Tal vez hay una neblina blanca. Es la primavera que no acaba de empezar. Bajo el aire templado cruzan ráfagas de frío. El cielo no es azul sino de un gris muy claro. Y parece posible meter la mano en un rayo de sol. Ustedes piensan en salir de casa. Olvidar casi todo, buscar algunos árboles y un poco de hierba, pasear, o sentarse en un bordillo. La vida, aún. Si pudieran hacer eso. Pero no pueden. Podrían, tienen fuerza física. Sin embargo, una punzada de tristeza les retiene. Es constante. Una opresión en el pecho o muy lejos, una opresión allí donde se pierde su mirada. Incluso si salieran, todo quedaría separado de ustedes, porque entre su cuerpo y el mundo median dos metros de desesperación silenciosa leve que trabaja minuto a minuto, hunde sus bolsillos como si llevaran dentro grandes canicas de plomo, hunde su esternón y sus costillas hacia dentro, apenas unos milímetros, los suficientes para que respirar no sea algo parecido a abrir ventanas y dejar que el aire entre, sino algo ligeramente complicado, oscuro. No hemos venido a decir que podemos ofrecer una solución. Aunque tampoco vamos a negar que sabemos cosas.
Ustedes nos han visto a menudo. Somos quienes tuvimos fuerza física, hace años, pero ya no la tenemos. Un bastón apenas es apoyo suficiente. Ustedes no siempre se fijan, pero estamos ahí, en un banco al sol, en una mesa de un café, en un bar rodeados por la familia. Caminando del brazo de alguien más joven. O en habitaciones donde pasamos los días sin apenas movernos. Las personas cercanas, cuando las hay, hablan como si no estuviéramos. Hablan entre ellas o hablan a través de sus móviles. De vez en cuando se acuerdan, levantan la cabeza y nos dirigen una frase en un tono de voz un poco más alto, porque presuponen no solo que tenemos dificultades de oído, sino también que nuestros cerebros son lentos y que deben hablarnos como si no conociéramos bien el idioma. A veces, en efecto, tenemos cierta dificultad para oír los tonos bajos. Otras veces, admitido, nuestro cerebro se ralentiza y necesitamos tiempo y concentración para hacer una sola cosa bien, algo tan simple como sacar el pastillero del bolsillo, tomar las pastillas, volver a guardar el pastillero. Sin embargo, ¿es esa una razón para darnos de baja? Creen que en cuanto el cuerpo empieza a ir un poco más despacio, la mente ya empieza también a naufragar. Creen que hemos abandonado este presente, el suyo, y que no les vemos. Pero sí les vemos. Les oímos. Conocemos sus vidas. Somos personas expertas en desesperación silenciosa leve.
Insistimos en lo de leve. Algunas veces ustedes se enfrentan a situaciones graves. Ha pasado, por ejemplo, un año sin que logren encontrar trabajo, padecen una depresión u otra enfermedad agotadora, han perdido el lugar donde vivían o deben compartirlo con ocho personas, sin espacio para la intimidad ni dinero para los gastos más elementales, un ser querido murió o padece una enfermedad agotadora, y cualesquiera otros motivos por los que ustedes, como suele decirse de forma coloquial, no pueden con su alma. La frase no es entonces una mera imagen, sino que padecen un dolor insoportable por una causa que tal vez a otra persona no le haya provocado la misma angustia. Son ustedes quienes saben si el dolor o la angustia les impiden respirar, dormir, comer, o si confunden sus pensamientos hasta volver imposible la distinción entre lo que ocurre y lo que solo parece que ocurre. Ante esos y otros tormentos psíquicos que impiden vivir, nos retiramos con toda nuestra ignorancia. Aventuramos que los textos en general, y desde luego este texto en concreto, de poco sirven entonces. Las personas, sí.
Nuestras palabras no sirven porque, como dijera alguien mucho tiempo atrás, se parecen a las figuras pintadas: están ahí, pueden traernos evocaciones, alentar nuestra imaginación, pero cuando se invoca su presencia, cuando se les pide apoyo o un gesto, «responden con el más altivo de los silencios». Un texto solo dice lo que dice. Puede suceder que a una hora del día les resulte ajeno o, aún peor, tóxico. Y a otra, por el contrario, actúe como un escudo y les proteja. El texto no ha cambiado, pero sí la combinación entre quienes leen y el texto, pues la persona que lee no permanece igual, el tiempo la modifica.
Un libro llega hasta donde llegan nuestras fuerzas cuando lo escribimos sumadas a sus fuerzas cuando lo leen. No hay más. No podemos prometerles más. Lo que sí les decimos es que hemos escuchado y hemos leído y hemos prestado atención. Que nuestra voz no habla en favor de nuestro condenado ego, el cual ya está a punto de desaparecer. Nuestra voz es una suma de voces. Nuestra presencia se parece a esa neblina que consiste en la suspensión de gotas muy pequeñas en la atmósfera: no se ven, pero algo en el aire dice que están ahí.
Quisiéramos que, incluso en la desesperación grave, incluso durante la tragedia, algo de lo que hemos ido recogiendo les entretuviera. Si es su caso, si lo desean, les invitamos a continuar. Pero hemos de recordarles que este libro no ofrece instrucciones para la tragedia. Se ocupa de la desesperación silenciosa leve y, en ocasiones, prolongada. De los pequeños ataques de pena y de cansancio que se repiten. Del velo de tristeza con que ustedes miran, de vez en cuando, la realidad y sienten que la vida se les escapa.
Dirán, y con motivo, que a veces las desesperaciones se mezclan. ¿Cuánto es, para un ánimo, haber sido un poco dañado, cuánto bastante, cuánto muy dañado? Sin embargo, de algún modo, sí se sabe.
Permitan ahora que, por un momento, no les hablemos a ustedes, sino exactamente a usted. No nos conocemos, usted sabe que no sabemos su nombre, sus apellidos, dónde nació, su canción más odiada, sus lugares favoritos ni lo que desayuna. Pero un libro siempre es, también, una historia, la del mensaje que se escribió para que alguien, usted, lo encontrara. Usted, si se queda, haciéndose lectura va a componer una historia, una historia única.
¿Seremos útiles? ¿Les resultaremos útiles? ¿Y por qué, se preguntarán, queremos serles útiles? Una red de ancianas y de ancianos, y de ancianes según hemos aprendido, un complot de silencio que finalmente encuentra su cauce en un teclado y escribe orientaciones para una clase de desesperación. ¿Por qué lo hacemos? ¿No hay, acaso, una avaricia de la vida? ¿Es que no hemos vivido ya lo suficiente? Vivir no es la suma de años, aun cuando los años acumulados sean, para quien los desee, un extraño privilegio. A nuestro alrededor, las gentes que nos tratan esperan que, gastados nuestros cuerpos por las décadas, suprimamos los deseos de otra forma de vida. Asumen que nos conformamos con un pequeño placer, no siempre diario, del sentido del gusto o de la vista, o con el beso en la frente que aún nos dan. Esperan, por cierto, que no clausuremos voluntariamente nuestra estancia en esta tierra: ya veremos. Entretanto hemos escrito el manual.
«Este libro se ocupa de la desesperación silenciosaleve y, en ocasiones, prolongada. De los pequeños ataques de pena y de cansancio que se repiten. Del velo de tristeza con que ustedes miran, de vez en cuando, la realidad y sienten que la vida se les escapa.»
No nos mueve la intención de dar a conocer nuestras batallas. Alguien dijo que no es fácil dejar de saber lo que se sabe. Solo con un hachazo en el cerebro, el hachazo del alzhéimer, de la demencia, algunas cosas se borran. Olvidar no es una acción; no es, para los humanos, un «poder hacer». No hemos olvidado. Nuestra situación económica puede calificarse de medio pelo, ahorros a punto de extinguirse, o sin ahorros, pero con cierta formación y un poco de patrimonio que nos permite vivir sin molestar demasiado y, a veces, contratar esos cuidados que nuestros familiares casi nunca pueden darnos. No vean aquí una queja, nuestras penas son mudas y casi ninguna procede del presente, a lo que nos pasa ahora no lo llamamos pena, sino vejez.
Antes de empezar leímos otros manuales o, como suelen llamarlos, libros de autoayuda. ¿Es el nuestro un manual de autoayuda? Decídanlo ustedes. Por nuestra parte nos gusta más la expresión «socioayuda» pues, pensamos, los límites entre la sociedad y cada sujeto son difíciles de establecer. La bombilla encendida en cada cuarto es la bombilla, pero es también parte de una gran red de iluminación que, menos poético aunque verdadero, está unida a un recibo de luz y a unas relaciones de propiedad, y a los brazos ajenos que la construyeron y aún la mantienen. Así también, la sociedad es un conjunto de unidades más o menos organizadas: sin individuos, en fin, no habría sociedad y viceversa. Y aunque todo se mezcle, nuestro manual trata aquellas situaciones que toman en consideración lo que ha sido llamado vida social.
Vamos a terminar este capítulo con una crónica de lo que le sucedió a Jorge al leer un libro de autoayuda y de la conversación que mantuvo después con Amaya, una amiga que desconfiaba de ese tipo de libros.
LA ILUSIÓN DE LA CULPA
Jorge compartía piso con tres personas y no conseguía encontrar un empleo. El último le había durado seis meses. Ahora llevaba tres buscando. Tenía treinta años. Por fuera parecía un tipo tranquilo, por dentro había una de esas señales de tráfico triangulares, rojas, con una ladera negra pintada y rocas negras cayendo. Tras la señal, una carretera cortada, grandes piedras en el suelo; al fondo, el desmoronamiento de columnas rocosas a medida que la base se erosiona. Era un martes de octubre por la mañana, Jorge vestía vaqueros, una camiseta azul de manga larga y unas viejas deportivas cuando se detuvo a mirar un puesto con libros de segunda mano en el exterior de una librería. Encontró uno de autoayuda por cincuenta céntimos. Empezó a leerlo mientras esperaba el cambio y ya no pudo soltarlo. Se detuvo en un pequeño parque, si es que podía llamarse así a esa zona de cemento y tierra con árboles pequeños. Había un arenero con columpios, vacío a esa hora, y tres bancos de madera algo más arriba. En uno, un grupo de adolescentes fumaba tabaco y marihuana a juzgar por el olor. En el otro dormía un mendigo. Jorge se sentó en el tercero.
El libro decía lo que nadie en su entorno se había atrevido a decirle: que la culpa era suya. A Jorge, en contra de lo que esperaba, pensar eso, pensar que él tenía la culpa, le hizo sentirse bien.
Amigas, amigos, familia, su ex pareja, habían intentado darle ánimos diciendo justo lo contrario: que no se sintiera culpable, que vivían en una sociedad de mierda, en unos tiempos de mierda, que a nadie le importaba el paro, que las empresas no valoraban a las personas, que despedían porque les salía más barato y les resultaba más cómodo estar cambiando siempre de personal para que así nadie quisiera iniciar conflictos por miedo a perder el trabajo. Jorge también se lo había dicho a sí mismo. Y se había sentido impotente: ¿qué podía hacer él para cambiar a las empresas que buscaban, por encima de todo, rentabilidad, para cambiar las leyes que se lo permitían, para evitar que hubiera millones de personas en su misma situación dispuestas a aceptar un trabajo de un mes o de dos semanas o pagándose la seguridad social o sin cobrar las horas extraordinarias? No podía hacer nada. Ese libro, en cambio, le decía que la culpa era suya y de repente Jorge sentía un inmenso alivio porque al fin había algo que sí podía hacer. Cambiar algunos hábitos. Aprender algunos trucos. Comprender mejor sus estados mentales. Pues al menos sobre sí mismo Jorge tenía algo de control, cosa que no le sucedía con la economía o las leyes.
Jorge levantó la mirada. No era estúpido. Nadie es estúpido. Sabía que nada iba a cambiar de la noche a la mañana. Y que seguramente resultaría imposible separarse del resto del mundo, cambiarse en soledad. El libro, Jorge también lo sabía, solo se ocupaba de una parte del problema fingiendo ocuparse de todo el problema. Pero, por primera vez en bastante tiempo, miraba a su alrededor y lo que veía le gustaba. No se sentía agredido o expulsado por cada imagen. No sentía nostalgia ni envidia al ver a ese grupo de adolescentes, al oír sus risas y recordar el tiempo en que el mundo también fue para él un lugar resplandeciente. El mendigo tendido en el banco le inspiraba una compasión serena, sin la angustia de estar viendo un aviso, sin el desprecio que esa angustia puede provocar. Incluso le hizo gracia el bebé recién llegado a la zona de los columpios que miraba hacia delante como si el mundo entero, el leve bamboleo del viento en los columpios, los coches a lo lejos, se estuviera moviendo para él.
Volvió a casa y no contó a nadie que tenía el libro. Lo terminó de noche. Estaba ilusionado, sentía que podía recuperar el control de la situación. Fantaseó con llegar a ser un Jorge diferente y con los poderes que estaba a punto de adquirir. Durante algunos días puso en práctica varios consejos. Interpretó de otro modo los motivos de algunos de sus comportamientos, y al cambiar de motivo le fue más sencillo cambiar, a ratos, de comportamiento.
Pero los rechazos laborales continuaban y la euforia se disipó. Regresó la inquietud, preludio de la desesperación. Nadie, insistimos, es estúpido. Cuando Jorge fue a una biblioteca y se dirigió a la sección de autoayuda, buscaba libros que le dieran nuevas pautas. O que, al menos, le permitieran volver a sentir aquella euforia, la confianza en que las cosas saldrían bien. Tomó un libro prestado.
A la semana volvió en busca de otro. Lo llevaba en la mano y se disponía a salir de la biblioteca cuando apareció Amaya, una amiga de pelo corto y rojizo que daba clases, con un contrato temporal, en la universidad. Vivía en una casa alquilada, tenía una hija de tres años y una pareja que trabajaba en Sevilla. Amaya no pudo evitar fijarse en la portada brillante del libro de Jorge y en su título. Por su cabeza pasaron ideas y conversaciones tenidas a menudo sobre las trampas de la autoayuda y sintió una congoja que no sabía explicar. Propuso a Jorge ir a tomar un café.
En el horizonte de Amaya no había, de momento, ninguna tragedia inmediata, ninguna opresión añadida, como deudas alarmantes o el cuidado diario de un familiar en condiciones que podrían dejarla exhausta. Se trataba solo de opresiones cotidianas, ansiedad en el trabajo y en su vida, incertidumbre con respecto a su futuro y al de sus seres queridos, falta de sueño y exceso, o falta, de sueños.
Entraron en un café pequeño del barrio. Amaya preguntó a Jorge por el libro.
—He leído un par parecidos y me han servido bastante —dijo Jorge.
—¿En serio? Otras veces hemos hablado y coincidíamos en que la autoayuda es el género de las falsas promesas —dijo Amaya.
—Ya, sí. A lo mejor depende del libro. En los que yo he leído hay consejos sobre cómo tomarte las cosas de otra forma; algunos pueden ser algo tontos, pero otros están bien.
—¿Lo ves? —dijo Amaya—. Tomarte la vida de otra forma, como si la culpa de tus problemas la tuvieras tú y cómo tú te tomas la vida.
—Bueno, en parte...
—De acuerdo, en parte. Pero ¿y todo lo que olvidan? Si quienes menos ganan ganasen el doble, si quienes no tenéis trabajo lo tuvierais y además os gustara, y si el nuestro, el de las personas que sí lo tenemos no pendiera de un hilo, si ganarse la vida no dependiera de quienes se reparten los beneficios, si en el ambulatorio nos atendieran sin prisa, si supiéramos que las personas que nos importan se abrirán camino con calma, si no tosiéramos tanto porque no hubiese contaminación, si los jefes no pagaran sus enfados con los de abajo, si nuestras casas fueran amplias y luminosas y no tuviéramos miedo de que nos suban el alquiler, y...
—Déjalo, lo he captado.
—¿Y?
—Todo eso no depende de mí, pero tomarme las cosas de otra forma...
—Tampoco depende de ti.
—A veces, sí.
—Vale, a veces. Y otras muchas, no. Cuando vuelva a pasar algo que no dependa de ti y te dé un bajón, los buenos propósitos que te habías hecho leyendo el libro se esfumarán. Buscarás otro libro. Son adictivos. Si solucionaran algo no habría millones y millones, y las personas no comprarían más de diez y más de treinta a lo largo de sus vidas.
—Como fumar, como beber, como este café —dijo Jorge—. Mientras leo el libro me parece que todo irá bien, que yo cambiaré y que eso hará que algunas cosas pequeñas pero importantes también cambien a mi alrededor. Y si me muero mañana no podrás quitarme los ratos de veinte minutos mientras lo leía y estaba feliz pensando que todo iba a salir bien.
La hora punta de los cafés llegaba a su fin y aunque ni Jorge ni Amaya tenían un horario de oficina, se levantaron también y se dirigieron al mostrador.
Amaya aún insistía:
—Pero este café no te engaña. No promete que arreglará tu vida. Solo dice que aquí estaremos bien un rato. Si el libro de autoayuda dijera eso: vas a sentirte bien mientras me lees, después todo seguirá igual, ¿lo leerías?
—No lo sé. A su manera lo dicen. Quiero decir: te proponen un programa de cosas para hacer que exige método y constancia. En el fondo, mientras voy leyendo ya sé que no seré capaz de hacer todo eso, p
