PRÓLOGO
Odesa, Rusia, 1918
La espesa niebla entró en la rada a última hora de la tarde, empujada por un brusco cambio en la dirección del viento. Las húmedas nubes grises se extendieron por los muelles de piedra, subieron las escaleras de Odesa y trajeron una noche anticipada al bullicioso puerto del mar Negro. Los barcos de pasajeros y los de carga cancelaron las salidas, y dejaron en tierra a docenas de marineros ociosos. El capitán Anatoli Tovrov buscó su camino a tientas entre la niebla que le helaba los huesos, mientras que a su alrededor se escuchaban las risotadas de los clientes borrachos en los atestados tugurios y burdeles. Dejó atrás la zona de bares, dobló por una callejuela y abrió una puerta sin ninguna señal distintiva. Olió el aire caliente cargado con el olor a tabaco y vodka. Un hombre gordo que ocupaba una mesa en un rincón llamó al capitán con un gesto.
Alexei Federoff era el jefe de la aduana de Odesa. Cuando el capitán estaba en tierra, él y Federoff se reunían habitualmente en esta discreta taberna, frecuentada sobre todo por viejos marineros retirados, donde el vodka además de barato no era letal.
El burócrata satisfacía la necesidad del capitán de tener compañía sin amistad. Tovrov había seguido un rumbo solitario desde que a su esposa y a su hija adolescente las habían matado años atrás en uno de los insensatos estallidos de violencia que se producían en Rusia.
Federoff parecía un tanto apagado. Habitualmente era un hombre jaranero capaz de acusar al camarero de cobrarle de más, pero, esta vez, cuando pidió otra ronda lo hizo en silencio levantando dos dedos. En un gesto todavía más sorprendente, el frugal aduanero pagó las copas. Hablaba en voz baja, y con una cierta agitación se tironeaba la perilla mientras observaba nervioso las otras mesas donde los curtidos marineros bebían sin preocuparse de nadie más. Convencido de que nadie espiaba su conversación, Federoff levantó la copa y brindaron.
—Mi querido capitán —dijo Federoff—. Lamento tener tan poco tiempo y verme obligado a ir directamente al grano. Quisiera que llevara a un grupo de pasajeros y una pequeña carga a Constantinopla, sin hacer preguntas.
—Me olí algo extraño cuando me invitó a la copa —comentó el capitán, con su habitual franqueza.
Federoff se echó a reír. Siempre le había intrigado la sinceridad del capitán, incluso si no podía comprenderla.
—Verá, capitán, los pobres servidores del gobierno debemos subsistir con la miseria que nos pagan.
En el rostro del capitán apareció una leve sonrisa mientras contemplaba la amplia barriga que tensaba los botones del elegante chaleco francés de Federoff. El aduanero se quejaba con frecuencia de su trabajo. Tovrov le escuchaba cortésmente. Sabía que el funcionario tenía muy buenos contactos en San Petersburgo y que pedía sobornos a los armadores para, como él decía, «calmar el mar» de la burocracia.
—Usted conoce mi barco —añadió Tovrov. Se encogió de hombros—. No es lo que se llamaría una nave de lujo.
—No importa. Se adapta perfectamente a nuestras necesidades.
El capitán hizo una pausa, mientras se preguntaba por qué alguien estaba dispuesto a embarcarse en un viejo carguero de carbón cuando había disponibles otras alternativas más atractivas. Federoff confundió la vacilación del capitán con el inicio del regateo por el precio. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacó un sobre muy abultado, y lo dejó sobre la mesa. Abrió el sobre lo suficiente como para que el capitán viera los miles de rublos que contenía.
—Será usted bien recompensado.
Tovrov tragó saliva. Le temblaban las manos cuando sacó un cigarrillo del paquete y lo encendió.
—No lo entiendo —dijo.
Federoff advirtió el desconcierto del capitán.
—¿Qué sabe de la situación política en nuestro país?
El capitán solo sabía aquello que leía en periódicos atrasados y los rumores que circulaban por los muelles.
—Solo soy un vulgar marino —respondió—. Casi nunca estoy en suelo ruso.
—Incluso así, es usted un hombre con una gran experiencia práctica. Por favor sea sincero, amigo mío. Siempre he valorado su opinión.
Tovrov pensó durante unos momentos en lo que sabía de las tribulaciones de Rusia, y lo expresó en un contexto náutico.
—Si un barco estuviese en las mismas condiciones que nuestro país, me preguntaría cómo es que todavía no se ha ido a pique.
—Siempre he admirado su candor —manifestó Federoff, con una sonora carcajada—. Su réplica no podía ser más precisa. Rusia se encuentra inmersa en una situación crítica. Nuestros jóvenes mueren por centenares en la Gran Guerra, el zar ha abdicado, los bolcheviques se están haciendo con el poder, los alemanes ocupan nuestro flanco sur, y hemos llamado a las demás naciones para que nos saquen las castañas del fuego.
—No tenía idea de que las cosas estuvieran tan mal.
—Van a peor, aunque le cueste creerlo, y esto nos trae de nuevo a usted y su barco. —Federoff miró directamente a los ojos del capitán—. Los patriotas leales de Odesa estamos con la espalda contra el mar. El ejército blanco controla el territorio, pero los rojos presionan por el norte, y no tardarán en derrotarlo. La zona militar de dieciséis kilómetros del ejército alemán desaparecerá como el hielo en primavera. Al llevar a estos pasajeros, estará haciendo un gran servicio a Rusia.
El capitán se consideraba a sí mismo como un ciudadano del mundo, pero en lo más profundo no era diferente al resto de sus compatriotas, con su gran cariño por la madre patria. Sabía que los bolcheviques arrestaban y fusilaban sin parar mientes a los miembros de la vieja guardia, y que muchos refugiados habían emprendido la huida hacia el sur. Había hablado con otros capitanes que relataban historias de pasajeros de alto rango que embarcaban en mitad de la noche.
El alojamiento de los pasajeros no planteaba ningún problema. El barco estaba prácticamente vacío. El Odessa Star era el último lugar al que acudían los tripulantes que buscaban una plaza. Olía a grasa, a combustible, a metal oxidado y a residuos de otras cargas. Los marineros lo llamaban el hedor de la muerte y evitaban el barco como si transportara la peste. Los tripulantes eran en su mayoría escoria de los muelles que ninguna nave quería contratar. Tovrov le pediría al primer oficial que se trasladara a su camarote, con lo que dejaría libre para los pasajeros los camarotes de los oficiales. Miró de soslayo el abultado sobre. El dinero marcaría la diferencia entre morir en un asilo para viejos marineros o retirarse a una cómoda casita junto al mar.
—Zarparemos dentro de tres días con la marea de la tarde.
—Es usted un verdadero patriota —afirmó Federoff con lágrimas en los ojos. Le acercó el sobre—. Aquí tiene la mitad. Le pagaré el resto cuando lleguen los pasajeros.
El capitán se guardó el dinero en un bolsillo; tuvo la sensación de que el sobre emanaba calor.
—¿Cuántos serán los pasajeros?
Federoff miró a dos marineros que acababan de entrar en el local y esperó a que se sentaran a una de las mesas.
—Alrededor de una docena —respondió en voz baja—. En el sobre también hay dinero para la comida. Compre las provisiones en varias tiendas para no despertar sospechas. Ahora debo irme. —Se levantó, y con una voz lo bastante alta como para que le escucharan todos, añadió—: Así están las cosas, mi buen capitán. Espero que ahora tenga usted bien claro cuáles son las disposiciones aduaneras. Buenos días.
La tarde de la partida, Federoff visitó la nave para comunicarle al capitán que no había ningún cambio en los planes. Los pasajeros llegarían cuando fuera de noche. Solo el capitán debía estar en cubierta. Poco antes de la medianoche, mientras Tovrov se paseaba por la cubierta envuelta en la niebla, un vehículo se detuvo al pie de la pasarela. Por el sonido del motor dedujo que era un camión. El conductor apagó el motor y los faros. Se abrieron y cerraron puertas, y se escuchó el rumor de voces y el raspar de las botas en los adoquines mojados.
Una figura alta, vestida con una capa con capucha, subió por la pasarela, saltó a cubierta y se acercó al capitán. Tovrov notó la fuerza en la mirada de aquellos ojos invisibles. Luego, una voz profunda y autoritaria sonó en el agujero negro de la capucha.
—¿Dónde están los camarotes de los pasajeros?
—Se los enseñaré.
—No, dígamelo.
—De acuerdo. Los camarotes en el puente, en la cubierta superior. La escalerilla está allá.
—¿Dónde está la tripulación?
—Todos los tripulantes están en sus literas.
—Ocúpese de que sigan allí. Espere aquí.
El hombre se dirigió silenciosamente hacia la escalerilla para subir a la cubierta donde estaban los camarotes de los oficiales directamente debajo del puente de mando. Solo tardó unos minutos en volver de su inspección.
—Mejor que un establo, pero no mucho —opinó—. Vamos a subir a bordo. Manténgase apartado. Vaya allí. —Señaló hacia la proa, y luego bajó la pasarela.
A Tovrov le irritaba que le dieran órdenes en su propio barco. Sin embargo, pensar en el dinero guardado en el cofre de su camarote le hizo olvidar el enfado. También era lo bastante prudente como para no discutir con alguien que le superaba en más de una cabeza de estatura. Fue a proa tal como le habían dicho.
El grupo reunido en el muelle subió al barco en fila india. Tovrov escuchó la voz somnolienta de una chica o un chico acallada por un adulto cuando los pasajeros se dirigían a los camarotes. Otros les siguieron cargados con maletas y baúles. Por los gruñidos y las maldiciones, adivinó que el equipaje era pesado. La última persona en subir fue Federoff, que resoplaba debido a su desacostumbrado esfuerzo de subir por la pasarela.
—Ya está, amigo —anunció alegremente. Dio unas palmadas para calentarse las manos enguantadas—. No queda nadie más. ¿Está todo preparado?
—Zarparemos en cuanto usted dé la orden.
—Considérela dada. Aquí tiene el resto de su dinero. —Le entregó a Tovrov un sobre que crujió con los billetes nuevos. Luego, en un gesto inesperado, abrazó al capitán con un abrazo de oso y le besó en las mejillas—. La madre Rusia nunca podrá pagarle lo suficiente —susurró—. Esta noche ha hecho usted historia. —Soltó al asombrado capitán y bajó por la pasarela. Al cabo de un momento, el camión se puso en marcha y desapareció en la oscuridad.
El capitán acercó el sobre a la nariz, olió el aroma de los rublos como si fuesen rosas, luego guardó el dinero en un bolsillo del abrigo y subió al puente de mando. Pasó por la caseta de derrota para ir a su camarote y despertar a Sergei, el primer oficial. Tovrov le ordenó al joven georgiano que despertara a la tripulación y que soltaran las amarras. El primer oficial se marchó al sollado para cumplir con las órdenes, sin dejar de mascullar algo incomprensible.
Un puñado de seres miserables apareció tambaleante de cubierta, ninguno de ellos muy sobrios. Tovrov observó desde el puente de mando cómo soltaban las amarras y recogían la pasarela. En total había doce tripulantes, incluidos dos hombres contratados en el último minuto para trabajar de fogoneros en la «chatarra», que era como llamaban a la sala de máquinas. El jefe maquinista era un marino competente que seguía junto al capitán solo por lealtad. Manejaba la aceitera como una varita mágica e insuflaba vida en los moribundos motores que propulsaban al Odessa Star. Las calderas encendidas desde hacía horas producían todo el vapor que podía esperarse dado su estado lamentable.
Tovrov cogió el timón, envió la orden por el telégrafo, y el barco se apartó del muelle. Mientras el Odessa Star avanzaba lentamente por la rada cubierta de niebla, aquellos que lo vieron zarpar se persignaron y murmuraron antiguas plegarias para protegerse de los demonios. Parecía flotar sobre el agua como un buque fantasma condenado a vagar por los mares del mundo a la búsqueda de marineros ahogados como tripulación. Las luces de posición se veían envueltas en un velo grisáceo, como si los fuegos fatuos bailaran en los aparejos.
El capitán guió al barco por el sinuoso canal y sorteó a los otros barcos fondeados con la facilidad de una tortuga que utiliza su radar natural. Años de navegar entre Odesa y Constantinopla habían grabado la ruta en su mente, y sabía sin necesidad de recurrir a las cartas o a las boyas cuántas vueltas de timón tenía que dar en cada maniobra.
Los propietarios franceses del barco habían descuidado intencionadamente durante años los trabajos de mantenimiento, y soñaban que algún día una buena tormenta lo enviara a pique y así cobrar el dinero del seguro. El orín chorreaba de los imbornales como pústulas infectadas y manchaba el casco desconchado. Los mástiles y las grúas mostraban las negras manchas de la corrosión. El barco escoraba a babor como un borracho, allí donde se acumulaba el agua de una sentina agujereada. Las máquinas del Odessa Star, necesitadas desde hacía años de una reparación a fondo, jadeaban como si sufrieran de enfisema. El asqueroso humo negro que salía de la única chimenea apestaba como una columna de azufre salida del infierno. Como un enfermo terminal que se las ha apañado para vivir en un cuerpo hecho una ruina, el Odessa Star continuaba surcando los mares cuando ya tendría que haber sido declarado clínicamente muerto.
Tovrov sabía que el Odessa Star sería el último barco a su mando. No obstante, se esforzaba por mantener un aspecto pulcro. Cada mañana limpiaba sus zapatos negros. Su camisa blanca tenía un color amarillento pero se veía limpia, y procuraba mantener la raya en los raídos pantalones negros. Solo las habilidades cosméticas de un embalsamador hubiesen podido mejorar la apariencia física del capitán. Las muchas horas de trabajo, el comer poco y mal, la falta de sueño habían dejado sus huellas. Las mejillas hundidas hacían que se destacara todavía más la larga nariz cubierta de venas rojas y la piel era de un color gris como el agua sucia.
El primer oficial se fue a dormir, y la tripulación volvió a las literas mientras el primer turno de fogoneros alimentaba las calderas. El capitán encendió un fuerte cigarrillo turco que le provocó un ataque de tos tan fuerte que se dobló en dos. Cuando consiguió controlar la tos, se dio cuenta de que el helado aire de mar entraba por una puerta abierta. Levantó la cabeza y vio que ya no estaba solo. Un gigantón estaba en el umbral, su figura enmarcada por jirones de niebla. Entró y cerró la puerta rápidamente.
—Luces —ordenó con una voz de barítono que lo identificó como el hombre que había sido el primero en subir a bordo.
Tovrov tiró de la cadena del interruptor de la bombilla desnuda colgada de una viga. El hombre se había quitado la capucha. Era alto, delgado, y llevaba un gorro de piel blanca conocido como papaja en un ángulo insolente. La pálida cicatriz de un duelo le cruzaba la mejilla derecha por encima de la línea de la barba, tenía el rostro enrojecido y la piel marcada por las quemaduras de la nieve, y el pelo y la barba negra salpicadas con gotas de humedad. La pupila del ojo izquierdo estaba cubierta por una película blanca producto quizá de alguna enfermedad o una herida, y el ojo bueno le daba un aspecto de cíclope desequilibrado.
La entreabierta capa forrada de piel había dejado a la vista una pistolera y el fusil que llevaba en la mano. Una canana le cruzaba el pecho y un sable colgaba del cinto. Vestía una casaca gris manchada de barro y calzaba botas negras de caña alta. El uniforme y el aire de violencia mal contenida lo identificaban como un cosaco, un miembro de la feroz casta de guerreros que habitaban las orillas del mar Negro. Tovrov contuvo el asco. Los cosacos habían participado en la muerte de su familia, y siempre había intentado evitar a los beligerantes jinetes que disfrutaban aterrorizando a la gente.
El hombre echó una ojeada al desierto puente de mando.
—¿Está solo?
—El primer oficial está durmiendo en mi camarote —respondió Tovrov, y señaló con un gesto hacia atrás—. Está borracho y no se entera de nada. —Buscó el paquete de cigarrillos y se lo ofreció al visitante.
—Soy el comandante Peter Yakelev —dijo el cosaco, que rechazó el cigarrillo con un ademán—. Usted hará lo que se le diga, capitán Tovrov.
—Puede confiar en que estaré a su servicio, comandante.
—No confío en nadie. —El cosaco pareció escupir las palabras. Se acercó—. No confío en los rusos blancos ni en los rojos. Tampoco en los alemanes y los ingleses. Todos están contra nosotros. Incluso los cosacos se han pasado a los bolcheviques. —Miró al capitán con una expresión furiosa como si esperara encontrarse con un desafío. Cuando comprobó que no había amenaza alguna en la mansa expresión del capitán, estiró la mano.
»Cigarrillo —gruñó.
Tovrov le dio todo el paquete. El comandante encendió un cigarrillo y aspiró el humo como si fuera un elixir. El capitán se sintió intrigado por el acento del militar. Su padre había sido cochero de un rico terrateniente, y Tovrov conocía el habla culta de la élite rusa. Este hombre tenía todo el aspecto de haber salido de las estepas, pero hablaba con un tono educado. Tovrov sabía que los oficiales salidos de la academia militar a menudo les daban el mando de tropas cosacas.
El capitán advirtió las huellas del cansancio en el rostro del cosaco y en los hombros un tanto vencidos.
—¿Un viaje muy largo? —preguntó.
El comandante sonrió sin la menor alegría.
—Sí, un viaje muy largo y difícil. —Soltó dos columnas de humo por la nariz. Sacó una petaca de vodka del bolsillo de la casaca. Bebió un trago mientras echaba otra ojeada a la cabina—. Este barco apesta —declaró.
—El Odessa Star es una vieja dama con un gran corazón.
—Así y todo, su vieja dama apesta —afirmó el cosaco.
—Cuando se tiene mi edad, uno aprende a taparse la nariz y aceptar lo que se tiene.
El comandante se echó a reír y palmeó la espalda de Tovrov con tanta fuerza que el capitán sintió como si le hubiesen apuñalado en los pulmones y comenzó a toser. El cosaco le ofreció la petaca. El capitán bebió un trago. Era vodka de primera calidad, no el matarratas al que estaba habituado. La fuerte bebida apagó la tos. Devolvió la petaca y sujetó el timón.
Yakelev guardó la petaca en el bolsillo.
—¿Qué le dijo Federoff? —preguntó.
—Solo que llevamos a unos pasajeros y una carga de gran importancia para Rusia.
—¿No le pica la curiosidad?
Tovrov se encogió de hombros.
—He escuchado lo que está pasando en el oeste. Supongo que mis pasajeros son burócratas que escapan de los bolcheviques con sus familias y las pocas pertenencias que han conseguido recoger.
—Sí, esa es una buena historia. —Yakelev sonrió.
—Puedo preguntar —prosiguió Tovrov, envalentonado—, ¿por qué han escogido el Odessa Star? Sin duda había barcos más nuevos y con más comodidades para los pasajeros.
—Utilice la cabeza, capitán —replicó el comandante con un tono un tanto despectivo—. Nadie supondrá que esta vieja carraca puede llevar a nadie importante. —Miró a través de una de las ventanas allí donde solo había oscuridad—. ¿Cuánto tardaremos en llegar a Constantinopla?
—Dos días y dos noches si todo va bien.
—Asegúrese de que vaya bien.
—Haré todo lo posible. ¿Algo más?
—Sí. Dígale a su tripulación que se mantenga apartada de los pasajeros. Una cocinera se encargará de preparar las comidas. Nadie hablará con ella. Hay seis guardias, incluido yo, y estaremos de servicio todo el día. Dispararemos contra cualquiera que se acerque a los camarotes sin permiso. —Apoyo una mano en la culata de la pistola para recalcar la advertencia.
—Me aseguraré de que la tripulación esté avisada —respondió el capitán—. Los únicos que estamos en el puente somos el primer oficial y yo. Se llama Sergei.
—¿El borracho?
Tovrov asintió. El cosaco sacudió la cabeza en un gesto de incredulidad, miró la cabina con el ojo bueno, y después se marchó tan bruscamente como había venido.
El capitán miró la puerta abierta y se rascó la barbilla. Los pasajeros que viajaban acompañados de una escolta armada no eran unos simples burócratas, se dijo. Debía de estar llevando a alguien encumbrado en la jerarquía, quizá incluso a miembros de la corte. Sin embargo, decidió que no era asunto suyo, y volvió a sus ocupaciones. Comprobó el rumbo, sujetó el timón y luego se asomó a la barandilla de babor para despejarse la cabeza.
El aire húmedo traía el perfume de las antiguas tierras que rodeaban el mar. Inclinó la cabeza a un lado y aguzó el oído en un intento por escuchar por encima del errático traqueteo de las máquinas del Odessa Star. Las décadas pasadas en el mar le habían afinado los sentidos. Había otro barco que se movía entre la niebla. ¿Quién más podía ser tan idiota como para navegar en una noche tan terrible? Quizá era efecto del vodka.
Un nuevo sonido apagó el ruido de las máquinas. Era la música que llegaba de los camarotes de los pasajeros. Alguien estaba tocando una concertina y unas voces masculinas cantaban a coro. Entonaban el himno nacional ruso, Baje Tsaria Krani (Dios salve al zar). Las melancólicas voces le produjeron una gran tristeza. Entró en el puente de mando y cerró la puerta para no seguir escuchando los tristes acordes.
La niebla se desvaneció con el alba, y el primer oficial entró con paso inseguro y los ojos legañosos para relevar al capitán. Tovrov le indicó el rumbo, salió de la cabina y bostezó en la primera luz de la mañana. Echó una ojeada al mar, que era como una inmensa balsa azul, y vio que su instinto no le había engañado. Un pesquero navegaba en paralelo a la larga estela del Odessa Star. Observó la embarcación durante unos minutos, después se encogió de hombros, y bajó a la cubierta para avisar a los tripulantes que estaba prohibido acercarse a los camarotes de los oficiales.
Después de comprobar que todo estaba en orden, el capitán volvió a su camarote y se acostó vestido. El primer oficial tenía órdenes estrictas de despertarlo al primer aviso de que ocurría algo anormal. Sin embargo, Tovrov, que dominaba el arte de dormir con un ojo, se levantó varias veces para después seguir durmiendo profundamente. Se levantó sobre el mediodía, y bajó al comedor donde desayunó pan con queso, y un poco de chorizo adquirido gracias al dinero que le habían dado. Había una mujer robusta en los fogones, y a su lado un fornido cosaco con cara de pocos amigos que la ayudó a llevar las humeantes cazuelas a los camarotes de los pasajeros. En cuanto acabó de desayunar, Tovrov relevó al primer oficial para que bajara a comer. A medida que transcurría el día, se alejaron cada vez más del pesquero hasta que se convirtió en cualquiera de los puntos visibles en el horizonte.
El Odessa Star parecía quitarse años de encima mientras surcaba la tranquila superficie del mar iluminado por el sol. Tovrov, ansioso por llegar a Constantinopla, ordenó que siguieran casi a toda máquina hasta que finalmente, el barco pagó las consecuencias de su alegre andar. Faltaba poco para la puesta de sol cuando se rompió uno de los motores, y aunque el primer oficial y el maquinista hicieron lo imposible por repararlo, lo único que consiguieron fue acabar sucios de grasa hasta las orejas. El capitán comprendió que era inútil perder más tiempo y ordenó que continuaran la navegación con un solo motor.
El comandante le esperaba en el puente de mando y rugió como un león herido cuando el capitán le explicó el problema. Tovrov dijo que llegarían a Constantinopla, aunque con un poco de retraso. Quizá un día más.
Yakelev levantó los puños y miró al capitán con su ojo de cíclope. Tovrov se vio convertido en papilla, pero el comandante se volvió bruscamente y salió de la cabina. El capitán soltó el aire retenido en los pulmones y volvió a ocuparse de las cartas náuticas. El barco se movía a media velocidad, pero al menos se movía. Tovrov rogó al icono de San Basilio sujeto al mamparo que el motor aguantara el esfuerzo.
El comandante parecía más tranquilo cuando volvió al puente. El capitán se interesó por el estado de los pasajeros. Estaban bien, le respondió Yakelev, aunque estarían mucho mejor si el apestoso y oxidado trasto en el que viajaban los llevaba a su destino. Ya era noche cerrada cuando entró la niebla, y Tovrov ordenó reducir la velocidad en un par de nudos. Rezó para que Yakelev estuviera durmiendo y no advirtiera que el barco navegaba a menor velocidad.
Tovrov tenía el tic mental que afecta a todos los hombres que han pasado sus vidas en el mar. Su mirada iba de un lado a otro, miraba la brújula y el barómetro docenas de veces en una hora, y pasaba de una banda a la otra del puente para observar el estado del tiempo y el mar. Sobre la una de la madrugada, se asomó a la banda de babor y sintió un cosquilleo en la nuca. Se acercaba una embarcación. Escuchó atentamente. La distancia que los separaba se acortaba rápidamente.
Tovrov era un hombre sencillo, pero no era estúpido. Cogió el teléfono que conectaba el puente con los camarotes de los oficiales y giró la manivela. Yakelev atendió la llamada.
—¿Qué quiere? —preguntó con voz desabrida.
—Tenemos que hablar —respondió Tovrov.
—Subiré más tarde.
—No, es muy importante. Debemos hablar ahora mismo.
—De acuerdo. Venga aquí —le ordenó Yakelev, y después añadió con una risita malvada—: Intentaré no dispararle.
El capitán colgó el teléfono y despertó a Sergei, que dormía borracho como una cuba. Le sirvió una taza de café bien cargado.
—Mantén el rumbo sur. Volveré dentro de unos minutos. Si cometes cualquier error te quitaré el vodka hasta que lleguemos a Constantinopla.
Tovrov bajó las escalerillas y abrió cautelosamente la puerta, casi esperando que le acribillaran a balazos. Yakelev le aguardaba, con las piernas bien separadas y los brazos en jarras. Cuatro cosacos dormían en el suelo, y un quinto estaba sentado con las piernas cruzadas en la posición del loto, de cara a la puerta y con un fusil en las rodillas.
—Me ha despertado —protestó Yakelev con una mirada acusadora.
—Venga conmigo, por favor —replicó el capitán, y se volvió para enseñarle el camino. Descendieron hasta la cubierta principal, envuelta por la niebla, y se dirigieron a popa. Tovrov se inclinó sobre la borda y miró en la oscuridad que borraba la amplia estela. Escuchó durante unos segundos, y su mente eliminó todos los sonidos habituales—. Nos sigue una embarcación.
Yakelev lo miró con una expresión suspicaz y acercó una mano a la oreja como si fuera una trompetilla.
—Está loco. No escucho nada que no sea el ruido de este montón de chatarra.
—Usted es un cosaco —señaló Tovrov—. ¿Entiende de caballos?
—Por supuesto —afirmó el comandante, con una mueca de desprecio—. ¿Qué hombre no sabe de caballos?
—Yo no sé nada de caballos, pero sí sé de barcos, y nos están siguiendo. El pistón de uno de los motores de ese barco falla. Creo que se trata del mismo pesquero que vi antes.
—¿Y qué? Estamos en el mar. Los peces viven en el mar.
—No hay peces tan lejos de la costa. —Volvió a escuchar—. No hay ninguna duda. Se trata del mismo barco y se acerca a nosotros.
El comandante soltó un rosario de maldiciones y descargó un puñetazo en la borda.
—Debe escapar de ellos.
—¡Imposible! No con un motor de menos.
La mano de Yakelev se cerró como una garra en el pecho del abrigo de Tovrov y levantó al capitán como si fuera un pluma.
—No me diga que es imposible —rugió—. Tardamos semanas en venir desde Kiev. La temperatura era de treinta bajo cero. El viento era como un látigo que nos azotaba el rostro. Nos encontramos con una burin, una ventisca como no había visto en toda mi vida. Disponía de una sontia de cien cosacos cuando salí. Estos puñados de hombres agotados es todo lo que me queda. Los demás se quedaron atrás para proteger nuestra retaguardia mientras cruzábamos las líneas alemanas. De no haber sido por la ayuda de los tártaros, ahora estaríamos todos muertos. Conseguimos encontrar un camino. Usted también lo hará.
Tovrov consiguió dominar un ataque de tos.
—Entonces sugiero que cambiemos de rumbo y apaguemos las luces.
—Hágalo —ordenó el comandante, y abrió su puño de acero.
El capitán recuperó el aliento y corrió hacia el puente, con Yakelev pegado a los talones. Cuando se aproximaban a la escalerilla que conducía al puente de mando, un brillante cuadrado de luz apareció en la cubierta superior. Varias personas salieron a la plataforma abierta. Tenían la luz a la espalda, así que sus rostros continuaron en la sombra.
—¡Adentro! —gritó Yakelev.
—Hemos salido a tomar un poco el aire —dijo una mujer, que hablaba con acento alemán—. En los camarotes nos ahogamos.
—Por favor, señora —rogó el oficial con un tono mucho más amable.
—Como usted quiera —replicó la mujer, después de un instante. Era obvio que le desagradaba hacerlo, pero se llevó a los demás de nuevo a los camarotes. Cuando se volvió, Tovrov vio su perfil. Tenía la barbilla sobresaliente, y la nariz un tanto curvada en la punta.
Un guardia asomó por la puerta.
—No pude detenerlas, comandante —gritó.
—Entre y cierre la puerta antes de que todo el mundo escuche sus estúpidas disculpas.
El guardia desapareció de la vista y cerró la puerta. Mientras Tovrov miraba hacia la plataforma vacía, los gruesos dedos del comandante se clavaron en su brazo.
—Usted no ha visto nada, capitán —dijo Yakelev en voz baja y un tono imperioso.
—Esas personas…
—¡Nada! Por el amor de Dios, capitán. No me obligue a que lo mate.
Tovrov fue a replicar, pero las palabras nunca salieron de su boca. Había notado un cambio en el movimiento del barco, y se libró de la mano de Yakelev.
—Debo volver al puente.
—¿Qué ocurre?
—No hay nadie al timón. ¿No lo nota? El idiota de mi primer oficial probablemente esté borracho.
Tovrov se alejó del comandante y subió al puente de mando. A la luz de la bitácora, vio cómo la rueda del timón giraba de un lado a otro como si la movieran unas manos invisibles. El capitán entró en la cabina y tropezó con algo blando. Maldijo en voz alta, convencido que el primer oficial estaba inconsciente. Luego encendió la luz y comprobó que se había equivocado.
El georgiano yacía boca abajo en el suelo de metal, con la cabeza en medio de un charco de sangre. La ira de Tovrov se convirtió en alarma. Se arrodilló junto al joven oficial y le dio la vuelta. Una herida le sonrió como una segunda boca allí donde le habían cortado la garganta al pobre desgraciado.
El capitán se apartó del cadáver con una expresión de horror, solo para chocar contra una pared de carne. Se volvió en el acto y se encontró con Yakelev.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el comandante.
—¡Es increíble! ¡Alguien ha asesinado al primer oficial!
Yakelev empujó el cadáver ensangrentado con la punta de la bota.
—¿Quién ha podido hacer esto?
—Nadie.
—¿Nadie ha degollado a su primer oficial como a un cerdo? No diga tonterías, capitán.
Tovrov sacudió la cabeza, incapaz de apartar la mirada del cuerpo del georgiano.
—Quiero decir que conozco perfectamente bien a todos los miembros de mi tripulación —explicó. Hizo una pausa—. A todos excepto a los dos nuevos.
—¿Quiénes son esos hombres? —El ojo bueno de Yakelev se fijó en Tovrov como un reflector.
—Los contraté hace dos días como fogoneros. Estaban en el bar cuando hablaba con Federoff, y después vinieron para pedir trabajo. Tenían todo el aspecto de ser un par de rufianes, pero estaba escaso de personal…
Yakelev soltó una maldición, desenfundó la pistola, apartó sin miramiento al capitán, y abandonó el puente de mando mientras gritaba órdenes a sus hombres. Tovrov miró al primer oficial y juró para sus adentros que dejaría que lo mataran sin presentar pelea. Sujetó la rueda del timón, después fue a su camarote donde, con manos temblorosas, marcó la combinación de la caja de caudales. Cogió el paquete de terciopelo donde tenía una pistola automática Mauser del calibre 7,63 milímetros, que había comprado hacía años en previsión de que algún día tuviera que enfrentarse a un motín a bordo, comprobó el cargador, y pistola en mano abandonó el camarote. Mientras bajaba a la cubierta principal, se detuvo un momento para mirar por la ventana circular de la puerta que daba a los camarotes de los oficiales. No vio a nadie en el pasillo. Llegó a la cubierta principal y avanzó con mucho cuidado. La débil luz de las lámparas de posición le permitió ver a los cosacos agazapados cerca de la borda.
De pronto, un pequeño objeto oscuro apareció por encima de la borda, rebotó una vez y después se deslizó por el metal mojando, dejando atrás una estela de chispas.
—¡Granada! —gritó alguien.
Yakelev, rápido como una centella, se lanzó sobre la granada, se volvió boca arriba y con el mismo movimiento arrojó la piña de metal por encima de la borda. Se escuchó el estruendo de la explosión, y los alaridos de dolor que siguieron a la detonación se perdieron en el estrépito de los disparos que efectuaban los cosacos contra el enemigo invisible. Uno de los guardias se inclinó por encima de la borda y de un solo tajo cortó los cabos que sujetaban varios garfios de abordaje. Luego sonó el rugido de un motor a toda potencia. Los cosacos continuaron disparando hasta que la otra embarcación quedó fuera de alcance.
El comandante se volvió con el fusil preparado. Ya iba a disparar cuando en su rostro apareció una sonrisa al ver que se trataba de Tovrov.
—Será mejor que guarde ese juguete antes de que se dispare a sí mismo, capitán.
Tovrov se metió la pistola en la cintura y se acercó al oficial.
—¿Qué ha pasado?
—Tenía usted razón. Nos seguían. Un pesquero se colocó a nuestra altura y unos cuantos tipos insolentes intentaron colarse a bordo. Tuvimos que enseñarles buenos modales. Uno de sus nuevos tripulantes les estuvo haciendo señales con una lámpara hasta que le clavamos un puñal en el corazón. —Señaló un cuerpo caído en la cubierta.
—Les dimos a nuestros visitantes una calurosa bienvenida —comentó uno de los cosacos con un tono divertido y sus compañeros le rieron la gracia. Un par de guardias recogieron el cadáver y lo lanzaron por la borda. El capitán iba a preguntar dónde estaba el otro fogonero. Fue demasiado tarde.
El fogonero ausente anunció su llegada con una fuerza letal. Los disparos de su fusil acabaron con las risas de los cosacos, y los cuatro hombres se desplomaron como segados por una guadaña invisible. Una bala alcanzó a Yakelev en el pecho, y la fuerza del impacto lo lanzó contra un mamparo. Se resistió a caer y con un gran esfuerzo consiguió apartar al capitán de la línea de fuego. El último guardia se arrojó cuerpo a tierra y se arrastró sin dejar de disparar mientras avanzaba, pero una bala acabó con su vida antes de que pudiera alcanzar el resguardo de uno de los tubos de ventilación.
Mientras el cosaco conseguía distraer al atacante, Tovrov y Yakelev escaparon, aunque fue en vano porque después de unos pocos pasos, al comandante se le aflojaron las piernas y su corpachón se desplomó sobre la cubierta, con la casaca empapada en sangre. Llamó al capitán con un gesto, y Tovrov acercó la oreja a la boca del moribundo.
—Cuide de la familia —dijo el comandante con un hálito de voz—. Tienen que vivir. —Su mano buscó la chaqueta de Tovrov—. No lo olvide. Rusia no puede existir sin un zar. —Parpadeó con una mueca de asombro como si le pareciera imposible verse en esta situación. Una risa que sonó como un gorgoteo escapó de sus labios cubiertos con una espuma sanguinolenta—. Maldito sea este barco… a mí que me den un caballo… —La vida desapareció de sus fieros ojos, la barbilla cayó sobre el pecho, y los dedos se aflojaron.
En aquel mismo instante, el barco fue sacudido por una tremenda explosión. Tovrov corrió agachado hacia la borda. Vio al pesquero a unos cien metros de distancia, y luego el fogonazo de un cañón. El carguero volvió a sacudirse al recibir el impacto del segundo proyectil.
Una explosión sorda llegó desde debajo de la cubierta, cuando se incendiaron los depósitos y el combustible incendiado salió a raudales de los tanques hasta desplegarse sobre el agua como un manto de llamas. El segundo fogonero decidió abandonar el barco. Cruzó la cubierta a la carrera, lanzó el fusil por la borda, para después encaramarse a la regala y zambullirse en un trozo de agua despejada. Nadó vigorosamente hacia el pesquero. Sin embargo, calculó mal la velocidad del combustible incendiado que lo atrapó en cuestión de segundos. Sus terribles gritos se confundieron con el fuerte crepitar de las llamas.
Los cañonazos habían sacado de sus escondrijos a los demás tripulantes. Los hombres corrían desesperados hacia el bote salvavidas en la banda opuesta al incendio. Tovrov iba a seguirlos cuando recordó las últimas palabras del comandante. Casi sin respiración, el capitán subió penosamente la escalerilla hasta los camarotes de los pasajeros y abrió la puerta.
Se encontró con un triste espectáculo. Cuatro niñas adolescentes se acurrucaban contra un mamparo, junto con la cocinera. Delante de ellas, en actitud protectora, estaba una mujer de mediana edad con una mirada triste en sus ojos azul gris. Tenía la nariz larga, delgada, un tanto aquilina, y la barbilla firme. Mantenía los labios apretados en una expresión decidida. Podían haber sido un grupo cualquiera de refugiados aterrorizados, pero Tovrov sabía que no lo eran. Titubeó un momento mientras decidía cuál era la mejor forma de dirigirse a ellas.
—Señora —dijo finalmente—. Usted y las niñas deben ir al bote salvavidas.
—¿Quién es usted? —replicó la mujer, con el mismo acento alemán que el capitán había escuchado antes.
—Soy el capitán Tovrov. Estoy al mando de este barco.
—Dígame qué ha pasado. ¿Qué son todos estos ruidos?
—Toda su guardia ha muerto. Están atacando el barco. Debemos abandonarlo.
La mujer miró a las niñas y pareció recuperar el coraje.
—Capitán Tovrov, si nos lleva a mí y a mi familia a un lugar seguro, le aguardan grandes recompensas.
—Haré todo lo posible, señora.
—Entonces, adelante. Nosotras le seguiremos.
Tovrov comprobó que el camino estaba despejado, luego abrió la puerta para que pasara la familia, y la guió a través de la cubierta lejos del fuego. El Odessa Star estaba escorado en un ángulo muy agudo y casi tuvieron que escalar por la resbaladiza cubierta. Se ayudaban los unos a los otros cada vez que alguno perdía pie, sin dejar de moverse hacia la salvación.
Los tripulantes ya estaban junto al bote salvavidas, y se afanaban en accionar los pescantes. El capitán ordenó a los marineros que ayudaran a la familia. Cuando todos estuvieron en el bote, dio la orden de arriar la pequeña embarcación. Le preocupaba que estando el barco tan escorado los pescantes no funcionaran, pero el bote comenzó a bajar, aunque de vez en cuando golpeaba contra el casco.
El bote salvavidas solo estaba a un par de metros del agua cuando uno de los marineros dio la voz de alarma. El pesquero acababa de aparecer por la proa y el cañón apuntaba directamente al bote. Se escuchó el disparo y el proyectil destrozó la popa del bote, y el aire se llenó de fragmentos de madera, metralla caliente, y restos humanos.
Tovrov sujetaba a la niña que tenía más cerca. Todavía la sujetaba cuando cayó al agua helada, y gritó el nombre de su hija muerta hacía tanto tiempo. Vio la tapa de madera de una escotilla que flotaba un poco más allá, y sin hacer ningún gesto violento para no alertar a los atacantes, nadó hacia la tapa sin soltar a la muchacha. La ayudó a subirse a la precaria balsa, le dio un empujón, y la tapa con su carga se alejaron de la luz del barco que se iba a pique hasta desaparecer en la oscuridad. Luego, helado y exhausto, sin nada que lo ayudara a mantenerse a flote, Tovrov se hundió en el agua, llevándose con él su sueño de una casita junto al mar.
1
Frente a la costa de Maine, época actual
Leroy Jenkins subía una trampa para langostas incrustada con percebes a bordo de la lancha, The Kestrel, cuando alzó la mirada y avistó el enorme barco en el horizonte. Sacó con mucho cuidado de la trampa a un par de gordos crustáceos furiosos, les ató las pinzas y arrojó las langostas al tanque. Luego cebó la trampa una vez más con una cabeza de pescado, lanzó la jaula de alambre por la borda y fue a la caseta en busca de los prismáticos. Enfocó la nave y sus labios modularon una silenciosa exclamación de asombro.
El barco era enorme. Jenkins observó la embarcación de proa a popa con ojo de experto. Antes de retirarse para convertirse en pescador de langostas, había sido durante años profesor de oceanografía en la universidad de Maine, y había pasado muchos veranos en buques dedicados a la exploración científica; pero esta nave no se parecía en nada a los que conocía. Calculó que mediría unos doscientos metros de eslora. Grúas de pórtico y cabrias erizaban la cubierta. Jenkins se dijo que debía tratarse de alguna nave dedicada a la minería submarina o algo por el estilo. Continuó mirando al buque hasta que desapareció detrás de la línea del horizonte, y después volvió a ocuparse de recoger las demás trampas.
Jenkins era un hombre alto, sesentón, cuyas facciones pétreas imitaban la costa rocosa de su Maine nativo. En su rostro apareció una sonrisa cuando subió la última trampa. Había sido un día excepcionalmente bueno. Había dado con el lugar por accidente un par de meses antes. La provisión de langostas parecía inagotable, y no dejaba de venir aquí aunque tenía que alejarse de la costa más de lo normal. Afortunadamente, su lancha de madera de doce metros de eslora navegaba sin problemas incluso con carga completa. Marcó el rumbo de regreso en el piloto automático y bajó a la cocina para prepararse lo que llamaban un sándwich Dagwood cuando él era un chiquillo, por los monstruosos sándwiches de múltiples pisos que se preparaba el personaje de las historietas. Acababa de poner otra loncha de salchichón sobre las lonchas de jamón, queso y salami cuando escuchó un sordo «¡Bum!». Sonó como un trueno lejano, pero parecía haber surgido de las profundidades.
La embarcación se sacudió con tanta violencia que los frascos de mostaza y mayonesa cayeron al suelo. Jenkins tiró el cuchillo a la fregadera y corrió a cubierta. Se preguntó si se habría roto la hélice o si había chocado con algún tronco flotante, pero no vio nada extraño. El mar estaba en calma. Unas horas antes, la superficie azul le había recordado un cuadro de Rothko.
Cesaron las vibraciones. Volvió a mirar el mar, intrigado; luego se encogió de hombros, y bajó de nuevo. Acabó de preparar el sándwich, recogió la cocina y subió a cubierta para comer. Vio que un par de trampas se habían movido, y las aseguró con un cordel. Entonces, cuando entró en la caseta, experimentó una súbita y desagradable sensación en el estómago, como si alguien hubiese apretado el botón de subida en un ascensor rápido. Se sujetó a la maquinilla para no perder el equilibrio. La lancha se hundió, volvió a subir, esta vez más alto, volvió a hundirse y repitió el ciclo una tercera vez antes de posarse en el mar, donde se bamboleó violentamente.
Al cabo de unos minutos, cesó el movimiento, y la embarcación se estabilizó. Jenkins vio un fugaz movimiento en la distancia. Cogió los prismáticos de la caseta, y miró en aquella dirección. Cuando ajustó el enfoque, distinguió con toda claridad tres surcos oscuros que se extendían de norte a sur. Eran olas que se movían hacia la costa. Una alarma que llevaba mucho tiempo inactiva sonó en su cabeza. No podía ser. Su mente volvió a aquel día de julio de 1998 frente a la costa de Papua Nueva Guinea. Se encontraba a bordo de un buque oceanográfico, cuando se había producido una misteriosa explosión y los instrumentos sísmicos se habían vuelto locos al registrar una alteración en el fondo marino. Los científicos a bordo comprendieron que se trataba de un maremoto e intentaron advertir a las poblaciones costeras, pero muchos de los pueblos más pequeños carecían de teléfono y radio. Las enormes olas habían aplastado a las aldeas como una gigantesca apisonadora. La destrucción había sido terrible. Jenkins nunca había olvidado la visión de los cuerpos empalados en las ramas de los mangles, de los cocodrilos que se comían a los muertos.
En la radio sonaba un coro de duros acentos de Maine mientras los pescadores discutían qué había sido aquel fenómeno.
—¡Caray! —exclamó una voz que Jenkins reconoció como la de su vecino, Elwood Smalley—. ¿Habéis escuchado el estampido?
—Sonó como un reactor rompiendo la barrera del sonido, solo que debajo del agua —opinó otro pescador.
—¿A alguien más lo pilló el oleaje? —preguntó un tercero.
—Sí —contestó un veterano pescador de langostas llamado Homer Gudgeon—. ¡Por un momento creí que estaba en una montaña rusa!
Jenkins apenas si escuchó las otras voces que se sumaban a la charla. Sacó una calculadora de un cajón, estimó el tiempo entre las oleadas y su altura, hizo unos cuántos cálculos y miró incrédulo los resultados. Luego cogió el móvil que utilizaba cuando no quería transmitir un mensaje personal por el canal marítimo y marcó un número.
La voz áspera de Charlie Howes, el jefe de policía de Rocky Cove, respondió a la llamada.
—¡Charlie, gracias a Dios que te encuentro!
—Estoy en el coche camino de la comisaría, Roy. ¿Llamas para burlarte de la paliza que me diste anoche en el ajedrez?
—Eso lo dejaremos para mejor ocasión —replicó Jenkins—. Estoy al este de Rocky Point. Escucha, Charlie, no tenemos mucho tiempo. Hay una ola enorme que va directamente hacia la ciudad.
Escuchó la risa del policía.
—Venga, Roy, una ciudad como la nuestra que está en la orilla del mar está condenada a que le peguen las olas.
—Ninguna como esta. Tienes que evacuar a toda la gente de la zona del puerto, sobre todo a los que están en el nuevo motel.
Jenkins creyó por un momento que el teléfono se había quedado sin cobertura. Después escuchó la famosa risotada de Charlie Howes.
—No sabía que hoy era el día de los inocentes.
—Charlie, esto no es ninguna broma —afirmó Jenkins, enfadado—. Esa ola entrará directamente desde el mar. No sé lo fuerte que será, porque hay un montón de variantes desconocidas, pero el motel está exactamente en su camino.
El jefe de policía volvió a reír alegremente.
—Pues si es así, habrá muchos que se alegrarán de verdad cuando vean que el mar se lleva el Harbor View.
El edificio de dos plantas que se adentraba en el mar había sido motivo de controversia durante muchos meses. Solo se habían conseguido los permisos después de una agria disputa, una demanda presentada por los promotores, y de lo que muchos sospechaban como generosos sobornos a los funcionarios.
—Verán cumplidos sus deseos, solo que antes tendrás que desalojar a todos los huéspedes.
—Venga, Roy, ahora mismo tiene que haber más de un centenar de personas alojadas en el motel. No puedo sacarlas de allí sin ninguna explicación. Perderé el empleo y, lo que es peor, me convertiré en el hazmerreír de la ciudad.
Jenkins miró su reloj y maldijo por lo bajo. No quería espantar al jefe de policía, pero se le había agotado la paciencia.
—¡Maldita sea, viejo idiota! ¿Cómo crees que te sentirás si mueren un centenar de personas porque tú tienes miedo de que se rían de ti?
—No se trata de una broma, ¿verdad, Roy?
—Tú sabes lo que hacía antes de convertirme en pescador de langostas.
—Sí, eras profesor en la universidad en Orono.
—Así es. Dirigía el departamento de oceanografía. Estudiábamos el movimiento de las olas. ¿Has oído hablar de la tormenta perfecta? Ahora mismo tienes el maremoto perfecto que va hacia ti. Calculo que llegará en veinticinco minutos. No importa lo que les digas a los huéspedes del motel. Diles que hay una fuga de gas, una amenaza de bomba, lo que sea. Solo sácalos de allí, y llévalos a la zona alta. Tienes que hacerlo ya.
—Vale, Roy. Vale.
—¿Hay algo abierto en Main Street?
—La cafetería. Jacoby tiene el turno de noche. Le diré que se encargue de avisar a los que estén en el muelle de pescadores.
—Asegúrate de que todos salgan de la zona en quince minutos. Eso también va por ti y Ed Jacoby.
—Hecho. Gracias, Roy. Adiós.
Jenkins estaba casi mareado de la tensión. En su mente apareció la imagen de Rocky Point. La ciudad de mil doscientos habitantes había sido construida como las gradas de un anfiteatro, con las casas agrupadas en la ladera de una pequeña colina que dominaba una bahía casi circular. La bahía estaba más o menos protegida, aunque los habitantes habían aprendido después de un par de tormentas huracanadas a construir lejos del agua. Los viejos edificios de ladrillos que bordeaban el paseo marítimo estaban ahora ocupados por tiendas y restaurantes que atendían a los turistas. El muelle de pescadores y el motel destacaban en el perfil marítimo. Jenkins puso el motor a tope y rezó para que su aviso llegara a tiempo.
El jefe Howes lamentó inmediatamente haber cedido ante las apremiantes súplicas de Roy, y se sintió dominado por una incertidumbre que le impedía actuar. Perdido estaba si lo hacía, y también si no lo hacía. Era amigo de Jenkins desde la infancia y Roy había sido el más inteligente de la clase. Nunca había dejado a un amigo en la estacada. Así y todo… Qué demonios, en cualquier caso le falta muy poco para jubilarse.
Howes puso en marcha la sirena, pisó el acelerador a fondo y, con un tremendo chirrido de los neumáticos, salió disparado hacia el muelle. Mientras recorría el breve trayecto, se puso en contacto por radio con su ayudante y le ordenó que abandonara la cafetería y que después recorriera Main Street con el megáfono a todo volumen para advertir a los habitantes que se dirigieran a la zona alta. El jefe conocía el ritmo diurno de su ciudad: quiénes estarían levantados, quién estaría paseando al perro. Afortunadamente, la mayoría de los comercios no abrían antes de las diez.
El motel era otra historia. Howes detuvo a un par de autocares vacíos que iban a recoger a los escolares y les dijo a los conductores que le siguieran. Cuando llegó al motel, aparcó debajo de la marquesina, y entró como una tromba en el vestíbulo. Howes nunca había definido su posición cuando se debatió si se construiría o no el edificio. Por un lado sería un pegote en el paisaje, pero por el otro crearía nuevos puestos de trabajo para los lugareños; no todos querían ser pescadores. Tampoco le había hecho mucha gracia la manera como se había aprobado el proyecto. No podía probarlo y, no obstante, estaba seguro de que más de uno en el ayuntamiento se había llenado los bolsillos.
El recepcionista, un joven jamaicano, se quedó de una pieza y una expresión de asombro apareció en su delgado rostro oscuro cuando el jefe irrumpió en el vestíbulo al grito de:
—¡Saque a todo el mundo del motel! ¡Esto es una emergencia!
—¿Cuál es el problema, hombre?
—Nos han avisado que hay una bomba en el edificio.
El joven vaciló una fracción de segundo. Luego fue a la centralita y comenzó a llamar a las habitaciones.
—Tiene diez minutos —le avisó Howes—. Afuera hay un par de autocares para transportar a los huéspedes. Saque a todo el mundo de aquí, y váyase usted también. Dígale a cualquiera que se niegue a desalojar que lo sacaremos por la fuerza.
El jefe se dirigió al pasillo más cercano y comenzó a aporrear las puertas.
—¡Policía! Deben evacuar el edificio inmediatamente. Disponen de diez minutos —les gritó a los huéspedes somnolientos que abrían las puertas—. Hay una amenaza de bomba. No pierdan tiempo en recoger nada.
Repitió el mensaje hasta que se quedó ronco. Los pasillos se llenaron con los huéspedes vestidos con batas, pijamas, o con mantas sobre los hombros. Un hombre moreno con una expresión amenazadora en el rostro salió de una de las habitaciones.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Jack Shrager.
—Hemos recibido una amenaza de bomba, Jack —mintió Howes, que no las tenía todas consigo—. Tienes que salir de aquí.
Una joven rubia asomó la cabeza.
—¿Qué pasa, cariño? —le preguntó a Shrager.
—Hay una bomba en el hotel —precisó el jefe, antes de que Shrager pudiera abrir la boca.
La muchacha salió inmediatamente al pasillo, con el rostro demudado. Vestía un camisón de seda. Shrager intentó retenerla, pero ella se apartó.
—No pienso quedarme aquí —afirmó.
—Pues yo no me muevo —replicó Shrager y cerró de un portazo.
Howes sacudió la cabeza en un gesto de frustración. Después cogió a la muchacha por el brazo, y se unió a la multitud que abandonaba el motel. Vio que los autocares estaban casi llenos y les gritó a los conductores:
—Salgan de aquí dentro de cinco minutos. Suban a la colina más alta.
Subió a su vehículo y se dirigió hacia el muelle de pescadores. Su ayudante estaba discutiendo con tres pescado
