1
Domingo, 8 de septiembre de 2019
Maitane se ve guapa pero cansada. Un poco de sombra de ojos y carmín en los labios le ayudará a tener una apariencia más segura de sí misma. Esa mirada temerosa no es la de alguien que está a punto de hacer algo que lleva meses planeando. ¿Y esas ojeras que gritan a los cuatro vientos que no ha sido capaz de dormir? Los nervios la están traicionando. No puede permitirlo, es un día demasiado importante. Apoya las manos en el lavabo y llena conscientemente los pulmones. Tiene que calmarse, así no puede ir a ningún sitio.
Olvida por un momento el espejo y se centra en la ropa. A este paso no llegará a tiempo. La camisa blanca no se ve tan planchada como le gustaría. Tampoco pasa nada, la chaqueta la cubrirá casi por completo. Los dedos de la joven no aciertan a abrochar los botones a la primera.
—Cálmate, tía —se reprocha en un susurro.
Un momento… Le ha parecido oír algo ahí fuera. Contiene la respiración y aguarda unos instantes sin permitirse el más mínimo movimiento.
Falsa alarma.
Una última mirada al espejo.
—Así mejor —se dice forzando una sonrisa. Falta alegría en sus ojos, está asustada, pero se repite a sí misma que lo que va a hacer esa mañana es lo más importante que ha hecho en sus dieciocho años de vida. Ni un paso atrás. Ella es valiente y nadie va a detenerla.
Sin apenas hacer ruido, abandona el cuarto de baño y se dirige a su dormitorio. No enciende la luz, lo conoce de sobra para manejarse a oscuras. Su mano no duda al abrir el armario. Tampoco al sentir el frío metálico de la escopeta que se cuelga del hombro.
Ahora sí. Está lista. Ha llegado el momento.
La mirada de Maitane recorre la plaza de Armas. Las contraventanas de colores dan una pincelada de alegría a un lugar dominado por la mole pétrea del castillo de Carlos V. Hay gente en los balcones. Casi todos miran a la plaza, aunque algunos pierden la vista más allá, en la desembocadura del Bidasoa y los barcos mecidos por la corriente. Es una panorámica hermosa, la más hermosa, defendería la joven, pero esa mañana no tiene tiempo de deleitarse con ella.
No, ese ocho de septiembre no es un día para la contemplación. No para Maitane ni tampoco para los cientos de hombres y mujeres que desafían a la barbarie que algunos se empeñan en disfrazar de tradición.
—¿Qué tal? ¿Estás bien? —le pregunta la mujer que tiene a su lado.
Maitane asiente mientras intenta vencer su nerviosismo. Está feliz. Siente que está haciendo historia, que junto a esa mujer que se preocupa por ella y todos aquellos que abarrotan la plaza va a lograr cambiar las cosas.
—Todas nos hemos emocionado al llegar aquí por primera vez. Has sido muy valiente al dar este paso —celebra su compañera de desfile. Después le hace un gesto para que levante la escopeta.
Largas hileras de armas se alzan hacia un cielo que llora levemente.
El silencio se palpa. Solo una gaviota que vuela lejos se atreve a plantarle cara.
Llega la señal.
El dedo de la joven se tensa.
¡Pum!
El olor de la pólvora se mezcla con la humedad, el estruendo de decenas de disparos al unísono despierta la mañana. Ya no es una gaviota la que protesta, son muchas. Se han lanzado al vuelo desde los aleros de las casas. La brisa que llega del mar barre rápidamente el humo. El sol quiere despuntar por el oeste, aunque apenas logra bañar de oro las nubes bajas que ocultan las primeras cumbres de los Pirineos. Tal vez allí también esté lloviendo.
Maitane está exultante ahora, orgullosa de sí misma. Si quiere cambiar el mundo, no puede quedarse en casa lamentándose.
Una gota corre por su mejilla. Y después otra, y otra más. Es el sirimiri que se acumula en su txapela roja. ¿O son lágrimas de emoción?
El arma cuelga de nuevo de su hombro derecho. Los parches, redobles y txilibitos, la flauta de seis agujeros típica de la zona, comienzan a interpretar marchas militares. Lo harán durante el resto de la jornada. El día grande de Hondarribia, el pueblo en el que nació y que sueña con transformar, acaba de comenzar.
—Si las jóvenes os sumáis, ganaremos esta batalla. Gracias por venir —le dice la vecina de desfile.
—No hay de qué. Es mi obligación. Todos deberíamos estar aquí.
—Ya ves que muchas han preferido quedarse al otro lado —insiste la mujer.
Maitane lo sabe. Algunas de ellas han sido sus amigas hasta hace poco.
Un tímido toque de corneta ordena reemprender el paso. El nudo en la garganta, ese que lleva días impidiendo que duerma por las noches, se hace más intenso. Pero la razón está de su parte. Está haciendo lo correcto. A sus dieciocho años ha llegado el momento de plantar cara a los intolerantes y demostrarles que sus gritos e insultos no van a amedrentarla.
La cabecera del desfile desciende ya por la calle Mayor. Maitane cierra los ojos y suspira. El nudo, el maldito nudo que le impide tragar saliva, le suplica que no baje, que se dé la vuelta y se marche a casa. Con los insultos que ha soportado durante la subida a la plaza de Armas ha sido suficiente. Sin embargo, ordena a sus pies que sigan adelante y a su mente que no la traicione justo ahora. Los adoquines intentan zancadillearla. No lo lograrán. Ni ellos ni todos aquellos que tratan de hacerlo desde las aceras.
Sus silbatos emiten un ruido insoportable, destinado a acallar la música que brota de las flautas. El mundo se vuelve borroso para Maitane, sus ojos están llenos de lágrimas. Tal vez sea mejor así. ¿De qué sirve ver a amigas con las que lo has compartido todo insultándote y dedicándote gestos cargados de odio? ¿Quién las ha engañado para que estén de ese otro lado?
—¡No hemos venido a veros! —grita alguien del público.
Decenas de voces se unen. No han venido a verla. Ni a Maitane ni a los ochocientos hombres y mujeres que se enfrentan al fanatismo. Ellos solo quieren ver a los cinco mil hombres que desfilarán a continuación en una celebración que excluye a la mujer.
Algunos aplausos tratan de enmascarar los insultos en vano. En esta parte del recorrido los silbatos y las palabras que hieren son mayoría abrumadora.
Maitane negocia consigo misma unos metros más, unos minutos más. Si no se rinde, lo habrá conseguido: ser adulta, tomar sus decisiones, luchar por las cosas en las que cree.
—¡Fuera! ¡No hemos venido a veros! —insisten demasiadas voces.
—¡Fuera del pueblo, lesbianas!
Sabe que son multitud, aunque no puede distinguir sus rostros porque se ocultan tras unas hirientes paredes de plástico negro que alzan al paso del desfile para que nadie pueda verlo. En las fotografías de los periódicos comprobará que muchas son mujeres y que algunas llevan máscaras para que no se las reconozca. Pero no hace falta, Maitane las conoce de la escuela, de los bares… Son sus vecinas de toda la vida. Duele tanto verlas ahí, duele sentir su rabia, duele que no comprendan que lo hacen por ellas; por ellas y por todas las demás.
La puerta de Santa María, el arco de piedra que custodia el final de la calle Mayor, está ya cerca. Pronto habrá pasado todo.
—¡Fuera! ¡Fuera!
—¡Marimachos!
Los plásticos negros son ahora más altos, más humillantes. Los silbatos, estridentes y desafinados, ganan la partida a los txilibitos.
Maitane siente que el puño que estruja su garganta se vuelve insoportable. Está mareada, sobrepasada, le cuesta respirar. Mira la muralla. Quiere alcanzarla cuanto antes y que esta asfixiante pesadilla termine de una vez por todas.
—Estamos haciendo historia —se repite una vez más entre dientes.
El arco está ahí mismo. Solo unos pasos más y lo habrá logrado. Hoy podrá volver contenta a casa, satisfecha con lo que ha hecho. Sin embargo, a medida que se acerca, los gritos arrecian, se siente aturdida y tiene los tímpanos a punto de estallar. Ya no entiende lo que dicen, ni siquiera sus compañeras, que también parecen gritar a este lado de los plásticos. Según se aproxima al final de la calle, la gente se agolpa a su alrededor, la empujan. Siente que sus pies no tocan el suelo, baja la mirada para encontrarlo. Alguien la zarandea, le pregunta si está bien. La felicidad se ha desvanecido. La valentía también. Las piernas ya no la sostienen. Toma aire pero sus pulmones no responden.
¿De dónde ha salido toda esa sangre que empapa su camisa blanca?
El terror la paraliza por completo. Todo a su alrededor son rostros que no conoce, bocas que le dicen cosas que no entiende, manos que recorren con brusquedad su cuerpo. El miedo y la preocupación impregnan las miradas. Nota que le desabotonan la chaqueta, que le palpan el abdomen y Maitane quiere gritar, pero la voz no le sale.
De pronto deja de sentir el suelo bajo sus pies, le parece que flota, que el cielo se mueve sobre su cabeza. Después todo cesa de golpe. El mundo entero se vuelve negro. El ruido, por fin, ha desaparecido.
2
Domingo, 8 de septiembre de 2019
Ane Cestero se siente furiosa. Furiosa e impotente. El próximo año hará como su jefe, Madrazo, y se cogerá vacaciones. Así estará lo más lejos posible de este espectáculo bochornoso.
La puerta de Santa María ha quedado atrás y con ella lo ha hecho la calle Mayor. Sin embargo, los abucheos y los pitos le alcanzan como si todavía se encontrara en ella. De buena gana volvería atrás con la porra en la mano y se liaría a palos con aquellos que sostienen los plásticos que impiden ver el desfile. Lástima de la tibieza de los mandos de la Ertzaintza a la hora de impedir las protestas.
—Hijos de puta —musita para sí misma.
Las primeras filas del Alarde han atravesado la muralla. En los rostros de las mujeres y los hombres que las componen se adivina una extraña mezcla de emociones: alivio por dejar atrás la zona más complicada, tristeza y rabia por lo que acaban de vivir, felicidad por haber resistido un año más…
Cestero traga saliva al ver llorar desconsolada a una chica de la primera fila. Será su primera vez. Por mucho que alguien lo haya visto en televisión o le hayan contado lo que tendrá que soportar, es imposible imaginar la situación. Es el tercer año que la suboficial abre la marcha para cerciorarse de que la compañía mixta puede desfilar sin mayor riesgo que el desprecio. Le gustaría que fuese el último. No es el cometido habitual de una policía destinada a las unidades de investigación, pero el Alarde de Hondarribia requiere movilizar a todos los agentes disponibles. Aunque las agresiones de los primeros años hayan cedido el testigo a los plásticos negros que condenan a la invisibilidad a quienes se atreven a desafiar a los fanáticos, la presencia policial resulta imprescindible. Con tantas emociones a flor de piel el desastre podría desencadenarse en cualquier momento.
—Calle Mayor superada —anuncia presionando el botón de la radio.
—Recibido. Normalidad en todos los puntos —le contestan desde el centro de mando del operativo.
Cestero vuelve a acercarse el aparato a la boca. ¿Normalidad? ¿A qué narices le llaman «normalidad»? Sus dedos se frenan segundos antes de activar la comunicación. Tiene que manejar su ira. Sus compañeros no tienen la culpa. Los responsables de todo son los de arriba. Los de arriba y los políticos, claro. Es mucho más fácil condenar levemente lo que sucede y no actuar, no vaya a ser que se pierdan un puñado de votos en la comarca.
—Cerdos… —masculla reemprendiendo la marcha.
Son ya muchas las filas de mujeres y hombres uniformados que han dejado atrás el casco antiguo. Todo discurre según lo esperado. A partir de aquí será más fácil. En el exterior de las murallas no acostumbran a producirse incidentes, y menos aún en las campas del santuario de Guadalupe, colgadas entre la villa marinera y el Cantábrico.
—¡Ánimo, chicas! —grita un hombre de barba cana alzando el puño en un gesto de fuerza.
Varias personas se suman con aplausos de apoyo. Es la otra cara de la moneda, presente también en la calle Mayor, aunque la brutalidad de los insultos oculte sus voces.
Cestero reprime las ganas de unirse a los ánimos. Es una agente del orden, está de servicio y tiene que proteger a todos, también a los que agreden.
Apenas se ha alejado unos metros cuando se detiene en seco. Algo no va bien ahí atrás. La puerta de Santa María ya no vomita filas ordenadas, sino una auténtica estampida. Ya no hay abucheos ni pitos, ahora los gritos que llegan del casco antiguo son de pánico.
—¡Mierda! —exclama antes de lanzar el mensaje a través de la radio—. Necesitamos refuerzos en la calle Mayor.
El aparato le devuelve una respuesta que Cestero ya no escucha entre el tumulto. Bastante tiene con correr contracorriente.
—¡Abran paso, policía!
Entre los gritos de horror de quienes logran abandonar la zona amurallada, se cuelan retazos de conversaciones nada tranquilizadoras que la ertzaina solo alcanza a oír en parte. Tampoco lo son las manchas de sangre que se ven en algunas ropas.
Cuando por fin logra cruzar la puerta de Santa María la estampida ha cesado. Quienes huían ya lo han hecho. Solo quedan en la calle Mayor los curiosos y quienes tratan de ayudar.
El lugar que Cestero encuentra ante sí nada tiene que ver con el que acaba de dejar atrás hace apenas dos minutos. Los carteles con mensajes de odio yacen abandonados, igual que las interminables barreras de plástico. ¿Dónde están los valientes que las sujetaban? Solo queda el caos que sigue a la batalla: personas desorientadas, miradas perdidas y un reguero de sangre que corre calle abajo. Es un escenario de guerra.
La ertzaina desenfunda su arma y se acerca al grupo más numeroso.
—¡Atrás, soy policía! —ordena tratando de apartar a los curiosos.
Un hombre que viste el uniforme del desfile mixto se vuelve hacia ella y la toma por los hombros. Tiene la mirada completamente enloquecida.
—¡Esos hijos de puta la han matado! —exclama mientras la zarandea.
Cestero lo aparta de un empujón y se abalanza sobre una de las dos mujeres tendidas en el suelo. A pesar de que el charco de sangre que la rodea no deja lugar a la esperanza, los dedos de la ertzaina buscan pulso en su cuello. Su piel aún desprende calor, pero no hay señal alguna de vida.
—¡Está muerta! —oye a su espalda.
—Le han clavado esto —anuncia una joven mostrándole un cuchillo.
La ertzaina le coge el antebrazo para obligarla a dejarlo en el suelo.
—No toquéis nada, ¿entendido? Estáis contaminando las pruebas. Atrás, venga. Apartaos —ordena antes de dirigirse a los agentes que acaban de llegar. Con sus cascos rojos de antidisturbios y sus porras en la mano resultan imponentes—. Hay que establecer un cordón policial. Que nadie salga de la calle.
Lo dice casi mecánicamente. Sabe que es tarde y que quien haya cometido esa locura habrá huido aprovechando la confusión de los primeros momentos.
—¡Ya llega la ambulancia! —exclama alguien.
Cestero se vuelve hacia la víctima. Esos labios abiertos en un grito congelado por la muerte la hacen estremecerse. El rojo del carmín de su boca contrasta con la blancura de su rostro.
—La han matado. Están locos —solloza uno de los hombres que recula, empujado por los ertzainas que abren paso a los sanitarios.
—¡Asesinos! —clama una mujer con la voz desgarrada.
—¡Asesinos! —le siguen otros muchos.
La indignación se apodera también de Cestero. Por primera vez en la larga historia del Alarde, los fanáticos han vencido.
3
Domingo, 8 de septiembre de 2019
El cielo gris plomizo no ha desanimado a los miles de personas que tiñen de colores la bahía de La Concha. Tampoco la lluvia fina que cae desde primera hora ha dejado en casa a ninguno de los aficionados al remo llegados desde todos los rincones del Cantábrico. Las charangas y la sidra se ocupan de que no decaiga el ánimo. Como cada año, con la llegada de septiembre, las mejores traineras compiten por la bandera de La Concha en la prueba más esperada del calendario remero.
Aitor Goenaga no recordaba un domingo de regatas tan multitudinario. Los muelles se ven atestados, igual que los miradores que brindan los baluartes del monte Urgull.
De no haber contado con el pequeño bote de remos no hubiera podido ir a ver competir a Leire. Por lo menos no con Sara. Esos muelles tan abarrotados no parecen el mejor lugar para una niña de tres años y medio. El mar, en cambio, ofrece un apostadero más sosegado, a pesar de que decenas de embarcaciones de todos los tipos y tamaños asisten como público a la regata.
—Yo también quiero remar —protesta la pequeña tratando de arrebatarle uno de los remos.
Aitor señala hacia el muelle. En la estrecha abertura junto al edificio de la Cruz Roja del Mar, una mujer agita la mano para llamar su atención. Es Leire Altuna, su pareja. Tras cuatro años en el dique seco ha regresado por fin a la competición. Está sonriendo, y no es poco después de que su trainera haya llegado en cuarta posición cuando era la favorita en todas las apuestas.
—Mira, la ama nos está esperando. Tendremos que darnos prisa. Será mejor si tú me ayudas del mismo modo que hace Sandra con ellas.
A la pequeña le gusta la idea. Siempre que ve entrenar a su madre dice que de mayor quiere ser como la patrona que dirige su trainera.
—¿Aquí? —pregunta una vez que se coloca en la popa—. Pero me falta el palo —apunta refiriéndose al timón.
—No importa. Tú no lo necesitas.
Sara frunce el ceño. No parece muy convencida. Sin embargo, al ver que Aitor comienza a remar se le olvida y empieza a imitar a las patronas.
—Arraun, arraun… Bat, bi…
El ertzaina se ríe para sus adentros. Si deja que se le escape la risa, la pequeña se enfadará.
Leire salta al bote en cuanto se detienen junto a la escalera.
—¡Lo habéis hecho muy bien! —exclama Aitor en un intento de animarla. Sabe que, pese a su sonrisa, su pareja estará enfadada consigo misma.
—Amatxo! —exclama Sara abrazándose a las piernas de su madre.
—Las de Orio lo han hecho mejor. ¿Habéis podido vernos bien? Hay tantos barcos… —comenta Leire señalando las decenas de embarcaciones de todo tipo que se alinean a ambos lados del campo de regateo.
La pequeña asiente.
—Pero había un montón de olas… Aita ha pasado un poco de miedo —asegura sacudiendo la mano.
Aitor se echa a reír. Así que ha sido él quien ha pasado miedo…
—Mira, ya vuelven los chicos —anuncia el ertzaina señalando el helicóptero de la televisión autonómica, que se ha adentrado en mar abierto siguiendo las traineras de los hombres, igual que ha hecho antes con la regata femenina.
—¡Ya vienen! —exclama Sara—. Ama, ¿quién va a ganar?
Leire le remueve el pelo.
—Hasta que no lleguen no lo sabremos.
—Hondarribia va delante —les llega desde un velero cercano. Es un tipo que está subido al mástil y mira por unos prismáticos—. Orio también va ahí. ¡Madre mía, están muy igualados!
Lo que al principio era un murmullo lejano va tornándose en griterío y bocinazos de ánimo conforme las cuatro traineras finalistas acceden a la bahía. En las laderas de Urgull y la isla de Santa Clara, las aficiones de las dos tripulaciones que van en cabeza enloquecen. Verde y amarillo, amarillo y verde, todo se reduce a eso en estos últimos compases.
Y de pronto se acaba. Las boyas que marcan la meta hablan claro y dan a los verdes una victoria contundente.
La megafonía, que apenas se oye entre la algarabía y el rotor del helicóptero, anuncia lo que todos han podido comprobar con sus propios ojos: la Ama Guadalupekoa, la trainera verde de Hondarribia, se ha hecho con la bandera de La Concha por segundo año consecutivo.
—¿Y los tuyos, ama? —pregunta Sara echándose en los brazos de Leire.
—Los de Hibaika no participaban. Solo las chicas —aclara su madre antes de señalar la mochila de Aitor—. Está sonando tu teléfono.
El ertzaina deja los remos para contestar.
—Hola, Ane —saluda al reconocer la foto de Cestero en la pantalla.
—¿Te has enterado de lo de Hondarribia? —escupe el auricular sin ceremonia alguna.
—Sí, han ganado. Lo he visto en directo. Leire no ha tenido tanta suerte. —Aitor no entiende por qué Cestero le llama por algo así.
La suboficial no tarda en aclarárselo:
—Aitor, estoy en el Alarde. Ha habido un asesinato.
El ertzaina dirige la mirada hacia los muelles. Se han convertido en una marea verde. Aitor no sabe de dónde han salido de repente tantos seguidores de la Ama Guadalupekoa, pero son cientos los que celebran ya el triunfo histórico de sus remeros.
—¿Quién? ¿Dónde? —pregunta titubeando.
Cestero no le da más explicaciones. Solo una orden que llega contundente a pesar de los cánticos triunfales de los vecinos de Hondarribia que inundan la bahía donostiarra:
—Ven cuanto antes. La Unidad Especial de Homicidios de Impacto se pone de nuevo en marcha.
4
Domingo, 8 de septiembre de 2019
Las gotas se desprenden del alero del cobertizo y van a parar al suelo de tierra. Un arroyo efímero arrastra el salvado de trigo que las hormigas han amontonado pacientemente junto al hormiguero.
A lo lejos, tras las ondulaciones del paisaje, asoma el campanario de una iglesia que hace unos minutos llamaba a misa. Los rayos ya no caen cerca. Lo hacen tras los molinos del parque eólico que cierra la panorámica.
—¿Qué, no para? —pregunta el paisano asomándose desde el interior del corral.
Es un hombre de edad incalculable. Mayor, eso seguro, pero Madrazo trata en vano de decidir si solo mayor o muy mayor. La tez curtida por las horas de sol y las profundas arrugas contrastan con la agilidad de sus movimientos. La boina, calada hasta media frente y ajada por años de intemperie, lo envejece. En su mano derecha sostiene un apero tan cubierto de polvo que el oficial de la Ertzaintza es incapaz de identificar.
Madrazo se encoge de hombros.
—No parece que quiera parar, no —responde, resignado.
El pastor, porque es un pastor jubilado, según sabrá el ertzaina antes de que la tormenta le permita continuar su camino, escruta el cielo y asiente sin dudarlo.
—Claro que para. En cinco minutos podrá usted continuar —lo anuncia mirándolo fijamente con esos ojos limpios, serenos, de hombre de campo.
El rayo que surca el cielo y el trueno que le sigue hacen dudar al policía.
—Cinco minutos —insiste el pastor ante su mueca de desconfianza—. ¿Hasta dónde va?
Madrazo apenas lleva un par de días en el Camino de Santiago, pero es suficiente para saber que la pregunta se limita a la jornada en curso, la etapa. El destino final se entiende común para todos: Compostela.
—Un poco más allá —responde el ertzaina.
Su mirada recala en la iglesia que delata el siguiente pueblo. Junto a ella, una línea de chopos traza un corte en el paisaje: un río. ¿Cuánto faltará para alcanzarlo? ¿Una hora? Tal vez más, la inmensidad de las llanuras castellanas engaña. Mira el reloj. Todavía es pronto. Sí, seguirá más allá. Si la lluvia lo permite, claro.
—Van todos demasiado rápido. No tienen tiempo de disfrutar de nada —le reprocha el paisano—. ¿Seguro que no quiere pasar? Se mojará aquí fuera.
—No, gracias. Estoy bien. De verdad.
El pastor vuelve a perderse en el cobertizo. Es una construcción sencilla, de muros de adobe y cubierta de chapa.
La lluvia no cede, aunque aún faltan algunos minutos para que la profecía del anciano caduque. Madrazo cierra los ojos y respira hondo. Huele a tierra mojada y a aceites esenciales de plantas aromáticas, a paja seca y cielo limpio. Huele a libertad. Él, sin embargo, no se siente libre.
Su espalda y sus manos se apoyan en la pared rugosa. Algunos diminutos pedacitos de barro se desprenden bajo las yemas de sus dedos y van a parar entre sus botas.
—Es muy bonita esta comarca —dice Madrazo atropelladamente. Necesita llenar el silencio, no quiere pensar.
La respuesta del pastor llega desde el interior.
—Todos dicen lo mismo, pero todos pasan de largo. Aquí nadie se queda. Es demasiado duro. Solo resistimos un puñado de viejos tozudos. Mi hija siempre quiere llevarme con ella a Madrid. Le da miedo que esté aquí solo… ¿Y si me pasara algo estando ella tan lejos? —Un suspiro se cuela entre sus palabras—. Como si en la ciudad fuera a estar más cuidado que aquí… Allí cada uno va a lo suyo. Yo nací en esta tierra y en ella pienso morir.
Madrazo apenas le escucha. Su móvil está vibrando en la mochila. Será Cestero de nuevo. Lo sucedido en Hondarribia es terrible. El fanatismo ha ido esta vez demasiado lejos.
—Hola, Ane —saluda con la amarga certeza de que esa conversación acabará mal.
—¿Vas a regresar? —vomita el auricular.
—No puedo, estas vacaciones son importantes para mí. Además, no me necesitas. Cuando decidí que fueras tú quien dirigiera la Unidad Especial de Homicidios de Impacto sabía que escogía a la mejor. Yo solo me ocupo de papeleos y burocracias.
—Por supuesto que te necesitamos. No solo yo, sino todo el equipo que tú mismo creaste. Hondarribia está en shock, se está llenando de periodistas atraídos por el morbo de mostrar un pueblo al borde de una guerra civil. Esta no va a ser una investigación cualquiera, la presión va a ser enorme.
—Lo sé, y podrás con ello. Ane, respeta mi descanso…
—No puedo creer lo que estoy oyendo —le interrumpe Cestero—. ¿Qué puede ser más importante que el salvaje asesinato de una mujer en las fiestas de su pueblo?
El oficial suspira. Sabía que su viaje no iba a ser fácil de explicar a quienes mejor le conocen.
—Ya he hablado con los de arriba y les he dicho lo mismo que a ti —apunta secamente—. Mi lugar lo ocupará Andrés Izaguirre.
—¿Don Medallas? —espeta Cestero.
Madrazo comprende su indignación. Las virtudes del oficial Izaguirre tienen más que ver con contentar al poder político que con un desempeño brillante de la labor policial. Siempre de punta en blanco, siempre preparado para esa foto que le haga ganar puntos con los de arriba y colgarse alguna medalla en la pechera.
—Será bueno para ti. Andrés es un tipo muy bien relacionado. Si consigues no enfrentarte a él y resolver el caso, les demostrarás a todos por fin que estás al frente de la unidad por lo mucho que vales y no por la relación que mantuviste conmigo.
—No soporto a la gente como él —protesta Cestero—. Le habrás dicho que quiero que el cuarto integrante del grupo sea Raúl…
—Sí, Andrés ya lo sabe. Ah, y dile a Julia que puede quedarse en mi casa. Así no tendrá que ir y venir cada día desde Urdaibai. ¿Todavía tienes llaves?
—Ya sabes que no.
Madrazo observa los aros concéntricos que forman en un charco las gotas de lluvia. Crecen a medida que se alejan en busca de otros iguales, con los que se funden hasta convertir en un caos la lámina de agua.
—Hablaré con Didier, el vecino de arriba. Él tiene una copia —anuncia el oficial.
Las campanas vuelven a llamar a misa en la distancia.
—Avisaré a Julia —responde Cestero impaciente por terminar la conversación.
La comunicación se corta sin dar tiempo a Madrazo a despedirse.
—Ya ha parado —anuncia el pastor volviendo al exterior. Lo dice sin orgullo, sin celebrar haber acertado en su pronóstico. En la comisura de sus labios ha aparecido un cigarrillo. Tiende hacia el ertzaina un paquete de Ducados en el que no quedan más que dos o tres pitillos—. ¿Fuma?
Madrazo rechaza la invitación con un gesto de la mano. Después alza la mirada hacia el cielo. La lluvia ha dejado de caer y las gotas que se desprenden de la cubierta se van espaciando en el tiempo. Es hora de continuar. Ni siquiera sabe cómo se llama el pueblo de la iglesia, ni tampoco le importa, pero quiere llegar hasta él. Llegar y pasar de largo. Su destino es otro y todavía no está cerca.
5
Domingo, 8 de septiembre de 2019
Los pasillos del hospital del Bidasoa guardan silencio. El domingo se hace notar, la tensión por lo ocurrido hace unas horas, también. Hay tres mujeres en el control de enfermería de la segunda planta, todas con sus batas azules o rosa. Se mueven entre cajones, preparan viales… Cestero las oye comentar que algo así se veía venir, que todos han mirado demasiado tiempo hacia otro lado…
—Buenas tardes. Estoy buscando a Maitane, la chica a la que han traído por un traumatismo en el Alarde.
La enfermera al mando sacude la cabeza.
—No podemos facilitar información sobre pacientes.
Cestero le muestra su placa.
—Soy la suboficial al cargo de la investigación del crimen de esta mañana.
La mujer observa la foto que se incluye en su identificación policial y levanta la mirada. Durante unos segundos estudia a la ertzaina, deteniéndose especialmente en el tatuaje de su cuello. Se trata de una representación de la diosa Mari y de Sugaar, la culebra macho que la mitología vasca empareja con ella. Por el rictus de la enfermera es evidente que no aprueba su aspecto, pero señala el pasillo de la derecha.
—Se encuentra en la doscientos siete. Necesita calma, por favor, no la importune más de lo estrictamente necesario.
—Descuide —responde Cestero antes de darle las gracias y alejarse de allí.
Sus nudillos llaman a la puerta de la habitación segundos después. Se oye gente al otro lado. Una de las voces se acerca a abrirle la puerta. Es un hombre de mediana edad, vestido con un polo verde y pantalones pardos. Tras él se ve a una mujer de pelo corto y mejillas sonrosadas y a una muchacha de unos quince o dieciséis años que viste un top que deja su ombligo a la vista. La ertzaina sabrá enseguida que se trata de la familia de Maitane: sus padres y su hermana.
Cestero se presenta. Tiene algunas preguntas que hacer a esa joven que la observa con expresión asustada desde la silla donde merienda un vaso de leche con galletas.
La madre asiente antes de volverse hacia su hija.
—Ya ves lo que has conseguido. No va a quedar nadie sin enterarse de que salías en ese maldito desfile.
—¿Cómo estás? —inquiere Cestero obviando las palabras de la mujer.
La joven se encoge de hombros. Su mirada está fija en la leche. La bata blanca de lunares azules y membrete de Osakidetza le queda grande, la hace parecer más desvalida.
—Mal. ¿Cómo va a estar? Arrepentida, ¿no? —interviene su madre. Maitane asiente con un leve gesto—. Si es que esta niña es tonta… Llevamos semanas pidiéndole que se dejase de jaleos, pero ella tenía que hacer lo que le diera la gana, claro… A los dieciocho años nos creemos muy fuertes, nos vamos a comer el mundo, vamos a cambiarlo. ¡Ja! Mira ahora… Se ha complicado la vida, nos la ha complicado a toda la familia.
Cestero se muerde la lengua y vuelve su atención a Maitane, que aún no ha abierto la boca.
—¿Qué recuerdas de lo sucedido?
Maitane la observa a través de esas gafas redondas que refuerzan su aspecto infantil.
—Nada. ¿Qué va a recordar? —interviene su madre—. Menuda inconsciente. Y ahora seguro que perdemos un montón de clientes. Todos esos que boicotean el Alarde Mixto dejarán de comprar en nuestra pescadería. No seríamos los primeros que se ven obligados a cerrar su negocio por culpa de esta fiesta.
—Ha sido una locura —añade su marido—. Una tontería así nos va a marcar de por vida, que luego el año es muy largo y la intolerancia muy dolorosa.
Cestero busca socorro en la única hermana de Maitane.
—¿Tú no desfilas?
La muchacha niega con expresión alarmada.
—Ni loca. Yo paso de ese rollo.
—Esta viene más lista —apunta su madre.
La suboficial no puede más.
—Muchas gracias por las explicaciones, pero necesito quedarme a solas con Maitane —dice mientras señala hacia la puerta.
—¿Para qué? ¿Hay algo que no podamos escuchar? Somos su familia —objeta la madre.
—Y yo soy policía e investigo un asesinato. Abandonen la habitación, por favor —ordena en un tono que no admite réplica.
La mujer obedece, aunque protesta entre dientes. Su marido y la hija menor la siguen al exterior.
Cestero cierra la puerta y respira hondo para calmarse.
—¿Qué recuerdas? —pregunta de nuevo.
Maitane sacude la cabeza. La coleta en la que recoge su melena castaña barre el respaldo de la silla.
—Nada. Solo ese sonido atronador de los silbatos y el agobio de caminar entre paredes negras que se agitaban a nuestro paso. Jamás he sentido tanto miedo.
Su mirada perdida en la bandeja resume su decepción.
—Hay testigos que te vieron hablar con Camila, la víctima mortal del ataque. ¿Qué recuerdas de esa conversación?
—¿Ella es la víctima? Fue muy amable conmigo. Me animaba, me pedía que no tuviera miedo, que fuera fuerte, insistía en que estábamos haciendo algo grande…
—¿Te pareció que estaba asustada?
Maitane dice que no con un gesto de tristeza.
—La única que estaba aterrorizada era yo. Sus palabras me ayudaron a aguantar. Era valiente, una buena mujer.
Cestero comprende que no hay nada extraño en lo que comenta. Solo se trata de una veterana animando a una muchacha que desfila por primera vez.
—¿Hubo algún movimiento extraño? ¿Algún ruido? ¿Algo que llamara tu atención?
—Todo era extraño. Un montón de gente odiándonos por desfilar.
—¿Cómo fue el momento del ataque? ¿Viste algo? Todo sucedió junto a ti.
Maitane entrecierra los ojos, trata de hacer memoria, pero termina negando con la cabeza.
—Mis recuerdos se pierden en la calle Mayor. El mundo a mi alrededor empezó a estrecharse, me faltaba el aire. Después vi toda esa sangre en mi ropa. Creía que me estaba muriendo… Y luego me desperté en la ambulancia. —La joven se lleva las manos a la cara y sus labios se aprietan para formar un puchero infantil—. Tendría que haber hecho caso a mis padres. ¿Qué he ganado con todo esto? He vivido el peor día de mi vida, he perdido amigas, lo he estropeado todo.
Sus lágrimas irritan a Cestero. Desde el exterior de la habitación le llega la voz de la madre, que continúa con sus argumentos para quien esté dispuesto a escucharlos.
—Creo que he terminado. Si recuerdas algo, llámame —indica Cestero mientras el teléfono vibra en el bolsillo de su cazadora tejana. Antes de ir hacia la puerta, apoya una mano en el hombro de Maitane—. No soy nadie para dar consejos, pero nunca permitas, por mucho que digan que es por tu bien o que se dirijan a ti con la mejor de las sonrisas, que te hagan sumisa. Jamás te arrepientas de hacer lo que piensas ni de defender aquello en lo que crees.
Maitane asiente mientras trata tímidamente de mantenerle la mirada.
—Confío en volver a verte desfilando el año que viene —remata Cestero antes de tirar de la manilla y abandonar la habitación.
La mirada furiosa de la madre la persigue mientras se aleja en busca de un lugar donde poder responder a la llamada. Es de un móvil que no conoce, aunque sospecha quién puede ser su propietario.
—Cestero —se presenta tras pulsar la tecla verde.
—Buenas tardes, suboficial. Aquí Andrés Izaguirre. —Su voz llega enlatada, le habla a través de un manos libres—. Voy a comandar la Unidad Especial de Homicidios de Impacto. Estoy de camino, saliendo de Bilbao. Al llegar daré una rueda de prensa para comunicar la reactivación de la unidad, pero antes me gustaría que nos reuniéramos para decidir cómo afrontamos la investigación.
Cestero maldice para sus adentros. A pesar de saber que iba a ocurrir, guardaba la esperanza de que Madrazo recapacitara y regresara para ponerse al frente del equipo.
—Me gustaría contar con mis agentes de confianza: Aitor Goenaga, Julia Lizardi y en la plaza vacante he pensado incluir a Raúl…
Izaguirre no le deja terminar.
—La comisaría de Irun está al corriente de vuestra llegada. Os habilitarán un espacio para que podáis estableceros allí mientras dure la investigación.
—Perfecto. Respecto a mis compañeros…
—No te preocupes por eso. Ordenaré de inmediato que se presenten en Hondarribia —zanja el oficial antes de cortar la comunicación.
6
Domingo, 8 de septiembre de 2019
Esa misma noche, cuando han pasado trece horas del asesinato, Cestero recorre el escenario junto a Aitor Goenaga, el primero de los miembros de su equipo en llegar. Tras levantarse el cordón policial, la calle Mayor ha ido recuperando el pulso, aunque nada queda del ambiente festivo. A las once de la mañana el alcalde ha decretado la suspensión de las fiestas patronales de Hondarribia.
—Ha sido exactamente aquí. —Cestero muestra la escena del crimen a su compañero.
Aitor se gira para comprobar qué hay alrededor. A observador no le gana nadie. Tampoco cuando se trata de documentarse y hurgar en los lugares más insospechados en busca de información. Es de un gran activo para la unidad, además de un buen amigo para la suboficial, que no dudó en elegirlo cuando su superior le encargó la formación de la UHI.
—¡Mira quién llega por ahí! —exclama Cestero al ver a Julia bajando la calle.
La sonrisa que esboza al verla es sincera, tanto como el largo abrazo en el que se funden cuando llega hasta ellos. A Julia no la eligió ella, sino el azar de que el primer caso de la unidad fuera en la jurisdicción de la comisaría de Gernika, a la que pertenece la agente.
—¿Qué tal estáis? Prometisteis venir por Urdaibai este verano y al final he tenido que ser yo quien me acerque a veros —les reprocha con afecto.
—Oye, que todavía no ha terminado el verano —le corrige Cestero antes de señalar el pavimento. Los adoquines brillan a la luz de las farolas—. Le estaba mostrando a Aitor el lugar de los hechos. Si os fijáis, todavía veréis sangre.
—¿No han limpiado? —inquiere Julia, agachándose. Sus dedos acarician el suelo sobre el que horas atrás moría desangrada Camila. Un mohín de tristeza se adueña de un rostro enmarcado por una melena de mechas californianas.
Cestero le permite unos instantes. Se imagina lo que está pensando su compañera, el dolor que siente cada vez que una vida se pierde de un modo tan absurdo. La dureza del trabajo no la ha insensibilizado frente a la tragedia. A sus cuarenta y un años, la empatía por todas las víctimas no ha desaparecido de ella por muchos casos que acumule en su larga experiencia como ertzaina.
—Antes de reabrir la calle han pasado agua a presión, pero había mucha sangre. Muchísima… Cuando he llegado me he temido lo peor. Pensaba que había más de una víctima. La chica que está en el hospital… —continúa la suboficial.
—¿Maitane? —inquiere Julia. Tiene una retentiva extraordinaria cuando se trata de nombres de víctimas.
—Sí, Maitane —admite Cestero mientras se recoge en una coleta el cabello, ahora rizado por la humedad—. Creí que también la habían alcanzado. Tenía tanta sangre en su ropa que pensé que había sido apuñalada. Ha tenido suerte.
—¿Se encuentra bien? ¿Ha hablado alguien con ella? —Ahora es Aitor quien pregunta.
La suboficial se lleva la mano al occipital.
—La caída le ha producido un traumatismo craneoencefálico. Nada grave, pero se encuentra en observación. Me han permitido hablar con ella esta tarde. Está asustada, era la primera vez que desfilaba y se vio de repente en medio del caos. Camila iba a su derecha. Desgraciadamente no ha podido darme ninguna pista. No vio nada.
—¿Cuántas puñaladas han sido? ¿Hay noticias del forense? —pregunta Julia, volviendo a centrarse en la mujer asesinada.
Cestero dirige ahora la mano a su ingle.
—El cuchillo le ha seccionado la arteria femoral. Solo una puñalada. Un tajo limpio que se ha llevado por delante varios vasos sanguíneos. Se ha desangrado en cuestión de segundos. Ella no ha tenido tanta suerte.
—No es cuestión de suerte —discrepa Julia—. Una cuchillada, una sola, es mortal con mucha frecuencia si sabes dónde darla.
Cestero piensa en ello. El piercing de la lengua asoma entre sus labios, algo habitual cuando está cavilando. No es el único con el que cuenta. Solo en el rostro luce otros dos: en la aleta de la nariz y en una de las cejas. Sumados a algunos tatuajes conforman la coraza con la que lleva armándose desde la adolescencia, leves distracciones para que la atención no se fije en lo esencial, en todo lo que no le gusta mostrar a los demás.
—En este caso me temo que ha entrado en juego la fortuna. —La suboficial da un par de pasos para colocarse en la acera y levanta los brazos como si sostuviera una barrera invisible—. ¿Cómo lo harías para ver dónde clavas el cuchillo si tuvieras delante un plástico negro que llega hasta aquí?
—Haría un agujero a la altura de los ojos —apunta Julia.
Cestero asiente con una sonrisa. Es exactamente lo que esperaba escuchar.
—¿Y si os digo que el único orificio que hay en el plástico es el de la propia puñalada? Quien mató a nuestra víctima lo hizo seguramente a ciegas.
—Muy mala suerte en ese caso —corrobora Aitor.
Julia cierra los ojos y asiente despacio.
—Tenía entendido que comenzaban a templarse los ánimos.
—Quienes conocieron la fiesta hace veinticinco años, cuando las mujeres comenzaron a reivindicar su derecho a desfilar, hablan de situaciones muy duras. Las agresiones de quienes defendían el Alarde Tradicional, con las mujeres únicamente en el papel de cantineras, llegaban a las manos —aclara la suboficial con gesto contrariado—. Yo he tenido que asistir los últimos tres años y la tensión era brutal. Tarde o temprano tenía que ocurrir alguna desgracia.
—Es que vaya mala idea eso de levantar barreras de plástico. Menuda falta de respeto —interviene Aitor. A pesar de conocer de sobra a Julia y Cestero, su rostro infantil se ruboriza. Es habitual en él cuando le toca aportar su opinión en público. Y tal vez no cambie jamás. A sus cuarenta años pasados todo apunta a que no lo hará.
—Buscan atemorizar a todas estas mujeres para que renuncien a su derecho a desfilar. Y puede que este asesinato lo consiga —zanja Cestero—. Tenemos el arma y los plásticos, aunque…
—Hola. Suboficial Ane Cestero, ¿verdad? —saluda alguien tras ella. La ertzaina se gira. El hombre que le tiende la mano va acompañado de otro tipo. Van vestidos de calle, pero salta a la vista que son policías—. Soy el oficial Andrés Izaguirre. Él es Iñaki Sáez, agente primero.
Cestero les estrecha la mano mientras estudia fugazmente al acompañante. Tiene el pelo cano, un rostro anguloso y hombros estrechos y ligeramente encorvados. ¿Cuarenta y cinco años? Tal vez más. Cincuenta, más bien. ¿Qué hace aquí? ¿Y por qué no ha llegado todavía Raúl?
—Encantada, Iñaki. Ellos son los agentes Julia Lizardi y Aitor Goenaga.
—Tengo muchas ganas de trabajar contigo. Dicen que eres la mejor —apunta Iñaki sin prestar atención a los compañeros que le acaba de presentar.
Cestero arruga los labios, incómoda, mientras clava su mirada en Izaguirre.
—Gracias, pero somos un equipo. Aquí nadie es mejor que nadie.
El oficial decide intervenir:
—El agente primero Sáez es el cuarto miembro de vuestra unidad. Es un ertzaina brillante.
Iñaki sonríe, agradecido.
—Lo que hiciste con el asesino del Tulipán fue increíble. Es un honor trabajar para ti —insiste, girándose hacia Cestero.
—Conmigo, no para mí —le corrige la suboficial—. ¿En qué casos has colaborado?
La mirada de Iñaki busca a Izaguirre, que sale en su defensa de inmediato.
—Sáez se ha dedicado siempre a escoltar a políticos, solo lleva tres meses en Investigación. Pero formación no le falta, ya verás. No lo he elegido porque sí.
Cestero intercambia una mirada con Aitor. ¿De verdad le han traído a alguien sin experiencia? Recuerda furiosa su conversación con Madrazo, su petición de que Raúl fuera el cuarto integrante de la UHI, la respuesta escueta del oficial… Seguro que sabía que su petición no iba a ser tenida en cuenta.
—¿Podemos hablar un momento? —le pregunta a Izaguirre.
—Por supuesto —contesta él apartándose del resto.
Cestero traga saliva. Apenas se conocen y no le gusta comenzar con reproches, pero siente que su opinión ha sido ninguneada y eso la subleva.
—Madrazo y yo estábamos trabajando juntos en la elección del cuarto integrante de la unidad. Creía que esta tarde lo había dejado claro. No dudo de la profesionalidad del agente Sáez, pero mi candidato es mejor —dice tratando de ser diplomática.
El oficial le apoya la mano en el hombro y la observa con gesto condescendiente.
—Ane, tengo más años que tú. Casi el doble. Sé perfectamente lo que necesita una unidad como esta. Y necesita a Iñaki. Es un policía muy preparado: obtuvo excelentes notas en la academia, ha hecho una gran labor en el cuerpo y tiene dotes de liderazgo. Podría dirigirla, incluso. —Izaguirre aparta la mano y la convierte en un dedo índice de advertencia—. Cuenta con mi total confianza. Que los otros dos tengan claro que se trata de un agente primero. ¿Crees que es necesario que se lo recuerde yo?
Cestero niega con la cabeza mientras asume que la mención a la jerarquía de la policía autonómica vasca va también dirigida a ella. Oficial, suboficial, agente primero, agente raso. Los de arriba ordenan, los de abajo acatan.
—No será necesario. Julia y Aitor sí conocen perfectamente en qué consiste su trabajo. Son dos agentes extraordinarios.
—Pues todo aclarado. Dejémonos de palabrería —decide Izaguirre, regresando junto a los demás—. Supongo que sabéis que todas las miradas de este país están puestas en vosotros. Quiero que os mováis rápido. No voy a permitir titubeos en la investigación. Resultados, resultados, resultados. La comisaría de Irun os acondicionará una sala de trabajo y os apoyará en lo que sea preciso. La comunicación es vital en casos como el que nos ocupa —añade dirigiéndose solo a Cestero—. En caso de que haya alguna noticia importante que dar, me encargaré yo. Sé cómo manejar a los medios. Podrás aparecer a mi lado, si quieres.
La suboficial maldice a Madrazo para sus adentros. ¿Qué hace por tierras castellanas con semejante situación en Hondarribia? Algo huele raro en ese viaje. No tiene sentido que alguien como él, incapaz de vivir lejos del mar, no haya escogido la ruta del Norte para hacer el Camino de Santiago… Se siente abandonada en primera línea de una batalla. Y con un capitán al frente al que no le importa su tropa, solo las condecoraciones.
—Les estaba explicando a Julia y Aitor que el crimen se ha producido en este mismo lugar —dice intentando regresar al caso en sí y huir de la burocracia—. Eran las ocho y cuarenta minutos de la mañana. La compañía mixta había pasado revista en la plaza de Armas y desfilaba cuesta abajo en dirección a la muralla.
—¿La plaza de Armas es donde están todos esos camiones? —interrumpe Iñaki Sáez.
La suboficial asiente con gesto de circunstancias. Los camiones a los que se refiere el agente primero son una decena de unidades móviles de televisión y radio. Hondarribia se ha colado en las aperturas de todos los informativos y le va a costar recobrar la normalidad que algún fanático ha decidido sepultar.
—Con vuestro permiso —interviene Izaguirre consultando su reloj de pulsera—. Voy a subir a explicar a la prensa que la Unidad de Homicidios de Impacto será la encargada del caso y después me vuelvo para Bilbao. Tengo que pasar todavía por comisaría.
—Los contrarios al Alarde Mixto se hacen especialmente fuertes en este tramo —continúa Cestero después de despedir al oficial—. Aprovechan que la calle Mayor es tan estrecha para amedrentar a quienes se atreven a desfilar. Insultos, pancartas, pitos para que no se oiga la música… Y además están esos plásticos negros, una barrera que levantan al paso del desfile para sumirlo en una invisibilidad que alguien ha aprovechado hoy para apuñalar impunemente a una persona.
—Hay algo que no entiendo. ¿Existe un desfile mixto y otro que no lo es? —inquiere Iñaki.
Cestero dirige la mirada a Aitor, que toma la palabra.
—Todo esto comienza en 1638 —explica su compañero—. Hondarribia estaba cercada por las tropas francesas y los vecinos se reunieron en la parroquia. Juraron a la Virgen de Guadalupe que si los libraba del asedio se lo agradecerían anualmente yendo en procesión a su santuario… Y así fue. El siete de septiembre de ese año los franceses se retiraron y los hondarribitarras han cumplido su voto año tras año. Los roles e
