Te vigilo

Camilla Grebe
Åsa Träff

Fragmento

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Título original: Någon sorts frid

Traducción: Ana Sofía Pascual Pape

Primera edición: septiembre 2010

© Camilla Grebe & Åsa Träff, 2009

© Ediciones B, S.A., 2010

© Concell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

© www.edicionesb.com

Publicado originalmente por Wahlström & Windstrand, Sweden. Publicado por acuerdo con Nordin Agency, Sweden.

ISBN: 978-84-666-4609-3

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público.

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A mamá y papá

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No temas la oscuridad,

pues es allí donde la luz descansa.

Sabes que no vemos las estrellas,

allí donde no hay oscuridad.

En tu claro iris

llevas una oscura pupila,

pues la oscuridad es todo lo que la luz

estremecedoramente anhela.

No temas la oscuridad,

pues es allí donde la luz descansa.

No temas la oscuridad,

la que el corazón de la luz transporta.

Erik Blomberg

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Contenido

Agosto

Septiembre

Octubre

Noviembre

Diciembre

Epílogo

Agradecimientos

Notas

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Debería haber sido idílico.

Una mañana traidoramente tranquila y húmeda por el rocío. Los rayos de sol que se apoderan, de forma lenta pero inexorable, de la fachada de estilo modernista.

Los rayos la abrazan convencidos de alcanzar la victoria con su calor indiferente, y le conceden la fuerza de la luz que la noche le había negado.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si esta mañana de verano presagiase un día como cualquier otro: lleno de vida; de cuerpos sudorosos montados sobre bicicletas; de risitas ahogadas ante el quiosco de helados del puerto; de hombros desnudos quemados por el sol; de sexo veraniego vacilante, cuando el crepúsculo azul celeste se transforma, insomne, en alba; de la mezcla nauseabunda de vino blanco y refresco en la linde del bosque, enfrente de la pizzería; del agua fría del lago contra los cuerpos flacos de unos niños cuyas costillas parecen a punto de emerger de sus pechos a través de la suave piel, fina como el papel y blanca como la leche.

Adolescentes patizambos que hacen carreras a nado hasta la isla y de vuelta a la orilla, se perfilan como pálidas figuras hechas de gachas, embarcaciones anfibias contra la oscuridad saturada, de un color azul pardusco, del agua. Los gritos de los que se lanzan al agua desde las rocas. El aroma de la carne a la parrilla. El sonido de lejanas lanchas a motor.

Mosquitos. Avispas. Insectos sin nombre: en el pelo, en la boca, en el cuerpo; los cuerpos pegajosos y empapados en sudor.

Todo muy sueco.

Un verano sin fin.

Como si nada hubiera ocurrido.

Incluso la casa parece impasible. Pesada e indiferente, parece cavilar en el jardín exuberante, bañada por un verdor sofocante y empañado. Su cuerpo macizo de tres plantas se estira hacia el fondo azul del brillante cielo estival. No hay ni un solo palmo de su superficie en que el revoque se haya descascarillado. Los marcos de las ventanas y las puertas están recién pintados en un reluciente verde grisáceo. En los cristales de color emplomados, con sus dibujos florales serpenteantes y orgánicos, no hay grietas ni polvo. Sobre el tejado se yergue una vieja veleta de color cardenillo de las que ya no se hacen.

Debería haber sido idílico.

Y, sin embargo, hay algo que no encaja.

En el pequeño aparcamiento, de gravilla recién rastrillada, hay un jeep negro. También éste se ve limpio como una patena y no presenta ni un solo arañazo. En su brillante superficie se refleja una clemátide de enormes flores blancas como la tiza, que trepa por un viejo y nudoso manzano, y justo allí, al pie del tronco bajo y las ramas retorcidas del árbol, yace ella.

La mujer joven.

Está acurrucada sobre la hierba, como un pájaro. Su cabellera pelirroja está cubierta de una fina película de rocío, al igual que la hierba. Los estrechos y pálidos brazos de pájaro están abiertos, uno a cada lado de su cuerpo, con las palmas vueltas hacia arriba en un gesto de resignación. La sangre, que ha abandonado su cuerpo, ha coagulado en manchas parduscas sobre la tela de los tejanos y en la hierba. Los ojos están abiertos y parece que escudriñen la copa del manzano.

De las ramas cuelgan pequeños frutos verdes e inmaduros. Hay muchos; en pocos meses el árbol dará abundante fruta. Sobre su copa los vencejos y las gaviotas vuelan impasibles. ¿Qué puede importarles a ellos una criatura humana muerta?

Debajo del cuerpo, fuera del alcance de la vista de los pájaros y los seres humanos, hace ya tiempo que los habitantes más pequeños del jardín han descubierto lo que ningún ser humano ha visto todavía. Un diminuto escarabajo negro se mete entre la cintura de los pantalones y la piel fría y pálida en busca de algo comestible; unas mosquitas han anidado en el bosque frondoso de la roja cabellera y unos bichos microscópicos, lentos pero decididos, se introducen por los recovecos de las orejas.

Muy pronto, los habitantes de la casa despertarán y empezarán a buscar a la joven. Cuando no la encuentren, saldrán al jardín y la encontrarán sobre la hierba, bajo el árbol, con la mirada vuelta hacia el cielo.

La sacudirán, como intentando arrancarla de un profundo sueño, y cuando eso no surta efecto, uno de ellos le propinará una fuerte bofetada, y su tez se teñirá de rojo por la sangre, aún sin coagular, que ahora cubre sus manos.

La cogerán en brazos y la acunarán suavemente. Uno de ellos le susurrará algo al oído, mientras el otro enterrará el rostro en su cabellera.

Más tarde, llegarán unos hombres que no la conocen e ignoran su nombre, para llevársela consigo. La agarrarán con manos insensibles por las muñecas y los tobillos finos y rígidos, y la colocarán sobre la fría camilla, la cubrirán con un plástico y se la llevarán lejos, muy lejos de casa.

La depositarán sobre una mesa metálica, al lado de unos instrumentos quirúrgicos que utilizarán para abrirla en canal y, ojalá, descubrir el enigma, para explicar lo inexplicable y restablecer el equilibrio. Esclarecer aquello que nadie entiende.

Cerrar el caso y tal vez incluso traer un poco de paz.

Cierta paz.

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Agosto

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Fecha: 14 de agosto

Hora: 15.00

Lugar: La habitación verde, la consulta

Paciente: Sara Matteus

—Bueno, ¿y cómo te ha ido el verano?

—¿Te molesta si fumo?

—No, adelante.

Sara hurga en su bolso de tela de camuflaje y por fin saca un paquete de Prince rojo y un encendedor. Con dedos temblorosos, secos y agrietados, enciende el cigarrillo y le da dos caladas profundas antes de volver a fijar la mirada en mí. Escudriña mi rostro en silencio y luego suelta una nube de humo entre nosotras, una niebla cancerígena, que, por un instante, oculta sus ojos pintados de negro. Hay algo provocador en su gesto, un cierto aire juguetón y revoltoso que me lleva a decidir no soltarla con la mirada.

—¿Qué pasa? —dice con aspereza.

—¿Y el verano?

—Ah, sí. El verano. Ha estado bien. Estuve trabajando en ese bar de Gamla Stan, ya sabes, en la plaza de Järntorget.

—Sí, lo sé. ¿Y cómo te parece que te lo has pasado?

—Bien, muy bien. Claro. No problems.

Sara se queda en silencio mientras me contempla con una mirada insondable. Tiene veinticinco años, pero no aparenta un día más de diecisiete. Su cabello, desteñido en diferentes tonalidades que van del blanco al amarillo mantequilla, cae reptando por sus estrechos hombros en sucias greñas. Greñas. Las enrolla entre los dedos cuando se aburre. Luego, las greñas entran y salen de su boca. Las muerde o chupa, indistintamente. Cuando no se chupa el pelo, fuma. Parece que siempre tenga un pitillo entre esos dedos ásperos y secos.

—¿No has sentido angustia?

—Pues no. Bueno, tal vez un poquiiito... de vez en cuando. Me refiero a la noche de San Juan y esas mierdas, ya sabes. ¿O es que la gente no suele angustiarse por esas fechas? ¿A quién no le causa angustia la víspera de San Juan? —Me mira con aire retador y sin decir nada. Una sonrisa asoma por la comisura de sus labios—. Por supuesto que eso me provoca una jodida angustia.

—Y entonces, ¿qué hiciste?

—Pues nada —responde, y me dirige una mirada vacía a través del humo del cigarrillo. Parece extrañamente indiferente, teniendo en cuenta los sentimientos de angustia y alienación que, afirma, le provoca la fiesta de la víspera de San Juan.

—¿Y no te hiciste cortes?

—Pues no... Bueno, sí. Sólo un poquito, en los brazos, ya sabes. Sólo en los brazos. Tuve que hacerlo, de lo contrario no habría sobrevivido a ese jaleo de San Juan. Pero... no mucho. Ya sabes, te prometí que no volvería a cortarme más. De hecho, suelo cumplir lo que prometo. Sobre todo, si te lo prometo a ti.

Advierto que Sara esconde sus antebrazos con un movimiento del que con seguridad ni siquiera es consciente.

—¿Cuántas veces te cortaste?

—¿A qué te refieres? ¿Al número de cortes que me hice?

—No, quiero decir en cuántas ocasiones lo hiciste.

—Oh, algunas. Un par de veces, o tal vez tres, a lo largo del verano. No me acuerdo...

La voz de Sara se va apagando. Aplasta el cigarrillo en el jarrón azul que he colocado sobre la mesita en un intento de hacer que la sala parezca más acogedora. Debo de ser la única psicóloga en Suecia que permite que sus pacientes fumen, pero, en el caso de Sara, si no lo hago se pone tan nerviosa que resulta imposible tener una conversación con ella.

—Sara, esto es importante. Me gustaría que volviéramos a las diferentes situaciones en las que te cortaste. Intenta recordar qué fue lo que pasó justo antes. Qué fue lo que provocó los sentimientos que te llevaron a hacerte esos cortes.

—Mmm...

—Empieza por la primera vez. Tómate todo el tiempo que necesites. Empieza contándome cuándo fue.

—Debió de ser la víspera de San Juan. Quiero decir, durante la misma fiesta de San Juan. ¡Si ya te lo he dicho antes!

—¿Qué hacías? Me refiero a justo antes de cortarte.

—Fui a ver a mi madre. Sólo estábamos ella y yo. Ella había cocinado y esas cosas. Y había comprado vino.

—¿O sea que no fuiste a ninguna fiesta de San Juan?

—No, más bien lo decía en el sentido... ¿Cómo se dice? Como una metáfora. Una metáfora de lo horrible que es la víspera de San Juan. Todo el mundo está tan contento... Hay que juntarse con la familia y estar contento. Me parece algo tan... impostado.

—Pero entonces, ¿estuvisteis bien? ¿Contentas?

Sara permanece un buen rato en silencio y, por una vez, y sin que sirva de precedente, sus manos descansan tranquilas en el regazo, mientras piensa la respuesta. Lo único que se oye es el zumbido de la cámara de vídeo que graba nuestra conversación. Sara suspira hondo y, cuando vuelve a hablar, advierto su irritación, a pesar del tono de voz tranquilo y expectante.

—La verdad, creo que ya puedes imaginártelo. De hecho, no entiendo adónde quieres ir a parar con todo esto. Ya hemos hablado de mi madre al menos mil veces. Ya sabes que es una borrachuza. Hooola, ¿hay alguien ahí? ¿Quieres que te lo apunte en algún sitio? Fue como de costumbre. Todo tenía que ser tan pretendidamente elegante... y entonces... bebió demasiado y empezó a lloriquear. Ya sabes cómo se pone cuando bebe. Infeliz y como si... como si se arrepintiera de algo. Como si se arrepintiera de todo. Como si yo tuviera que perdonarla por no haber sido una buena madre. ¿A ti te parece que debería hacerlo?

—¿Tú qué piensas?

—No, no creo que deba hacerlo. Creo que lo que me ha hecho es imperdonable.

—Entonces, ¿qué hiciste?

Sara se encoge de hombros y veo por su actitud y su postura que ya no tiene ganas de hablar, ni de su madre ni de sí misma. Su voz se ha vuelto chillona y en su cuello se extienden unas manchas coloradas, como si fuera vino derramado sobre un mantel de algodón.

—Me largué. No soporto cuando se pone a berrear.

—Y luego, ¿qué pasó?

Sara se mueve nerviosa en el asiento. Enciende otro cigarrillo.

—A casa. Me fui a casa.

—¿Y?

—Sabes muy bien lo que pasó entonces. Es culpa de esa bruja. Es que no consigo... no puedo respirar cuando he estado allí.

Ahora Sara está enfadada. Eso es bueno, intentaré alimentar ese sentimiento en ella. Suelo escuchar muchas verdades, cuando Sara se enfada. La capa automanipuladora desaparece por completo, sustituida por una sinceridad desnuda y a flor de piel que encuentras en la gente que no tiene nada que perder y a la que no le importa lo que piensan los demás.

—¿Te cortaste?

—¡Joder! Me parece que es obvio que me corté.

—¡Cuéntamelo! —le digo.

—Bueno, a ver. Sinceramente, ya sabes lo que pasó.

—Esto es importante, Sara.

—Me corté en el brazo. ¿Estás contenta?

—Sara... ¡Escúchame! Es comprensible, todo lo que me cuentas, tus sentimientos. Es la víspera de San Juan, visitas a tu madre, ella está borracha y quiere que la perdones. De pronto, se remueven muchos sentimientos. ¿Lo comprendes?

Sara baja la mirada hasta sus dedos. Examina las uñas. Asiente con la cabeza para confirmar que tal vez ella también crea que sus sentimientos y reacciones son comprensibles.

—El problema es que cada vez que te asalta la angustia te entran ganas de autolesionarte, lo que no puede decirse que sea precisamente una buena solución a largo plazo.

Sara vuelve a asentir con la cabeza. Sabe que no es más que un desahogo pasajero cada vez que se corta, que bebe demasiado o que se lanza de manera impulsiva a relaciones sexuales ocasionales, y que el odio hacia sí misma y el dolor volverán con fuerzas redobladas. En realidad, su intento desesperado de mantener la angustia en jaque no hace más que reforzarla.

—¿Intentaste hacer lo que hemos hablado en otras ocasiones? Ya sabes, tratar de soportar la angustia y el miedo. Al fin y al cabo, sabes muy bien qué es lo que lo provoca. La angustia en sí nunca es peligrosa. Sencillamente te lo parece, lo sientes así. Eso es lo que debes trabajar: tienes que aprender a soportar la angustia. Sólo por un tiempo, porque ya volverá a desaparecer más adelante.

—Sí, lo sé.

—¿Y qué me dices de las otras veces?

—¿Qué otras veces?

—Que te hiciste cortes.

Sara suspira y desvía la mirada hacia la ventana en un gesto significativo. La ira en su voz ha sido reemplazada, en parte, por el cansancio.

—Vale, muy bien. Una de las veces estaba borracha y, por lo tanto, no cuenta. Porque entonces no soy realmente yo misma. Fue en una fiesta en Haninge, en casa de un tío del trabajo.

—¿Ocurrió algo en especial durante la fiesta que provocara esos sentimientos?

Sara se encoge de hombros y tira otra colilla dentro del jarrón, al agua de mis flores, ya envenenadas de nicotina.

—Venga, Sara, inténtalo. Es importante. También tienes que poner de tu parte. Ya sé que es duro.

—Había un tío...

—¿Y?

—Y, en cierto modo, me recordaba a Göran.

—¿Tu padrastro?

—Sí. —Sara asiente con la cabeza—. Me tocó de la manera en que solía hacerlo Göran. De repente... ya sabes que no me gusta pensar en todo eso, y entonces todo eso volvió, sin más, cuando lo tuve allí, manoseándome, sobándome con sus asquerosas manos. Lo empujé con tal fuerza que fue a dar contra una mesa. Estaba bastante borracho, y se cayó y se abrió una ceja.

—¿Qué pasó entonces?

—Bueno, pues se puso furioso. Empezó a gritarme y a perseguirme.

De pronto, Sara parece agotada y extrañamente pequeña.

—Eh, que tampoco fue tan horrible como crees, la verdad. El tío estaba borrachísimo, ¿ya te lo he dicho? No me atrapó. Me fui a casa.

—¿Y?

—Y entonces lo hice, ¿vale? ¿Y ahora podríamos hablar de otra cosa?

—Intenta describirme, de la manera más exacta posible, lo que sentiste justo antes de hacerte los cortes.

—¿Lo que sentí? Hooola, si ya sabes perfectamente lo que sentí. Como si estuviera a punto de romperme. Pensé en aquel tío asqueroso y en sus repugnantes manos que me sobaban, y luego en Göran, y de pronto sentí como si me estuviera rompiendo o no pudiera respirar. Y entonces lo hice, y luego me sentí mejor. En cierto modo, me sentí más limpia. Y más tranquila. Me quedé dormida. ¿De acuerdo? Y ahora ¿podríamos hablar de otra cosa? Por cierto, tengo que irme pronto. Tengo una entrevista para una plaza de becaria. ¿No podríamos hablarlo la próxima vez?

—Para la próxima vez me gustaría que prepararas el ejercicio del que hablamos, Sara.

—Claro, por supuesto. Entonces me voy ya.

—Muy bien. Nos vemos la semana que viene.

Apago la cámara de vídeo y me recuesto en la silla. Como suele pasarme cuando viene Sara a verme, he vuelto a vaciarme de energía. No sólo porque ella me cuenta muchas cosas horribles, sino también porque he estado en alerta todo el tiempo. Ser la terapeuta de Sara es un ejercicio de equilibrio constante.

Sus circunstancias, por desgracia, no son especialmente excepcionales. Creció en Vällingby, en un hogar de clase media en apariencia normal, como la menor de tres hermanos. Lo único poco normal de su situación familiar era que la madre tenía un problema con el alcohol, pero a pesar de ello funcionaba bien socialmente. Sara suele decir que, a veces, incluso podía llegar a ser una ventaja. Por ejemplo, la mujer solía mantener la boca cerrada durante las reuniones de padres, a sabiendas de que si la abría podía descubrirse que era una alcohólica irremediable. Siempre estaba durmiendo cuando Sara volvía a casa, nunca le preguntaba dónde había estado, ni por qué volvía a casa en mitad de la noche, ni cómo podía ser que siempre llevara ropa nueva. Ropa que no le habían dado sus padres.

Ya a una edad temprana, Sara empezó a tener dificultades para concentrarse y pronto llegaron los problemas en la escuela. En tercero de primaria prendió fuego a las cortinas del gimnasio con un encendedor que le había sisado al profesor (que solía fumar a escondidas en el vestuario, mientras obligaba a los niños a correr dando más y más vueltas al patio del colegio bajo la lluvia otoñal). En sexto, se subió a un coche de policía por primera vez, después de haber robado en el supermercado Konsum. Empezó a salir con tíos mayores. A los trece años comenzó a salir con Steffe, que tenía dieciocho. Se quedó embarazada y abortó.

A su vez, los padres intuyeron que estaban perdiendo el control sobre ella y se dirigieron a las autoridades sociales en busca de ayuda. Este grito de socorro resultó en que la oficina de los servicios sociales del barrio decidiera llevar a cabo una investigación, lo que significó que a Sara le adjudicaran una persona de contacto y la obligaran a hacerse pruebas de orina regularmente. Estas medidas suelen ser bastante ineficaces, y también lo fueron en el caso de Sara. Al poco tiempo, su persona de contacto renunció a serlo, después de que Sara la llamara «puta asistente social» y «jodida asistente social de mierda» y escupiera sobre su mesa. La persona de contacto afirmó que se sentía amenazada e intimidada por Sara, pero lo más probable es que, en realidad, se hubiera cansado de que ésta fuese tan insoportable y exigente. Que tampoco tuviera fuerzas para cargar con ella.

¿Agresiva? Sin duda. Sin embargo, nunca he visto que Sara perjudicara a nadie más que a sí misma. Tiene lo que podríamos llamar una capacidad infalible, casi paranormal, para elegir siempre la peor alternativa para sí misma, para elegir siempre el camino en la vida que le cause el máximo de dolor. Parece que tenga incorporado un complejo indomable que la lleva a tomar la Vía Dolorosa.

Tras la ruptura con la «puta asistente social» llegó la familia de acogida. Cuando Sara tenía quince años, su padre de acogida la violó repetidas veces. Sara hizo lo único que, desde su punto de vista, era lógico: escapar de casa. De hecho, lo consiguió en varias ocasiones, pero cada una de las veces que lo intentó, las autoridades locales la atraparon y la devolvieron a la familia de acogida. Fue entonces cuando empezó a manifestarse ese comportamiento devastador, autodestructivo y sexualmente agresivo.

Cuando Sara cumplió los dieciocho, le dieron su primer auténtico diagnóstico psiquiátrico verdadero: trastorno límite de la personalidad. Como de costumbre, de nada sirvió que el sistema psiquiátrico alcanzara para ponerle palabras a lo que le pasaba a Sara. Cada vez estaba peor. Al poco tiempo la ingresaron en un hospital psiquiátrico durante dos meses, en un estado cercano a la psicosis, tal vez provocado por las drogas. Sara suele referirse al hospital como al «Infierno», y supongo que con el descenso a él debió de abandonar prácticamente toda ambición de llevar una vida normal, una «vida Svensson», como solía llamarlo ella. En el caso de Sara, la estancia en el hospital psiquiátrico fue seguida por un consumo de drogas explosivo, y medio año más tarde de que le hubieran dado el alta, Sara fue ingresada a la fuerza en un centro de desintoxicación de Norrtälje, donde se concentraron especialmente en su problema con las drogas, que, por aquel entonces, consistía en un consumo desmedido de anfetaminas y alucinógenos sintéticos.

Más tarde ocurrió algo. No está claro el qué. Ella misma no es capaz de explicarlo de otra manera que no sea que decidió vivir. Decidió no morir.

¿Y hoy? Hace dos años que está limpia, tiene su propio piso en Midsommarkransen. Está en el paro. Soltera. Muchos amigos y aún más compañeros de cama.

Sara es una auténtica veterana en el mundo de la psiquiatría. La han analizado de cabo a rabo una y otra vez. El BUP (Centro de Psiquiatría Infantil y Juvenil), los ambulatorios psiquiátricos abiertos y los de régimen cerrado. Ha conocido a más asistentes sociales, personas de contacto, psicólogos y psiquiatras que yo a pacientes. Eso compromete. De vez en cuando siento como si me estuviera evaluando a mí y mis comentarios, como si me estuviera catalogando y ubicando en una especie de jerarquía de loqueros. Es capaz de soltarme un comentario que, sin duda, proviene de uno de mis antecesores: «Muy bien, pero ¿has tenido en cuenta los celos crecientes entre hermanos, resultado de la temprana separación de mis padres?», o «Ya sé que puede sonar condenadamente edípico pero, de hecho, a veces llegué a creer que Göran me amaba de esa manera».

Pienso en los brazos y las piernas delgados y cubiertos de cicatrices de Sara. Parecen una estación de trenes en la que las vías en parte se cruzan, en parte discurren paralelas. Hay quien llama cutters a esas chicas que se hacen cortes para mitigar la angustia.

Pero, claro, Sara es mucho más que un simple diagnóstico psiquiátrico. Es inteligente, una experta en la manipulación de los demás y, la verdad, bastante divertida cuando está de ese humor. Ahora hay que volver a rehabilitarla. Hay que readaptarla a la vida normal que nunca ha tenido y que, quizá, nunca tendrá.

Adaptar. Amoldar.

Poso la mano sobre su expediente; es tan grueso como la Biblia; completo, con informes de las autoridades sociales, extractos de su historial clínico de ambulatorios psiquiátricos y hospitales de régimen cerrado. Distraída, mis dedos hojean el montón de papeles. Mi mirada queda atrapada por el historial clínico del hospital Sanlt Göran, de cuando Sara estuvo ingresada en la planta de psiquiatría.

Paciente: Sara Matteus, número personal: 82 11 23 – 0424

Ingreso: La paciente llega a urgencias psiq. a las 18.37 h por medio de la policía de Norrmalm tras haber sido detenida por robo en la tienda Twilfit, en Gallerian. Puesto que la paciente parecía confusa y turbada y se mostraba agresiva, la policía la trasladó a urgencias psiquiátricas.

Actual: La paciente es una mujer de 18 años con problemas de drogadicción y trastornos de angustia sin especificar. Anteriormente ha estado en contacto con el BUP y el ambulatorio psiquiátrico (servicio de urgencias psiquiátricas de Vällingby). En la actualidad la paciente no mantiene ningún contacto psiquiátrico, ni toma ningún tipo de medicación. La paciente indica que se siente muy mal y que necesita ayuda. A ratos parece coherente, y entonces se queja de una angustia severa e incluso es capaz de contar que ha tomado drogas, sin que logre recordar de qué tipo. Por lo demás, se muestra agresiva y manifiesta trastorno obsesivo-compulsivo y paranoia al sentirse perseguida por los servicios sociales y la policía. La paciente da muestras de comportamiento autodestructivo (cicatrices y heridas en antebrazos y parte interior de los muslos).

Suspiro y suelto el montón de papeles, que caen al suelo con un ruido sordo. Por hoy ya he tenido mi dosis de Sara Matteus. Ha llegado el momento de ventilar la habitación y saludar a la rusa Ilja, madre reciente de un bebé. Ella, que conoció a su marido sueco a través de Internet, que se siente tan a gusto en Suecia y que ya habla el sueco con fluidez. Ella, que es tan competente, que está integrada en la sociedad y que trabaja de enfermera instrumentista en Sophiahemmet, pero que padece una obsesión irrefrenable por esconder todos los cuchillos y tijeras en el cobertizo de la familia por miedo a hacerle daño a su bebé con un objeto cortante.

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Debería haber sido idílico.

Mi casa es pequeña y está a un tiro de piedra de la playa. Unas grandes puertas acristaladas cubren toda la fachada que da al mar. Es una casa luminosa. Los suelos están cubiertos de antiguas tablas de madera de pino, anchas y gastadas, separadas por unas profundas grietas llenas de décadas de polvo acumulado.

En la cocina, los elementos y la decoración originales de los años cincuenta, con puertas corredizas de contrachapado pintadas de azul, han tenido que entenderse con los electrodomésticos nuevos. El dormitorio da a las rocas de un lado del cabo, y a través del gran ventanal puedo ver el mar, incluso cuando estoy echada en la cama, que es demasiado ancha para mí sola.

El baño y el lavabo se encuentran en un edificio aparte, en la caseta que antes fue una leñera. Para llegar allí tengo que salir por la puerta de delante y recorrer el sendero que discurre entre los rosales silvestres.

Frente al salón se extiende un pequeño terreno sembrado de césped. Descuidado y con la hierba alta como está, no hay manera de aplicar los métodos cortacésped habituales. En su lugar, yo misma he tenido que abrir a pisotones dos estrechos senderos a través de la maleza: uno que lleva al viejo y destartalado desembarcadero, y otro que conduce a las rocas.

En la playa se entremezcla el sedum de hoja colorada con el brezo y el tomillo. Unos pequeños pinos negros azotados por el viento bordean las grandes rocas antes de dar comienzo al bosque y el páramo. A pesar de que vivo a menos de una hora de Estocolmo, la casa más cercana está a un kilómetro de aquí.

Fue idea de Stefan que viviéramos así: de manera espartana y cerca de la naturaleza, cerca del buceo. Entonces parecía una buena idea. No había ningún sueño que fuera demasiado ingenuo, ninguna idea que fuera demasiado loca para mí. Ahora ya no sé qué pensar. Con la soledad también llegó una extraña e insidiosa pasividad: para mí, cambiar una bombilla eléctrica supone una gran hazaña, y pintar la leñera me resulta un proyecto imposible, imposible de fraccionar en horas manejables de trabajo. De ninguna manera podría abandonar el lugar. No sabría por dónde empezar.

Cuando me visitan, mis amigos suelen mirarme con una mezcla de compasión y espanto. Piensan que debería ordenar las cosas de Stefan; sacar sus utensilios de afeitado del baño, todas las cosas de buceo del cobertizo, su reloj de pulsera, que siempre está sobre la mesilla de noche y al que me agarro cada noche cuando la añoranza se hace insoportable.

—No puedes vivir en un mausoleo —suele decirme Ania, despeinando cariñosamente mi pelo corto.

Tiene razón, claro. Debería desembarazarme de las cosas de Stefan. Debería desembarazarme de Stefan.

—Desde luego, trabajas demasiado —añade con un suspiro—. Vente conmigo y salimos este fin de semana.

Siempre declino su invitación. Al fin y al cabo, hay tantas cosas que hacer en la casa, y tantos informes que escribir. Documentos que tengo que ordenar. Entonces Ania suele sonreír, como si supiera que le estoy mintiendo, lo que, ciertamente, hago.

De vez en cuando, Aina se queda a dormir en casa, en lugar de pasar el fin de semana en los bares ruidosos de Södermalm en compañía de hombres cuyos nombres olvida enseguida. Entonces solemos comer mejillones al vapor, bebemos un montón de vino blanco barato y hablamos de nuestros pacientes o de los hombres de Aina. O de nada en especial. Nos bañamos desnudas y nos lanzamos al agua desde las rocas. Escuchamos a David Bowie con el volumen demasiado alto, mientras los animales del bosque nos miran asustados.

Luego, la casa parece más vacía que antes, sus ventanas abren sus fauces como enormes agujeros hacia el mar y el silencio es aturdidor. Suelo tener resaca, y puesto que soy demasiado vaga para coger el coche e ir a comprar, como helado de vainilla al mediodía y ceno espaguetis con ketchup. Y lo acompaño todo con un par de copas de vino blanco. Me preocupo de encender todas las luces cuando llega el atardecer, pues no me gusta la oscuridad. Es como si la ausencia de luz anulase la frontera entre mí y el resto del mundo. Me aterra más de lo que me gusta admitir y provoca en mí el sentimiento que mejor conozco: el terror.

Llevo ya muchos años conviviendo con el terror y puedo decir, sin miedo a exagerar, que lo conozco de cerca, tanto que ya ni siquiera lo registro cuando aparece con el crepúsculo. Al contrario, resignada, le doy la bienvenida, como a un viejo, aunque no del todo bienvenido, conocido.

Por eso duermo con la luz encendida.

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Soy, pues, terapeuta. Psicóloga autorizada. Psicoterapeuta autorizada. En la puerta de la consulta hay un letrero de latón que así lo acredita:

Consultorio Psicoterapéutico de Södermalm

Siri Bergman

Psicóloga Autorizada

Psicoterapeuta Autorizada

De vez en cuando pienso en cómo reaccionarían mis pacientes si supieran que la en apariencia tranquila y competente mujer a la que se dirigen con todos sus secretos y todos sus miedos es incapaz de dormir sola en una habitación a oscuras. Qué opinarían sobre mi falta de capacidad para enfrentarme a mis propios agujeros negros, cuando a ellos les exijo que se acerquen a los suyos. Con los pensamientos llega la vergüenza; soy una mala terapeuta, soy un fracaso, ya debería haberlo superado, haberlo zanjado.

Debería haber llegado más lejos de lo que he llegado.

Aina suele reírse de mí al referirse a esa necesidad, tan mía, de control y a mis ideales perfeccionistas.

—Tú no eres tu profesión —me dice—. Ser psicoterapeuta no es ninguna maldita misión. Vienes aquí y tienes tus cuatro pacientes diarios, y luego te vas a casa y eres Siri. Joder, ser una fracasada, depresiva, pasiva y fóbica debería hacerte mejor terapeuta. Siempre y cuando no lo seas con los pacientes. Algo que, por cierto, deberías haber aprendido durante el primer semestre en la Facultad de Psicología.

Y ella debe de saberlo, porque es su nombre el que aparece debajo del mío en el lustroso letrero de latón:

Aina Davidsson

Psicóloga autorizada, psicoterapeuta autorizada.

Aina y Siri. Un concepto que se remonta a las primeras, nerviosas semanas en la Universidad de Estocolmo. Lo extraño no es que sigamos siendo amigas. Lo extraño es que hemos realizado nuestros planes de llegar a tener algún día una consulta propia.

Tenemos otro compañero. Sven Widelius, un viejo zorro que lleva trabajando de terapeuta más de veinte años. En principio, compartimos locales, recepcionista y cocina americana. Nuestra colaboración no va más allá de eso. La consulta está en la plaza de Medborgar, en el mismo edificio que los locales futuristas de Söderhallarna, sólo que unas plantas más arriba.

Entre semana, cada mañana me detengo para recuperar el aliento después de haber subido las escaleras corriendo. Contemplo el letrero recién lustrado, reflexiono, dudo y, al final, acabo metiendo la llave en la cerradura.

También hoy. Estamos a mediados de agosto. El verano es hermoso de una manera peligrosa y diríase que casi un poco erótica. Los aromas y exhalaciones de la naturaleza son bochornosamente dulces y nauseabundos, intensificados por el calor sofocante. En la ciudad, los olores metálicos de los tubos de escape y de la contaminación atmosférica se mezclan con el hedor a comida de los restaurantes y los carritos de salchichas. Y entre esta cacofonía de aromas, ahí está, el inconfundible olor a putrefacción.

La vegetación es intensa y vibrante, y tanto en la ciudad como en mi casa, el aire está saturado de moscas e insectos. De camino a casa desde la parada de autobús, puedo oír el sonido de una vida escurridiza, culebreante y primitiva. Puedo ver cómo millones de bichos hacen vibrar el lecho verde del bosque y noto que, a cada paso que doy, aplasto innumerables microorganismos bajo mis pies, creando nuevos biotopos hechos de musgo pisoteado y de hormigas y escarabajos aplastados. Para mí, la sensualidad carnal del verano es el punto culminante del año.

Sin embargo, el verano también conlleva sus exigencias. El verano reclama alegría y vida, reuniones sociales y vacaciones. Este año, mis vacaciones han consistido en una estancia impuesta en la cabaña que papá y mamá tienen en los bosques de Sörmland. Fui obligada a pasar una semana entera allí, sometida a los cuidados y la preocupación de mis padres y mis hermanos, hasta que al final se atrevieron a soltarme de nuevo. Detecté de inmediato el terror que se escondía tras la sonrisa de mamá y en la manera en que mis hermanas me trataban: como si fuera de la porcelana más fina y frágil. Y en los intentos de mi padre por conversar conmigo, el pánico se ocultaba justo debajo de la superficie. En realidad, dudo que alguno de ellos me llegara a echar de menos cuando me fui de allí.

El resto del verano lo he pasado sentada en el jardín, mirando al mar. He estado considerando volver a bucear. El equipo sigue aquí. Soy una buceadora experimentada. Echo de menos la sensación de encontrarme en otro mundo que tal vez incluso sea mejor. El buceo no me da miedo, a pesar de todo lo que ha pasado, pero no me veo con fuerzas para movilizar ese entusiasmo que resulta imprescindible para hacer cualquier cosa. Y, además, no me apetece encontrarme con ninguno de los amigos de entonces.

En su lugar, he pasado el rato fingiendo que me entretenía escardando los arriates, bebiendo vino y haciéndole carantoñas a Ziggy, el orondo gato de corral que hace ya unos cuantos años se instaló en mi casa, y he soportado el período interminable que llamamos verano.

Hasta ahora.

Es mi cuarto día de trabajo. Día cuatro. Con cuatro visitas.

En la recepción está Marianne. Una secretaria contratada a media jornada es un lujo innecesario que, en realidad, no nos hace falta, pero que, aun así, nos permitimos.

Marianne. ¿Cómo nos las arreglaríamos sin ella? Su pelo corto y rubio se riza en la frente y me sonríe cuando llego.

—¡Siri! ¡O sea, que hoy ya estamos todos de vuelta! Han anulado la cita que tenías para las diez.

Me mira como disculpándose, como si fuera su culpa que Siv Malmstedt no venga. Lo más seguro es que Siv haya anulado la cita para evitarse las dos horas de viaje en el metro. Marianne, que conoce las rutinas desde hace tiempo, me informa de que ha enviado una factura y que, a pesar de todo, sigue en pie la cita habitual que tiene Siv para el jueves.

La consulta es pequeña pero acogedora. Disponemos de tres salitas para las consultas, una recepción y una pequeña cocina donde tomamos café. En la parte posterior hay un pequeño servicio y una ducha. Por pereza, solemos llamar mi salita la habitación verde porque las paredes están pintadas de un verde tila suave en un intento de crear una atmósfera tranquila. Por lo demás, se parece a cualquier sala de terapia: dos sillas colocadas perpendicularmente la una respecto a la otra, una pequeña mesa con un florero de cristal azul soplado a mano y una cajita de pañuelos de papel que anuncia que aquí está permitido destaparse, mostrar los sentimientos y llorar.

En la pared hay una pizarra blanca rodeada, por cierto, de forma decorativa, por varias litografías neutrales de los artistas apropiados. Lo que tal vez distinga mi sala de terapia de la gran mayoría de las demás salas es la cámara de vídeo, muy utilizada, colocada en su trípode. Suelo grabar la mayoría de mis consultas. A veces, para que el paciente pueda llevarse la sesión a casa, otras para tenerlas yo.

Las cintas forman parte del historial clínico, y por eso las guardo bajo llave en el sólido archivador de color verde a prueba de fuego que hay en la recepción. Aina sostiene que mis cintas no son más que otra prueba de mi necesidad de controlarlo todo, y se queja porque ocupan demasiado espacio en el archivador. Suelo contestarle que no debería preocuparse por ello, puesto que ella nunca toma más de dos líneas de notas.

Entonces me deja en paz.

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