Un mundo nuevo

Chris Weitz

Fragmento

cap-1

Jefferson

Otro espléndido día de primavera tras la caída de la civilización. Me toca hacer la ronda, así que recorro el sendero en forma de signo del infinito que serpentea por el parque de Washington Square. Paso por delante de esas mesas donde jugaban al ajedrez los viejos, usadas ahora como banco de trabajo por Cerebro. Llego a la fuente, testigo de innumerables primeras citas, ofrecimientos de marihuana y parque acuático para niños gritones. Ahora es el estanque de la tribu y está tapado con lonas para protegerlo de los excrementos de paloma y del sol, que favorece el crecimiento de las algas.

La estatua de Garibaldi, o Gari Baldy, como lo llamamos nosotros, está adornada con guirnaldas hawaianas de plástico, collares de bisutería de las fiestas del Mardi Grass y medallones raperos retro, botines de nuestras expediciones de rapiña a las malas tierras que hay tras los muros, los barrios malditos: Broadway, Houston, las galerías de tiro del West Village. Sobre el pedestal se rinde homenaje a los muertos. Fotos de madres, padres, hermanos y hermanas menores, mascotas perdidas; eso que mamá llamaba «fotografías de verdad» para distinguirlas de los archivos digitales. Ahora que millones y millones de recuerdos se han perdido en la nube, ese océano infinito de unos y ceros carente de significado, las copias impresas son lo único que nos queda.

A través del arco donde está la estatua ecuestre de Washington —el Fundador de Nuestra Nación, no mi hermano mayor, que también se llama así—, se ve toda la Quinta Avenida hasta llegar al Empire State Building. Todavía sale humo de las plantas superiores. Los niños dicen que ahí es donde vive él, el Viejo, el único adulto que sobrevivió al Suceso. Los niños siempre andan diciendo bobadas.

Allí donde solía haber hierba y flores, columpios y perros corriendo, hay ahora un enorme huerto con hileras de verduras. Frank está echándoles la bronca a un grupo de trabajadores. Y ellos se achantan. El paleto de ayer es el salvador de hoy. Frank creció en una granja y es el único que sabe cómo cultivar. Sin él, todos padeceríamos raquitismo, escorbuto o cualquier cosa de las que no teníamos que preocuparnos Antes.

Aparece por la entrada de Thompson Street un grupo de proveedores. Comida en lata, gasolina robada para los generadores. Una pequeña Jenny roja, una Honda 2000i de dos kilovatios, carga con pereza las baterías de los walkies y otros imprescindibles, aparte de alguna indulgencia ocasional tipo iPod o Game Boy, si convences a Cerebro para hacerlo.

Las hojas silban en el aire y se suicidan desde las ramas altas de los árboles. Desde el norte llega una ráfaga de viento que nos obsequia con un olor a plástico quemado y carne en descomposición.

Mi walkie carraspea.

—Tenemos compañía procedente del sur en la Quinta. Cambio.

Es Donna, desde el otro lado del parque. Echo a correr.

—¿A qué distancia? —digo.

Al ver que no obtengo respuesta, me pregunto si habré presionado bien el botón para hablar. Pero entonces reaparece su voz.

—No has dicho «cambio» —responde Donna—. Cambio.

—Por Dios, Donna, ¿cambio? Bueno, vale. Cambio, cambio. ¿Cuántos son y a qué distancia? Cambio.

—Están entre la Novena y la Octava. Unos diez. Fuertemente armados. Cambio.

—¿No son de los nuestros? —Pausa—. ¿Cambio?

—No son de los nuestros.

Donna tiene una inmejorable perspectiva desde su atalaya tras los muros, en lo más alto de un edificio de la Octava Avenida. Distingo el cañón de su rifle, que se proyecta desde una ventana.

—No has dicho «cambio».

—¡Huy! Cambio. ¿Quieres que dispare? Están justo debajo, pero tendré un objetivo franco en cuanto pasen. Cambio.

—No. No dis-pa-res. Cambio.

—Bueno, será tu funeral. Si quieres que los mate, dímelo. Cambio.

Llegó la hora de dar la alarma.

Junto a cada una de las entradas al parque hay una de esas antiguas sirenas mecánicas apuntaladas a un árbol. Dios sabe dónde las encontraría Cerebro. Cuando giro la manivela la inercia tira de mis tendones y me frena. Comienza a sonar un aullido lento y grave que se transforma en un alarido del infierno cuando está a plena potencia.

Mientras giro la manivela pienso en calorías: cuánto calor consumo, cuánto he ingerido hoy. Si no introduces más de lo que gastas empiezas a morir. Pienso inútilmente en hamburguesas, patatas fritas y pasteles. Delicias históricas, lujos impensables.

Sesenta segundos más tarde, nuestros puestos de tiro son un hervidero.

Desde las rendijas del autobús escolar blindado que bloquea la calle, seis armas, buena parte de nuestro arsenal, apuntan a la Quinta Avenida. Y el rifle de precisión de Donna por detrás. Hace meses que tapiamos los edificios cercanos a la barricada y la calle se declaró campo de tiro.

Wash se ha unido al grupo. Lo busco para que tome el mando. Pero el Generalísimo Washington se encoge de hombros. «Te toca, hermanito.»

—Van fuertemente armados —digo, dando a entender que no es momento para experimentos.

—Entonces mejor que tengas un plan —responde Wash.

Pues vale. Me echo la AR-15 al hombro y entro en el autobús escolar.

Sus asientos de piel están rajados por todas partes y las paredes llenas de pintadas que rebosan humor negro:

¡FIESTA EN MI CASA ESTA NOCHE!

PADRES MUERTOS.

Que le den a todo el mundo. YO.

No, que os den a todos. EL MUNDO.

¡Recuerda! Hoy es el primer día del fin de todo.

Paso delante de los chavales que están en la línea de fuego. Y advierto que, a pesar de que el mundo se ha ido al infierno, la gente conserva el sentido de la moda. La oferta de saqueo de este lado de los bosques propicia unas pintas bastante eclécticas: abrigos de Prada con insignias militares, vestidos de campesina con cinturones de balas. Incluso hay un tal Jack al que le ha dado por ir travestido. Sus colegas no lo van a echar. Y nadie más sería capaz de meterse con él. El tipo mide uno ochenta y es un auténtico armario empotrado.

Nota personal: estaría bien ser un armario empotrado.

Recuerdo haber leído en algún sitio que a los soldados del ejército de Napoleón que llevaban a cabo las misiones de reconocimiento peligrosas les daba por atraer la atención y se ponían todo tipo de pijaditas. Los llamaban la guardia de avance, la vanguardia.

Eso me recuerda los libros de Patrick O’Brian, las filas de hombres dispuestos en la cubierta junto a sus cañones y la película que hicieron con el australiano aquel, y pienso en decir algo como: «Preparados, mis valientes. Esperad la orden», pero eso me suena cutre, así que simplemente les doy una palmadita en la espalda o el trasero para hacerles saber que la gran batalla está a punto de comenzar.

—¡Eh! —responde una de las artilleras cuando le suelto la palmadita.

Es Carolyn, esa chica rubia que antes del Suceso era una moderna. Vaya. Ni siquiera después del Apocalipsis ven bien que les toquen el culo.

—Perdona —digo—. No había intención sexual.

Intento que suene frío, como si no me importara en absoluto la recriminación.

Me mira como diciendo: «Más te vale», pero no hay tiempo para explicaciones. Me introduzco en el puesto de observación que Cerebro construyó en el asiento del copiloto.

Son diez, como ha dicho Donna; tiene buena vista. Todos hombres, creo. De edad avanzada, dieciséis o diecisiete años. Van vestidos de camuflaje verde, algo completamente innecesario en la ciudad. Los trajes están aderezados con la parafernalia típica de galones militares y medallas. Todos llevan una especie de insignia escolar a la altura del corazón y parches con pequeñas calaveras cosidos a los hombros, como las banderas en miniatura de los antiguos cazas.

Uno de ellos sostiene una de esas armas aparatosas que llevan cintas de municiones. ¿Una BAR? Wash sabe cómo se llaman. Y hay otro que también me inquieta, uno al que veo encender un lanzallamas con un Zippo.

Bandoleras con granadas, garfios, toda la pesca. Varias AR-15 como la mía. Deben de haber encontrado una armería.

—¿Qué queréis? —grito.

Con agresividad, pero sin pasarme. Como lo haría Wash.

—Quiero hablar con el jefe —dice uno de los extraños, un chico rubio de unos diecisiete años, con ojos azules y pómulos marcados.

Típico jugador de fútbol americano. Un tipo que no me habría gustado antes del Suceso. Y ahora, todavía menos.

En el autobús todos esperan a que Wash diga algo. Pero me ha dejado completamente tirado. Gracias, hermano.

Me vuelvo hacia el tubo de comunicación. Ah. Tengo que decirle a Cerebro que acolche el agujero donde se pone la boca.

—Hablas con el jefe.

—Eres un poco joven para ser el jefe —apunta Pómulos.

Nuestras miradas se cruzan a través del cristal antibalas.

—Soy el jefe, ¿vale? ¿Qué quieres?

Pero a Pómulos no le apetece ir al grano. Hace una reverencia y después empieza a entonar un discurso que parece sacado de Juego de tronos.

—Saludos de la Confederación del Uptown al Clan de Washington Square. Nos gustaría departir.

A uno de los chavales de nuestro escuadrón le entra la risa y creo que lo oyen, porque se miran unos a otros como si esperasen una respuesta ceremoniosa.

—«Departir» significa… —dice Pómulos.

—Ya sé lo que significa «departir». ¿Por qué no sueltas qué queréis hablar y punto?

—Bueno. Pues queremos hablar, ¿vale? Queremos hablar de negocios.

Empujan hacia delante algo que llevan atado a una correa.

Es un cerdo. No un cerdito bonito de cuento de niños con el rabo enroscado, sino un guarro grande y apestoso.

Proteínas cárnicas.

Quién sabe cómo habrán hecho para recorrer esa infinidad de kilómetros de territorio hostil con el cerdo y traerlo desde el norte de la ciudad. Se los ve machacados. Uno de ellos parece herido de bala, o al menos lleva un brazo en cabestrillo y la sangre es rojo brillante. Una escaramuza reciente, tal vez en Union Square. Esta mañana se han oído disparos. Pero eso es nuestro pan de cada día.

—De acuerdo. Supongo que ese cerdo no será tu novio. ¿De eso quieres «departir»?

No le caigo bien a Pómulos, pero está aquí para cumplir su trabajo, así que continúa:

—Sí, listillo, eso es lo que queremos intercambiar.

—De acuerdo. Soy un hombre razonable. ¿Qué queréis por él?

Llega el momento de vender la moto.

—Este es un cerdo premiado de la granja Hansen, en la zona alta. Con licencia del Departamento de Agricultura, cien por cien carne ecológica certificada.

—Sabes perfectamente que los certificados de calidad ya no existen y que nos importa muy poco comer carne ecológica.

—Tú mismo. Su hermano sabía a gloria.

Miro a Frank, que se encoge de hombros.

—Parece sabroso. Sano y rollizo.

—¡Vale! —grito a Pomulos—. Está esmirriado, pero tal vez podamos negociar. ¿Qué queréis por él?

Y aquí es donde las cosas se ponen muy absurdas, porque el tipo dice:

—Dos chicas.

Se produce una pausa, o lo que en lenguaje sms se llamaría «Un momento ke coño…?».

—¿Puedes repetir eso?

Pómulos vuelve al modo Tolkien y anuncia:

—Trocamos un cerdo por dos hembras.

La palabra ganadora del día es «anonadado».

—¿Quieres decir hembras humanas? —pregunto, y el tipo se encoge de hombros como si fuera lo más natural del mundo.

—Sí, dos chicas por un cerdo. ¿Qué problema hay?

Donna me habla por el walkie:

—¿Jefferson? ¿Qué quiere? No lo oigo. Corto. —Considero que es mejor no decirle a nuestra francotiradora feminista de gatillo fácil que estos sociópatas quieren intercambiar cerdos por mujeres, y además a un precio nada halagador. No respondo—. ¿Holaaa? ¿Qué está pasando ahí? Corto.

—Ya me ocupo de ello, Donna, muchas gracias. Corto.

Pero ¿cómo me ocupo de ello? No sabría decirlo. Las chicas del escuadrón me miran.

Me aclaro la garganta.

—Ejem… La hostia, colegas, ¿de qué coño habláis? Vamos, que si os sentís solos lo siento mucho, pero…

—Tenemos un montón de mujeres. Simplemente queremos más —responde un grandullón de los Uptowners que lleva un palo de lacrosse con una granada dentro de la red.

¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo tiene que ponerse en plan Mad Max conmigo? Pómulos le hace bajar la mirada como si no quisiera que hable nadie más.

—Mi compañero tiene razón —añade—. Tenemos suficientes mujeres, tenemos suficiente comida, en el Uptown tenemos de todo: electricidad, agua corriente, lo que queráis. No sé, maquillaje y esas porquerías. Mirad. —Pómulos se dirige a la chica que hay en el grupo, una rubia guapa con cara de malas pulgas, que da un paso al frente, o es empujada—. Cuéntales cómo se vive en el Uptown —le dice—. Muéstrales a las chicas que no tienen nada que temer.

Pero no abre la boca. Tal vez sea la palabra «maquillaje» lo que me hace mirarla más de cerca, y no puedo evitar fijarme en que lleva polvos de color carne en el pómulo izquierdo, donde golpearía una persona diestra.

No me gusta. Aunque hubiera chicas en nuestro grupo con ganas de ir con ellos no las mandaría con esos fascistas, y ni de coña cambiaría a una persona por un cerdo, por mucho que eche de menos el beicon.

—¿Verdad que no te importaría si mato a esa zorra? —suelta Carolyn.

Cuando me doy cuenta de que habla de la Uptowner me pregunto por qué la toma con la chica. No creo que llegue a entender el razonamiento femenino jamás.

El caso es que Carolyn tira de la ranura de su rifle, los de fuera lo oyen y se ponen todos a cargar sus armas, amartillar percutores y quitar seguros, echan cuerpo a tierra y apuntan a nuestros nidos de ametralladora. Y pienso: «Esos rifles de asalto atravesarán el autobús, traspasarán también las planchas de refuerzo y nos freirán a tiros».

—Soy Donna. Cam…

Apago el walkie.

¿Dónde está Wash? No aparece por ninguna parte. Le ha cargado el muerto al Hijo Número Dos.

Entonces Frank grita:

—¿Creéis que estáis en el Call of Duty? ¿Que estamos en modo multijugador? ¿Creéis que estáis jugando por internet o algo? ¿Que cuando os disparen vais a reaparecer en otro sitio con vuestra vida extra? Esto no es la Xbox. Aquí no hay vida extra. ¡Así que tranquilitos, joder!

Tiene razón. Solo las ratas tienen vida extra. Son invencibles. Matas una y sale otra.

—Este puente no lleva a ninguna parte —agrego recuperando la frase de algún momento de mi niñez.

Suena bien en el silencio de un grupo de gente dispuesta a acribillarse a balazos.

—¿Qué? —insiste Pomulitos.

—¡Gracias, pero no, gracias! —grito—. Marchaos, oh, Confederación del Uptown.

—Iremos a los Pescadores —grita Pómulos.

Ahora el regateo. Los Pescadores viven en South Street y según recuerdo habitan en un viejo barco muy alto, el Peking, un buque de Estados Unidos. Yo diría que tendrían que llamarse más bien los Piratas, pero mira.

—Salúdalos de mi parte. ¡Que disfrutes del sashimi!

Pero siguen allí tumbados. De hecho, parecen agradecer el descanso. Es entonces cuando me percato de que no irán a negociar a otra parte. No hay plan B. Tienen que deshacerse del cerdo. Fatal, porque si ellos no tienen otra alternativa, nosotros menos.

—Podemos llevarnos lo que necesitamos —afirma Pómulos.

No muestres debilidad. Wash dice que un depredador siempre evalúa si resultará herido al capturar a su presa, aunque esté seguro de ganar.

—No, no puedes. Que tengáis buen día, vosotros y Porky.

Los veo murmurar entre ellos.

Y advierto que el tipo del palo de lacrosse toca la anilla de su granada. Y…

Un disparo.

A la gente le gusta soltar cosas como: «Una bala silbó a su lado». Pero no hay nada melódico en ello. Es un sonido de percusión: ¡TAC! El resto de tus sentidos se nubla durante un instante, en parte porque tu instinto te hace cerrar los ojos y meterte en el primer agujero que encuentres.

Grito al walkie:

—¡Donna, he dicho que no dispares!

—No he sido yo, Jefferson. Cambio.

Estamos todos paralizados, en ambos bandos. Y de repente, empiezan los gritos, amenazas e insultos, como hacían en las películas y la tele, pero ninguno de nosotros está herido y ellos tampoco parecen estarlo.

El cerdo.

Alza los ojos al cielo tan oportunamente que resulta imposible no verle el lado cómico. Es como si inspeccionara el agujero que acaban de hacerle en la cabeza. Se dobla sobre sí mismo como una bisagra y cae de costado con estrépito, sacudiendo las patas.

—¡No disparéis! —grito a mis chicos (y chicas), que empuñan los rifles y apuntan a su objetivo.

Dos de los Uptowners agarran al cerdo por las patas e intentan moverlo, pero si el armatoste era pesado cuando estaba vivo, como peso muerto lo es más. Se niega a cooperar y punto. Los muertos siempre hacen gala de una indiferencia admirable.

Después de lo que les habrá costado traerlo hasta el sur de la isla, veo prácticamente imposible que vuelvan a llevárselo ahora, con esa sangre, que atraería a los perros salvajes por todo el camino.

Eso mismo ha debido de pensar Wash.

Mi hermano mayor.

Ahí lo tenemos, apostado sobre el muro, alto y guapo, a plena vista de los Uptowners, que le apuntan con todas sus armas.

—Adelante —dice Wash—. Mañana cumplo dieciocho.

Intentaba no pensar en ello. Pero es verdad. Está al caer… sin vida extra. Así que los desafía a que disparen.

Y ni siquiera se ha despedido. Es egoísta, pero eso es lo que pienso. «Ni siquiera se ha despedido.»

Wash permanece en lo alto del muro como la estatua que hay sobre el arco, a contraluz, saludando al futuro.

Pómulos, que parece morirse de ganas por matarlo de un tiro, baja el arma y sonríe.

—No —responde—. No pienso hacerte ningún favor. Que disfrutes de la Enfermedad.

Los Uptowners discuten entre ellos. Algunos quieren entrar por la fuerza y otros largarse cuanto antes. Finalmente, Pómulos consigue que se callen todos y se alejan caminando de espaldas y mostrando las bocas de sus cañones en un movimiento que parece sacado de un videojuego.

—¡Esto no acabará así! —amenaza Pómulos.

—Genial —contesta Wash—. Traed patatas fritas cuando volváis.

Al cabo de una hora, cuando nos hemos asegurado de que los Uptowners se han ido realmente y no usan el cerdo como cebo para dispararnos desde algún escondrijo, lo arrastramos al interior del parque y espantamos a las ratas.

cap-2

Donna

En muchos libros al autor le parece que le mola tener un «narrador poco fiable». Para que no pares de comerte el coco y entiendas que no hay absolutos, que todo es relativo y tal. Eso a mí no me convence. Así que, para que lo sepáis, yo seré una narradora fiable. ¿Sabéis lo que os digo? Podéis confiar en mí.

Lo primero que tenéis que saber es que no soy una tía buena. Si os preguntáis cómo tenéis que imaginarme, no lo hagáis como si fuera una estrella de cine o algo así. Mejor como una chica del extrarradio. Salvo que en Nueva York es diferente, porque no vivimos en casas, sino que estamos todos apretujados en edificios de apartamentos. Siempre que veía los barrios residenciales en la tele y salía gente rollo jugando en su jardín y paseando en bici me parecía exótico.

Así que ¿una chica de barrio? Tú mismo. La historia es que no se te vaya la olla. Una actriz de reparto. La buena amiga, rara y extravagante, no la de las piernas largas, tetas y dientes perfectos.

Vamos, tampoco es que me considere un monstruo. Pero no estoy muy contenta con mi cuerpo, ni siquiera con esta nueva dieta de fin de civilización. Tal vez sea la falta de proteínas. No tendría que preocuparme por esto. La vida es demasiado corta.

¡Ja! «La vida es demasiado corta.»

Mi padre solía decir eso. Yo lo llamaba «papá» solo por jorobar, ya que él quería que lo llamara Hal, lo cual no es tan raro, porque se llamaba así, pero anda ya, que no estamos en los sesenta, y no iba a rejuvenecer por más que yo lo llamara Hal. No, esas chicas con las que seguía queriendo acostarse tenían edad para ser, cómo decirlo, ¿sus hijas? Puaj.

Bueno, Harold, estás muerto, y mamá también, y todos los putos adultos. Nos han dejado tirados definitivamente. Y los niños pequeños. Todos los niños pequeños. Charlie.

Así que hay varias cosillas que les puedo reprochar a mis padres. Entre otras, que me pusieran Madonna, no por la madre de Jesucristo, sino por la que cantaba «Vogue». La hostia.

¿Y qué, voy a cambiármelo? Pues no. Todo el mundo se cambia de nombre porque piensan: «¿por qué no?». Es del rollo: «Hola, me llamo Katniss». «Yo soy Threeyoncé.» «A mí llámame Ishmael.» Ni hablar. Quiero que algunas cosas sigan como Antes, aunque me parezcan tontas.

Bueno, pues el problema de (Ma)Donna, nutritivamente hablando, es que las proteínas son difíciles de encontrar. ¿Carbohidratos? Fijo. Alucinarías si supieras cuánto aguanta ese asqueroso pan industrial, esa séptima maravilla de los panes, hasta que empieza a salirle la pelusa azul. A veces las ratas llegan antes. Entonces ¿qué comemos nosotros? Pues ratas. Lo cual significa que nos comemos el pan, más o menos, ¿no? Es decir, las ratas se comen el pan; nosotros nos comemos a las ratas.

¿Y de qué más se alimentan las ratas antes de que nos las comamos nosotros? Bueno, mejor no pensar en eso.

Hoy hemos hecho una buena quema de cadáveres. «Fuego purificador», dice Wash. Dijo que lo usaban unos colegas que se llamaban «zoroastristas». Sí, lo he escrito bien. Puede que no tenga un vocabulario tan empollón como Wash y Jeff, pero a mí no se me ponen chulitos con eso de saber más palabras que yo.

¡Fuego purificador! Aquellos sí que eran buenos tiempos. Empapas un pañuelo en Chanel Nº 5, te pones unos guantes North Face de color rosa tope horteras y… ¡Dale! Una buena montaña de cuerpos y a intentar no desperdiciar gasolina ni vomitar tu insuficiente almuerzo.

Pero no hay tiempo ni manos suficientes para librarse de todos los cuerpos. Y siguen ahí fuera, millones de cadáveres llenos de gusanos que se convierten en abono lentamente. Para los carroñeros ha sido un año de lujo.

Espero no haberos quitado el apetito. Porque cuando tumban a Porky y se largan esos chalados de donde fueran, solo puedo pensar: «¡Barbacoa!». Y en cuanto me relevan en mi puesto de vigilancia —puedo parecer informal, pero lo cierto es que soy una buena chica; ¡si mis profes lo hubieran sabido!—, me presento en la plaza y no pierdo de vista a Frank, que pide a varios de los nuestros que aten el cuerpo por las patas traseras y lo cuelguen de la rama de un árbol. No hago más que pensar: «Un bocadillo de carne braseada, por favor». Chuletas de cerdo, manitas, morro, lo que sea, y estoy que lo bailo de felicidad, pero entonces…

Entonces Jefferson me ve y yo también lo veo a él. No parece muy contento y recuerdo que Wash se ha plantado ahí delante de todas esas armas como un auténtico capullo y me doy cuenta, rollo: uno, dos, tres. Ah, ya lo pillo, es por eso… por eso está tan chafado. Y me siento como una idiota.

Es que cuando se tiene hambre, una piensa con el estómago. Rollo tu estómago es el que en verdad piensa. No sé dónde oí que tiene tantos receptores de serotonina como el cerebro. Así que somos como esos dinosaurios con dos cabezas. No es lo único en lo que nos parecemos a los dinosaurios. Por ejemplo, nosotros también estamos en extinción.

El dinosaurio favorito de Charlie era el estegosaurio. Tenía uno de peluche al que llamaba Pincho.

Basta.

Así que me doy cuenta de que Wash intentaba marcarse eso del «suicidio con policía», que es como lo llamaban cuando algún mierdecilla decidía que la vida no merecía la pena —esto ocurría cuando la vida sí merecía la pena, claro— y se plantaba delante de la policía pegando tiros para obligarlos a que se lo cargaran…

O a lo mejor le apetecía realmente un MacRib y pensó: «Qué coño, vale la pena matarlo».

Me pica la curiosidad, así que me acerco a Wash, que está al lado del árbol del que cuelgan al cerdo. Está asegurando la cuerda con unas cinchas a una barra de hierro doblada que sobresale del hormigón armado.

Wash siempre lidera dando ejemplo. El cuerpo de oficiales del Pocky. (Es mi apodo cariñoso para el Apocalipsis. Y también el nombre de mi golosina japonesa favorita.) Le pregunto sus motivos, con diplomacia:

—¿De qué coño iba eso, tío?

Él sigue haciendo su nudo molón.

Wash: ¿De qué coño iba qué?

Yo: Huy… pues, no sé… A ver… ¿la parte esa en la que te plantas delante de una panda de cretinos con armas y los desafías a que te vuelen los sesos? —Wash aprieta el nudo y se encoge de hombros. Finalmente se levanta y me mira a los ojos—. La gente necesita un líder.

No suena bien que lo diga yo. No es el tipo de cosa que diría. Pero es cierto.

Wash: De todas formas, pronto tendrán que encontrar a otro.

Y me deja allí tirada. Algo que, por cierto, no debería hacer nadie a una persona con la que casi, bueno, ya sabes…, con la que prácticamente lo has hecho.

Así que me cabreo. Pero luego se da la vuelta, sonríe y dice:

—Estás invitada a mi barbacoa de cumpleaños. Esta noche. El tema de la fiesta es…

Lo piensa.

Yo: ¿Postapocalipsis?

Wash ríe.

Wash: Preapocalipsis. Haremos como que nos enviamos tuits. Hablaremos del nuevo iPhone que no van a sacar. Mensajes por Snapchat.

Yo: Preguntaremos si esto nos hace parecer más gordos. Descargaremos politonos.

Wash: Sí. Será la hostia.

Y vuelve a marcharse. ¡Pero no tan rápido! Jeff, su hermano pequeño, está ahí mismo, lo sigue y lo empuja. Se desafían mutuamente. Wash y Jeff. Eso sí que eran unos padres. Llamaron a sus hijos Washington y Jefferson. Seguro que estaban siempre en plan: «Hijo, es hora de que aprendas la Regla de Oro», y salidas en barco los fines de semana, escamar pescado, cosas así, no que te pregunten dónde consigues la hierba porque acaban de detener a su camello.

En fin.

No oigo sobre qué discuten, pero es una farsa. Wash intenta abrazar a Jeff, del rollo: «No pasa nada», y él como diciendo: «Sí que pasa». Yo estaría igual, supongo. Por último, Wash le hace una llave-abrazo a Jeff y aparto la mirada, porque a los chicos no les gusta que los vean mostrar sus sentimientos.

«Compartimentar.» Así es como lo llamó Wash. Pones tus sentimientos en un compartimento y la cabeza en otro. En aquel momento alcé la mirada desde su pecho, donde tenía apoyada la cabeza, y le dije: «¿Y el de tu corazón es muy grande?», y él me miró y guardó silencio. Ahí fue cuando supe que lo nuestro no sería un cuento de hadas.

Frank grita como un energúmeno: «¿Dónde están la lona y el cubo?». Porque tiene intención de guardar la sangre para hacer morcillas con las tripas, algo que dos años atrás me habría hecho potar y que ahora incluso me da más hambre.

¡Rrrrrraj!, suena el cuchillo de Frank bajando por el centro del estómago, y ¡flop!, mete la mano hasta el fondo del costillar, hace un corte y todas las entrañas del cerdo caen limpiamente a la lona, como si fuera una de las máquinas de Cerebro y no hubiera tenido más que quitar el seguro o algo así. «¡Recoged la sangre!», dice Frank, y todos los ayudantes se ponen a llenar los cubos. Yo decido irme a casa, no porque me sienta asqueada, sino porque tengo demasiada hambre.

Mi casa no está lejos, en el 25 de Washington Square North, un bonito edificio de cuatro plantas sin ascensor. Es una joya inmobiliaria, pero el mercado favorece la compra.

Somos solo unos doscientos aquí, en la Plaza. Prácticamente todo el mundo tiene su nidito guapo, excepto Cerebro, que vive en la biblioteca. Me refiero a que vive en la biblioteca Bobst literalmente.

Me gusta esta zona norte del parque. El apartamento no está lejos de mi posición como francotiradora y es luminoso. Seis habitaciones. Sí, he prosperado en la vida.

Lo he decorado en un estilo Fin del Mundo Ecléctico. Una silla Eames de los saqueos por aquí, una caja de botellas de leche por allá y un par de mueblecitos que salvé de las fogatas del invierno. Y no nos olvidemos de las trampas para ratas. ¿Sabíais que Yakitori es anagrama de «rata, aky»? Bueno, no exactamente. Pero pilláis la idea.

En la primera planta es donde reconozco a mis Impacientes. ¿No os había contado que soy la médico de la tribu? Pues sí. Mi madre era enfermera. Me llevaba a la sala de urgencias cuando no tenía quien cuidara de mí, y seguramente por eso puedo aguantar el variado repertorio de bultos, moretones y huesos salidos con que nos obsequia el Apocalipsis.

Examino la rodilla de Eddie Hendrix. La hinchazón ha bajado. En poco tiempo estará por ahí rondando otra vez, pero la extracción me informa de que ha perdido el ligamento anterior cruzado, así que la tibia seguirá saliéndosele de vez en cuando. Al menos eso es lo que dice mi viejo manual Merck. En otros tiempos podía arreglarse haciendo un injerto óseo de la rótula, incluso un aloinjerto de un cadáver. ¿Ahora? Como mucho un vendaje elástico. Le está bien empleado por jugar al aro fuera de los límites.

Duddie también mejora. No puedo asegurar que sea amigdalitis hasta que alguien ponga en marcha algún hospital, pero en el sesenta por ciento de nuestras gargantas cuelga un grupito de estreptococos esperando para salir. La idea era que se quedara aquí para que no infectara a nadie más. Y no tiene mal aspecto.

Cuando termino de jugar a los médicos voy arriba a leer un poco. Estoy trabajando en mi licenciatura sobre estructuras sociales preapocalípticas para la Universidad de Donna. Actualmente me pongo al día con la revista US Weekly de 2011.

El dormitorio es mi habitación favorita de la casa. Porque en él no hay ni un puto residuo del pasado. Muchas chicas empapelan las paredes de sus cuartos con fotografías de su familia, cosas que solían hacer: Disneylandia, ponis, amigos (¡yupi!), fiestas, todo eso. Genial, haceros pajas grupales con vuestros fantasmas. Supongo que es mejor que las habitaciones de algunos de los chicos, repletas de porno. ¿Queréis un buen consejo para vuestras relaciones, colegas? Nada mejor que un póster de una chica abierta de patas en la cama para que vuestra cita acabe justo antes de lo que queréis.

El anochecer se nos echa encima y llega la hora de encender las velas.

Algunos se quejan amargamente de la falta de electricidad, la escasez de comodidades modernas, electrodomésticos, duchas calientes, todo eso que solíamos dar por hecho.

Yo soy de esos.

Estoy harta de esta experiencia de camping urbano continuo. No pienso fingir que la luz de las velas es romántica, rollo: «Oh, me encanta leer con velas. En cierto modo es mucho MEJOR QUE ANTES. No valoras lo que tienes hasta que lo pierdes». VALE. LO PILLO. Quiero calefacción central. Quiero una tele. Quiero un secador. Denunciadme, si queréis.

Cuando la oscuridad acecha es como una muerte a cámara lenta. Como el Suceso, todas las noches.

Pero entra por la ventana un olor fantástico…

Cerdo.

Y ya estoy bajando la escalera y, en la puerta, les juro a mis Impacientes que les traeré platos. Prometo que les traeré ensalada de col, galletas artesanas, pasteles, toda clase de porquerías.

Vale, Washington Square iluminada por el fuego impresiona. Todas las antorchas de las farolas están encendidas. Salpican nuestras cuatro hectáreas de purgatorio y colorean de amarillo y rojo todo lo que está a su alrededor. Esa luz, bueno… puede que no ilumine mucho, pero respira oxígeno como nosotros mismos. Está viva.

Los senderos están señalados con balizas solares para jardín de Target. Como iluminación son un pufo, pero al menos no tropiezas con los frutos del ayocote. Y me cuelo, saltándome la cola hasta llegar al centro de la plaza con mi cuenco de perro. Ya hay gente yendo hacia los puestos de vigilancia con comida para los francotiradores. Todos los demás forman una línea ordenada y ahí, ensartado en una barra para hacer flexiones y asándose en un banco de pesas reutilizado que Cerebro habrá sacado de alguna parte, girado a mano sobre un fuego hecho con sillas de la biblioteca, está el cerdito.

Todos hemos leído El señor de las moscas, ¿cuándo, en sexto? Por eso sabemos que si no cocinas bien el cerdo enfermas.

Frank arroja un buen trozo de la panza en una bandeja: «Cubridlo de sal», dice. He visto el futuro y se llama «Beicon».

Hay un montón de sillas y sofás en la Plaza. Cuando llueve se pone todo mohoso, pero ahora están secas y son cómodas. Puedes recostarte y contemplar las estrellas. Cuando el viento sopla en la dirección adecuada y disipa el humo de las fogatas del norte de la ciudad, se ven como si estuvieras en el campo. Contemplar esas estrellas que pasan completamente de ti.

Suena una guitarra. Por suerte es Jack Toomey y no Jo, que siempre toca canciones de los Beatles. También hay algunas cervezas agenciadas de cualquier parte. Como los mayores no están, pues ya ves. Otros chicos fuman hierba en las terrazas. Ahí arriba crece como si fuera, bueno, como si fuera hierba. Wash prohibió las drogas duras y los licores fuertes, lo cual tiene su sentido. Si no estás alerta pueden asaltarte y rebanarte el pescuezo.

Cerebro nos presta un poco de su preciosa gasolina para uno de sus preciosos generadores. Él los llama sus Jennies. Le pusimos un nombre a cada uno: Jenny Jones, Jenny Craig, J-Lo, Jenny Agutter, una que salía en una película australiana que a Jeff le molaba. Así que esta noche Jenny Honda Garth nos permite ver una película en Blu-Ray proyectada sobre una sábana tensada entre dos árboles.

Es la favorita de la tribu, Star Wars. Episodio IV: Una nueva esperanza. Algo que confunde, porque en realidad es el primer episodio, pero bueno.

La mayoría de las chicas no entienden Star Wars, o lo único que saben es que en Halloween quieren disfrazarse de Princesa Leia, cuando se la ve tope buenorra con el bikini dorado. Yo de pequeña quería ser Han Solo. El pavo era un rompeculos de la hostia. Y además narcotraficante. Vamos, que los compartimentos ocultos del Halcón Milenario no eran para guardar espadas láser piratas.

Le pregunto a Jefferson quién le gustaría ser y dice: «Luke, por supuesto». Por supuesto.

Yo: Pues a mí me pareces más del tipo C-3PO.

Se sonroja.

Jefferson y yo llevamos desde la guardería embarcados en una guerra de trincheras amistosa. Me río de él por ser tan correcto. Es como El Hombre que lo Sabía Todo. Él me mete caña por decir tantos tacos y soltar «rollo» todo el tiempo.

¿Y eso? La cuestión es esta. Todo el mundo piensa que «rollo» es una palabra basura, calorías inservibles o algo así. Pero mi teoría es que su mala fama es injusta.

Fijaos en las metáforas y los símiles, si no. Son como los niños mimados de la lengua. No se puede escribir poesía sin ellos. ¿Y qué es una metáfora? Una metáfora es simplemente decir que una cosa es del mismo palo que otra. De hecho, se puede decir que quien habla siempre hace comparaciones. Esto es bueno, esto es malo, sujeto-verbo-predicado. Por eso es tan útil una palabra como «rollo». Significa que lo que dices no es así exactamente. Es solo una aproximación. Es un modo de comparación lingüísticamente humilde. Es un reconocimiento de que el mundo no es blanco o negro y de que solo podemos comprender a los otros aproximadamente. ¿Sabes lo que te digo?

En cualquier caso, Cerebro dice que le gustaría ser R2-D2. Y sí. ¿Un robot al que solo entiende C-3PO? Pues sí.

Jefferson: De hecho, yo opino que R2-D2 es el verdadero héroe de la película.

Yo: ¿Y eso?

Jefferson: Bueno, es él quien transporta los planos de la Estrella de la Muerte, ¿sí? Es él quien se lanza desde la burladora de bloqueos rebelde, y después es él quien se asegura de que Luke lo compre, se escapa y encuentra a Obi-Wan. Él repara el hiperimpulsor. Al final, Darth Vader le dispara, pero aun así sobrevive. En serio, es el personaje más conseguido de toda la historia.

Yo: Eres tope Trespeó.

Por algún motivo Jefferson no deja de chistar y suspirar en toda la película y, cuando el tipo verde intenta disparar a Han Solo en el bar, lanza una piedra a la pantalla. La lejana galaxia se llena de ondas. Mejor no pregunto.

Por no hacer eso, mi mente viaja a un lugar al que no quiero que vaya. Como un drogadicto que necesita su dosis.

Dos años atrás. Acaba de surgir la Enfermedad.

Mamá ha estado trabajando a destajo en el hospital, intentando atajar el flujo de pacientes. Pero ahora es Charlie quien la ha cogido y se ha quedado en casa. Apenas puede cuidar de sí misma. Ella también la tiene. Parece como si todos los adultos de la ciudad la tuvieran. La tele está siempre encendida, chismorreando en el salón como un lunático. Informa de que la Enfermedad se ha extendido a lo largo de Estados Unidos y que se ha declarado el primer caso en Europa.

Mamá está vomitando por ahí. La fiebre de Charlie es increíblemente alta.

—¿Voy a morir? —me pregunta Charlie al borde de las lágrimas.

—No, cariño. No vas a morir. —Acaricio su frente mientras le miento. No entiendo por qué él está enfermo y yo sigo viva e inmune—. ¿Quieres más agua?

—No —dice con su tono apocado—. Quiero que te acurruques conmigo. ¿Te acurrucas conmigo hasta que me sienta mejor? —Afirmo con la cabeza y derramo más lágrimas. Me tumbo en su cama y lo abrazo—. Me da miedo dormirme. Tengo miedo de no volver a despertar.

Lo mismo me pasa a mí. Pero digo:

—Te pondrás bien, cariño. Te recuperarás. Ahora duerme. Descansa un poco.

Y me aferro a él en su último sueño.

cap-3

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