—¡Escúchame! Te quiero como jamás he querido a nadie. No puedo imaginarte lejos de mí ni un día más, en medio de todo ese vicio que te rodea. Yo te protegeré. Yo te alejaré de todos los demonios del mundo. Cuando te reúnas conmigo, tú misma te maravillarás de este paraíso. De este país que mis hombres y yo estamos reconstruyendo. Aquí las personas se quieren y se respetan. Formamos una gran familia, en la que ya tienes tu sitio. ¡Todo el mundo está esperándote! Si supieras lo felices que son las mujeres con nosotros... Antes estaban como tú. Perdidas. La mujer de un amigo mío te ha preparado todo un programa para cuando llegues. En cuanto termines las clases de tiro, te llevará a una tienda muy bonita, la única del país que vende telas de calidad. Te lo pagaré todo. Te crearás tu pequeño mundo con tus nuevas amigas. Estoy muy impaciente por que llegues. ¡Mélodie, esposa mía! Date prisa, te espero.
• • •
Mélodie abre los ojos como platos ante la pantalla de su ordenador. Admira a ese hombre fuerte, dieciocho años mayor que ella. Solo lo ha visto por Skype, pero ya lo quiere. Mélodie murmura con voz frágil, todavía con inflexiones infantiles:
—¿De verdad me quieres?
—Te quiero por y ante Alá. Eres mi tesoro, y el Estado Islámico es tu casa. Juntos incluiremos nuestros nombres en la historia por construir piedra a piedra un mundo mejor en el que los kuffar* no podrán entrar. ¡He encontrado un piso enorme para ti! Si vienes con amigas, te buscaré otro aún más grande. Durante el día, mientras yo esté luchando, te ocuparás de los huérfanos y de los heridos. Por la noche estaremos juntos... Insha’Allah.
Mélodie se siente querida. Se siente útil. Buscaba un sentido a su vida, y lo ha encontrado.
París, diez días antes
Este viernes por la tarde salgo muy disgustada de una de las redacciones para las que trabajo. Ha llegado al periódico el correo de un abogado que me prohíbe publicar un artículo sobre una joven yihadista. Sin embargo, acabo de pasar dos días en Bélgica con su madre, Samira. Su hija se fugó hace un año a Siria para reunirse con Tarik, el hombre de su vida, un fanático que sirve a la causa de la organización Estado Islámico, el EI. Loca de amor, y loca también hasta la inconsciencia, Leila* quería vivir con su gran amor. Samira sintió un atisbo de esperanza al enterarse de que el hombre al que no tenía más remedio que considerar su yerno había muerto. Una bala en pleno corazón acababa de poner fin a sus veintiuna primaveras. Con Tarik muerto, Samira no veía razón para que su hija prolongara su estancia en un país trágicamente devastado. Pero Leila se mantuvo inflexible. Ahora formaba parte de aquella tierra sagrada y quería aportar su grano de arena luchando para crear un Estado religioso en Oriente Medio. Con o sin su marido. Como Tarik era emir,* su viuda estaba bien atendida. Le mostraban un profundo respeto. De modo que Leila devolvió la pregunta a su madre:
—¿Por qué debería volver?
La prensa local se hizo eco de la historia. Comparó a la joven yihadista de dieciocho años con la «viuda negra», importante figura del terrorismo internacional y esposa del asesino del comandante Masud.* La respuesta de Samira no se hizo esperar, y fue proporcional al amor que siente por su hija. Pero se enfrentaba a un enorme desafío. Debería no solo conseguir repatriar a Leila a Bélgica, sino también demostrar a las autoridades que su hija estaba en el país más peligroso del mundo con fines humanitarios. En caso contrario, la considerarían una amenaza para la seguridad interior y la meterían en la cárcel quizá antes de prohibirle la residencia en su propio país.
En este momento mi camino se cruza con el de Samira. El periodismo lleva a todas partes, y a veces a la angustia de una madre. Samira, desbordada, se dirigió a Dimitri Bontinck, un militar retirado de las fuerzas especiales belgas, famoso por haber conseguido repatriar a su hijo de Siria. Dimitri encarna la esperanza para todas las familias europeas que se despertaron una mañana frente a la brutal realidad de que la yihad también puede implicar a un adolescente del que jamás sospecharían, el suyo. Desde entonces, Dimitri, hiperactivo y sobre todo hipertemerario, sigue con sus misiones suicidas para salvar a otros adolescentes, o al menos encontrar información concreta que pueda ayudar a sus familias. Consciente del peligro que corre Leila, a la que han endosado la fama de «nueva viuda negra», me pidió que fuera a ver a su madre. Soy periodista y me apasiona la geopolítica, pero disto mucho de ser una experta. En cambio, siempre he sentido un gran interés por todo lo relacionado con los comportamientos erráticos. Poco importa si su origen es la religión, la nacionalidad o el entorno social. La fisura que provocó el vuelco mortífero de estos destinos me fascina. Puede ser la droga, la delincuencia, la marginalidad... Además, en los últimos años he trabajado mucho sobre las desviaciones del islam radical. Desde hace un año, estudio especialmente las costumbres de algunos yihadistas europeos del Estado Islámico. Aunque los casos que se suceden son muy parecidos, en cada ocasión intento entender qué herida se les ha hecho tan profunda como para hacer suya esta causa hasta el punto de dejarlo todo y marcharse a matar y a desafiar a la muerte.
En esa época, Dimitri y yo estamos escribiendo un libro que relata sus nueve meses de horror buscando a su hijo. Llamamos a muchas puertas de familias europeas que pasan por el mismo calvario que él. Y yo intento hacer más entrevistas por mi cuenta. Aunque observo perfectamente el impacto de la propaganda virtual en estos nuevos soldados de Dios, todavía no me explico cómo se pasa a la acción. ¿Dejarlo todo? ¿Su pasado, a sus padres? En unas semanas borran una vida entera de un plumazo, con la convicción de que no deben mirar atrás. Jamás. Entrar en su habitación, que generalmente sus padres dejan tal como estaba, siempre me hiela la sangre. En esas habitaciones convertidas en el santuario de una vida olvidada, me adentro en una intimidad que no es mía. Como si sus reliquias de adolescentes fueran la última prueba de su existencia. La de Leila parece petrificada, prisionera de una época pasada. Por todas partes hay fotos de su vida «normal». La vemos con camiseta de tirantes, maquillada, en casa de unos amigos y en una cafetería. Imágenes típicas que están muy alejadas de la nueva Leila, vestida con el burka integral y con un kalashnikov en el brazo. Después de haber escuchado por extenso a Samira, sigo con mi investigación, que confirma algunas de sus afirmaciones, y escribo el artículo. Uno más sobre este tema, que se trivializa dramáticamente en los últimos meses. Pero no se publicará. Leila se ha puesto hecha una furia cuando su madre le ha advertido de nuestra entrevista. La ha amenazado con cortar la comunicación: «Si hablas de mí a la prensa, no solo no volveré, sino que nunca más tendrás noticias mías. No sabrás si estoy muerta o viva», me comenta Samira llorando, totalmente aterrorizada. Al plantearme el problema desde este punto de vista, no doy la talla. En teoría, aun así podría publicar mi artículo, porque el tema es público y se ha difundido ampliamente en Bélgica. Pero ¿para qué? Por desgracia, historias como esta las hay a montones cada semana. Soy consciente de la determinación de estas jóvenes que creen haber abrazado la fe. Les repiten a todas horas que olviden a su familia de «infieles» y que abran los brazos a sus nuevos hermanos. Los «infieles», aunque se llamen papá y mamá, ya no son más que obstáculos en su camino.
No es culpa de Leila. Cree sinceramente que protege a su madre diciéndole lo que tiene que hacer. Sola en mi casa, me ponen nerviosa los métodos de propaganda que utilizan las brigadas islamistas. Busco vídeos de Tarik vivo y me trago un sinfín de vídeos propagandísticos en YouTube. Cuando la lengua en la que hablan no es ni el francés ni el inglés, quito el sonido. No aguanto más esos cantos que, es verdad, se te meten en la cabeza y te atontan. Aunque son más soportables que las imágenes de torturas y de cadáveres calcinados bajo el sol. Vago por los entresijos de las redes francófonas de estos muyahidines y también me quedo pasmada con el contraste entre el sonido y la imagen. Las risas juveniles comentando imágenes de horror insufribles las hacen todavía más insoportables. Veo aumentar este fenómeno desde hace casi un año. Muchos adolescentes tienen una segunda cuenta de Facebook, con identidad falsa. Comparten con sus familias una vida irreprochable, pero, una vez están solos en su habitación, se meten en este otro mundo virtual, que ahora es el suyo y que consideran el real. Algunos, sin darse cuenta del alcance y de la gravedad de los mensajes que transmiten, llaman al asesinato. Otros incitan a la yihad. Las chicas comparten links sobre los niños de Gaza que muestran, sobre todo, el sufrimiento de los más pequeños. Los seudónimos detrás de los que se esconden empiezan todos por Umm («mamá», en árabe).
Las redes sociales encierran informaciones muy valiosas si uno sabe dónde buscar. Con este objetivo, como muchos otros periodistas, también yo tengo una cuenta ficticia que creé hace unos años. Me sirve para observar determinados fenómenos de actualidad. Suelo comunicarme muy poco, o al menos muy brevemente, con el centenar de «amigos» virtuales de mi lista, repartidos por todo el mundo. En esta segunda cuenta me llamo Mélodie. Mis seguidores tampoco muestran su verdadera identidad. Y como creen ser anónimos, estos avatares ofrecen mucha información sobre las costumbres y la creciente atracción de estos jóvenes por la propaganda islamista. Sondeo durante horas su facilidad para expresarse pública y libremente sobre sus proyectos macabros o simplemente delirantes. Por supuesto, todo esto contribuye a aumentar el proselitismo. Por suerte, todos los adolescentes que apelan al crimen no son asesinos potenciales. Para algunos, la yihad 2.0 no es más que una moda. Pero para otros supone la primera etapa de su radicalización.
Paso toda esa noche de un viernes de abril sentada en el sofá, dándole vueltas a mi frustración por no poder publicar mi artículo sobre la historia de Leila y Samira, y zapeando de una cuenta a otra. De repente me quedo clavada delante del vídeo de un yihadista francés que debe de tener unos treinta y cinco años. Parece una mala parodia de «Los guiñoles». Sonrío, aunque es para llorar. No me siento orgullosa de mí misma, pero la escena es para verla. Es absurda. Un tal Abu Bilel, vestido con uniforme militar, hace para sus fans el «inventario» de su 4 × 4. Dice estar en Siria. El escenario que le rodea, una auténtica tierra de nadie, parece confirmarlo. Empuña dignamente su radio CB, salida directamente de los años setenta. Le sirve para comunicarse con otros combatientes cuando las redes telefónicas no funcionan; aunque en realidad, más que alertar, hace ruido. En la parte trasera de su vehículo, un chaleco antibalas al lado de una ametralladora, una Uzi, el arma histórica del ejército israelí. Muestra una a una las demás armas, entre ellas «una M16 robada a un marine en Irak»... Me río a carcajadas. Más adelante me enteraré de que es perfectamente plausible. También me daré cuenta de que Abu Bilel no es tan tonto como parece. Y, sobre todo, de que en los últimos quince años él ha multiplicado las yihads en todo el mundo. Pero no estamos en ese punto. De momento, el beligerante sigue con su exhibición y muestra orgulloso el contenido de su guantera. Un gran fajo de libras sirias, caramelos y un cuchillo. Se quita por fin sus gafas Ray-Ban de espejo y deja entrever unos ojos negros con la raya pintada. Sé que es una técnica de guerra afgana para evitar que el humo haga que te lloren los ojos, lo que no impide que un terrorista maquillado como podría estarlo yo, sorprenda, por no decir otra cosa. Abu Bilel habla un francés perfecto, con un ligerísimo acento que supongo argelino. Muestra una sonrisa de oreja a oreja y una expresión satisfecha; incluso de plenitud cuando pide a todo el mundo que se una a él y realice su hiyra.*
Comparto su vídeo. Soy muy discreta en este perfil, pero alguna vez tengo que imitar a mis amigos virtuales para abrirme camino en su mundo. No preconizo nada. No incito a nada. Me limito a publicar de vez en cuando links de artículos que relatan los golpes del ejército de Bashar al-Assad o vídeos como este. La foto de mi perfil es un dibujo animado de la princesa Jasmine de la película de Walt Disney. En la portada colgué un eslogan de propaganda que circula por todas partes: «Lo que hagas te harán». La ciudad en la que vivo cambia en función de mis reportajes, si es necesario. En este momento es Toulouse. Debo decir que en los últimos cinco años muchas investigaciones me han llevado a esta ciudad. Empezando por el asunto de Mohammed Merah, en 2012. El barrio de los Izards, en la periferia nordeste de la ciudad, es una fuente inagotable de información. Es uno de los barrios en los que vivió Merah, pero también una importante plataforma del tráfico de hachís.
Pero ahora estoy en París, con las manos vacías. Pierdo la esperanza de encontrar una manera de tratar en profundidad estos casos de viajes a Siria. Sospecho que el lector está saturado de informaciones y casos que tristemente se parecen mucho entre sí. Además, la situación dantesca del país hace difícil analizar las cosas. Cada semana, mis redactores jefes y yo nos planteamos ángulos diferentes, pero acabamos constatando lo mismo: sea de donde sea el candidato a la yihad, sean cuales sean su ámbito social, su religión y su entorno, se vuelca en la religión después de un fracaso o de un gran malestar, se radicaliza y viaja a Siria para formar parte de una de las numerosas brigadas islamistas que allí proliferan. Así es; pero también es cierto que, a fuerza de trabajar sobre estos temas, me he acercado a algunas familias y a las historias de sus hijos, a los que no conozco y a los que seguramente nunca conoceré. Sin contar con los adolescentes a los que conocí antes, durante los reportajes. Hoy, cuando vuelvo a verlos, me confiesan que quieren irse allí. «¿Allí? Pero ¿qué podéis hacer allí, aparte de causar la muerte y convertiros en carne de cañón?», les repito. Casi siempre recibo la misma respuesta: «No puedes entenderlo, Anna. Tú piensas con la cabeza, y nosotros con el corazón». Recurro a todas mis fuerzas. Lo intento con comparaciones arriesgadas sobre la historia, que se repite. Alemania, país culturalmente tan rico, cayó en manos de Hitler el siglo pasado. Luego la explicación simplista y maniquea que ofreció el comunismo. Por último, en los años setenta, una generación de intelectuales defendiendo encarnizadamente el pensamiento de Mao y declarando que todas las verdades emanaban del Libro rojo. Pero por más referencias históricas que esgrima, se burlan amablemente de mí desde el otro lado de la pantalla y me explican que el rojo y el verde son colores muy distintos. Sin embargo, no había citado el Corán, que nada tiene que ver con la ideología fanática.
Ser periodista en 2014 no tiene ya nada de prestigioso para la opinión pública. Cuando, además, se prefieren los temas sociales, es porque de verdad se ama este oficio. Si al menos encontrara la manera de tratar estos temas sin limitarme a encadenar casos similares... Quisiera entender todos los resortes de esta «yihad virtual» investigando el tiempo suficiente para profundizar en las raíces de este mal que carcome cada vez a más familias, sean cuales sean sus orígenes religiosos. Analizar minuciosamente cómo unos chavales caen en la trampa de esta propaganda en Europa; y en Oriente Medio, la escisión de soldados dispuestos a torturar, robar, violar, matar y morir durante el día, y por la noche, pegados a la pantalla del ordenador presumiendo de sus «hazañas» con la madurez de adolescentes prepúberes saturados de videojuegos.
Me lo estoy planteando, entre el desánimo y la negativa a renunciar, cuando el ordenador me indica que «Mélodie» acaba de recibir tres mensajes privados de un tal... Abu Bilel. La situación es surrealista. Son las diez de la noche de un viernes de primavera, estoy sentada en el sofá, en mi pequeño piso parisino, y justo cuando estoy pensando en cómo seguir con mis investigaciones sobre este tema, un terrorista francés me escribe desde Siria. Me quedo sin palabras. En ese momento, de lo único que estoy segura es de que no imaginaba que empezaría el fin de semana así.
Esa misma noche
«Salam aleikum, hermana, veo que has visto mi vídeo, ha dado la vuelta al mundo, ¡qué fuerte! ¿Eres musulmana?»
«¿Qué piensas de los muyahidines?»
«Y última pregunta: ¿piensas venir a Siria?»
Uno que va directamente al grano. No sé qué hacer. Me muero de ganas de contestar, porque de inmediato me doy cuenta de que hablar con este yihadista quizá sea una oportunidad única de acceder a una mina de información. Cuando nos presentamos como periodistas, nos resulta difícil recibir respuestas sinceras, sin formatear. Pero mi interlocutor no sabe quién soy. No me molesta lo más mínimo pedir información desde esta cuenta en el marco de un reportaje. No obstante, la posibilidad de intercambiar impresiones con alguien que no sabe quién soy me plantea un auténtico problema ético. Me tomo cinco minutos para pensarlo, el tiempo necesario para preguntarme sobre su ética, y le contesto:
«Maleikum salam. No esperaba que me hablara un yihadista. xD. ¿No tienes otra cosa que hacer? No tengo una opinión definitiva sobre los combatientes y además depende de cuáles».
Escribo también que me he convertido al islam, sin más detalles. Hago faltas de ortografía deliberadamente y empleo al máximo un lenguaje adolescente, los xD y los LOL* que salpican su correspondencia. Espero su respuesta con un nudo en el estómago. No por miedo, sino porque no me lo creo. Me parece demasiado fuerte para ser verdad. He entrevistado a muyahidines, pero nunca tenían más de veinte años, y sus palabras no transmitían otra cosa que el disco rayado de la propaganda oficial. Mientras espero, navego por otras páginas. Transcurridos apenas tres minutos, el ordenador me indica que me ha llegado otro mensaje.
«Sí, claro, ¡tengo muchas cosas que hacer! Pero aquí son las once de la noche y han acabado los combates. Has compartido mi vídeo, así que quizá quieras preguntarme algo... Puedo contarte todo lo que pasa en Siria, la única verdad, la de Alá. Sería más práctico hablar por Skype. Te doy el mío.»
Bilel es directo... y dirige. Ni me planteo hablar con él por Skype. Descarto su propuesta. Ya hablaremos en otro momento. Ahora Mélodie no puede. Abu Bilel lo entiende, no quiere molestarla bajo ningún concepto. Mañana, si quiere, estará disponible para ella.
«¿Mañana?», le pregunto desconcertada. «¿Podrás conectarte a internet sin problemas?»
«Claro que sí. Te digo que aquí estaré.»
Y un minuto después:
«Te has convertido, así que... Prepara tu hégira, yo me ocupo de ti, Mélodie.»
Primero el Skype, y ahora la hégira. Este Abu Bilel no pierde de vista su objetivo, ni tampoco el tiempo. Apenas un primer contacto, con unas pocas líneas intercambiadas, y ya le pide a una chica de la que no sabe nada, aparte de que se ha convertido, que se reúna con él en el país más sangriento del mundo. La invita sin escrúpulos a borrar su pasado, su país, y a abandonar a los suyos, a menos que también ellos quieran unirse a su búsqueda santa. Renacer en otro lugar y esperar a que Dios le abra
