El cielo estaba en llamas.
Vivas lenguas de fuego iluminaban el horizonte y ascendían hacia el cielo. Los primeros bancos de nubes se encendieron, y con el resplandor que goteaba de sus bordes el mar se tiñó de rojo.
Aún resonaban los disparos en el agua. Un eco del estridente y metálico entrechocar de las espadas. El tenue recuerdo de voces de hombres, heridos en la lucha y diseminados en la negrura de la noche, flotaba a la deriva.
Él ni siquiera sabía cómo había caído por la borda, justo antes de que las estrellas palidecieran y la oscuridad se deshilachara. Antes de que el sol restregara el horizonte e hiciera saltar las primeras chispas de luz.
Quizá perdiera el equilibrio al esquivar un golpe de espada. O debido al impacto del proyectil que acertó en él. O puede que se dejara caer sin más, tal vez incluso que saltara, espoleado por un deseo de vivir desenfrenado, movido por una cobardía humillante.
Se hundió como una piedra en las tenebrosas aguas, que clavaron sus colmillos de sal en sus heridas, y un dolor agudo, lancinante, le desgarró la carne.
Un instante de vacío aturdidor. Una nada sin límites.
Después, recuperó el conocimiento.
Una opresión en el pecho, los pulmones a punto de estallar, empezó a mover los brazos y las piernas. Y por fin, por fin, salió del agua y cogió aire con avidez.
El viento le sabía a humo, a polvo rojo y a ceniza. Avanzaba con una pierna y un brazo entumecidos, inservibles, a través de una luz dorada como azafrán líquido que se entremezclaba con la bruma azul de la madrugada. Bajo la sombra de los pájaros, que describían círculos y despertaban al nuevo día desgañitándose. En dirección a la isla hacia la que su brújula interior había puesto rumbo fijo. Como una tortuga que recorre los océanos durante décadas y, sin embargo, siempre sabe volver a la playa en que nació.
El mar había perdido la paciencia, lo asediaba por todas partes, lo zarandeaba sin compasión. Antes incluso de oírla, sintió la ola que se aproximaba. Se sometió dócilmente a su voluntad, dejó que se apoderase de él y lo arrastrara, y tampoco opuso resistencia cuando lo engulló rápidamente. E, igual que la última contracción fuerte que lo expulsó del vientre de su madre y lo hizo venir al mundo, al cabo lo escupió a la orilla.
Con un zumbido que parecía perforarle los oídos y el corazón latiendo con desenfreno, se alejó a rastras, sin aliento, de aquel mar turbulento. La arena le desollaba las heridas, las piedras y las hierbas lo despellejaban.
El blanco satinado de las casas reflejaba la luz del sol naciente, y, cegado, entornó los ojos. Unas sombras esbeltas se materializaron en árboles, mudos guardianes de los cuidados jardines que se extendían al otro lado de unas tapias bajas. Ninguno se alzaba en solitario, y, sin embargo, entre uno y otro había una distancia amplia, que no ofrecía amparo alguno.
Reparó de pronto en una oscura nube de hojas. Una isla de espesura solitaria, casi irreal, envuelta en velos de vaho y humo, allí donde la polvorienta cinta de la carretera Jalan Pantai, contra la que ya rompían las olas, describía una curva.
Demasiado cansado para continuar hasta el río, demasiado joven para darse por vencido, titubeó.
La niña se hallaba en el umbral de la casa, con la barbilla alta y la espalda recta.
«Este día importante han venido todos. Todos mis caballeros y nobles. Todos los sabios y los magos, las hechiceras y las hadas. Han venido de los rincones más remotos de mi reino, de los cuatro puntos cardinales, para expresarme su gratitud.»
La pequeña extendió los brazos, abriendo con afectación los infantiles dedos.
–Levantaos.
«Con el frufrú de los tejidos más exquisitos, la multitud se meció como el mar con las olas cuando los hombres concluyeron su obsequiosa reverencia, y las mujeres, su amplia genuflexión. Y cual flores que giraran hacia el sol, todos los rostros se volvieron hacia ella.»
La niña se recogió con las manos la estampada falda cruzada y bajó la escalera despacio.
«La corona le pesaba en la cabeza, pero se sentía orgullosa de lucirla. La seda de su magnífico vestido crujía de un modo prometedor, y las paredes, que brillaban como las piedras preciosas, devolvían el eco de cada uno de sus pasos, los pies enfundados en las chinelas recamadas en oro. Sus pasos eran ligeros, como si apenas rozasen la lisa piedra del suelo.»
Una leve sonrisa asomó al rostro de la niña mientras continuaba caminando por la baja, áspera hierba.
«El gentío, reverente, se apartaba a su paso. Un murmullo de numerosas voces recorría la sala, se iba extinguiendo entre las imponentes columnas de mármol oscuro y se perdía bajo la bóveda de esmeraldas y lapislázuli, tan alta y vasta como el mismo cielo.»
Su corazón latía con fuerza, le costaba mantener la regia postura.
«Los ojos de la multitud se fijaron en el aguerrido héroe que hincaba una rodilla en el extremo opuesto de la sala. Con la cabeza muy baja, en señal de humildad, como si no supiera si le aguardaba la recompensa o el castigo por las proezas con las que había logrado romper el encantamiento de la malvada bruja. La esperaba tímidamente el unicornio blanco plateado que el joven sostenía a su lado de los arreos, los oscuros, brillantes ojos clavados en ella. Como si...»
–Miss Georgina, buenos días.
La niña dio un respingo. La espléndida sala empezó a desdibujarse ante sus ojos hasta esfumarse, y el viento se llevó los deslustrados restos como si de polen se tratara. Más allá de los arbustos y las copas de los árboles, cuyo follaje hizo crepitar, mientras en las ramas altas los pájaros trinaban y gorjeaban.
–No te habré asustado, ¿no?
Georgina parpadeó deprisa. Entre surtidores de flores púrpura y carmesí, delicadas como farolillos de papel de seda, estaba Ah Tong, apoyado en el rastrillo. Una sonrisa de satisfacción en el rostro, un cuero amarillo curtido por el sol.
–¿Qué te trae tan temprano por aquí?
Las mejillas de Georgina se tiñeron de rojo; sus dedos estrujaron con fuerza la tela de su falda y la hierba se le clavó en los descalzos pies. En su pecho anidaban tantas cosas de las que quería hablarle a Ah Tong, de las hadas y los gentileshombres y los caballeros y de sus aventuras en el mágico reino, que casi no podía respirar. Sin embargo, cada palabra se le asentaba pesadamente en la lengua antes de que pudiera pronunciarla, y como si tuviese la boca llena de piedrecitas, se quedó callada.
–Haces muy bien.–Ah Tong siguió rastrillando las flores marchitas–. Retoza por el jardín mientras aún esté seco.
Georgina miró al cielo: las nubes, que la noche había dejado inmaculadas y a las que ella había saludado alegremente por la ventana nada más levantarse de la cama, para entonces ya estaban tiznadas. Oprimían pesadamente la isla, y el cielo, antes de un azul celeste, era de un gris lechoso.
–Y a mí más me vale que acabe las tareas de hoy.–Ah Tong desprendió las flores que se habían quedado sujetas en los dientes del rastrillo–. No vaya a ser que, además de la lluvia, también me caiga encima...
Ah Tong inclinó ante Georgina su alta y descarnada figura, en la que le bailaban los pantalones holgados y la camisa, de manera que una de sus largas y finas trenzas le cayó sobre el hombro.
–La ira de nuestra ama y señora.
Se miraron a los ojos con complicidad, y mientras en el rostro curtido de Ah Tong se extendía una sonrisa, más pícara aún por sus dientes, torcidos y ladeados, Georgina soltó una risita. Tapándose la boca con la mano, miró deprisa hacia la casa, cuya blanca fachada relucía como el interior de una caracola. Y es que a la aguda vista y el fino oído de la esposa de Ah Tong y ayah de Georgina no se les solía escapar nada de lo que sucedía en y alrededor de L’Espoir, la casa que Cempaka gobernaba con escoba de hierro y estridente griterío.
–Mira.–Ah Tong cogió de uno de los arbustos una flor de un rojo vivo que ofreció a Georgina–. Se acaba de abrir. ¿Recuerdas cómo se llama?
Georgina asintió.
–Bunga raya –dijo. Volvía a tener la boca libre, la lengua suelta–. Rosa de China. Zhu jin. O hibisco.
–¡Muy bien!–exclamó Ah Tong, y soltó una risa de satisfacción–. Toma, es para ti.
Depositó con delicadeza la flor en las manos ahuecadas de Georgina, que apenas podían abarcar el ancho cáliz. La niña contempló fascinada el prominente pistilo con el polvillo dorado y se deleitó con la suavidad de los pétalos.
–Gracias–repuso en voz queda, feliz.
Por lo general, Ah Tong no cogía nada de ese jardín que cuidaba con primor; el último ramo de flores lo cortó para maman.
Mirando embelesada la flor, dio media vuelta y puso un pie delante del otro con cuidado.
«Unas antorchas llameantes iluminaban el imponente templo, construido hace miles de años. El juego de las llamas y las sombras hacía titilar dibujos y misteriosas inscripciones en las sólidas columnas. Demonios, dioses y criaturas fabulosas esculpidas en la piedra recorrían las paredes en una danza frenética, letal.»
–Mirad–musitó con voz grave y ronca debido a la tensión–, os traigo el fuego sagrado.
«Portaba, concentrada, el dorado cáliz; las llamas se alzaban vivas y vigorosas. Un movimiento en falso, un paso demasiado presuroso o una respiración demasiado profunda y el fuego sagrado, que representaba la vida eterna, se apagaría. Para siempre. Pero no en vano los dioses la habían elegido suma sacerdotisa del fuego. Daba un paso tras otro hacia el gran santuario de los dioses tan circunspecta, tan cautelosa, con tal solemnidad, que las brillantes alhajas que llevaba no hacían el menor ruido. Incluso el pesado brocado de oro de su vestido guardaba silencio.»
Ah Tong seguía con la mirada a Georgina, que caminaba dando grandes zancadas junto a los setos de bambú y los racimos de flores azules del heliotropo silvestre, como una grulla por la orilla del río. Sus hirsutas cejas se unieron en el arranque de la nariz cuando el viento le llevó retazos del soliloquio susurrado y vio que la niña finalmente se arrodillaba, despacio, delante del mangostán con su vasta copa y hacía entrega al árbol de la flor del hibisco como si de una ofrenda se tratase.
Más que una niña que estuviera abstraída en su juego, la pequeña parecía completamente inmersa en su mundo de ensueño. Como si únicamente allí pudiera ser libre y no tener preocupaciones. Solo allí olvidaba la tristeza que ensombrecía su mirada desde que la mem no estaba.
–Pobrecita–musitó Ah Tong, y sacudió la cabeza, compasivo, por la singular hijita de tuan Findlay.
Un destello azul hizo que el templo de piedra se estremeciera y temblase. Con el segundo destello, se derrumbó. Georgina, perpleja, levantó la vista. Observaba embelesada el revoloteo de las dos mariposas, criaturas de seda celestial que nadaban en un océano de aire y luz.
Las siguió con la mirada hasta que desaparecieron al otro lado de las lenguas flamígeras de las orgullosas cañas de Indias y se levantó de un salto. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y extendió los brazos todo lo que pudo. Se imaginó que era diminuta e ingrávida y tenía dos alas irisadas, y echó a correr. Corría más y más deprisa al encuentro de las nubes, sintiendo en el pecho un cosquilleo jubiloso, lista para alzar el vuelo de un momento a otro.
Las primeras gotas le dieron en la frente y formaron fríos arroyuelos que corrieron por su rostro mezclándose con el sudor que cubría su piel. Gritando de alegría, Georgina miró la lluvia, dando saltitos y vueltas por la hierba, y siguió corriendo hacia el mar, que bramaba encrespado al otro lado de la tapia del jardín. Hacia el muro de sombras que solo de cerca se convertía en los tupidos árboles y matas de un bosquecillo.
Un pedazo de naturaleza indómita, encantada y prácticamente olvidada, sobre el que las palmeras asentían con benevolencia. El reino de Georgina, suyo y solo suyo, en el que nadie salvo ella se adentraba. Ni siquiera Cempaka, que estaba convencida de que entre las raíces de los árboles habitaban espíritus malignos.
La lluvia repiqueteaba en las hojas y se desbordaba cuando Georgina se internó en la espesura. El aire le envolvió la piel y los pulmones como un pañuelo húmedo y caliente. Olía a lluvia y a hojas mojadas, a arena empapada y tierra roja, y entre medias se abría paso el aroma embriagador de las orquídeas salvajes, que con la luz crepuscular brillaban como estrellas de colores.
Una jungla en la que de cuando en cuando espiaba a un tigre comehombres, intentaba conjurar a la reina de todas las serpientes, de un blanco reluciente, con poderes mágicos, o buscaba al unicornio plateado, que la llevaría a un país remoto, fabuloso, subida a su lomo.
Sin embargo, lo más bello de esa parte del jardín era el pabellón.
Entre los ladrillos sobre los que descansaba, la maleza era tan densa que daba la impresión de que el pabellón nadaba en un frondoso lago.
El castillo de hadas de Georgina. Una vetusta mansión habitada por fantasmas. La isla desierta de Robinson. El palacio de un rajá. Una guarida de piratas.
Al igual que la gran casa que su padre le construyó a su madre, tres de los abiertos muros del pabellón se fundían con la verdura. Por el lado que miraba al mar se abría a una amplia veranda, y el escarpado, inaccesible peñasco, intercalado entre setos vivos con flores rojas justo delante de la tapia, para Georgina unas veces era una atalaya en el nido de piratas, y otras, un faro o la montaña más alta de la Tierra, a la que solo se podía subir a duras penas y corriendo grandes peligros.
Georgina subió los escalones de la veranda. La madera, alabeada, crujía bajo sus pies, y la hierba que crecía entre los peldaños le hacía cosquillas en los tobillos. Al cruzar el umbral a Georgina la recibió el familiar olor a humedad, a sal y a materia en descomposición, bajo el cual se percibía otro dulce y maloliente.
La naturaleza se había apoderado hacía tiempo del pabellón. El liquen recubría el tejado y las paredes como si fuese escamas de un lagarto. Árboles y arbustos se colaban por las ventanas, oscureciendo las dos estancias y bañándolas en la tornasolada luz azul verdosa de los mundos sumergidos. Los rincones que ocupaban el diván enmohecido y el armarito del reloj parado estaban cubiertos de musgo, y el viento y las olas, que solían rebasar la tapia durante el monzón, habían hecho envejecer deprisa la madera y la piedra. Como si unos pocos años se hubiesen convertido en siglos, que allí, en ese lugar, encerraban unas gotas de eternidad.
La arena se dejó oír en el suelo cuando Georgina dio la vuelta a la mesa y las sillas, y las costras blancas que dejaba el mar en sus visitas crujieron bajo sus pies. Hasta que la niña se detuvo bruscamente, los ojos muy abiertos y conteniendo la respiración.
Solo se oía el batir de las olas y la lluvia que caía fuera y goteaba por las rendijas del tejado.
Se quedó observando con perplejidad la figura que tenía delante, tendida en el suelo, inmóvil, igual que una sombra, de pronto sin distinguir la realidad de los sueños. Las piernas le temblaban; quería salir corriendo de allí, ir hacia el vacío opresivo, desolador de la casa, del que por lo general huía, en busca de protección o a pedir ayuda a Ah Tong. Pero no se podía mover. Un gran nerviosismo y un terror espantoso le corrían por las venas, y al cabo se arrodilló.
El que estaba allí encogido no era un hombre, pero tampoco un niño, sino alguien a medio camino entre ambos. Quizá tuviese la misma edad que Boy Three, que se ocupaba de que su padre siempre tuviera los zapatos relucientes. Este muchacho era delgado, pero de una delgadez distinta de la de Ah Tong: un manojo larguirucho de codos y rodillas huesudos, canillas nervudas y unos pies demasiado grandes. En la piel cobriza de su desnudo torso se veía alguna que otra cicatriz y rasguños recientes, además de las estrías blancas que había dejado el agua salada al secarse. Parecía un trozo de madera que el mar hubiera arrojado a la playa, igual de gastado, igual de muerto.
Georgina no pudo evitar que se le pasara por la cabeza el pájaro muerto que una vez se encontró en el jardín, un ovillo de plumas alborotadas con dos patitas finas como alambres, y la cara blanca como la pared de maman, su mano fría como la piedra.
Debatiéndose entre la curiosidad y el horror, alargó un brazo.
Lo arrancaron de sombríos abismos y salió a un crepúsculo encapotado que no tardó en despejarse, y el dolor palpitante que sentía en el brazo y la pierna lo despertó definitivamente. Levantó los párpados, y con cada pestañeo la imagen titilante que tenía delante iba cobrando nitidez. No estaba solo.
Una sacudida le recorrió el cuerpo. Quería luchar o huir, pero el atroz dolor que sentía se lo impidió. Vomitó sin querer, y sus músculos contraídos solo se distendieron cuando la mancha clara que tenía al lado tomó la forma de la kebaya blanca de una muchacha. Una niña aún, que lo miraba fijamente con los ojos muy abiertos y una mano en el pecho.
–¿A... gua?–pidió con la garganta abrasada, la lengua como una hoja seca.
Agotado, cerró los ojos, oyó un frufrú de tela y los pasos presurosos de unos pies descalzos que se alejaban, se dejaban de oír y se acercaban de nuevo. El murmullo de la lluvia amenazaba con devolverlo a la negrura cuando notó una mano pequeña, caliente bajo el hombro, una rodilla puntiaguda que lo sostenía y el borde de un recipiente en su boca.
Bebió la fresca agua de lluvia con una sed que parecía insaciable; habría podido dejar secos todos los ríos de la isla. Con la cabeza muy echada hacia atrás, sorbió las últimas gotas antes de incorporarse a medias y pasarse la mano por la boca y la mojada barbilla.
–Estás herido.–La niña se apartó de él–. Iré a buscar ayuda.
–¡No!
Incluso a él le sonó estridente su voz, tanto como la fuerza con la que agarró por la muñeca a la niña. La notó descarnada, como una ramita que podía quebrarse bajo sus dedos. Y es que la niña era muy poca cosa. El cabello, oscuro y en guedejas al haberse mojado, le caía por el rostro pequeño, dorado, que era demasiado poco dulce, demasiado poco redondeado para ser bonito. Poco infantil, casi, por su forma de torcerlo en señal de recelo. Y su ceño fruncido le dijo que le estaba haciendo daño, aunque de su boca no salió sonido alguno.
–No.–No era su intención parecer tan brusco, pero lo dijo con la misma voz bronca, aunque más baja–. No quiero que nadie sepa que estoy aquí. ¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?
La niña asintió, los ojos muy abiertos. Eran unos ojos extraños; oscuros, pero sin el fulgor de los ojos negros, sino con un brillo peculiar. Enmarcados por unas pestañas espesas, como si alguien hubiese agarrado un pincel y hubiera pintado con tinta china unas líneas rizadas que hacia las sienes se unían hacia fuera en un delicado trazo ascendente. Unos ojos que lo estaban devorando directamente, y aflojó la presión de la mano.
Miró de reojo el tajo largo, abierto, que tenía en los pantalones, los bordes de un marrón oscuro, y tiesos debido a la sangre y la sal. El corte, no menos largo, de la pierna, con costras y sangre reciente.
–¿Podrías traerme aguja e hilo? ¿Y algo para vendarme la pierna?
La niña asintió de nuevo, esta vez más vacilante.
A Georgina la kebaya se le pegaba a la espalda, y ello no se debía únicamente a la lluvia, bajo la que había ido a casa corriendo y vuelto de nuevo, temerosa en todo momento de que Cempaka la pillara revolviendo armarios y el costurero de su madre y saliendo al jardín con un bulto grande en los brazos.
El sudor le corría por las sienes, le perlaba la nariz y se le remansaba en el labio superior; se pasaba una y otra vez la manga de la blusa por la cara y se secaba las manos húmedas en la falda. La aguja atravesó la piel de mala gana, el torzal deslizándose detrás. Debido al esfuerzo, Georgina apretaba los dientes; procuró hacerlo exactamente como le explicó el muchacho cuando, tras varios intentos torpes, le quitó la aguja de los endebles dedos.
Había perdido la costumbre de estar tan cerca de alguien. Y menos aún de ese modo, con la piel al descubierto y una herida abierta, que sangraba en sus manos. Y desde luego no con un muchacho moreno, que tenía la voz grave de un hombre y olía a sal y algas y un poco a cuero curtido. Un completo desconocido, del que ni siquiera sabía su nombre.
–¿Cómo te llamas?
Georgina levantó la cabeza; lo miró unos instantes a los ojos, negros y brillantes como piedra pulida, después se centró con redoblada atención en el corte de la pierna.
–Georgina–musitó.
A excepción de Ah Tong prácticamente nadie se dirigía a ella por ese nombre, e incluso él con frecuencia prefería llamarla ayu, nombre que hacía que Georgina se sonrojara y se sintiera un poco más mayor, ya que significaba guapa. Para maman casi siempre era chouchou o p’tit ange, y para su padre, Georgie. El cik-cik, o señorita, de Cempaka nunca sonaba amable ni respetuoso, sino siempre un tanto despectivo. Y cuando se enfadaba mucho, Cempaka llamaba a Georgina hantu, porque iba por ahí metiendo ruido como un fantasma y haciendo payasadas.
–Pero casi siempre me llaman Nilam–se apresuró a añadir.
Así la llamaba Kartika, aparte de Cempaka la única mujer que había en la casa; Anish, el cocinero, que dejó Calcuta para trabajar con su madre y su padre, y los tres Boys, chinos como Ah Tong, con la misma trenza larga.
–¿Nilam?
Georgina asintió, hizo un último nudo y cortó el hilo con las tijeras de costura algo oxidadas de maman.
–¿Ahora el brazo?
El muchacho se miró el brazo, al que habían arrancado un pedazo de carne. La herida no era profunda, pero sí fea, como si le hubieran dado un mordisco.
–No hará falta. Se curará así.
Georgina se encogió de hombros, empapó una tira de lienzo en el recipiente con agua de lluvia, la escurrió y retiró con delicados toquecitos la sangre reciente de la herida de la pierna.
Sin levantar la vista, al cabo de un rato preguntó en voz queda:
–¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
Miró a la niña, que echaba unas gotas de tintura de un frasquito marrón en la herida cosida. Sintió que ardía en el acto, un fuego abrasador que le devoró deprisa la pierna y después quedó reducido a un enérgico palpitar.
«Georgina.» Salvo los mechones que tenía pegados en el sudado rostro y el cuello, el cabello se le había secado formando ondas gruesas, desordenadas, si bien seguía siendo castaño oscuro, casi negro. «Nilam.»
–Raharjo–repuso él al cabo, aún no estaba acostumbrado a cómo sonaba.
No era el nombre que le habían puesto, sino el que él mismo había escogido. La promesa que se había hecho, como una profecía, de que sus sueños se harían realidad.
Ella lo miró un instante y a continuación se puso a hacer tiras de la tela blanca que había llevado cortando con las tijeras y rasgando. Como si quisiera darle a entender cuán apropiado era un nombre que prometía riquezas para un desharrapado como él. Le ardían las mejillas, y en su vientre anidaba la ira. Así todo encogió la pierna para que a la niña le resultara más fácil vendarle la herida, y le ofreció de mala gana el brazo para que asimismo le limpiara la zona por la que le había pasado rozando el proyectil y se la vendase.
La tensión que antes le corría con un ímpetu abrasador por las venas y lo había mantenido en pie cesó, llevándose consigo sus últimas reservas. Una leve ingravidez fue extendiéndose por su cuerpo, subiendo hacia la cabeza.
Ya era bastante malo depender de esa niña pequeña; para no perder el conocimiento delante de ella, por añadidura, sacudió de mala gana la cabeza y respiró hondo.
–Ahí hay una cama–le susurró ella al oído–. Te puedes acostar.
Con su ayuda se puso de pie y echó a andar con paso vacilante; aunque intentaba no cargar en ella todo su peso, notaba perfectamente la fuerza que ejercía sobre sus estrechos hombros. El suelo oscilaba bajo sus pies como la madera de un perau en un temporal, y le costaba mantenerse medianamente recto. Las piernas se le doblaron, y se dejó caer en una blanda nube que notó húmeda al contacto con la piel, pero de un frío que le hizo bien.
De su valentía, su voluntad indomable, no había quedado mucho. Se veía empequeñecido y débil, directamente desvalido. Una sensación humillante, una herida abierta en su orgullo, y sin embargo era un consuelo sentirse a salvo en ese lugar. Resguardado.
–Gracias–farfulló a regañadientes, intentando abrir unos párpados que se le caían.
El murmullo de la lluvia había enmudecido. Las suaves cintas de luz que entraban de fuera trazaban un dibujo cambiante en el rostro de la niña y le encendían los ojos. Entonces supo él qué era lo que tenían de singular esos ojos.
–Nilam–musitó. «Zafiro.»
En su boca se dibujó una sonrisa, antes de que cerrara los ojos.
Los ojos de la niña eran azules.
Georgina se acomodó en la butaca de rota, que no estaba ni a dos pasos de la cama, en un rincón, y crujió levemente cuando ella subió los pies y dobló las piernas.
Sus labios dibujaban una y otra vez su nombre, «Raharjo», sin que su lengua lo pronunciara.
Los párpados del muchacho se contraían convulsivamente, el entrecejo fruncido, y pese a todo parecía relajado. Sobre todo su boca, que entonces, mientras dormía, parecía demasiado delicada, demasiado vulnerable para ese rostro, en el que un mentón enérgico, una nariz poderosa, ancha, y unos pómulos marcados suponían un fuerte contraste. Un rostro inacabado, que todavía no había encontrado su forma, y que, sin embargo, daba la impresión de que Raharjo ya había vivido más de lo que lo haría nunca Georgina.
La cinta marrón estampada, descolorida y sucia, que llevaba en la cabeza apenas lograba contener su negrísima cabellera. El sol, el viento y el agua de mar habían hecho de ella una masa rebelde de puntas y remolinos, y los extremos se le enroscaban en la nuca. Irradiaba un algo desenfrenado, impetuoso. Un aire de libertad ilimitada. Como si su hogar no fuese un pedazo de tierra, sino la vastedad abierta de los siete mares. Como si fuese un pirata.
Era la misma habitación de siempre, que Georgina conocía como la palma de su mano. Como su respiración, que encontraba su eco en el murmullo del mar, desde que tenía uso de razón. Las paredes con filigrana y la puerta de la veranda, por la que siempre entraba la brisa, y el piso de madera, desgastado por la arena, el agua y la sal. La gran cama bajo la mosquitera agujereada, las sábanas y los almohadones con manchas de humedad, que probablemente nadie cambiase ya. Los libros hinchados del estante, al que Georgina solo llegaba si ponía la butaca debajo, y el sencillo tocador con su lámpara de aceite, la jofaina abollada y el aguamanil del que había dado de beber a Raharjo.
Una habitación en la que nadie entraba probablemente desde hacía años, hasta que Georgina la descubrió y se apropió de ella.
Pese a todo a ella nunca le había parecido vacía. Si en algún lugar del jardín de L’Espoir había fantasmas, era entre esas cuatro paredes, que parecían imbuidas de un pasado desdibujado. Un espacio lleno de recuerdos que no eran los de Georgina, repleto de quimeras y sentimientos de añoranza sin nombre. De los comienzos nebulosos, aún informes de una historia que aguantaba pacientemente hasta que llegara el momento de ser contada. Que entonces, con ese muchacho desconocido, quizá se fuese desvelando poco a poco.
El corazón de Georgina empezó a aletear agitado, una sensación dolorosa y al mismo tiempo dulce.
–Cik-cik!
La voz de Cempaka rasgó el capullo que envolvía el pabellón y asustó a Georgina.
–Cik-cik, ¿se puede saber dónde te metes? ¿Es que siempre te tengo que sacar de la maleza?
Georgina dejó la butaca deprisa y corriendo, atemorizada, pues la ira de Cempaka podía ser mayor que sus supersticiones.
–Volveré mañana por la mañana–susurró, y cubrió con la mosquitera a Raharjo, que no hizo movimiento alguno.
–Cik-cik!!
Georgina salió del pabellón de puntillas, culebreó entre las matas y echó a correr por la hierba hacia la casa.
El ufano cielo se cernía, sombrío, sobre el jardín, engullendo toda la luz y los colores. El viento azotaba las copas de los árboles, y se oía un retumbar de truenos procedente del mar. También Georgina andaba revuelta. En ella se había desatado una tormenta, embriagadora y angustiosa al mismo tiempo, que le resultaba confusa. Arremetió contra ella con todas sus fuerzas, corriendo lo más deprisa que podía. Furiosa, se restregó con los puños los ojos, a los que asomaron las primeras lágrimas.
–¡Ah Tong! ¡Ah Tong!
La voz de Georgina, estridente debido al miedo, asustó a Ah Tong.
La niña, que corría por el jardín directa a él, tropezó en plena carrera y se cayó, se levantó y siguió corriendo. Incluso desde esa distancia Ah Tong veía lo agitada que estaba.
–¡Miss Georgina!–Dejó caer el rastrillo en las flores de jazmín con manchas parduscas y salió a su encuentro, hasta que ella frenó en seco justo delante de él, sin aliento y con las mejillas al rojo–. ¿Qué ha pasado?–inquirió preocupado, agachándose–. ¿Te ha asustado algo? ¿Te has hecho daño? O...
Pensar en lo inefable hizo que no pudiese terminar la frase.
Las tapias que discurrían paralelas a Beach Road, interrumpidas a intervalos regulares por un paso o una verja, no eran muy altas. Tan solo lo suficiente para proteger los jardines del mar, y en diciembre, el mes en que el monzón que soplaba del nordeste azotaba con más fuerza, a menudo ni siquiera para eso. Tampoco eran inexpugnables para los maleantes, tanto más cuanto que entre casa y casa los jardines solo estaban separados entre sí por setos o grupos de árboles.
Y Singapur aún era joven, considerablemente más joven que Ah Tong, ni siquiera tenía veinticinco años.
Altos, sin duda, pero toscos, los muros de las casas europeas, erigidos por cientos de presidiarios indios para los que habían levantado una cárcel hacía tan solo un año, un barniz quebradizo, imperfecto del modo de vida europeo. Entre los multicolores godowns, en los que se almacenaban mercancías del mundo entero, las callejuelas de Niu Che Shui, el animado barrio chino, al otro lado del río, y de las viviendas malayas de madera y hojas de palma, Singapur era una ciudad tosca, embrionaria. Como todos los lugares en los que se podían amasar fortunas, un imán tanto para aventureros como para la chusma, un bazar oriental lleno de vida en medio de los indómitos trópicos.
Se decía que los malayos y los bugis, con su síndrome Amok, siempre andaban con las dagas fuera. Los tigres vagaban por la jungla en el corazón de la isla y de cuando en cuando se atrevían a acercarse a la costa, y serpientes y escorpiones oscuros como el café se ocultaban entre hojas y hierbas. Bandas de tríadas chinas, a veces de hasta doscientos hombres, con el rostro embetunado, irrumpían por la noche en las casas para saquear y asesinar. Una sombría amenaza contra la que nada podían hacer ni la minúscula guarnición de cipayos indios ni el puñado de guardianes del orden voluntarios, que preferían ponerse a salvo ellos mismos. Y las aguas estaban infestadas de piratas nativos, ávidos de oro, esclavos y a veces incluso sangre.
Ah Tong tragó tanta saliva que la huesuda nuez le subía y le bajaba. Cogió a Georgina por los hombros con cuidado y la atrajo hacia sí.
–O... o... ¿te ha hecho alguien algo?
La niña sacudió la cabeza, pero se agarró con las dos manos a las anchas mangas de la camisa de Ah Tong.
–¿Se puede saber a qué viene ese griterío?–rezongó alguien desde la casa–. A estas horas de la mañana.
Ah Tong reprimió un suspiro y volvió la cabeza. Cempaka estaba en la veranda, con las manos en las caderas. En su redondo rostro, a decir verdad bello, dorado como la nuez moscada, se dibujaba una fea mueca de ira, y los oscuros ojos echaban chispas.
–No pasa nada, querida. Es solo que Miss Georgina se ha asustado, yo me ocupo.
Cempaka puso cara de desprecio. Era como si de un momento a otro fuera a escupir sapos y culebras; sin embargo, se contentó con resoplar de mala gana y meterse en casa. Ah Tong se volvió de nuevo hacia Georgina, que temblaba entre sus manos.
–Vamos, vamos, ayu, no pasa nada.–Le acariciaba torpemente la cabeza–. ¿No me vas a decir lo que te pasa?
«¡El muchacho, Ah Tong! El muchacho que está escondido desde ayer en el pabellón. Raharjo. Ayer estaba de lo más despierto, y hoy... hoy...»
Georgina casi se atragantaba con las palabras que se acumulaban en su garganta, y la boca se le abrió sola.
«No quiero que nadie sepa que estoy aquí. ¿Me prometes que no se lo dirás a nadie?»
Cerró la boca.
La disyuntiva de pedir ayuda a un adulto ahora que lo necesitaba, pero al mismo tiempo cumplir la promesa que le había hecho a Raharjo, amenazaba con desgarrarla.
–Plantas... medicinales–logró decir al cabo–. ¿Sabes... sabes salgo de plantas medicinales?–Cogió aire–. ¿Para bajar la fiebre?
La ancha frente de Ah Tong se llenó de profundas arrugas.
–Un poco.–Ladeó la cabeza, perplejo. La niña estaba blanca como la pared y daba la sensación de ir a vomitar de un momento a otro ante sus pies–. ¿Te pasa algo? ¿Estás enferma?
A Georgina le costó resistir la mirada de preocupación de Ah Tong, que casi era como si se le metiese bajo la piel, y se apresuró a cabecear.
El semblante de Ah Tong se iluminó.
–¿Es para un... juego?
Georgina bajó los ojos y asintió.
–Voy a echar un vistazo, ¿te parece?–Ah Tong se levantó–. Para bajar la fiebre, dices, ¿no?
La niña asintió de nuevo.
–Pero... pero que sea de verdad, Ah Tong–advirtió a la delgada figura, que se alejaba dando grandes pasos.
Ah Tong se volvió a medias, le hizo una señal afirmativa acompañada de una pequeña sonrisa y realizó una leve reverencia.
–Naturalmente. Tienes mi palabra, Miss Georgina.
La pequeña lo siguió con la mirada, sin saber si ir tras él o no, aunque Cempaka le había prohibido terminantemente acercarse a las habitaciones de los criados. Las piernas, que empezaron a flaquearle, tomaron la decisión por ella. Temblando, y abrazándose el cuerpo, no se movió del sitio, muerta de frío a pesar del bochorno brumoso de esa mañana.
Apretando contra sí el frasquito marrón con el preciado polvo, Georgina corrió al pabellón y cogió con manos vacilantes uno de los vasos y una cuchara oxidada del armarito.
–Verás cómo dentro de nada te encuentras mejor–musitó al entrar en la habitación contigua.
Más para infundirse valor a ella misma que para otra cosa, ya que Raharjo seguía inmóvil, exactamente igual que se lo había encontrado antes. Solo su respiración superficial, entrecortada, los escalofríos que le sacudían el cuerpo de vez en cuando y el titilar de sus párpados revelaban que seguía con vida.
Georgina tomó la medida del polvo cuidadosamente, lo disolvió en un vaso con agua y, tras sostenerle la cabeza a Raharjo, se lo dio a beber a sorbitos. El muchacho pesaba mucho más que el día anterior, tanto era así que ella jadeaba debido al esfuerzo, y estaba ardiendo, de tal modo que a Georgina le invadió una sensación de opresión en el pecho. Le soltó la cabeza torpemente y se levantó de la cama.
–Tienes que ponerte bien–le susurró mientras se agachaba en el suelo para introducir un paño en el recipiente con agua de lluvia, lo escurría y se lo pasaba por la cara, empapada en sudor–. ¿Me oyes? No puedes... No te puedes morir.
Se estremeció cuando unos dedos fríos y húmedos se cerraron sobre su mano. La mano del muchacho era huesuda y nervuda, llena de ásperas callosidades, las nacaradas uñas negras. Una mano de hombre, en la que casi desaparecieron sus dedos de niña.
–¿No quieres... no quieres que vaya a buscar ayuda?
Raharjo cabeceó levemente.
–Yo sola no voy a poder–se lamentó Georgina.
La carga que se había echado encima cuando ese desconocido apareció allí, herido, como si el mar lo hubiese arrojado a la playa, de pronto se le antojó demasiado pesada. Demasiado penosa para alguien que ni siquiera tenía diez años.
Él le apretó la mano y enarcó las cejas, como si quisiera contradecirla.
Georgina se desplomó y apoyó la mejilla en la cama, cuyas sábanas olían a moho. Su cara estaba tan cerca de la de Raharjo que distinguía el sudor que perlaba su piel. Una cicatriz minúscula en el arranque de la nariz, otra justo debajo de la ceja y alrededor de la boca una sombra de barba oscura.
–Te tienes que poner bien–le susurró, respirando su aliento sulfuroso.
Raharjo hizo un leve gesto de asentimiento, en los agrietados labios se vislumbró un amago de sonrisa.
Los dedos del muchacho se abrieron paso entre los de ella, que aún sostenían el paño húmedo, y como si sellaran un pacto, se entrelazaron.
Georgina contemplaba la oscuridad.
El corazón le tamborileaba en el pecho, daba una y otra vez dolorosos trompicones y seguía martilleando. De cuando en cuando rompía a sudar, empapando el camisón y las sábanas. Tenía ganas de vomitar, y no era capaz de dormirse. Lo que la mantenía en vela era el miedo, el miedo de que amaneciera un nuevo día. De lo que podía esperarle en el pabellón. De si Raharjo estaría mejor o si habría muerto debido a la fiebre durante la noche.
De día las voces de los hombres y las mujeres conferían cierta apariencia de vida a la casa, sus pasos, sus movimientos, grandes y pequeños, y sus risas como el bullir de laboriosos insectos en una construcción demasiado grande. De noche, sin embargo, el silencio paralizador, que rondaba la casa como un fantasma, se hacía sentir. Como si el espíritu de L’Espoir se hubiese apagado desde que maman no estaba.
Un silencio que para Georgina era tanto más importuno cuanto que Cempaka ya no dormía en la habitación con ella.
La mayoría de las veces hacía cuanto podía para no cruzarse en el camino de Cempaka, que nunca había sido especialmente afectuosa, y que desde la muerte de su madre la castigaba directamente con sus muestras de asco y desprecio. Sin embargo, en noches como esa le habría gustado tener cerca al menos la pesada respiración de Cempaka.
No dejaba de atormentarla la idea de si habría hecho algo mal cuando se ocupaba de las heridas de Raharjo y por eso el muchacho estaba tan mal. Si los polvos que le había dado Ah Tong eran de verdad y ella no se habría equivocado con la cantidad. Si la tintura de árnica con la que maman le curaba los codos despellejados y las rodillas desolladas no se habría estropeado y no había hecho sino empeorar el estado de Raharjo. Preguntas que la angustiaban y dudas que la asaltaban sin cesar.
Tenía ganas de llorar; echaba de menos a alguien que la cogiera en brazos y la estrechara. Alguien a quien pudiera contárselo todo, que la consolara y le prometiese que todo iba a ir bien. Alguien como su madre.
Un ruido llamó su atención, y Georgina contuvo el aliento. Parecían un caballo y un carro.
«¡Papá!» Apartó sin más ni más la mosquitera, se levantó de la cama y salió al pasillo. «Papá ha vuelto.»
Se detuvo arriba, en la escalera, y aguzó el oído. Bajo el chacoloteo y el crujido del caballo y el carro, que se alejaron y finalmente enmudecieron tras la casa, oyó pasos firmes y después voces. La grave, seca de su padre y el agudo canturreo de Boy One, que siempre lo esperaba por la noche para hacerse cargo del sombrero y la levita y llevarle las pantuflas y algo de beber, por tarde que fuera. Cuando abajo volvió a hacerse el silencio, Georgina esperó un poco, entre intranquila y esperanzada, antes de bajar despacio la escalera de lustrosa madera hasta la planta de abajo, que estaba bañada en una suave luz.
Atravesó el frío suelo del recibidor descalza y se apoyó en el marco de la puerta del despacho.
La lámpara del escritorio recortaba un círculo de luz amarillo empolvado en la oscuridad. Una luz crepuscular y profundas sombras se deslizaban por montones de papeles y una pila de cartas, haciendo brillar el vaso medio vacío y esculpiendo con mayor dureza incluso los rasgos de su padre. La nariz prominente, que dominaba el perfil, y el firme mentón. La boca, que a lo largo de los últimos años se había vuelto una línea, y los surcos que se habían abierto a ambos lados. Aunque en su poblado cabello se veía un atisbo de brillo plateado, las gruesas cejas seguían siendo negras como el carbón, y le hacían sombra a los ojos, que eran azules, como los de Georgina, solo que más claros y penetrantes.
Georgina notó una extraña sensación en el vientre.
–Papá–dijo con un hilo de voz aguda.
Su padre levantó la cabeza de la carta que tenía en las manos.
–Georgie.
Quizá fuera la luz, pero Georgina creyó ver un brillo en sus ojos, que, sin embargo, se apagó en el acto. Sus cejas, que a Georgina siempre le recordaban a sendas orugas peludas, se fruncieron.
–¿Cómo es que no estás en la cama?
La niña encogió un hombro y se puso a retorcer una punta del camisón con los dedos.
–No puedo dormir.
Uno de sus pies avanzó con cautela por el umbral, pero no se atrevió a más.
–¿Puedo pasar?
Concibió esperanzas al ver que la cara de su padre parecía ablandarse, pero se desinfló cuando se percató de que volvía a endurecerse.
–Vuelve a la cama. Es muy tarde–repuso su padre, y se centró de nuevo en la carta. Parecía cansado, la voz como rasposa–. Buenas noches.
–Buenas noches–musitó Georgina con un nudo en la garganta y un sabor amargo en la boca.
Regresó al recibidor con la cabeza gacha, procurando no pensar en el padre que había tenido en su día. Un padre que se reía mucho, bromeaba con ella y sabía contar historias de lo más interesantes. Que la levantaba en volandas y le daba vueltas, la cogía en brazos siempre que la veía, la abrazaba con fuerza y le daba un beso. En cuyo regazo ella solía aovillarse cuando por la tarde se sentaba en la veranda a la luz de la lámpara, con un brazo alrededor de los hombros de maman, hasta que los susurros de ambos y las suaves manos de maman, que le acariciaban el pelo, hacían que poco a poco cayera en un beatífico sueño. Y no entendía por qué no había podido salvar nada del abismo que había abierto la muerte de su madre y que hacía que desde entonces su padre pareciese una caracola vacía.
Se detuvo en medio del recibidor y se restregó los ojos, que le escocían. Deseaba de tal modo estar junto a Raharjo que le dolía. Pero nunca había estado sola de noche en el jardín, que en la oscuridad desplegaba su lado indómito. Poblado de sombras incesantes y repleto de miríadas de voces que parloteaban y susurraban, murmuraban y cuchicheaban. Igual que el mar se encrespaba sin trabas por la noche, su bravura y su desenfreno, un eco de sus profundidades.
–Buenas noches, Nilam.
Georgina levantó la cabeza. Con la levita cepillada de su padre en un brazo, Boy One se hallaba junto a la escalera, una sonrisa compasiva en el rostro, que a la luz de la lámpara parecía tan claro y transparente como el de una muñeca de porcelana china.
Georgina solo pudo asentir mientras empezaba a subir la escalera, despacio, para ir a su habitación.
Hacía todo lo que podía para no mirar a Raharjo abiertamente mientras comía, procuraba poner toda su atención en hacer tiras una sábana limpia. No lo lograba; no podía por menos de mirarlo una y otra vez, sorprendida y encantada al ver que después de un día con fiebre y dos amodorrado, exhausto, ese día parecía de nuevo despabilado. Muerto de hambre, se abalanzó sobre el plato de dal tadka con arroz, los chapatis y los plátanos, parte de lo cual ella había apartado de su propia comida; el resto se lo había pedido a Anish o sencillamente lo había escamoteado de la despensa.
Cuando Raharjo puso a un lado todos los platos, vacíos salvo por las pieles de los plátanos, Georgina se acercó. Le levantó con cuidado la pernera y le retiró el vendaje para limpiar la costrosa herida, tratarla con tintura y vendarla de nuevo. Confiaba en que Cempaka tardara en darse cuenta de la rapidez con que había bajado el montón de sábanas del gran ropero.
Al ver que el muchac
