Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas
1994
Paco el Piloto
El chulo de la isla
1995
El Dragón y la Polar
Cazadores del mar
A despecho del inglés
1996
Ochocientas veces al año
El cubo de plástico rojo
Telebingo marítimo
La galera de Lepanto
La guerrera del arco iris
Patente de corso
1997
El faro de la Nao
El guardiamarina Hornblower
Parejas venecianas
1998
Vidas lavadas
El maestro de Gramática
Siempre al oeste
Ni barcos, ni honra
Desayuno con coñac
Los fantasmas del Sunderland
Niño a estribor
Los lobos del mar
Remando espero
1999
Corsarios uruguayos
Nos siguen hundiendo barcos
Una caza sin cuartel
2000
No era un barco honrado
Esos perros ingleses
Marinos ilustrados
Piratas chungos
Moros en la costa
Sin rey ni amo
El rezagado
2001
Sobre ingleses y otros perros
Mil millones de rayos
Jorge Juan y la memoria
El día de la patrona
El doblón del capitán Ahab
2002
Sushis y sashimis
Por mí, como si los bombardean
El crío del salabre
Tres amigos en el agua
Esa chusma del mar
Estas Navidades negras
2003
El Piloto largó amarras
Nelson: 206 años manco
Giliaventureros
El viejo amigo Jack Aubrey
2004
Reventando perros ingleses
La pescadera de La Boquería
Viento en las velas
Mangouras tiene nombre de tango
Pepe y Manolo en Formentera
2005
La negra majareta
Sobre barcos honrados
Cemento, sol y chusma
Trafalgar, la sangría y el jabugo
La venganza de Churruca
El viejo amigo Haddock
El viejo capitán
2006
Un pirata de verdad
La Ley del Barco Fondeado
Cartas náuticas y cabezas de moros
Frailes de armas tomar
Los torpedos del almirante
Rescate en la tormenta
La niña y el delfín
Ahora se enteran de las medusas
El misterio de los barcos perdidos
2007
El pitillo sin filtro
Oliendo a ajo
Esos barcos criminales, etcétera
El espejismo del mar
Sombras en la noche
La compañera de Barbate
2008
El hombre que atacó solo
Océanos sobre la mesa
Al final todo se sabe
Marinos y libros
Un gudari de Cartagena
2009
Megapuertos y pijoyates
Esos meteorólogos malditos
Sobre galeones y marmotas
Mediterráneo
Apatrullando el Índico
El cazapiratas sin complejos
De nombres y barcos
La general Pescanova
Sobre piratas y corsarios
2010
La pandilla del sushi
El cabo Heredia
El vasco que humilló a los ingleses
Las monjas y la bandera
2011
Borrascas perfectas
Los barcos se pierden en tierra
Sobre el autor
Arturo Pérez-Reverte en digital
Créditos
A Paco Sánchez Fariñas, por los mares que hizo posibles.
Y a Jesús Belmar, por los tres Corsos.
Sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas
Escribo tierra adentro, rodeado de árboles y del canto de los pájaros, pero embriagado por el olor del salitre y el aroma evocador de las aventuras marinas. Una ardilla salta audazmente en una jarcia de ramas. El mar restalla en las cuartillas que tengo sobre la mesa y que el viento agita blancas como penachos de espuma. Son las páginas de Los barcos se pierden en tierra, este libro que recoge textos y artículos de Arturo Pérez-Reverte sobre mares y marinos, varios de ellos bien conocidos de los que le seguimos, otros inéditos. La mayoría procedentes de ese espacio tan refrescante y contumaz que es su colaboración en el XL Semanal, «Patente de corso». Ahora todos juntos componen una poderosa y homogénea escuadra que ofrece no sólo un insólito goce náutico sino una aproximación iluminadora a la personalidad y el mundo del escritor a través de la que quizá sea la mayor de sus pasiones.
Me siento, lo confieso, bastante impostor pergeñando estas líneas de avanzadilla al lobo de mar. A diferencia de Arturo, no soy marino. Es más, temo al mar. «No te arrugues, Jacinto», me parece escuchar la voz de Arturo. «Sólo los imbéciles no temen al mar.» Es cierto Arturo, pero yo lo temo como no lo temen los marinos, como no lo temes tú. Lo temo mucho, sólo con verlo; lo temo por su irrevocable inmensidad, por su alevosa inconsistencia, por su insondable profundidad. Lo temo porque no hallo en él nada a lo que aferrarme, ninguna certidumbre y sobre todo ni la más mínima piedad (hacia mí). Lo temo porque se parece tanto a la vida.
¿Qué hago entonces en esta singladura?, se preguntarán. ¡Vaya mascarón de proa te has buscado, Arturo! Bueno, estoy aquí porque, aparte de algunas circunstancias fortuitas como haber conocido bien a Patrick O’Brian —una vez sostuve su arpón mientras él meditaba si escupir su whisky sobre el filo o sobre mí— y ser de familia de marinos de guerra —mi abuelo murió en el mar a bordo de un portaaviones, lo que confirma todos mis temores—, paradójicamente amo el mar. Lo amo como idea y como territorio a surcar por otros. Como literatura. Soy, digámoslo así, un marino de papel. De los que navegan por persona interpuesta: llamadle Ismael, o Joshua (Slocum), o dos veces Jim —Tuan y Hawkins— o dos veces Jack —Aubrey y Sparrow—, o ya que estamos, dos veces Arturo (Gordon Pym y el que nos ocupa). O Coy.
Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado en el mar. Y no me refiero a mis periódicas singladuras en Transmediterránea, patéticamente aferrado a Conrad junto a los botes salvavidas o aquella única, inolvidable ocasión en que atravesé el mar a vela excepcionalmente sin miedo porque me embargaba el único sentimiento mayor, el que todo lo vence. No, me refiero a lo mucho que he navegado en los incomparables océanos de la lectura. Las páginas que siguen abundan en esos entusiasmos que me enorgullezco en compartir con Arturo. Yo aquí, con el sable de abordaje en la boca, un cabo en la mano y la Jolly Roger ondeando siniestramente feliz sobre mi cabeza —aunque bien a salvo leguas tierra adentro— me proclamo, me reivindico, no sólo marino sino incluso atrevido corsario, pirata de la Hispaniola, amotinado de la Bounty, arponero del Pequod, gaviero de la Surprise, arcabucero de la Real, dotación de presa del Atlantis, artillero del HMS Ulises y remero del rey de Ítaca, el navegante primordial. Todo eso tengo en común con Arturo y sus Hermanos de la Costa. Aunque a la hora de la verdad yo navegaré siempre en el Patna, anegado de miedo, y nunca dejaré de ser de los que en el bote de náufragos, ¡ay!, sacan la pajita más corta.
Hay mucho mar, del de los libros y del de verdad —del que te ahogas, vamos— en las páginas que siguen. Hay sangre chorreando por los imbornales, Stevenson y Mac Orlan, y Justin Scott, y a la vez meteorología, borrascas perfectas, defensa del atún, medusas, aventuras con las lanchas aduaneras y capones a los marinos de agua dulce que exhiben calzado de moda en el pantalán. Y hay, claro, mucho Pérez-Reverte. Resulta interesantísimo ver cómo el agua marina se espesa con las pasiones y obsesiones de Arturo hasta devenir un Bovril de su universo. El mar esencializa su amor por la aventura y por la belleza indómita del mundo, su coraje y su sentido elevado de la amistad y del honor, su romanticismo y su humor, pero también sus nostalgias, tristezas y pesimismos —«el mar auténtico no interesa en España», deplora como un Larra marino—, su vehemencia, su bronca relación con lo que le disgusta, su cinismo y esa inexplicable misantropía rayana a veces en la crueldad que tanto nos asombra a sus amigos. En un texto llega a proponer que se torpedee a los balleneros...
En las navegaciones que van a leer hay pasajes de un conmovedor lirismo, como el relato de la primera vez que Arturo observó una ballena, en 1978 en el Cabo de Hornos, y quedó conmocionado por «la belleza de aquel instante tan vinculado a mis lecturas y a mis sueños»; o cuando se vio rodeado de cientos de delfines durante una guardia nocturna al norte de Alborán —su momento más hermoso, dice, en el mar—. Hay incluso episodios de gran ternura, como el de su hija nadando entre delfines. Seré un blando, pero su historia del tío Antonio, el viejo capitán que le contaba cómo enfrentaba tiburones con cuchillo y a los piratas malayos en el estrecho de Malaca, me pone al borde de las lágrimas, al igual que sus desazonadoras y melancólicas estampas de puertos que exhalan entre norays y estachas un aliento evocador de mar denso y viejo. O los relatos iniciáticos de Paco el Piloto, el Long John Silver de Arturo.
En el otro extremo están los textos hilarantes del Pérez-Reverte iconoclasta, gamberro y cachondo. Las bromas a costa del brazo de Nelson, las diatribas contra los ingleses o los domingueros del mar, las motos de agua y los pijoyates, y aquel momento de sutil crítica literaria en que lanza por la borda los ocho títulos de la serie de novelas marinas de Ramage —«chof, hicieron»— porque le mosquea la forma en que retratan a los españoles.
Se ríe mucho uno también con los artículos tan políticamente incorrectos, escritos con el colmillo, en los que el autor, hecho un Dragut, satiriza la posición del Gobierno en el asunto de los modernos piratas africanos —Apatrullando el Índico— o el tan demoledoramente irónico sobre la verdadera causa del hundimiento del Mary Rose. Hay textos en que Arturo nos habla de sus fijaciones marinas y de sus fetiches. De esa madalena proustiana salada que son los boquerones del bar La Marina. De sus blue jeans y su chaqueta Lord Jim (ésa déjamela para mí, Arturo: tú nunca abandonarías el barco). De los clavos de un navío de Trafalgar que guarda —los he visto, con envidia— en una vitrina en casa. De sus maquetas. Del Graf Spee. Del Titanic, el célebre No era un barco honrado, a mi parecer (no se lo digan) algo injusto con el puñado de pasajeros de primera que se ahogó caballerosamente.
En unas páginas nos explica cómo cualquier libro que encuentra a bordo de su barco y que no es de temática náutica lo condena inmediatamente a ser pasado por la quilla, a lo capitán Pigott o Bligh. Me temo que al no ser yo mismo de temática náutica me aguarde en el velero de Arturo un destino similar, o acaso la caída mojada o los azotes en el cabestrante, ¡san Fletcher Christian me valga! Un artículo precioso del tintinófilo marino que es Pérez-Reverte trata sobre Haddock-mil-millones-de-mil-rayos y de cómo el otrora niño que lo adoraba se descubre en el espejo canas y arrugas que, lo que son las cosas, el vociferante capitán de las viñetas sigue sin tener. Otro, inolvidable, trata sobre los nombres de los barcos, y varios son loas a los hombres del mar. Hay homenajes a Alejandro Paternain, a O’Brian, a Rackman «el Rojo»... Y, cómo no, ajustes de cuentas: con el Museo Naval de Barcelona, con un mando chulesco de la Armada o con el pobre Henry Kamen. Entre las curiosidades, un singular canto a la tolerancia y la homosexualidad con vaporetto de por medio.
En otros escritos el autor nos descubre y reivindica episodios y personajes de nuestra historia naval: el pirata pontevedrés Benito Soto, el mutilado almirante Blas de Lezo, el valiente Enrique Moreno Plaza, enfrentado a los cañones del Canarias, o el corsario Antonio Barceló, que capturó al arma blanca un jabeque argelino mucho antes de que nuestro querido Jack Aubrey hiciera lo propio al mando de la Sophie. Su texto sobre el último combate de la escuadra del almirante Cervera en Cuba vale por todo un libro.
Entre lo mejor de esta gozosa travesía encuadernada, El doblón del capitán Ahab, reivindicación de la literatura de aventuras que transcurre en el mar, y el antológico Una caza sin cuartel, que nos muestra cómo da vida Arturo a sus fantasías marineras y que —el ejemplo épico cunde— a mí me llevó no hace mucho a robarle la bandera a un barco inglés fondeado en Menorca. Destaco también de la recopilación El misterio de los barcos perdidos, porque a ver quién no ha soñado nunca con poder escribir algo que comience: «En cierta ocasión vi un barco fantasma»...
Pasen la página y disfruten de cómo sopla el viento en las jarcias, bajo las estrellas.
JACINTO ANTÓN
1994
Paco el Piloto
Ni sabe quién fue Joseph Conrad ni maldito lo que le importa. Fue marino mercante, y también cornetín de órdenes en el Almirante Cervera cuando en los barcos los almirantes daban las órdenes con cornetín, lo que equivale a decir cuando Franco era cabo. En los últimos tiempos dejó de fumar y ha engordado, pero todavía conserva buena planta a pesar de que navega hacia los setenta con viento por la aleta, rumbo al dique seco. Tiene la piel curtida como si fuera cuero viejo, el pelo blanco e intacto, rizado, y los ojos azules. Hace diez años, a las extranjeras que subían en su lancha para darse una vuelta por el puerto de Cartagena todavía les temblaban las piernas cuando les hacía un huequecito entre los brazos para que cogieran el timón. Era mucho tío, el Piloto.
Se le ve por las mañanas apoyado en cualquier tasca del puerto, honesto mercenario del mar, esperando clientes que no llegan, con su vieja y repintada lancha que se llama como él y como se llamó su padre. Además de turistas guiris a las que daba una palmada en el culo para subir a bordo, el Piloto ha llevado familias de marineros y soldados que iban a la jura de bandera, tripulantes de petroleros fondeados frente a Escombreras, prácticos en días de temporal, marineros yanquis hasta arriba de jumilla, los hijoputas, largando hasta la primera papilla por la borda, a sotavento, después de que les partieran el morro en los bares de lumis del Molinete. Su lancha y él han visto de todo: la mar pegando de verdad, cuando Dios se cabrea, y esos largos, rojos atardeceres mediterráneos en que el agua es un espejo y la paz del mundo es tu paz, y comprendes que eres una gotita minúscula en un mar eterno.
Ahora Paco el Piloto está cerca de jubilarse y anda, como sus compañeros de las barcas y las lanchas, en confusos pleitos con las autoridades portuarias que pretenden —las autoridades siempre pretenden hacerte faenas así— cambiarles el atracadero de la dársena de botes donde han estado amarrando toda la vida, como lo hicieron sus padres y sus abuelos, y llevárselos a otro sitio. Estuve hace unos días tomando cañas con ellos y, como siempre ocurre en estos casos, al final no sabe uno exactamente dónde reside la razón legal, pero termina adoptando, por corazón e instinto, la causa de tipos como Paco y sus colegas, gente con manos ásperas y ojos quemados por el salitre, llenos de arrugas y cicatrices, sencillos, honrados y duros. Así que la razón, sea cual fuere, me importa un carajo. Escribe algo para defendernos, me dijeron, liándome. Y aquí ando, cumpliendo mi palabra a cambio de unas cañas, aunque sin saber muy bien qué diablos es lo que tengo que defender.
De un modo u otro, a Paco el Piloto le debo esta página. A su lado, hace ya casi treinta años, aprendí cantidad de cosas sobre los hombres, sobre el mar y sobre la vida. Una vez, en mitad de un temporal gris y asesino de esos que de vez en cuando sabe sacarse de la manga el Mare Nostrum —nuestro: de Paco y mío—, estuve con él en la bocana del puerto, en el faro de San Pedro y junto a mujeres vestidas de negro, viendo cómo los pequeños y desvalidos pesqueros intentaban poco a poco, entre olas de cinco metros, ganar el abrigo del rompeolas. Los divisábamos a lo lejos, vacilantes y minúsculos, tan frágiles entre montañas de agua y rociones de espuma, avanzando a duras penas con el estertor de sus motores a poca máquina. Se había perdido uno, y cuando un pesquero se pierde no se va un hombre, sino que desaparecen juntos el hijo, el marido, el hermano y los cuñados. Por eso las mujeres enlutadas y los críos estaban allí mirándolos venir, en silencio, intentando adivinar cuál faltaba. Entonces el Piloto, que estaba a mi lado con una colilla a un lado de la boca, las miró de reojo y, discretamente, casi con embarazo, se quitó la gorra. Por respeto.
Otro de mis recuerdos ligados al Piloto es el Cementerio de los Barcos sin Nombre. Una vez me llevó con su lancha allí donde los viejos vapores rendían su último viaje para, ya sin nombre y sin bandera, ser desguazados y vendidos como chatarra. En aquel desolado paisaje de planchas oxidadas, de superestructuras varadas en la playa, de chimeneas apagadas para siempre y cascos como ballenas muertas bajo el sol, el Piloto lio el primer cigarrillo de mi vida y lo encendió con su chisquero de latón que olía a mecha quemada. Después lio otro para él, y entornando los ojos miró con tristeza los barcos muertos.
—Es mejor hundirse en alta mar —dijo por fin, moviendo la cabeza—. Ojalá nunca nos desguacen, zagal.
El chulo de la isla
Fue hace tres semanas, uno de esos domingos en que la costa mediterránea se llena de navegantes y el canal 9 de la radio VHF se convierte en un marujeo marítimo apasionante como un culebrón de la tele: aquí embarcación Maripili, me recibes, cambio, acabo de doblar el cabo de la Nao, Mariano, qué tal por Ibiza, Isla Perdiguera a la escucha, resérveme una paella para cuatro, me he quedado sin gasóleo, Mayday, Mayday, y venga a tirar bengalas de socorro, y la suegra y los niños vomitando por barlovento, y la Cruz Roja del Mar que no da abasto.
Fue un domingo de ésos, les decía, y soplaba levante, y unos cuantos barquitos habían buscado el resguardo de cierta isla. La isla es zona militar, con media docena de marineros que se aburren como ostras y miran a las bañistas de los barcos desde lejos, con prismáticos. Fíjate en la del bikini malva, tío. O aquella otra, la que toma el sol sin la parte de arriba. Qué barbaridad. Y yo aquí, sirviendo a la patria dale que te pego con la Claudia Schiffer del Interviú, cuando el cabo primero la deja libre. Aborrecida la tengo a la Schiffer, y aún me quedan ocho meses. Tela.
El caso es que era un domingo de ésos y una isla de ésas, y uno de los barquitos, una lancha pequeña con señora gorda, el legítimo y tres o cuatro zagales, se acercó mucho a tierra. Y estaba la familia allí, a remojo, cuando hizo de pronto su aparición una zódiac gris de la Armada, llevando a bordo a un marinero de uniforme y a un individuo con bermudas y lacoste. Ignoro la graduación del fulano en atuendo civil, pero su pelo cano y el aire autoritario con que manejaba personalmente los mandos de la lancha lo situaban de capitán de fragata para arriba. Por lo menos. Abona mi sospecha el hecho de que el individuo tuviese otra embarcación fondeada ante la playa, y a la familia tan ricamente instalada en tierra. Y el privilegio de remojarse el culete en ese plan en aguas y playas de la Armada, suele reservarse a gente a quien le pesa la bocamanga.
Total. Que el de las bermudas les dio su bronca a los veraneantes de la lanchita y les dijo que ahuecaran. Y para establecer con claridad de quién eran y de quién no eran aquellas playas y aguas, se despidió con una viril y castrense arrancada que levantó la proa de la zódiac, dándonos una pasada levantando espuma a toda mecha a cuantos presenciábamos, a más o menos distancia, el incidente. Y se fue a seguir disfrutando de su isla privada, con la familia.
Qué quieren que les diga. Posiblemente la cosa ni siquiera merezca estas líneas. Pero aquello de la arrancada final en plan derrape, la fantasmada gratuita de la despedida, el gasto de los ochocientos mil litros de gasolina estatal que aquel flamenco en bermudas derrochó para mostrar sus poderes, me irritó los higadillos. Lástima que fuese a dar con aquella familia de intimidar fácil, que se apresuró a cumplir la perentoria orden, y no con alguien más resabiado o más broncas. Disfruten, en tal caso, imaginando el diálogo. Que se vayan largando, oiga. Que quién es usted para decir que me largue. Que si soy el comodoro Martínez de la Cornamusa. Que nadie lo diría, comodoro, viéndolo a usted así, con esa pinta. Que si un respeto a la Marina. Que de qué Marina me habla, yo sólo veo una zódiac y un tiñalpa en lacoste y calzoncillos. Y en ese plan.
Al arriba firmante le parece muy bien impedir que los veraneantes llenen de papeles pringosos y latas vacías las islas bajo jurisdicción de la Armada. También me da absolutamente igual que los marinos de guerra, y los militares de carrera, y la gente de armas en general, gocen en ocasiones de determinados privilegios, como llevarse el domingo a la familia al club de caballería o a la playa reservada a jefes y oficiales. A cambio de eso, después, cuando hay guerra, puede uno exigirles que se hagan escabechar sin escurrir el bulto. Porque los militares están para eso: para que los escabechen defendiendo a quienes les pagan el sueldo, para pintarse de azul el casco mientras ayudan a la pobre gente en Bosnia, para proteger a los pesqueros españoles —que son tan depredadores como ingleses o franceses, pero al fin y al cabo son nuestros depredadores— en la costera del bonito, o para derramar una lágrima arriando la última bandera cuando, tras el pasteleo de costumbre, entreguemos Ceuta y Melilla. Así que, por mí, si mientras tanto quieren bañarse, que se bañen. Lo que pasa es que, en estos tiempos de austeridad, prefiero que me ahorren el número de la zódiac. A algunos, las chulerías oficiales nos gustan baratas. Con nombre, apellidos y graduación, por favor. Y de uniforme.
1995
El Dragón y la Polar
Es una noche de esas mediterráneas y tranquilas, sin tierra a la vista, con el rumor del agua fosforescente en la estela del barco y la silueta oscura del palo y las velas arriba, balanceándose despacio en el cielo lleno de miles de estrellas. Una de esas noches en que uno lamenta no fumar, porque apetece encender un cigarrillo recostado en la brazola, junto al timón, con tres horas por delante hasta que termine la guardia, el resplandor del compás iluminando débilmente Este-Sudeste y, a lo lejos, las luces de un mercante cuyo rumbo te ha tenido un rato pegado al radar y que por fin se aleja dejándote libre de peligro y con todo el mar, el cielo y las estrellas para ti solo.
Es una noche de ésas, cuando llevas embarcado cinco egoístas días que parecen veinte y las cosas de tierra parecen quedar tan lejos que te importan un carajo; y te das cuenta de que hace un siglo que no oyes tertulias radiofónicas, ni lees un periódico, ni ves la tele, ni te hablan de política, ni de corrupción, ni te dicen mireusté, y la vida continúa su curso y no pasa absolutamente nada y te preguntas, qué remedio, en qué diablos se equivocó la Humanidad. En qué maldita trampa caímos todos, o nos hicieron caer, y quién fue el primer hijo de la gran puta que cobró por ello.
Es una noche de ésas, y bajas y te haces un café. Después subes de la camareta con la taza de metal caliente entre las manos, y entre sorbo y sorbo miras hacia popa y ves, por la aleta, la Osa Mayor; así que por instinto trazas una línea imaginaria de Merak a Dubhé y allá arriba encuentras la Osa Menor y la Polar, inmutable desde hace tres mil años. Y casi crees en Dios cuando observas todas aquellas luces, y planetas, y soles girando lentamente allá arriba, en la bóveda oscura y luminosa que se despliega sobre el lento balanceo del palo y la mancha clara de la vela. El gigante Orión persigue al Toro, con Betelgeuse brillando en el hombro del Cazador. Aún puedes observar hacia el oeste la cabellera de Berenice, y Altair brilla en la constelación del Águila, que en esta época del año vuela hacia arriba. Si fuerzas la vista, hasta puedes distinguir junto a ella al Cisne volando a la derecha mientras, debajo, nada la figura pequeña y hermosa del Delfín. Y entre las dos Osas, el Dragón, que hace 5.000 años era la estrella polar que adoraban los egipcios y que —su ciclo es de 25.800 años— dentro de 22.800 sustituirá otra vez a la Polar y señalará el norte geográfico.
Y es así, en tu cuarto de guardia, mirando ese cielo en apariencia impasible que parece burlarse de tantas cosas de aquí abajo, cuando recuerdas que la luz recorre 300.000 kilómetros por segundo y que Altair, por ejemplo, a la que miras en este momento, es una luz que salió de ella hace dieciséis años, y que tal vez a estas horas haya estallado en el espacio y ya no exista, y sin embargo aún seguirás viéndola allá arriba durante unos cuantos años más. Y vuelves los ojos a tu estrella maestra, la Polar, cuya distancia es de 470 años luz, y caes en la cuenta de que estás calculando tu rumbo y posición por la luz que salió de una estrella a principios del siglo XVI, y que ha tardado casi cinco siglos en llegar hasta ti. Como un fantasma que saliera de la tumba para guiarte en la noche.
Entonces sientes un vértigo singular, pues comprendes que nada garantiza que cuanto ves allá arriba exista todavía, y que tal vez en este momento infinidad de cosas, de soles y planetas hayan cambiado, estén muertos o hayan nacido otros nuevos. Y en ese vasto Universo te parecen ridículos esos 150 cochambrosos millones de kilómetros que separan la Tierra del Sol —Plutón, sin ir más lejos, está a 5.900 millones— en nuestro mezquino sistemita solar. Y piensas que, a lo mejor, cuando dentro de esos 22.800 años que faltan para el relevo, el Dragón sustituya a la Polar en el norte, es muy posible que esa estrella marque la latitud cero sobre un planeta muerto que siga girando silenciosamente, ya desprovisto de vida, en la soledad del espacio infinito.
Así que bebes otro sorbo de café y te dices: hay que ver. Tantos siglos, tantos miles de millones de años con todo ese tinglado girando allá arriba, y aquí nos creemos alguien porque hemos conseguido pudrir y llenar de tumbas prematuras, y de plástico, y de mierda, nuestro minúsculo trocito de firmamento en unas pocas centurias de nada. Y a todo esto, pendientes de que un tal Felipe González dimita o no dimita, de que se nos lleve el coche la grúa, o del bikini que —hay que joderse— estrena este año Ana Obregón. Ignoro si habrá vida inteligente allá arriba; pero como la haya y nos miren por un telescopio, tienen que estar partiéndose de risa.
Cazadores del mar
Ocurrió hace nueve años. Anochecía frente a la embocadura de la ría de Vigo, y la turbolancha del Servicio de Vigilancia Aduanera aguardaba inmóvil, motores parados, en el agua tranquila y roja. Bebíamos café, esperando, y en el puente el patrón —gorro de lana, rostro tallado de arrugas— fumaba inmóvil junto a la radio. Como nosotros, otras cuatro lanchas aguardaban el comienzo de la cacería. Fuera de las aguas jurisdiccionales españolas, doce planeadoras contrabandistas que acababan de abarloarse a un barco nodriza cargado de tabaco aguardaban la llegada de la noche para meterse en la ría.
Llegó la oscuridad y permanecimos inmóviles, sin luces, en absoluto silencio. De pronto se oyó como un proyectil de cañón que pasa, algo cruzó a nuestro lado igual que una exhalación, el patrón dijo: «Ahí están», y la noche se rasgó de parte a parte con reflectores, motores arrancando a toda potencia, y un súbito griterío en la r
