La gran epopeya

Pacho O'Donnell

Fragmento

Índice
  • Cubierta
  • Portada
  • Dedicatoria
  • Epígrafe
  • 1. La “libre navegación”
  • 2. Las tentadoras riquezas de ultramar
  • 3. El ultimátum francés
  • 4. La sorprendente resistencia
  • 5. El acoso a la Confederación
  • 6. La entrega unitaria
  • 7. Unitarios y federales
  • 8. El proteccionismo y el banco
  • 9. La política agraria de Rosas
  • 10. La estrategia internacional
  • 11. Consecuencias tempranas del bloqueo francés
  • 12. Las dificultades de los “interventores”
  • 13. La hora de la chusma
  • 14. Santa Cruz invade las provincias del Norte
  • 15. Mejor Francia que la Argentina
  • 16. El asesinato de Heredia
  • 17. El ejército “auxiliar”
  • 18. El castigo a un traidor
  • 19. El fin de la guerra contra Bolivia y Perú
  • 20. La obstinación patriótica
  • 21. El apoyo de don José
  • 22. El clero federal
  • 23. La honestidad del Restaurador
  • 24. La muerte de Encarnación
  • 25. El odio de la oligarquía portuaria
  • 26. La inactividad del “Pardejón”
  • 27. La Comisión Argentina
  • 28. Un nuevo jefe para la invasión terrestre
  • 29. La conspiración de los estancieros
  • 30. Los festejos federales
  • 31. Las banderas y la guerra
  • 32. El partido americano versus el partido europeo
  • 33. La amenaza del ejército franco-argentino
  • 34. La retirada del “Ejército Libertador”
  • 35. El santo francés y unitario
  • 36. El terror rosista
  • 37. La venganza federal
  • 38. La espada sin cabeza
  • 39. Las pecunias y la guerra
  • 40. La capitulación de Francia
  • 41. La Patagonia para Chile
  • 42. El “Pardejón” ofrece la paz
  • 43. ¿Francia abandonó la guerra?
  • 44. La contraofensiva unitaria
  • 45. El “terror” de 1842
  • 46. La personalidad de Rosas
  • 47. Un engaño victorioso
  • 48. La amistad de don José y don Juan Manuel
  • 49. Los “bonoleros”
  • 50. Prepararse para la nueva invasión
  • 51. Planes para la segunda “intervención”
  • 52. Brasil y la invasión europea
  • 53. Juicios sobre el Restaurador
  • 54. El imperialismo británico y la Argentina
  • 55. Las impresiones de un espía
  • 56. La “Argentina Grande”
  • 57. El ultimátum anglo-francés
  • 58. Los negocios de la “intervención”
  • 59. Para evitar el desagrado
  • 60. El colaboracionismo unitario
  • 61. Rosas y el mundo
  • 62. Orinar al embajador
  • 63. Un penique por cadáver
  • 64. La invasión inminente
  • 65. El revisionismo histórico
  • 66. Ganar mercados a cañonazos
  • 67. El chacal italiano
  • 68. La importancia de la opinión pública
  • 69. Preparativos para la guerra
  • 70. El combate inminente
  • 71. La posición del Libertador
  • 72. El Combate de la Vuelta de Obligado
  • 73. El heroísmo patriota
  • 74. La bandera que regresó a la Patria
  • 75. La herida de Mansilla
  • 76. Ganar una batalla no significa haber ganado la guerra
  • 77. “Su estruendo resonó en mi corazón”
  • 78. Tonelero, San Lorenzo, Quebracho
  • 79. “Un tajo de pillo”
  • 80. El calvario de los “interventores”
  • 81. El triunfo patriota
  • 82. Las Bases Hood
  • 83. Siguen las negociaciones
  • 84. Reconstruir el virreinato
  • 85. El informe de un espía inglés
  • 86. El romance de la princesa y el barón
  • 87. El Tratado de Alcaraz
  • 88. Nuevas diferencias entre Inglaterra y Francia
  • 89. La “mediación” de Urquiza
  • 90. La obstinación negociadora
  • 91. La insolencia inaudita
  • 92. La rendición de Gran Bretaña
  • 93. ¿Por qué Rosas se exilió en Inglaterra?
  • 94. La rendición de Francia
  • Bibliografía
  • Biografía
  • Otros títulos del autor
  • Créditos
  • Grupo Santillana

A Marina.

Con amor, gratitud,

deseo y admiración.

Librado el 20 de noviembre de 1845, el Combate de la Vuelta de Obligado abarca acciones desarrolladas no sólo en ese recodo del río, la célebre “vuelta”, sino también en Tonelero, Quebracho, San Lorenzo y otros parajes a lo largo del Paraná. Junto con el cruce de los Andes, el Combate de la Vuelta de Obligado conforma la mayor epopeya militar de la historia Argentina. Razones que analizaremos en estas páginas han oscurecido lamentable e intencionalmente esta gesta, retaceándole el homenaje y la admiración que la sangre derramada en defensa de la soberanía de nuestra Patria merece.

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La “libre navegación”

La batalla de Waterloo —librada el 18 de junio de 1815 con el triunfo de las tropas británicas, holandesas y alemanas conducidas por el duque de Wellington, a las que se sumaron las prusianas del mariscal Blucher— determinó la desaparición de Napoleón Bonaparte del escenario político mundial. Entre octubre de 1814 y junio de 1815, las naciones victoriosas se reunieron en el Congreso de Viena, bajo la presidencia del austríaco príncipe de Metternich, para rearmar el mapa político de Europa. Como resultado de esas deliberaciones se firmaron varios tratados, reunidos en el Acta Final del Congreso. Uno de esos acuerdos establecía la libre navegación y la uniformidad de tarifas en las tres grandes vías fluviales y comerciales de Europa Central: los ríos Rhin, Weser y Elba. Más tarde, se incorporaron el italiano Po y los ríos polacos Moldava, Vístula y Dniéster. Si bien este criterio tendría vigencia de aplicación urbi et orbi, no se incluyó al Sena, al Loire ni al Támesis, argumentando que las naciones ribereñas mantenían un “derecho perfecto a abrir o cerrar, reglamentar y gravar su navegación en los cuales el comercio extranjero no podría pretender penetrar contra nuestra voluntad, sin atentar contra nuestra soberanía y la inviolabilidad de nuestro imperio”. Esta última cláusula fue obviada cuando los imperios decidieron internarse en los ríos interiores de naciones más débiles.

Luego de varios intentos frustrados en Europa y en América, en 1807 Robert Fulton logró construir el primer barco propulsado a vapor, el Clermont, que durante siete años transportó pasajeros entre las ciudades de Albany y Nueva York. En 1819, se inició la era de los viajes transoceánicos de naves a vapor, cuando el Savannah cruzó por primera vez el Atlántico, aunque ayudándose con las tradicionales velas que poco más adelante ya no fueron necesarias. Desde entonces, la navegación ya no dependió de los vientos, y los vapores de guerra podrían internarse en los ríos interiores gracias a la propulsión de sus motores.

Al respecto, el 15 de febrero de 1841, lord Palmerston, ministro de Relaciones Exteriores inglés, escribió en el periódico londinense Board of Trade: “Hasta el presente el Plata, el Amazonas y el Orinoco y sus afluentes no han sido aprovechados para el tráfico comercial con el interior, pero en el futuro próximo [gracias a la navegación a vapor] podrán usarse esas vías para los propósitos del comercio” (23). De lo que se trataba, entonces, era de convencer a la clases “ilustradas” de los jóvenes países, propensas a asumir como propios los intereses ajenos, de que la “libre navegación” y el “libre comercio” eran principios ligados al progreso y a la civilización o, dicho de otro modo, se trataba de convencerlos de que autorizaran a los imperios —los únicos en condiciones de hacerlo— a remontar esos ríos, sin necesidad de permiso alguno, vulnerando la soberanía de las naciones más débiles.

La “libertad de navegación” fue el pretexto esgrimido por el gobierno británico para imponer su dominio comercial en China durante la “Guerra del Opio”, mecanismo que a continuación aplicaría en América, siguiendo sucesivas etapas de presión: bloqueo del litoral con poderosas escuadras, amenazas extorsivas, ocupación de los ríos, tratados de comercio favorables al imperio.

Lord Aberdeen asumió como canciller británico el 31 diciembre de 1841, con la premisa de ampliar los mercados de consumo y de provisión de materias primas, bajo el argumento de acabar con los desórdenes políticos endémicos en el Nuevo Mundo, aunque bajo ese supuesto humanitarismo subyacía un propósito mercantilista.

El 18 de junio de 1830, había sido promulgada la Constitución del Estado uruguayo con el patrocinio de Inglaterra y Portugal. El general Fructuoso Rivera, “don Frutos”, dócil a los intereses de dichas naciones europeas, fue electo para ocupar la presidencia de la República. Terminado su período constitucional, lo sucedió Manuel Oribe, más patriota y menos maleable. Fue entonces cuando Rivera, jefe de los colorados, inició una guerra civil contra su sucesor, líder del Partido Blanco, aliándose con los unitarios argentinos y con potencias europeas. Por esos días, Francia consideraba a la Banda Oriental —como se conocía entonces a la actual República del Uruguay— un protectorado propio.

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Las tentadoras riquezas de ultramar

Las Provincias Unidas del Río de la Plata —actual Argentina— eran una presa apetecida por los imperios de la época por su gran riqueza agrícola ganadera, que había hecho de Buenos Aires un puerto y una ciudad florecientes. El cuero era el producto crítico de esa riqueza, por su alto valor en el mercado internacional y la facilidad de su producción a favor de los animales que se reproducían libremente en las pampas. En 1840, ingresaron a la tesorería porteña $528.411 en concepto de venta de cueros. Esa materia prima fue uno de los recursos de la Confederación rosista para proveerse de armamento para defender la soberanía nacional de las incursiones extranjeras, como fue el caso de la goleta armada Valiente, canjeada por cueros. La carne, por su parte, comenzó a industrializarse en los saladeros, establecimientos donde se la salaba para preparar el tasajo, proceso que hacía posible su conservación y exportación, “embarrilada” en toneles de madera. La lana, provista por las innumerables ovejas que pastaban en la inmensidad del territorio, también despertaba la codicia imperial.

Tras la muerte del dictador Rodríguez Francia, el Paraguay contaba con una prosperidad económica que volvía necesaria la comunicación con el exterior y la búsqueda del reconocimiento de su independencia, decisión que Juan Manuel de Rosas resistía, pues no estaba de acuerdo con su segregación del territorio de las Provincias Unidas. Si se remontaba el Paraná, Paraguay ofrecía al intercambio tres productos muy atractivos: tabaco, yerba mate y, sobre todo, el algodón tan necesario para las hilanderías de Manchester. Los espías británicos habían informado que era de la mejor calidad, abundante, y de menor costo de producción. Tentaba, además, el sur del Brasil que, en 1836, elaboraba un tercio del consumo mundial de café, y la riqueza en metales y minerales de Bolivia —el Restaurador tampoco reconocía su independencia—, accesible a través de la vía fluvial. En suma, el Río de la Plata dominaba una amplia zona económica que se extendía, por sus numerosos afluentes, a lo largo y a lo ancho de 260.000 leguas cuadradas.

Con la complacencia de la mayoría de los gobiernos que se sucedieron desde la Revolución de Mayo, Gran Bretaña introducía sus productos sin pagar impuestos ni tasas de Aduana, con letal perjuicio para las industrias provinciales. Woodbine Parish, quien fuera cónsul británico en estos territorios, escribió en su libro Buenos Aires y las provincias del Río de la Plata: “[Las mercaderías inglesas] se han hecho hoy artículo de primera necesidad en las clases bajas de Sudamérica. El gaucho se viste en todas partes con ellas. Tómense todas las piezas de su ropa, examínese todo lo que lo rodea y, exceptuando lo que sea de cuero, ¿qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer tiene una pollera, hay diez posibilidades contra una de que será de manufactura de Manchester. La caldera u olla en que cocina su comida, la taza de loza ordinaria en que la come, su cuchillo, sus espuelas, el freno, el poncho que lo cubre, todos son efectos llevados de Inglaterra” (48).

Los afanes franceses eran menos comerciales que patrióticos: la caída de Napoleón y la prepotencia de sus vencedores habían humillado a la orgullosa nación gala y encendido la necesidad de recuperar la autoestima endureciendo sus anhelos imperiales, sobre todo en ultramar. Montevideo, que en 1836 contaba con doscientos mil habitantes, era el apostadero de su flota destinada a operaciones en el Atlántico Sur, y a su puerto llegaron miles de inmigrantes franceses. Para afirmar esa virtual ocupación, el 23 de septiembre arribó el barón Ángel Mackau, héroe del sitio de Amberes, al frente de treinta y seis naves de guerra y una tropa de seis mil hombres, no sin antes exhibirse, intimidatorio, ante la vista de los porteños. Los franceses son ya cinco mil en 1838, aunque, en los primeros meses de 1841, llegaron otros tres mil quinientos vascos franceses. Hacia 1843, se calcula en alrededor de veinticinco mil el número de galos radicados en el Estado oriental.

3
El ultimátum francés

Por eso no resulta extraño que Francia haya liderado el primer embate contra la Confederación. Para comprender los antecedentes y las circunstancias del Combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845, es necesario detenerse antes en la intentona francesa desplegada entre 1838 y 1840.

El vicecónsul francés en Buenos Aires, Aimé Roger, quien desempeñaba circunstancialmente la función del consulado por fallecimiento de su titular, ordenó al comandante de la flota de su país, recalada en Río de Janeiro, que navegara hasta Buenos Aires para dar fuerza al reclamo que presentaría el mismo día en que la nave insignia, la corbeta Sapho, al mando del capitán Thibauer, escoltada por el bergantín D’Asses y comandada por el capitán Daguenet, hiciera su entrada en el Río de la Plata.

Como solía ser norma en la época, cada reclamo justificaba el envío de una escuadra, el bloqueo, la extorsión y, de ser necesaria, la agresión militar. Metodología que se había demostrado infalible en las naciones donde había sido aplicada —merced a la enorme superioridad en experiencia militar y, sobre todo, en poder de fuego y destrucción—, enmascarada como intenciones civilizadoras y humanitarias, de propagación de dogmas del progreso, como pretendían serlo la libertad de navegación y la libertad de comercio.

En este caso, Francia exigía al Río de la Plata la inmediata libertad del litógrafo francés Hipólito Bacle, preso por haber vendido información cartográfica a Bolivia, con quien la Argentina estaba en litigio; también la del cantinero Pedro Lavié, nacionalizado francés, condenado por robo en el regimiento al mando del coronel Antonio Ramírez, con asiento en Dolores. Asimismo, el memorial presentado el 30 de noviembre de 1837 agregaba, con carácter de “ultimátum”, el pedido de eximición del servicio militar para dos ciudadanos franceses, y que en adelante los ciudadanos galos fuesen exceptuados de la incorporación al ejército argentino. Por fin, y más importante para la Cancillería y el Ministerio de Guerra del rey Luis Felipe, el documento demandaba que, en lo sucesivo, se otorgara a Francia el mismo tratamiento que el presidente argentino Bernardino Rivadavia —siempre sumiso a los deseos del imperio— había acordado con Inglaterra, sin necesidad de presiones ni amenazas, en 1825: el de “nación más favorecida”, categoría que implicaba concesiones de tipo comercial.

Como podrá advertirse, esas demandas no eran difíciles de satisfacer, pero el gobernador de la Provincia de Buenos Aires y Encargado de la Relaciones Exteriores de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Manuel de Rosas, sabía que ceder a esos reclamos abriría el pequeño orificio en el dique que a la larga se expandiría y provocaría su derrumbe. Sabía que de no proceder con firmeza sería imposible resistir luego a las imposiciones que sobrevendrían y que pondrían en riesgo la soberanía nacional. Así habían actuado las imperiales Francia e Inglaterra en tantos otros territorios.

El vicecónsul Roger no dudaba —y lo había comunicado a su gobierno— que don Juan Manuel cedería prestamente, tal como lo habían hecho los gobernantes de otras naciones. No obstante, esa certeza del cónsul implicaba desconocer el temple de quien había sido capaz de rebelarse ante el autoritarismo de su madre, doña Agustina, y escapado desnudo por una ventana para nunca más volver a su hogar; que todavía niño había combatido contra los invasores británicos de 1806 y 1807, sirviendo en una de las baterías, acción que mereció una mención en el parte de la victoria redactado por Liniers; que había administrado estancias en la frontera, conviviendo con los indios y con los escapados de la justicia que buscaban refugio en los márgenes de la civilización; que se había puesto al frente de sus peones, bautizados Colorados del Monte, para salvar a Buenos Aires de la anarquía.

Rosas recibió el planteo de los franceses como una afrenta intolerable, no tanto contra su persona como contra la Patria. Esa afrenta le impedía especular sobre las debilidades propias y las fortalezas ajenas, porque lo que estaba en juego era la dignidad del gaucho, capaz de ofrecer su vida para lavar una mancha en su honor, aunque tuviese todas las de perder en el lance.

4
La sorprendente resistencia

Iniciando una guerra de nervios, recién el 8 de enero de 1838 Rosas contestó que no aceptaría reclamo alguno enunciado como imposición; además, para humillación de Roger, podía leerse en la nota que, en su calidad de encargado provisorio del consulado francés, carecía de rango diplomático para plantear reclamos en nombre de su gobierno. Mucho menos en tono descomedido. Para ganar tiempo, el gobierno argentino manifestaba su mejor predisposición a recibir a un ministro plenipotenciario, debidamente acreditado, para discutir futuros acuerdos entre ambas naciones.

El sorprendido Roger solicitó una audiencia con el gobernador. Rosas lo recibió dos meses más tarde, el 7 de marzo, para repetir “con cortesía pero con firmeza” —como informó el francés a su gobierno— su decisión de “no aceptar imposiciones”. Roger pretendió amedrentar a Rosas anunciándole que apoyaría “a los enemigos del federalismo” y pronosticando los estragos que provocarían los cañones de la escuadra gala. El Restaurador enfureció. A los gritos, mechados con insultos que escuchaba el representante inglés en el Río de la Plata, John Mandeville, que esperaba en la antesala, le aseguró que “los argentinos no se unirían al extranjero”; y sobre un eventual ataque del jefe de la flota de guerra francesa, el almirante Leblanc tal vez conseguiría imponer su fuerza pero “debería contentarse con un montón de ruinas” (31).

El cónsul temporario, quizá por temor de haber sobrepasado los límites de las instrucciones de París —que no iban más allá de la acostumbrada táctica de amenazar y extorsionar—, el 24 de marzo dirige a Rosas una nota en la que le solicita que reflexione “sobre las consecuencias”. Esta vez sin demora, don Juan Manuel le responde el 27, con altivez, que “exigir sobre la boca del cañón privilegios que sólo pueden concederse por tratados, es a lo que este gobierno, tan insignificante como se quiera, nunca se someterá”.

Tampoco prosperaron los intentos del “neutral” Mandeville por doblegar la decisión de Rosas.

5
El acoso a la Confederación

No eran días sencillos para la Confederación, contexto que seguramente convenció a los franceses de que la Argentina debería ceder, sin alternativas, a sus amenazas: el 19 de mayo de 1837, la Argentina había entrado en guerra contra la Bolivia del mariscal Andrés de Santa Cruz, quien sorprendentemente había logrado convencer al nuevo rey de Francia, Luis Felipe de Orleans, de ser “su hombre en América”. En 1834 Santa Cruz había suscrito un tratado con el enviado Henri Bouchet de Martigny, quien en los años por venir desempeñaría un papel activo en el conflicto entre Francia y la Argentina. De ese modo, la corona francesa jaqueaba a Rosas por tierra y por mar.

En Francia eran tiempos de chauvinismo, es decir, de sobreactuaciones patrioteras, causa y consecuencia del ascenso a primer ministro de Louis Adolphe Thiers, un apasionado restaurador del “honor francés” mancillado por las imposiciones de los vencedores de Napoleón, y también vilipendiado en América cuando, en 1834, los Estados Unidos embargaron las propiedades de los franceses para cobrarse una opinable deuda que se arrastraba desde los tiempos de Napoleón, 25.000.000 de francos que fueron pagados sumisamente al presidente Andrew Jackson. Tras el enardecimiento de la opinión pública gala por esa afrenta, el rey y su primer ministro comprendieron que se imponía una retaliación. Para ello elegirían un rival mucho más débil que la económica y militarmente poderosa Norteamérica.

El mariscal Santa Cruz, que durante las guerras de la independencia había combatido para el bando español hasta que su derrota fue evidente, ahora presidía una Confederación Peruano-Boliviana llamada “Estados del Perú”. Su pragmática actitud respecto de las potencias extranjeras era tan dócil como la de los unitarios argentinos, en contraste con el altivo nacionalismo de Rosas y del ministro de Guerra y Marina chileno, Diego Portales, dueño de la escena política de su país y también partidario, según su propia expresión, de “un gobierno fuerte, centralizador, cuyos hombres sean verdaderamente modelos de virtud y patriotismo, y así enderezar a los ciudadanos por el camino del orden y las virtudes”, expresión que podría haber hecho propia el Restaurador, es decir Rosas, a quien se concedió ese título porque había asumido su primer gobierno por votación de la misma Asamblea que antes había consagrado al infortunado Manuel Dorrego como gobernador de Buenos Aires, luego víctima de un golpe de Estado ejecutado por Juan Lavalle, impulsado y organizado por Rivadavia y sus partidarios protounitarios, en alianza con el embajador británico lord Ponsomby. Rosas, por lo tanto, “restauraba” el orden institucional conculcado por los golpistas de diciembre de 1838.

Luis Felipe de Orleans consideró a Santa Cruz un socio útil para las ambiciones de la corona francesa, que acordó entonces apoyar al boliviano en sus pretensiones de expansión hacia territorios argentinos y chilenos, a cambio de la penetración comercial en los mercados conquistados con las armas aportadas por Francia. Terminada la guerra de independencia, el Alto Perú, a instancias del mariscal Antonio Sucre —el vencedor de Ayacucho—, y con la insólita indiferencia del gobierno europeizante de Rivadavia en Buenos Aires, se proclamó república independiente en 1825, bautizada Bolivia en honor a Simón Bolívar (44). Tras largas internas en Perú y en Bolivia, en 1836 Santa Cruz tomó el control de ambas repúblicas decretando su unión y el nacimiento de la Confederación Peruano-Boliviana, reconocida por la mayor parte de los gobiernos de Europa y América.

El mariscal pretendía conformar una confederación de repúblicas americanas bajo su dominio y, para eso, comenzó un proceso de expansión militar hacia el sur incursionando sobre el norte de Argentina y Chile, acción que motivó las airadas protestas de ambos gobiernos a pesar de lo cual las acciones continuaron. Santa Cruz estableció además contactos con Fructuoso Rivera, presidente de la Banda Oriental y enemigo de la Confederación rosista. Su plan consistía en fomentar el desorden en las provincias del Norte argentino, mientras Rivera haría lo mismo en las de la Mesopotamia, tras lo cual, bajo el pretexto de razones de orden y humanidad, y con el apoyo de las potencias europeas, sobre todo de Francia con la anuencia de su aliada Gran Bretaña, integrarían dichas provincias a sus respectivas dominaciones. Con ese propósito, colaboró con armas y dinero para los emigrados unitarios que, desde territorio boliviano, realizaban ataques contra las provincias norteñas.

Ante la gravedad de la situación, a través de su canciller Felipe Arana, Rosas inició contactos con el gobierno de Chile para el establecimiento de una alianza en contra de Santa Cruz. El acuerdo nunca llegó a materializarse por escrito, aunque sí en los hechos. El gobernador nombró comandante en jefe del Ejército Nacional en el Norte al general Alejandro Heredia, caudillo de Tucumán y una de las figuras más gravitantes en la zona, tras la muerte de Facundo Quiroga. Heredia, entre otros tantos, es una de las figuras que desmiente a la historia oficial argentina, que se empeña en describir a los jefes federales como ignorantes, desgreñados, brutales, vivos representantes de la barbarie. El jefe tucumano, proveniente de una familia de elevada alcurnia y holgada posición económica, había recibido una educación refinada y dominaba el latín (43).

Rosas le envió importantes cantidades de pertrechos entre los que se contaban quinientas tercerolas y carabinas, novecientos fusiles, setecientos sables, tres mil quinientas piedras de fusil y 54.500 cartuchos. Las provincias del Norte y el Litoral aportaron, a su vez armas y soldados, con lo que se logró poner en pie una fuerza de tres mil quinientos hombres que, en 1838, quedó organizada en tres divisiones a cargo del gobernador de Salta, general Pablo Alemán, y de los generales Manuel Virto y Gregorio Paz.

6
La entrega unitaria

Podrá criticársele a don Juan Manuel su autoritarismo, siempre y cuando se tenga la hidalguía de aceptar su fervorosa defensa de la soberanía y la integridad territoriales, constantemente amenazadas, no sólo por los de afuera, sino también por los de adentro.

Una de esas amenazas se gestó al crearse en Montevideo la “Logia de los Caballeros Liberales”, a imitación de una entidad secreta que, con el mismo nombre, funcionaba en Buenos Aires, y cuyo “venerable” era Carlos de Alvear, el obstinado enemigo de San Martín. El titular de la sociedad secreta de emigrados sería Rivadavia, residente en Colonia, pero su activo gestor en Montevideo fue Valentín Alsina. Los exiliados estaban distribuidos por todo el territorio oriental. En Colonia, residían Bernardino Rivadavia, José Ignacio Álvarez Thomas, Juan Lavalle, Daniel Torres; en Mercedes, Salvador María del Carril y Luis José de la Peña; en Montevideo, Julián Segundo de Agüero, el canónigo Pedro Pablo Vidal, los tres hermanos Varela —Juan Cruz, Rufino y Florencio—, Francisco Pico, Miguel Valencia, Pedro Feliciano Cavia, Valentín Alsina y Tomás de Iriarte; en Durazno, junto a Rivera, José Luis Bustamante; en Carmelo, los generales Gervasio Espinosa y Félix Olazábal; en Paysandú, Gregorio Aráoz de Lamadrid y Martiniano Chilavert.

Alsina redactó las “Instrucciones” para la formación de las logias filiales en cada punto donde hubiese exiliados. La logia admitía a cualquier antirrosista, aun a los federales “lomos negros” y “cismáticos”, pero mantendrían el control entre cinco y ocho unitarios cerrados. El “venerable” de cada filial era designado por la Logia Central de Montevideo, mientras Buenos Aires elegía al “venerable” de Montevideo.

Uno de los jefes de los conspiradores se carteaba con el mariscal Santa Cruz, presidente de Bolivia. Entre ambos urdieron el “Gran Plan” para acabar con Rosas, según se desprende del texto de una carta privadísima fechada en Colombia el 20 de agosto de 1835, incautada y en manos del Restaurador cuando fue apresado el buque arequipeño Yanacocha. La misiva contestaba una comunicación de Santa Cruz: “aceptando, general, vuestra generosa protección, y si es necesario la imploro”. En respuesta a una inquietud del mandatario boliviano, el anónimo complotado decía que “los pueblos de Jujuy, Salta, Tucumán y Catamarca” podían separarse de la Argentina e incorporarse a la Confederación Peruano-Boliviana, a condición de quedar “en paz con los argentinos”; luego aclaraba que se debían agregar “los pueblos de Cuyo porque es necesario que los Aldao salgan o desaparezcan de Mendoza”. Por otra parte, enunciaba su versión sobre el estado político de Buenos Aires: “El odio contra los federales bastardos y su atroz caudillo se han convertido en frenesí, su detestable corte corre desenfrenada en la carrera de los crímenes, los primeros puestos del gobierno son ocupados por los primeros malhechores, la más inaudita tiranía se ejerce en todos los actos de aquel desgraciado suelo; allí se persigue con encarnizamiento al propietario, al hombre industrioso y al padre de familia, el saber es un delito. [...] Rosas es un monstruo que no tiene semejanza en la historia de los más famosos criminales”. Y terminaba: “Observad, general, que por la primera vez se dirige un general argentino con esta misión de duelo. General: repito, vuestra voluntad será la nuestra; Vos representáis, general, el tribunal de las naciones americanas; pronunciad vuestra sentencia y sabremos si hemos de ser de vida o de muerte. El amigo” (61).

Como aparentemente se trataba de un general, y residente en Colonia, en principio Rosas creyó que se trataba de Lavalle. Sin embargo, las “frases sublimes y lenguaje exótico” no se correspondían con su estilo. Más tarde, en un informe a los gobernadores del interior, don Juan Manuel se rectificaba: “La carta no es del general que se supone, o se cree, sino de don Bernardino Rivadavia”.

Luego se sabrá que quien ofrecía “generosamente” a los “Estados del Perú” las provincias norteñas y cuyanas, era Carlos de Alvear, quien viraría al rosismo al ser designado por Rosas embajador en los Estados Unidos, una evidente maniobra de don Juan Manuel para alejar de Buenos Aires a tan peligroso adversario. El apoyo de las sociedades secretas y de la aristocracia porteña e internacional le había permitido sobrevivir a penosas contingencias, como a su conflicto con San Martín —una de las principales causas del largo y sufrido exilio del Libertador—; a su traición a Artigas, tomando Montevideo en su lugar en violación de lo acordado; a la ominosa caída del Directorio luego de intentar convencer a la Corona Británica de que se hiciera cargo de las Provincias Unidas del Plata; y a su alianza con Estanislao López, a quien también traicionaría cuando dejó de ser útil a sus intereses personales.

Nada de esto ha sido inconveniente para que don Carlos de Alvear y Balbastro, reivindicado por los vencedores de Caseros, goce del más bello monumento ecuestre de la capital argentina, obra del genial escultor francés Émile Antoine Bourdelle. Para la historia oficial argentina es más grave defender los intereses de los sectores populares que la intención de enajenar parte del territorio nacional. ¿Acaso no ha honrado con una calle a Manuel García, el nefasto entregador del Uruguay, al tiempo que la ciudad de Buenos Aires ha negado un homenaje similar al patriótico caudillo santafesino Estanislao López? (45).

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