PRÓLOGO
Aeropuerto de São Paulo, Brasil, 1991
Con un poderoso tirón de sus dos motores turbohélice, el estilizado minirreactor despegó de la pista y enfiló hacia el abovedado cielo de São Paulo. Ascendiendo rápidamente sobre la ciudad más grande de América del Sur, el Learjet enseguida llegó a su altura de crucero de cuatro mil metros y se dirigió hacia el noroeste a 800 km/h.
Sentada en un asiento de espaldas a la cabina, la doctora Francesca Cabral escrutaba por la ventanilla la capa de nubes, que parecían de algodón. Ya echaba de menos el bullicio y la atmósfera neblinosa de las calles de su ciudad natal. Un ronquido procedente del otro lado del pasillo la sacó de su ensimismamiento. El que roncaba era un hombre de mediana edad, desaliñado y con el traje arrugado. La doctora meneó la cabeza y se preguntó en qué estaría pensando su padre cuando le asignó como guardaespaldas a Phillipo Rodrigues.
Francesca sacó una carpeta de su maletín y escribió unas notas al margen de su ponencia. La leería en un congreso internacional de científicos medioambientalistas, en El Cairo. Había releído el borrador una docena de veces, pero la meticulosidad formaba parte de su idiosincrasia. Francesca era una ingeniera inteligente y una profesora muy respetada. Pero, en un campo y en una sociedad dominados por los hombres, a una científica se le exigía que fuese más que perfecta.
Veía las palabras borrosas. La noche anterior se había acostado tarde, haciendo el equipaje y ordenando todos los escritos científicos que quería traer consigo. Además, estaba demasiado excitada para poder dormir. Ahora contempló con envidia a su adormilado guardaespaldas y decidió echar ella también una cabezada. Dejó los papeles a un lado, reclinó el respaldo del mullido asiento y cerró los ojos. Acunada por el murmullo de las turbinas, no tardó en adormecerse.
Empezó a soñar. Flotaba en el mar, subiendo y bajando suavemente como una medusa mecida por las olas. Fue una sensación agradable hasta que una ola la elevó en el aire y luego cayó como un ascensor sin control. Abrió los ojos y miró en derredor. Tuvo una extraña sensación, como si se le encogiese el corazón. Pero todo parecía normal. Los sensuales compases de Samba de una nota sola de Antonio Carlos Jobim sonaban a través de los altavoces. Phillipo seguía como un tronco. Sin embargo, la sensación de que algo anómalo ocurría persistió. Se inclinó discretamente y movió el hombro del guardaespaldas.
—Despierte, Phillipo.
Como un autómata, el hombre echó mano a la pistolera que llevaba bajo la chaqueta y abrió los ojos. Al ver a Francesca se relajó.
—Lo siento, senhora —dijo bostezando—. Me he quedado dormido.
—Yo también. —Hizo una pausa como si temiera que los oyesen y luego añadió—: Me parece que ocurre algo raro.
—¿Qué quiere decir?
—No sé —repuso ella sonriendo nerviosamente.
Phillipo esbozó la comprensiva expresión de un hombre cuya esposa había oído muchas veces ladrones por la noche. Le dio una palmadita en la mano.
—Iré a echar un vistazo.
Phillipo se levantó y se estiró, fue pasillo adelante y llamó con los nudillos a la cabina del piloto. Abrió la puerta y asomó la cabeza. Francesca oyó el murmullo de una conversación y risas.
Phillipo sonreía al regresar a su asiento.
—Los pilotos me han dicho que todo va bien, senhora.
Francesca le dio las gracias, volvió a recostarse en el respaldo y respiró hondo. Sus temores habían sido infundados. La perspectiva de verse libre de su trituradora mental después de dos años de trabajo exhaustivo la había desquiciado. El proyecto la había agotado, robándole horas de sueño por las noches y de ocio durante el día, y había deshecho su vida social. Miró el diván colocado en la parte de atrás del avión. Tuvo que dominarse para no ir a ver si su maleta metálica seguía detrás de los almohadones. Le gustaba imaginar su maleta como una caja de Pandora de la que, al abrirla, en lugar de cosas terribles emergerían cosas buenas. Su descubrimiento aportaría prosperidad y salud a millones de personas. El mundo ya no volvería a ser el mismo.
Phillipo le trajo un vaso de zumo de naranja. Ella le dio las gracias y pensó que, a pesar del poco tiempo que hacía que lo conocía, el guardaespaldas le caía bien. Con su arrugado traje marrón, el pelo entrecano y ya clareado, su fino bigote y sus gafas redondas, Phillipo podía haber pasado por un profesor distraído. Lo que Francesca ignoraba era que Phillipo había pasado años perfeccionando su talante tímido y torpón. Su capacidad para pasar tan inadvertido como los motivos del empapelado de una pared, lo convertían en uno de los mejores agentes del servicio secreto brasileño.
Rodrigues había sido elegido por el padre de Francesca. Al principio, ella se opuso a la insistencia de su padre de ponerle un guardaespaldas. Ya era bastante mayorcita para tener niñera. Pero al percatarse de que su padre estaba realmente preocupado por su seguridad, accedió. Sospechaba que su padre estaba más preocupado por los cazafortunas que por su seguridad.
Aunque su familia hubiese sido pobre, Francesca habría atraído la atención de los hombres. En un país donde la mayoría de las mujeres tenía el pelo oscuro y la tez cenicienta, ella destacaba. Sus ojos almendrados e intensamente negros, sus largas pestañas y una boca casi perfecta los había heredado de su abuelo japonés. Su abuela alemana le había legado un pelo castaño claro, su estatura y una mandíbula cincelada que delataba una tenacidad teutónica. Francesca pensaba que su estilizada figura tenía algo que ver con vivir en Brasil. Las mujeres brasileñas parecen tener el cuerpo especialmente concebido para el baile nacional, la samba. Francesca había mejorado su aspecto a base de pasar muchas horas en el gimnasio, al que iba para relajarse después del trabajo.
Su abuelo era un diplomático de segunda fila cuando el imperio nipón quedó fulminado bajo dos enormes hongos que se elevaron hacia el cielo. Siguió en Brasil, se casó con la hija de un embajador del Tercer Reich, cesante como él, se nacionalizó brasileño y volvió a su amor de toda la vida: la jardinería. Luego se trasladó con la familia a São Paulo, donde la empresa de jardinería en que encontró trabajo tenía una clientela formada por ricos y poderosos. Esto le permitió estrechar lazos con personajes influyentes en el gobierno y el ejército. Su hijo, el padre de Francesca, utilizó estos contactos para ascender sin esfuerzo a una destacada posición en el Ministerio de Comercio. Su madre era una inteligente estudiante de ingeniería, que dejó su carrera universitaria para convertirse en esposa y madre. Nunca lo había lamentado, por lo menos abiertamente, pero le encantaba que Francesca hubiese decidido seguir sus pasos académicos.
Su padre había sugerido que volase a Nueva York en su reactor. Allí se reuniría con funcionarios de las Naciones Unidas antes de embarcar en un vuelo regular rumbo a El Cairo.
Francesca se alegraba de volver a Estados Unidos, aunque sólo fuese para una corta visita, y habría querido que el avión volase más deprisa. Siempre recordaría con agrado los años que pasó estudiando ingeniería en la Universidad de Stanford, en California.
Miró por la ventanilla y se dijo que no tenía ni idea de dónde estaban. Los pilotos no habían informado sobre la ruta desde que el aparato despegó de São Paulo. Excusándose ante Phillipo, fue pasillo adelante y asomó la cabeza por la puerta de la cabina de mando.
—Bom dia, senhores. Me gustaría saber dónde estamos y cuánto tardaremos en llegar.
El piloto era el capitán Riordan, un norteamericano enjuto que llevaba el pelo casi al rape y tenía acento tejano. Francesca no lo había visto nunca, pero no le extrañó. Tampoco el hecho de que Riordan fuese extranjero. Aunque el avión era de propiedad particular el mantenimiento corría a cargo de una compañía aérea local, la misma que les proporcionaba los pilotos.
—Buinosss diiias —correspondió él arrastrando las palabras con un marcado acento que destrozaba el portugués, y sonriéndole de medio lado—. Perdone por no haberla tenido al corriente, señorita. Vimos que dormía y no quisimos molestarla —añadió guiñándole un ojo al copiloto, un brasileño coriáceo, cuyo físico sobrado de musculatura hacía pensar que dedicaba muchas horas a levantar pesas.
El copiloto sonrió, desnudando con los ojos a Francesca, que se sintió como una madre que acabase de sorprender a dos muchachos traviesos a punto de cometer una fechoría.
—¿A qué hora llegaremos? —insistió con tono amable pero serio.
—Pues... estamos sobrevolando Venezuela. Calculo que llegaremos a Miami dentro de tres horas. Estiraremos un poco las piernas mientras repostamos, y podríamos estar en Nueva York tres horas después.
La mirada científica de Francesca se dirigió al cuadro de mandos. El copiloto reparó en su curiosidad y no quiso dejar pasar la oportunidad de impresionar a una mujer tan hermosa.
—Este aparato es tan moderno que puede volar solo mientras nosotros vemos partidos de fútbol por televisión —dijo con una amplia sonrisa que dejó al descubierto sus grandes dientes.
—No se deje impresionar por Carlos —terció el piloto—. Esto es el EFIS, el Electronic Flight Instrument System. En lugar de esferas con agujas, como utilizábamos antes, ahora utilizamos pantallas digitales.
—Ya —dijo Francesca, y señaló otro instrumento—. ¿Es una brújula?
—Más o menos —respondió el copiloto, orgulloso de la atención que prestaba su «alumna».
—Entonces, ¿por qué señala que vamos casi directos al norte? —repuso ella frunciendo el ceño—. ¿No deberíamos volar más hacia el oeste para ir a Miami?
Ellos se miraron.
—Es usted muy observadora, senhora —dijo el tejano—. Y tiene razón. Pero, en el aire, la línea recta no es siempre el camino más rápido entre dos puntos. Se debe a la curvatura de la Tierra. Para ir desde Estados Unidos a Europa el trayecto más corto es volar a gran altitud y describir una amplia curva. Y también debemos tener en cuenta el espacio aéreo cubano. No queremos que el viejo Fidel se cabree. —El tejano volvió a guiñar el ojo y sonrió.
Francesca asintió con la cabeza.
—Bien, gracias por su tiempo, caballeros. Ha sido muy instructivo. Los dejo seguir trabajando.
—Ha sido un placer, señora. Siempre que quiera algo no tiene más que decírnoslo.
Francesca estaba que se subía por las paredes al volver a su sitio. ¡Imbéciles! ¿La tomaban por tonta o qué? ¡Nada menos que la curvatura de la Tierra!
—¿Qué? Todo bien, ¿no? —dijo Phillipo, y dejó a un lado la revista que estaba leyendo.
—No, no va todo bien —le dijo ella en tono susurrante—. Creo que este avión no sigue el rumbo debido —añadió, y le contó su observación de la brújula—. He notado algo raro mientras dormía. Y creo que ha sido el desvío del avión al cambiar de rumbo.
—Puede que se equivoque.
—Quizá. Pero me parece que no.
—¿Les ha pedido alguna explicación a los pilotos?
—Sí. Y me han contestado algo absurdo: que la distancia más corta entre dos puntos no es una línea recta debido a la curvatura de la Tierra.
El guardaespaldas arqueó las cejas, sorprendido por la explicación, aunque nada convencido.
—No sé...
Francesca pensó en otras incongruencias.
—¿Recuerda que al embarcar dijeron que eran sustitutos?
—Claro. Al parecer, los otros pilotos tenían que atender otro vuelo. Dijeron que los habían sustituido para hacerles un favor.
Francesca meneó la cabeza.
—Curioso. ¿Por qué lo comentaron? Da la impresión de que quisieran curarse en salud y adelantarse a las preguntas que pudiéramos hacerles. Lo que no sé es el motivo.
—Tengo cierta experiencia en navegación aérea —dijo Phillipo—. Iré a echar un vistazo.
Y volvió de nuevo a la cabina.
Francesca los oyó reír y, al cabo de unos minutos, Phillipo regresó muy sonriente. Pero la sonrisa desapareció de su rostro en cuanto se sentó.
—En la cabina hay un instrumento que muestra el plan de vuelo original. No estamos siguiendo la línea azul como deberíamos. Y tiene razón también en cuanto a lo de la brújula. No seguimos el rumbo debido.
—¿Pues qué diablos ocurre entonces, Phillipo?
El guardaespaldas la miró frunciendo el ceño.
—Hay algo que su padre no le contó.
—¿Qué quiere decir?
Phillipo miró la puerta de la cabina.
—Había oído cosas. No se trataba de nada que le hiciese temer que pudiera correr usted algún peligro, pero sí para preferir que yo estuviese a su lado por si necesitaba ayuda.
—Pues parece que los dos podríamos necesitar ayuda.
—Sim, senhora. Pero, por desgracia, tendremos que arreglárnoslas solos.
—¿Va usted armado?
—Por supuesto —contestó él, ligeramente divertido por la inocente pregunta de aquella mujer tan culta y hermosa—. ¿Quiere que les pegue un tiro?
—No, claro que no —repuso ella—. ¿Se le ocurre alguna idea?
—Una pistola no es solo para disparar. También se puede utilizar para intimidar, para amenazar y obligar a alguien a hacer lo que no quiere hacer.
—¿Cómo enderezar el rumbo?
—Eso espero, senhora. Iré a pedirles amablemente que aterricen en el aeropuerto más cercano, diciéndoles que es lo que usted desea. Y si se niegan, les mostraré la pistola y les diré que preferiría no tener que utilizarla.
—Es que no puede utilizarla —dijo Francesca alarmada—. Si agujerease el fuselaje se produciría una descompresión en la cabina y moriríamos todos en pocos segundos.
—Cierto. Eso los amedrentará aun más —dijo el guardaespaldas apretándole ligeramente la mano—. Le he prometido a su padre que velaría por usted, senhora.
Ella meneó la cabeza como para disipar sus temores.
—¿Y si estoy equivocada? ¿Y si resulta que los pilotos son personas honestas que hacen bien su trabajo?
—Pues no hay problema —repuso él encogiéndose de hombros—. Llamamos por radio, aterrizamos en el aeropuerto más cercano, telefoneamos a la policía, aclaramos las cosas y reanudamos el viaje.
Interrumpieron su conversación en seco. Se había abierto la puerta de la cabina y el capitán se acercaba por el pasillo, agachado para no dar con la cabeza en el bajo techo.
—Nos ha hecho mucha gracia el chiste que nos ha contado —dijo el capitán con una sonrisa forzada—. ¿Sabe alguno más?
—No lo entiendo, senhor —dijo Phillipo.
—Bueno... pues yo voy a contarles uno —replicó el piloto.
Riordan entornó los ojos, de gruesos párpados, y le dirigió una mirada fingidamente adormilada, a la vez que sacaba la pistola que llevaba remetida en el cinturón del pantalón.
—Deme la suya —le ordenó a Phillipo—. Y muy lentamente.
Phillipo se abrió con cautela la chaqueta para que su pistolera quedase bien a la vista. Luego desenfundó el arma con la punta de los dedos y se la entregó al capitán.
—Gracias, amigo —dijo Riordan—. Siempre me ha gustado tratar con profesionales —añadió. Se sentó en el brazo de un asiento y con la mano libre encendió un cigarrillo—. Mi copiloto y yo hemos estado hablando y pensamos que nos espían, que eso es lo que ha hecho su amigo la segunda vez que ha ido a la cabina, y creemos que será mejor dejarlo todo claro para evitar malentendidos.
—¿Qué ocurre, capitán Riordan? —preguntó Francesca—. ¿Adónde nos llevan?
—Ya nos advirtieron que es usted inteligente —dijo el piloto sonriendo y exhalando el humo por la nariz—. Y tiene usted razón. No vamos a Miami sino a Trinidad.
—¿A Trinidad?
—Tengo entendido que es muy bonito.
—No comprendo.
—Pues se lo explicaré, señorita. Habrá un comité de bienvenida en el aeropuerto. No me pregunte quiénes son porque lo ignoro. Todo lo que sé es que nos han contratado para llevarla allí. Y todo parecía que iba a ser agradable y fácil. Pensábamos decirle que habían surgido problemas técnicos y que teníamos que aterrizar.
—¿Y qué ha pasado con los... pilotos? —preguntó Phillipo.
—Han tenido un accidente —contestó el capitán encogiéndose de hombros, a la vez que dejaba caer la colilla al suelo—. Hay problemas, señorita. Pero si permanece tranquila todo irá bien. En cuanto a usted, cavaleiro, siento que vaya a tener problemas con sus jefes. Podría atarlos a los dos, pero no creo que vayan a hacer ninguna tontería, a menos que sepan ustedes pilotar un avión. Ah, y una cosa más, levántese y dese la vuelta.
Creyendo que lo iba a cachear, Phillipo obedeció. La advertencia de Francesca llegó demasiado tarde. El cañón de la pistola describió un arco e impactó sobre la oreja derecha del guardaespaldas. El crujido fue ahogado por el grito de dolor de Phillipo, que se desplomó en el pasillo.
Francesca se levantó como impulsada por un resorte.
—¡Qué ha hecho usted! —le espetó al capitán—. Tiene su pistola. Phillipo no podía haberle hecho ningún daño.
—Lo siento, señorita. Soy de los que cree en la seguridad por encima de todo —repuso Riordan, y pasó por encima del guardaespaldas como si fuese un saco de patatas—. No hay nada como un cráneo roto para desalentar a un hombre a meterse en problemas. Hay un botiquín allí al fondo. Cuidar de él la mantendrá ocupada hasta que aterricemos.
El capitán se llevó la mano a la visera de su gorra, volvió a la cabina de mando y cerró la puerta.
Francesca se arrodilló junto al maltrecho guardaespaldas. Empapó una servilleta en agua y le limpió la herida. Luego presionó hasta cortar la hemorragia y le aplicó un antiséptico al corte. Después envolvió hielo en otra servilleta y la apretó contra la cabeza para evitar la inflamación.
La joven científica se sentó al lado de Phillipo y trató de analizar la situación. Descartó que se tratase de un secuestro por dinero. La única razón que podía inducir a alguien a tomarse tantas molestias era por su método de trabajo. Pero, quienquiera que estuviese tras aquel plan temerario, querría algo más. Podían haber irrumpido en su laboratorio o apoderarse de su equipaje en el aeropuerto. Pero la necesitaban a ella para interpretar sus hallazgos. Su método, su sistema, era tan críptico, tan diferente, que no se ajustaba a las leyes científicas, y esa era la razón de que nadie lo hubiese descubierto antes.
Dentro de un par de días iba a regalarlo al mundo, a proporcionárselo gratuitamente. Nada de patentes ni de derechos de autoría. No quería cobrar royalties. Quería proporcionárselo sin coste alguno.
Estaba furiosa. Aquella gente implacable y cruel pretendía impedirle mejorar la suerte de millones de personas.
Phillipo gimió al empezar a volver en sí. Parpadeó y la miró.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó ella.
—Me duele muchísimo, así que supongo que estoy vivo. Ayúdeme a sentarme, por favor.
Le rodeó con el brazo el torso y lo ayuda a recostarse contra el respaldo del asiento. Cogió una botella de ron del bar y se la acercó a los labios. Phillipo bebió unos sorbos y luego un buen trago. Se quedó unos momentos inmóvil, para ver si lo toleraba bien y, cuando notó que sí, sonrió.
—No es nada. Gracias —dijo.
Ella le tendió sus gafas.
—Se le han roto al caer.
Phillipo las apartó a un lado.
—No son graduadas —dijo—. Veo perfectamente sin ellas.— Y le dirigió una mirada exenta de temor. Miró luego la puerta de la cabina de mando—. ¿Cuánto rato he estado inconsciente?
—Unos veinte minutos.
—Pues entonces aún hay tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Phillipo se llevó la mano al tobillo y sacó un pequeño revólver que llevaba remetido bajo el calcetín.
—Si nuestro amiguito no hubiese tenido tanta prisa en abrirme la cabeza lo habría encontrado —bromeó.
Desde luego aquel no era el mismo tipo torpón que tenía más pinta de profesor distraído que de guardaespaldas.
El momentáneo alivio de Francesca se disipó al pensar en su situación.
—¿Y qué intenta hacer? Ellos tienen dos pistolas y nosotros no sabemos pilotar el avión.
—Tendrá que perdonarme, senhora Cabral. Tampoco en esto le he sido sincero del todo —dijo Phillipo casi compungido—. Olvidé decirle que estuve en la fuerza aérea brasileña antes de ingresar en el servicio secreto. Ayúdeme a levantarme, por favor.
Francesca se quedó sin habla. ¿Cuántos conejos más iba a sacarse aquel hombre de la chistera? Lo ayudó a sostenerse en pie hasta que dejaron de temblarle las piernas. Al cabo de un minuto, Phillipo pareció haber recobrado toda su energía y determinación.
—Sígame y no haga nada si yo no se lo indico —dijo él con el talante de quien está acostumbrado a ser obedecido.
Avanzó y abrió la puerta. El piloto ladeó la cabeza ligeramente hacia atrás.
—Vaya... ¡Mira quien acaba de regresar de la tierra de los muertos vivientes! Me temo que no lo golpeé bastante fuerte.
—No va a tener una segunda oportunidad —replicó Phillipo a la vez que le encañonaba la sien con su revólver—. Si mato a uno de ustedes el otro podrá seguir volando. ¿Quién va a ser?
—¡Joder! ¿No dijiste que lo habías desarmado? —exclamó Carlos.
—Me parece que tiene mala memoria, cavaleiro —replicó el capitán sin alterarse—. Si nos mata, ¿quién va a pilotar?
—Yo, cavaleiro. Lo siento, no he traído mi licencia de vuelo y tendrán que confiar en mi palabra.
Riordan ladeó un poco más la cabeza y reparó en que la fría sonrisa del guardaespaldas indicaba claramente que no mentía.
—Retiro mi comentario acerca de que me gusta tratar con profesionales —dijo Riordan—. ¿Qué quiere que hagamos?
—De momento entregarme las armas; primero uno y luego el otro.
El capitán le tendió dos pistolas y el guardaespaldas se las pasó a Francesca, que estaba detrás.
—Ahora levántese —ordenó Phillipo arrimándose al tabique de la cabina—. Despacito.
Riordan miró al copiloto y se levantó. Utilizando su cuerpo para ocultar su seña, le hizo un rápido gesto al copiloto, que asintió casi imperceptiblemente para indicar que lo había entendido.
Phillipo lo sacó al pasillo.
—Ahora échese boca abajo en el diván —le ordenó el guardaespaldas sin dejar de apuntarle al pecho.
—Empezaba a temer no poder echar una cabezada —ironizó el capitán—. Es usted muy amable.
Phillipo le pidió a Francesca que recogiese las bolsas de lona que había en los respaldos de los asientos. Con eso ataría al capitán y sólo tendría que vérselas con el copiloto. Le advirtió a Riordan
