Opresión y resistencia (edición definitiva avalada por The Orwell Estate)

George Orwell

Fragmento

Prólogo. Orwell y el totalitarismo

Prólogo

Orwell y el totalitarismo

En un ensayo autobiográfico de 1946, George Orwell afirmó que su mayor ambición literaria era «convertir la escritura política en un arte». Pese a la difícil convivencia de los términos, a esas alturas podía darla por cumplida. Tan solo un año antes había publicado Rebelión en la granja, un libro que unía sin fisuras fábula y sátira política, y ya tenía en mente la obra que se convertiría en 1984, quizá la novela de anticipación más influyente de su siglo y lo que va del nuestro. Sería un error, sin embargo, creer que esos títulos fueron anomalías o logros aislados. Orwell dedicó buena parte de su energía creativa a la reflexión política, y muchas de sus intuiciones fundamentales aparecieron primero en publicaciones periódicas. Por decirlo de otro modo, detrás de las obras famosas hay una rica historia intelectual.

También importantes experiencias de formación. Por biografía, Orwell estaba bien situado para ver la opresión y elegir la resistencia. Nacido en 1903 en una familia de clase media afincada en la India, asistió a dos internados de élite en Inglaterra, fue policía en Birmania e identificó en el Imperio un despotismo que le producía, en sus palabras, «más amargura que la que posiblemente sabré expresar con claridad». El entorno ayudaba, pero sin duda la amargura era cuestión de carácter. En su novela Los días de Birmania, sin ir más lejos, aparecen funcionarios coloniales de más o menos su rango que no se paran un segundo a cuestionar sus privilegios. Orwell no solo se los cuestionó en su momento, sino que abordó sus repercusiones en análisis posteriores. Por ejemplo, en un comentario sobre las exigencias de mayor equidad que reclamaba el Partido Laborista británico notó que «el alto estándar de vida del que se disfruta en Inglaterra depende de que mantengamos bien apretado el Imperio». Y, por si no quedaba claro, en otro apunte señaló que el «nivel de vida de los trabajadores de los sindicatos [...] dependía de manera indirecta del sudor de los culíes de la India». Observaciones así no le granjearon el aprecio de ninguna ortodoxia.

Las injusticias presenciadas en Birmania fueron el primer blanco de su pluma, esgrimida en ensayos célebres como «Un ahorcamiento» o «Matar a un elefante», en el que declaraba sin ambages: «el Imperio británico se está muriendo». Orwell no se quedó en las colonias a esperar el funeral. Después de cinco años, renunció a su cargo cuando estaba de permiso en Inglaterra y decidió centrarse en la escritura, un oficio al que se sentía destinado desde su infancia. Al menos en un comienzo, eso le supuso ganarse el sustento mediante todo tipo de empleos mal remunerados, con el añadido de que, por curiosidad personal y profesional, pasó temporadas en compañía de los más desposeídos. Llegó a dormir en la carretera o en refugios para personas sin techo, y escribió sobre esas experiencias con un impávido realismo. En sus notas de entonces destaca también la conciencia de que el sistema social era muy imperfecto en su conjunto. Un buen ejemplo aparece en su primer libro, Sin blanca en París y Londres (1933), cuando afirma que los empleados de cocina de los hoteles parisinos figuran entre «los esclavos del mundo moderno». El fantasma de la lucha de clases ronda esa frase, y Orwell cifraba ya sus esperanzas en una revolución socialista.

Fue en alusión a esa época que V. S. Pritchett acuñó la expresión, más tarde muy citada, de que Orwell era un escritor que se había «vuelto nativo» en su tierra. La frase, según apunta Christopher Hitchens, se usaba en las colonias para referirse a los blancos que se quebraban y se ponían del lado de los colonizados, como le sucede al protagonista de Los días de Birmania. Pero por eso mismo es tan apta: no solo retrata a un inglés desclasado y algo excéntrico, cosa que sin duda Orwell era, sino que identifica una relación directa entre su antiimperialismo y su creciente socialismo. Las dos tendencias seguirían entrelazadas en su pensamiento, con el corolario de que su definición del segundo nunca se alinearía con lógicas partidistas: «El movimiento socialista no tiene por qué ser una alianza de materialistas dialécticos; tiene que ser una alianza de los oprimidos contra los opresores», escribió al final de El camino de Wigan Pier, su estudio de la clase obrera en el norte de Inglaterra. Aunque la frase puede sonar muy sensata hoy en día, en su momento no lo acercó especialmente a los materialistas dialécticos, que constituían la mayoría de sus lectores. El libro tuvo una recepción más bien tibia en la izquierda, y hasta su editor, Victor Gollancz, se sintió obligado a incluir un prólogo en la edición del Left Book Club para justificar los desvíos del autor en materia de doctrina marxista.

Orwell no puso objeciones, a buen seguro porque para entonces le interesaban menos las perspectivas teóricas que la acción. Un redactor del New English Weekly recordaba su llegada a ese periódico a finales de 1936 con el siguiente anuncio: «Me marcho a España». A la pregunta de por qué, Orwell contestó: «Esto del fascismo, alguien tiene que detenerlo». Muchos de sus contemporáneos se estaban alistando en las brigadas internacionales, pero, en parte por inclinación y en parte por su incómoda posición en la izquierda, Orwell se unió a las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), de filiación anarquista. El hecho fue determinante para su desarrollo intelectual posterior. De entrada, la camaradería que experimentó en esas milicias, donde «no había rangos militares en el sentido ordinario», le hizo sentir un genuino «aire de igualdad», redoblando su fe política. «He visto cosas maravillosas y por fin creo de veras en el socialismo», escribió en una carta a su amigo Cyril Connolly. Pero las maravillas parecen haber saltado menos a la vista en el marco más amplio del comunismo. En «Descubriendo el pastel español», el primer artículo que escribió a su regreso, Orwell denuncia «un régimen de terror» en el que imperaba «la supresión forzosa de los partidos políticos, la censura asfixiante de la prensa, el espionaje incesante y los encarcelamientos masivos sin juicio previo». Algunos camaradas eran más iguales que otros.

A mediados de junio de 1937, el POUM fue ilegalizado a pedido de la dirigencia comunista, y Orwell se encontró de pronto del lado de los proscritos, acusado de trotskismo. La suerte quiso que en ese momento estuviese en Barcelona, desmovilizado a causa de un balazo recibido en una trinchera de Huesca. Si bien hablar de suerte es relativo, pues la bala le atravesó el cuello y estuvo a punto de matarlo, con toda seguridad aquel episodio lo salvó de un fin funesto en compañía de muchos otros milicianos del POUM. Lo cierto es que, al cabo de vagar tres noches por las calles de la ciudad, Orwell logró subir con su esposa a un tren y escapar a Francia. El enemigo ya no parecía ser solo el fascismo. Por mucho que variaran los fines, este compartía unos cuantos medios con el estalinismo, cuya injerencia en España Orwell también había sentido a su pesar. ¿Existía una palabra capaz de describir ambas ideologías? Paradójicamente, la había acuñado nada menos que Benito Mussolini al alardear de que «la concepción fascista del Estado» debía abarcarlo «todo». La palabra, por supuesto, era «totalitarismo».

Los textos reunidos en el presente volumen abordan de maneras muy diversas su alcance, según Orwell lo fue explorando desde aquel momento decisivo. Fue sin duda su gran tema. En «Por qué escribo», anotó que la guerra de España y «otros sucesos de 1936-1937» habían cambiado su escala de valores. Y afirmó que «cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo». Sus artículos y ensayos dan sobrada prueba de su seriedad, pero incluso su narrativa cambió de tenor. Orwell nunca había sido ajeno a las novelas con una veta contestataria. Antes de su paso por España, publicó tres que se ocupaban del imperio, la marginalidad social y la precariedad económica. Pero hay que esperar a Subir a respirar (1939) para oír en boca de un personaje una declaración como la siguiente: «Hitler es diferente. Y Stalin también es diferente. No son como aquellos de la Antigüedad que crucificaban a la gente, la decapitaban y todo eso solo por divertirse. Estos buscan algo completamente nuevo, algo de lo que nunca se ha oído hablar antes».

El totalitarismo, en efecto, era algo completamente nuevo, y Orwell empezó por denunciar las sorpresas que se había llevado en Cataluña, así como la connivencia partidista de la prensa. A la primera oportunidad, comentó que la guerra española había producido «una cosecha de mentiras más abundante que cualquier otro suceso desde la Gran Guerra» y acusó a «los periódicos de izquierdas» de impedir que «el público británico comprenda la verdadera naturaleza de la contienda» (los prejuicios de los periodistas de derechas los daba por supuestos). Aunque debió de prever que se toparía con líneas rojas en su propia práctica del oficio, aceptó sin rechistar que el semanario de izquierdas The New Statesman no mostrara el menor interés en publicar «Descubriendo el pastel español»; al fin y al cabo, no se lo habían encargado. Pero el mensaje le quedó bien claro cuando esa misma publicación le rechazó una reseña favorable (y encargada) del libro de Frank Borkenau El reñidero español (1937), otro testimonio sobre la Guerra Civil en el que el autor destapaba los abusos de poder de los comunistas y contaba que lo habían apresado e interrogado. Famosamente, el editor del The New Statesman, Kingsley Martin, escribió a Orwell que no podían «utilizar la reseña» porque «iba demasiado en contra de la política de la publicación», no sin añadir que siempre daba a sus críticos «mucho margen».

Mucho, pero no suficiente. En parte eso explica por qué Orwell acabó vinculado sobre todo a la revista Tribune, que definió como «un semanario político-social que representa [...] el ala izquierda del Partido Laborista», y más tarde a publicaciones de la izquierda estadounidense como Partisan Review y The Atlantic Monthly. También ayuda a contextualizar la lucha que emprendió de allí en adelante con un enemigo menos implacable que los regímenes totalitarios, pero a su entender igual de recalcitrante: la intelligentsia británica. Orwell no se cansó de recriminar a los intelectuales y demás compañeros de viaje de su país el «servilismo» con que aceptaban la propaganda de Rusia, o la autocensura que se imponían para no decir palabra sobre las presuntas políticas socialistas de Stalin. Sus críticas se hacían eco de analistas europeos como el mismo Borkenau, Ignazio Silone, André Gide y, más tarde, Arthur Koestler, pero su posición era muy minoritaria en el Reino Unido, donde eminencias como Bernard Shaw, H. G. Wells o Beatrice Webb ni siquiera ponían en entredicho el régimen de Rusia después de visitar el país. Todavía en 1948, en una nota titulada «Marx y Rusia», Orwell se sentía movido a recordarles a sus compatriotas que la palabra «comunismo» significaba al menos «dos cosas distintas»: «una teoría política y un movimiento político que no lleva, de manera visible, esta teoría a la práctica». Implícitamente, se pasó un decenio insistiendo en la importancia de esa distinción.

Pero conviene no adelantarse. Por lo pronto, el estallido de la Segunda Guerra Mundial le exigió tomas de partido adicionales. Orwell razonó desde un principio que no había más alternativa que oponer resistencia a Hitler o rendirse a él. En consecuencia, apoyó de manera inequívoca el esfuerzo bélico británico. Dos artículos de 1940 incluidos en esta colección, «Apuntes sobre la marcha» y «Mi país, a derechas o a izquierdas», muestran la evolución de su pensamiento frente a los conflictos de una sociedad en guerra, así como la aparición de un patriotismo claramente diferenciado del nacionalismo y coherente con una visión progresista. «El patriotismo —escribió en “Mi país...”— no tiene nada que ver con el conservadurismo. Es la devoción hacia algo que está cambiando pero que sentimos que es místicamente lo mismo». La fórmula pareció gustarle tanto que la repitió al año siguiente, con más detalle: «El patriotismo no tiene nada que ver con el conservadurismo. En realidad es todo lo contrario, ya que se trata de una devoción a algo que siempre está cambiando, y que sin embargo se percibe místicamente como algo idéntico a sí mismo». Todos los analistas de actualidad reciclan material, pero hay que estar muy convencido de algo para invocar dos veces la mística.

El segundo ejemplo aparece en el ensayo político quizá más famoso de Orwell, El león y el unicornio (1941), del que ofrecemos la tercera sección: «La revolución inglesa». Por entonces, Orwell estaba seguro de que una revolución socialista no solo salvaría a Inglaterra de sus males históricos, sino de que, además, constituiría la mejor manera de ganar la guerra. Se necesitaba un programa político renovador, y su ensayo asume el desafío de formularlo. Hay que decir, con todo, que el autor no va mucho más allá de las propuestas elementales del socialismo clásico. Aboga por la nacionalización de la tierra, las minas, los ferrocarriles y las industrias; proyecta una diferencia de 1 a 10 entre el salario mínimo y el máximo; bosqueja una reforma educativa sobre principios democráticos, y demás. Al mismo tiempo, cree que el resultado no sería «lógico» ni «doctrinario» (tal vez preservaría la monarquía), ni crearía «ninguna dictadura de clase explícita»; antes bien, mostraría «un poder notable de asimilar el pasado» que dejaría «atónitos a los observadores extranjeros» y les haría dudar de que se hubiera llevado a cabo «una revolución de verdad».

No es necesario ser un neoliberal convencido, sin embargo, para notar que «La revolución inglesa» tiene menos de programa realista que de quimera personal. Con más convicción, alguien como Mario Vargas Llosa ha criticado su inocencia en materia económica, argumentando que la centralización estatal «multiplica cancerosamente la burocracia» y fomenta «una clase privilegiada todavía más inepta que la que Orwell crucificó en su ensayo». Otras críticas son posibles a la luz de la historia. Por ejemplo, el espinoso problema del imperio, que Orwell exhortaba a resolver con una alianza de dominios basada en el libre comercio, resultó ser intratable por vía política y se saldó con la partición del subcontinente indio sobre líneas étnico-religiosas (nacionalistas, habría dicho nuestro autor) y una catástrofe humanitaria. A pesar de estas salvedades, «La revolución inglesa» sigue ofreciendo planteamientos dignos de atención. Para empezar, es un excelente análisis de la herencia cultural que debería contemplar cualquier movimiento político con un programa realmente democrático. También defiende la democracia como un baluarte de la libertad, algo nada evidente en una época en que muchos espíritus revolucionarios preferían desechar como mitología burguesa la primera, cargándose en el proceso la segunda. «Esta guerra es una carrera entre la consolidación del imperio de Hitler y el crecimiento de la conciencia democrática», escribe Orwell. «Mientras exista la democracia, incluso en la muy imperfecta forma que ha adoptado en Inglaterra, el totalitarismo corre un peligro mortal.»

Aunque quizá se acercan demasiado a una profesión de fe, cabe recordar que esas palabras se redactaron en 1941, en pleno bombardeo nazi de Londres. Orwell, con su habitual capacidad para recalar en el peor entorno posible, acababa de encontrar un empleo fijo en la sede de la BBC, donde, a partir de ese año, tuvo a su cargo la redacción y lectura de boletines de guerra en el Eastern Service, destinado al público del subcontinente. Él mismo acabó dudando del valor de esas emisiones en un territorio donde apenas existían aparatos de radio, pero los pocos indios que las sintonizaron tuvieron la suerte de escuchar no solo sus boletines, sino medidas alocuciones sobre asuntos de fondo. De ellas, «Literatura y totalitarismo» sigue siendo imprescindible para entender la relación entre ambos términos, así como para vislumbrar la génesis de algunas ideas esenciales de 1984.

Orwell advertía que el totalitarismo no solo inhibe la expresión de ciertos pensamientos, sino que «dicta lo que debemos pensar, crea una ideología para nosotros, trata de gobernar nuestra vida emocional al tiempo que establece un código de conducta». Por supuesto, nada más ambicionaba un Mussolini. Pero un efecto colateral de regímenes como el suyo era que la literatura —entendida como «algo individual», una «expresión de lo que alguien piensa y siente»— se veía amenazada en su esencia. Orwell no hablaba en un plano puramente teórico. La hipótesis estaba poniéndose a prueba en Rusia, donde la única libertad de la que gozaban los escritores consistía en volverse propagandistas del partido, callar o acabar en el gulag, sin que aceptar las normas de hoy garantizara la venia oficial de mañana.

De hecho, la intuición fundamental de Orwell es que el totalitarismo fomenta una suerte de esquizofrenia social. En eso estribaba su gran diferencia respecto de otras ortodoxias del pasado, como la Inquisición. El siguiente pasaje lo dice de manera inmejorable:

La peculiaridad del Estado totalitario es que, si bien controla el pensamiento, no lo fija. Establece dogmas incuestionables y los modifica de un día para otro. Necesita dichos dogmas, pues precisa una obediencia absoluta por parte de sus súbditos, pero no puede evitar los cambios, que vienen dictados por las necesidades de la política del poder. Se afirma infalible y, al mismo tiempo, ataca el propio concepto de verdad objetiva. Por poner un ejemplo obvio y radical, hasta septiembre de 1939 todo alemán tenía que contemplar el bolchevismo ruso con horror y aversión, y desde septiembre de 1939 tiene que contemplarlo con admiración y afecto. Si Rusia y Alemania entran en guerra, como bien podría ocurrir en los próximos años, tendrá lugar otro cambio igualmente violento.

Ese cambio, dicho sea de paso, tuvo lugar solo un mes después, el 22 de junio de 1941, cuando Alemania en efecto invadió Rusia. En su diario de entonces, del que incluimos la sección correspondiente, Orwell anotó que era imposible «adivinar lo que harán los rusos», aunque él mismo no tardó en adivinar un dato valioso: rusos y alemanes mentían por igual en sus boletines. «Ambos bandos se han pasado la semana haciendo extravagantes declaraciones sobre el número de tanques enemigos, etc., destruidos.» Era una forma más de atacar «la verdad objetiva», y así proseguía la guerra del totalitarismo, no solo con la literatura, sino también con la realidad.

Orwell volvió sobre este tema al año siguiente en «Recuerdos de la guerra de España», un ensayo autobiográfico en el que retoma varias de las denuncias consignadas en «Descubriendo el pastel español», para luego entrar en consideraciones más amplias. La pregunta era: ¿podía escribirse una historia de la contienda? El régimen triunfador ya había empezado a crear una versión oficial, imponiendo sus sesgos ideológicos. «El objetivo tácito de este modo de pensar —anota Orwell— es un mundo de pesadilla en el que el líder máximo, o bien la camarilla dirigente, controle no solo el futuro, sino incluso el pasado. Si sobre tal o cual acontecimiento el líder dictamina que “jamás tuvo lugar”... pues bien: no tuvo lugar jamás.» La reflexión prefigura uno de los rasgos más destacados del mundo imaginario de 1984, donde su protagonista, Winston Smith, altera sistemáticamente los registros históricos por el bien del Partido. Pero Orwell no había inventado nada que no existiera ya en el mundo real. En ensayos como «Notas sobre el nacionalismo» (1945) o «La destrucción de la literatura» (1946), aporta ejemplos concretos de reescrituras de la historia como la eliminación de Trotski de los anales de la Revolución rusa, o la rehabilitación en la izquierda del ex presidente chino antifascista Chiang Kai-shek, diez años después de «hervir vivos a cientos de comunistas».

Durante todo el curso de la guerra, Orwell notó esas incoherencias y siguió fustigando a sus responsables, aun cuando en muchos sectores se considerase indecoroso hacerlo mientras Stalin fuese un aliado. En este sentido, Orwell sin duda prefería la falta de decoro a la mentira. Testimonio de ello es su empeño en publicar Rebelión en la granja, su fábula sobre el estalinismo escrita entre 1943 y principios de 1944, a pocos meses de que los rusos frenasen a los nazis en Stalingrado. Las peripecias del manuscrito serían entretenidas si no recordasen los procesos que este ataca. El editor habitual de Orwell, Victor Gollancz, dio un paso a un lado por motivos políticos. Un funcionario del Ministerio de Información previno a otros editores de los riesgos de aceptarlo. Incluso T. S. Eliot, a quien nadie hubiera acusado de simpatizar con el comunismo, lo rechazó en nombre de Faber & Faber arguyendo que «si la fábula apuntase en general a dictadores y dictaduras cualesquiera, entonces publicarla no sería un problema, pero lo cierto es que [...] solo puede aplicarse a Rusia», lo cual ofendería «a mucha gente». Orwell replicó en su ensayo «La libertad de prensa» (incluido en este volumen) con una frase famosa: «Si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír».

Había indicios, con todo, de que lo que Orwell decía quería oírse incluso más allá de los Urales. Ya publicada la novela —y convertida en un bombazo editorial que debió de dejar mudo a Victor Gollancz— el escritor de origen ucraniano Ihor Ševčenko escribió a Orwell para contarle que había leído pasajes en traducción a unos refugiados soviéticos, y que estos habían reaccionado vivamente «contra los valores “absolutos” del libro», cuyo talante «se corresponde con su propio estado de ánimo». La misma reacción se entrevé unos años más tarde en el testimonio del poeta polaco Czesław Miłosz, quien, en La mente cautiva (1951), recuerda a muchos intelectuales del otro lado del telón de acero fascinados con Orwell «por su manera de indagar en los detalles que ellos conocen tan bien». Pero el debate ideológico continuaba en Inglaterra. En defensa del único orden capaz de albergarlo, Orwell siguió criticando las «tendencias totalitarias» de la «intelectualidad inglesa» hasta finales de la década de los cuarenta. Tal vez en ningún sitio dejó tan claro lo que estaba en juego como en el prólogo escrito para la edición ucraniana de Rebelión (1947): «durante los últimos diez años he estado convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos resucitar el movimiento socialista».

Orwell siguió canalizando sus energías en el articulismo político hasta el final. Aunque en sus últimos años se retiró a la isla de Jura, en las Hébridas, en busca de una vida tranquila que le permitiera centrarse en 1984, de alguna manera encontró tiempo para plasmar varios de sus ensayos más importantes, incluido el dedicado a Los viajes de Gulliver, aptamente titulado «Política frente a literatura» (1946). Desde hacía rato, el enfrentamiento era sumamente fructífero en su obra. Y como señala su biógrafo Bernard Crick, «los temas dominantes de Rebelión en la granja y 1984 aparecen en las reseñas de estos años». A veces, de hecho, aparecen donde menos se esperan. A nadie salvo a Orwell se le habría ocurrido que, en Gulliver, Swift «vislumbra con extraordinaria claridad el “Estado policial” infestado de espías, con sus interminables cacerías de herejes y juicios por traición, destinados a neutralizar el descontento popular convirtiéndolo en una histeria belicista». Al mismo tiempo, nada cuadra más con el hombre que dos años antes había opinado, en «Raffles y miss Blandish», que las novelas negras de James Hadley Chase eran «una ensoñación muy apropiada para una época totalitaria», en la que las atrocidades se consideraban neutras o incluso admirables si se hacían «a lo grande, con osadía».

Frente a ejemplos como los anteriores, podría pensarse que la obsesión del autor a veces lo llevaba por derroteros imaginarios. Pero nada sería más errado. Anticipando la sociología literaria o la crítica cultural, los ensayos literarios de Orwell son una excelente muestra de cómo un crítico puede enriquecer una obra dada al prestar atención a su historia y contexto sociopolítico. También aprovechan la literatura para refinar una interpretación del mundo. Por lo demás, no solo el tema del totalitarismo tenía plena vigencia, sino que las reflexiones de Orwell seguían ampliándose y ajustándose al nuevo orden mundial. Su breve artículo «La bomba atómica y usted» (1945) y sus largas reseñas sobre James Burnham, un ideólogo de la Guerra Fría hoy bastante olvidado, son testimonio de su empeño por comprender la realidad que iba definiéndose en la posguerra. Fue Orwell quien, en el primero de esos textos, acuñó la expresión «guerra fría», y además del nombre dejó un diagnóstico certero de la situación. A su entender, el desarrollo de las armas nucleares auguraba la consolidación de superestados que no se atacarían, sino que prolongarían una «paz que no es paz». En 1984 fue más contundente: «La guerra es la paz».

Burnham, que defendía la creación de un nuevo imperialismo estadounidense, representó para Orwell un adversario siempre estimulante, incluso una fuente de inspiración. De Burnham procede la idea de los superestados en permanente contienda, así como la intuición de que, en regímenes fuertes, aparece una clase dirigente que se aferra al poder por el poder mismo. Pero hay un interesante cambio de signo cuando las ideas pasan de un autor a otro: lo necesario se vuelve contingente. Orwell, además, hace la pregunta clave que escapa a la visión maquiavélica del estadounidense: «¿por qué el ansia de poder puro y duro se ha convertido en un impulso humano de primer orden precisamente ahora?». El culpable, a no dudarlo, empieza por «t». Y si cabe extraer una lección, es que el ansia de poder es una circunstancia histórica combatible, no una fuerza natural ni una esencia humana que justifique grandes teorías sobre combates de imperios incesantes y necesarios. Orwell, al cabo, le recomienda a Burnham que no sea tan melodramático, porque la historia nunca lo es a largo plazo. Viniendo de alguien que veía con recelo el corto, avalado por el trágico panorama de los tiempos recientes, es una recomendación de una lucidez ejemplar. Pero Orwell siempre evitó la exaltación utopista al hablar del futuro. De hecho, los aires de profeta que adquirió a lo largo del siglo XX le son más bien extraños. No viene mal recordar que 1984 nunca pretendió ser una profecía, sino una «advertencia».

Sus escritos contra el totalitarismo pueden considerarse otra. Y si bien muchas de sus polémicas han pasado a la historia, nada indica que deba descartarse su vigilancia. Al fin y al cabo, no han desaparecido los nacionalismos, los fanatismos ni las tendencias dictatoriales; tampoco los dobleces de los ideólogos, las generalizaciones fáciles ni las falsedades públicas. Como escribió Orwell, los «enemigos de la libertad intelectual» siempre dejan en segundo plano «la cuestión de la verdad». En los textos aquí reunidos, en cambio, esa cuestión ocupa el primero, reflejada en un estilo lúcido y perspicaz, que se ha convertido en parte de un legado. Según contaron algunos conocidos de Orwell, aquella bala disparada por un francotirador fascista le dejó una voz débil y monocorde el resto de su vida; pero la que importa, la que se conserva en sus escritos, ha seguido hablando alto y claro, con el sonido armónico de la integridad.

MARTÍN SCHIFINO

Opresión y resistencia

Opresión y resistencia

Por qué escribo

Por qué escribo

Grangel [n.º 4, verano de] 1946

Desde muy temprana edad, tal vez ya a los cinco o seis años, supe que de mayor quería ser escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro poco más o menos traté de renunciar a esa idea, aunque con plena conciencia de que atentaba contra mi verdadera naturaleza, y de que tarde o temprano tendría que dedicarme a escribir libros.

Fui el segundo de tres hermanos, pero me separaban cinco años de cada uno, y prácticamente no vi a mi padre antes de cumplir ocho. Por esta razón, y por otras, era bastante solitario, y pronto desarrollé algunas manías desagradables que me volvieron impopular en mis años de colegio. Tenía esa costumbre propia de los niños solitarios consistente en inventarme historias y mantener conversaciones con personajes imaginarios; creo que, desde mis comienzos, mis ambiciones literarias tuvieron que ver con la sensación de hallarme aislado y de estar infravalorado por los demás. Sabía que tenía facilidad de palabra, que tenía la capacidad de afrontar los hechos menos agradables, y sentía que eso creaba una especie de mundo privado en el que hallaba compensación por cada uno de mis fracasos en la vida cotidiana. No obstante, el volumen de escritos serios —entiéndase «con intenciones serias»— que acumulé a lo largo de mi infancia y adolescencia no debe de llegar siquiera a la media docena de páginas. Mi primer poema se lo dicté a mi madre a los cuatro o cinco años. Solo recuerdo que versaba sobre un tigre, y que el tigre tenía «dientes como sillas»; una frase no del todo mala, aunque sospecho que el poema debía de ser un plagio del «Tigre, tigre», de William Blake. A los once años, cuando estalló la guerra de 1914-1918, escribí un poema de tintes patrióticos que se publicó en el periódico local, así como otro, dos años más tarde, a propósito de la muerte de Kitchener. De vez en cuando, siendo ya un poco mayor, escribí «poemas a la naturaleza» francamente malos, casi siempre inacabados, al estilo georgiano. También en un par de ocasiones traté de escribir sendos relatos que terminaron en otros tantos fracasos. Esa viene a ser toda la obra «seria» que en realidad puse sobre el papel durante todos aquellos años.

Ahora bien, durante todo ese tiempo, en cierto modo me dediqué a otras actividades literarias. Para empezar, los textos de encargo que redacté con facilidad, con rapidez y sin demasiado placer. Además de los deberes de la escuela, escribí versos de ocasión, poemas semicómicos que me salían con toda facilidad, a una velocidad que ahora me parece pasmosa; a los catorce años escribí toda una obra en verso, con metro y rima, mera imitación de Aristófanes, más o menos en una semana; asimismo, colaboré en la edición de las revistas escolares, tanto impresas como manuscritas. Esas revistillas eran las parodias más patéticas que se puedan imaginar; me tomaba menos molestias con ellas que las que ahora dedicaría al periodismo más insulso y chabacano. Pero junto con todo esto, durante quince años, o más, llevé a cabo un ejercicio literario de índole muy distinta: un «relato» continuo a propósito de mí mismo, una suerte de diario que solo existía en mi mente. Creo que este es un hábito corriente entre niños y adolescentes. Muy de niño me gustaba imaginar que era, por ejemplo, Robin Hood, y me imaginaba en calidad de héroe de aventuras apasionantes, aunque muy pronto mi «relato» dejó de ser tan narcisista, al menos de una manera tan zafia, y pasó a ser más bien una descripción sin más de lo que hacía y lo que veía. A veces, durante minutos enteros, esta actividad mental no cesaba: «Abrió la puerta y entró en la habitación. Un rayo de luz amarillenta, filtrándose por las cortinas de muselina, caía sesgado sobre la mesa, donde una caja de cerillas entreabierta aguardaba junto al tintero. Con la mano derecha en el bolsillo se acercó a la ventana. En la calle, un gato de color carey perseguía una hoja caída», etcétera. Este hábito no cejó hasta que tuve unos veinticinco años, es decir, duró todo lo que mis años de no literato. Aunque tenía que buscar con desvelo, y lo hacía, las palabras más adecuadas, me parecía desarrollar este esfuerzo descriptivo casi en contra de mi voluntad, sujeto a una suerte de compulsión externa a mí. El «relato», supongo, tuvo que haber sido un reflejo fiel del estilo de los distintos escritores a los que admiraba en cada fase. En la medida en que lo recuerdo, tuvo siempre esa misma meticulosidad descriptiva.

Cuando tenía unos dieciséis años, descubrí de pronto la alegría de las palabras sin más —esto es, los sonidos y sus asociaciones de palabras—, los versos de Paraíso perdido, de Milton («Así pues, con dificultad y arduo empeño, / él siguió adelante: con dificultad y arduo empeño, él...»),[1] que ya no me parecen tan maravillosos, me producían escalofríos, y el arcaísmo «hee» por «he» [«él»] me procuraba un placer adicional. En cuanto a la necesidad de describir las cosas, ya lo sabía prácticamente todo. Por eso está claro qué tipo de libros deseaba escribir, en la medida en que pueda decirse que ya entonces deseaba eso. Quería escribir largas novelas naturalistas de final triste, llenas de descripciones detalladas y símiles atractivos, colmadas además de episodios grandilocuentes, en que las palabras se usaran en parte por su sonoridad. Y, en realidad, mi primera novela completa, Los días de Birmania, que escribí cuando tenía treinta años pero proyecté mucho antes, es en gran medida esa clase de libro.

Si doy toda esta información de fondo es porque no creo que se puedan evaluar los motivos que animan a un escritor sin conocer algo acerca de sus primeros pasos. Su material narrativo vendrá determinado por la época en que le ha tocado vivir —al menos es así en épocas tumultuosas y revolucionarias, como la nuestra—, aunque, antes de que haya empezado a escribir, habrá adquirido una actitud emocional de la cual nunca podrá librarse por completo. Es su trabajo, sin duda, disciplinar su temperamento y evitar el quedarse atascado en una etapa de inmadurez, o en un estado de ánimo perverso. Pero si escapa a sus influencias más tempranas, habrá acabado con su propio impulso de escribir. Dejando a un lado la necesidad de ganarse la vida, creo que son cuatro los grandes motivos que hay para escribir, al menos prosa. Existen los cuatro en distintos grados en cada escritor, y en este la proporción varía según el momento en que se halle y el ambiente en que viva. Son los siguientes:

1. Egoísmo puro y duro. Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse de los adultos que abusaron de uno en su niñez, etcétera. Es una paparruchada fingir que este no es un motivo, porque además es de los más potentes. Los escritores tienen en común esta característica con los científicos, los artistas, los políticos, los abogados, los soldados, los empresarios de éxito, es decir, con lo más granado del género humano. La gran mayoría de los seres humanos no exhiben un egoísmo muy acentuado. Pasados los treinta, más o menos, renuncian a la ambición personal —en muchos casos, abandonan casi del todo la idea de ser individuos— y viven sobre todo para los demás, o bien quedan aplastados por el tedio y la monotonía. Pero hay, además, una minoría de personas dotadas, voluntariosas, obstinadas incluso, decididas a vivir la vida hasta el final, y a esta categoría pertenecen los escritores. Los escritores serios, debiera decir, son en conjunto más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque el dinero les interesa menos.

2. Entusiasmo estético. La percepción de la belleza en el mundo exterior o, si se quiere, en las palabras y en su adecuada disposición. El placer ante el impacto de un sonido u otro, ante la firmeza de una buena prosa, ante el ritmo de un buen relato. Deseo de compartir una experiencia que uno considera de gran valor, que entiende que nadie debe perderse. La motivación estética es muy débil en muchos escritores, pero incluso el panfletista o el autor de manuales tendrán sus palabras y expresiones predilectas, las que le atraen por motivos en modo alguno utilitarios. Puede tener también inclinación hacia la tipografía, la anchura de los márgenes, etcétera. Por encima del nivel de una guía ferroviaria, ningún libro es del todo ajeno a las consideraciones estéticas.

3. Impulso histórico. Deseo de ver las cosas como son, de hallar cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad.

4. Propósito político. Empleo la palabra «político» en el sentido más amplio posible. Es el deseo de propiciar que el mundo avance en una dirección determinada, de alterar la idea que puedan tener los demás sobre el tipo de sociedad a la que conviene aspirar. No hay un solo libro que sea ajeno al sesgo político. La opinión de que el arte nada tiene que ver con la política, ni debe tener que ver con ella, es en sí misma una actitud política.

Bien se ve que estos impulsos diversos han de estar en guerra unos con otros, y cómo han de fluctuar de una persona a otra, de una época a otra. Por naturaleza —entendiendo por «naturaleza» el estado que uno alcanza cuando se hace adulto—, soy una persona en la que los primeros tres motivos pesan mucho más que el último. En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros recargados o meramente descriptivos, y podría haber seguido siendo ajeno a mis lealtades políticas. Pero tal como están las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero pasé cinco años dedicado a una profesión totalmente inapropiada (la Policía Imperial de la India, en Birmania), y luego experimenté la pobreza y el fracaso. Esto acentuó mi odio natural por la autoridad, y me llevó a tener conciencia plena de la existencia de la clase obrera. Mi trabajo en Birmania me había dado cierta capacidad de comprensión de la naturaleza del imperialismo, pero esas experiencias no fueron suficientes para dotarme de una orientación política precisa. Llegaron entonces Hitler, la Guerra Civil española, etcétera. A finales de 1935 todavía no había tomado una decisión en firme. Recuerdo las tres últimas estrofas de un poema que escribí por entonces, dando expresión a mi dilema:

Soy la paciencia que no se agota,

el eunuco sin harén;

entre cura y comisario

camino como Eugene Aram;

Y el comisario me lee la suerte

mientras suena la radio,

pero el cura ha prometido un Austin 7,

porque Duggie siempre paga.

Soñé que habitaba en salones de mármol,

y desperté y vi que era cierto.

No nací yo para una época como esta.

¿Sí nació Smith? ¿Y Jones? ¿Y tú?[2]

La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una soberana estupidez, en una época como la nuestra, pensar siquiera que se puede evitar el escribir sobre tales asuntos. De un modo u otro, en la forma que sea, todos escribimos sobre ellos. Solo es cuestión de elegir bando y posición. Cuanto más consciente es uno de su sesgo político, mayores posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad intelectual.

Mi mayor aspiración durante los últimos años ha sido convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia. Cuando me pongo a escribir un libro no me digo: «Voy a hacer una obra de arte». Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. Pero no podría realizar el trabajo de escribir un libro, ni tampoco un artículo largo para una publicación periódica, si no fuera, además, una experiencia estética. Todo el que se tome la molestia de examinar mi obra se dará cuenta de que, incluso cuando es propaganda pura y dura, contiene muchas cosas que un profesional de la política consideraría irrelevantes. Ni soy capaz ni quiero abandonar del todo la visión del mundo que adquirí en la infancia. Mientras siga con vida, mientras siga siendo capaz de hacer lo que hago, seguiré albergando intensos sentimientos por el estilo, seguiré amando la superficie de la Tierra, seguiré complaciéndome en los objetos sólidos y en las informaciones inútiles. De nada sirve tratar de reprimir esa parte de mí. El trabajo consiste en reconciliar mis gustos y mis rechazos más arraigados con las actividades esencialmente públicas, no individuales, que esta época nos impone a todos.

No es tarea fácil. Plantea problemas de construcción y de lenguaje; plantea de un modo completamente nuevo el problema de la veracidad. Permítaseme dar un ejemplo del tipo de dificultades más crudas que surgen. Mi libro acerca de la Guerra Civil española, Homenaje a Cataluña, es una obra de corte francamente político, por descontado, pero en conjunto está escrito con cierto desapego, y con cierta atención por la forma. Intenté por todos los medios contar toda la verdad sin traicionar mi instinto literario, pero, entre otras cosas, incluye un largo capítulo lleno de citas tomadas de los periódicos y demás, en las que se defiende a los trotskistas que estaban entonces acusados de haber tramado un complot con Franco. Está claro que semejante capítulo, que al cabo de uno o dos años perdería su interés para cualquier lector normal, podía arruinar el libro entero. Un crítico por el que siento un gran respeto me dio una lección en lo tocante a eso. «¿Por qué has metido todo eso? —me dijo—. Has convertido lo que podría ser un buen libro en mero periodismo.» Lo que me dijo era verdad, pero yo no supe hacerlo de otro modo. No pude. Me enteré por casualidad de algo que poca gente conocía en Inglaterra, y no por no querer, sino porque no se les permitió, y es que se estaba acusando falsamente a hombres inocentes. Si aquello no me hubiera indignado, jamás habría escrito el libro.

De una forma u otra, este problema siempre aflora de nuevo. El del lenguaje es más sutil, y nos llevaría mucho tiempo comentarlo. Diré tan solo que en los últimos años he intentado escribir de un modo menos pintoresco y más preciso. Sea como fuere, he descubierto que cuando uno ha perfeccionado un estilo, ya se le ha quedado pequeño. Rebelión en la granja fue el primer libro en el que intenté, con conciencia plena de lo que estaba haciendo, fundir la intención política y el propósito artístico. No he escrito una novela desde hace siete años, pero tengo la esperanza de escribir una dentro de poco. Seguro que será un fracaso —todo libro es un fracaso—, pero sé con toda claridad qué clase de libro aspiro a escribir.

Al repasar estas últimas dos páginas veo que puede dar la impresión de que mis motivos al escribir son completamente propios del espíritu público. No quisiera que el lector se quedase con esa sensación. Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos. En el fondo de su ser, sus motivaciones siguen siendo un misterio. Escribir un libro es un combate horroroso y agotador, como si fuese un brote prolongado de una dolorosa enfermedad. Nadie emprendería jamás semejante empeño si no le impulsara una suerte de demonio al cual no puede resistirse ni tampoco tratar de entender. Por todo cuanto uno sabe, ese demonio es sencillamente el mismo instinto que hace a un niño llorar para llamar la atención. Y, sin embargo, también es cierto que no se puede escribir nada legible a menos que uno aspire a una anulación constante de la propia personalidad. La buena prosa es como el cristal de una ventana. No sé decir con certeza cuáles de mis motivaciones son las más poderosas, pero sí sé cuáles merecen seguirse sin rechistar. Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates.

Descubriendo el pastel español

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