Prólogo I
Al oeste de las islas británicas, 1515
Diego Aguírrez se despertó de un sueño intranquilo con la sensación de que una rata le había pasado por el rostro. Su ancha frente estaba bañada en sudor frío, los latidos del corazón eran como martillazos en el pecho, y un miedo impreciso le corroía ferozmente las entrañas. Escuchó los sordos ronquidos de los tripulantes y el suave chapoteo del agua contra el casco de madera. No parecía haber motivo alguno para la alarma. Sin embargo no conseguía sacudirse la desagradable sensación de que una amenaza invisible acechaba en las sombras.
Se levantó del coy y después de echarse una gruesa manta de lana sobre los anchos hombros, subió la escalerilla para salir a la cubierta, envuelta por la niebla. A la débil luz de la luna, la sólida carabela brillaba como si estuviese hecha de telarañas. Aguírrez se acercó a una silueta acurrucada junto al resplandor amarillento de un candil de aceite.
—Buenas noches, capitán —saludó el marinero al ver que se acercaba.
Aguírrez se sintió complacido al ver que el tripulante de guardia estaba despierto y alerta.
—Buenas noches —respondió el capitán—. ¿Todo en orden?
—Sin novedad, señor. Aunque sigue sin soplar viento.
Aguírrez echó una ojeada a los fantasmagóricos mástiles y velas.
—Soplará. Lo huelo.
—Sí, capitán. —El hombre contuvo un bostezo.
—Baje y duerma un poco. Yo le relevaré.
—Todavía no es la hora. Mi turno no acaba hasta dentro de otra vuelta del reloj.
El capitán cogió el reloj de arena que estaba junto al candil y le dio la vuelta.
—Resuelto. Ya es la hora.
El marinero le dio las gracias y bajó al sollado de la tripulación mientras el capitán ocupaba su puesto en el castillo de popa. Miró en dirección sur, hacia la niebla gris que se elevaba como el vapor de la superficie del mar absolutamente plana. Continuaba en su puesto cuando amaneció. Sus ojos oscuros estaban enrojecidos, y le dolían de la fatiga. La manta estaba empapada. Con la tozudez que le caracterizaba, no hizo el menor caso de las incomodidades y se paseó por el puente como un león enjaulado.
El capitán era vasco, un habitante de las escarpadas montañas que separan España y Francia, y sus instintos, afinados por muchos años en el mar, no podían tomarse a la ligera. Los vascos eran los mejores navegantes del mundo; los hombres como Aguírrez viajaban habitualmente a regiones que otros marinos menos osados consideraban el reino de serpientes marinas y remolinos gigantes. Como la mayoría de los vascos, tenía las cejas hirsutas como zarzas, las orejas grandes y sobresalientes, la nariz larga y recta, y el mentón prominente. Siglos más tarde, los científicos dirían que los vascos, con sus marcados rasgos faciales, eran descendientes directos del hombre de Cro-Magnon.
Los tripulantes salieron a cubierta y entre bostezos fueron a ocuparse de sus tareas. El capitán se negó a que lo relevaran. Su persistencia se vio recompensada a media mañana. Sus ojos inyectados en sangre atisbaron un fugaz reflejo entre la espesa niebla. El destello solo duró un instante, pero provocó en Aguírrez una extraña combinación de alivio y temor.
Con el pulso acelerado, Aguírrez levantó el catalejo de latón que llevaba colgado de un cordón alrededor del cuello, lo extendió al máximo y miró a través del ocular. Al principio solo vio la mancha gris donde el banco de niebla se confundía con el mar. El capitán se secó los ojos con la manga, parpadeó varias veces para aclarar la visión y volvió a levantar el catalejo. Tampoco esta vez vio nada especial. Un efecto óptico, pensó.
Repentinamente, vio un movimiento a través de la lente. Un afilado espolón había emergido de la niebla como el pico de un ave de presa. Luego apareció a la vista toda la embarcación. Una esbelta nave con el casco negro avanzaba, se deslizaba durante unos segundos, y avanzaba de nuevo. Otras dos embarcaciones la siguieron en rápida sucesión; se movían por la tranquila superficie como gigantescas pulgas de agua. El capitán maldijo por lo bajo.
Galeras de guerra.
La luz del sol se reflejaba en los remos mojados que se hundían en el mar con una cadencia rítmica. Con cada estrepada, las esbeltas naves acortaban rápidamente la distancia que las separaba de la carabela.
El capitán observó con calma las naves que se acercaban de proa a popa, y valoró su estructura con el conocimiento de un experimentado constructor naval. Eran auténticos galgos de mar, capaces de alcanzar una gran velocidad en las distancias cortas. Docenas de países europeos habían adoptado las galeras de guerra diseñadas por los venecianos.
Cada galera era impulsada por ciento cincuenta remos, dispuestos en tres hileras de veinticinco en cada banda. El perfil bajo le daba un aspecto aerodinámico que se avanzaba a su tiempo, y se curvaba hacia arriba y hacia popa donde se ubicaba la cabina del capitán. El espolón era alargado, aunque ya no se utilizaba a modo de ariete como en el pasado. Se había transformado la proa para convertirla en una plataforma para la artillería.
Había una pequeña vela latina a popa, pero era la fuerza de los remeros lo que daba a la galera su velocidad y maniobrabilidad. El sistema penal español proveía un inagotable suministro de galeotes condenados a tirar de los pesados remos de cincuenta palmos hasta morir. Las corsias, las angostas pasarelas que a cada banda iban de proa a popa, eran el reino de los cómitres, que intimaban a los remeros con amenazas y rebencazos.
Aguírrez sabía que la potencia de fuego con la que podían atacar su nave sería formidable. Las galeras casi doblaban los veintiséis metros de eslora de su rechoncha carabela. Normalmente, las embarcaciones de guerra iban armadas con cincuenta arcabuces de ánima lisa que se cargaban por la boca. El arma más potente era un mortero de hierro colado llamado bombarda, que iba montado en la plataforma de la proa. Que estuviese instalado en la banda de estribor era un recuerdo de los días en los que la estrategia naval consistía en embestir al enemigo con el espolón.
Mientras que la galera era una vuelta a la robusta nave griega que había llevado a Ulises desde Circe a los cíclopes, la carabela era el futuro. Rápida y maniobrera, para la época, la resistente embarcación podía navegar por todos los mares del mundo. La carabela combinaba el aparejo mediterráneo con la fortaleza de los cascos del norte hechos con planchas claveteadas y un timón sujeto con bisagras. Las velas latinas, que eran muy fáciles de aparejar, copiadas de las velas del dow árabe, hacían que la nave fuese muy superior a cualquier otra embarcación de vela cuando se navegaba ceñido al viento.
Desafortunadamente para Aguírrez, dichas velas, absolutamente milagrosas en su sencilla eficacia, colgaban flojas de los mástiles gemelos. Sin la menor brisa que las hinchara, no eran más que inútiles trozos de tela. La calma chicha mantenía a la carabela inmóvil en la superficie del mar, como un barco dentro de una botella.
El capitán miró de nuevo las velas flácidas y maldijo a los elementos que conspiraban contra él. Se enfadó consigo mismo por la estúpida arrogancia que le había llevado a contradecir su instinto de quedarse en alta mar. Debido a la poca altura de las bordas, las galeras no estaban diseñadas para la navegación de altura y hubiesen tenido dificultades para perseguir a la carabela. Pero él había navegado cerca de la costa porque era la ruta más directa. Con viento favorable, su nave podía aventajar a cualquier otra embarcación. No había esperado encontrarse con una calma chicha. Tampoco había esperado que las galeras lo encontraran con tanta facilidad.
Se olvidó de los reproches y las sospechas. Ya tendría tiempo más adelante para las recriminaciones. Se quitó la manta de los hombros y la arrojó sobre cubierta como si fuese la capa de un torero; luego, bajó del castillo de popa mientras gritaba órdenes. Los hombres se animaron inmediatamente al oír la potente voz de su capitán desde un extremo al otro de la carabela. En cuestión de segundos, la cubierta parecía un hormiguero.
—¡Arriad los botes! —Aguírrez señaló las naves de guerra que se acercaban—. ¡Venga, muchachos, moveos, o tendremos a los verdugos trabajando día y noche!
Los tripulantes realizaron sus tareas con sorprendente celeridad. Todos los hombres a bordo de la carabela sabían que sufrirían los horrores de la tortura y acabarían quemados en la hoguera si las galeras los capturaban. En cuestión de minutos, los tres botes de la carabela estaban en el agua, tripulados por los remeros más fuertes. Los cabos amarrados a la nave se tensaron al máximo, pero la carabela, obstinadamente, se negaba a moverse. Aguírrez gritó a sus hombres que remaran con todas sus fuerzas. A voz en cuello apeló a su hombría vasca con todos los insultos que pudo imaginar.
—¡Remad! —gritó Aguírrez con los ojos negros brillando como ascuas—. ¡Remáis como un hatajo de putas españolas!
Los remos levantaban espuma en el agua calma. La nave crujió, se sacudió, y finalmente comenzó a moverse. Aguírrez volvió a animar a sus hombres y corrió hacia proa. Se apoyó en la borda para afirmarse mientras miraba con el catalejo. Esta vez vio a un hombre alto y delgado en la plataforma de proa de la galera que iba en vanguardia. Lo miraba con el catalejo.
—El Brasero —murmuró Aguírrez con el más absoluto desprecio.
Ignacio Martínez vio que Aguírrez lo miraba y sus voluptuosos labios gruesos trazaron una mueca de triunfo. Sus despiadados ojos amarillos hundidos en las cuencas ardían con fanatismo. Fruncía la larga nariz aristocrática como si oliera algo apestoso.
—Capitán Blackthorne —susurró al hombre de barba roja que se encontraba a su lado—, haga correr la voz entre los remeros. Dígales que si atrapamos a nuestra presa quedarán en libertad.
El capitán se encogió de hombros y cumplió con la orden, a sabiendas de que Martínez no tenía la intención de cumplir con su promesa, que solo se trataba de un cruel engaño.
Martínez se había ganado el apodo de Brasero por el celo que ponía en quemar herejes en los autos de fe. Era una figura habitual en los quemaderos, donde se valía de todos los medios, incluido el soborno, para asegurarse de ser él quien tuviese el honor de encender la hoguera. Aunque su título oficial era el de fiscal público y consejero de la Inquisición, había convencido a sus superiores para que lo nombraran inquisidor para el país vasco. Perseguir a los vascos resultaba muy rentable. La Inquisición confiscaba inmediatamente las propiedades de los acusados. Las riquezas robadas a las víctimas financiaban las prisiones, la policía secreta, las cámaras de tortura, el ejército y la burocracia, y convertía a los inquisidores en hombres acaudalados.
Los vascos eran consumados maestros en el arte de la navegación y la construcción de naves. Aguírrez había navegado docenas de veces por los caladeros secretos del mar occidental para cazar ballenas y pescar bacalao. Los vascos eran gente de naturaleza emprendedora; muchos de ellos, como Aguírrez, se habían hecho ricos con la venta de sus capturas. Su astillero en la orilla del río Nervión construía naves de todo tipo y tamaño. Aguírrez estaba al corriente de los excesos de la Inquisición, pero nunca les había prestado demasiada atención ocupado como estaba en dirigir sus diversas empresas y en disfrutar de la compañía de su bella esposa y sus dos hijos cuando podía. Había sido al regresar de uno de sus viajes cuando se había enterado de primera mano que Martínez y la Inquisición eran fuerzas malévolas que debía tener presente.
Una multitud furiosa recibió a las naves pesqueras cuando se acercaban a los muelles para descargar las capturas. La gente reclamaba a gritos la ayuda de Aguírrez. La Inquisición había arrestado a un grupo de mujeres del pueblo y las había acusado de brujería. La esposa del capitán figuraba entre las detenidas. Ella y las demás habían sido juzgadas y sentenciadas a morir quemadas en la hoguera. En ese momento iban a llevar a las condenadas al quemadero.
Aguírrez calmó a la multitud y sin más demora partió hacia la capital de la provincia. Aunque era un hombre influyente, sus súplicas para conseguir la libertad de las condenadas no fueron escuchadas. Las autoridades le respondieron que no podían hacer nada; se trataba de un asunto de la Iglesia, no de una cuestión civil. Algunos de los funcionarios le comentaron por lo bajo que sus propias vidas y propiedades se verían en peligro si se enfrentaban a las órdenes del Santo Oficio. «El Brasero», susurraron muy asustados.
El capitán tomó el asunto en sus manos. Reunió a cien de sus hombres y en una rápida operación asaltó la caravana que trasladaba a las supuestas brujas a la hoguera, y rescató a las mujeres sin producir ni una sola baja entre los guardias. Incluso mientras abrazaba a su esposa, Aguírrez sabía que el Brasero había orquestado los arrestos y los juicios para conseguir tenerlo a él y a sus propiedades en sus codiciosas garras.
Aguírrez sospechaba que había una razón más importante para justificar el interés de la Inquisición en su persona. El año anterior, el consejo de ancianos le había encomendado la custodia de las sagradas reliquias del país vasco. Algún día serían empleadas para unir a los vascos en la lucha por la independencia contra España. Por ahora, estaban guardadas en un cofre oculto en una cámara secreta en la lujosa casa de Aguírrez. Era posible que Martínez conociera la existencia de las reliquias. La región estaba plagada de espías. Martínez debía de saber que las reliquias sagradas podrían alimentar el fanatismo, de la misma manera que el Santo Grial había dado lugar a las sanguinarias cruzadas. Cualquier cosa que uniera a los vascos representaba una amenaza para la Inquisición.
Martínez no reaccionó a la liberación de las mujeres. Aguírrez no era tonto. El inquisidor solo atacaría cuando hubiese reunido las suficientes pruebas acusadoras. El capitán aprovechó ese tiempo para prepararse. Mandó que colocaran la más rápida de sus carabelas en las anguilas de la playa de San Sebastián, como si fueran a calafatearla. Distribuyó dinero a manos llenas para formar su propia red de espías; sobornó también a algunos hombres del entorno del fiscal, e hizo correr la voz de que quien le advirtiera a tiempo de su arresto recibiría una gran recompensa. Luego continuó con sus actividades habituales y esperó, sin alejarse mucho de su casa, rodeado de sus fieles guardias, todos ellos curtidos en mil batallas.
Transcurrieron algunos meses sin novedad. Entonces, una noche, uno de sus espías, un hombre que trabajaba en los despachos de la Inquisición, llegó a todo galope hasta su casa para darle el aviso. Martínez se acercaba con un grupo de soldados para arrestarlo. Aguírrez recompensó generosamente al espía y puso en marcha sus bien trazados planes. Besó a su esposa y a sus hijos y les prometió reunirse con ellos en Portugal. Mientras su familia escapaba en una carreta con gran parte de su fortuna, otra carreta hacía de señuelo para despistar a los hombres de Martínez. Aguírrez se dirigió a la costa con su escolta armada. Al amparo de la oscuridad, botó la carabela y tras desplegar las velas puso rumbo al norte.
Al amanecer del día siguiente, una flota de galeras de guerra apareció de entre la bruma que cubría el horizonte intentando cerrarle el paso. Gracias a su gran experiencia marinera, Aguírrez pudo eludir a los perseguidores, y una brisa constante impulsó la carabela hacia el norte a lo largo de las costas de Francia. Puso rumbo a Dinamarca, donde viraría al oeste hacia Groenlandia e Islandia. Pero cuando se encontraban en la latitud de las islas británicas, el viento fue amainando, y Aguírrez y sus marineros se vieron atrapados por la calma chicha.
Ahora, con el trío de galeras cada vez más cerca, Aguírrez estaba dispuesto a luchar hasta la muerte si era necesario, pero su instinto de supervivencia era muy fuerte. Ordenó a los artilleros que se prepararan para el combate. Cuando armó la carabela, sacrificó el armamento a la velocidad, y la potencia de fuego a la maniobrabilidad.
El arcabuz era un arma difícil de manejar; se cargaba por la boca y se apoyaba en una horquilla, y eran necesarios dos hombres para cargar y disparar. Los arcabuceros de la carabela iban armados con unos modelos más pequeños y ligeros que podían cargar y disparar ellos mismos. Sus tripulantes eran unos tiradores de primera que rara vez fallaban un disparo. En cuanto a la artillería pesada, Aguírrez había optado por un par de cañones de bronce montados en cureñas con ruedas para trasladarlos donde fuesen más necesarios. Los artilleros habían practicado tanto el manejo de las piezas que podían cargar, apuntar y disparar con una precisión desconocida en la mayoría de las naves.
Los remeros daban visibles muestras de cansancio, y la carabela se movía con la lentitud de una mosca en un pote de miel. Las galeras tenían una buena posición de tiro. Sus arcabuceros podían disparar a voluntad contra los remeros de Aguírrez. Sin embargo, este decidió que los hombres continuaran remando. Mientras la nave se moviera, dispondría de cierto control. Animó a los hombres para que se esforzaran todavía más; cuando se volvió para ayudar a los artilleros sus afinados sentidos detectaron un cambio en la temperatura, que era el indicador de que se levantaría viento. La pequeña vela latina se movió como el ala de un pájaro herido. Luego volvió a pender inmóvil.
Mientras echaba una ojeada al mar, atento a la aparición de los rizos que precedían a una racha, oyó el inconfundible tronar de la bombarda. El mortero de boca ancha estaba montado en una cureña fija, por lo que no se podía ni apuntar ni elevar. El proyectil explotó en el agua a unas cien varas a popa de la carabela. Aguírrez se echó a reír; sabía que era prácticamente imposible hacer blanco directo con una bombarda, incluso si el objetivo se movía con la lentitud de un caracol.
Las galeras habían avanzado en línea. Mientras una nube de humo flotaba sobre el agua, las galeras a ambos lados de la nave capitana avanzaron rápidamente para situarse detrás de la carabela. La maniobra no era más que una finta. Ambas galeras viraron a babor, y una de ellas se situó en la vanguardia. Las galeras tenían la mayor parte de su armamento en la banda de estribor. Cuando pasaran junto a la carabela, acribillarían la cubierta y los aparejos con los disparos de las armas pequeñas y medianas.
Aguírrez, anticipándose a aquella maniobra, emplazó los dos cañones casi juntos en la banda de babor y mandó tapar las bocas con una tela negra. El enemigo creería que la carabela también llevaba la poco precisa bombarda y que sus bandas estaban desprotegidas.
El capitán enfocó el catalejo en la plataforma de artillería de la nave de guerra y maldijo por lo bajo cuando reconoció a uno de sus antiguos marineros que lo había acompañado en muchas travesías. El hombre conocía la ruta que Aguírrez seguía para llegar al mar occidental. Lo más probable era que la Inquisición se hubiera hecho con sus servicios tras amenazar a su familia.
Aguírrez comprobó el ángulo de elevación de cada cañón. Apartó la tela negra y apuntó a través de las troneras a un imaginario círculo en el mar. Al no encontrar ninguna oposición, la primera galera se había aproximado mucho a la carabela. El capitán dio la orden de disparar. Los cañones rugieron. El primer disparo se quedó corto y levantó una columna de agua junto al espolón, pero el segundo dio de lleno en la plataforma de la artillería.
La proa se deshizo en una violenta explosión de llamas y humo. El agua entró como una tromba en el casco destrozado, ayudada por el avance de la galera; la embarcación se fue a pique en un par de minutos. Aguírrez se compadeció de los remeros, encadenados a los bancos y sin ninguna posibilidad de escapar, pero después se dijo que era preferible una muerte rápida a padecer semanas y meses de sufrimientos.
La tripulación de la segunda galera vio lo ocurrido, y en un despliegue de la famosa maniobrabilidad de los trirremes, viró bruscamente para alejarse de los cañones de la carabela; luego fue a unirse con Martínez, que había mantenido su nave apartada de la escaramuza.
Aguírrez dedujo que la siguiente maniobra de las galeras sería separarse para acercarse por ambas bandas, sin ponerse a tiro, y a continuación virar para atacar a los desprotegidos remeros. Como si Martínez le hubiese leído el pensamiento, las galeras se separaron y comenzaron a trazar un amplio círculo por ambas bandas de la carabela, como hienas hambrientas.
El capitán oyó un chasquido por encima de la cabeza, causado por un aleteo de la vela mayor. Contuvo el aliento. ¿Sería solo una racha sin continuidad? Entonces la vela aleteó de nuevo, se hinchó, y los mástiles crujieron. Corrió a proa, se inclinó sobre la borda y gritó a los marineros que los remeros volvieran a bordo.
Demasiado tarde.
Las galeras habían interrumpido el largo giro y habían virado para tomar un rumbo que las llevaba directamente hacia la carabela. La galera de estribor maniobró para presentar la banda, y los arcabuceros concentraron los disparos en el bote más cercano. La descarga provocó una matanza entre los remeros.
Envalentonada, la segunda galera intentó la misma maniobra por la banda de babor. Los tiradores de la carabela se habían recuperado de la sorpresa, y ahora centraban los disparos en la plataforma de la artillería donde Aguírrez había visto a Martínez por última vez. El Brasero seguramente estaría escondido detrás de la borda, pero aun así captaría el mensaje.
La descarga golpeó la plataforma como un puño de plomo. En cuanto los tiradores habían disparado, cogían otro arcabuz y disparaban de nuevo, mientras los marineros volvían a cargar las armas. Los disparos eran continuos y mortíferos. Incapaz de soportar la prolongada descarga, la galera viró, con el casco astillado y los remos destrozados.
La tripulación corrió a tirar de los cabos para recuperar los botes. El primero estaba bañado en sangre y la mitad de los remeros habían muerto. Aguírrez gritó nuevas órdenes a los artilleros mientras corría a empuñar el timón. Los artilleros movieron a fuerza de brazos los pesados cañones para llevarlos a las troneras de babor. Un grupo de marineros se ocupó de los aparejos para aprovechar al máximo el viento.
Mientras la carabela ganaba velocidad, al navegar empopada, el capitán viró para poner rumbo a la galera que había sido alcanzada por los disparos de los arcabuceros. La galera enemiga intentó una maniobra de evasión, pero había perdido a un gran número de remeros y su avance era errático. Aguírrez esperó hasta llegar a unas cincuenta varas. Los tiradores de la galera dispararon contra su perseguidor sin que sus proyectiles causaran daño alguno.
La primera andanada de los cañones hizo blanco en el castillo de popa, que voló por los aires reducido a astillas. Los artilleros volvieron a cargar y esta vez apuntaron a la línea de flotación, donde abrieron unos enormes boquetes. Cargada de hombres y equipos, la galera desapareció bajo la superficie en cuestión de minutos y solo quedaron unas burbujas, unos cuantos maderos y un puñado de supervivientes.
El capitán volvió su atención a la última galera.
Al ver que se habían vuelto las tornas, Martínez había emprendido la huida. Su galera escapaba rumbo al sur como una liebre asustada. La ágil carabela viró para lanzarse a la persecución. Aguírrez ya saboreaba el placer de apagar el fuego del Brasero.
No pudo ser. El viento no era lo bastante fuerte para permitir que la carabela superara en velocidad a la galera, cuyos remeros se empleaban a fondo porque les iba la vida en ello. Al cabo de poco tiempo la galera se convirtió en un punto negro en el horizonte.
Aguírrez no hubiera vacilado en perseguir a Martínez hasta los confines del mundo, pero vio aparecer unas velas en el horizonte y dedujo que seguramente eran naves enemigas. La Inquisición tenía el brazo muy largo. Recordó la promesa hecha a su esposa y a sus hijos y su responsabilidad para con el pueblo vasco. Muy a su pesar, giró el timón para retomar el rumbo norte que lo llevaría a Dinamarca. No se hacía ilusiones respecto a su enemigo. Martínez podía ser un cobarde, pero era paciente y tenaz.
Solo era cuestión de tiempo que volvieran a encontrarse.
Prólogo II
Alemania, 1935
Poco después de la medianoche, a lo largo de una faja que se extendía desde la ciudad de Hamburgo hasta el mar del Norte, los perros comenzaron a aullar. Los animales, aterrorizados, miraban el cielo oscuro de la noche sin luna con las patas traseras encogidas y temblorosas. Sus finos oídos habían captado aquello que el oído humano no podía oír: el débil zumbido de los motores del gigantesco torpedo plateado que atravesaba la gruesa capa de nubes muy por encima de ellos.
Cuatro motores Maybach de doce cilindros, dos a cada lado, colgaban en sus aerodinámicas carcasas de la parte inferior de la aeronave, que tenía una longitud de doscientos sesenta y siete metros. Las luces brillaban en las enormes ventanas de la cabina de control cerca de la proa del fuselaje. La larga y angosta cabina estaba organizada como la timonera de un barco, con una bitácora y las ruedas que accionaban el timón y los alerones.
Junto al timonel, con los pies bien separados y las manos a la espalda, se encontraba el capitán Heinrich Braun, una figura alta y recta como una baqueta, impecablemente vestido con un uniforme azul oscuro y gorra. Los radiadores solo conseguían atemperar en parte el frío en la cabina, así que llevaba un grueso suéter de cuello alto debajo de la chaqueta. El altivo perfil de Braun parecía tallado en granito. Su postura rígida y los cabellos casi blancos, muy cortos, y la leve elevación de la sobresaliente barbilla, recordaban sus años como oficial naval prusiano.
Braun echó una ojeada al rumbo que marcaba la brújula y luego se volvió hacia un hombre de mediana edad y entrado en carnes cuyo abundante mostacho con las guías hacia arriba le daba el aire de una morsa.
—Bien, herr Lutz, hemos completado con éxito la primera manga de nuestro histórico viaje. —Braun tenía una manera de hablar elegante y al mismo tiempo anacrónica—. Estamos cumpliendo nuestro objetivo de viajar a una velocidad de ciento veinte kilómetros por hora. Incluso con un leve viento de frente, el consumo de combustible es exactamente el calculado. Mis felicitaciones, herr profesor.
Herman Lutz tenía el aspecto de un camarero de cualquiera de las muchas cervecerías de Munich, pero era uno de los más respetados ingenieros aeronáuticos de Europa. Después de su retiro, Braun había escrito un libro en el que proponía una línea de transporte aéreo a través del Polo a Norteamérica. Durante la presentación de su libro había conocido a Lutz, quien intentaba recaudar fondos para financiar la construcción de una aeronave polar. Los hombres habían simpatizado enseguida, convencidos de que las aeronaves podrían promover la cooperación internacional. Los ojos azules de Lutz se encendieron de entusiasmo.
—Lo mismo digo, capitán Braun. Juntos avanzaremos para la mayor gloria de la paz mundial.
—Estoy seguro de que ha querido decir para la mayor gloria de Alemania —manifestó Gerhardt Heinz, un hombre bajo y delgado que estaba detrás de los otros dos y lo bastante cerca como para oír cada palabra. Encendió un cigarrillo con mucha parsimonia.
—Herr Heinz, ¿ha olvidado que por encima de nuestras cabezas tenemos miles de metros cúbicos de hidrógeno altamente inflamable? —replicó Braun con una voz acerada—. Solo está permitido fumar en la zona del alojamiento de la tripulación.
Heinz masculló una respuesta y apagó el cigarrillo con los dedos. Dispuesto a no dejarse avasallar, se irguió como un gallo de pelea. Heinz llevaba la cabeza afeitada y usaba quevedos. La cabeza, de un color blanco lechoso, parecía pegada a los estrechos hombros. Si bien el efecto pretendía ser intimidatorio, en realidad resultaba grotesco.
Lutz pensó que, con su ceñido abrigo de cuero negro, Heinz tenía todo el aspecto de un gusano saliendo de la crisálida, pero tuvo la prudencia de callarse. Tener a Heinz a bordo era el precio que él y Braun habían tenido que pagar para convertir en realidad el proyecto de la aeronave. Esto y el nombre de la aeronave: Nietzsche, como el filósofo alemán. Alemania continuaba luchando para librarse del yugo financiero y psicológico impuesto por el tratado de Versalles. Cuando Lutz propuso el viaje de una aeronave al Polo Norte, el público se mostró muy dispuesto a contribuir con los fondos necesarios, pero el proyecto se estancó.
Un grupo de empresarios propuso discretamente a Lutz una solución. Con el respaldo de los militares, financiarían la construcción de una aeronave para que realizara un viaje secreto al Polo Norte. Si la misión triunfaba, se haría pública, y los aliados se encontrarían con un hecho consumado que demostraba la superioridad de la tecnología aeronáutica alemana. Si fracasaba se mantendría el secreto para evitar el desprestigio. La construcción de la aeronave que Lutz había diseñado sobre la base del dirigible Graf Zeppelin se había realizado con la mayor discreción. Como parte del trato, había aceptado llevar a Heinz en la expedición en su carácter de representante de los intereses de los empresarios.
—Capitán, ¿puede informarnos de nuestros progresos? —preguntó Lutz.
Braun se acercó a la mesa del navegante.
—Esta es nuestra posición actual —dijo apoyando un dedo en un punto de la carta—. Seguiremos el rumbo que tomaron el Norge y el Italia hasta las islas Spitzbergen. A partir de allí nos dirigiremos al Polo. Calculo que recorreremos la última manga en unas quince horas, si no hay complicaciones con el tiempo.
—Espero que tengamos mejor suerte que los italianos —comentó Heinz, recordando innecesariamente los anteriores intentos de alcanzar el Polo por vía aérea. En 1926, el explorador noruego Amundsen y un ingeniero italiano llamado Umberto Nobile, habían llegado y circunvolado el Polo en un dirigible italiano llamado Norge. Sin embargo, la segunda expedición de Nobile en una aeronave gemela llamada Italia que pretendía aterrizar en el Polo, había acabado en tragedia cuando la aeronave se estrelló. Amundsen murió cuando dirigía las operaciones de rescate. Solo Nobile y un puñado de sus hombres consiguieron salvar la vida.
—No se trata de una cuestión de suerte —le contradijo Lutz—. El diseño de esta aeronave se hizo precisamente teniendo en cuenta los errores de los demás. Es más resistente y más fácil de gobernar con mal tiempo. Hemos duplicado los sistemas de comunicación. La utilización de Blaugas nos permitirá un mayor control porque no tenemos necesidad de emplear el hidrógeno como lastre. Hemos aplicado anticongelante en los controles. Todas las máquinas están preparadas para funcionar con temperaturas bajo cero. Es la aeronave más rápida construida hasta ahora. Tenemos una red de aviones y barcos dispuestos a responder a la primera llamada si se presenta algún problema. Nuestras instalaciones meteorológicas no tienen rival.
—Tengo plena confianza en usted y en su aeronave —manifestó Heinz con una sonrisa servil, siguiendo su natural tendencia a la adulación.
—Bien. Propongo que descansemos unas horas antes de llegar a Spitzbergen. Allí repostaremos combustible, y luego iremos al Polo.
El viaje hasta Spitzbergen transcurrió plácidamente. Advertidos por radio, los equipos encargados del combustible y el avituallamiento les esperaban, y la aeronave reemprendió el viaje en pocas horas con rumbo norte, más allá de la Tierra de Francisco José.
El mar de color gris oscuro aparecía salpicado con placas de hielo flotante. Poco a poco las placas se fueron haciendo más grandes hasta convertirse en grandes extensiones donde algunas grietas dispersas permitían ver el agua. Cerca del Polo, desaparecieron las grietas y solo se veía un campo de un color blanco azulado que parecía llano visto desde una altura de poco más de trescientos metros. Los exploradores que habían recorrido aquel territorio helado a pie habían aprendido con grandes sufrimientos que estaba surcado de protuberancias y hendiduras.
—Buenas noticias —anunció Braun alegremente—. Nos encontramos en la latitud de ochenta y cinco grados norte. No tardaremos en llegar al Polo. Las condiciones meteorológicas son ideales. No hay viento. El cielo está despejado.
El entusiasmo fue en aumento, e incluso aquellos que no estaban de servicio se amontonaron en la cabina de control y miraron a través de las grandes ventanas como si esperaran ver un mástil a rayas que señalaba los noventa grados norte.
—Capitán, creo que he visto algo en el hielo —comunicó uno de los vigías.
El capitán observó con los prismáticos el lugar que señalaba el vigía.
—Muy interesante —dijo. Le pasó los prismáticos a Lutz.
—Es un barco —señaló Lutz al cabo de un momento.
Braun asintió con un gesto. Ordenó al piloto que cambiara de rumbo.
—¿Qué está haciendo? —preguntó Heinz.
Braun le alcanzó los prismáticos.
—Mírelo usted mismo —respondió sin más explicaciones.
Heinz se quitó los quevedos y se acercó los prismáticos a los ojos.
—No veo nada —afirmó.
Al capitán no le sorprendió la respuesta. El hombre veía menos que un topo.
—Sin embargo, hay un barco en el hielo.
—¿Qué podría estar haciendo un barco aquí? —preguntó Heinz en un tono quejoso—. No tengo noticias de ninguna otra expedición al Polo. Le ordeno que volvamos a nuestro rumbo.
—¿Cuál es la razón, señor Heinz? —replicó el capitán, y levantó la barbilla un poco más. Era evidente por la frialdad de su voz que le importaba muy poco la respuesta.
—Nuestra misión es ir al Polo Norte —declaró Heinz.
El capitán Braun miró a Heinz como si estuviese dispuesto a echarlo a puntapiés de la cabina y ver cómo caía en el campo de hielo.
Lutz advirtió la irritación del capitán y se apresuró a intervenir.
—Herr Heinz, amigo mío, tiene usted razón. Pero creo que también nos corresponde averiguar cualquier cosa que pueda sernos de ayuda en nuestra próxima expedición.
—Además, estamos obligados por el deber, como cualquier otra nave que surca los mares —añadió Braun—. Debemos ayudar a aquellos que puedan tener una emergencia.
—Si nos ven, lo comunicarán por radio y podría dar al traste con nuestra misión —opinó Heinz intentando darle otro enfoque a la cuestión.
—Tendrían que ser sordos y ciegos para no habernos visto u oído —contestó Braun—. ¿Qué importancia tiene que informen de nuestra presencia? La aeronave no lleva ninguna señal de identificación excepto el nombre.
Al verse derrotado, Heinz encendió un cigarrillo sin prisas y luego exhaló el humo con la cabeza echada hacia atrás, como si desafiara al capitán a que le impidiera fumar.
Braun no hizo el menor caso del gesto de desafío y dio la orden de descender. El piloto accionó los controles, y la gigantesca aeronave comenzó su lento descenso hacia el campo de hielo.
1
Islas Feroe. En la actualidad
El barco que se acercaba a las islas Feroe tenía el aspecto de haber sido el perdedor en una guerra con globos llenos de pintura. El casco de sesenta metros de eslora del Sea Sentinel estaba pintado de proa a popa con un psicodélico despliegue de todos los colores del arco iris. Solo le faltaba llevar a Calíope tocando la flauta y a una tripulación de payasos para convertirse en una carroza de carnaval. El ridículo aspecto del barco era engañoso. Como muchos habían aprendido a su costa, el Sea Sentinel era tan peligroso a su manera como cualquier otro navío citado en las páginas del Jane’s Fighting Ships.
El Sea Sentinel había entrado en las aguas de las Feroe después de una travesía de ciento ochenta millas desde las islas Shetland, frente a las costas de Escocia. Para darle la bienvenida se había reunido una pequeña flota de barcos pesqueros y yates contratados por las agencias internacionales de noticias. La fragata Leif Eriksson de la armada danesa navegaba en círculos a una distancia prudencial.
Era uno de los típicos días lluviosos de verano en las Feroe, un archipiélago de veintidós islas montañosas de origen volcánico, dieciocho de ellas habitadas, ubicado en el nordeste atlántico a medio camino entre Dinamarca e Islandia. Los cuarenta y seis mil habitantes de las Feroe son en su mayoría descendientes de los vikingos, quienes las colonizaron en el siglo IX. Aunque las islas forman parte del reino de Dinamarca y el idioma oficial es el danés, los nativos hablan el feroés, derivado del antiguo nórdico. Los habitantes se ven superados en número por los millones de pájaros que anidan en los imponentes acantilados que se levantan como murallas contra los embates del mar.
Un hombre alto y fornido de unos cuarenta y tantos años se encontraba en la cubierta de proa rodeado por los reporteros y los cámaras de televisión. Marcus Ryan, el capitán del Sea Sentinel, llevaba un discreto uniforme negro con galones dorados en el cuello y las bocamangas. Con su perfil de estrella de cine, la tez bronceada, los largos cabellos despeinados por el viento y una sombra de barba rubia que enmarcaba la barbilla cuadrada, Ryan tenía el aspecto de un actor seleccionado para interpretar el papel de un intrépido capitán. Era una imagen que a él le gustaba cultivar.
—Enhorabuena, damas y caballeros —dijo Ryan con una voz bien modulada que se oía con claridad por encima del zumbido de los motores y los golpes de las olas contra el casco—. Lamentamos no poder ofrecerles un mar más calmado. Algunos de ustedes están blancos como el papel después de nuestra travesía desde las Shetland.
Algunos representantes de la prensa habían sido escogidos por sorteo para informar de la noticia de la invasión. Después de pasar la noche en las literas mientras el barco navegaba por un mar embravecido, algunos de los miembros del cuarto poder lamentaban haber sido los afortunados.
—No pasa nada —respondió con voz ronca una reportera de la CNN—. Solo asegúrese de que la historia compense toda la maldita Biodramina que he tenido que tomar.
Ryan le dedicó una de sus sonrisas de galán de cine.
—Les puedo garantizar que verán acción. —Trazó un amplio arco con el brazo en un gesto teatral. Las cámaras siguieron obedientemente el dedo que señalaba al buque de guerra. La fragata navegaba trazando un amplio círculo a una velocidad constante. En el mástil ondeaba la bandera roja y blanca de Dinamarca—. La última vez que intentamos detener a estas personas que cazan ballenas, aquella fragata danesa que ven disparó un cañonazo por delante de nuestra proa. Los disparos con las armas de pequeño calibre estuvieron a punto de alcanzar a uno de los miembros de la tripulación, aunque los daneses negaron habernos disparado.
—¿Es verdad que ustedes respondieron con un lanzabasuras? —preguntó la reportera de la CNN.
—Nos defendimos con los materiales que teníamos a mano —contestó Ryan con fingida gravedad—. Nuestro cocinero ha construido una catapulta para lanzar bolsas de basura biodegradable desde la cubierta. Es un gran aficionado a las armas medievales, así que diseñó un artilugio similar a una catapulta que tiene un alcance sorprendente. Cuando la fragata intentó cortarnos el paso, efectuamos un certero disparo, para gran asombro nuestro, y suyo. —Hizo una pausa y como un actor cómico añadió en el momento exacto—: No hay nada como ensuciar con mondaduras de patatas, cáscaras de huevo y borras de café para desanimar al más pintado.
El grupo celebró el comentario con sonoras risas.
—¿No le preocupa que actos como ese contribuyan a aumentar la reputación de los Centinelas del Mar como uno de los grupos más radicales de defensa del medio ambiente y de los derechos de los animales? —preguntó el enviado de la BBC—. Su organización ha admitido sin reparos haber puesto en fuga a barcos balleneros, bloquear canales, pintar bebés de focas, perseguir a los cazadores de foca, cortar redes de deriva…
Ryan levantó una mano en señal de protesta.
—Eran barcos balleneros piratas, aguas internacionales, y todas las demás cosas que menciona son absolutamente legales según los acuerdos internacionales. Por otro lado, nuestros barcos han sido abordados, nos han lanzado gases lacrimógenos, han disparado contra nuestras tripulaciones y se han hecho detenciones ilegales.
—¿Qué respondería a las personas que los califican de organización terrorista? —quiso saber un periodista de The Economist.
—Yo les preguntaría: ¿qué puede ser más terrorífico que la matanza a sangre fría de mil quinientas a dos mil ballenas pilotos o calderones indefensos cada año? También les recordaría que nunca nadie ha muerto o ha resultado herido por una intervención de los Centinelas del Mar. —Ryan sonrió de nuevo—. Ustedes ya conocen a las personas de este barco. —Señaló a una atractiva joven que se había mantenido apartada del grupo sin perderse ni una palabra de lo dicho—. Respóndanme con toda sinceridad. ¿Esta joven les parece terrorífica?
Therri Weld estaba en la treintena, era de estatura media, con un cuerpo atlético y bien proporcionado. Los vaqueros desteñidos y la camisa de trabajo que llevaba debajo del holgado anorak no conseguían disimular su figura femenina. Una gorra de béisbol con el logotipo CDM cubría sus cabellos castaños cuyos rizos naturales estaban remarcados por el aire húmedo, y la mirada de sus ojos color genciana era alerta e inteligente. Se adelantó y dedicó a los reporteros una amplia sonrisa.
—Ya hemos tenido ocasión de conocernos —manifestó con una voz ronca pero clara—. Por lo tanto saben que cuando Marcus no me tiene fregando la cubierta, soy la consejera legal de los centinelas. Como les dijo Marcus, solo utilizamos la acción directa como último recurso. Después de nuestro último encontronazo en estas aguas nos marchamos para iniciar un boicot contra el pescado de las Feroe.
—Sin embargo no han conseguido ustedes detener los grind —le dijo el reportero de la BBC a Ryan.
—Los centinelas siempre hemos sabido lo difícil que sería acabar con una tradición que se remonta a centenares de años —respondió Ryan—. Los habitantes de las Feroe tienen la misma tozudez que sus antepasados vikingos necesitaban para sobrevivir. No están dispuestos a rendirse a un grupo de amantes de las ballenas como nosotros. Pero si bien admiro a esa gente, creo que el grindarap es cruel y bárbaro. Es indigno de los feroeses. Sé que algunos de ustedes han presenciado un grind. ¿Alguien quiere explicarlo?
—Un espectáculo sangriento y repugnante —admitió el periodista de la BBC—. Claro que a mí tampoco me gusta la caza del zorro.
—Al menos el zorro tiene una oportunidad —manifestó Ryan en tono áspero—. El grind es sencillamente una carnicería. Cuando alguien ve una bandada de calderones, suenan las sirenas, y los barcos empujan a las ballenas hasta la playa. Los habitantes, incluso en ocasiones las mujeres y los niños, las esperan en la orilla. Se emborrachan y es una juerga para todos, excepto para las ballenas. Meten los garfios de los bicheros en los orificios de respiración y las arrastran a la playa, donde les cortan la yugular y las dejan sangrar hasta que mueren. El agua se tiñe de rojo. ¡Algunas veces sierran las cabezas de las ballenas cuando todavía están vivas!
—¿En qué se diferencia un grind de matar a las reses para comérselas? —preguntó una reportera.
—Le está preguntando a la persona equivocada —declaró Ryan—. Soy vegetariano. —Esperó a que se acallaran las risas—. Sin embargo, es una buena pregunta. Quizá incluso estemos protegiendo a esas personas. La carne de las ballenas piloto está contaminada con mercurio y cadmio. Perjudica la salud de sus hijos.
—Si quieren envenenarse a ellos mismos y a sus hijos —añadió la reportera—, ¿no es una muestra de intolerancia por parte de su organización condenar sus tradiciones?
—Los combates de gladiadores y las ejecuciones públicas también lo fueron. La civilización decidió que esos salvajes espectáculos no tenían cabida en el mundo moderno. Infligir un dolor innecesario a animales indefensos es lo mismo. Ellos dicen que es una tradición. Nosotros proclamamos que es un asesinato. Por eso estamos aquí de nuevo.
—¿Por qué no continúan con el boicot? —preguntó el enviado de la BBC.
Fue Therri quien respondió a la pregunta.
—El boicot era demasiado lento. Continúan matando centenares de ballenas. Así que hemos cambiado de estrategia. Las empresas petroleras quieren perforar pozos en estas aguas. Si conseguimos el máximo de publicidad negativa para la caza de ballenas, quizá las petroleras retrasarán sus planes. Eso presionaría a los isleños para que acaben con los grind.
—Además tenemos que ocuparnos de otro asunto —añadió Ryan—. Hay una multinacional dedicada al piscicultivo que tiene instalaciones en la isla y llevaremos a cabo una protesta para manifestar nuestra oposición a los efectos perjudiciales de las piscifactorías.
El reportero de la cadena Fox miró al capitán con una expresión de incredulidad.
—¿Hay alguien a quien no pretenda provocar?
—Avíseme si me olvido de alguien —respondió Ryan para el jolgorio general.
—¿Hasta dónde piensa llegar con las protestas?
—Presionaremos todo lo que podamos. En nuestra opinión, según las leyes internacionales esta caza es ilegal. Ustedes están aquí como testigos. Las cosas pueden ponerse feas. Si alguien quiere marcharse ahora me ocuparé de que lo lleven a tierra. —Echó una ojeada a los rostros que lo rodeaban y sonrió—. ¿Nadie? Bien. Entonces, mis valientes, allá vamos. Hemos estado siguiendo el rastro de varias bandadas de ballenas piloto. En estas aguas abundan. Aquel joven tripulante que
