceden por todas partes. Lo que fueran pequeños pueblos hoy son ya grandes ciudades cuyo imparable desarrollo hace que se hayan unido.

—Esto es el centro de Getafe —le dice el taxista al llegar a él, señalándole una plaza con una iglesia a la derecha.

—Muchas gracias —le despide el viajero.

El taxista sigue hacia donde vaya y el viajero busca dónde aparcar, cosa que no le resulta sencillo. Al revés que el resto de la ciudad, que es moderna, aquí las calles son más estrechas, como corresponde al pueblo que Getafe fue hasta hace poco. Un pueblo agrícola y ganadero, con posadas donde comer y dormir surgidas al arrimo del camino de Madrid hacia Toledo, que se transformó por completo en unos años a raíz de su industrialización. Aunque todavía conserve en su parte antigua cierto aroma rural y pueblerino.

—En Leganés, pepineros; en Getafe, los hambrones; y, en Villaverde, la fama de los ladrones… —le recita de corrido al viajero un jubilado con el que traba conversación apenas aparca su coche. El hombre, que es muy simpático, conoce bien su ciudad, pues ha vivido en ella toda su vida—. Getafe —dice— empezó a crecer cuando pusieron la fábrica de aviones. Luego, vino la Uralita, y la Ericsson, la Siemens… Hoy ya no se lo conoce.

—¿Y usted cuánto tiempo lleva viviendo aquí? —le pregunta el viajero, interesado.

—¿Yo?… Desde los cuatro años. Mis padres vinieron de un pueblo de Toledo. La mayoría, aquí, somos de Toledo y de Extremadura —dice, mirando la plaza en la que toma el sol como cada día. Una plaza con un nombre bien curioso: del Beso, informa el letrero.

—¿Y ese nombre? —señala el viajero.

—Será porque aquí vienen las parejas…

Al otro lado de la plaza, se ve una iglesia muy grande. Es, según dice el jubilado, la iglesia de la Magdalena, hoy catedral de Getafe.

—Pero ¿es una catedral? —le pregunta el viajero, a ver qué le cuenta.

—¡Coño, claro! Tiene obispo —responde el hombre como prueba de ello.

El viajero mira la catedral con curiosidad. Así, a simple vista, no lo parece, pero tampoco lo parecía la de San Feliú y lo era. Es grande, con una torre, de mampostería y ladrillo. Se ve que, cuando la hicieron, Getafe ya no era tan pequeño.

—Yo he oído —dice el jubilado— que es del tiempo de los moros. Pero que se cayó y tuvieron que volver a hacerla.

—Pero es bonita —dice el viajero.

—Será —le concede aquél, que no parece muy convencido—. A mí es que las iglesias me dan lo mismo. Para lo que las visito…

El chico que vende flores en la plaza de la Magdalena, la que se abre enfrente de la catedral, está más informado sobre ésta, aunque solamente sea por el bien de su negocio. Negocio que, en estos días, ha trasladado hasta este lugar por mor de que a la Virgen de los Ángeles, que es la patrona del pueblo, la han vuelto a bajar desde el cerro al que da nombre, donde reside el resto del año, siguiendo una tradición que se repite cada primavera y que concita en la catedral a cientos de getafenses, según le explica al viajero mientras atiende a su clientela.

—¿A cómo vendes las rosas? —le pregunta una señora muy pintada y enjoyada.

—A diez euros la docena.

—¿Y los claveles?

—A cinco… De primera calidad —dice el florista.

La señora tarda en decidirse. Observa todos los ramos, mirándolos uno a uno, como si no se fiara del vendedor.

—Las mujeres somos muy pesadas —se disculpa.

Desde la plaza, la catedral parece aún más modesta. Tiene una sola puerta con pórtico y en la fachada se advierte que una de las dos torres se cayó o nunca se hizo. En su lugar, un muñón macizo, de la misma traza que la torre y rematado con un tejado en forma de ese (la torre acaba en un capitel), es lo que se puede ver de ella. Así que la que hay parece única y destaca aún más sobre el edificio.

Por dentro, el templo es más armonioso. Dividido en tres naves por columnas, tres por cada fila de ellas, tiene varios retablos laterales y un ábside pentagonal cubierto ahora por una tela, un gran terciopelo rojo (azul y blanco por el envés) que pende de una corona gigantesca y que acoge en su interior una custodia también enorme y varias nubes algodonosas, no se sabe si de tela o de papel. Ante él está el altar y, a la izquierda de éste, la carroza en la que está entronizada la Virgen. Toda cubierta de flores, que llenan con su olor la catedral.

Mientras se aproxima a ella, el viajero observa a la gente que reza o charla en los bancos. Hay mucha, para la hora, lo que demuestra la devoción que los getafenses le tienen a esa figura que naufraga entre las flores que rebosan la carroza. Es muy pequeña y está vestida, por lo que sólo se le ve el rostro. Pero es bonita. Por el aspecto, parece del XVII, aunque el viajero no se atrevería a afirmarlo. La carroza, que es dorada, semeja un barco por la forma y está sujeta sobre unas andas.

—Ayer mismo la bajaron —le contesta al viajero la señora que deja en este momento otro ramo de flores a la Virgen. Ya apenas caben en la carroza.

—¿Y la traen andando hasta aquí?

—En la carroza —le dice la señora, que, al ver su gesto de estupefacción, le explica—: Son tres kilómetros desde el Cerro.

—¿Sólo?

—Por ahí habrá —dice la señora.

—Yo pensaba que estaría mucho más lejos —dice un viajero desconcertado por sus idas y venidas con el coche por la zona—. ¿El Cerro de los Ángeles no está junto a la carretera de Andalucía?

—Claro —le dice la señora, sonriendo—. Pero es que la carretera de Andalucía pasa muy cerca de Getafe…

Mientras hablan, se acerca otra mujer a besar el manto de la Virgen. La devoción popular, a lo que se ve, no ha desaparecido con la transformación del antiguo pueblo en ciudad.

El olor de las flores, la luz de la primavera, el fresco de la mañana, que aún no ha alcanzado su cenit, sumergen al viajero en un relax que le remite a lejanos tiempos, cuando de niño iba a la iglesia. Y es que la catedral de Getafe es una iglesia de pueblo a la que las circunstancias han convertido en templo catedralicio. Según una placa que hay en el pórtico, el 23 de julio de 1995, cuatro años después de la creación de la nueva diócesis.

Mientras la gente sigue llegando, el viajero echa un vistazo a lo que contiene. Es poco, como ya ha visto, pero no por ello merecedor de no ser tenido en cuenta. Y eso que su mejor pieza, que es el retablo mayor, está oculta detrás de la tramoya levantada en honor de la patrona, según le dice al pasar un cura joven y bien plantado que llega en ese momento y que resulta ser el párroco del templo. El resto son seis retablos, dos de ellos atribuidos a Alonso Cano, aunque el cura duda de la atribución.

—Yo creo que sólo son de él algunas tablas —le dice, contemplando uno de ellos, el de la nave de la derecha, que está dedicado a la Virgen (el otro, que es compañero, lo está al Nombre de Jesús).

El resto de los retablos son de menor calidad, pero también tienen su interés. Sobre todo uno churrigueresco dedicado a la Virgen de los Dolores y dos que hacen pareja, barrocos, del XVII, procedentes, al parecer, de una parroquia desaparecida. Aunque el mejor de todos, insiste el cura, es el retablo mayor, dedicado, como el templo, a Santa María Magdalena, cuya vida y milagros cuenta.

—Si puede, venga otro día, cuando pasen las fiestas de la Virgen —le dice al viajero, convencido de que le agradecerá el consejo—. De verdad que merece la pena verlo.

El cura entra en la sacristía y el viajero prosigue su visita solo, ahora centrado en la contemplación del templo, que arquitectónicamente tiene también su interés; no en vano lo levantaron, según le ha contado el cura, dos arquitectos de gran prestigio, como fueron Alonso de Covarrubias y Juan Gómez de Mora, el autor de la plaza Mayor de Madrid. Sobre todo son dignas de admiración las columnas, redondas y de gran fuste, y la cúpula central, dividida en ocho trapecios, cada uno de ellos pintado con los distintos símbolos de la pasión de Cristo (en las pechinas aparecen los cuatro evangelistas con los suyos).

Por fuera, el templo es más simple, por lo que el viajero lo ve enseguida. Así que, aprovechando que ya ha salido, se va a tomar un café hasta el bar de enfrente, que está al borde de la plaza, separado de ésta por un jardín en el que se alza la estatua del primer obispo de Getafe, un tal Francisco José Pérez Fernández-Golfín, muerto el año 2004, y junto a la que juegan a la pelota unos niños. En el bar, que se llama El Toledano, sólo hay, en cambio, además del dueño, un hombre y una mujer, él leyendo un diario deportivo y ella viendo la televisión. En la televisión de Madrid, que es la cadena que tienen puesta, están emitiendo ahora el acto de entrega de las medallas de oro de la Comunidad Autónoma a distintos madrileños destacados coincidiendo con su festividad.

El viajero, mientras toma su café, se queda también mirándola, al igual que la mujer y el dueño del bar, mientras que el hombre, que no se sabe si es el marido de aquélla, puesto que no le hace el mínimo caso, continúa concentrado en la lectura de la prensa deportiva. Solamente la abandona cuando en la televisión anuncian la entrega de una de las medallas de oro al Getafe Club de Fútbol por la gran temporada realizada por su equipo, al parecer.

Pero, para sorpresa de los presentes, el hombre que lee la prensa deportiva no se muestra muy contento, pese a ser de la ciudad como los otros. Mientras la mujer se pone a gritar «¡Geta!, ¡Geta!» a voz en cuello y el dueño de El Toledano sonríe con satisfacción, el del periódico deportivo comienza a despotricar, no tanto contra el equipo de su ciudad como contra su presidente:

—¡Chupa cámara, jodío!… ¡Mira cómo saca pecho! —exclama al ver cómo el presidente del Getafe recibe la medalla de manos de la presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid.

El dueño del bar disiente, pero el otro parece muy enfadado. «¡Tenían que recogerla los jugadores, no tú, hijo de puta! ¡Qué poca vergüenza tienes!», grita a la televisión, como si el presidente del club de fútbol pudiera oírlo, antes de salir del bar, seguramente para no seguir viendo la celebración. En fin, piensa el viajero, asombrado, nadie es profeta en su tierra…

En la plaza, cuando sale, hay dos floristas en vez de uno; cada uno a un lado de la escalera que da acceso a la puerta principal. Los dos vocean su mercancía al paso de los vecinos, que cada vez llegan en mayor número:

—¡Flores! ¡Flores para la Virgen!

En el interior del templo, los bancos están ya llenos. Son las doce menos cinco y, al parecer, va a haber una misa ahora. Un cura joven y diminuto prepara ya en el altar los aditamentos para la ceremonia, que empieza con el rezo del ángelus por todos los presentes. ¡Cuánto hacía que no escuchaba un ángelus!, piensa el viajero buscando un sitio en el que sentarse.

La misa la oficia otro cura joven que no pertenece al templo, sino a otra parroquia getafense, según dice el anterior, que le presenta, y lo hace para celebrar el cuarenta aniversario de boda de sus padres, que están en primera fila. El chico, que es animoso, oficia la ceremonia con sencillez, sin la teatralidad y la afectación de tantos de sus colegas. El sermón, que, se ve enseguida, ha preparado a conciencia, trata lógicamente del sacramento del matrimonio, aunque, como es obligado, contiene continuas alusiones a la Virgen, que sigue allí, entre las flores, concitando las miradas de la mayoría de los asistentes.

Cuando termina la misa, la gente se abalanza sobre ella en una reacción más propia de un espectáculo deportivo que de un acto religioso. Todos pugnan por tocarla, por besar el manto y las cintas que cuelgan de la carroza, por acercarse lo más posible a esa talla que asiste impávida a tanta efusión y a tanta fe incontrolada. Incluso hay un chico joven que parece no estar bien de la cabeza que recorre con la mano cada detalle de la carroza sin dejar de santiguarse y de rezar.

Fiesta de la Virgen de los Ángeles en la catedral de Getafe, Madrid.

A la una acaba el espectáculo. Le da fin el sacristán anunciando a los que quedan que va a cerrar y que tienen que dejar la catedral. La gente se rebela ante el anuncio, pues, por lo visto, la hora fijada para el cierre es la una y media, lo que da lugar a protestas, incluso a escenas poco edificantes:

—¡Cómo que cierran ya! —exclama, airada, una mujer que hace sólo unos segundos rezaba con contrición—. ¡Tendrán vergüenza…!

Otro hombre, por su parte, se queja de que acaba de llegar.

—Pues vuelva usted por la tarde —le dice el sacristán, agitando las llaves de la puerta.

—¿Y si no puedo? —le dice el otro.

—¡Tendrá usted mucho que hacer! —interviene la señora que acompaña al sacristán, posiblemente su madre, que se desplaza con andador.

—Lo que tenga que hacer es cosa mía, no de usted —responde el hombre, con malos modos.

Poco a poco, sin embargo, van saliendo de la iglesia y el sacristán consigue cerrar la puerta, no sin dejar de escuchar protestas y hasta algún insulto aislado de parte de unas personas que hace sólo unos minutos se daban la paz en misa:

—¡Usted es un sinvergüenza! ¡Eso es lo que es usted!

El mediodía en Getafe parece más distendido, sobre todo en la calle principal, que es la que nace frente al Ayuntamiento. Los bares, los restaurantes, las terrazas en las que los getafenses acostumbran a tomar el sol y el aperitivo están llenos a esta hora de personas que celebran de otro modo el día de fiesta, ajenas a los tumultos de la catedral del pueblo. El ambiente general es de alegría, por la festividad y por el buen tiempo. La mañana de primavera luce en todo su esplendor.

En una plaza una fuentecilla reproduce la Cibeles madrileña, sólo que a pequeña escala. De ahí su nombre: Cibelina, y de ahí que en ella celebren, como los madridistas en la primera los triunfos del Real Madrid, los getafenses los de su equipo. El viajero lo sabe porque es aficionado al fútbol y porque se lo pregunta, para estar seguro de ello, al camarero de la cafetería más próxima, que lleva el nombre del monumento. Qué mejor sitio que su terraza para tomar sus anotaciones delante de una cerveza mientras contempla el ir y venir de los habitantes de esta ciudad que ya ha rebasado los ciento cincuenta mil.

Fiesta de la Virgen de los Ángeles en la catedral de Getafe, Madrid.

De ellos, gran parte son extranjeros, comenzando por el camarero que le acaba de atender, que era del Este. Como en toda la región, la población extranjera ha aumentado últimamente en estos pueblos y su presencia se hace notar, sobre todo en la hostelería. Es ya difícil que a uno le atienda un camarero español en ningún lugar.

El del restaurante es vasco. Se lo recomendó un vecino al que el viajero se dirigió para preguntar por uno, con el argumento de que era el preferido de un cuñado («Pues si le gusta a su cuñado…», aceptó el viajero el consejo) y su decoración contrasta con la del resto de los locales que ha visto en su deambular, pese a estar en el bajo de un edificio tan moderno como todos los demás. La carta —y lo que el viajero pide: ensalada de txangurro y chipirones— también contrasta con el ambiente, no tanto con el de dentro, que es el de una sidrería euskaldún, como con el que quedó allá fuera. ¿Qué hará un vasco aquí perdido? se pregunta el viajero imaginando los motivos por los que un nativo de aquellas tierras ha venido a montar su negocio aquí.

A la hora de la siesta, Getafe es una ciudad fantasma. Sus calles están desiertas y lo mismo sucede con sus cafeterías. Además, el calor ha ido en aumento, lo que hace que nadie se atreva a andar fuera de las pocas sombras que los árboles de adorno, la mayoría de ellos todavía jóvenes, arrojan sobre el adoquinado. En lugar de una tarde de primavera, parece de verano y no de las más templadas.

En la calle principal, que es peatonal, y a falta de una terraza que esté a la sombra, como debiera (todas están en el lado opuesto), el viajero elige un banco en el que sentarse a la espera de que den las cinco y media, que es la hora en la que vuelven a abrir la catedral. El viajero, que anoche ha dormido poco, está cansado y con sueño y ya no tiene ni fuerzas para seguir tomando sus notas. Mientras contempla la calle, se va quedando traspuesto como esos vagabundos que hacen de la vía pública su casa y su dormitorio, sin importarles que los demás los miren. Como ellos, ni siquiera necesita recostarse para caer en un sueño profundo y no breve como quizá pensaría él mismo.

Al contrario: dormita más de una hora. Cuando despierta, son ya las cinco y por la calle se ve más gente. Muchos parecen de otros países, a juzgar por su acento y por sus rasgos.

Una visita al baño del Lido, como se llama la cafetería más próxima, para lavarse la cara con agua fría y un café en el mostrador le devuelven a la realidad y le preparan para lo que le espera. Que es el camino que anduvo antes y la aglomeración que sabe hallará en la catedral. Se la anunció el cura esta mañana al decirle que hoy comenzaba la novena en honor de la Virgen de los Ángeles.

En efecto, cuando llega a la plaza de la catedral, ésta y sus alrededores están ya llenos de gente que se dispone a participar en ella. A los floristas, que ahora son más (hay por lo menos media docena), se ha unido en el interior del pórtico un grupo de vendedores que exponen en dos vitrinas todo tipo de objetos relativos a la Virgen. Los vendedores son voluntarios, miembros de la cofradía encargada de la organización del acto y cuya relación completa figura en un listado en la pared. En total, 6.149 personas, de las cuales cinco o seis son las que se encargan hoy de venderles a los demás sus productos: rosarios, medallas, libros, insignias… La mayoría de ellos, naturalmente, con la imagen de la Virgen de los Ángeles como motivo fundamental.

En el interior del templo, la luz es preciosa ahora. Entra por el ventanal de atrás, y se proyecta entre las bancadas sobre la alfombra de color crema que recorre la nave principal. Junto al altar, la carroza de la Virgen definitivamente ya es un montón de flores cuyo penetrante olor inunda toda la iglesia. Que está atestada de gente, y eso que la novena empieza a las siete y todavía no son las seis.

Mientras espera la hora, el viajero se entretiene en contemplar el espectáculo que, dentro y fuera del templo, tiene lugar en estos momentos. Dentro, los gestos de adoración a la Virgen, a la que ya ni siquiera se puede ver de tantas flores como la cubren, y, fuera, el consumismo desaforado que se desata en el pórtico (los vendedores no dan abasto a atender a todos los que los requieren) y en la propia entrada a éste, que es donde están los floristas. Por fortuna, llega ahora el furgón que les trae material.

—¿Necesitáis más verde? —pregunta el gitano que lo conduce sin llegar a bajarse siquiera, no vaya a hacer el esfuerzo en balde.

A las siete de la tarde, en la iglesia no cabe una persona más. La gente ocupa todos los bancos, se arracima en las dos naves laterales y, en el fondo, ocupa hasta la capilla —la única en todo el templo— que hay a los pies de la de la Epístola y que se usa como baptisterio. Por fortuna, el viajero ocupó su sitio con tiempo, lo que le permite contemplar la ceremonia sentado cómodamente.

La misa la oficia el párroco y es solemne, como corresponde al día. Aparte de ser cantada, la concelebran con aquél otros dos curas, el diminuto de esta mañana y otro aún más joven, alto y moreno, que es el que dice el sermón. El público participa como el viajero no recuerda haber visto en mucho tiempo y en él hay gente de todas las edades y países, a juzgar por los rasgos de algunos de ellos. Se ve que para los getafenses, sean de origen o de adopción, la Virgen de los Ángeles es más que una simple Virgen.

Su devoción no impide, no obstante, que haya incidentes durante la ceremonia; sobre todo a la hora de la comunión, que es cuando alguno aprovecha para quitarle el sitio a los que comulgan. Es lo que hace una señora que se ha sentado junto al viajero, en el lugar dejado por la que ocupaba el sitio. Las compañeras de ésta se lo recriminan, pero ella hace como que no las oye. Incluso se niega a irse cuando la otra vuelve de comulgar.

—¡Qué cara más dura tienen algunas! —le critica una de ellas.

—¿Por qué crees que no fui yo a comulgar? —dice otra, ante la indiferencia de la usurpadora.

Terminada la misa, empieza un rosario, que reza una mujer joven y que muchos aprovechan para acercarse a mirar la Virgen, y al rosario le sigue la novena, que el viajero, en su ignorancia, pensaba sería otra cosa y no una nueva misa, que es en lo que de verdad consiste. Asustado, emprende la huida y más después de oírle a una de sus vecinas que el cura que la dice, que es mayor, es pesadísimo.

Fuera, sigue el tumulto. Tanto en el pórtico como en la plaza hay tanta gente como en el interior del templo, acrecentada ahora por la presencia de otros vecinos que aprovechan la tarde para pasear. Desde su pedestal, don Francisco José Pérez Fernández-Golfín, primer obispo de Getafe, contempla todo impasible, aunque seguramente orgulloso de la acogida de los getafenses a la Virgen de los Ángeles, patrona y alma de su diócesis.

Cae la tarde poco a poco. En el interior de la catedral, ahora, la gente canta la salve, canto con el que termina la primera jornada de las nueve con las que se honrará a la Virgen y que culminarán con la devolución de ésta a su santuario, en una nueva procesión a pie. Al viajero, cómo no, le gustaría asistir a ella, pero, como no estará (y aunque estuviera: seguro que no lo haría), la emprende ahora en su coche, guiándose por los letreros que señalan la dirección del Cerro desde Getafe y que le llevan por las afueras de la ciudad, bordeando la alambrada de su aeródromo y los escasos campos que aún se mantienen sin edificar, hasta la carretera de Andalucía. Cuatro kilómetros, en efecto, como le dijo una señora, el último de los cuales trepa a lo alto del promontorio que, según la tradición, señala el centro justo de la península ibérica y entre cuyo arbolado se ven aún domingueros recogiendo sus pertenencias para regresar a casa. Anochece y la verja está cerrada, pero, desde allá arriba, se divisa un paisaje espectacular, el mismo que dominaron las tropas republicanas durante meses y que provocó el bombardeo del Cerro por parte de la aviación franquista, con la consiguiente destrucción del santuario, en la última guerra civil española, iluminado ahora por el millón de luces de las ciudades y carreteras que se extienden hacia el sur y hacia el oeste y por el resplandor de la capital de España, que está detrás, hacia el norte, esperando ya la vuelta del viajero.

Como el de ayer, el día ha sido muy intenso y mañana, posiblemente, volverá a ocurrirle igual.

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La Magistral de Alcalá

De nuevo en la carretera, el viajero, que, un día más, ha saludado a Maxi al salir de casa («¡Qué bien se está en Madrid sin gente!», le ha dicho el quiosquero, sonriendo), se felicita por el buen tiempo, que sigue siendo primaveral, mientras por la radio escucha la entrevista que le hacen a un tal Lucio, un pintoresco personaje que se define a sí mismo como anarquista, atracador, falsificador «y, sobre todo, albañil». El tal Lucio, que es un genio, declara pomposamente que atracar un banco no es un robo, sino un acto de justicia.

A la altura de Barajas (el viajero va hacia Alcalá), el ruido de los aviones le impide seguir oyéndolo, tan cerca está el aeropuerto. Tanto como para que los aviones pasen casi rozando los coches, lo que obliga a concentrarse aún más a los conductores. Menos mal que hoy son muy pocos, pues el puente continúa hasta mañana.

San Fernando, Coslada, Torrejón de Ardoz… Los pueblos que se suceden por la autovía (como Getafe, ya ciudades todos ellos) se elevan en el paisaje como un cinturón urbano que oculta el campo que les dio vida. Es la vega del río Henares, esa que nace en Guadalajara, incluso antes, por Cogolludo, y que recorre el este de la provincia de Madrid antes de unirse al Jarama, que está ya cerca. El viajero, de hecho, lo ha cruzado en San Fernando, aunque, pendiente como venía de los aviones, ni siquiera se dio cuenta.

De lo que se apercibe pronto es de la cercanía de Alcalá; no sólo por los carteles que la anticipan, que son numerosos, sino por la profusión de coches. La vieja ciudad universitaria, el solar de tanto hombre ilustre, desde Cisneros a Azaña, el presidente de la Segunda República Española, pasando por Cervantes y, antes de éste, por el autor del Libro de buen amor, el célebre arcipreste que tomó el nombre de Hita, es ya una gran población y su presencia se hace notar. Incluso esta mañana, que es festiva, y los alcalaínos duermen como la mayoría de los españoles.

La ciudad aparece pronto, bordeando la carretera de Zaragoza por su derecha. Siempre fue un hito importante de ésta y lo continúa siendo, aunque la carretera nueva la circunvale. Para llegar a ella, por tanto, hay que desviarse de ella y salir a la antigua, que es la que viene, por San Fernando y por Torrejón de Ardoz, a lo largo de la vega del Henares. Siguiéndola, el viajero llegará ante su muralla, que atraviesa una gran puerta, la llamada de Madrid por ser la que despedía a los viajeros que iban a esa ciudad (como la que despedía a quienes venían de allí se llamó de Alcalá), pero que hoy es sólo un adorno, puesto que los vehículos no pueden pasar por ella. El centro histórico alcalaíno es peatonal y el viajero, como todos, tiene que girar a un lado y seguir el río de coches que bordean la muralla en dirección a los barrios nuevos, que la ocultan enseguida. No es alta, ni compacta (alterna el canto con el ladrillo), y semeja, por ello, un adorno más.

La gente, además, aquí, parece tener gran prisa, por lo que en seguida pita al que, como el viajero ahora, circula con lentitud buscando dónde aparcar. ¡Quién diría que hoy es sábado, piensa mirando a los que le pitan!

Por fin, encuentra un aparcamiento y, tras abandonar su coche (y a los que se quejan de él), se dirige hacia la Puerta de Madrid, que quedó unos cuantos metros más atrás. La rodea un jardincillo, lo que le da un aspecto apacible, tan ajeno al tráfico de los coches. Una apacibilidad que confirma, en cuanto se llega a ella, la visión que, a su través, se tiene de la Alcalá histórica. Nada que ver con sus barrios nuevos, feos y sin personalidad.

El viajero, que conoce la ciudad, pero que hacía ya mucho tiempo que no la visitaba como hoy, contempla desde la puerta la vista que ésta le ofrece, que es sólo un trozo del casco histórico alcalaíno, pero que anticipa el resto: en primer plano, unas cuantas casas, blasonadas y con huerto muchas de ellas; a la izquierda, un gran jardín con un convento y un palacete; al fondo, enfrente, una plazoleta y, a la derecha de ésta, sobrevolando los edificios, una gran torre renacentista tachonada de nidos de cigüeña. El viajero cree que corresponde a

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