1
Mayo, 1914
Norte del estado de Nueva York
Mientras el Manhattan Limited atravesaba la zona rural de Nueva York, el resplandor de los relámpagos presagiaba la inminente tormenta. El humo de la locomotora se elevaba hacia el cielo, salpicado de estrellas. En el interior de la cabina, el maquinista sacó un Waltham de plata del bolsillo de su mono, abrió la tapa y contempló la esfera del reloj a la luz de la caldera. No era la tormenta lo que le preocupaba, sino el implacable y lento pasar del tiempo.
Tras dirigir su mirada hacia el lado derecho de la cabina, echó un vistazo a las traviesas de la línea férrea, sobre la que se deslizaban las ocho sólidas ruedas de su locomotora, una Consolidation modelo 280. Como un capitán de barco, conducía con orgullo desde hacía tres años las cien toneladas de hierro y acero de la locomotora, a la que llamaba cariñosamente Gallopin Lena. Construida en 1911 por la Alco’s Schenectady Work, estaba lacada en negro brillante con una franja roja horado.
El maquinista escuchó el familiar sonido de las ruedas de acero deslizándose por los raíles y el traqueteo de los siete vagones que arrastraba la locomotora.
En el vagón de cola, un coche Pullman privado de veintiún metros de longitud, viajaba Richard Essex. Demasiado cansado para dormir y agotado del tedioso trayecto, escribía una carta a su esposa en un intento de ocupar el tiempo. Empezó describiendo detalladamente la decoración del coche: el abigarrado mobiliario de nogal circasiano, las elegantes y doradas lámparas eléctricas, las lujosas sillas tapizadas de terciopelo rojo y las verdes palmeras, que conferían a la estancia un toque de exotismo. Su descripción era tan precisa, que incluso mencionó los espejos biselados y la exquisita cerámica que cubría el suelo del cuarto de baño.
Detrás de él, cinco oficiales de la armada, vestidos de paisano, jugaban a cartas. El humo de sus cigarros ascendía hasta el techo de artesonado, formando una espesa nube sobre sus cabezas. De vez en cuando, uno de los jugadores se volvía para escupir en las escupideras doradas situadas a ambos lados de la mesa, dispuesta sobre una alfombra persa. Essex pensó que el lujo que rodeaba a aquellos hombres quizá era mayor del que jamás habían imaginado. De hecho, el alquiler de aquel vagón debía de costar al gobierno unos setenta y cinco dólares diarios, lo que sin duda constituía una cantidad desorbitada, teniendo en cuenta que su misión consistía tan sólo en custodiar un simple pedazo de papel.
Mientras firmaba la carta, Essex suspiró. Después la dobló con sumo cuidado y la introdujo en un sobre, que guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Incapaz de conciliar el sueño, se sentó junto a la ventanilla y consilbato de la locomotora segundos antes de llegar al siguiente pueblo. Al cabo de unos minutos, se levantó y se encaminó al elegante salón, donde se sentó a una mesa, cubierta con un impecable mantel blanco y dispuesta con una fina cristalería de Bohemia y cubertería de plata. Tras comprobar la hora en su reloj de bolsillo, vio que faltaban unos minutos para las dos de la madrugada.
–¿Qué desea, señor Essex? –le preguntó un camarero negro que había entrado en el salón sin que él lo advirtiera.
Essex le miró y sonrió.
–Sé que es muy tarde, pero me preguntaba si sería
posible tomar un ligero refrigerio.
–Será un placer servirle, señor. ¿Qué le apetece tomar?
–Algo que me ayude a conciliar el sueño.
El camarero esbozó una servicial sonrisa y dijo: –¿Me permite que le sugiera una botella de Pommarad de Borgoña acompañada de una taza de caldo caliente?
–Gracias, magnífica sugerencia.
Al cabo de un rato, mientras degustaba el exquisito vino, Essex no pudo evitar preguntarse si Harvey Shields también estaría padeciendo una larga noche de insomnio.
2
De pronto, Harvey Shields tuvo la impresión de encontrarse en medio de una pesadilla. Su mente se negaba a aceptar cualquier otra explicación. Los chirridos del metal destrozado y los gritos de agonía y terror que aterradores para ser reales. Tratando de olvidar la infernal escena, se dio la vuelta en la litera de su camarote y cerró los ojos. Sin embargo, un intenso dolor despertó sus sentidos y, de inmediato, comprendió que no estaba soñando.
Luego, como si una presa cediera a la incontenible presión del agua, percibió un horrible estallido seguido de una ráfaga de viento, que sacudió sus entrañas e hizo que contuviera la respiración. Shields trató de abrir los ojos, pero sus párpados parecían sellados. Todavía no había advertido que su cabeza y su rostro estaban cubiertos de sangre. Su cuerpo, rígido y en tensión, adoptó una posición fetal, pegándose contra el frío metal de la pared. Un olor nauseabundo y un creciente dolor le condujeron a los límites de la conciencia.
Shields intentó mover las piernas y los brazos, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles. Un extraño y sobrecogedor silencio le invadió, siendo alterado tan sólo por el monótono chapoteo del agua. Luchando por recuperar la actividad motriz de su cuerpo, respiró hondo.
De repente, notó que recobraba la sensibilidad de uno de sus brazos y gimió al sentir una fuerte presión. El dolor hizo que recobrara definitivamente la conciencia y, al abrir los ojos, contempló el lamentable estado en que se encontraba el camarote del lujoso transatlántico canadiense que viajaba rumbo a Inglaterra.
El armario de nogal, la mesilla de noche y el escritorio habían desaparecido. Donde debía encontrarse el ojo de buey había un imponente boquete y, ante su mirada perpleja, sólo emergía una oscura niebla y las tenebrosas aguas del río St. Lawrence. Era como si se encontrara al borde del vacío. De pronto, levantó la mirada hacia el techo y sus ojos vieron un pálido resplandor. No estaba solo.
Entre los escombros del techo, atisbó la rubia cabeen un ángulo grotesco. La sangre brotaba abundantemente de sus labios, tiñendo de rojo los dorados rizos, que caían como una cascada.
Aquella visión hizo que, por un instante, ignorara el fuerte dolor que sentía. Hasta aquel momento el espectro de la muerte no había cruzado su mente, pero en el cadáver de aquella joven vio escrito su funesto destino.
Desesperado, Shields buscó con la mirada el maletín que había custodiado desde que embarcara en Canadá. Había desaparecido entre los restos del naufragio. Al pensar en las terribles consecuencias que la pérdida de aquel maletín suponía, empezó a sudar mientras luchaba por liberar su cuerpo del peso que lo inmovilizaba. Todos sus esfuerzos fueron inútiles, pues había perdido por completo la sensibilidad de sus piernas, lo que con seguridad indicaba que su columna vertebral estaba rota.
Alrededor de Shields el colosal transatlántico agonizaba mientras se hundía lentamente en las frías y profundas aguas del río St. Lawrence, cuyo lecho se convertiría desde aquel día en su eterna sepultura. Los pasajeros –algunos vestidos con traje de etiqueta y otros en pijama– corrían despavoridos hacia las cubiertas del barco para saltar a los botes salvavidas o lanzarse al agua, agarrándose a cualquier resto flotante del naufragio. El pánico colectivo iba en aumento. Todos eran conscientes de que, en cuestión de minutos, el río engulliría para siempre al Empress of Ireland.
–¿Martha?
Al escuchar una voz desesperada procedente de los escombros del que había sido el pasillo contiguo a su camarote, Shields volvió la cabeza.
–¿Martha...?
–¡Aquí! –gritó Shields con todas sus fuerzas–. ¡Por
favor, ayúdeme!
Sin obtener respuesta a sus súplicas, Shields suspiró, rostro de un hombre con la barba cubierta de polvo apareció entre los escombros.
–¡Mi Martha...! ¿Ha visto a mi Martha? –repetía el hombre, desesperado.
–¿Una joven... rubia?
–Sí, sí –respondió con los ojos desorbitados–. Es mi
hija...
Shields dirigió su mirada hacia el techo y balbuceó: –Lo lamento, pero me temo que...
La tensión reprimida de aquel padre desesperado al contemplar el rostro inerte de su hija, sobrecogió a Shields.
–Una muerte rápida y sin dolor... –trató de consolarle.
El hombre, que parecía estar al borde de un ataque de nervios, cayó al suelo de rodillas y alzó sus manos hacia el techo como si tratara de acariciar por última vez la cara de su hija.
–Lo siento –musitó Shields.
De pronto, tras una terrible sacudida, el casco del barco se inclinó hacia estribor. Consciente de que su fin estaba próximo, Shields trató de persuadir al visitante de que buscara el maletín.
–¿Qué ha ocurrido? –le preguntó.
–Hemos colisionado –respondió con un hilo de
voz–. Yo estaba en cubierta. Un barco emergió entre la
espesa niebla y se abalanzó sobre nosotros... –El padre
miró a su hija y se echó a llorar. Con un nudo en la
garganta y la voz entrecortada, balbuceó–: Martha me
suplicó que la llevara a Londres. Su madre no quería,
pero al final la convencí. ¡Dios mío, si hubiera sabido
que... yo...!
–Es inútil lamentarse –trató de consolarle Shields–. Ya no puede hacer nada por ella. ¡Luche por salvar su propia vida!
ojos llenos de lágrimas:
–¡Yo la he matado!
–¡Escúcheme! –exclamó Shields, consciente de que
era su última oportunidad–. Sepultado bajo los escombros, hay un maletín con un importante documento que
debe ser entregado al Ministerio de Asuntos Exteriores
en Londres. ¡Por favor, búsquelo!
El nivel del agua estaba subiendo y el penetrante olor a petróleo y carbón se hacía insoportable. En el silencio de la noche, los gritos de cientos de almas clamando por sus vidas eran sobrecogedores.
–¡Por favor, haga lo que le pido! –suplicó Shields–. Su hija ha muerto –insistió tratando de que el hombre reaccionara–. ¡Sálvese antes de que sea demasiado tarde! Encuentre mi maletín y entréguelo al capitán. Él sabrá qué hacer con él.
Con voz temblorosa, el padre balbuceó como si pronunciara una oración:
–No puedo dejar sola a Martha... Tiene miedo a la oscuridad...
Sin duda la muerte de su hija había supuesto un duro golpe para aquel hombre, cuya mente parecía haber penetrado en las fauces del delirio y la locura.
Ante la imposibilidad de recuperar el maletín, Shields sintió que su frustración se desvanecía. La proximidad de la muerte había cobrado en él una dimensión inesperada y, por unos segundos, visionó con total claridad todos y cada uno de los episodios de su vida.
De pronto, una fuerte explosión sacudió de nuevo el casco del barco, que se precipitó bruscamente hacia estribor para hundirse por completo en las profundas aguas del St. Lawrence.
Desde el instante de la colisión hasta el momento en que el Empress of Ireland fue engullido por el río, sólo las 2.10 de la madrugada.
Mientras su camarote se inundaba, Shields ni siquiera trató de luchar. Resignado, tomó aliento por última vez y abrió la boca para permitir que la muerte penetrara en sus pulmones. La sensación de ahogo y el sufrimiento fue breve. En cuestión de segundos, su mente se quedó totalmente en blanco. Después, todo fue oscuridad, una profunda y vacía oscuridad...
3
«Una noche infernal», pensó Sam Harding, jefe de estación de la New York & Quebec Northern Railroad, mientras, de pie en el andén de su estación, contemplaba los álamos mecidos por el intenso viento.
Aquellos días se vivía el final de una ola de calor que había azotado los estados de Nueva Inglaterra. El periódico local de Wacketshire había publicado en grandes titulares que se trataba del mes de mayo más caluroso desde 1880. No obstante, aquella tarde, poco antes de anochecer, los relámpagos serpenteaban amenazadoramente en el cielo y la temperatura descendió varios grados en menos de una hora. La humedad del ambiente era tan intensa que Harding, a pesar de tener la camisa empapada de sudor, sintió frío.
Mirando hacia el río, atisbó las pálidas luces de las barcazas, que se deslizaban por las tranquilas aguas. Una tras otra, vio cómo las pequeñas embarcaciones pasaban bajo los pilares del imponente puente.
La estación de Harding estaba situada en las afueras del pueblo, junto a un cruce de vías. Por el norte, la vía férrea principal conectaba la región con Albany, mienlle–Hudson, en dirección a Columbiaville, antes de desviarse al sur, camino de Nueva York.
Aunque aún no había empezado a llover, el olor a humedad impregnaba el ambiente. Harding se dirigió a la caballeriza, donde tenía aparcado su Ford T, cerró las ventanas y entró en la oficina de la estación.
Hiram Meechum, el telegrafista de la Western Union, estaba sentado frente al tablero de ajedrez, absorto en su pasatiempo favorito: jugar contra un colega a través de la línea telegráfica. El zumbido del viento contra los cristales y el sonido metálico del telégrafo componían una cadencia armónica en el silencio de la noche. Harding se acercó a la estufa de queroseno y cogió la cafetera para servirse una taza de café.
–¿Quién gana? –preguntó.
Meechum levantó la cabeza y respondió:
–Estoy jugando contra Standish, de Germantown.
Es un rival duro de pelar. –La llave del telégrafo emitió
un sonido seco y Meechum movió una de las piezas–.
Reina a caballo cuatro –murmuró–. Este tipo sabe lo que
hace...
Harding sacó el reloj de su bolsillo y, al mirar la hora, frunció el entrecejo con gesto pensativo.
–El Manhattan Limited lleva doce minutos de retraso.
–Quizá se debe a la tormenta –comentó Meechum, mientras comunicaba a su oponente el siguiente movimiento y apoyaba los pies en la mesa en espera de recibir la respuesta de Standish.
En el exterior, el viento soplaba con fuerza y las paredes de madera de la estación crujían. Harding sorbió su café e inconscientemente dirigió la mirada hacia el techo, preguntándose si el farol del tejado seguiría encendido. De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos por el timbre del teléfono.
que el Limited ya ha salido –predijo Meechum.
Harding descolgó el auricular.
–Aquí Wacketshire.
La voz del jefe de estación de Albany era casi inaudible debido a las interferencias causadas por la tormenta.
–¿El puente...? ¿Puedes ver el puente?
Harding volvió la cabeza en dirección a la ventana, pero en la oscuridad de la noche no pudo ver más que el final del andén.
–Está muy oscuro... No puedo verlo.
–¿Sigue ahí...?
–¿De qué estás hablando?
–¡Del maldito puente!
–Por supuesto que sigue ahí –respondió Harding
con acritud–. ¿Qué diablos ocurre?
–El capitán de un remolcador acaba de enviar un mensaje desde Catskill –respondió el jefe de estación de Albany–. Ha informado de que una viga del puente se ha desprendido, destrozando una de sus barcazas. El jefe de estación de Columbiaville teme lo peor, porque el Manhattan Limited circula con retraso.
–Dile que se tranquilice. El Limited todavía no ha pasado por Wacketshire.
–¿Estás seguro?
–¡Maldita sea! –exclamó Harding, fuera de sus casillas–. ¿Acaso crees que soy tan estúpido como para no
darme cuenta de si un tren pasa por mi estación?
–Gracias a Dios estamos a tiempo de evitar una gran tragedia. En el Limited viajan noventa pasajeros, sin contar con el personal del tren y un coche especial del gobierno en el que viaja un mandamás de Washington. Inspecciona el puente y haz señales al maquinista para que detenga el tren.
Harding se despidió de su colega y colgó el auricucolgaba de la pared, y comprobó si el depósito de queroseno estaba lleno. Meechum miró a su amigo con preocupación y preguntó:
–¿Tienes que hacer señales al Limited?
Harding asintió con la cabeza y respondió: –Albany asegura que una viga se ha desprendido del puente. Quieren que compruebe su estado antes de que el tren lo cruce.
–¿Quieres que me encargue de las señales mientras inspeccionas el puente? –se ofreció Meechum.
En aquel instante, el silbato de una locomotora se escuchó a lo lejos. Harding trató de calcular la distancia y exclamó:
–¡No tenemos tiempo! Será mejor que indique al maquinista que detenga el tren, de lo contrario...
De pronto, antes de que pudiera terminar la frase, la puerta se abrió de par en par y un extraño, de pie en el umbral, lanzó una mirada amenazadora a Harding. Se trataba de un tipo delgado y de baja estatura. Era rubio, llevaba bigote y cubría su cabeza con un sombrero panamá. Iba elegantemente vestido con un traje inglés de Weber & Heilbroner y camisa de seda; calzaba un par de pulcros zapatos de cuero. De no haber sido por la Mauser automática que empuñaba, Harding y Meechum hubieran pensado que se encontraban ante un caballero.
–¿Qué demonios significa esto? –preguntó Meechum con tono airado.
–Un atraco, caballeros –respondió el intruso, esbozando una sonrisa maliciosa–. Creo que es obvio.
–¿Está loco? –intervino Harding–. Aquí no encontrará nada de valor.
–Su estación tiene una caja fuerte –puntualizó el hombre, dirigiendo su mirada hacia un rincón de la oficina de Harding–. Tengo entendido que las cajas fuertes las nóminas del personal.
–Caballero, le recuerdo que asaltar una estación del ferrocarril constituye un delito federal. Además, Wacketshire es una comunidad agrícola. Así que le aseguro que no encontrará dinero en la caja fuerte. ¡Diablos, pero si ni siquiera tenemos banco! –dijo Harding.
–¡No estoy de humor para discutir acerca de la economía de Wacketshire! –exclamó el forajido, apuntando a Harding con su Mauser–. ¡Abra la caja fuerte! –ordenó a continuación.
En aquel momento volvió a escucharse el silbato del tren, pero esta vez mucho más cerca. Harding sabía por experiencia que el Limited se encontraba a tan sólo medio kilómetro de la estación.
–Está bien, haré lo que me ordena, pero antes tengo que salir al andén para indicar a ese tren que se detenga.
Sin pensarlo dos veces, el tipo apretó el gatillo de su arma y una bala atravesó el tablero de ajedrez, lanzando por los aires todas las piezas.
–¡Basta de estupideces! Le sugiero que obedezca de inmediato.
Harding miró fijamente al forajido y, con los ojos desorbitados, gritó:
–¿No lo entiende...? ¡El puente puede haberse desplomado!
–No se pase de listo, amigo.
–¡Se lo juro por Dios...!
–Está diciendo la verdad –intervino Meechum–. Acabamos de recibir un aviso urgente de Albany. Tenemos
que detener el tren antes de que sea demasiado tarde.
–¡Por favor, escúchenos! –suplicó Harding–. Si no lo hace, la muerte de cien personas recaerá sobre su conciencia. –Harding guardó silencio durante un instante. Su rostro palideció al escuchar el sonido de la máquina de vapor acercándose a la estación. El Manhattan Limiel amor de Dios...!
Meechum saltó de la silla, arrebató de las manos de Harding la lámpara de queroseno y se encaminó hacia la puerta. En aquel momento, el tipo volvió a disparar y alcanzó a Meechum en la cadera. Lanzando un alarido de dolor, el telegrafista cayó al suelo y trató de arrastrarse hacia la puerta. Sin embargo, antes de llegar, su agresor le propinó un fuerte golpe en la cabeza con la culata de su arma, dejándolo inconsciente.
–¡Abre esa maldita caja fuerte! –ordenó apuntando a Harding que, al ver la sangre de Meechum en el suelo, comprendió que aquel hombre estaba decidido a todo.
Mientras abría la caja fuerte, Harding volvió la cabeza hacia la ventana y contempló consternado las luces de los vagones pasando frente a la estación. En menos de un minuto el tren alcanzaría el puente y su fatal destino.
Tras escucharse un sonido metálico, Harding giró la manivela y abrió la portezuela de la caja fuerte. En el interior sólo había un par de paquetes, viejos libros de registro del jefe de estación y una caja de caudales.
–¡Dieciocho dólares y quince centavos! –exclamó el asaltante tras contar el dinero que había en la caja–. ¡Menuda mierda! Bueno, supongo que podré comer durante un par de días.
El tipo dobló los billetes, los guardó en un billetero de piel y metió las monedas en el bolsillo de su pantalón. A continuacion, con total indiferencia, lanzó la caja sobre el escritorio y, tras pasar junto a Meechum, que seguía inconsciente en el suelo, salió de la oficina y se alejó en la oscuridad de la noche.
Al cabo de unos segundos, Meechum recuperó momentáneamente el sentido y balbuceó:
–¡El tren...!
Harding se arrodilló junto al telegrafista y, tratando su bolsillo, susurró:
–Estás perdiendo mucha sangre...
Apretando los dientes para soportar el dolor, Meechum miró a Harding y farfulló:
–Llama a la estación del este... para comprobar que el tren está a salvo.
Harding se incorporó y se dirigió al teléfono, descolgó el auricular y trató en vano de ponerse en contacto con la estación de Columbiaville. Tras cerrar los ojos y rogar que alguien respondiera, volvió a intentarlo, pero la línea telefónica parecía cortada. Por fin decidió llamar a la estación de Albany, pero obtuvo la misma respuesta...
–Nadie contesta –dijo desesperado–. La maldita tormenta debe de haber inutilizado las líneas.
De pronto, el telégrafo empezó a emitir un mensaje. –El telégrafo todavía funciona –murmuró Meechum–. Es Standish...
El telegrafista se arrastró hasta la mesa. Luego, incorporándose con dificultad, envió un mensaje de emergencia. Aterrorizados, los dos hombres se miraron mutuamente. El alba empezaba a despuntar y una ráfaga de viento abrió la puerta de par en par, lanzando por los aires los papeles que había sobre la mesa.
–Telegrafiaré a la estación de Albany –dijo Meechum–. Corre hacia el puente, Harding.
Como si se encontrara sumido en una terrible pesadilla, el jefe de estación salió a toda prisa de su oficina, saltó a la vía y corrió hacia el puente. Al llegar, preso de una sensación de impotencia, se dejó caer de rodillas.
Horrorizado, descubrió que el puente se había desplomado. Sin duda el Manhattan Limited y sus cien pasajeros se encontraban en las profundidades del río Hudson.
–¡Muertos...! –exclamó fuera de sí–. ¡Todos muertos por dieciocho malditos dólares y quince centavos!
PRIMERAPARTE
EL GARROTE DE ROUBAIX
Febrero, 1989 Washington, D.C.
No había nada de extraño en el hombre sentado en el asiento trasero de un vulgar Ford Sedan, que avanzaba lentamente por las calles de Washington. Para los transeúntes que en aquel momento cruzaban la calzada, tal vez se trataba de un simple vendedor de periódicos a quien su sobrino conducía de camino al trabajo. Sin embargo, nadie había advertido el distintivo de la Casa Blanca que figuraba en la matrícula del vehículo.
Alan Mercier era un hombre rollizo, casi calvo, y aunque las facciones joviales de su rostro recordaban al simpático Falstaff de Shakespeare, su mente era astuta y analítica. Lejos de cuidar su imagen, solía vestir despreocupadamente y siempre llevaba en el bolsillo superior de su chaqueta un pañuelo blanco de lino mal doblado. Todas aquellas características hacían de él un blanco perfecto para los caricaturistas políticos, que solían ensañarse con lógico entusiasmo.
Pero Mercier no era un vendedor de periódicos.
del nuevo presidente del país, todavía se mantenía en el anonimato público. Era un hombre respetado en los círculos intelectuales y gozaba de una merecida reputación como analista de asuntos internacionales. No en vano, antes de que el presidente le eligiera, ejercía el cargo de director de la Comisión de Proyectos contra la Crisis Mundial.
Tras ajustarse las gafas estilo Ben Franklin en su prominente nariz, Mercier colocó sobre sus rodillas el ordenador portátil e introdujo una combinación de dígitos que le pondría en contacto, vía satélite, con su despacho en la Casa Blanca. Al cabo de unos segundos, el ordenador central –programado por sus ayudantes– cobró vida y empezó a procesar su programa de trabajo, que de inmediato apareció en la pantalla del monitor; en primer lugar la correspondencia, seguida de una serie de memorándums redactados por su equipo de consejeros; a continuación los informes diarios de varias agencias gubernamentales, de los jefes de grupo de su equipo y del director de la Central de Inteligencia. Tras estudiar los distintos datos, Mercier borró los contenidos de la unidad de memoria del microprocesador, excepto dos que llamaron poderosamente su atención.
Cuando el automóvil cruzó la puerta oeste de la Casa Blanca, releyó con cierta perplejidad los datos que había conservado en el ordenador.
En cuanto llegó a su despacho, Mercier se sentó a la mesa del escritorio y marcó el número privado del Departamento de Energía.
–Despacho del doctor Klein –contestó una voz masculina.
–Al habla Alan Mercier. ¿Está Ron localizable? Tras una breve pausa, el doctor Ronald Klein, ministro de Energía, atendió la llamada.
–Buenos días, Alan. ¿Qué deseas?
ramos...
–Bueno, la verdad es que mi agenda está repleta –le interrumpió Klein.
–Se trata de un asunto importante. Elige tú mismo la hora, Ron.
Klein no soportaba las urgencias, pero el tono de voz empleado por Mercier le hizo comprender que el asesor de seguridad del presidente no aceptaría una negativa por respuesta. Así pues, tras consultar su agenda con su secretario, finalmente sugirió:
–Lo siento, pero sólo dispongo de media hora. ¿Qué te parece entre las dos y media y las tres?
–Perfecto –respondió Mercier–. Después de asistir al almuerzo previsto en el Pentágono, pasaré por tu despacho.
–¿Es realmente tan importante...?
–En breves palabras –replicó Mercier con tono circunspecto–, tras estropear el día al presidente, tengo
previsto arruinar el tuyo.
Sentado al escritorio del Despacho Oval de la Casa Blanca, el presidente cerró los ojos tratando de evadir su mente unos minutos de la presión de la jornada. Para ser un hombre que había tomado posesión del cargo más alto de la nación hacía sólo unas semanas, parecía extremadamente abrumado. La reciente campaña electoral había sido larga y agotadora, y apenas había tenido tiempo de recuperarse.
Se trataba de un hombre de baja estatura, cabello castaño y plateadas canas poblando su sien. Desde el instante en que asumió la presidencia del país, la jovialidad que hasta entonces le había caracterizado se había transformado en solemnidad.
Tras percibir una fría brisa invernal filtrándose por cia él, abrió los ojos y contempló el gélido paisaje urbano. En el exterior, el intenso tráfico avanzaba con dificultad por la calzada helada de Pennsylvania Avenue. Echaba de menos el cálido clima de su Nuevo México natal y, por un instante, se imaginó caminando por las montañas de la Sangre de Cristo, próximas a Santa Fe.
Jamás había albergado intención alguna de convertirse en presidente de Estados Unidos. Al margen de la ambición ciega que caracteriza a la clase política, había ocupado un escaño en el Senado durante veinte años con total entrega y dedicación. Sin embargo, y a pesar de su sólida reputación, su nombre había pasado inadvertido durante aquel tiempo, hasta que finalmente el partido decidió nombrarle candidato presidencial. Contra todo pronóstico, resultó elegido por amplia mayoría, después de que un periodista político desvelara una serie de fraudulentos negocios en el pasado de su oponente.
–¿Señor presidente?
–¿Mmm...? –balbuceó al escuchar la voz de su secretario. –El señor Mercier aguarda para despachar con
usted la cartera de seguridad.
–Hazle pasar.
Al cabo de un minuto, Mercier entró en el despacho, se sentó frente al presidente y le entregó un extenso dossier.
–¿Cómo se encuentra el mundo hoy? –preguntó esbozando una leve sonrisa.
–Lúgubre como siempre –replicó Mercier con acritud–. Mi equipo ha terminado el proyecto de reservas energéticas de la nación y, como podrá comprobar –dijo señalando con el dedo el dossier que acababa de entregarle–, las expectativas a corto plazo no son alentadoras.
–¡Qué novedad! –ironizó el presidente–. ¿Cuáles son las últimas previsiones al respecto?
–La CIA concede dos años a los países de Oriente
Esto dejaría las reservas de petróleo mundiales conocidas por debajo del cincuenta por ciento de la demanda. Los rusos están acumulando sus reducidas reservas y los recursos mineros mejicanos son inferiores a los previstos. En cuanto a nuestros depósitos petrolíferos...
–Ya he leído las estadísticas –le interrumpió el presidente–. La exploración realizada hace unos años dio con algunos pozos, ¿no es cierto?
Mercier echó un vistazo a los documentos que guardaba en una carpeta y replicó:
–Bueno, como sabrá, la radiación solar, la energía eólica y la automoción eléctrica son, por el momento, posibles alternativas al problema. Sin embargo, el nivel de desarrollo actual en que se hallan estas tecnologías es aproximadamente el mismo en que se encontraba la televisión durante la década de los cuarenta.
–Es lamentable que los programas de combustible sintético sean a tan largo plazo.
–Cierto. Serán necesarios cuatro años antes de que las nuevas refinerías alcancen un rendimiento óptimo. Entretanto, el sector del transporte americano estará en apuros.
Ante el tono pesimista de Mercier, el presidente esbozó una leve sonrisa y replicó:
–No seas tan fatalista. Me resisto a creer que no haya un resquicio de esperanza en el horizonte.
–Es cierto, señor presidente. En realidad, la bahía de James es nuestra única esperanza...
–¿Te refieres al proyecto energético canadiense? Mercier asintió con la cabeza y empezó a exponer algunos datos del proyecto:
–Dieciocho presas, doce centrales eléctricas, una plantilla laboral de diecinueve mil trabajadores y la recanalización de dos ríos de iguales dimensiones a las del Colorado. En definitiva, tal y como lo describe el gomás complejo, ambicioso y caro de la historia de la humanidad.
–¿A cargo de quién corre semejante proeza?
–De la Quebec Hydro, la autoridad provincial en
materia energética. Empezaron a trabajar en el proyecto
en mil novecientos setenta y cuatro. La inversión de capital ha sido considerable, veintiséis billones de dólares, la
mayoría procedentes de los bancos de Nueva York.
–¿En cuánto se estima la producción?
–En más de cien millones de kilovatios, el doble dentro de los próximos veinte años.
–¿Cuántos fluyen por nuestras fronteras?
–Los suficientes para iluminar quince estados.
Ante la respuesta de Mercier, el rostro del presidente
se ensombreció.
–Depender de Quebec en materia de energía eléctrica no es lo mejor para nuestro país. Me sentiría mucho más seguro si la energía consumida procediera de las plantas nucleares nacionales.
Mercier movió la cabeza con gesto de resignación. –Muy a nuestro pesar, señor presidente, hemos de admitir que el suministro de nuestras instalaciones nucleares es inferior en un tercio a la demanda de energía nacional.
–Como de costumbre, estamos hasta el cuello... –balbuceó el presidente.
–Bueno, la situación se debe, en parte, a los aumentos constantes de los costes de construcción y los correspondientes gastos en mejoras de infraestructuras, así como al descenso gradual de la demanda de uranio. –Mercier se interrumpió por un instante y luego añadió–: Por no mencionar las movilizaciones de los grupos ecologistas…
El presidente permaneció en silencio con gesto pensativo.
–Nuestro error ha sido contar con reservas inagota
Mientras nosotros consumíamos sin tener en cuenta la escasez de provisiones, nuestros vecinos del norte, más astutos y previsores, elaboraban un plan alternativo para solucionar el problema. Así pues, no nos queda más remedio que depender de ellos.
–¿A qué precio estamos pagando nuestro error? –Por ahora, debemos sentirnos afortunados de que los canadienses mantengan sus tarifas al mismo nivel de nuestras compañías eléctricas.
–Un rayo de esperanza...
–Así es, aunque sólo provisionalmente.
El presidente suspiró y miró a Mercier con evidente inquietud.
–Señor, ¿ha olvidado que Quebec tiene previsto celebrar un referéndum para decidir su independencia el próximo verano?
–En absoluto, pero si hasta el momento el primer ministro Sarveaux ha logrado detener a los grupos separatistas de Quebec, ¿no crees que volverá a lograrlo?
–No, señor. Nuestro servicio de inteligencia asegura que el ministro Guerrier, del Partido Quebequés, obtendrá los votos suficientes para consolidar la independencia de Quebec.
–Si se separan de Canadá, pagarán un precio muy alto –puntualizó el presidente–. Su economía es un auténtico caos.
–Al parecer, confían en que Estados Unidos apoye su gobierno.
–¿Qué ocurriría si no fuera así?
–Muy sencillo, aumentarían considerablemente las
tarifas eléctricas o simplemente interrumpirían el suministro.
–Guerrier nunca hará semejante locura. Sabe que su país sería penalizado con sustanciosas sanciones económicas como represalia.
–Pasarían semanas, incluso meses, antes de que el gobierno quebequés recibiera las correspondientes sanciones. Mientras tanto, es obvio que nuestro sector industrial se paralizaría por falta de suministro eléctrico.
–Eres realmente pesimista...
–Eso sería sólo el principio del fin –prosiguió Mercier con tono apocalíptico y luego añadió–: Supongo
que la SLQ debe de resultarle familiar, ¿me equivoco,
señor?
La sola mención de aquellas siglas hizo que el rostro del presidente ensombreciera de inmediato. La denominada Sociedad Libre de Quebec era un movimiento terrorista clandestino, que contaba en su haber con la muerte de varios militares canadienses.
–Un informe reciente de la CIA ha descubierto la tendencia pro moscovita de dicha sociedad. Si la SLQ consiguiera hacerse con el control del gobierno de Quebec, asistiríamos al nacimiento de una segunda Cuba.
–¡Una segunda Cuba! –exclamó el gobernante con un hilo de voz.
–Así es, y con el poder suficiente para hacer que América se postrara a sus pies.
El presidente se levantó de su sillón, se encaminó lentamente hacia el ventanal y contempló los jardines cubiertos de nieve que rodeaban la Casa Blanca. Tras permanecer en silencio durante casi un minuto, finalmente dijo:
–No podemos ni debemos prestarnos a semejante juego con Quebec, especialmente durante los próximos meses. –Tras interrumpirse un instante, volvió la cabeza hacia Mercier y añadió–: Este país está hasta el cuello de deudas, Alan. Verás, entre tú y yo, dentro de unos años no tendremos otra alternativa que declarar la nación en bancarrota.
Mercier se incorporó en su asiento. Por un momencerse.
–Lamentaría que ocurriera durante su administración, señor presidente.
Éste suspiró con resignación y dijo:
–Desde Franklin Roosevelt en adelante, todos y
cada uno de los responsables ejecutivos de esta nación
han jugado al ratón y al gato, cediendo a sus sucesores
sus respectivos fracasos financieros. Pues bien, el juego
se ha hecho insostenible y, al parecer, tendré que cargar
con las consecuencias. Si los estados del nordeste se quedan sin suministro eléctrico durante veinte días o más,
las repercusiones serán trágicas. El plazo que tenía previsto para el anuncio de la nueva deflación monetaria
tendrá que ser drásticamente revisado. Necesito tiempo,
Alan; tiempo para preparar a la población y al sector financiero para semejante recorte económico. De lo contrario, la reducción nos conducirá inevitablemente a un
nuevo crack del veintinueve. Debemos evitar a toda costa que nuestras refinerías se detengan por falta de suministro energético extranjero.
–¿Cómo diablos evitaremos el posible boicot de Quebec? –inquirió Mercier, consciente del inminente peligro que se avecinaba.
–Lo ignoro, Alan. Lo único que puedo asegurarte es que nuestras posibilidades son limitadas.
–Cuando todo intento por salvar una economía que irremediablemente se hunde en el lodo fracasa, sólo restan dos alternativas –puntualizó Mercier con el rostro desencajado–. En realidad, se trata de dos opciones tan antiguas como el tiempo... Una es rezar para que se produzca un milagro.
–¿Y la otra?
–Declarar la guerra al enemigo.
el Forestal Building de Independence Avenue y tomó el ascensor hasta la séptima planta. Una vez allí y sin presentaciones protocolarias, fue conducido al despacho de Ronald Klein, secretario de Energía.
Sentado a una gran mesa repleta de documentos, Klein, un hombre de apariencia juvenil, largo cabello blanco y nariz aguileña, saltó de su asiento y se dirigió hacia la puerta para estrechar la mano de Mercier.
–¿De qué importante asunto tenemos que tratar con tanta urgencia, Alan? –preguntó Klein con tono jovial y desenfadado.
–Más que importante, diría que es inusual –puntualizó Mercier–. Ha llegado a mis manos una solicitud oficial del Departamento del Tesoro para invertir seiscientos ochenta millones de dólares, a cargo de los fondos federales, en el desarrollo de un zahorí.
–¿Un zahorí...? –inquirió el ministro sin dar crédito a sus oídos.
–Bueno, en realidad así es como los geólogos llaman a cualquier artilugio tecnológico destinado a la detección de minerales.
–Muy interesante... pero no veo qué relación tiene este asunto conmigo.
–Verás, la suma en cuestión fue destinada al Departamento de Energía hace tres años y, sin embargo, no existe documento alguno que acredite su inversión en ningún proyecto. En este sentido, creo que sería conveniente sugerir al personal a tu cargo que iniciara una investigación para, o bien justificar el desembolso, o dar con el paradero de dichos millones. Esto es Washington y, como sabrás, los políticos no podemos librarnos de los errores cometidos por nuestros antecesores. En otras palabras, Ron, si el anterior secretario de Energía gastó millones en la compra de un elefante blanco, será mejor que estés preparado por si alguno de tigación.
–Agradezco tu sabio consejo, Alan –dijo Klein–. Ordenaré a mi gente que ponga el ministerio patas arriba, te lo aseguro.
Mercier se levantó, estrechó la mano del ministro y exclamó:
–¡Buena suerte!
Poco después de que Mercier abandonara el despacho ministerial, Klein se acomodó en su sillón con gesto pensativo.
–¡Increíble...! –murmuró–. ¿Cómo es posible que alguien pueda perder el rastro de seiscientos ochenta millones de dólares?
5
La sala del generador del proyecto hidroeléctrico de la bahía de James aturdió los sentidos de Charles Sarveaux durante su visita a la colosal central eléctrica. Ocupando una extensión de cinco hectáreas y a doce metros de profundidad, la nueva central contaba con tres filas de colosales generadores, impulsados por turbinas de agua, que convertían la energía hidráulica en millones de kilovatios de electricidad por segundo. Sarveaux parecía realmente impresionado, lo que comunicó de inmediato a los directores de la Quebec Hydro Power.
Aquélla era su primera visita a la central desde su elección como primer ministro de Canadá.
–¿Cuánta energía produce cada generador? –preguntó Sarveaux con evidente interés.
Percival Stuckey, el director jefe, respondió de inmediato:
Sarveaux asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa de aprobación, un gesto estudiado que sin duda le había sido de gran utilidad durante la campaña electoral.
Atractivo y carismático, Sarveaux hubiera vencido no sólo a John F. Kennedy, sino también a Anthony Eden, de haber competido con ellos. Sus claros ojos azules conferían a su mirada un halo cautivador y las angulosas facciones de su rostro, así como su canoso cabello, peinado con un cuidado estilo desenfadado, hacían de él un hombre extremadamente interesante. De estatura media, su complexión era el sueño de todo sastre, aunque prefería comprar personalmente sus trajes en los grandes almacenes.
Candidato comprometido entre los liberales, a caballo entre el Partido Independentista Canadiense y el francófono Partido Quebequés, Sarveaux había caminado por la cuerda floja durante sus tres primeros años de mandato. Se consideraba a sí mismo un segundo Lincoln, dispuesto a luchar para preservar la unidad de su nación y mantenerla a flote. Sólo la amenaza de la fuerza mantenía a los separatistas radicales controlados. Sin embargo, su constante insistencia en fomentar un gobierno central estable había caído en un mar de indiferencia.
–Quizá le gustaría visitar el control central de la planta –sugirió Stuckey.
Sarveaux miró a su secretario y preguntó: –¿Cómo andamos de tiempo?
Ian Jeffrey, hombre de una seriedad y eficiencia encomiables a pesar de su juventud, comprobó la hora en su reloj.
–No tenemos mucho tiempo, primer ministro. Deberíamos estar en el aeropuerto dentro de treinta minutos.
–No obstante, creo que podríamos encontrar un una sonrisa–. Ya que estamos aquí, sería una lástima desaprovechar la ocasión de ver algo que, según los informes, es digno de admirar.
Stuckey asintió con la cabeza e hizo un gesto al primer ministro de que le siguiera a un ascensor. A diez plantas por encima de la sala del generador, Sarveaux y su séquito se detuvieron frente a una puerta en la que había una placa que rezaba: «ZONA RESERVADA AL PERSO
NAL SEGURIDAD.» Stuckey sacó una tarjeta plastificada, que llevaba colgada del cuello, y la introdujo en una ranura situada encima del pomo de la puerta. A continuación, se volvió y, dirigiéndose a los acompañantes de Sarveaux, dijo:
–Lo lamento, caballeros, pero debido al reducido espacio de la sala de control, sólo puedo autorizar la entrada del primer ministro.
Ante las protestas de sus guardaespaldas, Sarveaux les ordenó que guardaran silencio y, siguiendo los pasos de Stuckey, cruzó el umbral de la puerta y avanzó por un largo pasillo. Tras repetir la operación de identificación con su tarjeta, la puerta de acceso a la sala de control se abrió.
El centro de control de la central hidroeléctrica, además de reducido, era espartano. Sentados frente a una consola, cubierta por un enjambre de luces e interruptores, cuatro ingenieros supervisaban un panel de diales e indicadores que ocupaba la pared principal de la sala. Excepto por una hilera de monitores de televisión que colgaban del techo, la reducida habitación sólo contaba con las cuatro sillas que ocupaban los técnicos.
–Parece increíble que tan formidable concentración de energía sea controlada sólo por cuatro hombres y un modesto sistema de equipamiento –comentó Sarveaux, tras echar un vistazo alrededor.
–En realidad, la central y las estaciones de transmiplantas más arriba –explicó Stuckey–. El proyecto está automatizado en un noventa y nueve por ciento. Lo que está viendo en este momento, señor Sarveaux, es el sistema manual que entraría inmediatamente en funcionamiento en caso de que los ordenadores fallaran.
–Celebro que el ser humano tenga cabida en tan sofisticado engranaje –ironizó Sarveaux.
–A pesar de los avances tecnológicos, todavía no estamos obsoletos –replicó Stuckey, esbozando una sonrisa–. Convendrá conmigo, señor, en que hay aspectos en los que la ciencia jamás podrá superar al hombre.
–¿Cuándo está previsto que esta riqueza energética empiece a ser canalizada?
–La central alcanzará su máxima operatividad en cuestión de días. En otras palabras, la bahía de James no tardará en iluminar toda la provincia de Ontario, Quebec y el nordeste de Estados Unidos.
De pronto, una inquietante idea cruzó la mente de Sarveaux.
–¿Qué ocurriría de surgir un fatal imprevisto? –¿A qué se refiere, señor? –inquirió Stuckey, sorprendido ante la inesperada pregunta del primer ministro.
–A una avería, un sabotaje...
–Para su tranquilidad, señor Sarveaux, ha de saber
que, salvo un terremoto, nada podría poner la central
fuera de servicio. Tenemos previsto que cualquier incidente aislado o avería sea automáticamente solventado
por dos sistemas alternativos de seguridad. No obstante, si éstos fallaran, contamos con el control manual de
los ingenieros encargados de esta sala.
–¿Han tomado medidas antiterroristas?
–Por supuesto, señor –respondió Stuckey sin dilación–. Nuestro sistema electrónico de seguridad es una
maravilla de la más avanzada tecnología, pero además aseguro que ni una división de tropas de asalto podría
hacerse con el control de esta sala en menos de dos meses.
–En el caso de que lo lograran, ¿es posible que alguien pudiera paralizar la central?
–Además de imposible, sería inviable para una sola persona –repuso Stuckey con absoluto convencimiento–. Para cortar el suministro de la central es necesario que cada uno de los ingenieros aquí presentes, y por supuesto yo mismo, introduzcamos en el monitor nuestras respectivas claves. Ni que decir tiene que ninguno de nosotros conoce el código del otro. Puede estar tranquilo, señor, hemos previsto todas y cada una de las posibilidades.
Las explicaciones de Stuckey no sirvieron para tranquilizar a Sarveaux. A pesar de ello, asintió con la cabeza y, estrechando su mano, se despidió:
–Ha sido una visita muy interesante. Gracias por el interés que me han dispensado.
Foss Gly había sido extremadamente meticuloso al seleccionar los medios y el lugar para atentar contra la vida de Charles Sarveaux. Cualquier imprevisto, por remoto que fuera, había sido tenido en cuenta y contrarrestado de antemano. Había estudiado la trayectoria ascendente del avión, así como la velocidad. Gly había pasado horas comprobando todos los detalles de la conspiración, hasta asegurarse de que el plan era perfecto.
El lugar elegido era un campo de golf situado a un par de kilómetros al sudeste del aeropuerto de la bahía de James. En aquel punto, de acuerdo con sus cálculos, el avión gubernamental del primer ministro habría alcanzado una altitud de 50 metros y una velocidad de 300 kilómetros. Dos misiles Argo de fabricación británica, robados del arsenal militar de Val Jalbert, serían misiles pesaban trece kilos cada uno, aunque desmontados podían ser fácilmente camuflados en el interior de una mochila.
Para llevar a cabo su sofisticado plan, Gly contaba con cinco hombres, tres de ellos, ataviados con equipos de esquí, que aguardaban en el campo de golf y un cuarto, provisto de un radiotransmisor, que estaba situado en la terraza del edificio terminal del aeropuerto. Después de que los misiles impactaran en el blanco, el grupo de ataque tenía previsto esquiar tranquilamente hacia la casa club del campo de golf y emprender la retirada en un todoterreno, conducido por el quinto hombre que integraba el comando.
Gly dirigió sus prismáticos hacia el cielo, mientras sus colegas ensamblaban los misiles. Había empezado a nevar, reduciendo la visibilidad considerablemente. Aunque la blanca cortina de nieve resultaría propicia para ocultar sus movimientos, les dejaría tan sólo unos segundos para apuntar y disparar a un objeto móvil durante el breve intervalo en que éste fuera visible. Mientras Gly oteaba el horizonte, un jet de la British Airways sobrevoló la zona y aquél cronometró el tiempo que el avión empleaba antes de desaparecer entre las densas nubes.
«Apenas seis segundos. Mal asunto», pensó, consciente de que la posibilidad de que los dos misiles dieran en el blanco se había reducido a causa de la inoportuna inclemencia del tiempo.
Gly se sacudió la nieve que había caído sobre su espesa cabellera y bajó los prismáticos. Sus ojos marrones tenían un brillo especial y, a pesar de las rudas y marcadas facciones de su rostro, a primera vista resultaba un tipo normal y corriente. No obstante, había algo en su aspecto que paradójicamente le confería gran atractivo entre las mujeres: su peculiar nariz, larga y amorfa a
El pequeño radiotransmisor que llevaba en el bolsillo de su chaqueta emitió un leve pitido.
–Mensajero a Field Foreman.
–Recibido, mensajero –respondió Gly, tras presionar el botón de transmisión.
Claude Moran, un marxista de aspecto enfermizo que trabajaba de secretario del gobernador general, ajustó el auricular de su radio e informó a Gly de la situación que observaba desde el ventanal de la terraza principal del aeropuerto.
–Tengo el cargamento. ¿Estás preparado para recibirlo, Field Foreman?
–¿A qué hora saldrá? –preguntó Gly.
–El camión estará solo en breves minutos, tan pronto como los estibadores descarguen un cargamento procedente de Estados Unidos.
La inocente conversación que estaba teniendo lugar entre ambos hombres era una estratagema para evitar cualquier sospecha en caso de que alguien tuviera conectada la misma frecuencia. Sin embargo, Gly comprendió de inmediato el doble significado de las palabras de Moran: el avión del primer ministro tenía prevista su salida inmediatamente después de un jet comercial de la American Airlines.
–Recibido, mensajero. En cuanto el camión abandone el muelle de carga, comunícamelo.
Gly no sentía una animadversión especial hacia Charles Sarveaux. Para él, el primer ministro no era más que un nombre publicado en los periódicos. De hecho, el cerebro gris de aquella conspiración contra el jefe de la nación ni siquiera era canadiense.
Gly había nacido en Flagstaff, Arizona, fruto de la unión fortuita entre un boxeador profesional y la joven hija de un sheriff local durante una noche de alcohol. Había tenido una infancia terrible a causa de los malos tante, su instinto de supervivencia había hecho de él una persona fuerte, de carácter frío e impasible. Cuando consideró que había llegado el momento de vengar a su madre, Gly mató al sheriff y abandonó el estado. Después de aquel episodio, su vida se convirtió en una lucha continua por sobrevivir, liderando a un grupo de ladrones de automóviles en Los Ángeles o secuestrando camiones de gasolina en Texas. La lista de sus delitos era interminable.
Sin embargo, Gly no se consideraba un mero asesino a sueldo, sino un estratega del crimen organizado. Era la clase de hombre a quien solicitaban sus servicios cuando todos los demás se negaban a afrontar un riesgo excesivo. Líder de especialistas, tenía una merecida reputación de fría y sanguinaria eficiencia.
En la terraza, Moran retiró su cara un par de centímetros del cristal del ventanal antes de que su aliento lo empañara. Por un momento, el avión de Sarveaux pareció desaparecer entre la densa nieve que caía sobre la pista de despegue.
–¿Field Foreman?
–Adelante, mensajero.
–Lo siento, pero me temo que va a resultar casi imposible determinar la hora exacta de la llegada de la carga.
–Entendido –respondió Gly–. Ponte en contacto conmigo después del almuerzo.
Sin acusar recibo de la consigna de Gly, Moran bajó por la escalera mecánica que conducía al vestíbulo principal, salió del aeropuerto y tomó un taxi. Una vez acomodado en el asiento trasero, encendió un cigarrillo y se preguntó qué alto cargo en el nuevo gobierno de Quebec podría solicitar como recompensa a sus servicios.
En el campo de golf, Gly se volvió hacia los hombres de su equipo encargados de disparar los misiles.
–El objetivo está a punto de despegar.
escuchara en la distancia el rugido de los motores del avión mientras avanzaba por la pista cubierta de nieve. Sus ojos trataron de penetrar la blanca cortina en espera de vislumbrar el anagrama rojo y azul de las líneas aéreas americanas.
Sin embargo, cuando ya era demasiado tarde, cayó en la cuenta de que los aviones presidenciales tenían preferencia sobre los vuelos comerciales. De pronto, ante sus ojos apareció la familiar imagen de la hoja roja de arce canadiense.
–¡Es el avión de Sarveux! –gritó Gly–. ¡Disparad! Los dos hombres activaron sus respectivos misiles en cuestión de segundos. El primero apuntó hacia el centro del avión, pero la trayectoria del misil se desvió y pasó rozando la cola del objetivo. El segundo hombre lanzó su proye
