Había pasado por Lixboa hacía dieciocho o veinte años camino de Angola y lo que mejor recordaba eran las discusiones de sus padres en la pensión de Conde Redondo en la que se quedaron entre tintinear de cubos y rezongos exasperados de mujer. Se acordaba del cuarto de baño colectivo, con un lavabo con grifos barrocos a manera de peces que vomitaban sollozos de agua pardusca por las bocas abiertas, y del momento en que se encontró con un señor de edad, sonriente en el retrete con los pantalones a la altura de las rodillas. Por la noche, si abría la ventana, veía los restaurantes chinos iluminados, los glaciares sonámbulos de las tiendas de electrodomésticos en la penumbra, y cabelleras rubias en el bordillo de las aceras. De forma que se meaba en las sábanas por miedo a encontrar al caballero de la sonrisa detrás de los peces oxidados o las cabelleras que remolcaban a los notarios por el pasillo, balanceando la llave de la habitación colgada del meñique. Y acababa por dormirse soñando con las calles interminables de Coruche, los limoneros gemelos del patio del párroco y el abuelo ciego, con ojos lisos de estatua, sentado en un banquito a la puerta de la taberna, al mismo tiempo que una manada de ambulancias pitaba por la avenida Gomes Freire en dirección al Hospital de São José.
El día del embarque, tras una calle con viviendas de condesas dementes, tiendas de pajareros alucinados y bares de turistas donde los ingleses procedían a la transfusión de ginebra matinal, el taxi nos dejó junto al Tajo en una orla de arena llamada Belém según se leía en el apeadero de trenes cercano con una balanza de un lado y un orinal del otro, y él avistó a centenares de personas y yuntas de bueyes que transportaban bloques de piedra hacia una construcción enorme dirigidos por escuderos con saya de escarlata indiferentes a los taxis, a los autobuses con americanas divorciadas y curas españoles, y a los japoneses miopes que fotografiaban todo, conversando en una lengua extraña de samuráis. Entonces posamos el equipaje en la plaza, por encima de los agapantos que los aspersores regaban con impulsos circulares, cerca de los obreros que trabajaban en las cloacas de la alameda que conducía al estadio de fútbol y a los edificios altos de Restelo, de tal modo que los tractores de los caboverdianos se cruzaban con carrozas con túmulos de infantas y profusos arabescos de altares. Pasando ante una placa que designaba el edificio incompleto y que decía Jerónimos dimos con la Torre al fondo, en medio del río, rodeada de petroleros iraquíes, defendiendo a la patria de las invasiones castellanas, y más cerca, en las olas frisadas de la margen, esperando a los colonos, sujeta a los limos del agua por raíces de hierro, con almirantes con puños de encaje apoyados en la amurada de la cubierta y grumetes encaramados en los mástiles que aparejaban las velas para el desamparo del mar que olía a pesadilla y a gardenia, encontramos a la espera, entre barcos remeros y una agitación de canoas, la nave de los descubrimientos.
Su padre murió de escorbuto antes del Cabo Bojador al dar con la proa en un agua tan tranquila como el polvo de las bibliotecas, y allí estuvieron pudriéndose un mes, comiendo castañas y tasajo, hasta que el viento estremeció el casco y empujó unos contra otros los caireles de los marineros que, ahorcados en las jarcias tras una rebelión abortada, eran pasto de gaviotas y milanos atlánticos. Después de siete motines sangrientos, once asaltos de ballenas extraviadas, misas incontables y un temporal idéntico a los suspiros de Dios en su insomnio pedregoso, un gaviero gritó Tierra, el contramaestre fijó el catalejo en el castillo de popa y allí estaba la bahía de Luanda invertida por la refracción de la distancia, la fortaleza de São Paulo en la cumbre, traineras de pescadores, una corbeta de la Armada, damas que tomaban té bajo las palmeras y hacendados que se hacían limpiar los zapatos mientras leían los periódicos en las cafeterías de los soportales.
Y ahora que el avión aterrizaba en Lixboa se asombró ante los edificios de la Encarnação, los solares en los que se fosilizaban pianos despedazados y chasis rupestres de automóvil, y los cementerios y cuarteles cuyo nombre ignoraba como si arribase a una ciudad extranjera a la que le faltaban, para reconocerla como suya, los notarios y las ambulancias de dieciocho años atrás. Se había demorado una semana con la mulata y el niño en la sala de embarque del aeropuerto de Luanda, tumbados en el suelo, envueltos en mantas, mareados de hambre y ganas de orinar, en medio de una confusión de maletas, bolsas, niños, sollozos y olores, con la esperanza de una plaza para huir de Angola y de las ametralladoras que sonaban en las calles todos los días, blandidas por negros con uniformes de camuflaje, borrachos de copas de after-shave y autoridad. Un canciller que consultaba papeles y saltaba sobre los cuerpos tumbados lanzaba un nombre de hora en hora y, por detrás de los cristales, milicianos de la UNITA con pulseras de crin y lanzas emplumadas, orientados por consejeros americanos y chinos, nos vigilaban bajo los tubos fluorescentes del techo.
En vez del laberíntico mercado de la mañana de la partida, tras los palacios de las condesas maníacas y los bares con sombras lúgubres de los extranjeros anémicos, en vez de la playa del Tajo donde construían el monasterio y de los albañiles que tallaban la piedra caliza a fuertes mazazos, en vez de los bueyes y las mulas de los carros de carga y de los arquitectos que gritaban a los ayudantes endechas parecidas al habla de los criados de los restaurantes gallegos, en vez de las vendedoras de huevos y pollos y pargos dorados y miniaturas de chimeneas del Algarve y baratijas de latón, en vez de la claridad de lágrima de las cebollas en las bandejas de madera, de los ardientes poderes ocultos de las gitanas que exaltaban a las vírgenes otoñales con promesas de amores de virreyes, en vez de las furgonetas con parabrisas azules de los turistas y las carabelas y los cargueros turcos bajo el puente, me arrastraron hacia un miserable edificio de cemento con paneles de vuelos nacionales e internacionales en los que pestañeaban bombillas de colores al lado del free-shop de los whiskies. Una máquina de vender chocolates y cigarrillos se estremecía de fiebre en un rincón, vomitando caramelos después de una complicada digestión de monedas, y los pasajeros del avión se ponían en fila como en las tiendas de comestibles, las panaderías y las carnicerías saqueadas de Luanda, en busca del arroz, el pan y la carne que ya no había, solamente polvo y mendrugos y grasa y un dependiente que se había salvado de milagro y sacudía la cabeza desde el mostrador señalando con el dedo los escaparates vacíos. Y se acordó de los atardeceres espeluznantes de los últimos tiempos de Angola, de los chiquillos que asaltaban las oficinas y los apartamentos del centro, de las fachadas con orificios de balas y de las damiselas del Barrio Marçal sin clientes, ofreciendo a nadie sus muslos de sirenas huérfanas en las callejas donde los faros de los jeeps se asemejaban a las luces traseras de los trenes.
Los que regresaban con él, clérigos, astrólogos genoveses, comerciantes judíos, ayas, traficantes de esclavos, blancos pobres del barrio de Prenda, del barrio de la Cuca, abrazados a bultos de harpillera, a maletas atadas con cuerdas, a cestos de mimbre, a juguetes rotos, formaban una serpiente de lamentos y miseria a lo largo del aeropuerto, empujando el equipaje con los pies (por la zona reservada a los pasajeros en tránsito pasaban islandeses altos y desgreñados como pájaros de río) en dirección a un escritorio al que se sentaba, en un escabel, un escribano oficial que le preguntó su nombre (¿Pedro Álvares qué?), lo buscó en una lista mecanografiada llena de tachones y cruces a lápiz, se puso las gafas de ver de cerca para examinarlo mejor, inclinado hacia un lado en la mesa de formica, paseó el pulgar errático por el bigote y preguntó de repente ¿Tenéis familia en Portugal?, y yo dije No, señor, muy deprisa, sin pensarlo, porque mi madre se murió de ictericia hace seis años y de los tíos que se establecieron aquí casi no me acuerdo o no me acuerdo para nada, ignoro si se quedaron en Coruche y, si se quedaron, dónde viven, con quién viven, cuántos hijos tienen, si están vivos siquiera. Guardo el perfil vago de un primo que llegó de permiso en uniforme de recluta, pisando las lechugas del huerto con sus botas crueles, pero por ejemplo la casa, qué quiere que le haga, se me ha borrado, salvo el espejo del vestíbulo, comprado en la feria de Almeirim entre chillidos de lechones y tambores de saltimbanquis, que deformaba los rostros y torcía los gestos en ondulaciones empañadas, devolviendo a cada uno su cara secreta y genuina, aquella que finalmente sólo revelan la soledad del sueño o el abandono del mar. Me acuerdo de los inviernos con una sementera de lebrillos y cacerolas en el suelo para recibir la lluvia que caía como de un reloj de arena desde las rendijas del techo, y, más atrás en el tiempo, de la madrina de mi padre remendando calcetines y calzoncillos bajo el cerezo estéril de la trasera, que levantaba una de las patas de la pila del lavadero con la fuerza de bíceps de las raíces. Y esta memoria remota le trajo de repente a la nariz el tufo a bosta de vaca de los últimos meses, desde que la radio anunció la independencia de Angola decretada por Su Majestad, en el rescoldo de un motín, durante las cortes de Lixboa, el olor a sudor, a diarrea, a miedo, cuando arrimábamos con pánico los armarios a las ventanas porque dentro de poco una culata despanzurra el aparador, dentro de poco una zapatilla aplasta la alfombra riéndose, dentro de poco el MPLA comienza a disparar al azar y las nucas estallan como higos en una pasta de carne blanca y granos rojos, qué pensaría el Infante, si estuviera vivo, en la escuela de Sagres, desplegando mapas y consultando estrellas frente a las ventanas del mar, mientras sus capitanes perseguían danesas en las playas de Albufeira y Gil Eanes* se presentaba en Lagos, sudando como un novio exhausto, con un ramo de florecillas marchitas en la mano. Dijo Ni por asomo y pensó Claro que no, dado que en dieciocho años de África no he recibido una carta, una postal, un jamón, una foto siquiera. Soy capaz de apostar a que se murieron todos hace siglos, sepultados bajo las losas de las iglesias con el nombre en latín borrado por suelas de novicias, acomodados en el tejido color perla de los ataúdes, vestidos con chaquetas a cuadros, chales lilas, camisas claras, con las manos cruzadas y pómulos pronunciados como las estatuas yacentes en las criptas de las capillas. Mi familia con la mandíbula atada y monedas de plata en las órbitas, mirándome con reprobación, Éste es el que se fue a Luanda a vivir en medio de los negros en lugar de explotar una empresa tabacalera en Venezuela o una oficina de transportes en Alemania, éste es el que montó una carnicería en el barrio de chabolas, vendía chuletas a los cafres, le hizo un hijo a una mulata, vivía en una casa prefabricada en la Cuca, no tenía ni un coche, ni un batel tenía, los domingos se despatarraba en la sala, en bermudas, para escuchar partidos de fútbol y comer bazofia de aldea, el escribano oficial se dedicó a hacer apuntes góticos delante de mi nombre, sacudiendo sus orejas expertas como si compartiese el desprecio o el disgusto de mis tíos, y el diácono que lo auxiliaba, con una corona de pelos y mejillas de san Antonio de azulejo insistió ¿Ningún pariente, ningún cuñado, ninguna relación aunque sea lejana?, mientras llenaba formularios, multiplicaba números en una calculadora de bolsillo, me extendía un papel para que lo firmase, Aquí, dejaba caer una gota de lacre en el extremo de la página y se la ofrecía al otro para que añadiese el anillo de armas en la mancha de sangre humeante. La mulata, con sandalias de plástico y pañuelo atado a la frente, que antes de vivir conmigo servía las mesas en un restaurante de la Isla, se abismaba con los ojos fijos en un cartel de vacaciones orientales que mostraba a una pareja con guirnaldas al cuello disfrutando de una jarra de cerveza en un crepúsculo marino. Nadie, dije yo, sólo los muebles de la habitación que llegarán en el próximo galeón si no los han desviado en el puerto con esta historia de robos, democracia y socialismo, y me enorgullecí de las mesillas de noche con tiradores de cerámica, de la consola de tres puertas para botellas, copas y vasos de agua y vino, además de la cómoda con una suntuosa tapa de mármol en la cual se grababan las venas que se ramifican levemente en los párpados de los niños, al mismo tiempo que el escribano me entregaba, con la solemnidad de un diploma de mención de honor, una citación ilegible, Tiene ocho días para pasarse por esta delegación, y andando. A mis espaldas un plebeyo con muletas protestaba contra las demoras de la burocracia, En cuanto salga de aquí presentaré una queja en los periódicos, y yo dejé de oírlo porque me acordé de nuevo de Coruche y de la madrina de mi padre cojeando hacia casa, con la cesta de las pinzas de la ropa en la mano, desenfocada en la pérgola de las parras. En cuanto a comer y dormir, explicó el escribano ajeno al de las muletas, sin mirar siquiera ni preocuparse jamás por la mulata o el niño que se me enredaba entre las piernas, con la boca abierta en una espiral de angustia, le conseguimos sitio en la Residencia Apóstol de las Indias, Largo de Santa Bárbara, métase en un autobús y pregunte por el señor Francisco Javier, que pase el siguiente. Un pelirrojo gordo y tímido, titubeando recomendaciones, me empujó para acercarse al escritorio y estábamos solos y abandonados en una ciudad que conocía sin conocer y olía a la carne dulce de los jabalíes que los monteros azuzan en el verano persiguiéndolos por plazas y travesías de Linda-a-Velha o de Bucelas, mientras hombres de negocios holandeses y capitanes de los mares de Malaca desaparecían en los taxis del aeropuerto en dirección al centro de la ciudad y al tufo a bajamar de sus callejones, y nosotros tres aquí fuera, en la acera, a pleno sol, a la espera de las mesillas venidas de Angola como si las carabelas atravesasen las avenidas para dejarnos a los pies un cajón mohoso de limos de bajíos, ablandado por las encías de las olas, destruido por corrientes contradictorias y filos de arrecife, barbudo de mejillones y ostras oceánicas, con un resto de colchón y un tirador dentro.
Érase una vez un hombre de nombre Luís a quien le faltaba el ojo izquierdo, que se quedó en el Muelle de Alcântara tres o cuatro semanas por lo menos, sentado encima del ataúd de su padre, esperando que el resto del equipaje llegase en el próximo barco. Les había dado a los estibadores, a un sargento portugués borracho y a los empleados de la aduana la escritura de su casa y el dinero que llevaba, los había visto izar el frigorífico, la cocina y el Chevrolet antiguo, con su motor caprichoso, a una nave que ya aparejaba, pero se negó a separarse del ataúd a pesar de las órdenes de un mayor regordete (No se le ocurra llevar ese chisme con usted), un féretro de argollas labradas y un crucifijo en la tapa, arrastrado por el tumbadillo ante el pasmo del comandante que se olvidó del nonio y levantó la cabeza, mareada de cálculos, para mirarlo, en el momento en que el hombre de nombre Luís desaparecía en la bodega y encajaba el muerto bajo la litera, como hacían los restantes pasajeros con los cestos y las maletas. Después se tumbó sobre la colcha, puso sus palmas detrás de la nuca y se entretuvo en fijar su atención en el ganchillo meticuloso de las arañas y el celo de los ratones en las vigas del techo cubiertas de cangrejos y percebes, soñando con los brazos nocturnos de las negras ausentes. En el segundo almuerzo conoció a un jubilado amante de briscas y suecas y a un manco español que vendía décimos de lotería en Mozambique llamado don Miguel de Cervantes Saavedra, antiguo soldado que no paraba de escribir en hojas sueltas de agenda y papeles desechados una novela titulada, no se entendía por qué, Quijote, cuando todo el mundo sabe que Quijote es nombre de caballo de obstáculos, y al atardecer sacaban el ataúd y golpeaban triunfos atrevidos en la tapa barnizada, evitando tocar el crucifijo porque da mala suerte a las bazas y altera las malillas, y alzando los zapatos con hebilla siempre que los balanceos del barco escurrían en su dirección el vómito de los vecinos, que adquiría un palmo de altura y los obligaba, con los calcetines empapados, a agarrarse a las argollas para que el cadáver no se les escapase, a la deriva en un caldo en el que flotaban bogavantes, llevándose consigo las sotas y los ases de la jugada decisiva.
El hombre de nombre Luís vivía con su padre en Cazenga cuando una patrulla disparó sobre el viejo, de forma que en cuanto los amigos del dominó se lo trajeron envuelto en jirones de sábana, sólo con un mechón de pelo castaño fuera, lo dejaron sobre el mantel de la cena, encima de los cubiertos y los platos, y se fueron a discutir un doble de seis, bajó por el callejón hasta la funeraria que había estallado por efecto de una granada, entró por los cristales astillados del escaparate y eligió un ataúd en medio de los muchos que quedaban en la tienda porque los cuerpos se descomponían en las plazas y las calles sin que nadie se preocupase por ellos, salvo los perros vagabundos y los ladrones de despojos. Metió al finado allí dentro, olvidándose de quitarle la sábana, de besarlo, de ponerle el traje de boda o de cortarle las uñas, ajustó los tornillos del féretro y a la mañana siguiente lo instaló en la carretilla junto con una muda de ropa y una marmita con patatas y se dirigió a la dársena con el propósito de embarcar para el reyno. En cuanto el vómito alcanzó los dos palmos amarró el ataúd a la pata de la litera, con la cuerda de los pavos de Navidad, para poder dormir, aunque sintiese a su padre navegar sin sustancia en el interior de su sueño, llamándolo por las rendijas de nogal con la voz alborotada de los muertos. Al atracar en Lixboa, el manco y el jubilado lo ayudaron a depositar el ataúd, al que le faltaban argollas y unos cuantos crespones, en el borde del muelle, y el jubilado sacó las cartas del bolsillo para jugar una última sueca bajo las quejas de novia de los guindastes, los borborigmos de las corbetas y los albatros que conspiraban desde arriba, intrigados por el olor a vinagre del viejo. Al decimotercer triunfo de copas el de los décimos de lotería se levantó, Buenas noches*, señores, que tengo que irme a España a terminar mi libro, sólo consigo revisar las pruebas con el sol gitano de Madrid en la cabecera, prometo enviar por correo un ejemplar autografiado a cada uno, y ellos notaron entonces, sorprendidos, que las personas y el equipaje habían desaparecido del puerto: quedaba la oscuridad, un desertor ajusticiado en una especie de escenario para edificación de las gentes y pasto de los cuervos, y una farola encendida en un edificio de socorro a ahogados o de oficina marítima, de esos que el Ministerio de Pesca, el Infante navegante y la Policía Judicial instalaban litoral abajo para vigilar al mismo tiempo el contrabando de hachís y las maniobras de los bucaneros flamencos. La tonalidad de las olas contra la piedra había cambiado, ahora transparente y dulce como el sonido de tus ojos. El jubilado ganó la centésima cuadragésima novena implacable partida cuando ya no se diferenciaban los palos de las cartas y se adivinaba el valor de las quinas por un decepcionante eco en el alma, después de lo cual recogió la baraja, se despidió y se fue, lamentando, para no conmoverse, que con contrincantes así, que ni siquiera memorizan el número de puntos, dónde demonios se encuentra el placer de ganar una brisca. El hombre de nombre Luís permaneció siglos observando al jugador que se alejaba con el pasito prudente de los sutiles conocedores del azar hasta desaparecer, pardusco en el cielo pardusco, más allá de la hilera de arbustos paralelos a una vía de tren, y perderse en el desorden iluminado de la ciudad. Entonces se sentó en el ataúd con el agua a sus pies sin lograr distinguirla, salvo el jadear del río que se distanciaba y avanzaba, y donde desembocaban las cloacas de Lixboa y los sonetos pastoriles del poeta Francisco Rodrigues Lobo, suicida del Tajo pescado con una red como un sábalo con bigotes. Las gaviotas y los milanos se refugiaron en las cornisas casi concluidas de los Jerónimos adonde el ejército había trasladado la llamita gloriosamente modesta del soldado desconocido, campesino atónito arrojado al lodo francés y los gases alemanes de la primera guerra mundial, dando lugar a murciélagos del tamaño de perdices que dormían durante el día en la paz de los arcos del claustro con un pequeño lago en el centro destinado a la sirena niña que Bartolomeu Dias había prometido al rey para su próximo viaje, después de que a la madrugada se alzase de los arrecifes un canto de caracola capaz de deslumbrar a los marineros. Unas locomotoras en maniobras separaban al hombre de nombre Luís de los edificios de la margen, oblicuamente asentados en el pavimento de las calzadas como las naves del cerco de la ciudad en el musgo del Tajo. Un cabo de la guardia fiscal, con escopeta, vestido con las rayitas de los suizos que protegen al papa, pasó a su lado una vez o dos fumando, y la punta del cigarrillo respondía en morse a las señales de linterna de los contrabandistas, conduciendo a las trampas del ejército falsas traineras marroquíes repletas de licor italiano y amapolas de opio. Olía a calor y a desperdicios y de vez en cuando unos restos de periódico alzaban una brisa de noticias de la calzada. Oriné a la sombra de una camioneta con frutas y mientras me desabrochaba la bragueta y el aire se teñía con fragancias de melocotón me acordé de Luanda a las seis de la tarde, a la hora en que los barcos zarpaban para la pesca y se empequeñecían humeando entre troncos de palmeras. Oriné pensando en el relojero sordomudo, con pupilas de Charlot, rodeado por centenares de cucos furiosos, que reparaba muelles microscópicos a diez metros de mi trabajo, pensando en don Miguel de Cervantes Saavedra que a veces nos declamaba a gritos episodios extraños de Dulcineas y molinos y añadía muy excitado, palpando el lápiz en su chaqueta, Voy a poner esto en mi libro, voy a poner esto en mi libro, pensando en el jubilado de la brisca que cubría con tapones de tela y estearina de velas las fisuras del ataúd y se instalaba a mi lado en la litera para mostrarme fotos antiguas pegadas en un cuaderno e
