La raíz rota

Arturo Barea

Fragmento

Prólogo

Prólogo

El escritor exiliado Arturo Barea ha sido aclamado mundialmente por haber elaborado uno de los grandes testimonios personales sobre la España del primer tercio del siglo XX: su trilogía La forja de un rebelde.[1] El tomo inicial, La forja, publicado en 1941, relata su infancia en el barrio madrileño de Lavapiés a principios del siglo pasado; La ruta, que salió dos años después, se centra en su experiencia de la guerra colonial en Marruecos durante los años veinte, en la que conoció a muchos de los generales que se levantaron contra la Segunda República en julio de 1936; y el tomo final, La llama, que vio la luz en 1946, trata de la Guerra Civil, donde Barea, como jefe de censura de la prensa extranjera, no sólo fue testigo de la lucha del bando republicano desde dentro, sino que también se relacionó con escritores de la talla de Ernest Hemingway y John Dos Passos. Pero además en 1951 Barea, exiliado en Inglaterra desde 1939, publicó una cuarta y última novela, La raíz rota. En contraste con la trilogía, La raíz rota fue una novela, no una autobiografía novelada, y con ello un producto de la imaginación literaria del autor. En común con la trilogía, el escenario de La raíz rota, como en casi toda la obra de Barea, es España, en este caso el Madrid de 1949. De hecho, se puede ver la novela de 1951 como una continuidad de los tres tomos de 1941 a 1946, tanto en términos cronológicos como temáticos, e incluso en términos personales (el protagonista de la novela, Antolín Moreno, es, en muchos aspectos, un retrato apenas disimulado de sí mismo). Por ello, hay una innegable continuidad entre La forja de un rebelde y La raíz rota: no es casual que Barea hubiera pensado en un principio en denominar la trilogía «Las raíces». Publicado en inglés originalmente, La raíz rota apareció en español en 1955 gracias a Santiago Rueda Editor, en Argentina. Jamás ha sido publicado en España. Por tanto, el lector tiene entre sus manos la primera edición española de un libro no sólo imprescindible para comprender la obra de Arturo Barea en su totalidad, sino también de indiscutible valor a la hora de acercarse al desarraigo provocado por la tragedia más grande de la España del siglo XX: la Guerra Civil.

Nació Arturo Barea el 20 de septiembre de 1897 en Badajoz, pero a los dos meses su familia se marchó a Madrid debido a la muerte prematura del padre, un agente del servicio de reclutamiento. Una vez en la capital, la madre, Leonor, se puso a trabajar como criada en la casa de su hermano José y como lavandera en el río Manzanares, una ocupación que suministra la primera escena de La forja. A diferencia de sus tres hermanos, Arturo pasaba la semana con sus tíos de posición acomodada, que le matricularon en un colegio religioso, pero los fines de semana volvía al hogar familiar en el barrio obrero de Lavapiés. Esa vida entre dos mundos —el burgués de sus tíos y el obrero de su familia— condicionaría a Arturo de por vida, haciéndole sentir un desclasado, lo que repercutiría en su trabajo al dotarle de una notable capacidad de observación desde fuera.

El sueño del joven Arturo era ser ingeniero, pero el fallecimiento repentino de su tío le obligó a entrar en el mercado laboral a los trece años. Se dedicó a una amplia variedad de empleos, desde aprendiz de bisutería y mensajero sin sueldo de un banco hasta oficinista, agente comercial de un vendedor de diamantes y secretario del administrador de la empresa Hispano-Suiza. Aprovechando la herencia de su tío y el dinero que había acumulado como agente comercial, fundó una fábrica de juguetes (que, desgraciadamente, se hundió debido a la malversación de fondos de un pariente). La experiencia laboral inicial desembocó en una temprana militancia política: a principios de los años diez Arturo se afilió al sindicato socialista de la Unión General de Trabajadores. Por otra parte, se le había pegado «el microbio literario», en sus propias palabras, desde muy joven. Era «un lector furibundo» y publicó sus primeros escritos —cuentos y poemas— en la revista de su colegio. A los dieciséis años, asistía a los círculos literarios de los cafés de Madrid. No obstante, como explica Barea en unas notas autobiográficas, la necesidad de invertir más tiempo «a halagar y “dar coba” al maestro elegido que a escribir» y de dedicar «meses y años» a estas «bajezas y torturas mentales sin fin» para poder alcanzar algún puesto mal remunerado en un periódico chocó con «mi manera de ser».[2] Desilusionado, Barea abandonó la escena literaria, consciente de que sería difícil, si no imposible, ganarse la vida con la pluma.

Durante los primeros años de la década de 1920, Barea llevó a cabo su servicio militar en el Protectorado Español de Marruecos, la principal colonia del país. Allí, como narra en La ruta, fue testigo no sólo de la corrupción institucional de los oficiales «africanistas» y de sus flagrantes carencias militares, sino también de la horrenda situación del soldado raso. Asimismo, le impresionaron las desgracias y miserias que en esa etapa tuvo que padecer la población marroquí bajo el dominio español. Al mismo tiempo, se cruzó con muchos de los insurgentes más destacados de julio de 1936, además del mismísimo dictador de los años veinte, el general Miguel Primo de Rivera.

En 1924, al volver a la vida civil, Barea se casó con Aurelia Grimaldos, con la que tuvo cuatro hijos. Ansioso de mantener a su familia, en la que se incluye a su madre (a la que dedicó tanto La forja de un rebelde como La raíz rota, lo que refleja su adoración por ella), se consagró al mundo de los negocios en vez de intentar la carrera de escritor. Al final de la década, Barea se había convertido en términos económicos en un buen burgués: director técnico de una importante empresa de patentes en la calle de Alcalá, que ganaba el dinero suficiente como para poder sustentar a la familia entera. Sin embargo, su matrimonio fue, como él mismo cuenta, «un fracaso deprimente» que le incitó a pasar cada vez más tiempo en su trabajo.[3]

La euforia popular que suscitó el advenimiento de la Segunda República, en abril de 1931, y la gran movilización política que caracterizó el período animaron a Barea a involucrarse de nuevo en el mundo sindical. Participó en la organización del Sindicato de Empleados de Oficinas de la UGT, aunque ese compromiso constituyó «una contradicción constante y amarga» con su actividad profesional.[4] En el momento del estallido de la Guerra Civil, en julio del 36, las publicaciones de Barea eran muy escasas: unos cuantos poemas y algunos cuentos. En este aspecto la Guerra Civil, el tema central de La llama, marca un antes y un después en su vida. En agosto de ese año, empezó a trabajar en la Oficina de Prensa de Censura Extranjera, lo cual le puso en contacto con periodistas y escritores de muchos países, incluyendo a Hemingway y Dos Passos.

El abandono de Madrid por parte del gobierno en noviembre de 1936 ante al avance de las tropas insurgentes, elevó a Barea a la Jefatura de la Censura de la Prensa Extranjera. Su ayudante en esa labor fue una socialista austríaca, Ilsa Kulcsar, que había venido a España, como muchos otros extranjeros, a defender la República contra el «fascismo». Inteligente, decidida y una lingüista excepcional (hablaba cinco idiomas), Ilsa prestó un auxilio profesional inestimable a Arturo, aparte de convertirse en su amante a las pocas semanas. De hecho, Barea estaba cada vez más agobiado por los interminables días de trabajo, los bombardeos incesantes, el hundimiento de su matrimonio y, por si esto fuera poco, «la lucha sorda» con la burocracia central en Valencia («a mi juicio fascistoide bajo capa revolucionaria», comenta amargamente).[5] Todo esto culminó en la primavera de 1937 en una crisis nerviosa. Arturo intentó superarla escribiendo. Publicó en el diario británico The Daily Express un cuento titulado Esto se escribió bajo un bombardeo, y en mayo de 1937 empezó a escribir y presentar La voz incógnita de Madrid, un programa radiofónico de tipo literario y propagandístico. Además, aprovechó mucho de este material para publicar, en 1938, su primer libro: Valor y miedo, una colección de cuentos, que relata la lucha de las clases populares contra el «fascismo».[6]

Tanto Arturo como Ilsa eran personas no gratas para el Partido Comunista de España y Barea tuvo que dimitir de su trabajo como censor y locutor radiofónico a finales de 1937. Peor aún, la enemistad del PCE obligó a la pareja a salir apresuradamente de España a principios de 1938, aunque tuvieran tiempo de casarse con anterioridad. Una vez en París, Barea siguió escribiendo, pero si en España lo había hecho como un «escape» a los bombardeos constantes, en Francia lo hizo para huir de la «lenta derrota» de la República y de «las más miserables de todas las situaciones». Por lo menos tuvo tiempo para realizar un borrador de La forja. Sin embargo, los Barea decidieron marcharse de nuevo, esta vez debido al «declive interno» de Francia y ante la «inminente catástrofe» de la guerra europea. Dirigieron sus pasos hacia Inglaterra, donde tenían «amigos y esperanza», el mismo mes que la Guerra Civil española llegaba a su fin: marzo de 1939.[7] Qué duda cabe de que la Guerra Civil había transformado la vida de Arturo Barea: se había visto forzado a abandonar su trabajo, sus hijos y su país, se había casado de nuevo y, por último, había tomado la decisión de entregarse plenamente a la vida de escritor.

«Más de lo que esperaba —observó Arturo—, y más de lo que parecería previsible en un español, me aficioné a la vida inglesa en seguida, y me enamoré de la campiña inglesa.»[8] De hecho, fue en «la paz del country»[9] donde Barea encontró el sosiego que tanto había buscado para poder escribir. Su primer éxito fue un cuento titulado A Spaniard in Hertfordshire (Un español en Hertfordshire), que salió en junio de 1939 en la revista política semanal The Spectator.[10] El año siguiente, y gracias en gran parte a los esfuerzos de Ilsa, Arturo consiguió un contrato con la sección de América Latina del Servicio Mundial de la BBC. Tuvo que escribir y presentar una charla semanal, en general sobre algún aspecto cotidiano de la vida inglesa, y lo hizo bajo el pseudónimo de Juan de Castilla. Durante los años iniciales, el programa tuvo un objetivo propagandístico evidente: contrarrestar la propaganda nazi en aquel continente. Sin embargo, fue tal el éxito de estas alocuciones que el programa fue votado muchas veces como el más popular entre los oyentes de la sección de América Latina. Otra muestra de la buena acogida de los monólogos de Juan de Castilla fue el viaje que la BBC le organizó por Argentina, Uruguay y Chile en 1956, en el que dio numerosas conferencias y asistió a una multitud de homenajes y firmas de libros. En total Barea elaboró al menos 856 charlas durante los últimos dieciséis años de su vida, y el último programa se emitió el día antes de su fallecimiento. El trabajo de la BBC le proporcionó unos ingresos estables y, además, extendió su fama como escritor dentro del mundo hispano. Por ello, durante la gira de 1956 le festejaron no sólo por ser Juan de Castilla, sino por ser Arturo Barea, el escritor español exiliado.[11]

La salida en junio de 1941 de La forja, publicada por la editorial inglesa Faber & Faber, lanzó a Arturo Barea a la fama literaria. El poeta Stephen Spender, que había luchado al lado de la República durante la Guerra Civil, elogió la primera entrega de la trilogía por sus «grandes méritos artísticos» y su «sentimiento poético poco habitual». El periódico nacional más prestigioso, The Times, sentenció que «es dudoso que haya salido un retrato más convincente del yunque en que se forjó un rebelde». Cuando La ruta apareció en julio de 1943, el eminente crítico Cyril Connolly juzgó que el autor «piensa y siente clara y honestamente», lo que, en su opinión, «es algo que se encuentra raramente hoy en día». La publicación de La llama en febrero de 1946 entusiasmó tanto a George Orwell, cuyo libro Homenaje a Cataluña había relatado sus experiencias en las filas del ejército republicano, que afirmó que era «un libro excepcional» y «de un interés histórico considerable». En su conjunto, la trilogía, opinó otro crítico, era «una obra maestra española que ilumina toda una época histórica». Ese mismo año, las tres novelas autobiográficas salieron en Estados Unidos. en un solo tomo bajo el título genérico de La forja de un rebelde (The Forging of a Rebel), cuya traducción definitiva fue obra de Ilsa. La edición estadounidense vendió 4.000 ejemplares en el primer mes. Fue aclamada como una «obra maestra» y una «contribución invalorable para nuestro conocimiento de la España contemporánea, así como libro de enorme mérito literario». En su conjunto, aseveró el historiador Bertram Wolfe, era «una de las grandes autobiografías del siglo XX».[12] La primera edición en español salió en la editorial argentina Losada en 1951, vendiendo 10.000 ejemplares en pocos meses. Aunque durante la dictadura franquista circulaban ejemplares clandestinos de la trilogía —el libro estaba «muy en demanda» en la Sevilla de los años cincuenta, por ejemplo—[13] no vio la luz en España hasta la Transición, en 1978: es decir, unos treinta y siete años después de su publicación original.

Cinco años después de la trilogía salió la cuarta y última novela publicada por Arturo Barea: La raíz rota (o The Broken Root en la versión inglesa). Como en todos sus escritos —los cuentos, los ensayos, las críticas y los comentarios políticos— con la única excepción de los escritos periodísticos, el escenario de la obra es España, y más concretamente el Madrid de 1949. Con ello, hay una clara continuidad temática e incluso cronológica con La forja de un rebelde: si la trilogía abarca el período que va hasta el final de la Guerra Civil, La raíz rota se centra en los años posteriores. Las similitudes estilísticas y formales entre la trilogía y La raíz rota refuerzan esa continuidad. Las dos obras se distinguen por un estilo directo y sin pretensiones, por un método vivo e inmediato al describir los sitios, los sentimientos y los sucesos (aunque menos evidente en el caso del último libro), por su uso de la jerga madrileña y su conocimiento íntimo de la geografía local, y por su sinceridad psicológica y emocional.

Sin embargo, La raíz rota marca una ruptura radical en la obra de Barea. «Puedo hablar de lo que he visto, de lo que he vivido», afirma en una carta.[14] En otras palabras, como escritor Barea tuvo que trabajar desde la experiencia personal: los tres tomos de La forja de un rebelde se basan en el testimonio directo o la experiencia vivida. Por contraste, La raíz rota se elaboró de una forma indirecta, no vivida, desde la distancia del exilio. En un intento de subsanar esa gran laguna, Arturo hizo un esfuerzo considerable para informarse sobre la vida española de los años cuarenta, para poder reconstruirla de la manera más realista y convincente posible. Se documentó sobre la realidad social en España a través de las emisoras de radio y de su contacto con otros exiliados. También se informó a través de personas que habían estado en el país. Por ejemplo, entre los papeles de Barea hay un escrito de un ingeniero catalán, denominado H. H. Y, por supuesto, Barea sometió a todos sus amigos o conocidos que venían de España a un verdadero interrogatorio. Cuando dos sobrinas suyas, Leonor y Maruja, llegaron a Inglaterra en 1947, Arturo les hizo mil preguntas sobre la vida en Madrid.[15] En consecuencia, Barea admite en una nota al principio de La raíz rota que «los personajes de este libro son invención mía», pero hace hincapié en que «los detalles de la escena española y los episodios fuera del argumento del libro son auténticos y podrían comprobarse». Ese énfasis en el realismo de la reconstrucción del Madrid de 1949 es esencial en la dimensión autobiográfica de La raíz rota. En 1948, Barea adquirió un pasaporte británico, posiblemente con el propósito —como el protagonista de su novela— de volver a España. Al final no retornó a su país de origen y, por tanto, hizo lo mejor que pudo hacer en aquellas circunstancias: imaginar su vuelta. Desde esta perspectiva, se puede ver La raíz rota —en contraste con la autobiografía novelada de la trilogía— como una novela autobiográfica.

El esfuerzo de Barea para superar la falta de experiencia vivida en La raíz rota a través de la imaginación literaria y de una reconstrucción realista de la sociedad madrileña de los años cuarenta ha sido valorado de una forma muy desigual. John Dos Passos consideró que la novela era «tan buena» como La forja de un rebelde, pero la opinión crítica general —a pesar de las reseñas favorables en The Herald Tribune, The New Yorker y, sobre todo, la de Ramón Sender en The New York Times— ha sido mucho menos elogiosa.[16] Si bien La raíz rota no está a la altura de la trilogía —la obra maestra de Barea—, es indudable que goza de notables virtudes. Dos Passos estimó en la carta citada que la novela recrea «la España negra de hoy» de una manera «precisa y llena de verdad», y no hay duda de que la novela reconstruye de un modo creíble el ambiente sofocante de suspicacia y de miedo de los años cuarenta. Del mismo modo, retrata de una forma convincente el hambre y la pobreza que sufrían las clases populares durante el período más duro y opresivo de la dictadura franquista. Sin embargo, sería una equivocación pensar que la novela trata solamente de España. Al contrario, La raíz rota también se ocupa del desarraigo del exilio, de su dolor desgarrador, y en este aspecto la novela es apasionada y muy conmovedora. Por una parte, Arturo Barea estaba muy a gusto en Inglaterra: le encantaban la campiña, los pubs pueblerinos, las bibliotecas públicas y muchos otros aspectos, como queda bien reflejado en sus charlas radiofónicas para la BBC. Sobre todo, fue en Inglaterra, y en compañía de Ilsa, donde se realizó como escritor. Es más que probable que hubiera vuelto a España después de la muerte de Franco si hubiera vivido hasta 1975, pero en sus notas autobiográficas comenta que «no tengo la intención de volver permanentemente a España, incluso tras el derrocamiento del régimen fascista, sino que espero vivir en algún lugar de Inglaterra».[17] Por otra parte, el planteamiento inicial de La raíz rota —la vuelta de un padre exiliado a su familia— revela la gran preocupación de Barea por su propios parientes. Si su hermano, Miguel, pasó una temporada en la cárcel antes de morir en 1941 o 1942, su exmujer y sus hijos, así como su hermana Concha y los suyos, vivían en la miseria.[18] Arturo también echaba de menos el ambiente, sus amigos, la comida, y, cómo no, el buen tiempo. Desde esta óptica, la novela es autobiográfica porque refleja el sufrimiento de un exiliado desprovisto de su familia, sus amigos, su lengua, su cultura; en una palabra, de sus raíces.[19] Más aún, el dilema central de la novela —quedarse en España o volver a Inglaterra— le permite a Barea explorar de un modo complejo la naturaleza y el alcance de la ruptura de las raíces no sólo del exiliado, sino también de los que se quedaron en España.

Los paralelismos entre La forja de un rebelde y La raíz rota son innegables. La idea original de Barea de titular la trilogía «Las raíces» enfatiza la profunda conexión entre las dos obras.

Si aquélla analiza el origen de la Guerra Civil, la novela de 1951 trata de sus repercusiones: una España devastada por el conflicto fratricida, una España dividida entre vencedores y vencidos, y, con respecto a estos últimos, una España reprimida o exiliada; en otras palabras, una España rota. Por tanto, «la raíz rota» es una metáfora no sólo de la vida de Arturo Barea sino de España entera: la guerra había roto a ambos.[20] Después de La raíz rota Arturo Barea no llegó a publicar ninguna otra novela. Murió de repente en la Nochebuena de 1957 de un infarto de corazón. Quizá fue apropiado que su última novela, La raíz rota, se ocupara de las secuelas de la Guerra Civil que para Arturo Barea, como para muchos otros españoles, significaron un exilio sin retorno.

NIGEL TOWNSON

Mamá

In memoriam

Los personajes de este libro son invención mía.

Los detalles de la escena española y los episodios fuera del argumento del libro son auténticos y podrían comprobarse. Al contar una historia sobre españoles viviendo en Madrid en 1949, he tratado de dar forma a problemas humanos que son universales y que de ninguna manera se limitan a un determinado país.

A.B.

Capítulo 1

1

Antolín cabeceaba en su rincón. El tren había parado un momento en la estación de Pozuelo y sabía que estaban entrando en Madrid. Pero la fatiga del viaje interminable desde la frontera podía más que su excitación.

En el compartimiento lleno de gente se levantaron cuatro hombres y comenzaron a descolgar sus maletas de las rejillas, Antolín miró a través del cristal de la ventanilla. Fuera, en la oscuridad de la noche, parpadeaban las luces de la ciudad, muy lejana aún al parecer. Los cuatro hombres se habían quedado de pie entre las piernas de los demás viajeros, sosteniendo cada uno su maleta a pulso por encima de las dos hileras de muslos. El más próximo a Antolín había pegado su cara al cristal, su cabeza casi rozando la suya, y miraba también ansiosamente al exterior. A Antolín le hacía gracia la impaciencia del hombre. No tenía el aspecto de ser un paleto provinciano que llegara por primera vez a Madrid. Era un tipo completamente madrileño, hasta con un aire que le hacía un poco achulado. Los otros tres estaban cortados por el mismo patrón, y aunque en su somnolencia no había seguido la conversación general, le era evidente que los cuatro viajaban juntos.

El tren comenzó a frenar. Debían de estar aproximándose al Puente de los Franceses, pensó Antolín. Volvió a su memoria, en una ráfaga de visiones, el recuerdo de innumerables viajes a la sierra: cuando muchacho, de merendona en pandilla con los amigos; después a solas con la novia para tumbarse en los pinares; las últimas veces como un buen padre de familia, con la mujer y los chicos, cargado con el hatillo de la merienda. Si hubiera un poco más de luz del día, seguramente podría reconocer hasta las piedras y los barrancos. Allí, en los alrededores del puente, a uno y otro lado del río, había peleado durante semanas. Se arrancó la evocación con un esfuerzo. Se había prometido a sí mismo no recordar.

El hombre a su lado despegó la cara del cristal, abrió la ventanilla primero y la portezuela después, mientras, volviéndose a medias, decía:

—¡Ahora!

Lanzó a la vía la pesada maleta y tras ella las maletas de los otros tres. Los movimientos de los cuatro, pasándose las maletas unos a otros, habían sido tan rápidos y precisos como un número de circo. Pero el acto no estaba terminado. El jefe de la troupe, porque indudablemente era el jefe, se agarró al pasamanos exterior y desapareció; los otros tres le siguieron en tres movimientos idénticos. Sólo el último exclamó, dirigiéndose a todos:

—¡Buenas noches!

Por la portezuela abierta entraba una oleada de aire húmedo del río, maloliente con el humo de la locomotora, llenando el compartimiento con una neblina tenue. Un viajero, enfrente de Antolín, se asomó y forcejeó contra el viento para cerrar con un golpe rudo la portezuela. Casi inmediatamente después les envolvió el estrépito metálico, ensordecedor, del convoy sobre la viguería del puente. Cuando cesó el ruido, el viajero miró a Antolín, meneó la cabeza y dijo:

—Los pobres...

Antolín contestó:

—¿Qué eran? ¿Torerillos?

Sin duda había dicho algo tremendamente absurdo: todos los viajeros volvieron la cabeza y le miraron con asombro. Se sintió molesto. Por un momento nadie dijo una palabra, hasta que una mujer ya madura, frescachona, exclamó:

—Pero, ¡hombre de Dios!, ¿de dónde sale usted?

Antolín balbuceó azorado:

—He estado muchos años fuera, pero cuando era muchacho, los maletillas solían tirarse del tren aquí. Yo mismo lo hice dos veces, porque también me dio por irme de capeas. Pero viajábamos bajo los asientos o en los topes.

La mujer cacareó entre risas:

—¡Anda Dios! Y yo que creía que era usted un «monsiú», o un míster. Con esa ropa que lleva que no es de aquí, que se ve a la legua, ¡vamos!, y esa cara más seria que un ajo, sin decir esta boca es mía en todo el camino... Y ahora nos sale con que ha sido maletilla. Mira, que si nos da por hablar mal del Gobierno. Eso es para que se fíe de las apariencias. Ahora que le voy a decir a usted, cuando vinieron los agentes a pedir la cédula y usted les largó el librito azul, me dije «Manuela, ten cuidado, que eso no me huele bien», y creo que a todos nos pasó lo mismo.

Antolín se sonrió de buena gana:

—Era el pasaporte.

—Sí, claro. Pero, lo que iba a decir, esos que se han tirado son estraperlistas, que me supongo que sabe usted lo que son aunque venga de lejos. Y claro, no se van a dejar coger en la puerta de la estación. —La mujer cortó el chorro y miró los focos encendidos que cruzaban ante la ventanilla. Estaban dentro de la estación.— ¡Jesús, Jesús! ¡Una aquí charla que te charla, y ya hemos llegado!

Antolín pisó el andén y se incorporó lentamente a la corriente de viajeros en busca de la salida. Iba despacio porque el tren le había entumecido y porque trataba de reconocer lo que le rodeaba. El sitio le era tan familiar como la Estación Victoria de Londres. Pero la muchedumbre con sus trajes, sus voces, sus gestos y ruidos era algo irreal que resurgía del pasado y trataba de borrar de golpe la realidad de las multitudes de ayer. Sus reacciones no se ajustaban. Tropezó con alguien:

I’m so sorry! —exclamó. Rectificó avergonzado ante la mirada de asombro del otro—: Perdone, iba distraído.

Después el hombre volvió dos o tres veces la cabeza y Antolín acortó el paso, deseando desaparecer entre la gente.

Cuando se sentó a la mesita del comedor desierto y comenzó a cenar, doña Felisa reapareció. Era una mujer ya pasada la cincuentena, amplia de carnes, envuelta en una bata con flores estampadas, unos lentes con montura de oro pendientes de una cadenita, la cara llena de sonrisas. Más que la dueña de una pensión le hacía a Antolín el efecto de una madre con muchos hijos, que todos han prosperado por el mundo.

Se sentó frente a él. El comedor era una habitación del primer piso con tres balcones a la calle. Estaban sus luces apagadas con excepción de la lámpara sobre la mesa de Antolín, una lámpara diminuta con una pantalla rosa, que hubiera dejado a oscuras el resto de la habitación si no entrara por los balcones abiertos el resplandor de los focos de la calle, que iluminaba con gruesos trazos de luz y sombra.

Doña Felisa le llenó el vaso con vino:

—Esto no lo tienen ustedes en Londres, ¿verdad? ¿Cómo está la sopa? Claro que tiene que conformarse con lo que hay. El tren ha llegado muy tarde y la cena se terminó hace ya dos horas, pero un poquito de jamón después de la sopa, y se va usted a quedar como nuevo. Me trae el jamón uno de los factores de la estación, que como todos los hombres, se gana la vida como puede; aparte de que yo le doy una propinilla cuando me trae un viajero. Y ahora cuénteme, ¿cómo está don Eduardito? Bueno, así le llamábamos aquí, tan chiquitín como es y tan esmirriado que nadie creería que es inglés, hasta que no abre la boca y empieza a comerse las letras. Es un hombre muy simpático, mejorando lo presente. Y muy leído. ¡Jesús! Sabe más de Madrid que yo misma que he nacido en él y no he salido de aquí en mi vida más que algunos veranos cuando vivía mi pobre Pepe, que íbamos a Ponferrada, porque él era de allí. En fin, no quiero aburrirle con mis historias. Le he subido las hojas para la policía para que haga el favor de llenarlas cuando termine. Aunque si quiere, lo puedo dejar para mañana. Pero mejor es que lo haga ahora, ¿sabe? Porque nos dan la lata; a veces se nos descuelgan a las tres de la mañana y nos despiertan a los huéspedes. Le digo que entre unas cosas y otras...

—Ahora mismo las lleno, no se apure. —Antolín retiró el plato a un lado y echó mano a la estilográfica.

—Y, aunque sea curiosidad y diga usted que a mí qué me importa, pero usted no es inglés, ¿verdad? Porque don Eduardito escribió que venía un inglés amigo suyo, pero lo que tenga usted de inglés que me lo claven a mí aquí. —Y doña Felisa se golpeó la frente con la yema de un dedo lleno de morcillitas rosadas.

—Pues sí, doña Felisa —a Antolín comenzaba a hacerle gracia la mujer—, inglés puro, pero nacido en Madrid. —Se sonrió y agregó, ya serio—: Tengo la nacionalidad inglesa, pero soy español.

—¡Anda! No me diga más. Usted es uno de los rojos. Bueno, con perdón, quiero decir, de los republicanos que se marcharon allí.

—Sí.

—Pues ya puede andarse con cuidado aquí. En cuanto le huelan, le meten en chirona por muy inglés que sea. Usted no sabe lo que es esta gente. Mire, le voy a decir la verdad. Yo siempre era una de los del Rey, y cuando le echaron al pobre y vino la República, buenas rabietas que me costó. Pero ahora, cualquier cosa antes que esto. Porque usted no tiene idea de lo que está pasando. ¿Usted ha visto ese jamón que se ha comido? Pues a cien pesetas el kilo lo he pagado yo, y agradecida. Como eso, ¡todo!

—No se preocupe usted. Yo no he venido aquí más que a hacer una visita, y todos mis papeles están en regla. No me voy a meter en políticas.

—Y hará usted bien. A pasarse aquí un mesecito, o lo que quiera, a gusto; y deje usted a los políticos que se rompan ellos la cabeza...

Cuando Antolín se vio solo en su habitación, la cansera del viaje, aumentada ahora por la cena y el vino más la verborrea de doña Felisa, le asaltó de golpe. Comenzó a desnudarse. Quería meterse en la cama y dormir. Las cosas estarían más claras mañana. Su cabeza ahora no era más que una confusión de trozos de paisaje, de ruidos, de olores, de recuerdos fugaces, de caras y de costumbres ya extrañas, de mezcolanzas de frases pensadas en un idioma y pronunciadas en otro; y sobre todo ello el cansancio físico que todo lo hacía borroso y ajeno.

Se durmió instantáneamente.

Se despertó muy de mañana. En su fatiga había olvidado la noche anterior cerrar las cortinas, y el sol de septiembre entraba por una esquina del balcón, estrellándose contra la pared inmediata a la cabecera. No eran aún las siete. Se había despertado de golpe, sobresaltado. Su brazo no había encontrado el cuerpo de Mary, sino en lugar de él el vacío más allá de la cama estrecha de la pensión. Se sentó en el borde del lecho y miró estúpidamente las cosas que le rodeaban. Sobre todo el chorro de luz de un sol descarado y extraño. Fue sólo un momento. La realidad de donde estaba se apoderó de él. Estaba en Madrid. Mary, Londres, Inglaterra, parecían lejanos. Tal vez nunca volvería a verlo. Era una sensación que no sabía si le alegraba o le disgustaba. Sentía algo de miedo, un miedo viejo que ya conocía; el miedo de estar solo.

De la calle subían ruidos mañaneros que Antolín iba identificando uno a uno: el balcón que se abre con ruido de cortinas corridas; el cierre metálico sobre el cual golpea el sereno antes de irse a casa, llamando a los dependientes de la tienda; la alfombra que se sacude con trallazos secos antes que el guardia de servicio pueda imponer multas; los pasos lentos de un caballo que ya no volverá a verse durante el día, tirando de su carrito, porque la ciudad le prohíbe más tarde pasearse por sus calles; el vendedor de periódicos de la esquina que de vez en cuando vocea, cargado aún de sueño su grito; la pareja de viejas beatas que van a misa de siete y que dejan oír un trozo de sus murmuraciones en el silencio de la calle; algún automóvil que pasa con ruido de goma blanda sobre el asfalto; muy lejos, los timbres de los primeros tranvías, esos tranvías que sólo llevan gentes que van a trabajar.

No quería levantarse aún. La pensión estaba en silencio, él estaba envuelto aún en la pereza matinal, el sol era alegre, y era un placer pensar. Es curioso cómo se convierte en cómico, cuando ya no es más que un recuerdo, lo que fue tragedia cuando se vivió. Había encendido uno de sus cigarrillos ingleses y era este cigarrillo el que provocaba este pensamiento.

Recordaba los primeros días del destierro, la llegada a Inglaterra a bordo de aquel crucero, todo acero, todo olor a grasa y ácido carbónico. Las rebanadas de pan y las tazas de té; y ellos querían comer. ¿Dónde se había visto que té y rebanadas de pan fueran comida? Los días de mareo y de blasfemias mezcladas de bromas durante la travesía; y la llegada a aquel Londres que les parecía tan inmenso y tan extranjero. Las habitaciones destartaladas del hostel y la energía agria de Mrs. Mallet gritando órdenes en un español lleno de grietas. Y más té. El primer choque con la buena samaritana fue por el hambre de fumar. Nadie en el Comité de Ayuda había pensado en ello. Aquella primera noche, Mrs. Mallet los dejó solos y trajo al poco cigarrillos. Un paquetito de cinco pitillos diminutos para cada uno. Cinco Woodbines —luego aprendieron el nombre—, que ardían solos, tan suaves que no sabían a nada. Una gota de agua para aplacar una sed de verano. Les daría un paquetito de aquéllos todas las mañanas, les dijo. Y, ¿qué iban a hacer ellos con aquello?

Durante días pasaron hambre de fumar. Aún no los dejaban salir a la calle. Pero en cuanto comenzó la aventura de explorar aquella tierra desconocida donde sólo habitaban gentes a quienes uno no podía entender y que no le entendían a uno, surgió el plan: el Chato, un anarquista valenciano que nadie sabía cómo se llamaba, ni cómo pudo meterse en los últimos instantes en el crucero, fue el iniciador. Mrs. Mallet les daba cada semana un chelín, «dinero de bolsillo» lo llamaba, por si les ocurría algo. Y el Chato planeó la solución al problema de fumar. Con un penique podían entrar en el Metro y pasearse el día entero allí, si tenían cuidado de no pasarse las estaciones limitadas por el precio. Se repartían los trenes, uno en cada vagón, después de la hora de aglomeración, y recogían las colillas. En Londres no había colilleros y al principio los buenos ingleses se les quedaban mirando, atónitos y asqueados. A ellos mismos les iba entrando vergüenza y recurrían a los trucos más ingenuos para que los escasos compañeros de viaje no se dieran cuenta. Por la noche se reunían en el hostel y vaciaban los bolsillos. Hacían un inmenso montón de colillas y renegaban a coro de las malas maneras de los ingleses que apagan los cigarrillos con el tacón del zapato, sin acordarse de los pobres. Liaban cigarrillos hasta las once de la noche, hora en que Mrs. Mallet les obligaba a acostarse. Mantenía con ellos una batalla constante; e indudablemente, la paciente mujer tenía razón. Olía todo a colillas, ellos, sus ropas, todas las habitaciones del hostel.

Mrs. Mallet pretendió suprimir de raíz aquel tráfico; y fracasó. La única solución hubiera sido que hubiera podido alimentarles de tabaco, pero gracias con que contaba con suficiente dinero para mantenerlos. Tal vez aquello aceleró el que les fueran buscando trabajo. Él fue uno de los afortunados. Aunque su francés era puramente de escuela secundaria, hablaba bastante bien para que le entendieran y entender él, y un día se vio de pinche de cocina en un restaurante griego de Soho, a las órdenes de un cocinero cuyos mayores méritos eran el haber nacido en Francia y poseer el arte de convertir en un guiso presentable los desperdicios más increíbles. Le dejaban dormir allí, no por lástima, sino por mantener los fuegos de la cocina y por imponer algo de respeto a las ratas. El tabaco nunca volvió a faltarle.

Fue entonces cuando sintió más terriblemente el temor a la soledad. Era una entidad perdida en un mundo desconocido, desamparado de todos. En los ratos libres se reunía en la esquina de Dean Street con algunos de los antiguos compañeros del hostel. Muchos habían desaparecido en las provincias, adoptados por familias simpatizantes con la República. Otros, la mayoría, tenían trabajos similares al suyo. Pinches para pelar patatas en los sótanos de las cocinas de los restaurantes, o simplemente lavaplatos en rincones mugrientos de grandes hoteles. Unos pocos habían encontrado en seguida la vida fácil de las prostitutas y los clubs de noche, como simples chulos o como bravucones a sueldo. Eran los tentadores, los únicos con traje nuevo y dinero en el bolsillo.

Una tarde se acercó al grupo una pareja de policías y se los llevó a todos a la comisaría del distrito. Apareció allí un hombre, indudablemente un agente, que les explicó en mal español que no estaban detenidos, que les habían llevado allí sólo para que se enteraran de lo que estaban haciendo. La policía los conocía a todos, sabía lo que cada uno hacía, y dónde trabajaba, y cómo vivía. Los chulines, tan flamencos, se acoquinaron ante el hombre cuando éste se volvió a ellos y les advirtió que si seguían así, acabarían en la cárcel o serían expulsados del país. A los demás les aconsejó, paternal, que se aguantaran con su situación, que aprendieran el idioma, que trabajaran firme; y así nunca tendrían que quejarse y contarían con todo apoyo que les hiciera falta, si les pasaba algo.

Hacía ya rato que había terminado su cigarrillo; comenzó a vestirse. La luna del armario le devolvió su figura. Se miraba con curiosidad a la luz de este sol. Aún no aparecían —pensaba— sus cincuenta años, esa edad en la que el español ya es viejo. El pelo castaño, un poco claro sobre la frente, realzaba la amplitud de ésta, y aún conservaba sus rizos rebeldes. Tenía algunas arrugas finas bajo los ojos obscuros y bajo las aletas de la nariz, pero le asombró verse la cara tan lisa. Aún sus mejillas no estaban fláccidas, ni agudizaba la barbilla su punta, como suele ocurrir a los hombres de su tipo, el tipo delgado que se reseca. Se mantenía recto, con movimientos aún elásticos. Le parecía que su piel era menos cetrina que cuando salió de España. Pero todo el mundo decía que el clima inglés era bueno para la piel. Algo debía de haber en ello, porque siempre había sido un asombro suyo la piel de los ingleses y sobre todo de las inglesas: una piel lechosa, fina, bajo la que se transparentaban las líneas azules de las venas y las súbitas oleadas de sangre, y que en las mujeres viejas se convertía en porcelana con los años. Mary tenía esta piel fina y lechosa. Muchas veces había temido dejar en ella la huella de sus dedos.

Cuando Antolín acababa de vestirse, llamaron a la puerta. Abrió, y la muchacha puso cara de asombro:

—¡Anda, y ya se ha levantado el señorito! Yo que venía a preguntarle si quería una taza de té, porque doña Felisa dice que ustedes, los ingleses, todos toman té por la mañana.

La muchacha era pizpireta y alegre y contagió a Antolín.

—Pues, no, señora —dijo—, no tomo té por la mañana. Lo que sí quiero es un buen tazón de café con leche y un par de churros.

—¡Anda! Yo creía que era usted un míster. Pero debe hacer muchos años que usted no come churros. Ya se comerá usted una docena y se quedará con hambre. Porque, por si no lo sabe, le diré que son más pequeños que mi dedo meñique y gruesos como un fideo. Y ¿dónde va usted a desayunar, aquí o en el comedor? —Sin interrupción agregó—: Lo mejor es que desayune en el comedor, porque así nos da menos trabajo a nosotras.

—Bueno, chiquita, sobre todo la franqueza. Desayunaré en el comedor.

El desayuno destruyó la alegría momentánea que le había dado la muchacha. La leche era un líquido azulado, casi transparente; el café era un agua clarucha sin olor ni sabor; los churros realmente eran ridículos en su pequeñez. Tomaría un café en cualquier bar. Encendió un segundo cigarrillo y se marchó, dejando el desayuno intacto.

Llamaron a la puerta. La señora Luisa dejó a medio extender la manta sobre la cama y abrió. La vecina del segundo apareció en el dintel:

—Buenos días, señora Luisa. ¿Se puede?

—Pase, pase usted, señora María.

La mujer se desató en explicaciones:

—Pues, que me voy a Antón Martín a ver si encuentro un poco de aceite, y me he dicho, voy a pasar a ver si la señora Luisa quiere algo, porque ya sé que se queda sola para hacer todo, y, lo que pasa, pues, a lo que está una, a ayudar en lo que se pueda.

—Muchas gracias. Bueno, si no la sirviera de molestia, podría usted ver si me encontraba unos huesos para hacer un poco de caldo para la chica.

Detrás de la cortina que colgaba ante la puerta al lado de la cocina, salió una voz airada:

—Para mí no tienes que hacer caldo, mamá.

—Bueno, hija, no te acalores. —Cuchicheó la vecina—: Hoy está imposible. —La vecina levantó la voz—: ¿Cómo estás hoy, Amelita?

—¿Cómo quiere usted que esté una, doña María? Pasando miserias como siempre, hasta que el Señor disponga otra cosa.

—Tú lo que deberías hacer es cobrar ánimos y salir de ese agujero.

Contestó un murmuro ininteligible, seguido de un silencio. Las dos mujeres salieron al descansillo de la escalera y se pusieron a hablar en voz baja para que la enferma no las oyera.

—Le digo a usted, hoy está imposible.

—Claro, lo comprendo, será la excitación, porque ya he visto que ayer tuvieron ustedes carta de Antolín. Bueno, no lo he visto, me lo contó la señora Paca, la portera, que se lo dijo ayer el cartero. Ya sabe usted que en una casa como ésta se entera una de todo aunque no quiera. Cuando vine ayer por la tarde, la señora Paca se lo estaba contando a las vecinas del principal exterior, a las beatas esas que en todo tienen que meter la nariz. Y yo creo que le llevan las cuentas de las cartas que le ha escrito su marido desde la primera.

—Sí, hija, sí. Todas son iguales.

Si era indirecta, la señora María no se dio por enterada, sino que prosiguió:

—Espero que no hayan sido malas noticias, aunque, claro, ¿qué malas noticias va a haber? Él está allí hecho un príncipe, mientras que ustedes aquí se rompen la cabeza para salir adelante. Y sabe Dios los líos que tendrá, porque en esos países de herejes

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