El hombre sin rostro

Masha Gessen

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Me desperté porque alguien me estaba zarandeando. Kate estaba aterrorizada. «Dicen algo sobre Galina en la radio —dijo casi susurrando—. Y un arma. Creo… no lo entiendo.»

Salí de la cama y llegué a trompicones a la diminuta cocina, donde Kate había estado preparando el desayuno y escuchando Eco Moskvi, la mejor emisora de noticias y tertulias de la radio rusa. Era sábado por la mañana, un día excepcionalmente luminoso y despejado para noviembre en Moscú. Yo no estaba preocupada; por alguna razón, el miedo de Kate no me impresionó. Fuera lo que fuese lo que había oído —o, con su limitado ruso, creído oír—, podría ser el comienzo de otra gran historia. Como corresponsal jefe del periódico ruso más importante, Itogi, sentía que las grandes historias eran mi feudo. Y había muchas. En un país que se estaba inventando a sí mismo, cada ciudad, cada familia, incluso cada institución, era en cierto sentido un territorio por explorar. Era el año 1998. Desde principios de los años noventa, prácticamente todo lo que había escrito era algo que nadie había contado antes; pasé la mitad del tiempo fuera de Moscú, viajando a zonas en conflicto y minas de oro, orfanatos y universidades, aldeas abandonadas y florecientes pueblos petroleros, escribiendo sus historias. A cambio la revista, que era propiedad del mismo magnate que Eco Moskvi y era financiada por él, nunca cuestionó mi extravagante calendario de viajes y con frecuencia publicó mis historias en su portada.

Dicho de otro modo, yo era uno de esos jóvenes que lo habían conseguido todo en los años noventa. Mucha gente mayor o más joven que yo pagó un precio muy alto por la transición. La generación anterior perdió sus ahorros a causa de la hiperinflación y sus identidades tras la destrucción de todas las instituciones soviéticas. La generación posterior estaba creciendo a la sombra del miedo, y a menudo el fracaso, de sus padres. Pero yo tenía veinticuatro años cuando la Unión Soviética se hundió, y en los años noventa mis compañeros y yo nos habíamos dedicado a inventar nuestras carreras y lo que creíamos que eran las formas e instituciones de una nueva sociedad. Incluso cuando parecía que los delitos violentos se estaban convirtiendo en una epidemia en Rusia, nos sentíamos extrañamente seguros; observábamos y a veces describíamos el mundo del hampa sin llegar a sentir en ningún momento que pudiese afectarnos. Además, había ciertas cosas que solo podían ir a mejor: yo acababa de comprarme un antiguo apartamento comunal ruinoso en pleno centro de Moscú y lo estaba renovando antes de mudarme a él desde el piso que compartía con Kate, una editora británica que trabajaba para una publicación del sector petrolero. Me veía formando una familia en el nuevo apartamento. Y precisamente ese sábado tenía una cita con el contratista para ir a comprar material para el baño.

Kate gesticulaba frente al radiocasete como si se tratase de una fuente de toxinas y me miraba inquisitivamente. Galina Starovoitova, cuyo nombre el presentador no dejaba de repetir, era miembro de la cámara baja del Parlamento, una de las políticas rusas más conocidas y amiga nuestra. A finales de los años ochenta, cuando el imperio se tambaleaba al borde del colapso, Starovoitova, que era etnógrafa, se convirtió en una activista prodemocracia y en la portavoz más destacada de la población de Nagorno-Karabaj, un enclave armenio en Azerbaiyán envuelto en el primero de los muchos conflictos étnicos armados que marcarían la disolución del Bloque del Este. Como otros académicos que se habían pasado a la política, daba la impresión que había aparecido en escena de un día para otro. Aunque había vivido en Leningrado desde muy pequeña, el pueblo de Armenia la nombró su representante en el primer Sóviet Supremo cuya elección fue casi democrática y en 1989 fue elegida para el cargo por una amplia mayoría de los votantes. En el Sóviet Supremo lideró el Grupo Interregional, una facción minoritaria prodemocrática en cuya dirección también estaban Andréi Sájarov y Borís Yeltsin. Cuando Yeltsin fue elegido presidente de Rusia en 1990 —por aquel entonces un puesto eminentemente formal y de representación—, Galina pasó a ser su asesora más cercana, aconsejándole oficialmente sobre asuntos étnicos y extraoficialmente sobre todo lo demás, incluidos los nombramientos para el gobierno. En 1992 Yeltsin sopesó la posibilidad de nombrarla ministra de Defensa; un nombramiento así, de una civil cuyas opiniones bordeaban el pacifismo, habría supuesto un gran gesto en el estilo clásico del Yeltsin de principios de los años noventa, un mensaje de que nada volvería a ser lo mismo en Rusia, y quizá en el mundo.

Que nada volviese a ser lo mismo era la principal prioridad de Galina, algo radical incluso para los activistas prodemocracia de principios de los años noventa. Como integrante de un reducido grupo de abogados y políticos, intentó sin éxito llevar a juicio al Partido Comunista de la Unión Soviética. Redactó un borrador de ley sobre la lustratsiya,1 «lustración», una palabra procedente del griego antiguo, que se empezaba a utilizar en los antiguos países del Este para referirse al proceso por el que se prohibía que antiguos miembros del Partido y de los servicios secretos ocupasen cargos públicos. En 1992, se enteró de que en el seno del KGB2 se había reconstruido una organización del Partido, en violación directa del decreto3 de Yeltsin de agosto de 1991, que ilegalizó el Partido Comunista Ruso tras el fallido golpe de Estado. En un acto público en julio de 1992 se había enfrentado por este motivo a Yeltsin, que la despachó con malos modos, lo que marcó tanto el final de la carrera de Galina en la administración como el inicio de una postura cada vez más conciliatoria por parte de Yeltsin hacia los servicios secretos y los muchos comunistas recalcitrantes que aún permanecían en el poder o en sus alrededores. Destituida de la administración, Galina impulsó, sin éxito, la ley de lustración y después abandonó por completo la política rusa y se trasladó a Estados Unidos, primero al U.S. Institute for Peace, en Washington, y después como profesora a la Universidad de Brown.

La primera vez que me encontré con Galina no pude verla: me la ocultaban las cientos de miles de personas que se congregaron en la plaza Mayakovski de Moscú el 28 de marzo de 1991 para participar en una concentración a favor de Yeltsin. El presidente soviético Mijaíl Gorbachov había dirigido recientemente una reprimenda pública a Yeltsin; y también había aprobado un decreto por el que prohibía las manifestaciones en la ciudad durante ese mes.4 Esa mañana, los tanques se desplegaron por Moscú para dificultar al máximo que la gente llegase a la concentración prodemocracia no autorizada. Los organizadores, en respuesta, dividieron la concentración en dos, para que a la gente le resultase más fácil llegar al menos a uno de los lugares. Era mi primera visita a Moscú tras diez años fuera del país; se daba la circunstancia de que estaba alojada en el apartamento de mi abuela, cerca del punto de reunión de la plaza Mayakovski. Tras encontrarme cortada la avenida principal, Tverskaya, conseguí avanzar cruzando una serie de patios y atravesando un corredor abovedado, y de pronto me encontré en mitad de la multitud. No veía nada más allá de las nucas de la gente y una sucesión de abrigos de lana grises y negros casi idénticos, pero pude oír una voz de mujer que se elevaba sobre la multitud, hablando de la inviolabilidad del derecho constitucional de reunión. Me volví hacia el hombre que tenía al lado, que sostenía una bolsa de plástico amarilla en una mano y a un niño con la otra. «¿Quién habla?», le pregunté. «Starovoitova», contestó. En ese momento, la mujer empezó a animar a la gente en un canto de cinco sílabas que parecía reverberar por toda la ciudad: «¡Ros-si-ya! ¡Yel-tsin!». Menos de medio año después, la Unión Soviética se había hundido y Yeltsin se convertía en el líder de una nueva Rusia democrática. Mucha gente se dio cuenta de que esto era inevitable ese día de marzo, cuando el pueblo de Moscú desafió al gobierno comunista y sus tanques y exigió que se escuchase su voz en la plaza pública.

No recuerdo cuándo conocí a Galina en persona, pero nos hicimos amigas el año en que ella daba clase en Brown. Mi padre solía invitarla a su casa cerca de Boston, yo iba y venía entre Estados Unidos y Moscú, y Galina se convirtió en algo así como mi mentora en el mundo de la política rusa, aunque de vez en cuando se quejaba de haber vuelto por completo al mundo académico. Esas quejas debieron de terminar en diciembre de 1994, cuando Yeltsin lanzó una ofensiva militar en la república separatista de Chechenia; al parecer, sus asesores del momento le aseguraban que la insurgencia podría ser controlada rápidamente y sin problemas por el centro federal. Galina vio esta guerra como el seguro desastre que acabaría siendo y como la mayor amenaza hasta entonces para la democracia rusa. En primavera viajó a los Urales como presidenta de un congreso cuyo objetivo era resucitar su partido, Rusia Democrática, que en otro tiempo había sido la fuerza política más potente del país. Cubrí el congreso para el principal periódico ruso del momento, pero cuando me dirigía a la ciudad de Cheliábinsk —un viaje que incluía un vuelo de tres horas, seguido de tres horas en autobús— tuve la mala fortuna de que me robasen. Llegué a Cheliábinsk casi a medianoche, alterada y sin blanca, y me encontré a Galina en el vestíbulo del hotel: acababa de salir de un largo día de tensas reuniones. Antes de que pudiese decir nada, me llevó a su habitación, me puso una copa de vodka entre las manos, se sentó sobre una mesa baja de cristal y me preparó un montón de pequeños sándwiches de salami. También me prestó dinero para el billete de vuelta a Moscú.

Galina claramente sentía hacia mí un cariño maternal —yo tenía la edad de su hijo, que se había trasladado a Inglaterra con su padre justo cuando su madre se estaba convirtiendo en una política importante—, pero la escena de los sándwiches formaba parte también de otra cosa: en un país cuyos ejemplos de políticos iban desde el comisario político con chaqueta de cuero al decrépito apparatchik, Galina trataba de ser una criatura completamente nueva, una política que era también humana. En una conferencia de feministas rusas, escandalizó a la audiencia al levantarse la falda y enseñar las piernas; trataba de demostrar que el político que la había acusado de ser patizamba se equivocaba. En una entrevista para una de las primeras revistas de moda habló sobre los problemas que alguien con evidente sobrepeso, como ella, tenía para elegir ropa. Al mismo tiempo, impulsó sus prioridades legislativas furiosamente, con cabezonería. A finales de 1997, por ejemplo, trató de nuevo de que se aprobase su ley de lustración, y de nuevo fracasó. En 1998 se involucró de lleno en una investigación5 sobre la financiación de las campañas de algunos de sus rivales políticos más poderosos, incluido el portavoz comunista de la Duma, la cámara baja del Parlamento (El Partido Comunista era de nuevo legal, y popular).

Le pregunté por qué había decidido volver a la política, cuando sabía perfectamente que nunca volvería a tener el nivel de influencia que había alcanzado antes. Varias veces trató de responderme, pero nunca encontró la forma de explicar su motivación. Finalmente, me llamó desde el hospital donde se iba a operar; antes de que la anestesiasen había tratado de hacer balance de su vida y por fin consiguió encontrar una imagen que le gustó. «En la antigua Grecia había una leyenda sobre las arpías —me dijo—. Son sombras que solo cobran vida si beben sangre humana. La vida de una académica es la vida de una sombra. Cuando una participa en la configuración del futuro, aunque sea solo una pequeña parte del futuro —y de esto trata la política—, es cuando quien era una sombra puede cobrar vida. Pero para eso una ha de beber sangre, incluida la suya propia.»

Seguí la mirada de Kate hasta el radiocasete, que crepitaba ligeramente, como si le costase esfuerzo emitir las palabras que surgían de sus altavoces. El locutor estaba diciendo que Galina había sido asesinada a tiros unas horas antes, en la escalera del portal de su casa en San Petersburgo. Había llegado en un avión desde Moscú esa noche. Junto con su ayudante, Ruslan Linkov, había ido a casa de sus padres para una breve visita antes de ir a su apartamento en el canal de Griboyédov, una de las calles más bonitas de la ciudad. Cuando entraron en el edificio, la escalera estaba a oscuras; los pistoleros que los esperaban habían quitado las bombillas. Aun así, empezaron a subir, hablando sobre la demanda que un partido nacionalista había presentado recientemente contra Galina. Entonces se oyó un sonido seco, acompañado de un destello; Galina de pronto dejó de hablar y Ruslan gritó: «¿Qué hacéis?», y corrió hacia el origen de la luz y el sonido. Recibió los dos disparos siguientes.

Al parecer, Ruslan perdió brevemente el conocimiento y después lo recuperó durante el tiempo suficiente para llamar a un periodista desde su teléfono móvil. Fue el periodista quien llamó a la policía. Y ahora la voz del radiocasete me estaba diciendo que Galina estaba muerta y Ruslan, a quien también conocía y apreciaba, en el hospital, en estado crítico.

Si este libro fuese una novela, al personaje que soy yo probablemente se le habría caído el mundo encima al oír la noticia de la muerte de su amiga y, sabiendo que la vida había cambiado para siempre, se habría apresurado a hacer algo, cualquier cosa, para darle al momento su merecida importancia. En la vida real, sin embargo, pocas veces sabemos cuándo nuestras vidas cambian irremediablemente o cómo actuar cuando sucede una tragedia. Fui a comprar material para el baño de mi nuevo apartamento. Solo me paré en seco cuando el jefe de los albañiles que me acompañaba dijo: «¿Te has enterado de lo de Starovoitova?». Recuerdo haberme quedado mirando mis botas y la nieve, gris y compactada por las pisadas de los miles de potenciales propietarios de un nuevo hogar. «Habíamos firmado un contrato para construirle un garaje», dijo. De alguna forma, fue entonces, al pensar que mi amiga ya nunca necesitaría ese garaje, cuando me di cuenta de lo indefensa, asustada y rabiosa que me sentía. Me subí al coche, conduje hasta la estación de tren y fui a San Petersburgo para intentar escribir la historia de lo que le había sucedido a Galina Starovoitova.

Durante los dos años siguientes, pasé muchas semanas en San Petersburgo. He aquí otra historia que nadie había contado, pero era una mucho más grande que cualquiera de las que yo había escrito, mucho más aún que la del asesinato a sangre fría de una de las políticas más conocidas del país. Lo que encontré en San Petersburgo fue una ciudad, la segunda más grande de Rusia, que era un Estado dentro del Estado. Un lugar donde el KGB —la organización contra la que Starovoitova había librado su batalla más importante y desesperada— era todopoderoso. Los políticos y periodistas locales creían que sus teléfonos y sus despachos estaban sometidos a escuchas, y parece que tenían razón. Era un lugar donde el asesinato de importantes políticos y hombres de negocios era algo habitual, y donde, cuando un acuerdo comercial se torcía, era fácil que alguien terminase entre rejas. En otras palabras, se parecía mucho a lo que Rusia acabaría siendo unos años después, una vez que pasó a ser gobernada por quienes dirigieron San Petersburgo en los años noventa.

Nunca supe quién ordenó el asesinato de Galina Starovoitova (los dos hombres que años más tarde fueron condenados por el asesinato no eran más que pistoleros a sueldo), ni tampoco por qué. Lo que sí averigüé es que a lo largo de los años noventa, mientras jóvenes como yo intentábamos salir adelante en un país nuevo, junto al nuestro existía un mundo paralelo. San Petersburgo había conservado y perfeccionado muchas de las características clave del Estado soviético; era un sistema de gobierno que se encargaba de eliminar a sus enemigos, un sistema paranoico y cerrado que trataba de controlarlo todo y destruir cualquier cosa que no pudiese controlar. Era imposible llegar a saber qué había conducido al asesinato de Starovoitova, precisamente porque su posición de enemiga del sistema la había convertido en una mujer señalada, sentenciada. Yo había estado en muchas zonas de guerra, había trabajado bajo fuego de metralla, pero esta era la historia más aterradora que había tenido que escribir; nunca antes me había visto obligada a describir una realidad tan desprovista de emociones y tan cruel, tan patente y tan despiadada, tan corrupta y con una falta tan completa de remordimientos.

En unos años, Rusia estaría viviendo en esta realidad. Cómo sucedió es la historia que contaré en este libro.

1. El presidente accidental

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El presidente accidental

Imagine que tiene un país y nadie que lo dirija. Ese era el problema al que creían enfrentarse Borís Yeltsin y su círculo de confianza en 1999.

Yeltsin llevaba mucho tiempo muy enfermo. Había sufrido varios infartos y había superado una operación a corazón abierto poco después de haber sido elegido para un segundo mandato en 1996. Mucha gente creía que bebía mucho, una dolencia habitual y fácilmente reconocible entre los rusos, aunque algunas personas de su entorno insisten en que los ocasionales episodios de desorientación y de retraimiento de Yeltsin se debían a sus continuos achaques físicos y no a la bebida. Fuera cual fuese la razón, a Yeltsin se le había notado incoherente o ausente durante varias visitas de Estado, dejando desolados a sus seguidores y decepcionados a sus votantes.

En 1999, Yeltsin, habida cuenta de que su popularidad estaba por debajo del 10 por ciento, no era ni la mitad del político que una vez fue. Aún seguía empleando muchas de las tácticas que en otra época lo encumbraron, realizando nombramientos inesperados, alternando períodos de gobierno intervencionista con otros de laissez-faire y haciendo uso estratégico de su imponente imagen, pero, por aquella época, a lo que más se parecía era a un boxeador que ha perdido la vista, agitándose en el ring, abalanzándose sobre adversarios imaginarios y dejando que se le escapasen los reales.

En la segunda mitad de su segundo mandato, Yeltsin llevó a cabo repetidas y frenéticas remodelaciones en su gobierno. Destituyó a un primer ministro que había ocupado el cargo durante seis años, sustituyéndolo por un desconocido de treinta y seis años, lo restituyó seis meses después y terminó reemplazándolo de nuevo a las tres semanas. Nombró a un sucesor suyo tras otro, desencantándose con cada uno de ellos de forma muy pública, lo que conseguía avergonzar tanto al causante del disgusto de Yeltsin como a cualquiera que presenciase la muestra de rechazo.

Cuanto más errático se volvía el presidente, más enemigos se ganaba y más se unían estos. Un año antes de que expirase su segundo mandato, Yeltsin se encontraba en el vértice de una pirámide muy frágil. Sus muchas remodelaciones habían propiciado la salida de varias generaciones enteras de políticos profesionales; muchos de los ministerios y organismos federales estaban ahora dirigidos por jóvenes mediocres que habían sido atraídos por el vacío de poder en lo más alto. Yeltsin tenía tan pocos aliados de confianza y estaban tan recluidos que la prensa los llamaba la Familia; entre estos estaban la hija de Yeltsin, Tatiana; su jefe de gabinete, Alexánder Voloshín; su antiguo jefe de gabinete, Valentín Yumáshev, con quien Tatiana se casaría; otro antiguo jefe de gabinete, el economista y arquitecto de la privatización rusa Anatoli Chubáis, y el empresario Borís Berezovski. De la media docena de los llamados «oligarcas» —los hombres de negocios que se habían enriquecido enormemente bajo Yeltsin y que se lo habían agradecido orquestando su campaña de reelección—, Berezovski era el único que seguía firmemente junto al presidente.

Legalmente, Yeltsin no tenía derecho a optar a un tercer mandato ni estaba en condiciones físicas de intentarlo, y tenía muchos motivos para temer a un sucesor que le fuese hostil. No solo era un presidente impopular sino que era también el primer político en el que los rusos habían confiado jamás, y la decepción que sentían su pueblo era tan profunda como entusiasta había sido el apoyo que le dieron en su momento.

El país estaba maltrecho, traumatizado y decepcionado. Había experimentado la esperanza y la unidad a finales de los años ochenta, que culminaron en agosto de 1991, cuando el pueblo se enfrentó a la junta que había amenazado al gobierno de Gorbachov. Habían depositado sus esperanzas en Borís Yeltsin, el único líder en la historia de Rusia elegido libremente. A cambio, el pueblo ruso padeció una hiperinflación que en unos pocos meses se tragó sus ahorros de toda una vida, vio cómo burócratas y empresarios abiertamente robaban al Estado y se robaban entre sí y un grado de desigualdad económica y social que nunca había alcanzado. Lo peor de todo fue que muchos, quizá la mayoría, de los rusos perdieron cualquier tipo de confianza en su futuro y, con ella, el sentimiento de unidad que los había impulsado durante los años ochenta y principios de los noventa.

El gobierno de Yeltsin había cometido el grave error de no afrontar el dolor y el miedo del país. A lo largo de la década, Yeltsin, que había sido un verdadero populista, montando en autobuses y subiéndose a los tanques —lo que la situación exigiese—, se fue retirando a un mundo impenetrable y extremadamente protegido de limusinas negras y reuniones a puerta cerrada. Su primer ministro, el joven y brillante economista Yégor Gaidar, epítome de las reformas económicas postsoviéticas, dejó bien claro en público que pensaba que el pueblo era demasiado estúpido como para tener algo que decir sobre las reformas. El pueblo ruso, abandonado por sus líderes en su momento de duelo, buscó consuelo en la nostalgia; no tanto en la ideología comunista, que hacía décadas que había agotado su capacidad de inspiración, sino en un anhelo por recuperar para Rusia el estatus de superpotencia. En 1999 la tensión podía palparse en el ambiente, lo que justificaba en gran medida los miedos de Yeltsin y la Familia.

El dolor y la agresividad suelen cegar a la gente. El pueblo ruso no era consciente en buena medida de los logros reales de la década de Yeltsin. A pesar de las muchísimas decisiones erróneas tomadas en el proceso, Rusia había privatizado con éxito muchas de sus empresas, había saneado las más importantes y ahora eran competitivas. A pesar del crecimiento de la desigualdad, una gran mayoría de los rusos había experimentado una mejora general de su nivel de vida:1 aumentó el número de hogares con televisores, lavadoras y frigoríficos; se duplicó el número de coches, y el número de personas que viajaron al extranjero como turistas casi se triplicó entre 1993 y 2000. En agosto de 1998, Rusia había entrado en quiebra, lo que causó un breve pero importante repunte de la inflación, pero desde entonces la economía había crecido de manera sostenida.

Los medios de comunicación florecieron: en un período de tiempo inusitadamente corto, los rusos habían aprendido a producir programas de televisión sofisticados y atractivos, crearon también un número desmedido de publicaciones impresas y varias publicaciones electrónicas incipientes. Se habían abordado muchos de los problemas de infraestructuras del país, aunque desde luego no todos; los trenes interurbanos volvían a ser puntuales, el servicio de correos funcionaba y aumentaba el número de hogares con líneas de teléfono fijo. Una empresa rusa fundada en 1992, proveedora de servicios de comunicación móvil, había empezado a cotizar, con buenos resultados, en la Bolsa de Nueva York.

Aun así, el gobierno parecía completamente incapaz de convencer al pueblo de que las cosas realmente iban mejor que un par de años antes, y sin duda mejor que una década atrás. La sensación de incertidumbre que los rusos tenían desde que la Unión Soviética se había hundido ante sus ojos era tan enorme, que cualquier pérdida parecía confirmar el desastre que estaban esperando, mientras que cualquier ganancia se convertía en miedo a una pérdida aún mayor. Yeltsin solo podía recurrir a sus gestos populistas; no podía afrontar o moldear las expectativas; no podía conducir al país en busca de nuevos ideales y de una nueva retórica. Solo podía intentar darle a los rusos lo que querían.

Y lo que querían claramente no era a Yeltsin. Decenas de millones de rusos le hacían personalmente responsable de cada desgracia que les había sucedido durante los diez años anteriores, de sus esperanzas frustradas y de sus sueños rotos —incluso de su juventud perdida—, y lo odiaban apasionadamente. Quienquiera que tomase las riendas del país después de Yeltsin conseguiría que su popularidad subiese fácilmente si decidía procesarlo. Lo que más temía el debilitado presidente era que un partido político denominado Otechestvo-Vsya Rossiya (Patria-Toda Rusia; el nombre, híbrido de dos cabeceras políticas, suena tan poco elegante en ruso como en traducción), dirigido por un antiguo primer ministro y varios alcaldes y gobernadores, llegase al poder, se cobrase venganza contra él y la Familia, y tener que pasar sus últimos días en prisión.

Ahí es donde entró en escena Vladímir Putin.

Según cuenta Berezovski, aunque está trufada de importantes incongruencias, la Familia estaba buscando un sucesor. Un pequeño grupo de personas, aisladas y asediadas, buscaban a alguien que se hiciese cargo de la extensión de tierra más grande del mundo, con todas sus cabezas nucleares y su trágica historia, y lo único más exiguo que el número de candidatos parece que era la lista de requisitos que se les exigían. Cualquiera con un cierto capital político y con verdadera ambición —cualquiera cuya personalidad diese la talla para el cargo— ya había abandonado a Yeltsin. Todos los candidatos eran hombres normales y corrientes vestidos de gris.

Berezovski afirma que Putin era su protegido. Como me contó en su mansión a las afueras de Londres —mantuve mi promesa de olvidar su ubicación exacta en cuanto volviese a la ciudad—, Berezovski conoció a Putin en 1990, cuando buscaba la forma de extender su negocio a Leningrado. Berezovski era un académico convertido en vendedor de coches. Su negocio era vender Ladas, el nombre que los rusos le habían puesto a un coche fabricado chapuceramente a partir de un modelo muy anticuado de Fiat. También se dedicaba a importar coches europeos usados y a construir talleres donde reparar lo que vendía.2 Putin, que entonces era ayudante del presidente del consejo municipal Anatoli Sóbchak, había ayudado a Berezovski a abrir un taller en Leningrado y había rechazado un soborno, lo cual fue suficiente para que Berezovski se acordase de él. «Fue el primer burócrata que no aceptaba sobornos —me aseguró—. En serio. Me impresionó muchísimo.»3

Berezovski adquirió la costumbre de «pasar» por el despacho de Putin cada vez que estaba en San Petersburgo. Conociendo la forma de ser frenética de Berezovski, muy probablemente eran visitas relámpago en sentido literal, durante las que el oligarca debía de irrumpir en el despacho, hablar agitadamente y desaparecer, posiblemente sin prestar demasiada atención a la reacción de su anfitrión. Cuando hablé con Berezovski, le costó mucho recordar algo de lo que Putin le había dicho. «Pero lo veía como una especie de aliado», me dijo. También le impresionó que Putin, ascendido a teniente de alcalde de San Petersburgo cuando Sóbchak pasó a ocupar la alcaldía, rechazara más adelante un cargo con el nuevo alcalde cuando Sóbchak no logró la reelección.

Cuando Putin se trasladó a Moscú en 1996 para ocupar un puesto administrativo en el Kremlin, se empezaron a ver con más frecuencia, en el exclusivo club que Berezovski poseía en el centro de la ciudad. Berezovski había hecho uso de sus contactos para que se colocasen señales de «Prohibido el paso» en ambos extremos de una manzana, marcando así como suyo un tramo de una calle residencial. (Los vecinos de los edificios de viviendas situados al otro lado de la calle ya no podían llegar con el coche hasta sus casas legalmente.)

Pero a principios de 1999 Berezovski era un hombre asediado, más aún que el resto de la Familia: era el único de entre ellos que sentía apego por su posición en la sociedad moscovita. Atrapado en una desesperada lucha de poder que tenía todas las de perde

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