Prólogo
Londres, 1758
Según recordaba la duquesa de Westmount, el día que dio a luz por segunda vez era una radiante mañana de primavera de 1748. Los jardines que rodeaban la mansión, exultantes de coloridas flores, perfumaban el ambiente con su suave fragancia.
Su primer embarazo había sido difícil, pero había cumplido con su obligación y le había dado a su marido no solo el esperado heredero, sino también dos varones más, puesto que había dado a luz trillizos. Por eso, el nacimiento de una niña había llenado de alegría su corazón de madre.
No es que no quisiera a sus hijos varones, de hecho, los adoraba, pero tener una hija a la que transmitir todas las enseñanzas que ella había recibido de su propia madre, le causaba un gran placer. Le enseñaría el arte del bordado y la costura, a dirigir una mansión y el servicio que estaría a su cargo cuando la muchacha se esposase, a conversar con gracia y donaire, y todas las cosas necesarias para que su pequeña se convirtiese en una gran dama.
Lady Eloise, de pie junto a uno de los grandes ventanales que daban acceso a la parte posterior de la mansión, contemplaba los jardines con especial concentración. Los rododendros comenzaban a florecer, pero los rosales todavía se veían desnudos. Tendría que comentárselo al jardinero mayor; tal vez les faltaba abono. Aunque Nigel se encontraba ocupado en esos momentos supervisando la construcción del invernadero.
—Supongo que las rosas florecerán a su tiempo —comentó en voz alta.
A pesar de que no se había dirigido a él, su esposo, que se hallaba en la sala, sentado en su sillón favorito mientras leía un libro, respondió:
—Todas las cosas tienen su tiempo, querida, solo hay que saber tener paciencia.
La duquesa sonrió. Había tenido la suerte de hacer un fabuloso matrimonio, no solo porque Charles era el hombre más apuesto de Londres —a su parecer y al de muchas otras damas a las que tenía que espantar como moscas cada vez que acudían a un baile— y porque tenía el título de duque, que además venía acompañado de una gran fortuna, sino porque se habían casado por amor. Ella era tan solo la hija de un vizconde, pero había coincidido con Charles en una fiesta campestre organizada por lady Margaret Cavendish, una de sus mejores amigas, que había tenido la suerte de pescar al duque de Portland en su primera temporada.
Eloise lo había observado de lejos, admirando su porte y su gallardía; suspirando por él, como hacían la mayoría de las jovencitas casaderas en el salón de baile. Margaret había insistido en presentárselo asegurándole que se enamoraría de ella en cuanto la viese, porque Eloise era, sin duda, la muchacha más hermosa de la fiesta. Y así fue.
La duquesa volvió a sonreír al recordar su cortejo. Ciertamente, Charles no había tenido paciencia antes de esposarla. Por suerte para ella, y por desgracia para las mayores cotillas de Londres, sus hijos vinieron al mundo justo nueve meses después de su boda.
—Recuerdo una ocasión en la que me dijiste que a veces valía la pena adelantar el tiempo para poder gozar de ciertas cosas.
El duque levantó la mirada del libro y esbozó esa sonrisa que Eloise había tachado en tantas ocasiones de pecaminosa.
—Y lo sigo pensando, querida. ¿Tal vez quieres una demostración?
Ella dejó escapar una carcajada musical y sacudió la cabeza, pero avanzó los pasos que la separaban de su esposo. Él dejó a un lado su lectura y le tendió la mano. Cuando ella se la cogió, tiró suavemente hasta tenerla donde la quería, sentada sobre su regazo y con sus brazos rodeándola.
Eloise le acarició la mejilla mientras se perdía en la bruma de su mirada gris. Él acercó su rostro y la besó con ternura y delicadeza. Cuando sus labios se separaron, la duquesa dejó escapar un suspiro de satisfacción.
—Sigues siendo el hombre más apuesto de Londres —le aseguró al tiempo que reclinaba la cabeza sobre su hombro.
—No lo creo —repuso él con una sonrisa—, mis hijos me han robado ese puesto. Nunca he escuchado tantos coros de suspiros como cuando entran los tres juntos en alguna estancia.
La sonrisa de su esposa se ensanchó y Charles se alegró, pues era lo que perseguía. Había notado en sus ojos que algo la disgustaba.
—¿Qué es lo que te preocupa, Eloise?
Ella sintió un alivio inmediato ante esa pregunta, pues llevaba una carga desde hacía un tiempo y no había sabido cómo encarar el asunto con su esposo.
—Arabella.
Charles frunció el ceño al pensar en su pequeña hija. Contaba solo diez años, pero ya traía de cabeza a sus hermanos y había encandilado a todo el personal de servicio de Westmount Hall con su sonrisa mellada.
—¿Hay algún problema?
—Nos hemos vuelto a quedar sin institutriz.
El duque cerró los ojos mientras sus dedos acariciaban tranquilizadores la suave nuca de su esposa.
Era la tercera institutriz que los abandonaba en cuatro años. Sus hijos varones habían sido revoltosos e inquietos, como todos los muchachos a su edad, pero se habían sometido a la disciplina de sus preceptores. Arabella, en cambio, era una niña tranquila y dulce. El único problema consistía en que se negaba a aprender las tareas propias de una dama.
Antes de que sus hermanos se fueran al colegio, ella los seguía a todas partes y los emulaba en todo lo que hacían. Se llevaban una diferencia de ocho años, por lo que ellos la consideraban como su juguete o, como la había nombrado James, el mayor de los hermanos, su aprendiz. Le habían enseñado a pescar, a subirse a los árboles, y algunas palabras poco adecuadas para ser pronunciadas por una dama; pero también le enseñaron a leer y le contaron las historias de batallas sangrientas que ellos aprendían de sus maestros. La consecuencia de ello había sido que bordar o tocar el piano se le antojaban a Arabella cosas aburridas. La única cosa que parecía gustarle de verdad era la pintura.
El duque meditó un momento su respuesta, aunque ya llevaba tiempo dándole vueltas. Tenían que admitir que Arabella no era una muchacha corriente. A su corta edad había leído casi más libros que sus hermanos; estaba aprendiendo cuatro idiomas, incluido el griego antiguo; y le encantaba citar a los filósofos cuando defendía sus argumentos en situaciones como, por ejemplo, por qué tenía que comerse ella el último trozo de pastel.
—Eloise, creo que debemos dejar que Arabella sea ella misma —le dijo finalmente—. Podemos contratar una institutriz cualificada, que tenga los conocimientos de un preceptor, o incluso contratar al antiguo preceptor de sus hermanos. Ella es una niña inteligente y…
—¡Pero es que quiere aprender también esgrima! —le interrumpió su esposa al tiempo que levantaba la cabeza para mirarlo a los ojos.
En ellos, Charles vio una deliciosa mezcla de confusión y escándalo, y sonrió.
—No sé si esgrima, pero sí creo que es bueno que nuestra Arabella sepa defenderse. Como hija de duques, es muy probable que se vea asediada por múltiples pretendientes, y no siempre nos tendrá a nosotros o a sus hermanos para defenderla.
—¡No pretenderás que aprenda a boxear!
El duque soltó una carcajada ante la ingenuidad de su esposa.
—Por supuesto que no, querida. Me refiero a que una mente bien formada sabrá descubrir las trampas que se hallan en la sutileza del lenguaje y de las palabras engañosas —le explicó.
—Pero ¿qué va a pasar con su matrimonio?
—¿Su matrimonio? —repitió el duque ligeramente confundido.
—Sí, ¿quién querrá casarse con una mujer que tenga la cabeza tan llena de… de…?
—…conocimientos —suplió su esposo con un suspiro. Sabía que la buena sociedad podía cortar en dos la reputación de una persona con la precisión de un carnicero—. Si la apoyamos, si la aceptamos como es, haremos que crezca segura de sí misma. Eso, y el amor de su familia, la sostendrán. De todas formas, ¿quién se atreverá a rechazar a la hija de un duque que es, además, ahijada de la duquesa de Portland?
Lady Eloise sonrió confiada ante el porvenir de Arabella.
Capítulo 1
Londres, 1768
Los hermanos Marston quitaban el aliento.
Solo hacía falta que los trillizos entrasen durante un baile en uno de los salones de la alta sociedad para que un coro de suspiros femeninos levantase una suave brisa en dicho lugar. Entonces, las damas más maduras se sonrojaban, las jóvenes casaderas tendían a desmayarse, y las viudas más atrevidas acomodaban mejor sus vestidos para mostrar un poco más de sus encantos.
Ese revuelo general que se organizaba tenía su razón de ser en la apostura de los tres jóvenes, en la inmensa fortuna que poseían y en el hecho de que, a sus veintiocho años, seguían solteros, lo que los colocaba en el punto de mira de muchas matronas que se hallaban a la caza de un esposo adecuado para sus hijas.
Altos, con cuerpos cincelados a imagen de los antiguos dioses nórdicos, de espeso cabello rubio ondulado y ojos color aguamarina, eran el sueño de cualquier mujer. James, el más bajo de los tres con su metro ochenta, era quien había nacido primero y el que ostentaba por tanto el título de Marqués de Blackbourne; le seguían Edward y Robert.
Los tres poseían el rostro de un ángel y un cuerpo que podía tentar al mismísimo demonio, si este fuera mujer. Por eso nadie comprendía qué había podido suceder para que la única hermana de este trio de magníficos especímenes masculinos, fuese tan… corriente. Nadie se lo explicaba, ni siquiera los duques, sus propios padres, quienes se habían preguntado muchas veces en qué habían fallado, puesto que la duquesa había sido una belleza en su tiempo —y sin duda alguna seguía siéndolo—, y el duque, a sus casi sesenta años, todavía levantaba suspiros. Así pues, el hecho de que lady Arabella Marston no alcanzase el metro sesenta y cinco, tuviese el largo cabello ondulado castaño y los ojos de un color indefinido, entre marrón y dorado, fue motivo de muchas conversaciones cuando la joven se presentó en sociedad por primera vez, y continuaba siéndolo, dos años después, cada vez que daba inicio la Temporada.
Arabella había aprendido a pasar por alto los murmullos que se extendían allá por donde pasaba. Adoraba a sus hermanos y ellos, a su vez, la adoraban a ella, y la protegían, a juicio de Arabella, en exceso. No les envidiaba su belleza, al menos ya no. Lo había hecho de adolescente, hasta que un día había madurado y se había dado cuenta de que la belleza no lo era todo en la vida; mucho más valiosa era la inteligencia, de la que ella poseía una abundante dosis.
Y en ello radicaba precisamente su gran problema, pensó Arabella mientras contemplaba a las parejas que se movían al ritmo de la delicada música a través del salón. Las mujeres lucían espléndidos vestidos de satén y seda, y sus joyas lanzaban luminosos destellos mientras giraban sobre la pista acompañadas de caballeros enfundados en elegantes trajes hechos a medida.
Caminó bordeando la pista mientras se abanicaba con suavidad y saludaba aquí y allá a sus conocidos con una leve inclinación de cabeza. Su rostro manifestaba ese punto justo de indiferencia y hastío que debían mostrar las damas, y que tan de moda estaba, aunque en su caso no necesitaba fingir demasiado. La verdad era que, otra vez, se encontraba aburrida. No es que no le gustara bailar, de hecho, le encantaba, pero despreciaba las conversaciones superficiales y los maliciosos chismorreos que acompañaban a tal ejercicio. Cuando un caballero la interrogaba sobre el clima, ella a su vez le preguntaba qué opinaba de tal o cual cuestión política, o sobre filosofía o literatura, tal como hablaría con uno de sus hermanos. El resultado de esa conducta había sido una notable disminución, por no decir una real ausencia, de nombres en su carné de baile, por no hablar ya de sus inexistentes pretendientes.
Dejó escapar un suspiro pesaroso y se detuvo junto a una de las hermosas columnas de mármol que rodeaban la pista de baile formando un perfecto hexágono. La duquesa le había recomendado que cambiase su conducta, al menos hasta que hubiera logrado pescar un marido —y había usado precisamente esa palabra, a pesar de ser toda una dama, signo inequívoco de la alteración que le provocaba el estado de soltería de su hija—, después, había añadido, podría volver a ser ella misma; el duque solo había gruñido, lo que podía interpretarse como que estaba de acuerdo con su esposa. Dado que ella se había opuesto a seguir esa táctica, sus padres, con la participación renuente de sus hermanos, habían decidido buscarle un marido adecuado, y habían comenzado a presentarle a todos los estudiosos e intelectuales que conocían, desde los veinticinco hasta los sesenta años.
Cerró el abanico y las varillas crujieron cuando lo apretó con fuerza al ver que su madre se dirigía hacia ella arrastrando tras de sí a lord Mandeville. El joven vizconde, tímido, de figura espigada y hombros encorvados, con el cabello oscuro siempre desordenado cayéndole en bucles sobre la frente y unos pequeños anteojos que se deslizaban constantemente por su nariz a pesar de la envergadura de esta, resultaba un auténtico aburrimiento. Era un erudito, y con seguridad le hubiera agradado conversar con él si no fuera por el constante tartamudeo que lo asaltaba, junto con un notable rubor, cada vez que se acercaba a ella. Después de varios frustrantes intentos por entablar conversación, al final el joven optaba por no emitir sonido y dedicarse a contemplarla con semblante arrobado. Arabella sabía que su actitud no se debía a un tributo a su belleza física, sino a su intelecto, y aunque quería que un posible marido apreciase sus dotes intelectuales y la valorase por ello, también quería que la desease y que la mirase como los hombres miraban a su prima Victoria.
Ocultó su irritación tras una cortés sonrisa cuando la duquesa y su remolque llegaron a su lado.
—Arabella, querida, te traigo al pobre lord Mandeville que andaba desesperado buscándote porque quería hacerte una pregunta.
Y tras esa declaración, le dedicó una sonrisa despreocupada y se marchó con una expresión triunfante en el rostro. El joven hizo una torpe reverencia y enrojeció. Arabella observó fascinada la tonalidad de rojo que alcanzaban sus orejas y se preguntó si comenzarían a echar humo.
—Mi… milady —comenzó a tartamudear el vizconde.
Ella esperó con paciencia la pregunta a la que se había referido su madre, pero esta nunca llegó. Después de unos silenciosos minutos, y sintiéndose incómoda ante la mirada de adoración del joven, desvió la vista de nuevo hacia la pista de baile con la convicción de que, si lo ignoraba, el vizconde se marcharía.
Mientras observaba los giros que efectuaban las parejas al ritmo de una contradanza, pensó que, si tuviera que pintar un cuadro para inmortalizar ese momento, elegiría mariposas. Múltiples mariposas de alas coloridas y suaves como las finísimas sedas de aquellos vestidos. O tal vez, pensó al escuchar los agonizantes murmullos que le llegaban procedentes de las matronas, podría dibujar un floreciente gallinero, con gallinas emperifolladas con extravagantes plumas multicolores.
Una voz musical llegó a sus oídos al mismo tiempo que alguien enlazaba su brazo y tiraba de ella.
—Lord Mandeville, me temo que tengo que robarle a mi prima unos minutos por una cuestión femenina —le dijo Victoria dedicándole al vizconde una luminosa sonrisa llena de coquetería.
El joven se sonrojó aún más, si es que esto era posible.
—Po… por su… supues…
Antes de que llegase a terminar siquiera, Victoria ya había arrastrado a Arabella a la otra punta del salón.
—Pensé que necesitabas que alguien te rescatase —declaró su prima con un tono de sincera compasión.
—Acertaste —le aseguró Arabella sonriéndole agradecida—. No tengo nada en contra de lord Mandeville, pero es tan…
—…aburrido —completó Victoria con una sonrisa. Luego frunció el entrecejo en un gesto que no menguaba en nada su belleza—. No comprendo a tu madre, la verdad. ¿Por qué se empeña en buscarte parejas tan inadecuadas?
Arabella se encogió de hombros con delicadeza.
—Supongo que, como cualquier madre, desea verme felizmente casada, y como tal vez no hay ninguna pareja adecuada para mí…
—No digas eso —le regañó su prima—. Tú eres una mujer hermosa.
Con un gesto que demostraba su incredulidad ante la afirmación, Arabella miró fijamente a su prima. Victoria atraía la mirada de los hombres allá por donde pasaba. Aunque solo medía cinco centímetros más que ella, su figura voluptuosa de cintura estrecha y abundante pecho despertaba la envidia femenina y los instintos depredadores del género masculino. Además, su cabello cobrizo con espesos bucles era el marco perfecto para su tez marfileña y unos preciosos y vivaces ojos verdes. Podría haberse sentido envidiosa de su prima, pero Arabella no había conocido nunca a nadie tan poco vanidosa como Victoria, ni tan leal.
El cariño que se profesaban había nacido desde muy temprana edad. Tras el fallecimiento de su madre, el padre de Victoria la había dejado con frecuencia en casa de los duques para que la niña no sintiese tanto la ausencia de la figura materna. Allí, en las muchas tardes transcurridas en el cuarto infantil bajo la vigilante mirada de las niñeras, se fraguó una amistad que había superado las pruebas del tiempo y de la adolescencia.
Ante la mirada de incredulidad que le dirigió Arabella, Victoria chasqueó la lengua.
—Eres hermosa —le aseguró con firmeza; luego añadió con un guiño—: algo rara, pero hermosa. Tu belleza es profunda, de esa clase que va subiendo poco a poco a la superficie con cada nueva mirada.
Arabella arqueó sus dos perfectas cejas y luego las dos estallaron en carcajadas. Muchas miradas masculinas se volvieron hacia ellas al escuchar el cristalino sonido de sus risas.
—Eres única para hacerme sentir mejor, Vic —le agradeció mientras se enjugaba las lágrimas de los ojos.
Victoria tiró de su brazo y continuaron su tranquilo paseo alrededor de la pista de baile dirigiendo, de vez en cuando, leves inclinaciones de cabeza a sus conocidos.
—Lo digo en serio, Arabella —prosiguió después de haber intercambiado un saludo con dos de las matronas más cotillas de Londres—, no comprendo a tu familia. A mis tíos ya los conozco, pero ¿y tus hermanos? Ellos saben de muchos caballeros que pueden ser partidos adecuados.
—¿Mis hermanos? —repuso con una sonrisa burlona mientras señalaba con la cabeza a un grupo de caballeros situado a un lado del salón y entre los que descollaba la rubia cabeza de uno de los trillizos—, ¿te refieres a esos tres atractivos hombres cuyos amigos son todos unos encantadores sinvergüenzas, mujeriegos y jugadores?
Victoria observó a su primo mientras este se reía a carcajadas con alguna de las bromas procaces que habría hecho alguno de sus compañeros y frunció el ceño. Como si hubiese notado su mirada, él se volvió y clavó en ella sus preciosos ojos aguamarina; se excusó con sus amigos y se dirigió a su encuentro. Cuando habló, su voz grave y seductora envió escalofríos a su columna.
—¿Qué pasa con los caballeros de este salón que no están haciendo cola para sacar a estas dos bellas damas a bailar? —les dijo con una sonrisa cautivadora—, ¿acaso están ciegos?
Arabella le dio un golpecito suave en el brazo con el abanico.
—No seas tonto, James —lo reprendió.
—¿Te estás divirtiendo, hermanita?
—Sabes bien que cuando mamá anda cerca de mí en cualquier acto social, no puedo divertirme —repuso mientras esbozaba una mueca de disgusto—. La quiero mucho, pero ese afán por encontrarme un pretendiente va a terminar por volverme loca.
Él le dirigió una sonrisa socarrona.
—No desesperes, hermanita, seguro que hay un hombre adecuado para ti en alguna parte.
—Mientras no sea entre tus amigos —comentó Victoria entre dientes.
James alzó una de sus rubias cejas y clavó la mirada en su prima.
—Perdona, ¿qué has dicho?
Victoria apretó los labios con disgusto.
—James…
Él levantó la mano para detener el torrente de reproches que sabía saldría de su boca.
—Ahora no, Vic, ni siquiera me he tomado una copa todavía —se quejó—. Necesito al menos tres o cuatro antes de poder escucharte.
Sonrió cuando vio el fuego arder en los ojos esmeralda de Victoria. Su prima estaba preciosa esa noche. Llevaba un vestido de seda verde con bordados plateados y mangas abullonadas; bajo la sobrefalda asomaba una falda plateada a juego con el ajustado corpiño de escote cuadrado que mostraba la blanca cremosidad de sus senos. Su abundante cabellera rojiza estaba recogida en un moño alto que parecía querer derrumbarse de un momento al otro. Unos tirabuzones enmarcaban su precioso rostro.
—Eres un grosero, James Marston —le espetó con furia.
—Como siempre, a tu servicio, prima —repuso él burlón mientras efectuaba una elegante reverencia.
Arabella puso los ojos en blanco y se apresuró a detenerlos antes de que se enzarzasen en una de sus famosas disputas. A James le encantaba molestar a Victoria, y a su prima se le había metido en la cabeza la idea de enderezar el camino de James para lograr que fuese el heredero perfecto.
—Victoria, mira qué caballero tan apuesto —comentó ante el interés suscitado por la entrada de un hombre en el salón—. ¿Quién será?
Una extraña sensación se aposentó en su estómago mientras observaba la imponente figura masculina que emanaba un oscuro atractivo.
Su prima se volvió a mirarla con interés olvidándose de James por el momento.
—Nunca te habías fijado en la apostura de un caballero —le aseguró al tiempo que le dirigía una sonrisa cómplice.
Arabella dejó escapar un resoplido algo impropio de una dama.
—Por supuesto que lo he hecho —la contradijo—, no estoy ciega. Lo que pasa es que no suelo comentar mis impresiones en voz alta.
—Ya, ya.
—Bueno, eso da igual ahora, ¿sabes quién es? —se interesó de nuevo para evitar que su prima continuase con el tema, aunque no podía evitar que, como un imán, su mirada se viese atraída una y otra vez hacia el hombre.
Su hermano y Victoria dirigieron también sus miradas hacia el recién llegado, que acababa de saludar a los anfitriones y observaba en ese instante a su alrededor, sin duda para ver si había en el salón algún conocido. Sus ojos se detuvieron sobre James y le dirigió una leve inclinación de cabeza que él correspondió.
—Ese es Alexander Harvey, conde de Thornway.
—¿Lo conoces? —le preguntó Arabella. Con el pulso acelerado, observó al hombre abrirse camino hacia ellos.
Vestía completamente de negro excepto por la camisa y la corbata, de un blanco níveo, que llevaba anudada con sencillez y adornada con un alfiler cuya cabeza estaba coronada por una piedra de ónix. El traje se amoldaba a su musculoso cuerpo como si estuviese hecho a medida. A Arabella le recordó a una de esas panteras negras que había visto una vez en el museo. Su cabello, atado en una coleta, también era negro y se enroscaba rebelde alrededor de su cabeza en una profusión de ondas desaliñadas que le daban un aspecto como de recién levantado de la cama. Su rostro bronceado proclamaba las muchas horas expuesto al sol.
—Sí —le contestó su hermano al tiempo que asentía con la cabeza—. Estudiamos juntos en Eton, aunque luego dejó Inglaterra y se marchó a Italia, creo. Acaba de regresar.
Cuando el conde llegó hasta ellos, esbozó una amplia sonrisa de dientes blanquísimos, lo que provocó el nacimiento de un hoyuelo en su mejilla. Arabella sintió que perdía el aliento. Lo miró con fijeza y su estómago comenzó a ejecutar una serie de extrañas acrobacias. El hombre tenía los ojos verdes más hermosos que había visto nunca. Los dedos empezaron a hormiguearle y sintió la urgencia de coger sus pinceles y retratarlo. Su cuerpo parecía fuerte y musculoso, y Arabella se preguntó si se asemejaría al de las esculturas griegas que había visto en los libros. Imaginarse al hombre sin ropa hizo que se sonrojara.
Se obligó a apartar la vista del conde, que no prestó atención a ninguna de las dos mujeres, y a aparentar indiferencia mientras este se dirigía a su hermano.
—James, me alegro de verte —lo saludó mientras extendía una mano que el otro se apresuró a estrechar.
—Lo mismo digo —repuso este con una sonrisa—. Espero que hayas vuelto para quedarte; necesitamos sangre nueva en el grupo, estamos empezando a aburrirnos.
Un bufido poco elegante hizo que la mirada del conde se dirigiera hacia la autora del mismo. El corazón de Arabella se saltó un latido cuando se vio observada con interés por esos ojos verdes. James le lanzó una mirada admonitoria antes de hacer las presentaciones.
—Alex, te presento a mi hermana, lady Arabella Marston. Arabella, este es lord Thornway.
—Encantada, milord.
Se sintió orgullosa de que no le temblase la mano. Él se la tomó con delicadeza y la llevó a sus labios mientras la contemplaba con tal intensidad que Arabella comenzó a temblar.
—El placer es todo mío, milady —repuso dedicándole una deslumbrante sonrisa.
«Debería estar prohibido sonreír así», pensó Arabella mientras se apresuraba a retirar su mano de aquella grande y morena que aún la sostenía. Seguramente también debería prohibirle hablar, porque el tono del hombre era suave como miel caliente y provocaba reacciones extrañas en ella. Frunció el ceño cuando vio que hasta su prima caía también bajo su embrujo cuando James los presentó.
Victoria sonreía traviesa mientras él la galanteaba con lo que Arabella consideraba frases manidas, falsas verdades adornadas con pomposidad para embaucar a jóvenes inocentes. Claro que su prima no era ninguna inocente, conocía todos los trucos que usaban los libertinos —esa enseñanza era cortesía de sus tres hermanos que las habían aleccionado a las dos para no dejarse engañar—; entonces, ¿por qué se dejaba envolver en las pegajosas redes de su palabrería? No podía negar que el conde era oscuramente atractivo, pero por lo que podía ver del intercambio entre el conde y su prima, se trataba de otra mente superficial en un cuerpo artísticamente hermoso.
«¿Qué color debería usar para reproducir el tono de su piel?», se preguntó. «¿Todo su cuerpo estará igual de bronceado?».
—¿Le disgusta algo, lady Arabella? —la interrogó él al ver que fruncía el ceño.
Ella sacudió la cabeza para salir de su ensoñación y se excusó.
—Discúlpeme, milord, estaba distraída —repuso sonrojándose por la causa de su distracción.
Él esbozó una media sonrisa burlona, como si conociese sus pensamientos. Eso la molestó. ¿Acaso creía que era su apostura lo que había desviado su concentración?
—Asno vanidoso y arrogante —murmuró entre dientes para sí misma.
—Ven, Alex —interrumpió James—, dejemos que las damas sigan disfrutando del baile mientras saludas a los viejos conocidos y te presento a algunos nuevos.
—Con su permiso, bellas damas.
Se inclinó levemente en una reverencia, que destacó la anchura de sus hombros, y siguió a James.
Arabella apenas tuvo tiempo de apartar la amplia falda de su vestido de seda azul para que el conde no tropezase con ella. Cuando pasó a su lado, el conde se inclinó con disimulo y ella lo oyó rebuznar con suavidad. El rubor inundó su rostro al percatarse de que él la había escuchado insultarlo; sin embargo, no pudo controlar la burbujeante carcajada que escapó a continuación de su garganta.
Capítulo 2
Recostado con indolencia contra una de las columnas de mármol blanco que adornaban el salón de baile, Alex observaba con atención a los miembros de la alta sociedad. La multitud de colores que se deslizaba ante sus ojos, como mariposas que agitaban sus alas entre los nubarrones de negros y grises de los trajes de los caballeros, le recordaba a las innumerables veladas a las que había asistido cuando vivía en Italia. Y seguía gustándole tan poco como entonces.
Desde que había llegado al baile, cuatro viudas le habían insinuado que estaban disponibles para iniciar una aventura; había soportado la insustancial charla de aburridas matronas que intentaban sondear a cuánto ascendía el monto de la fortuna de los Thornway; y había recuperado antiguas amistades mientras aguantaba interminables rondas de chistes malos y de conversaciones sobre caballos y mujeres, en ese orden.
Se apretó el puente de la nariz con fuerza y deseó estar en cualquier otra parte en ese momento, pero no podía marcharse. Esa era la primera fiesta oficial a la que asistía después de varios años de ausencia de Inglaterra y necesitaba tomar su lugar en la sociedad. Necesitaba que el nombre de su padre quedase sepultado bajo capas de olvido para que nadie comparase al viejo conde con el actual. Él no era como su padre, ni nunca lo sería, por mucho que se hubiese empeñado en modelarlo a su imagen y semejanza a fuerza de golpes y castigos.
El viejo había sido un vividor. Lo único que le había preocupado habían sido las mujeres, el juego y la bebida, y no le había importado destrozar el corazón de su madre mientras él se dedicaba a buscar su propio placer y a derrochar la fortuna familiar. Al final, su padre había ido demasiado lejos. Acosado por las deudas de juego, había acudido a la gente equivocada. Su vida había terminado abruptamente con lo que la policía había catalogado como un «trágico accidente». Su madre había recibido la noticia con gran entereza y, suponía, también con una gran dosis de alivio, al igual que él. Sin embargo, todo se volvió un maldito incordio cuando los acreedores acudieron a su puerta para el pago de las deudas. Tuvo que vender todas las propiedades que no se encontraban ligadas al título e incluso algunas de las joyas de su madre. Con lo poco que les quedó, se marcharon a Italia, a Roma, ciudad donde su madre había nacido y donde todavía residían algunos de sus familiares. Alex tenía entonces veinte años.
En ese momento se encontraba de vuelta en Inglaterra, con diez años más y una inmensa fortuna que había logrado a base de duro trabajo y de inversiones acertadas. No quería ni necesitaba una esposa, aunque todas las matronas de Londres pareciesen pensar lo contrario. Su único objetivo era devolver su esplendor a Thornway Hall, la mansión familiar, y restaurar el buen nombre de la familia que su padre se había encargado de enlodar con tanto ahínco.
Alguien se colocó a su lado interrumpiendo así sus pensamientos.
—De veras me alegra que hayas vuelto, Alex —le dijo James mientras le palmeaba el hombro—. Necesitábamos sangre nueva por aquí.
Una de las comisuras de la boca de Alex se curvó en un esbozo de sonrisa.
—No he visto que os lo pasarais mal —repuso con tono burlón.
Le caía bien James. Lo había conocido en Eton, cuando ambos eran estudiantes, y habían pasado muchas horas juntos, tanto estudiando como metiéndose en líos cuando salían de juerga. Sabía que le gustaba el juego, la bebida y las mujeres, pero, a diferencia de su padre, James tenía autocontrol y respeto por sí mismo y por su familia. Nunca deshonraría el apellido familiar.
—¿Cómo está tu madre? ¿Ha venido contigo o se ha quedado en Roma?
James era de los pocos que conocían el verdadero motivo de su partida de Londres: la pobreza a la que los había condenado su padre; para el resto de la sociedad, su madre y él habían decidido viajar por el continente para recuperarse de la pena causada por la desaparición de un ser querido. Por mucho que todo el mundo reconociese la reputación de su padre, nadie puso en duda esa razón. La alta sociedad inglesa esperaba, y exigía, que las mujeres fuesen fieles amantes de sus maridos, aunque estos mismos no lo fueran.
—Se quedará allí, al menos hasta que haya arreglado Thornway Hall. Mi madre siempre ha preferido vivir en el campo.
James asintió.
—¿Y la casa de Londres?
—La he vendido —respondió. De hecho, la hubiese destruido con sus propias manos si hubiera sido una idea razonable. No lo era, así que se había deshecho de ella sin importarle el precio. No quería volver a pisar aquella vieja mansión que tantos recuerdos aciagos despertaba en su interior—. He alquilado una mansión en Mayfair.
—Entonces, ¿supongo que te ha ido bien?
—Sí.
No iba a contarle que el orgullo había impedido a su madre presentarse como una mendiga ante la casa de sus padres, y que él había tenido que destrozarse las manos y la espalda cargando bultos en los muelles de Ostia hasta que había reunido algo de dinero para invertir. Casi dos años había tardado su madre en decidir que podía tocar a la puerta de su familia sin avergonzarse.
—Mañana por la mañana, algunos de nosotros iremos a Tattersall’s —le comentó James cambiando de tema—. Si te interesa adquirir una montura, estaremos encantados de que te unas a nosotros.
—¿Tattersall’s? —repitió perplejo.
—Es una casa de subastas de caballos, al sudeste de Hyde Park. Tiene los mejores sementales de Londres —le explicó James entusiasmado.
—¿Quién lo dirige?
—No lo conoces. Hace dos años lo abrió Richard Tattersall, uno de los mozos de cuadra del duque de Kingston.
Alex alzó una ceja y esbozó una sonrisa burlona.
—¿Un mozo de cuadra?
Él se encogió de hombros con indiferencia.
—A la alta sociedad no le importan las clases sociales mientras se trate de buenos caballos, y te aseguro que estos son los mejores. Si vienes mañana podrás comprobarlo por ti mismo; luego, podemos pasar por el club. A todos les encantará tenerte de vuelta.
Alex inclinó la cabeza en señal de agradecimiento.
—Puede ser que lo haga.
—Y si te interesa otro tipo de montura —continuó mientras esbozaba una sonrisa socarrona—, hay material interesante por aquí. Puedo recomendarte alguna dama, a menos, claro, que estés pensando en matrimonio —añadió como si la idea se le hubiese ocurrido de pronto.
Él negó con la cabeza.
—No estoy interesado en casarme, y de lo otro, puedo ocuparme yo solito —replicó con tono burlón mientras dirigía de nuevo la mirada sobre la pista de baile.
Entre las parejas que danzaban, atisbó un destello de color rojizo. Observó con deleite la voluptuosa figura de lady Victoria Cavendish; ciertamente suponía un regalo para la vista. Los ojos masculinos la seguían cuando pasaba, dedicándole miradas de apreciación y algunas otras cargadas de lujuria, lo que provocó que algunos perdiesen el compás, para disgusto de sus compañeras. Él había apreciado la belleza de su rostro y la perfección de sus rasgos cuando se la habían presentado, pero en sus ojos verdes había percibido también un fuego que no ardía precisamente por él, aunque podía apostar contra sí mismo, sin temor a perder, que aquel a quien iba dirigido, ni siquiera se había percatado.
—Yo que tú no pondría los ojos en ella —le aconsejó James cuando advirtió la dirección de su mirada.
Alex alzó una de sus cejas negras a modo de interrogación.
—¿Y eso por qué? ¿Acaso la reservas para ti?
—Te recuerdo que Victoria es mi prima, Thornway, y que es una joven inocente —replicó con el ceño fruncido—. Está vedada para libertinos como tú y como yo.
Alex se tensó al ver que lo incluía en esa categoría, pero controló su temperamento.
—Se me puede permitir al menos un ligero coqueteo, ¿no? —preguntó con ligereza.
El ceño de James desapareció y fue sustituido por una sonrisa de autocomplacencia.
—Puedes intentarlo, pero te garantizo que esa rosa tan bella posee innumerables espinas, largas y afiladas espinas.
La sonrisa lenta y perezosa de Alex le hizo saber que no le importaba en lo más mínimo. James soltó una carcajada.
—Allá tú —le dijo antes de darle una palmada en la espalda y alejarse en busca de sus amigos.
Los bailarines ejecutaron unos ligeros pasos uniendo sus manos, y luego se separaron. En ese momento, él divisó, justo al otro extremo del salón, la figura menuda de lady Arabella Marston. Una sonrisa pícara asomó a sus labios al recordar la contagiosa carcajada de la dama cuando él había pasado a su lado y había rebuznado, haciéndole ver así que había oído su comentario sobre él.
La joven lo había sorprendido, ya que en nada se parecía a sus hermanos. No era solo a causa de su escasa altura. Mientras que ellos tenían el cabello dorado y los ojos de un color verdeazulado, los suyos tenían el color del whisky añejo, y su cabello la tonalidad del chocolate más suave. Sus labios carnosos se habían fruncido en un delicioso mohín de disgusto cuando él la había galanteado, demostrando así que no se asemejaba al resto de las damas, frívolas y coquetas. También le había gustado su sentido del humor.
Alex se movió hacia otra columna para obtener una mejor visión de la dama. En ese momento se encontraba acompañada por un joven caballero que la miraba embelesado cada vez que la joven le dedicaba una sonrisa. Se preguntó por qué se dedicaba a conversar con ella cuando podía tenerla entre sus brazos mientras danzaban por la pista de baile. Tal vez a lady Arabella le disgustaba bailar. Desechó la idea enseguida cuando se fijó que uno de los delicados pies de la dama, enfundado en una zapatilla de satén, se movía por debajo de la voluminosa falda al compás de la rápida contradanza que los músicos tocaban en ese momento.
Arabella pensaba en ese instante lo mismo. Se preguntaba por qué el vizconde de Mandeville no dejaba sus aburridas disertaciones sobre la vida de las libélulas rojas y otros insectos, y la invitaba a bailar. Se moría de ganas de pisar la pista, aunque fuese solo una única vez. Era un hecho, reconoció. Su situación en las fiestas y veladas se volvía cada vez más insoportable y bochornosa. Tal vez sí que debería hacer caso a su madre y conversar solo de temas superficiales con los caballeros, para tener al menos una pareja de baile. Contuvo un suspiro de pesar al caer en la cuenta de que ni siquiera sabía bien cómo coquetear. Quizás debería pedirle a Victoria que le enseñase a hacerlo, de otro modo se arriesgaba a pasar el resto de las veladas de la temporada como un florero.
Aunque no tenía intenciones de casarse, sí que le habría gustado que la cortejase un caballero o que algún hombre le dedicase una de esas miradas que, según le había dicho su prima, encogían los dedos de los pies; pero, sobre todo, deseaba experimentar el sabor de un beso auténtico. ¿Cómo sería ser besada por un hombre como lord Thornway?, se preguntó. Nunca la habían besado y, aunque consideraba que la pintura era su verdadero amor, sentía curiosidad por conocer algo más de ese mundo oscuro y misterioso que suponía la intimidad entre un hombre y una mujer.
Hizo a un lado estos pensamientos de autocompasión cuando la titubeante voz del vizconde penetró de nuevo en su conciencia.
—…¿está de acu… cuerdo? —preguntó mirándola con ansiedad.
Arabella plegó el abanico con el que había estado abanicándose hasta ese momento y tratando de ocultar algún que otro bostezo. Se había perdido casi todo el monólogo, pero no quería decepcionar al hombre.
—Por supuesto, lord Mandeville —respondió, y dedicó al joven una amable sonrisa.
—¿De ve… verdad?
La mirada de esperanza y de asombro que nublaba los ojos del vizconde le produjo un escalofrío. «Dios mío, ¿no se le habrá ocurrido pedirme matrimonio?», pensó horrorizada. No sabía cómo salir de ese lío. No podía decirle: «Lo siento, milord. No he escuchado nada de lo que me ha dicho, ¿podría repetirlo, por favor?». ¿Qué podía hacer? Titubeó un momento, pero antes de que pudiera hablar, una voz grave y risueña los interrumpió.
—Discúlpeme, lord Mandeville, pero me parece que lady Arabella no podrá acompañarlo al jardín para ver las luciérnagas —declaró Alex con seriedad—. Me había prometido la siguiente pieza, ¿no es así?
¿Ver las luciérnagas? ¿Eso era lo que ella había aceptado? Miró perpleja a su salvador. Cuando vio el brillo chispeante de humor en sus ojos, se mordió el labio inferior para no soltar una carcajada.
Alex notó el gesto y el estómago se le contrajo de placer mientras su corazón comenzaba a bombear más sangre hacia la parte inferior de su cuerpo que reclamaba atención.
—Me temo que tiene razón, lord Mandeville, lo había olvidado —se disculpó ella. Sintió que el rubor calentaba sus mejillas a causa de la mentira. Nunca había sido buena para mentir; su prima Victoria siempre había dicho que se le notaba en el rostro. En ese momento no le importó. No estaba dispuesta a soportar otra sesión escuchando las alabanzas de los insectos—. Quizás en otra ocasión.
Lamentó ver la decepción en los ojos del joven, pero se aferró al brazo que lord Thornway le había ofrecido como si fuese el único salvavidas en medio de un océano agitado y bravío.
Dejaron atrás al pobre vizconde y se sumergieron en el mar de bailarines que ocupaba la pista en espera de que sonaran los primeros acordes. La siguiente pieza era una contradanza.
Alex tomó una de las manos de la joven y colocó la otra con firmeza en la base de su espalda mientras se situaban frente a otra pareja. A Arabella le pareció que su propia mano desaparecía en el interior de aquella otra más fuerte y masculina, y el calor que emanaba de la que se apoyaba en la parte baja de su espalda le provocó un escalofrío. Inspiró hondo para controlar el nerviosismo que de pronto la había asaltado. Un agradable aroma a sándalo y a madera inundó sus fosas nasales alterando sus sentidos.
—Le agradezco mucho que me haya rescatado, milord —le dijo cuando pudo calmarse y comenzaron a sonar las primeras notas.
Alex tiró de ella con suavidad y comenzó a guiarla en los suaves vaivenes y los innumerables giros que componían los pasos del baile.
—¿En qué pensaba mientras su amigo componía odas a las luciérnagas? —le preguntó con voz risueña.
Arabella se sonrojó. Por supuesto no iba a decirle que había estado pensando en ser besada. Enderezó la columna y alzó la barbilla con gesto ofendido.
—Eso, milord, no es asunto suyo.
Él esbozó una sonrisa de medio lado, como si su reacción le resultase divertida. Luego la hizo girar con fuerza y ella tuvo que aferrarse a su hombro para no caerse. Una risa de excitación burbujeó en su garganta. Por fin se encontraba en la pista de baile y, además, entre los brazos de un hombre sumamente apuesto. Las mariposas volvieron a aletear en el interior de su estómago cuando vio el brillo risueño en las profundidades verdes de aquellos ojos que la contemplaban con fijeza.
—Me parece —dijo él cuando volvieron a deslizarse con suavidad por la pista— que tiende usted a distraerse con frecuencia.
El recuerdo de la excusa que ella le había dado cuando James los había presentado y se había perdido en ensoñaciones sobre cómo sería su cuerpo desnudo, hizo que se sonrojara de nuevo. Ese hombre la alteraba por completo.
—Es de muy mal gusto, milord, recordarle a una dama sus defectos —le señaló apretando los labios en un gesto de disgusto.
La mirada de Alex se concentró en esos labios rosados y carnosos, y sintió la tentación de besarlos lentamente para probar su sabor.
—Yo no encuentro ningún defecto en usted —le aseguró con tono seductor mientras sus ojos verdes recorrían su figura como una caricia.
Arabella sintió un estremecimiento en el estómago y notó cómo se le encogían los dedos de los pies, pero chasqueó la lengua con fastidio.
—Ahórrese las galanterías y las palabras huecas, milord —le espetó tratando de mostrar una indignación que estaba lejos de sentir—. Conozco el repertorio completo. Mis hermanos se encargaron de enseñármelo para que pudiese reconocer a un libertino en cualquier parte.
Alex se tensó. Odiaba esa maldita palabra y odiaba que se le catalogase bajo esa etiqueta. Él no era como su padre. Apretó la mandíbula y aprovechó la serie de giros que seguía para controlar su genio.
—¿Por qué piensa que soy un libertino?
Ella se encogió de hombros con delicadeza.
—¿Acaso no es amigo de mi hermano?
—Hace años que no nos veíamos.
—Además, es un hombre apuesto.
Alex sonrió ante la sencillez de la declaración y sus ojos brillaron con apreciación. Arabella sintió que la cabeza le daba vueltas cuando vio aparecer el hoyuelo en su mejilla. Le hormigueaban los dedos y quería ir en busca de sus pinceles para plasmar ese hermoso rostro en un lienzo. Usaría el verde inglés para sus ojos, el color de la arena dorada para su piel, y el de la noche más oscura para su pelo. Trazaría los rasgos firmes de su mentón, la perfección rectilínea de su nariz, los arcos ovalados de sus cejas, y ese hoyuelo hechicero y embaucador que hacía temblar su corazón.
—He conocido hombres poco agraciados que se juzgaban a sí mismos libertinos —rebatió él solo para provocarla—, y caballeros de reputación intachable por los que las damas suspiraban. Así pues, ¿en qué basa su juicio? ¿Tal vez en el comportamiento de algunos de sus numerosos pretendientes?
Arabella sintió sus palabras como una bofetada en el rostro y agachó la cabeza para que él no notase cuánto le había dolido su comentario. Sin embargo, Alex alcanzó a ver la expresión desolada en sus ojos y se preocupó. No sabía por qué, pero no deseaba verla triste, y menos por causa suya.
—Perdóneme si la he ofendido, lady Arabella —se disculpó inmediatamente—, no era mi intención hacerlo.
Ella percibió la sinceridad en su tono y alzó la cabeza. La preocupación que asomaba a sus ojos esmeralda la conmovió en lo más hondo. Se dio cuenta entonces de que él no podía saber que carecía de pretendientes.
—No se preocupe, no me ha ofendido —le aseguró mientras trataba de componer una sonrisa.
Él supo que mentía. Las emociones se manifestaban abiertamente en su rostro y en sus ojos expresivos. No había en ella falsedad, aunque a veces mostrase sus garras, y eso lo atraía.
Las últimas notas de música se perdieron en el aire y los bailarines se detuvieron. Alex acompañó a Arabella hasta el borde de la pista de baile y se inclinó levemente en una reverencia.
—Ha sido un verdadero placer, milady.
Ella le sonrió con nerviosismo bajo la intensidad de su mirada. Incapaz de responder, le devolvió las palabras con una sencilla inclinación de la cabeza. Luego dio media vuelta y se marchó en busca de su prima Victoria.
Alex la contempló con fijeza mientras se alejaba. Lo había sorprendido la punzada de ternura y el anhelo feroz de protección que habían brotado en su interior cuando había visto la vulnerabilidad y la tristeza en el rostro de la joven.
Le convenía mantenerse alejado de esa mujer, decidió.
Capítulo 3
Arabella regresó de su paseo matutino con el rostro sonrojado por el aire fresco de la mañana.
Le encantaba cabalgar por los caminos de Rotten Row a primera hora, cuando la mayoría de la aristocracia descansaba todavía de las veladas nocturnas y, por lo tanto, podía dar rienda suelta a su yegua Sherezade sin preocupaciones. A medio día y por la tarde, el parque era un hervidero de damas y caballeros que paseaban a caballo luciendo sus mejores galas con la esperanza de ver y ser vistos. Algunos preferían la comodidad de sus carruajes, que podían avanzar tranquilamente por el camino del sur abierto para ese propósito.
Rotten Row había sido construido a petición de Guillermo III a finales del siglo XVII. Habiendo cambiado su residencia a Kensington Palace, quiso tener un acceso seguro para viajar hasta el palacio de St. James, por lo que mandó crear la amplia avenida a través de Hyde Park iluminándola con unas trescientas lámparas de aceite para evitar que los salteadores de caminos se viesen tentados por la oscuridad a cometer fechorías. Con el tiempo, el parque se había vuelto muy popular entre la alta sociedad, aunque pocos lo usaban verdaderamente para cabalgar.
Arabella sonreía cuando el mayordomo, que llevaba con la familia más de treinta años, le abrió la puerta principal de la mansión situada en Hanover Square.
—Buenos días, Thompson —saludó con entusiasmo.
—Buenos días, milady.
—¿Su Excelencia se ha levantado ya?
—La duquesa se encuentra en este momento en el saloncito tomando su desayuno —respondió el impertérrito mayordomo mientras le recogía el sombrerito de copa, los guantes y la fusta.
—Gracias, Thompson —le dijo soplándole un beso mientras se encaminaba hacia el comedor del desayuno.
El mayordomo apretó los labios para contener la sonrisa que pugnaba por formarse en su boca.
La duquesa, sentada en el primoroso comedor frente a una humeante taza de té, repasaba las noticias de La Gaceta de Londres. Vestía un delicado negligé de color celeste que hacía juego con sus ojos.
—Buenos días, madre —saludó Arabella al entrar mientras se acercaba a depositar un beso en la tersa mejilla de la duquesa.
—Buenos días, querida —respondió esta sin levantar los ojos de la hoja que sostenía entre sus dedos cubiertos de anillos—. Te has levantado temprano esta mañana.
Arabella se acercó al aparador y se sirvió unas tostadas, un poco de queso tierno y un café.
—Madre, siempre me levanto temprano.
—Lo sé, cariño, pero como anoche la velada terminó tan tarde… Por cierto, ¿quién era ese joven tan agraciado con el que bailaste? Me parece que no lo conozco.
Arabella puso los ojos en blanco. Dado que solo había bailado una única vez en toda la noche con alguien que no fuera uno de sus hermanos, no tuvo duda de por quién preguntaba su madre. Por otro lado, ella no hubiese utilizado el adjetivo agraciado para definirlo. Apuesto, o diabólicamente atractivo, sí.
—Es lord Thornway, madre. Creo que acaba de regresar del extranjero.
Su madre levantó la mirada del periódico y frunció el ceño.
—¿Thornway? —repitió pensativa—. ¿De Thornway Hall?
Arabella se encogió de hombros.
—No sé, me parece recordar que es conde —respondió mientras se sentaba y se llevaba la tostada a la boca.
La duquesa asintió.
—Conocí a su madre, pobre mujer. Espero que el hijo no se parezca en nada al padre.
Arabella la miró con atención esperando que explicase su comentario. Tenía curiosidad por conocer más cosas sobre el conde, pero su madre había vuelto a concentrarse en el periódico y sabía que sería inútil esperar que continuara con la conversación. Las siguientes palabras de su madre confirmaron sus sospechas.
—No entiendo por qué lady Blackwell se empeña en vestir de rosa. Es un color que no le favorece en absoluto, ¿no piensas lo mismo, querida?
—Tienes razón, madre —convino ella con un suspiro de decepción mientras masticaba el último trozo de su tostada y se terminaba el café. El recuerdo de una profunda mirada verde la perseguía. Sacudió la cabeza. Tenía muchas cosas que hacer, y cuanto antes se marchase mejor.
—Arabella —la llamó su madre cuando esta se disponía a salir del comedor—, ¿vas a salir esta mañana?
—Sí, madre. He quedado con Victoria para ir de compras y también visitaré a Caroline.
La duquesa frunció el ceño.
—No entiendo por qué visitas tanto a esa Caroline, querida —le dijo en tono de reproche—; si quieres hacer obras de caridad hay otros lugares a los que podrías acudir.
—Madre, no la visito por caridad, ya lo sabes —repuso con paciencia mientras intentaba controlar el nerviosismo que la había invadido. No le gustaba mentirle a su madre, pero no podía hacer otra cosa—. Caroline es mi amiga.
La duquesa tomó un pequeño sorbo de su taza antes de responder. La exquisita porcelana china tintineó con suavidad al ser depositada en el plato.
—Pues no comprendo por qué nunca he oído hablar de ella. Ya sabes que conozco a todos los miembros de la alta sociedad. Deberías traerla un día aquí.
Arabella forzó una sonrisa, aunque el corazón se le había desbocado.
—Como ya te he comentado en alguna ocasión, madre, Caroline no puede salir de su casa, está enferma, por eso voy a visitarla —le explicó.
—Pues tal vez podría ir yo a visitarla —respondió con el rostro iluminado por una sonrisa ante la idea.
—¡No! —El gritó sobresaltó a la duquesa. Al ver el asombro y el desconcierto en el rostro de su madre, Arabella suavizó su tono—. Quiero decir que no es buena idea. A Caroline le disgusta mucho que las personas la vean en esa condición.
La duquesa pareció decepcionada.
—Oh, en ese caso, llévale recuerdos de mi parte.
—Lo haré, madre —la interrumpió Arabella deseosa de abandonar la sala antes de que a la duquesa se le ocurriese cualquier otra idea brillante.
Cerró la puerta y se apoyó en ella respirando hondo para calmarse. ¿Cuánto tiempo podría mantener su secreto?, se preguntó. Cuando el corazón dejó de latirle a toda velocidad, subió las imponentes escaleras de mármol hacia su dormitorio.
Nada más entrar se dirigió inmediatamente hacia las puertas del balcón que daba al jardín trasero de la mansión. Las abrió de par en par y dejó que el aire fresco y el tibio sol de la mañana inundasen la estancia. El dormitorio, amplio y elegante con su empapelado en tonos rosa y crema, constituía un refugio para su intimidad. Los muebles, de madera labrada y pintados de color marfil, se distribuían uniformemente por el espacioso lugar. La gigantesca cama con dosel ocupaba la pared central; en un lateral había un espejo sobre un tocador en el que descansaban algunos frascos de perfume y aceites, un cepillo para el pelo con mango de marfil y su joyero. Al otro lado de la estancia había un escritorio de madera pulida con una silla tapizada en brocado de seda beige, a juego con los cortinajes de los ventanales. Completaba el mobiliario un cómodo diván frente a la chimenea, en el que Arabella solía sentarse a leer en las frías noches de invierno, y un biombo tras el que se ocultaban los utensilios para satisfacer su higiene personal.
Arabella se descalzó y caminó en círculos por la habitación como si deseara abrir surcos en la hermosa alfombra Aubusson que cubría el suelo del dormitorio. No tenía sentido preocuparse, se dijo. Detuvo su frenético paseo e hizo sonar la campanilla para que acudiese su doncella. Necesitaba cambiarse de vestido si quería ir a casa de Caroline y llegar a tiempo a su cita con Victoria.
—¿Me llamaba, milady? —preguntó una muchacha asomando su rostro pecoso por la abertura de la puerta.
—Sí, Lucy, necesito que me ayudes a cambiarme de ropa —le explicó.
—¿Qué vestido desea ponerse? —inquirió la doncella al adentrarse en la estancia. Mientras se dirigía hacia el vestidor, se detuvo a recoger las botas de montar que Arabella había dejado tiradas descuidadamente sobre la alfombra.
—Es igual —contestó. Hizo un gesto que denotaba su indiferencia al respecto y se sentó sobre la cama—. Elige tú. Iremos a casa de Caroline y luego con Victoria.
—¿Le parece bien el amarillo con la chaquetilla dorada, milady?
—Sí, sí —repuso distraída mientras se retiraba las horquillas del cabello que cayó sobre su espalda como una cascada de suave y esponjoso chocolate—. La duquesa quería venir a conocer a Caroline.
Lucy se detuvo en la puerta del vestidor con sus ojos azules abiertos por el asombro y el vestido colgando de su mano como una marioneta sin hilos.
La doncella era la única que conocía su secreto, puesto que Arabella no podía salir de casa sin compañía. La primera vez que acudió a casa de Caroline tuvo que contárselo, pero Lucy era fiel y sabía que guardaría su secreto.
—¿Y qué hizo usted? —le preguntó.
Arabella compuso una mueca de disgusto.
—Tuve que mentirle.
—Ay, milady, haría mejor en decírselo a Su Excelencia —le aseguró. Dejó el vestido sobre la cama y comenzó a desabrochar la hilera de innumerables botoncillos que descendía por la espalda del traje de montar de Arabella hasta que pudo quitárselo—. Yo creo que ella lo entendería.
—No sé, Lucy, es… —titubeó sin saber cómo proseguir—. Mi madre solo quiere verme casada.
—No veo por qué no puede hacer las dos cosas a la vez —comentó la muchacha con sentido práctico.
—Porque no creo que mi marido me permitiese seguir adelante con ello —le explicó—; al menos no hasta donde quiero llegar yo. Tú conoces mi sueño.
Lucy asintió.
—Yo creo que si su marido la ama de verdad, se lo permitirá, y usted podrá realizar su sueño.
Arabella sonrió ante el convencimiento de la muchacha; sin embargo, sabía que las cosas no eran tan sencillas en la alta sociedad. A una dama se le pedía que fuese eso, solo una dama, y que se comportase como tal; pero ella quería ser algo más. Su gran pasión era la pintura. Siendo la más pequeña de los hermanos, y la única mujer, el duque había sido muy permisivo con ella no imponiéndole restricciones en su educación. Así había descubierto a los pintores del renacimiento y se había enamorado de sus obras. Deseaba pintar, no como el entretenimiento propio de una joven de buena cuna, sino como profesión; quería que sus obras se expusiesen y fuesen reconocidas. Estaba firmemente convencida de que su talento podía igualar al de cualquier pintor, y no pensaba rendirse solo por el hecho de ser mujer.
Dejó escapar un suspiro soñador y apresuró a su doncella.
—Hazme un recogido sencillo, Lucy. Quiero llegar a tiempo.
—Sí, milady.
Puesto que hacía una mañana deliciosa para caminar y su destino se hallaba tan solo a unos quince minutos de la mansión, Arabella, seguida por Lucy, disfrutó de su caminata hasta el Soho.
La casa de Caroline se hallaba en Soho Square. Hasta hacía pocos años, el Soho había sido uno de los barrios más elegantes de Londres; después, los miembros de la alta sociedad habían cambiado sus residencias a Mayfair, y el lugar comenzó a poblarse de artistas.
Cuando llegaron a la casa de Caroline, un discreto edificio de fachada blanca, Arabella subió los escalones de acceso a la entrada y llamó a la puerta. Una joven criada vestida de negro, con una cofia y delantal blancos, les abrió y, tras dedicarle una reverencia, les franqueó la entrada.
—Buenos días, Maisy —saludó Arabella—. ¿Se encuentra Caroline en casa?
—En la salita, milady.
—Gracias. Lucy —dijo dirigiéndose a su doncella—, puedes ir con Maisy. Te llamaré cuando haya terminado.
—Sí, milady.
Las dos muchachas hicieron una reverencia y se marcharon en dirección a la cocina. Arabella se dirigió a la salita y llamó suavemente a la puerta. Cuando escuchó la indicación para entrar, abrió la puerta y entró en la estancia. La salita era pequeña y sencilla. Aunque no había muchos muebles, estos habían sido escogidos con un notable gusto. El verde de los cortinajes contrastaba con el tapizado a rayas verdes y crema de las sillas y del diván. La alfombra, aunque algo raída, aportaba calidez al ambiente.
Caroline se hallaba sentada en un pequeño sillón —que parecía aún más pequeño a causa de la figura redondeada que lo ocupaba— situado junto a la chimenea en la que chisporroteaba un alegre fuego. La mujer vestía de negro por respeto a su difunto esposo, aunque el señor Simons había fallecido hacía ya más de veinte años; llevaba el cabello gris recogido bajo una primorosa cofia, y su rostro estaba sonrosado a causa del calor que hacía en la habitación. Sus manos regordetas se afanaban con la aguja. Toda su concentración se hallaba sobre el bordado que estaba realizando.
Al sentir el silencio de su visitante, la mujer levantó la cabeza y abrió los ojos sorprendida al ver a Arabella en medio de la estancia.
—Discúlpeme, milady —balbuceó avergonzada mientras intentaba incorporarse de su asiento—, pensé que era Maisy.
—No se levante, señora Simons —le pidió acompañando sus palabras con un gesto de la mano. Cogió el banquillo que Caroline usaba para apoyar sus hinchados pies y se sentó junto a ella—. He venido a pagarle el alquiler de este mes.
La mujer tomó el dinero que ella le tendía y se lo guardó en el escote del vestido. Arabella se preguntó cómo era posible que quedase algún hueco entre aquellos enormes pechos que sobresalían como dos suculentos melones en el mercado de Covent Garden.
—Es usted muy amable, milady —comentó con una amplia sonrisa que elevó sus mejillas hasta hacer que casi desapareciesen sus diminutos ojillos—. Nadie ha entrado en su habitación, como usted pidió, ni siquiera Maisy para limpiar. Los trapos que me pidió los dejé junto a su puerta.
—Muchas gracias, señora Simons. ¿Qué tal se encuentra de su resfriado?
—Oh, mucho mejor, gracias —repuso la mujer sacudiendo la cabeza—; el té de hierbas que me recomendó ha hecho maravillas.
—Me alegro —respondió Arabella levantándose—. Hoy no me quedaré mucho tiempo, ya que tengo un compromiso, pero mañana tengo planeado pasarme la mañana entera aquí.
La mujer asintió.
—Puede venir cuando usted guste, milady, y si le apetece, mañana prepararé un poco de té y un bizcocho de esos que tanto le gustan para cuando quiera descansar.
—Gracias, me encantará tomar el té con usted.
Le dedicó una sonrisa agradecida y salió de la salita. Luego subió las escaleras hasta el primer piso y recogió la pila de trapos viejos que la señora Simons había dejado junto a la puerta de su habitación. Cuando abrió, la asaltaron los conocidos olores a pintura y trementina, y la embargó esa conocida sensación de felicidad que solo experimentaba cuando se hallaba entre óleos, acuarelas y lienzos. No creía que el amor de un hombre pudiese igualar esa sensación, ni siquiera ese anhelado beso que tanto deseaba experimentar. En su traicionera mente se dibujó un rostro bronceado, de mandíbula fuerte y firmes labios delineados junto a un hoyuelo, y se estremeció al imaginar esa boca sobre la suya.
Se apresuró a sacar a lord Thornway de sus pensamientos y enseguida dejó a un lado su sombrero y sus guantes, y se colocó el amplio delantal que cubría por completo su vestido. Tomó la paleta de colores y uno de sus pinceles, y se acercó al caballete.
La luz que atravesaba el ventanal incidía justo sobre el lienzo haciendo que los colores brillasen con intensidad. Arabella se había negado a seguir las reglas que imponía la sociedad. A pesar de que los retratos personales se habían puesto de moda —especialmente con artistas tan brillantes como Sir Joshua Reynolds y Thomas Gainsborough—, no solo entre la aristocracia, sino también entre la burguesía, Arabella había decidido crear una obra diferente.
Miró con atención el dibujo de la espalda desnuda de una mujer que emergía de las cristalinas aguas de un pequeño lago rodeado de una exuberante naturaleza. La mujer, cuyo hermoso rostro podía verse de perfil, llevaba el dorado cabello recogido en finas trenzas y sujeto por una corona de flores. La ninfa del agua tenía alzada la mano derecha, sobre la cual se había posado un pajarillo.
Mezcló sobre la paleta diferentes tonos de azul, hasta conseguir el que deseaba, y tiñó con suaves pinceladas las alas del pajarillo.
La pintura absorbió toda su atención y la artista perdió la noción del tiempo. Después de retocar con tonos amarillos y rojizos las hojas de uno de los árboles que rodeaban el lago, se retiró para contemplar su obra casi terminada.
Un mechón de pelo había escapado de su recogido y le caía sobre la frente, haciéndole cosquillas. Con gesto automático se lo retiró dejando un trazo de pintura roja sobre su blanca frente. El sonido de unos golpes sobre la puerta la sobresaltó.
—Adelante —contestó con aire distraído mientras estudiaba con ojo crítico la espalda de la ninfa y fruncía los labios. No terminaban de gustarle las gotas de agua que había pintado. Debía parecer que la mujer salía de darse un baño, no que había estado sudando a causa de una sobredosis de calor.
—Oh, es precioso —exclamó Lucy extasiada.
Arabella la miró y sonrió encantada. La doncella había sido el modelo para la ninfa y se alegraba de que la obra le gustase.
—Gracias, Lucy. A mí también me gusta cómo está quedando.
Lucy asintió enérgicamente.
—Estoy segura de que reconocerán su talento en cuanto vean este cuadro —le aseguró convencida.
—Eso espero —respondió mientras contemplaba su propia obra. Luego dejó escapar un suspiro como si no estuviese muy segura de ello y se volvió hacia su doncella—. Lucy, ¿necesitabas algo?
La muchacha abandonó la contemplación orgullosa de su propia espalda plasmada en la pintura de su ama y se apresuró a responder.
—Ya sé que me dijo que usted me llamaría cuando hubiese terminado, milady, pero como me dijo que tenía una cita y ya pasa del mediodía…
Arabella abrió los ojos horrorizada.
—¡Oh, Dios mío! ¡Victoria me va a matar!
Capítulo 4
El trayecto entre Soho Square y Piccadilly era corto, poco más de diez minutos, y pronto divisaron a Victoria que las esperaba acompañada por su doncella. Se entretenía contemplando la vitrina en la que se exponían por igual unos sombreros finos y de confección exquisita, junto con otros extravagantes. En ese momento, la muchacha contemplaba un sombrero de color lila, rodeado por una cinta carmesí y de cuyo lateral brotaban tres enormes plumas blancas de avestruz.
—Lo siento muchísimo, Vic —se disculpó cuando llegó a su lado—, el tiempo se me ha pasado volando y… —su prima no parecía escucharla—. ¿Vic?
—¿Crees que ese sombrero me quedaría bien? —preguntó esta mientras se daba suaves golpecitos sobre los labios con el dedo índice.
Arabella se giró para mirar el escaparate y soltó una exclamación ahogada. Era el sombrero más horroroso que había visto nunca. Se volvió a su prima con los ojos abiertos por el asombro.
—¿No estarás hablando en serio? —le preguntó con tono preocupado.
Victoria se encogió levemente de hombros.
—Tal vez así lograría causar efecto —murmuró mohína.
—Tú ya causas efecto, Vic. Eres preciosa —le aseguró mientras contemplaba su elegante figura envuelta en un vestido de tafetán de seda verde adornado con trencillas doradas—. Atraes las miradas de todos los caballeros allí por donde pasas.
—De todos, no —se lamentó con un suspiro.
Arabella la miró sorprendida.
—Victoria Cavendish, ¿te has enamorado?
Su prima se sobresaltó al escuchar estas palabras y se apresuró a negarlo vehementemente, como si quisiera convencerse a sí misma.
—Por supuesto que no —le espetó con sequedad—. No digas estupideces. Además —añadió con la intención de cambiar de tema—, has llegado tarde.
—Lo sé y lo siento, ¿me perdonarás? —le preguntó tomando su mano y apretándola con suavidad.
Victoria se echó a reír y sacudió la cabeza. Adoraba a Arabella; además de ser su prima, se había convertido en una de sus mejores amigas.
—Ya sabes que no puedo estar mucho tiempo enfadada contigo —le contestó con una sonrisa radiante—; por supuesto que te perdono. Pero, como castigo, tendrás que acompañarme a la tienda de madame Bissette.
Arabella gimió. La modista le recordaba a una gallina rechoncha revoloteando alrededor de sus polluelos mientras no dejaba de cacarear constantemente sus afectados «oui, oui».
—Vic, sabes que no la soporto.
—Ah, ah, ni hablar. Ese es tu castigo por la tardanza, debes aceptarlo.
—Oh, está bien —aceptó con desgana—, pero no te prometo que pueda aguantar todo el tiempo.
Victoria enlazó su brazo con el de Arabella y tiró de ella para que comenzase a caminar.
—De acuerdo, pero prométeme que al menos no te irás hasta que no hayamos escogido los colores. Tienes un talento natural para combinarlos —comentó con un deje de envidia.
—Muy bien, pero solo hasta ese momento.
La primera parada fue en una tienda de guantes y complementos; de ahí siguieron las sombrererías, zapaterías y algunas modistas. Según Victoria, el cambio de estación exigía una renovación completa de su vestuario, lo que suponía recorrer un número indecente de establecimientos.
Cuando sonó la campanilla al entrar en la tienda de madame Bissette, a Arabella le parecía que había recorrido todo Londres en lugar de solo una calle. Sentía unas agudas punzadas en los pies y solo deseaba descalzarse y subirlos sobre un escabel. La voz chillona de la modista le perforó los oídos y el corazón comenzó a latirle en las sienes produciéndole un dolor sordo. Sonrió con cortesía cuando la mujer la saludó con entusiasmo, pero cuando se giró para hablar con una de sus ayudantes, Arabella miró a su prima con ojos suplicantes mientras movía silenciosamente los labios deletreando la palabra por favor.
Victoria puso los ojos en blanco, pero no se negó.
—Madame, ¿sería tan amable de mostrarme primero los colores de los tejidos que tiene? Lady Arabella tiene otros encargos que hacer y quisiera que me ayudara a escoger antes de marcharse.
—Oui, oui, on va le faire —repuso la mujer con una sonrisa pegada a los labios y un exagerado movimiento de manos que asemejaba a las aspas de un molino. Luego dio un par de sonoras palmadas, e inmediatamente dos de sus ayudantes entraron en la trastienda y volvieron a salir trayendo varios rollos de tela.
Arabella escogió un tafetán de seda verde esmeralda y otro azul para vestidos de noche, muselina blanca y azul pálido para los vestidos de mañana, y un terciopelo rojo oscuro para confeccionar un traje de montar. Sonrió a la modista y se despidió de Victoria con una discreta sonrisa. Cuando su prima terminase, la buscaría como siempre en la tienda del señor Johnson. La librería se hallaba a solo una calle de la tienda de madame Bissette y, desde que la había descubierto, Arabella acudía con frecuencia a buscar libros, especialmente cuando acompañaba a Victoria de compras.
Entró en el local, y enseguida la rodeó el familiar olor a libros viejos y a polvo. Le encantaba. En el mostrador se hallaba el señor Johnson atendiendo a las compras de un caballero. Cuando alzó la cabeza y la vio, la saludó con una sonrisa que ella le devolvió antes de internarse en uno de los pasillos formado por dos grandes anaqueles repletos de ejemplares de todo tipo. En esta ocasión se saltó el área de las novelas y se dirigió a los libros que le interesaban.
Alex había acompañado a James a Tattersall’s y había adquirido un precioso purasangre negro de pelo corto y crines largas y sedosas. Su cuerpo era musculoso, con extremidades largas y finas, y un temperamento inquieto. Había tenido que desembolsar una buena suma para conseguirlo, ya que el animal descendía del famoso semental Godolphin Arabian, pero había merecido la pena y el animal ya era suyo.
Después de la subasta, James y él se habían dirigido a su club en St. James, donde había saludado a unos cuantos conocidos y otros le habían sido presentados. Aunque coincidía en edad con muchos de ellos, Alex se sentía casi como un anciano a su lado. Aquellos eran caballeros despreocupados cuya única meta en la vida era disfrutarla sin importar el coste. La vida, en cambio, le había enseñado a Alex a mirar hacia el futuro, y que una mala apuesta podía convertir la vida en un infierno. Por eso no se había sentido del todo cómodo, y después de una hora se había despedido alegando otro compromiso.
Decidió dar un paseo hasta su casa para despejarse de la opresiva atmósfera del club y rechazó el ofrecimiento de James de llevarlo en su coche. La calle de Piccadilly era un hervidero de gente: elegantes damas a las que seguían lacayos cargados con numerosos paquetes, doncellas que se apresuraban a realizar los encargos de sus amos, y caballeros que deambulaban con paso tranquilo disfrutando de la soleada mañana.
Alex se detuvo en ese momento frente a una vitrina que mostraba libros antiguos. Tal vez podría adquirir algunos. Aunque la mansión que había comprado estaba amueblada, quería cambiar algunos de los muebles por algo más de su gusto y, además, la casa carecía de todos los pequeños detalles que la convertían en un hogar.
Abrió la puerta y penetró en el local. Se detuvo un momento para que sus ojos se acostumbraran a la penumbra que reinaba en el interior. El suelo entarimado y las paredes revestidas de madera creaban una atmósfera agradable y cálida. A la derecha había un escritorio que hacía las veces de mostrador, donde un hombre de mediana edad atendía a unos clientes. Del otro lado, un entramado con metros de estantes y estantes de un color que el tiempo había añejado convirtiéndolo en gris, se extendía abarcando casi la totalidad del espacio. En el suelo y sobre el mostrador, se apilaban torrecillas de libros como pequeños árboles que aún no hubieran crecido lo suficiente.
Dirigió la mirada hacia uno de los pasillos que formaban las estanterías y divisó la figura de una mujer concentrada en la lectura. Supo inmediatamente de quién se trataba. Su cuerpo reconoció la estrecha cintura que el corsé acentuaba, y la suave piel de la nuca que el recogido de su cabello, del color del chocolate, dejaba al descubierto.
Debería haberse dado la vuelta y haber abandonado el lugar; sin embargo, como si tuvieran voluntad propia, sus pies se encaminaron hacia la figura femenina hasta situarse justo detrás de ella. Un suave perfume a rosas silvestres inundó sus fosas nasales y notó una punzada de deseo. Ignorando los reclamos de su cuerpo y la tentación de besar la blanca nuca expuesta, espió por encima del hombro lo que había atrapado por completo la atención de la mujer. Sonrió para sí al ver sobre la página una reproducción de una pintura en la que podía verse una mujer desnuda sobre una enorme concha que flotaba sobre el agua.
—Mmmm, nunca hubiese imaginado que era usted aficionada a los desnudos.
El susurro grave de la voz masculina junto a su oído la sobresaltó, y cerró el libro con un golpe seco, lo que provocó que una pequeña nube de polvo brotase de sus páginas y la hiciese estornudar. Se giró inmediatamente para quedar frente a un ancho torso masculino que se encontraba cerca, demasiado cerca a juicio de ella. Quiso dar un paso atrás, pero la estantería que tenía a su espalda se lo impidió. Se tragó la grosería que pensaba dedicar al maleducado caballero, que ni siquiera había tenido la cortesía de ampliar el espacio entre ellos para que se sintiera más cómoda, y alzó una mirada airada hacia quien le había dirigido tan atrevida frase.
Las palabras que iba a decir se le atascaron en la garganta cuando vio aquellos labios tentadores, que esbozaban una sonrisa burlona, y el traicionero hoyuelo junto a ellos. Respiró hondo para controlar los erráticos latidos de su corazón.
—Es una obra de arte, milord —le respondió con tono cortante—, de un gran pintor italiano.
A Alex le pareció delicioso el rubor que cubrió las mejillas de la joven e, intuyendo su incomodidad, dio un paso atrás para dejarle más espacio. Luego asintió.
—El nacimiento de Venus, de Sandro Botticelli.
Arabella alzó las cejas sorprendida.
—¿Lo ha visto?
—¿Al cuadro o al pintor? —le preguntó burlón.
—Puesto que el artista murió en 1510 —repuso con sequedad, molesta por el tono de él—, es obvio que me refiero a la pintura.
—Tuve ocasión de verla cuando estuve en Florencia —admitió.
No le dijo que había ido a ver la obra varias veces y que se había recorrido todos los museos y galerías de arte de Italia y Francia para poder gozar de un placer que le había sido negado durante muchos años.
—Oooh.
El suave susurro que escapó de los labios de Arabella estuvo a punto de hacerle perder el control, acortar la distancia que los separaba y besarla hasta que le faltase el aliento. Sus ojos brillaban como dos preciosas piedras de ámbar y en ese momento lo miraban como si él fuese un privilegiado mortal que había visitado el Olimpo para descender después rodeado de un áurea de inmortalidad.
Esa mirada lo encendió por dentro y, por unos instantes, el tiempo se detuvo. La situación se estaba volviendo demasiado peligrosa, así que recurrió al sarcasmo, un recurso en el que se había vuelto experto después de años enfrentándose a su padre.
—¿Viene aquí porque le gusta leer o porque le gusta mirar?—inquirió con una sonrisa torcida al tiempo que señalaba con la cabeza el volumen que Arabella mantenía apretado contra su pecho.
La exclamación ahogada de la joven y la mirada furiosa que le dedicó, le hicieron saber que había logrado su objetivo y, aunque no comprendía por qué demonios tenía que sentirse mal por ello, así era.
—Es usted un, un…
—No lo diga —le ordenó al tiempo que alzaba la mano como si así pudiese detener sus palabras. Luego frunció el ceño y se inclinó hacia delante.
Arabella apretó con fuerza el libro que sostenía, pero no retrocedió. Lord Thornway no se atrevería a pegarle, ¿verdad? Ya había notado en el baile, cuando lo había llamado libertino, que no aceptaba muy bien las verdades.
Sin embargo, no fue pegarle lo que hizo. Arabella notó cómo el calor le subía a las mejillas y el corazón se le aceleraba cuando el hombre acercó su rostro al de ella y comenzó a olisquear su cara y su cuello. La vergüenza le ató la lengua y no pudo pronunciar ni una sola palabra. Estaba a punto de empujarlo cuando él alzó la cabeza y le dirigió una sonrisa pecaminosa mientras se enderezaba. Sus maravillosos ojos verdes refulgían con un brillo de humor.
—Trementina —señaló—, un disolvente para pintura. Le pido disculpas, veo que, al fin y al cabo, sí que es usted una amante del arte.
No hacía falta ser un lince para darse cuenta de que el conde no parecía en absoluto arrepentido, sino más bien divertido. Su enfado se elevó en ese momento hasta límites insospechados. Aquel hombre no era solo un libertino y un maleducado, sino que por lo visto tenía también la misma mentalidad estrecha que el resto de sus congéneres.
Enderezó tanto la columna que las ballenas del corsé crujieron y se le clavaron como agujas en las costillas, pero no le importó. No estaba dispuesta a dejarse empequeñecer por aquel engendro de hombre primitivo, por muy atractivo que fuese.
—Las mujeres, milord, servimos para mucho más que para adornar el brazo de un hombre o para administrar su casa —replicó en una encendida defensa de su condición femenina—; podemos hacer algo más que bordar y servir el té, podemos pensar y tener opiniones propias. Y sí, me gusta el arte, y soy capaz de pintar tan bien como cualquier hombre, aunque nadie me haya enseñado ninguna técnica de pintura solo por el hecho de ser mujer. El arte creado por una mujer tiene corazón, tiene sensibilidad, tiene vida, porque nosotras, señor mío, al contrario que los hombres, somos capaces de percibir los detalles —concluyó arrebatada.
Tenía el rostro encendido y una mirada beligerante en sus ojos ambarinos. Un mechón de pelo había escapado de su moño y le rozaba el cuello en una suave caricia. Su pecho subía y bajaba a un ritmo acelerado a causa de la agitación.
Alex no podía dejar de mirarla. Sus palabras lo habían sorprendido y habían despertado algo cálido en su interior; pero era su imagen la que lo tenía cautivado, la pasión que emanaba de ella y que la había convertido en una mujer muy deseable.
—Lady Arabella —le dijo con una voz ronca y espesa como la miel que hizo que ella se estremeciera de pies a cabeza—, deje ese libro y váyase de aquí.
Ella lo miró desafiante. No tenía derecho a darle órdenes ni a echarla.
—¿Por qué?
Alex dio un paso hacia delante que hizo que sus poderosos muslos rozaran la falda de Arabella y que la seda crujiera con un quejido suave.
—Porque estoy a punto de besarla de tal forma que hará que le tiemblen todos los huesos de su hermoso cuerpo y que su alma gima reclamando piedad.
Los ojos de Arabella se agrandaron y parpadeó por la sorpresa. Su voz sonó como el susurro de la brisa cuando habló.
—Oooh, ¿de verdad?
Alex gimió interiormente y apretó los puños en un intento por retener la última pizca de control que le quedaba antes de lanzarse sobre ella como un hombre hambriento.
—Arabella —le dijo en tono de advertencia tuteándola por primera vez.
En ese momento ella tomó conciencia de lo que estaba a punto de suceder y sus mejillas se tiñeron de rubor. Con manos temblorosas depositó el libro en una de las estanterías y se marchó deprisa, huyendo como un zorro en una cacería.
Alex respiró hondo y maldijo para sus adentros. No debería haberle hablado así, aunque ella no parecía asustada, sino más bien deseosa de recibir la experiencia.
En el aire flotaba todavía el suave perfume a rosas silvestres y Alex gimió de nuevo. Necesitaba buscarse una amante, cuanto antes mejor, y huir de la hija de los duques de Westmount como de la peste.
Arabella apresuró su paso cuanto pudo como si el mismísimo diablo la persiguiese, y no se detuvo hasta llegar a la puerta de madame Bissette que se abrió justo en ese momento. A punto estuvo de caerse al tropezar con Victoria cuando intentó entrar.
—¡Arabella! —exclamó esta sujetándola por los brazos para evitar que cayera. La miró detenidamente—. Tienes el rostro sonrojado, ¿acaso has venido corriendo? —chasqueó la lengua con disgusto—. Sabes que iba a ir a buscarte. Ahora tendremos que regresar allí, hay un libro que me interesa…
—¡No!, es decir —se apresuró a rectificar—, no tengo tiempo. Mi madre me pidió que no volviese demasiado tarde a casa por si llegaban visitas —improvisó. Por nada del mundo quería volver a ver al conde en ese momento.
—Oh, bueno, no importa —aseguró su prima haciendo un gesto con la mano para restarle importancia—; de todas formas, me encuentro demasiado cansada para seguir con las compras. John estará esperando con el carruaje un poco más adelante; te llevaremos a casa.
Arabella pudo respirar por fin con tranquilidad cuando se despidió de Victoria y se adentró en el refugio seguro de la mansión. No podía olvidar las palabras del conde. Cada vez que las recordaba, un delicioso estremecimiento le recorría el cuerpo y el corazón se le aceleraba. Le habría gustado que cumpliese su amenaza. ¿Cómo sería sentir esos cálidos labios masculinos sobre los suyos? ¿Qué se sentiría al ser besada y acariciada por un hombre tan atractivo como lord Thornway?
La voz profunda de Thompson disolvió sus indiscretos pensamientos.
—Bienvenida a casa, milady —saludó al tiempo que se inclinaba en una leve reverencia—. La duquesa me pidió que le avisara de que tiene visitas; la esperan en el saloncito azul.
—¿De quién se trata?
—Es la duquesa de Portland, milady.
—Muchas gracias, Thompson, enseguida estaré con ellas —declaró mientras subía las escaleras hacia su dormitorio.
Lucy le ayudó a cambiarse de vestido después de haberse aseado un poco. En cuanto estuvo lista, bajó presurosa y entró al salón.
—¡Madrina! —exclamó con una sonrisa al tiempo que se acercaba a la mujer para depositar un beso en su mejilla.
—Siempre me haces esperar, chiquilla —refunfuñó esta—; eso debería bastar para cambiar mi afecto por ti.
Arabella se rio alegremente, besó a su madre y se acomodó a su lado en el sofá.
—No puede, madrina, soy su ahijada preferida.
—Eres la única que tengo, niña —replicó con fingida severidad—; precisamente por eso he venido a hacerte una proposición.
Capítulo 5
Arabella miró con atención a su madrina.
Lady Margaret Cavendish Bentinck, duquesa viuda de Portland, seguía siendo una mujer hermosa a sus cincuenta y tres años. Tenía una figura esbelta, a pesar de haber dado a luz a seis hijos; su rostro seguía terso, con apenas unas pequeñas arrugas alrededor de esos vivaces ojos que parecían advertirlo todo. Su cabello castaño lucía algunas hebras de plata, lo que le confería un aspecto aún más imponente.
A causa de su título y de su enorme riqueza, su madrina era uno de los miembros más prominentes de la aristocracia inglesa. Poseía una de las mayores colecciones de historia natural de todo el país que incluía, además, objetos de arte valiosísimos, como la famosa Vasija de Portland, un jarrón romano de inicios del siglo I. Arabella lo había visto una vez cuando, siendo una niña, había pasado el verano en Bulstrode Hall, la mansión que los duques de Portland tenían en Buckinghamshire. Le había impresionado no solo su antigüedad, sino también su perfección y su belleza. Fabricado con cristal azul violáceo, tenía un camafeo de cristal blanco que rodeaba toda la vasija y representaba escenas con personajes humanos y dioses.
Aunque recordaba aquel verano con cariño, Arabella esperaba fervientemente que la propuesta de su madrina no incluyese un nuevo viaje a Buckinghamshire. Lady Margaret llevaba un tiempo insistiendo para que fuese a ayudarla con su colección de botánica. Aunque tenía un equipo de expertos en entomología y ornitología trabajando para ella, solía decir que los hombres no trabajaban bien si no había una mujer detrás insistiendo en el orden y los detalles, y puesto que ella misma ya era demasiado mayor, necesitaba alguien joven, de quien pudiera fiarse, que se ocupara de tales menesteres. Arabella se había negado cortésmente, pero la duquesa viuda tenía la virtud de la persistencia.
Lady Margaret debió de notar en su rostro lo que estaba pensando en ese momento, puesto que se echó a reír.
—No te preocupes, querida, no voy a pedirte de nuevo que trabajes para mí, aunque sabes lo mucho que me gustaría —comentó con una sonrisa que le hizo parecer mucho más joven—. En realidad, mi proposición no te sacará de Londres, y creo que disfrutarás con ella.
—Usted dirá, madrina —repuso cruzando las manos sobre el regazo.
—Sabes que tengo muchas aficiones —comentó—, entre ellas el arte. De vez en cuando me gusta patrocinar a jóvenes con talento, especialmente a mujeres. No comparto esa idea absurda de que las mujeres deben estar confinadas en el hogar para servir tan solo a sus maridos y a sus hijos —espetó con tono seco—; no veo por qué nuestra condición femenina deba limitarnos. He conocido mujeres mucho más inteligentes que algunos hombres, y con más talento. La sociedad tiene que cambiar, y cambiará sin duda alguna, pero más vale que le echemos una mano para que sea rápido —declaró.
Miró con severidad a las dos mujeres que la escuchaban esperando su asentimiento.
—Por supuesto, Margaret —aceptó la duquesa de Westmount.
Arabella contuvo una sonrisa. Su madre y lady Margaret se habían conocido en su juventud, y mantenían una estrecha amistad desde entonces, especialmente a través de la correspondencia, ya que su madrina pasaba mucho tiempo en el campo. En todos esos años, Arabella nunca había visto a su madre llevarle la contraria a lady Margaret.
—Bien —prosiguió al ver que no había desacuerdo con sus palabras—. Sabéis que no tengo por costumbre asistir a fiestas cuando vengo a Londres, me aburren sobremanera. Sin embargo, no pude eludir el compromiso con lady Wentworth, y asistí a la velada que organizó en su casa. Me presentó a una joven artista muy prometedora, Angelica Kauffmann. Es pintora.
El corazón de Arabella comenzó a latir con fuerza. Una mujer pintora, una mujer que había logrado alcanzar el sueño que ella tenía. Se preguntó qué tendría su madrina en mente.
—¿Y qué puedo hacer yo?
—Debo decir que la joven ha alcanzado ya cierta fama en Italia, según me comentaron, pero necesitará apoyo aquí en Londres si desea introducirse en los círculos de la alta sociedad. Puesto que esto de la pintura es lo tuyo, querida, necesito tu ayuda.
A Arabella se le fue el alma a los pies y palideció ante el comentario. ¿Su madrina conocía su secreto? Miró de reojo a su madre para ver su reacción; sin embargo, la duquesa sonreía mientras asentía a las palabras de su amiga.
—Lo… lo mío —tartamudeó sin poder evitarlo.
—Por supuesto, niña. ¿No pensarás que puedo mandar a tus hermanos para que me informen si las obras de esta joven tienen calidad? Solo Dios sabe dónde anda Robert, y quizás también nuestro Primer Ministro, puesto que trabaja para él; y James y Edward solo usan la cabeza para meterla entre los pechos de alguna mujerzuela.
La duquesa soltó un chillido escandalizada.
—¡Margaret!
—No me contradigas, Eloise —la amonestó—, sabes muy bien que es cierto lo que digo. Tus hijos son muy apuestos, pero también son unos bribones. Tú, en cambio, niña, eres tan inteligente o más que ellos, has recibido la misma educación, aprecias el arte y tienes un don para la combinación de colores. Por eso quiero que me acompañes al club y conozcas a Angelica. Ve sus obras, valóralas y dime si crees que merece la pena que me convierta en su mecenas.
—Sería un honor para mí —admitió con una sonrisa radiante.
Tenía ganas de ponerse a bailar de felicidad. Esa era su gran oportunidad. Podría preguntarle a esa joven todo lo que necesitaba para hacer su sueño realidad; tal vez podría presentarle a gente que pudiese ayudarla en su camino; y, sobre todo, podría mostrarle sus pinturas y recibir su parecer.
Lady Margaret sonrió satisfecha al ver la felicidad que irradiaba su ahijada. Sabía cuánto disfrutaba con el arte, especialmente con la pintura, e intuía que había ahí algo más que un simple interés o afición.
—Margaret, querida —interrumpió lady Eloise con un carraspeo—, ¿has dicho que llevarías a Arabella a un club?
La duquesa dejó escapar una ronca carcajada.
—No es lo que te imaginas, Eloise —comentó cuando pudo dejar de reírse—. Es más bien una sociedad de mujeres a las que les interesa el arte y la literatura. Se la conoce con el nombre de Bluestocking, un nombre absurdo a mi parecer; de cualquier manera, reconozco que he mantenido allí interesantes conversaciones sobre botánica. En fin, queridas, es hora de retirarme —dijo al tiempo que se levantaba del sillón.
—Tienes que venir más a menudo a visitarnos, Margaret —declaró su madre tras besar a la duquesa en la mejilla.
—Eloise, sabes que no me gusta Londres. En realidad, nunca me gustó, menos aún desde que falta mi querido William. Si quieres verme, tendrás que venir tú a Bulstrode Hall. Creo que te vendría bien —le aseguró. Luego se volvió hacia Arabella—. Mañana Thomas te recogerá con el carruaje a las diez.
Como si hubiese recibido una señal invisible, Thompson apareció en la puerta de la salita.
—Milady.
Se inclinó en una leve reverencia.
—Thompson, acompañe a la duquesa, por favor.
—Será un placer.
Alex había pasado la semana prácticamente encerrado en su casa mientras atendía los asuntos de sus finanzas y se ocupaba con la remodelación de la mansión. Después de su primera aparición en sociedad, había recibido un gran número de invitaciones para asistir a fiestas y veladas, pero había declinado el honor a favor de la tranquila soledad de su casa.
Aunque se decía a sí mismo que lo había hecho porque se encontraba demasiado ocupado para participar en celebraciones, la verdadera razón por la que no quería asistir era una figura deliciosa, unos labios del color de las rosas en mayo y unos ojos como oro fundido. Desde su encuentro en la librería, la imagen de lady Arabella no se había apartado de su mente y había tratado de evitar por todos los medios volver a encontrársela.
El pensamiento de buscarse una amante todavía persistía en su mente. Sin embargo, puesto que no le agradaba la idea de visitar un prostíbulo y no deseaba enredarse en una relación con alguna viuda bien dispuesta, ya que, por algún motivo estas terminaban aferrándose a la idea de un nuevo matrimonio, el único camino viable era conseguirse una cortesana. Por ese motivo había aceptado la invitación de James y se encontraba en ese momento sentado en uno de los cómodos sillones del club escuchando la cháchara y las constantes risotadas de algunos caballeros allí reunidos.
—Parece que no te diviertes mucho —señaló James mientras se dejaba caer en la butaca de al lado.
Alex se encogió de hombros con displicencia y tomó otro sorbo de su copa.
—No soy muy dado a las conversaciones vanas.
James hizo una seña y un muchacho joven se acercó enseguida a servirle una copa.
—Entonces eres del tipo de Arabella —comentó con una sonrisa.
—¿Qué quieres decir? —preguntó con interés disimulado.
—A Arabella tampoco le gustan las conversaciones superficiales, por eso nadie quiere bailar con ella en las fiestas —aunque sonreía, Alex se dio cuenta de que le brillaban los ojos y hablaba de su hermana con cariño—. Cuando alguien saca el tema del tiempo, ella le pregunta su opinión sobre alguna cuestión política o sobre filosofía —explicó. Sacudió la cabeza como si el hecho escapase a su comprensión.
—Es una mujer inteligente.
—Lo es —admitió—, y no entiendo por qué los demás no pueden reconocerlo como tal. Mi padre le permitió recibir la misma educación que nosotros, y puede discutir y argumentar sobre casi todos los temas mucho mejor que algunos de estos fanfarrones —dijo señalando con la cabeza al ruidoso grupo congregado cerca de ellos—. Incluso lee en latín mejor que yo.
Alex esbozó una media sonrisa. Podía imaginarse perfectamente a la joven esgrimiendo sus argumentos como si fuesen una espada, con los ojos brillantes y el rostro sonrosado por la pasión. La tela de sus pantalones se tensó cuando su imaginación le presentó esa misma imagen de lady Arabella sobre unas suaves sábanas de seda, con el largo cabello cayendo suelto en ondas sobre su piel desnuda. Se removió incómodo y dio un largo trago a su copa de coñac.
Por suerte para él, dos caballeros se acercaron en ese momento, lo que impidió que la conversación siguiera por tan peligroso derrotero. Apartó de su mente la imagen de la mujer y se concentró en observar a los dos hombres. Debían tener más o menos su misma edad. Uno de ellos era bastante bajito y con una incipiente calvicie; el otro, de rostro apuesto e intensos ojos azules, tenía el físico de un hombre al que le gustaba practicar el deporte. Ambos vestían con elegancia.
El más bajo lo saludó con una leve inclinación de cabeza y luego se dirigió a James.
—¿Qué tal, Blackbourne? Quería…
—No —lo cortó él tajante.
—No puedes decir que no cuando ni siquiera sabes lo que voy a decir —se quejó el hombre mientras acercaba una de las butacas libres y tomaba asiento. Su compañero lo imitó.
—Sí lo sé —replicó con un tono que evidenciaba su falta de paciencia—. Queréis hablar de lady Victoria.
El hombre asintió repetidas veces con la cabeza.
—Tienes que entenderlo —le dijo con voz lastimera, y señaló luego con la cabeza a su compañero—, el pobre está irremediablemente enamorado de tu prima.
—La mitad de los hombres de Londres está enamorado de Victoria —espetó con sequedad—, pero ya os he dicho que ella toma sus propias decisiones, y si no quiere ver a Andrew, no es problema mío.
El aludido bajó la cabeza para esconder una sonrisa burlona y se quitó una pelusa imaginaria de la solapa de su chaqueta azul.
Alex no supo si el tal Andrew era sordo o simplemente estúpido.
—Pero tú puedes interceder por el muchacho —insistió el otro—. Ella te escuchará.
James soltó una carcajada burlona.
—Créeme, Crawford, yo soy la última persona a la que Victoria escucharía. Y ahora, si sois tan amables, me gustaría terminar mi copa en paz.
Renuente, Crawford abandonó la cómoda butaca y miró a su compañero.
—Lo siento, muchacho.
Andrew, vizconde de Manbroke, se encogió de hombros con indiferencia y se levantó para seguir a su compañero. Se detuvo antes de volverse.
—Ella será mía, Blackbourne —declaró—. Lo sabes, ¿verdad?
Tras estas palabras, se alejó con Crawford a la saga.
—¡Maldita sea! —espetó James furioso.
—¿Quién es? —quiso saber Alex.
—Andrew Burrow, vizconde de Manbroke. Un tipo que no entiende un no por respuesta ni aunque se lo tatúen en el trasero —gruñó molesto.
Alex sonrió.
—Presumo que lady Victoria lo ha rechazado.
—Varias veces —repuso, y soltó un suspiro—. Vic es inteligente. Andrew es apuesto y rico, pero ella también sabe que es un mujeriego y que nunca le sería fiel; además, le gusta demasiado apostar.
Alex alzó una ceja, escéptico.
—¿Y ha apostado contigo a que la tendrá?
La mirada de James se ensombreció.
—Eso parece —repuso en tono grave—. Al final tendré que partirle su dura cabeza hasta que le entre la idea de que un no es un no.
—Si necesitas ayuda…
—Te lo agradez… —James gimió y se cubrió el rostro con las manos—. No, ahora no.
Alex lo miró confundido, hasta que se percató de la dirección de su mirada. Volvió la cabeza para ver a Edward, el hermano de James, que se acercaba con un hombre que él no conocía. Alto y delgado, daba la sensación de que la chaqueta gris perla que llevaba le quedaba grande, al igual que los pantalones; pero por la sonrisa que lucía en su rostro de comadreja, parecía sentirse a gusto consigo mismo.
Se volvió hacia James y alzó una ceja interrogándolo.
—No preguntes —repuso malhumorado.
—Hola, James —saludó Edward. Se volvió hacia Alex y le tendió la mano—. Alex, es un gusto verte por aquí.
—Lo mismo digo, Edward.
—Henry —dijo dirigiéndose a su acompañante—, te presento a Alexander Harvey, lord Thornway. Alex, este es Henry Loughty, conde de Darkmoor.
—Es un placer conocerlo, lord Thornway.
—Lord Darkmoor.
Alex inclinó la cabeza en reconocimiento y soportó el estremecimiento que le provocó el tono nasal del hombre.
—James, Henry quiere comprar unos caballos, los mejores —le comentó a su hermano mientras se sentaba en una de las butacas que habían quedado libres—; le he dicho que tú eres un experto y podrás aconsejarle.
—Para comprar buenos caballos se necesita mucho dinero —replicó este con intención mientras miraba fijamente a Henry.
El hombre esbozó una media sonrisa.
—Me enternece que te preocupes tanto por mis finanzas, Blackbourne —replicó burlón.
—No son tus finanzas las que me preocupan, Henry, sino las de mi hermano —le espetó con sequedad—. No voy a permitir que le sigas chupando la sangre y aprovechándote de él como un parásito.
El rostro de Edward se tornó rojo y miró a su hermano con furia.
—¡James!
Henry mantuvo la sonrisa burlona en los labios y Alex no pudo por menos que admirar su sangre fría.
—Sabes que es cierto, Edward. No has vuelto a ver un penique del dinero que le has prestado.
—Por eso no te preocupes, Blackbourne —intervino Henry—, pronto le devolveré todo.
—¿Lo ves? —repuso Edward molesto—. No tienes de qué preocuparte.
James ignoró las palabras de su hermano.
—¿Y cómo es eso? ¿Has encontrado una mina de oro? —inquirió con sarcasmo mientras se reclinaba contra el cómodo sillón y bebía de su copa.
—Algo así. No pretenderás que te desvele mi secreto, ¿verdad? —comentó con fingido asombro mientras se llevaba una mano al corazón en un exagerado gesto teatral. Luego negó con la cabeza y a sus ojos de un gris desvaído asomó la rabia—. No, se me olvidaba que tú ya eres suficientemente rico, afortunado en el juego, el favorito de las damas, y rodeado siempre de una multitud de amigos que te alaban por tu título…
Edward, avergonzado, interrumpió el discurso al poner la mano sobre su brazo.
—James es mi hermano, Henry —le recordó.
Lord Darkmoor se reclinó contra la butaca que ocupaba y la falsa sonrisa volvió a instalarse en sus labios.
—Lo siento —se disculpó ante ellos, aunque todos percibieron que no había sinceridad en sus palabras—, creo que me he dejado llevar.
Edward frunció el ceño.
—Será mejor que nos vayamos —señaló.
—Sí —convino James—, será lo mejor.
Alex observó cómo se alejaban los dos hombres y sacudió la cabeza antes de volverse hacia James que apuró el resto de su copa de un solo trago.
—Primero un vizconde y ahora un conde —le dijo—. Tú sí que tienes facilidad para crearte enemigos.
Él se encogió de hombros con indiferencia.
—Admito que me gusta gozar de los placeres que depara una buena bebida —dijo mientras contemplaba con seriedad inusual su copa vacía— y que tengo debilidad por las mujeres. Disfruto con los caballos. Soy bueno para los negocios y un excelente tirador. La vida me ha tratado bien y no soy quién para juzgar a otros, pero nunca toleraré que hagan daño a mi familia o se aprovechen de ella —repuso con vehemencia—. Quien lo intente, puede darse por muerto.
Alex alzó su copa en un brindis silencioso por sus palabras.
—James, hablando de tu debilidad por las mujeres —le dijo cambiando de tema—, necesito pedirte un favor…
Capítulo 6
Arabella se levantó temprano a pesar de haber pasado una mala noche, o tal vez a causa de ello.
La primera mitad de la noche se la había pasado dando vueltas y vueltas en la cama perseguida por unos intensos ojos verdes y una boca de labios sonrientes que deseaba besar. La culpa de todo la habían tenido las palabras que el conde le había dicho en la librería. No se las había podido quitar de la cabeza y había fantaseado con cómo sería recibir un beso así. Pero, por más que lo había intentado, su imaginación era limitada a causa de su escasa experiencia en el tema.
La otra mitad de su tiempo de descanso se le había escapado pensando en la proposición de su madrina. La excitación había recorrido su cuerpo con la idea de que sus sueños podían hacerse realidad, aunque también tenía miedo. La sociedad inglesa no era tan permisiva con las mujeres como la italiana, pero quizás, con un poco de esfuerzo y la ayuda de Angelica Kauffmann, podría hacerse un hueco en ese mundo de artistas que tanto le fascinaba.
Seguía pensando en ello mientras se tomaba la taza de chocolate caliente que Lucy le había llevado esa mañana a su dormitorio, nada más despertar. A través de los cristales del gran ventanal de su habitación, contemplaba la caída suave y delicada de las finas gotas de lluvia sobre las flores del jardín. El cielo tenía un color gris plomizo; una tonalidad que ella detestaba porque le provocaba tristeza. Prefería los colores alegres, vibrantes, como los que había plasmado en su obra La ninfa del agua.
Le gustaba mucho cómo estaba quedando el cuadro. Había dedicado mucho tiempo a pintarlo y se sentía orgullosa del resultado. Le parecía que era una obra con alma propia. La mujer observaba con una mirada triste al pajarillo que sostenía en la mano, símbolo de una libertad de la que ella no podía gozar, puesto que su espíritu se hallaba ligado al agua. En la ninfa se reflejaban todas las mujeres, incluida ella misma, que anhelaban una libertad de la que no podían disfrutar a causa de las leyes que los hombres habían establecido sin contar con ellas.
Arabella dejó escapar un suspiro y se volvió cuando escuchó a su doncella entrar de nuevo en la habitación.
—Va a coger frío, milady —le dijo Lucy contemplando los pies descalzos de su ama y el escaso atuendo que portaba, un fino camisón de algodón y un chal por encima de los hombros.
—No hace frío, Lucy, la chimenea está encendida —le señaló ella.
—Allá afuera sí lo hace. No me gustan el otoño ni el invierno —refunfuñó la joven.
Arabella sonrió.
—Pues todavía tendrás que esperar unos meses para que puedas gozar de la primavera, apenas estamos a mediados de otoño.
—Lo sé, milady —le dijo con un suspiro de resignación mientras se movía por el vestidor—. ¿Qué desea ponerse hoy?
Arabella lo pensó un momento. No deseaba ponerse algo demasiado elegante dado que, según le había comentado su madrina, el encuentro no era una reunión social, sino literaria.
—Quizás el traje de terciopelo color burdeos, Lucy. Creo que es el más sencillo que tengo.
—Como desee, milady, se lo plancho en un santiamén.
—¿Los duques se han levantado ya?
—Sí, milady, están desayunando en el comedor familiar. Su Excelencia, la duquesa, me ha pedido que le recuerde que no puede llegar tarde a su cita con lady Margaret —comentó la muchacha antes de realizar una reverencia y cerrar la puerta tras ella.
Arabella esbozó una mueca de disgusto. Por supuesto que no pensaba llegar tarde; de ningún modo querría enfrentarse a uno de los largos y tediosos sermones de su madrina. Lady Margaret era una mujer extremadamente puntual y exigía lo mismo a cuantos la rodeaban.
De cualquier forma, tenía tiempo de sobra. Terminó su chocolate y se sentó frente a la coqueta para cepillarse el pelo, un ritual que la tranquilizaba, y eso era justo lo que necesitaba esa mañana. Se preguntaba qué clase de mujer sería Angelica Kauffmann.
Había oído hablar de ella. Hacía dos años que había llegado a Londres en compañía de lady Wentworth, esposa del embajador inglés en Italia, y pronto había destacado como retratista; sin embargo, su verdadero éxito había llegado cuando la hermana del rey, la duquesa de Brunswick, se había presentado en su casa, en Golden Square, para pedirle que le hiciese un retrato. Desde ese momento se había ganado el aprecio de la familia real y había comenzado a frecuentar los salones de la alta sociedad, que deseaba conocer a la joven pintora. No sabía nada más de ella ni la había visto nunca en persona, así como tampoco ninguna de sus obras.
Cinco minutos antes de las diez, Arabella se encontraba en el vestíbulo principal esperando la llegada del carruaje de su madrina. Exactamente cuando sonó la última campanada del reloj que había en la sala para visitas, el espléndido carruaje cerrado, tirado por cuatro preciosos caballos de pelaje gris y con el escudo de armas de los duques de Portland en la portezuela, se detuvo frente a la puerta de la mansión.
Thompson se apresuró a abrirle la puerta y mandó a un lacayo que la acompañase hasta el coche. El muchacho le ofreció una mano para ayudarla a subir al interior, pero Arabella se detuvo en el primer escalón. El carruaje se hallaba vacío.
Antes de que pudiera preguntarle, el cochero, un hombre fornido, de cabello ralo, nariz prominente y unos diminutos ojos que se perdían en su ancho rostro, se le adelantó.
—Su Excelencia se halla indispuesta, milady, y me ha encargado que la acompañe hasta el lugar y la regrese luego sana y salva a casa.
—Gracias, Pearson. Espero que no sea nada grave —repuso con tono preocupado.
El hombre, que llevaba trabajando para su madrina más de quince años, se rascó la cabeza en un gesto que evidenciaba desconcierto, como si las palabras de Arabella contuviesen un oscuro misterio que desentrañar.
—No sabría decirle, milady.
Arabella le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No se preocupe, Pearson, ya me informaré yo personalmente del estado de mi madrina. Usted lléveme a ese lugar.
—Sí, milady.
Arabella entró en el interior del lujoso carruaje y se acomodó sobre el confortable asiento de terciopelo. Sintió el tirón del coche cuando los caballos comenzaron su lento trote por las calles adoquinadas. Sumida en sus propias reflexiones, no se percató de los gritos de Pearson cuando atravesaron la atestada calle de Bond Street, ni de los insultos soeces con que habían respondido otros cocheros. Tampoco se dio cuenta de que había llegado a su destino hasta que el lacayo abrió la puerta.
—Ya hemos llegado, milady.
Arabella abrió los ojos sorprendida. El trayecto había sido relativamente corto. Ayudada por el lacayo, bajó del carruaje y miró a su alrededor. Se encontraba en Berkeley Square, una preciosa zona residencial con grandes jardines. Frente a ella se alzaba una imponente mansión de tres plantas de estilo palladiano. Una gran escalinata de mármol daba acceso a la entrada principal, resguardada por un pórtico con columnas de mármol.
El lacayo se adelantó y llamó a la puerta mientras ella lo seguía más despacio, recreándose en la belleza del edificio. Un servicial mayordomo abrió la puerta. Tras dirigirle una reverencia y permitir al lacayo recoger su sombrero, sombrilla y guantes, la acompañó hasta una sala de cuyo interior salía un murmullo quedo que aumentó de volumen cuando el mayordomo abrió la puerta y ella entró.
La sala era inmensa, con grandes ventanales que dejaban pasar la luz mortecina de esa mañana otoñal. Había una gran chimenea de mármol rosado en la que ardía un cálido fuego. Sobre parte del suelo de madera se extendía una alfombra de color verde pálido a juego con los cortinajes y el tapizado de los sillones. Grupos de damas, ataviadas con vestidos multicolores, salpicaban el salón como flores en un campo.
Lady Wentworth la vio en ese momento y se acercó a ella con una sonrisa en los labios.
—Arabella, querida, me alegro de que hayas venido —la saludó besando el aire junto a su mejilla—. Margaret me dijo que vendrías, pero pensé que ella te acompañaría.
—Mi madrina se halla indispuesta, pero sé que le hubiese encantado estar aquí.
—Estoy segura de ello —repuso con una sonrisa mientras entrelazaba su regordete brazo con el de Arabella—. Bienvenida a la Sociedad Bluestocking. Ahora estamos reflexionando por grupos sobre la obra de Alexander Pope, El rizo robado, y no deseo interrumpir; cuando llegue el momento de exponer las conclusiones, te presentaré a las demás.
Condujo a Arabella hacia uno de los grandes ventanales donde una mujer, de espaldas a la sala, contemplaba los jardines que rodeaban la mansión.
—Querida, te traigo compañía.
La mujer se giró. Tenía una nariz fina, unos expresivos ojos azules, teñidos de una profunda tristeza, y unos labios que parecían sonreír aun sin proponérselo. Su rostro ovalado destilaba una dulzura exquisita, como si fuese una de esas Madonas inmortalizadas por la mano de los grandes pintores del renacimiento.
—Arabella, te presento a Angelica Kauffmann, una joven artista muy prometedora.
La mujer sonrió con timidez ante el halago.
—Angelica, esta preciosa jovencita es lady Arabella Marston, la ahijada de lady Margaret, a quien ya conoces.
—Es un placer conocerla, milady —repuso al tiempo que efectuaba una reverencia.
Arabella sonrió y la tomó de la mano.
—El placer es mío, estaba deseando conocerla.
Lady Wentworth las interrumpió.
—Bien, entonces las dejo para que se conozcan mejor. Mi grupo espera mi opinión sobre la obra y no puedo decepcionarlas —declaró con una sonrisa.
—Nunca ha leído la obra —le susurró Angelica con complicidad cuando la mujer se hubo marchado—; me pidió que le contara el argumento. Es una buena mujer, pero, aunque patrocina la cultura, no le interesa demasiado.
La sonrisa de Arabella se ensanchó. Angelica le caía bien, era sencilla y mucho más joven de lo que había esperado, apenas unos cuantos años más que ella; probablemente no llegaba a los veintiocho.
—Lo sé —admitió—, mi madre y ella son grandes amigas.
—¿Te interesa la literatura? —le preguntó la joven mirándola con curiosidad.
Arabella supo que tenía ahí la oportunidad que había estado esperando. Respiró profundamente y lanzó las palabras sin detenerse, como si temiese arrepentirse de ellas a medio camino.
—Me gusta la pintura, pero no como un pasatiempo propio de una dama, sino como profesión.
Arabella vio el brillo de entusiasmo en los ojos de la joven y su corazón pareció saltar de alegría. Había encontrado a alguien que compartía su misma pasión por el arte.
—Es maravilloso, lady Arabella…
—Llámame Arabella, por favor —la interrumpió sin poder contener una sonrisa dichosa—, espero que seamos amigas.
—Gracias… Arabella. Me alegro de encontrar a otra mujer que desea lo mismo que yo —comentó devolviéndole la sonrisa, luego su rostro se tornó serio—, aunque no te será fácil. Es como si el arte, y el talento artístico, fuesen propiedad exclusiva de los hombres. ¿Cómo puede serlo, cuando la pintura es sentimiento, sensibilidad y pasión, y de eso tenemos las mujeres en abundancia? —sacudió la cabeza como si le pareciera un pensamiento absurdo.
—Sin embargo, reconocen tu talento —le aseguró Arabella frunciendo levemente el ceño.
—Yo tengo dos ventajas, mi padre también es pintor, aunque no sea demasiado bueno —aclaró con una sonrisa que traslucía el cariño por su padre—, y no soy inglesa.
Arabella sintió cómo algo se marchitaba en su alma, un anhelo no consumado.
—Entonces, crees que es mejor que no lo intente.
Angelica sacudió la cabeza con determinación.
—Yo no he dicho eso —le aclaró—. Debes intentarlo, por supuesto. Tal vez no logres nada, pero alguien tiene que luchar por cambiar las cosas, y tú puedes ser ese alguien.
—¿Cómo puedo hacerlo? Ni siquiera mi familia sabe que pinto…
Angelica abrió los ojos sorprendida.
—¿Cómo es posible que no lo sepan?
Un suave rubor cubrió el rostro de Arabella.
—Oh, bueno, es que alquilé unas habitaciones en el Soho y las he convertido en mi estudio. Allí es donde pinto y donde guardo mis obras —declaró con cierta timidez.
—Me encantaría verlas —le aseguró Angelica.
El entusiasmo se dibujó en el rostro de Arabella y sus ojos adquirieron un brillo especial.
—¿De verdad?
Le parecía que el mundo se había abierto ante ella. Por fin alguien vería sus obras, alguien que comprendía el arte tan bien como ella y le daría su opinión. Un estremecimiento de inseguridad le recorrió el cuerpo. ¿Y si no era lo suficientemente buena? Apartó esos pensamientos como si fueran insectos molestos. Si no lo era, se esforzaría por mejorar.
Angelica observó el abanico de emociones que recorrió el rostro de la joven. Le recordaba un poco a sí misma, su naturaleza apasionada, la misma candidez e inocencia… El recuerdo amargo de una traición reciente hizo sangrar la herida que llevaba en el corazón.
El conde de Horn era tan apuesto y la había tratado con tanta dulzura… Se había enamorado inmediatamente de Frederick y su alma había cantado de felicidad cuando supo que él le correspondía. La pintura, que había sido su gran amor hasta ese momento, quedó relegada a un segundo plano. Solo podía pensar en él y suspirar por él. Debió de haber sospechado cuando Frederick le pidió mantener en secreto su compromiso; más aún cuando le contó la historia de que lo habían traicionado en su país y pretendían quitarle su título y su riqueza. Pero el amor la había cegado, llegando incluso a ocultarle a su padre que se habían casado en secreto.
Junto con la verdad vino el dolor lacerante. No existía el tal conde de Horn. Frederick era un aventurero que solo pretendía arrebatarle su dinero, y lo había conseguido el muy ladino. Cuando se enfrentó a él y le lanzó sus acusaciones, el hombre había mostrado su verdadero rostro.
Primero vino la separación, luego la anulación del matrimonio, puesto que el indeseable de su esposo ya tenía un primer matrimonio con otra joven ingenua a la que también había engañado. Aunque no había habido un juicio público, se sentía avergonzada y humillada. Sus amigos ingleses la habían consolado al enterarse de su desgracia, y los encargos para que realizase retratos se habían multiplicado. No volvería a olvidar que ella solo tenía un corazón, y que este pertenecía a su arte.
Se conmovió cuando miró a la joven que aguardaba una respuesta.
—Si quieres dedicarte a pintar, Arabella, nada puede ocupar tu corazón, solo el arte. Ninguna pasión, por poderosa que sea, iguala a esta —le aseguró. Luego su tono se volvió amargo cuando añadió—: ni siquiera el amor de un hombre.
Unos ojos verdes como la campiña inglesa en primavera y unos labios suaves cuya suavidad anhelaba probar, se colaron en su mente. ¿Por qué no podía dejar de pensar en el conde? Con una punzada de tristeza que la sorprendió, desechó esos pensamientos.
Siempre había considerado la pintura como su único amor y su gran pasión, algo que nada ni nadie iba a poder reemplazar. ¿Por qué en ese momento no se sentía tan segura al respecto?
—Yo…
Sus palabras fueron interrumpidas por la voz aguda de lady Wentworth.
—Señoras, creo que ha llegado la hora de exponer sus conclusiones.
Se formó un revuelo de sonidos y colores cuando las mujeres se movieron de sus lugares para formar un círculo más amplio.
Notó la mano de Angelica en su codo y se volvió hacia ella interrogante.
—Será mejor que te acerques —le dijo mientras señalaba hacia donde se encontraba lady Wentworth, que movía los brazos como una mamá gallina llamando a su polluelo. Luego, le susurró al oído—: ven mañana por la mañana a mi estudio, en Golden Square.
Arabella no pudo responderle. Simplemente se dirigió hacia su anfitriona con una sonrisa radiante en el rostro que complació mucho a lady Wentworth.
—Lady Arabella Marston formará desde hoy parte de esta Sociedad y estoy segura de que, a pesar de su juventud, podrá enriquecernos con sus opiniones —declaró mientras paseaba su mirada por los miembros reunidos en la sala buscando su aprobación.
Las mujeres sonrieron, encantadas de contar con alguien más que compartiese sus mismos intereses. En ese momento el reloj dio una campanada y la puerta se abrió para dar paso a un grupo de sirvientas y lacayos que portaban bandejas con pastas, sándwiches y té.
Lady Wentworth hizo que Arabella se sentara a su lado y, cuando todo el mundo estuvo servido, comenzó la discusión.
—Creo que Pope quiere transmitirnos por medio de su poema lo efímera y frágil que es la belleza, por eso la pérdida de un mechón de su cabello afecta tanto a la hermosa Belinda —comentó una de las mujeres mientras las demás asentían.
—Sí, pero ¿quién puede culpar al Barón de haberse prendado de ella? —preguntó otra al tiempo que dejaba escapar un suspiro melancólico—. El amor no escoge a quien amar, simplemente ama.
—Pues a mí me parece que hacen demasiado alboroto por un rizo robado —comentó una mujer entrada en años que Arabella reconoció como la condesa de Blackstone—; ¿a quién de vosotras no le robaron un beso en algún jardín cuando eráis jovencitas?
Hubo risillas disimuladas y exclamaciones ante el atrevido comentario, pero la discusión continuó mientras Arabella se perdía en sus propios pensamientos sobre besos robados. Tal vez si ella le robaba un beso al conde, podría satisfacer su curiosidad.
Una excitación nerviosa burbujeó en su estómago. Sí, se dijo, esa podría ser la solución para el anhelo que la atormentaba. Una vez satisfecha su curiosidad, no tendría más problemas y podría concentrarse única y exclusivamente en la pintura.
Capítulo 7
La noche era fría y húmeda. La niebla londinense se arremolinaba en los oscuros y sucios callejones y trepaba por las fachadas de los viejos edificios que constituían aquella zona de Holborn. Sin embargo, él no sentía el frío, arrebujado en su elegante capa negra de lana y con varias copas de más en su cuerpo. Habría sonreído como un borracho feliz, especialmente después de las veinte guineas que acababa de ganar en el salón de juegos, e incluso habría disfrutado del paseo hasta su casa si no hubiese sido por los dos hombres que lo acompañaban, o más bien lo arrastraban, hacia donde él no quería ir.
Tras abandonar la aburrida recepción que había ofrecido lady Cardow, y después de averiguar que aquella preciosa viuda que le habían presentado durante la velada —de la cual no recordaba en ese momento su nombre— no estaba dispuesta a pasar de un simple coqueteo, había decidido dirigirse a un lugar que ofreciese mayores entretenimientos.
El cochero lo había dejado en la zona de Holborn, de la que se decía que tenía más tabernas que farolas, y así era en realidad. Contaba además con numerosos burdeles en los que se podía encontrar satisfacción, sin importar cuál fuera el gusto de uno, y con casas de juego en las que se podía saciar el gusanillo de la codicia, o bien, perder hasta la camisa.
Después de haber disfrutado de los entusiastas servicios de dos mozas, una morena y otra pelirroja, con sobreabundancia de dotes y talentos, se había dirigido a una de las casas de juego más famosas de la zona.
Pronto se había acostumbrado al humo que flotaba en el ambiente, a las risas huecas de las mujeres que atendían solícitamente a algunos de los caballeros que apostaban, y a la algarabía general que reinaba en el local. Decidió probar suerte con los naipes y escogió el juego del Veintiuno. Enseguida se había felicitado a sí mismo por la elección, puesto que no tardó en empezar a ganar. Esa noche estaba de racha.
Pero la suerte se le había acabado, junto con la borrachera, cuando había abandonado el local a cierta hora de la madrugada y con el bolsillo lleno, y dos hombres —a cuál más feo, según pudo constatar— lo habían instado a acompañarlo con modales poco refinados. Había intentado protestar, según los límites que su balbuceante lengua y su estropajoso cerebro le habían permitido, pero dejó de insistir cuando el brillo de la hoja metálica de un enorme cuchillo lo deslumbró provocándole una incipiente y dolorosa jaqueca.
Al menos todavía seguía vivo y no le habían robado el dinero, se dijo mientras arrastraba sus renuentes pies siguiendo el camino que le marcaban los dos hombretones que lo acompañaban; sin embargo, gimió por lo bajo cuando se detuvieron ante la puerta de una preciosa mansión en Bloomsbury que él conocía muy bien.
Sus acompañantes lo invitaron a entrar con un cortés empujón. No se dignó a quitarse el elegante sombrero de copa ni la pesada capa, puesto que ningún criado acudió a recogerlos; aunque tampoco lo hubiera hecho de haberse presentado alguno, ya que lo único que deseaba era salir corriendo de aquel lugar cuanto antes. Otro empujón le informó que debía continuar avanzando hasta el despacho del dueño de la casa.
Cuando entró en aquel santuario masculino que olía a cuero y a humo de tabaco caro, hubiera deseado que sus ojos dejasen de moverse erráticamente de un lado a otro para poder apreciar la exquisitez y el buen gusto de cuanto lo rodeaba, pero le resultaba imposible fijarlos en un solo lugar, lo cual estaba comenzando a producirle náuseas. O tal vez estas se debiesen al temor reverencial que le despertaba la figura sentada detrás del enorme escritorio de roble, y que en ese momento alzó la cabeza y clavó en él unos ojos tan negros como el pecado que habitaba en su alma.
—Buenas noches, milord. Es un placer recibir su visita y comprobar que goza de buena salud —le dijo mientras esbozaba una sonrisa socarrona— … por ahora.
—No me he olvidado de usted —repuso el aludido al tiempo que tomaba aire para tratar de recuperar el color que había huido de su rostro—, pensaba venir a verlo.
—Por supuesto, por supuesto —convino el otro—, por eso envié a mis muchachos, para asegurarnos de que no se perdía en el camino.
—Claro.
Y ya no supo qué otra cosa decir. Desde luego su cerebro no estaba trabajando bien en ese momento, aunque sí que podía reconocer al hombre que tenía delante. Con el cabello negro veteado de gris, su rostro broncíneo, sus espesas cejas y su elegante bigote que le confería un aspecto de respetabilidad, el señor Mortimer era el mayor usurero de Londres, y el más peligroso. Se preguntó en qué maldita hora se le había ocurrido acudir a él para pedirle un préstamo.
—Hemos sido muy pacientes con usted, milord —comentó en un tono tan suave que un escalofrío le recorrió la columna, y el martilleo dentro de su cabeza se acentuó—. Acudió a nosotros porque deseaba un préstamo para invertir en una nueva empresa que, según usted, sería todo un éxito. Sin embargo, por lo que he podido informarme, la empresa ha fracasado y usted se ha quedado sin la gallina de los huevos de oro. Y ahora me pregunto, ¿tengo yo que perder mi dinero solo porque usted haya perdido el suyo? —inquirió, tras lo cual hizo una pausa silenciosa que él no se atrevió a interrumpir—. No, milord, hablamos de negocios. Es verdad que en los negocios a veces se pierde y otras se gana; pero yo, Conrad Mortimer, soy de los que siempre gana. ¿Me comprende?
Él asintió con la cabeza, inseguro. Su cerebro nublado no le permitía seguir los sutiles razonamientos de su anfitrión, pero el tono amenazador no le habría pasado desapercibido ni aunque estuviera medio muerto. Y si no le daba algo a ese hombre, sin duda acabaría muerto del todo.
—Por supuesto. Yo… tengo aquí algo de dinero —comentó mientras su mano temblorosa se introducía en el bolsillo del forro interior de su capa— que puede usted descontar de mi deuda.
Sacó la bolsa con las guineas y la depositó sobre el escritorio. El hombre la cogió y la sopesó en su palma antes de introducirla en uno de los cajones de la mesa.
—Muy bien.
—¿No va a contarlas? —le preguntó sorprendido—. Son veinte guineas de oro.
Mortimer esbozó una sonrisa e hizo un gesto con la mano desestimando la pregunta.
—Me fio de la palabra de un caballero. Es usted un caballero, ¿no? Porque si no lo fuese, entonces yo me vería obligado a tratarlo de otra manera, quizás un poco menos amable, hasta que al fin saldase su deuda —le explicó al tiempo que se levantaba de la silla y rodeaba el escritorio para acercarse a él—. Estimo, por lo tanto, que, a partir de ahora cumplirá usted con los plazos acordados.
—Por supuesto —balbuceó.
Mortimer se había acercado tanto a él que tuvo que levantar la cabeza para mirarlo, puesto que era mucho más alto y de constitución más delgada.
—Me alegro de que nos entendamos —le aseguró—. Me disgustaría enormemente que un caballero tan amable como usted sufriese algún pequeño accidente que desmejorase su salud.
La sonrisa que esbozó tras sus palabras no llegó hasta esos ojos fríos que lo miraban con superioridad, como si él fuese un deshecho de la sociedad. Tragó saliva y asintió tres veces, porque una le pareció poco para convencerse a sí mismo de que había comprendido la amenaza. Después, tuvo la suerte de ser acompañado hasta la puerta por el mismísimo Mortimer, lo cual le supuso un alivio, ya que el hombre no solía hacer él mismo el trabajo sucio, y eso quería decir que, por esa vez, se había librado de llevarse algún recuerdo poco agradable de aquella visita nocturna.
Cuando la puerta se cerró tras de sí, respiró aliviado y sus pies caminaron mucho más rápido de regreso de lo que lo habían hecho de ida. La llegada a su propia casa, ya sobrio y sin ningún recuerdo agradable al que abrazarse durante las horas de sueño que tenía por delante, decidió que lo mejor sería pasar por su propio despacho para tomar un remedio que eliminase el dolor de cabeza y el sabor amargo de su boca. Encendió una de las lámparas y se dirigió al decantador para servirse una copa de coñac. No le importó pecar de poco refinado cuando la llenó hasta el borde, ni tampoco que parte del líquido ambarino cayese sobre su magnífica alfombra debido al temblor de su mano. Se la bebió de un solo trago e inmediatamente se sintió mejor. Luego se sirvió una copa más y fue a sentarse en una butaca frente a la chimenea, que permanecía encendida. Agradeció en silencio a Charles, su mayordomo, aquel detalle, y luego se puso a pensar.
Como segundón de una de las familias aristocráticas más antiguas de Londres, dependía de la generosidad de su hermano mayor; sin embargo, pronto había aprendido que Garrick carecía de esa virtud y, como consecuencia, él carecía de los medios económicos para mantener un nivel de vida acorde con sus gustos y necesidades. Por eso había tratado de buscar soluciones.
La primera que se le ocurrió fue buscarse una esposa rica de cuyo dinero pudiera disponer. Él era un hombre apuesto, así que, con seguridad, las mujeres no tendrían ningún reparo en aceptarlo, a pesar de su escasez de recursos; de cualquier forma, necesitaba una mujer un tanto desesperada por conseguir un marido. Así fue como había acabado rondando a la hija de los duques de Westmount. Lady Arabella tenía una abundante dote y escasa belleza, por lo que no había una corte de pretendientes rondándola constantemente. Justo lo que él necesitaba. Sin embargo, su propósito se había visto malogrado por culpa del maldito James Marston. Se había plantado delante de él, como una muralla inaccesible, y le había dicho, más o menos, que no era lo bastante bueno para su hermana.
Aquello lo había enfadado mucho, casi tanto como cuando Garrick le había recortado su mensualidad alegando que malgastaba el dinero de la familia con sus sucios vicios. Cuando llegó a la casa, la ira le sobrepasaba y amenazaba con salirse de control. Menos mal que tenía a Charles. Su mayordomo lo había calmado con palabras suaves, como si él fuera un niño pequeño, y le había dicho que había otras formas de conseguir sus propósitos. El bueno de Charles. Estaba tan unido a él y lo quería tanto que llegaría incluso a matar si él se lo pidiera. Y no le había parecido una mala idea en ese momento, pero Charles le había dicho que Garrick tenía un hijo varón que sería el legítimo heredero en caso de que su hermano muriera, y lo había convencido de que no valía la pena arriesgarse tanto, sobre todo si no iba a poder disfrutar del dinero si terminaba en la horca.
La segunda solución que se le ocurrió entonces fue invertir en algún negocio. La gente, incluido su hermano, pensaba que él era un inútil, incapaz de hacer nada de provecho. Incluso su cuñada lo trataba como si fuese todavía un niño pequeño, hablándole con palabras dulces y maternales. Les demostraría a todos que era más inteligente que ellos, que podía superarlos en todo si se lo proponía. No solo se haría rico, también lograría la admiración de todos y se hablaría de él en los clubes de caballeros y en los salones de té de las damas.
Acudió al señor Mortimer y buscó un negocio en el que invertir el dinero prestado. Charles había alabado su inteligencia y astucia, y lo había felicitado de antemano seguro de que tendría éxito. En ese momento tendría que decirle a su mayordomo que había fallado otra vez. El negocio había resultado un fraude, había perdido todo el dinero y Mortimer andaba tras él. Sin embargo, nada de eso le importaba tanto como la humillación de saber que la gente se estaría riendo a su costa, burlándose de su incapacidad.
Apretó con fuerza la copa que sostenía hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Habría hecho estallar en pedazos el fino cristal si no hubiese escuchado esa voz que lo tranquilizó.
—Usted vale más que todos ellos.
No lo había oído entrar, ni había escuchado sus pasos, pero su mayordomo siempre estaba a su lado cuando lo necesitaba.
—Lo sé —le respondió mientras se frotaba la frente para alejar el dolor pulsante que le oprimía el cráneo. Sentía como si la cabeza le fuese a estallar—. Pero no es justo, Charles. ¿Por qué a ellos siempre les sale todo bien?
—La vida no siempre es justa, pero hay formas de volverla a nuestro favor. Ahora tendrá que buscar otro camino para lograrlo.
—Entonces, ¿ya lo sabes? —preguntó sin dejar de mirar el fuego que aún ardía en la chimenea. Luego soltó una carcajada hueca que resonó en la estancia vacía—. Sí, claro, tú siempre te enteras de todo. ¿Y qué vamos a hacer ahora, Charles? ¿Cómo voy a soportar las burlas de todos? Me señalarán, me lanzarán miradas de compasión y se reirán a mis espaldas —dijo al tiempo que elevaba la voz con cada nuevo agravio.
—Tendremos que pensar en algo.
—Sí —corroboró él—, pensaremos en algo, juntos, como siempre.
—Sabe que no puedo abandonarlo —repuso Charles.
Él no respondió. Miraba con fijeza las pequeñas llamas que danzaban en el hogar mezclando sus colores en un mosaico que cambiaba constantemente, tal como lo hacía su propio pensamiento. Una idea se insinuaba en su mente, algo que había escuchado en una de las intrascendentes conversaciones que habían tenido lugar en el baile de lady Cardow. Nunca les prestaba atención, pero había cosas que se quedaban fijas en su cabeza, aunque él no quisiera, y ni siquiera la abundancia de alcohol hacía que lograse olvidarlas. Pero eso estaba bien ahora; necesitaba recordar lo que había escuchado. Volvió a frotarse la frente, como si ese gesto pudiese ayudarle a que fluyesen con más facilidad las ideas dentro de su cabeza. De repente, su rostro se iluminó como el de un niño que ha recibido un regalo.
—¡Ya lo tengo, Charles! —exclamó con entusiasmo. El sonido estridente de su propia voz dibujó una mueca de desagrado en su rostro y le provocó un latido punzante y persistente detrás de los ojos. Bajó el volumen hasta convertirlo en un susurro—. En la fiesta de lady Cardow escuché una conversación. Era privada, pero yo no tengo la culpa de que se pusieran a hablar cerca de donde yo me hallaba, digamos, descansando. La cuestión, Charles, es que comentaban algo sobre una exposición de pintura que daría fama a los participantes. ¿Lo ves? Si participo me haré famoso, y les demostraré a todos cuánto valgo; además, luego podré vender los cuadros y obtener dinero, mucho dinero por ellos. ¿Qué te parece?
—Estoy seguro de que puede lograrlo. Usted puede hacer todo lo que se proponga.
Él asintió satisfecho. Un mechón rubio de cabello le cayó sobre la frente y lo apartó con un resoplido poco efectivo.
—Ya sé que no sé pintar —admitió para sí mismo; luego se encogió de hombros con indiferencia—, pero ese problema será fácil de solucionar. Mañana mismo me pondré a buscar una pintura que pueda servir para mis propósitos.
La puerta se abrió silenciosamente y una sombra se deslizó por la estancia en penumbra. El sonido de la bandeja metálica al ser colocada sobre la mesilla, le hizo rechinar los dientes.
—Buenos días, milord. Me he permitido traerle un poco de café.
Miró al criado fijamente. En ese momento sus palabras le resultaban incomprensibles. Buscó a Charles con la mirada para que se lo explicara, pero ya no se encontraba en el despacho. Entonces se dio cuenta de la luz tenue que atravesaba los grandes ventanales y comprendió. Estaba amaneciendo.
—Gracias —respondió.
El café le vendría bien para despejar la cabeza. No había dormido en toda la noche, pero no se sentía cansado. Al contrario, la excitación le corría por las venas quemándole las entrañas. Esa vez lo lograría, había encontrado su vellocino de oro. Por eso no podría dormir en ese momento ni aunque se lo propusiera. De hecho, últimamente le costaba cada vez más conciliar el sueño. Había algo oscuro que acechaba su mente apenas cerraba los ojos y prefería evitarlo si podía.
Cogió la humeante taza de café que le había servido el criado y tomó un sorbo. Se alegró de que estuviese lo suficientemente cargado, así se despejaría antes. Luego podría asearse un poco y cambiarse de ropa, puesto que aún llevaba la que había usado para asistir al baile, y salir en busca de su pintor.
—¿Necesita algo más, milord?
—Sí, voy a volver a salir después de asearme un poco. Dile a Charles que me prepare la ropa adecuada —le pidió.
El criado vaciló.
—¿No prefiere que se la prepare su ayuda de cámara, milord?
—No —repuso tajante—, lo hará Charles, como siempre. Él es el único que me comprende y sabe lo que necesito.
—Como guste, milord.
Él ya no prestó atención a la leve inclinación que hizo el criado antes de marcharse, ni al modo en que sacudía la cabeza mientras se dirigía hacia la puerta. Tenía la mente puesta en sus planes de futuro y en lo que debía hacer esa misma mañana.
Cuando bajó la gran escalinata de mármol, vestido y aseado, eran casi las diez de la mañana. Al llegar al vestíbulo, un criado le tendió el sombrero y los guantes de piel. Su caballo se encontraba ya ensillado y en la puerta. Uno de los mozos de cuadra sujetaba las riendas del precioso bayo, que le entregó junto con la fusta en cuanto él montó sobre el animal. El muchacho apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que su amo espolease a su montura y echase a correr por las calles adoquinadas como alma que lleva el diablo.
Tenía prisa. Se tardaba tiempo en pintar un cuadro decente, que valiera la pena, y él ni siquiera tenía todavía al pintor que realizaría la obra de arte que le reportaría fama y dinero. Por eso azuzó aún más a su caballo, un animal de gran alzada y poderosas patas, que obedeció prontamente sus órdenes al sentir el escozor de la fusta sobre su brillante pelaje rojizo. No le importó que a esas horas las calles estuviesen bastante transitadas por los peatones, ni que carruajes y carros de mercancías ocupasen la calzada avanzando a paso lento. A su paso, dejaba atrás gritos y maldiciones. Un carruaje estuvo a punto de volcar cuando al tomar una curva se encontró con él en el centro de la calle. Él no se apartó, y el cochero tuvo que virar realizando una peligrosa maniobra que hizo que las ruedas chirriasen.
Cuando enfiló Oxford Street tuvo que tirar bruscamente de las riendas para no estrellarse contra el conde de Thornway que venía en dirección contraria. No conocía al hombre, pero no era cuestión de enemistarse con él, puesto que había escuchado hablar de la inmensa riqueza que poseía, y tal vez podría sacar algo de beneficio si cultivaba su amistad.
Murmuró unas disculpas. Lo saludó con una leve inclinación de cabeza y prosiguió su camino.
Capítulo 8
La cabalgada matutina liberó algo de la tensión nerviosa que Arabella tenía acumulada.
Afortunadamente para Sherezade y para ella, el día había amanecido con un cielo salpicado tan solo por unas cuantas nubes blancas algodonadas y un sol otoñal que bañaba con sus tibios rayos las copas de los árboles en Hyde Park. Apenas alcanzó la entrada del parque, dio rienda suelta a su yegua para que se desfogara. Sus fuertes patas traseras parecían tocar el suelo tan solo ligeramente, mientras mantenía su cola gris en alto y sus suaves crines flotando al viento.
Cuando disminuyó el paso y se detuvo, una sonrisa de placer asomó a sus labios. El aire fresco había teñido sus mejillas de un color rosado, unos mechones castaños se habían soltado del perfecto recogido que le había hecho Lucy esa mañana y le acariciaban la nuca. Respiró hondo y esperó a que su mozo la alcanzara.
—Lo siento, Peter —le dijo con una sonrisa de disculpa mientras palmeaba con fuerza el grueso cuello del animal—, pero Sherezade necesitaba correr.
El mozo le dedicó una sonrisa juvenil transformando su arrugado rostro curtido por el sol y el paso del tiempo.
—No se preocupe, milady. Mi Sally ya está vieja para echar carreras, pero esta jovenzuela —comentó señalando con un gesto de la cabeza a la yegua— necesita deshacerse un poco de su exceso de energía.
Sherezade relinchó en ese momento, sacudiendo su refinada cabeza, como si aprobase el comentario. Arabella se rio.
—Ya sé que te gustaría dar otra vuelta, preciosa, pero es hora de volver a casa.
Tiró de las riendas y enfiló tranquilamente el camino hacia la casa seguida por el mozo de cuadras.
Al llegar, se apresuró a tomar algo rápido de desayuno y le pidió a Lucy que la ayudase a vestirse adecuadamente para salir. Antes de ir al estudio de Angelica quería pasar por casa de Caroline para recoger un boceto que había realizado de La ninfa del agua, así podría enseñárselo a Angelica y que ella le diera su opinión profesional.
No podía negar que se encontraba nerviosa por el encuentro. Caminaba deprisa por la calle, como si el hecho de llegar antes a Golden Square pudiese lograr que disminuyese el ritmo errático de su corazón. El pliego de papel que contenía el boceto de su obra crujía en el bolsillo interior de su capa. Detrás de ella, Lucy resoplaba al tratar de mantener el ritmo de su ama. Arabella sabía que no era propio de una dama caminar con apresuramiento por las calles transitadas —en realidad no estaba bien visto que lo hiciese así por ningún lugar, ni en público ni en privado—, pero no pudo detenerse hasta que llegó a la entrada del edificio donde Angelica tenía su estudio.
Inspiró hondo, con la mirada fija en la fachada de estilo palladiano que enmarcaba la puerta negra que daba acceso a lo que podía ser su futuro. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿Y si al mostrarle su obra le decía que no tenía talento? ¿Qué haría si Angelica echaba por tierra sus sueños? Tendría que conformarse con vivir como una dama, una más entre el montón que adornaban los salones de la alta sociedad. Acudiría a recepciones y al teatro, pasearía por el parque, compraría nuevos vestidos cada temporada y tendría un marido al que debería obedecer y dar hijos.
La imagen, visible solo a sus ojos, hizo que se le encogiese un poco más el estómago y la asaltase una sensación de náusea. Había luchado por alcanzar sus sueños desde la primera vez que contemplase la obra de un pintor renacentista en el que una Madonna sostenía a un niño en sus brazos mientras lo miraba con una mezcla de ternura y tristeza en sus ojos. Había deseado entonces ser capaz de pintar algo tan hermoso, y en esos momentos creía haberlo conseguido, pero si no se arriesgaba, nunca lo sabría.
Enderezó la espalda, alzó la barbilla con decisión y avanzó subiendo los escalones que sellarían su destino.
La puerta tardó un rato en abrirse y Arabella comenzó a ponerse más nerviosa. Cuando finalmente se abrió, se encontró con el rostro sonriente de Angelica.
—¡Arabella!
El tono de sorpresa con el que pronunció su nombre la desconcertó.
—Lo siento si he venido demasiado temprano —se disculpó ella insegura.
—No, no te preocupes. Entra, por favor. Disculpa que haya abierto la puerta yo misma, normalmente no suelo hacerlo —le explicó Angelica. En su rostro apareció un suave rubor—. Esperaba a otra persona y creí que ya había llegado, por eso envié a Betty, mi criada, a preparar el té. Todavía no dispongo de suficiente personal de servicio. Lady Wentworth me explicó que el decoro y las normas sociales lo exigen, pero yo todavía no me he acostumbrado —comentó, y acompañó sus palabras con un ligero encogimiento de hombros que hablaba por sí solo de la incomprensión que le suponían las reglas de conducta de la buena sociedad inglesa.
—Si esperas a alguien más, puedo regresar otro día —repuso, aunque no pudo evitar que la decepción se manifestase en su tono.
—Por supuesto que no. Estoy encantada de recibirte —le aseguró con una sonrisa sincera al tiempo que entrelazaba su brazo y la invitaba a acompañarla a una salita.
Arabella casi perdió el aliento cuando entró en la sala convertida en estudio. La habitación, amueblada con sencillez, tenía unos grandes ventanales que dejaban pasar abundante luz. En uno de los rincones de la estancia había un estrecho diván y algunas confortables butacas alrededor de una pequeña mesa taraceada sobre la que descansaba una bandeja con el servicio de té. El suelo era de madera, al igual que las estanterías repletas de libros que ocupaban una de las paredes de la agradable estancia. Aquí y allá, apoyados sobre pequeñas columnas clásicas o sobre sillas, había esparcidos diversos lienzos cubiertos con telas blancas para preservar las pinturas del polvo y de la excesiva exposición a la luz. El espacio central lo ocupaba un caballete. Al lado, sobre una mesa alargada, se hallaba la paleta de colores y los pinceles sumergidos en un líquido transparente que Arabella supuso sería trementina, puesto que hasta ella llegaba el característico olor a pino.
—Es precioso —susurró Arabella con reverencia mientras miraba a su alrededor.
Angelica dejó escapar una carcajada musical.
—Es solo una habitación y, además, escasamente amueblada, pero todo lo que necesito para ser feliz está aquí —repuso señalando el inmenso lienzo que descansaba sobre el caballete—. Ven, te lo mostraré.
Cuando se acercaron, Angelica retiró la tela que cubría la obra. Arabella no pudo contener una exclamación de admiración. Sobre un fondo oscuro, una mujer vestida con hermosos ropajes sostenía en alto un arco. Su rostro, iluminado por una suave luz blanca, lucía una profunda tristeza, como si el objeto despertase en ella dolorosos recuerdos. A sus pies se agachaba una figura inacabada que parecía una doncella. Era una imagen exótica y fascinante.
—Es… precioso —declaró con un suspiro. Aquello sí que era una obra de arte; resultaría imposible igualarla, pensó con cierta decepción. A pesar de lo que había creído, tal vez su pintura no fuese tan buena después de todo.
—Penélope.
Esa única palabra, casi susurrada con melancolía, hizo que Arabella se girase hacia la pintora.
—¿Perdón?
—Penélope —repitió Angelica sin dejar de mirar el lienzo—, la mujer de Ulises. Tras la desaparición de su marido, se vio asediada por un gran número de pretendientes que aspiraban a ganar su mano. Cansada de soportarlos día tras día mientras consumían su hacienda en banquetes, organizó un concurso. Aquel que pudiera tensar el arco de su esposo y hacer pasar una flecha por el ojo de doce segures, sería quien obtendría su mano. Uno a uno lo intentaron, pero ninguno de ellos fue capaz ni siquiera de tensar el arco —le explicó—. He querido plasmar el momento en que ella toma la decisión de desafiarlos.
—¿Vas a venderlo?
Angelica negó con la cabeza.
—Pienso exponerlo al público —declaró mientras invitaba a Arabella, con un gesto, a dirigirse adonde aguardaba el té—. ¿Por qué debemos conformarnos con pintar retratos o naturaleza muerta? ¿Solo por el hecho de ser mujeres? Creo que somos capaces de pintar cualquier cosa, y pienso que las escenas mitológicas e históricas pueden ser muy sugerentes. Pero, bueno —le dirigió una sonrisa de disculpa mientras le servía una taza de té—, no te invité aquí para hablar de lo que yo pienso.
Arabella le devolvió la sonrisa. Luego, con cierta timidez, le extendió el rollo que sujetaba con fuerza en su mano.
—Este es un boceto de una de mis obras.
—Yo también suelo hacer bocetos primero, antes de pintarlos sobre el lienzo —le dijo Angelica mientras lo cogía y lo desenrollaba. Se quedó mirando el papel con gesto concentrado.
Arabella se esforzó por no retorcerse las manos con nerviosismo mientras observaba pasar por los bellos ojos de Angelica diversas emociones: sorpresa, preocupación, placer. Luego comenzó a asentir.
—Sí, creo que podrá servir.
Las delicadas cejas de Arabella se alzaron en una muda interrogación.
—¿Servir? ¿Para qué?
Angelica dejó escapar una risa musical.
—Perdona, creo que debería de empezar a contarte todo por el principio. ¿Has oído hablar de Sir Joshua Reynolds?
—Por supuesto, es una eminencia entre los pintores londinenses.
—Lo es —convino Angelica—, y un gran amigo mío. Me confió que Sir William Chambers, el arquitecto, ha presionado al rey George para que apoye un nuevo proyecto, la fundación de la Real Academia de las Artes, a la que podrán acudir estudiantes con talento para estudiar y desarrollar sus capacidades artísticas. Se inaugurará en los primeros días de diciembre.
—¡Eso es fantástico! —exclamó Arabella tan entusiasmada que por poco no derramó el té sobre su vestido. Dejó la taza sobre la mesa y esperó a que Angelica continuase hablando.
—Lo es, aunque dudo que permitan que una mujer estudie ahí —le dijo frunciendo los labios con desaprobación.
En el rostro de Arabella se dibujó la decepción.
—Entonces…
—Sin embargo —la interrumpió Angelica—, hacia el mes de abril del próximo año se organizará una primera exposición de arte. Los artistas que lo deseen podrán enviar sus obras; una vez aprobadas, entrarán a formar parte de la exposición. Creo que ahí tienes una magnífica oportunidad para darte a conocer —le dijo al tiempo que daba golpecitos con el dedo sobre el boceto que yacía entre ellas sobre la mesita—. Presenta tu obra.
—Eso sería maravilloso, pero yo…
Unos suaves golpes en la puerta la interrumpieron. Cuando Angelica dio el permiso, Betty entró.
—Su visita ha llegado, señorita.
Angelica esbozó una sonrisa radiante y se levantó.
—Hazla pasar —le pidió mientras se dirigía ella misma hacia la puerta.
Arabella dudó sobre lo que debía hacer. Probablemente Angelica prefería recibir sola a su visita; quizás lo mejor sería marcharse y regresar en otro momento. Se levantó con la intención de recoger sus cosas y marcharse, pero la visita entró en la sala y ella solo pudo observar sorprendida la escena.
—¡Alex!
El tono de placer y de familiaridad que destilaba aquel nombre en los labios de Angelica, provocó en Arabella una emoción extraña, la sensación de que le arrebataban algo propio. Se dio cuenta de lo tensa que se encontraba y trató de relajarse, pero le fue imposible, en especial cuando vio que Angelica besaba en las mejillas al conde. La sonrisa que él esbozó a cambio fue tan hermosa, que Arabella hubiese querido dibujarla en ese momento para inmortalizarla.
Cuando los dos comenzaron a intercambiar comentarios en una lengua que no comprendía, Arabella se percató de que probablemente asistía, en primera fila, al reencuentro de unos amantes. La tristeza que la invadió en ese momento dejó en su corazón un poso amargo, y no entendió el porqué. Aunque era cierto que el conde tenía un cierto atractivo, ella apenas lo conocía y, por supuesto, no esperaba nada de él. El hecho de que le hubiese dicho que deseaba besarla, solo demostraba lo que ella ya sabía, que el conde era un libertino. No importaba que tuviese unos espléndidos ojos verdes, como una lluvia de esmeraldas, ni un hoyuelo encantador al lado de una sonrisa devastadora que hacía que le temblasen las piernas.
Dejó escapar un suspiro quedo. En ese instante, aquellos ojos esmeralda la miraron directamente, con desconcertante intensidad, y una sonrisa confiada, embriagadora, fue asomando a sus labios.
—¡Oh!, lo siento —se disculpó Angelica mirando del uno al otro—, con la emoción parece que me he olvidado de mis buenos modales. Ven, Alex, quiero que conozcas a mi encantadora visita.
Conforme se acercaban a ella, Arabella sintió que el corazón comenzaba a palpitarle con fuerza, casi como cuando contemplaba emocionada una obra de arte. Sí, pensó, tal vez se trataba solo de eso, veía al conde como a una hermosa obra de arte. El olor masculino, una mezcla de sándalo y madera, cuando lo tuvo cerca, le provocó un escalofrío. Sabía lo que era el deseo, lo experimentaba cada vez que se encontraba ante un lienzo en blanco, pero nunca lo había sentido con tanta fuerza ante un hombre.
La voz profunda del conde desvió su atención de esos pensamientos torturantes.
—Lady Arabella y yo ya nos conocemos —le dijo mientras hacía una leve reverencia y tomaba su mano llevándosela a los labios.
La sensación de aquellos labios cálidos y suaves sobre su piel, y la fuerza contenida de esa mano morena apresando la suya, más pequeña y blanca, bastó para que el corazón se le detuviera en el pecho y se echase a temblar. Aquel hombre era un experto en el arte de la seducción, y ella, tan ingenua como un niño de pecho, pensó con cierta rabia. Trató de retirar su mano, pero él la sujetó con firmeza mientras con el pulgar dibujaba sobre ella pequeños círculos, como si intentase calmarla. Cosa que resultaba imposible teniendo tan cerca esos profundos ojos verdes y el traicionero hoyuelo.
—Debí imaginarlo —declaró Angelica ajena por completo a la incomodidad de Arabella—, siendo como eres un amante del arte.
—¿Le gusta el arte, milord? —le preguntó al tiempo que daba un pequeño tirón para liberar su mano de la del conde.
—Disfruto siempre de la belleza —repuso él sin dejar de mirarla.
Notó que el rubor subía a sus mejillas y se preguntó qué pensaría Angelica de ella. Nerviosa, buscó algo que decir.
—Entonces, ¿también usted pinta?
El rostro del conde experimentó entonces una transformación. Su mandíbula se tensó, los rasgos de su rostro se endurecieron y sus ojos se volvieron fríos. Arabella parpadeó sorprendida ante aquel brusco cambio y desvió su mirada hacia Angelica. Esta miraba al conde con ojos llenos de preocupación.
—Voy a pedir a Betty que traiga otra taza para el té —se apresuró a decir antes de dar media vuelta y dejarlos solos.
Arabella volvió a mirar al conde y luego bajó la vista hacia sus manos entrelazadas.
—Me disculpo si he dicho algo que lo haya ofendido, milord.
Alex suspiró y negó con la cabeza.
—Es un tema complicado para mí.
Esperó a que él se explicase, pero el conde no añadió nada más. Su mirada se hallaba perdida más allá de Arabella. Dio un paso hacia delante y ella retrocedió chocando apenas contra la mesilla, lo que hizo que las tazas tintineasen sobre los delicados platillos de porcelana. Alex se agachó y cogió el boceto que descansaba sobre la mesilla.
Cuando ella soltó una exclamación ahogada, el conde ni siquiera se inmutó. Continuó mirando fijamente los trazos negros sobre el papel, las delicadas líneas de la espalda desnuda de la mujer, el perfil de su rostro, el brazo extendido sosteniendo al pajarillo en su mano.
Alex conocía a la perfección el estilo de Angelica, y sabía que aquel boceto no era suyo. Se habían conocido al poco de llegar él a Italia, cuando andaba errante por las diversas ciudades intentando saciar su deseo por el arte y buscando a alguien que le enseñase a pintar. Así fue como dio con el padre de Angelica, un pintor mediocre, pero un excelente maestro. Sin embargo, sus clases no duraron mucho. Le dijo que no tenía mucho talento, que quizás con la práctica hubiese podido alcanzar cierto nivel, pero él había tenido prohibido no solo usar los pinceles, sino incluso hablar de pintura. Por eso odiaba aún más a su padre.
—¿Es suyo? —le preguntó con la voz ronca por la emoción. Aquella imagen provocaba en él cientos de sensaciones.
Al no escuchar respuesta, levantó la mirada del papel hacia Arabella. La angustia y la preocupación que vio en su rostro lo conmovió.
—Su familia no lo sabe, ¿verdad? —preguntó en tono suave. Ella negó con la cabeza. Se veía tan hermosa y tan vulnerable, que no pudo evitar acariciar con los nudillos su mejilla aterciopelada—. Lady Arabella, este será un secreto entre usted y yo.
—Gracias —murmuró cohibida por la sensación que le había provocado el roce de su mano.
Cogió el boceto que él le tendía y se concentró en enrollar el papel para evitar mirarlo a los ojos. Notó el calor que desprendía el cuerpo masculino cuando el conde se acercó a ella para susurrarle al oído.
—Y si algún día necesita un modelo masculino, puede usarme a mí.
Arabella sintió que el aire se le atascaba en los pulmones. Un calor ardiente le subió al rostro mientras se imaginaba al conde, desnudo, posando para ella. Cuando se atrevió a levantar la mirada hacia él, vio su sonrisa burlona, llena de satisfacción, y soltó mentalmente una maldición muy poco femenina por haberse dejado engatusar, otra vez.
La dura réplica murió en sus labios cuando Angelica entró de nuevo en la sala seguida por Betty.
—Lo siento —se excusó con pesar—, tuve que atender unos asuntos domésticos.
Arabella terminó de enrollar el boceto y se acercó a ella. Notaba la mirada del conde sobre su espalda, pero no le importó parecer una cobarde por batirse en retirada.
—Discúlpame, Angelica, pero tengo que irme —le aseguró esbozando una sonrisa de disculpa—, mi madre me estará esperando.
—Oh, lo lamento. Me hubiera gustado… Bueno, no importa. Espero que vuelvas a visitarme pronto —comentó mientras se despedía de ella con un beso en la mejilla—, así podré ponerte al tanto de las nuevas noticias.
—Me encantará.
Arabella se giró hacia el conde y le dirigió una leve inclinación de cabeza sin atreverse a mirarlo.
—Lord Thornway.
Y, por segunda vez, Arabella salió huyendo como alma que lleva el diablo… dejando a ese mismo diablo tomando el té en el salón que ella acababa de abandonar.
Capítulo 9
Lucy sacudió la cabeza nuevamente.
—No lo entiendo, milady, ¿por qué tiene que ir ahí?
—Ya te lo he dicho, Lucy —repuso Arabella con tono paciente mientras el coche de alquiler avanzaba despacio por la atestada calle—, porque necesito que alguien valore la pintura.
—Sí, pero ¿por qué precisamente ahí? —insistió con énfasis. Frunció el ceño y miró a su ama con ojos cargados de preocupación—. No es un buen lugar, milady, mucho menos para una dama.
Arabella dejó de mirar por la ventanilla y se volvió hacia la muchacha con una sonrisa que pretendía infundirle tranquilidad.
—Lo sé, Lucy, pero estarás de acuerdo en que no podía acudir a los principales marchantes de arte de la ciudad. Con seguridad mis padres se enterarían y todos mis sueños se vendrían abajo —le explicó. Al ver la duda dibujarse en el rostro pecoso de su doncella, insistió—: tú sabes lo que diría la duquesa.
Lucy dejó escapar un suspiro de resignación. Para la duquesa, todo el arte comenzaba y acababa en los vestidos y las joyas. Aunque tenía un corazón de oro y se mostraba muy generosa con el servicio, era una mujer superficial aferrada a las convenciones tradicionales. Si se enterase de los planes de su hija, probablemente se escandalizaría y querría que Arabella se recluyese en el campo hasta que se olvidase del asunto. Entonces se lo comunicaría al duque, y el duque la obedecería porque, aunque era un hombre de carácter fuerte y aficionado a las discusiones políticas, había delegado por completo la crianza de sus hijos, excepto la del primogénito, en las manos de su amada esposa.
El carruaje se bamboleó bruscamente al tomar una curva y Lucy se golpeó contra la portezuela. Soltó un gruñido de protesta y masculló unas palabras ininteligibles contra el cochero mientras se frotaba el hombro dolorido. Luego volvió a la carga con sus preguntas.
—¿Y por qué necesita ver a un marchante si ya la señorita Angelica le ha dicho que estaba bien?
—Bueno, ella nunca dijo que estaba bien, solo que podía servir para la exposición —le aclaró.
—Pues es lo mismo, digo yo.
—No, Lucy, no es lo mismo —señaló—. Además, Angelica solo vio el boceto, no el cuadro ya terminado. —Vio que la muchacha se disponía a protestar de nuevo y se apresuró a continuar—: Y quiero que lo valore un hombre capacitado, porque, al fin y al cabo, serán hombres los que compondrán el tribunal de revisión de las obras. Si un marchante de arte acepta mi obra, entonces significará que tengo alguna posibilidad.
Lucy se rindió finalmente, pero no quiso dejar de decir la última palabra.
—Pues al menos debería tener a un hombre que la acompañase.
Arabella no se molestó por el tono hosco de su doncella. Lucy le era fiel, sabía guardar un secreto y se preocupaba mucho por ella. No podía pedir más.
Pensó en sus palabras. Le habría encantado poder contar con James, Edward o Robert, pero a este último casi nunca lo veían, y los otros dos… bueno, el arte no entraba en sus prioridades, y no creía que pudieran comprender lo que ella sentía.
Una vívida imagen del conde de Thornway apareció en su mente, y recordó las palabras que Angelica le había dirigido, «…siendo como eres un amante del arte». ¿Sería verdad? ¿Era por eso por lo que conocía a Angelica? Imaginarlos juntos hizo que se le encogiera el estómago. ¿Cómo sería tener a su lado a un hombre que le comprendiese, que compartiese sus mismos gustos, con el que poder hablar de igual a igual? ¿Cómo sería compartir la vida con alguien que no la considerase un adorno, alguien junto al que poder acurrucarse las noches de invierno, alguien que la amase tal como era?
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el coche se detuvo abruptamente y la voz hosca del cochero les avisó a través de la trampilla de que habían llegado. Echó un vistazo a través de la estrecha ventanilla antes de descender detrás de Lucy.
El lugar no le pareció tan malo, al menos bajo la luz del día. Cambió de opinión después de haber recorrido unos cuantos pasos con su doncella casi pegada a la espalda mientras le susurraba que Holborn estaba lleno de prostíbulos y después de haber recibido algunos comentarios obscenos —algunos de los cuales ni siquiera había comprendido— por parte de supuestos caballeros y otro tipo de hombres que pululaban por la multitud de tabernas y negocios que se abrían a lo largo de la calle. Si no encontraba pronto la dirección que buscaba, daría media vuelta y se marcharía, de otro modo, terminaría por destrozar el lienzo que llevaba sujeto bajo el brazo por la fuerza con que lo apretaba al tratar de controlar el miedo y el nerviosismo que sentía.
Casi al llegar a St. Giles, encontró lo que buscaba. Dubitativa, se mordió el labio inferior con inseguridad. La fachada del pequeño negocio dejaba mucho que desear. El edificio de ladrillo, que acumulaba suciedad de hollín y otras cosas que Arabella no deseaba descubrir, constaba de tres plantas. En la de abajo se situaba la tienda, cuyo escaparate se abría al estrecho callejón mostrando caballetes y otros utensilios para pintar, así como algún que otro lienzo con paisajes y retratos. Las dos plantas superiores tenían unas ventanas semicubiertas por telas y con algunos cristales rotos. Sobre el dintel de la puerta descansaba un letrero que rezaba: Horatio Brown. Marchante de arte.
Decidió entrar cuando vio a un par de hombres, de aspecto dudoso, acercándose a ellas. Lucy casi la derribó en su prisa por refugiarse en el interior del comercio.
Cuando se recuperó del empujón, y una vez que hubo escuchado y aceptado las profusas disculpas de su doncella al respecto, echó un vistazo al local. Aunque el mobiliario era viejo, al menos todo en aquel espacio estaba ordenado y limpio. El conocido olor a pintura obró un efecto tranquilizador sobre ella.
Mientras observaba algunos de los cuadros que había expuestos sobre caballetes, se abrió la cortina situada al fondo de la estancia dando paso al comerciante. Se trataba de un hombre más bien bajo y con una pronunciada barriga que sobresalía amenazadora por debajo de los picos de su chaleco dorado. La ausencia de cabello hacía que su cabeza se viese reluciente y brillante —como cuando las criadas de Westmount Hall abrillantaban el pasamanos de la escalera—, excepto alrededor de las orejas; por el contrario, sus negras cejas eran abundantes y se enclavaban sobre unos ojos diminutos que parecían hacer inventario de todo cuanto veía. Una nariz respingona y una boca generosa completaban su aspecto.
Tras haber calibrado el elegante atuendo de Arabella, y darse cuenta de que se trataba de una dama de alcurnia, se frotó las manos y esbozó una espléndida sonrisa.
—Horatio Brown a su servicio, milady —se presentó mientras efectuaba una exagerada reverencia que, dado su escaso tamaño, hizo que casi rozase el suelo con su nariz. Arabella se mordió el labio para no soltar una sonora carcajada que sin duda hubiese ofendido al hombre—. ¿En qué puedo serviros? ¿Buscáis quizás una obra de arte para vuestra colección? ¿Estáis interesada en un retrato? Tengo un retratista con muy buena fama entre las damas de la aristocracia.
Arabella negó con la cabeza mientras le sonreía.
—Muchas gracias, señor Brown, pero no busco nada de eso, aunque sí que necesito su ayuda —le aseguró al ver el mohín de decepción en su boca—. Verá, tengo esta pintura… —dijo al tiempo que colocaba el lienzo delante de él y lo descubría.
Los azulados ojos del hombrecillo brillaron con avidez.
—¡Oooh! —exclamó visiblemente fascinado por la obra—. ¿Desea venderlo? Estoy seguro de que…
—No —lo interrumpió ella tajante. Luego añadió con más suavidad—: lo que deseo es que lo tase. Me gustaría poder contar con tres opiniones sobre el valor de la obra, no solo económico, sino también en cuanto a su valor artístico.
El señor Brown frunció el ceño haciendo que sus cejas pareciesen las negras alas de un cuervo.
—¿Es usted la dueña?
—Es la artista que lo ha pintado —repuso Lucy con orgullo, lo que le valió una mirada severa por parte de Arabella y una de asombro proveniente del marchante.
—Es usted una artista notable, milady.
Arabella ignoró el halago.
—¿Podrá hacerlo, señor Brown? Le aseguro que le pagaré bien.
Casi como si pudiera ver los engranajes de su cerebro, notó cómo el hombre hacía rápidamente un análisis de la situación, y después asentía mientras esbozaba una gran sonrisa que Arabella correspondió aliviada.
—Puedo hacerlo, milady, y será un placer y un honor para mí poder ayudarla.
—¿Cuánto cree que llevará obtener algún resultado? —quiso saber.
El marchante se rascó la barbilla, pensativo.
—Lo mejor sería contar con varias opiniones, por supuesto.
—Por supuesto —corroboró Arabella.
—Entonces serían unas tres o cuatro semanas, milady, tal vez algo más. No quisiera sacar el lienzo de mi pequeño negocio —le explicó—, preferiría esperar a que los caballeros que pueden dar una opinión valiosa acudan aquí.
Arabella se mordió el labio inferior dubitativa.
—¿Y si no vienen?
El hombre le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No se preocupe, milady, ellos siempre vienen. Horatio no le defraudará —le aseguró.
—Gracias, señor Brown. Entonces, ¿cuánto le debo por sus servicios? —preguntó al tiempo que sacaba la desgastada bolsa de terciopelo en la que guardaba las monedas.
El marchante levantó las manos y las agitó ante la nariz de Arabella mientras sacudía la cabeza con determinación.
—No, no, no, milady. Soy un hombre honrado —repuso, y estiró repetidamente del chaleco como si ese gesto pudiese calmar su dignidad ofendida—. Nunca cobro mis honorarios por adelantado, solo lo hago cuando estoy seguro de que mi cliente ha quedado satisfecho.
—Es una actitud muy loable, señor Brown —lo aduló esperando aliviar su orgullo herido—. Entonces, volveremos a vernos en tres semanas.
—Por supuesto, milady. En caso de que tenga noticias antes, ¿hay alguna dirección en la que pueda encontraros?
Arabella rebuscó en su bolsito, extrajo una de sus tarjetas de visita, sobre la que escribió la dirección de Caroline, y se la entregó al hombre.
—Puede acudir a esta dirección, señor Brown, y lo recibiré con mucho gusto.
El marchante leyó la tarjeta y sus ojos se abrieron debido al asombro y la sorpresa al leer el nombre de su clienta.
—Gracias, Excelencia —le dijo mientras se inclinaba repetidamente en su presencia—. Ha sido un placer, Excelencia.
Lucy soltó una risilla que disimuló convirtiéndola en una tos, y Arabella sonrió divertida ante la efusividad del hombre.
—Milady estará bien, señor Brown, no hace falta que use otro título.
—Como desee, Excelencia.
Arabella suspiró resignada y, tras esperar a que el señor Brown efectuase la última reverencia, le entregó el lienzo que había vuelto a cubrir.
—Le ruego que lo cuide mucho —le suplicó Arabella—. Es muy importante para mí.
—Por supuesto, por supuesto —le aseguró. Luego se dirigió hacia la cortina del fondo y, tras abrirla, gritó hacia el interior—. ¡Johnny!
A los pocos minutos apareció un joven desgarbado que llevaba el pelo revuelto y un delantal salpicado de pintura.
—Dígame, señor Brown.
—Vete a pedir un coche para la dama —dijo entregándole una moneda que sacó del bolsillo de su chaleco— y dile que venga aquí a la puerta.
—No es necesario, señor Brown.
—Por supuesto que lo es, milady. No es… —se detuvo buscando la palabra— adecuado que dos mujeres jóvenes caminen solas por este barrio. Date prisa, Johnny.
El joven asintió y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo de golpe, con la boca abierta, cuando vio a Lucy. La doncella le dirigió una sonrisa pícara y el joven enrojeció antes de salir disparado por la puerta hacia la calle.
Afortunadamente, el coche no tardó demasiado, porque Arabella no hubiera podido aguantar otra explicación sobre las generaciones de señores Brown que se habían dedicado al comercio del arte. Le dirigió una sonrisa agradecida y permitió que el hombre la ayudase a subir al carruaje mientras le aseguraba el honor que había supuesto su visita y que, en cuanto tuviera alguna noticia, se lo haría saber. Lucy subió detrás de ella, no sin antes haberle guiñado un ojo al joven aprendiz que en ese momento lucía una sonrisa boba en los labios.
El coche partió con una sacudida, y Arabella suspiró aliviada.
—Bueno, pues ya está hecho, milady —comentó Lucy interrumpiendo el silencio que se había alargado después de abandonar la tienda.
—Sí, Lucy, ya está hecho —convino, notando cómo el estómago se le encogía por la aprensión.
—Ahora podrá centrarse en las cosas importantes, como el baile de esta noche en casa de los condes de Berckley.
Recordaba la invitación que habían recibido los duques, y en la que ella estaba incluida, pero no le había parecido que mencionase nada especial en ella.
—¿Y qué tiene de importante ese baile? —le preguntó con curiosidad.
—Es una oportunidad para que encuentre marido —sentenció Lucy con convencimiento—. Allí habrá un montón de apuestos caballeros, y solteros —apostilló.
Arabella puso los ojos en blanco y dejó escapar un resoplido poco femenino.
—No necesito un montón de apuestos caballeros, Lucy, me basta con uno que sepa conversar de algo que no sea él mismo.
Ataviada con un espléndido vestido de seda color marfil con bordados plateados en el corpiño y en el bajo, Arabella suspiraba por que las palabras que le había dicho a Lucy hacía varios días, se hiciesen realidad.
Había llegado al baile acompañada de sus padres. Enseguida los había abandonado para encontrarse con Victoria; pero en cuanto el baile había dado comienzo, su prima se había visto arrastrada hacia la pista por un sinfín de pretendientes mientras ella soportaba la charla banal de algunos caballeros. Al fin, cansada de tanta palabrería, le había espetado a uno de sus acompañantes, un engreído vizconde, que si pensaba recitarle al completo la lista de sus antepasados, bien podría hacerlo mientras se deslizaban por la pista de baile al son de la música. El caballero en cuestión la había mirado horrorizado, su rostro había subido de color al menos cuatro tonos y, tras dirigirle una rígida inclinación de cabeza, se había marchado sin decirle una sola palabra.
Arabella contuvo un suspiro de cansancio y se frotó la frente. La cabeza había comenzado a dolerle; además, lamentaba mucho haberse comportado de una forma tan poco digna de una dama. Esperaba que el vizconde fuese lo suficientemente caballero como para no airear su falta.
Echó un vistazo al salón. Vio a Victoria bailando con su hermano James y a su madre que conversaba con algunas matronas. Su padre no se veía por ninguna parte, probablemente se había retirado a una de las salitas donde los caballeros jugaban a las cartas. Pensó que ese era un buen momento para escabullirse un rato, así que se dirigió hacia las puertas de acceso a la terraza que se encontraban abiertas para que entrase el aire, a pesar de que la noche era algo fría.
La luna se exhibía orgullosa en el firmamento, arropada en oscuro manto. Su resplandor iluminaba los preciosos jardines otorgándoles una cualidad mágica que no tenían a la luz del sol. Arabella se dirigió hacia el rincón, donde las sombras eran más profundas y las notas de música parecían perderse en un murmullo de fondo. Se acercó hasta la balaustrada de piedra y se apoyó en ella mientras contemplaba las estrellas.
Angelica la había invitado a asistir a la inauguración de la Real Academia de las Artes que tendría lugar el día diez de diciembre. En ella anunciarían la exposición de verano; todo aquel que desease enviar sus obras para su valoración, podría hacerlo, pero solo las mejores serían expuestas.
Hacía una semana que ella había dejado su ninfa con el señor Brown. ¿Sería lo suficientemente buena para ser expuesta?
La voz, profundamente masculina, la sobresaltó.
—Una tentadora ninfa de la noche.
Arabella reprimió un escalofrío y se volvió hacia él. El conde se veía demasiado apuesto con su casaca de seda verde con ribetes dorados y chaleco a juego. Su rostro parecía más pálido, iluminado por la luna, y sus ojos más oscuros y misteriosos.
—No soy ninguna ninfa, milord —repuso imprimiendo un tono ácido a sus palabras para ocultar el nerviosismo causado por su cercanía—, y, por supuesto, no soy tentadora.
—Para mí sí —le aseguró él con voz ronca.
Arabella bajó la cabeza y comenzó a retorcerse las manos en un gesto inconsciente. Aquel hombre lograba que todo su cuerpo temblase y que su mente fantasease con cosas prohibidas. Sin embargo, no podía olvidar que el conde era un experimentado seductor. Cuando Arabella habló, su voz salió apenas en un susurro.
—Por favor, milord, no juegue conmigo. No soy… experta en este tipo de coqueteos.
Alex la observó un rato en silencio. Había pronunciado aquellas palabras con sinceridad. Desde que la había conocido, ella había supuesto una continua tentación para él. No tenía un rostro bello, pero él había visto cómo sus ojos se encendían de pasión cuando hablaba de arte, y cómo sus dulces labios esbozaban una sonrisa sincera cuando algo le divertía. En ella se juntaban pasión e inocencia, y él deseaba explorar la primera y conquistar la segunda.
La tomó con suavidad por la barbilla y alzó su rostro.
—Arabella…
La vulnerabilidad que vio en ella lo hizo maldecir interiormente. Tal parecía que él no era mejor que su padre.
—¿Arabella?
La voz de su madre la sobresaltó, pero no le dio tiempo a reaccionar antes de verse arrastrada hacia la pared donde reinaba una absoluta oscuridad. Debería haber sentido el frío de la piedra que atravesaba la delgada tela que recubría su espalda, pero el calor del cuerpo masculino que la envolvía por delante se lo impedía. El suave aliento de él olía a brandy y le acariciaba el rostro con cada respiración.
Cuando la terraza quedó de nuevo en silencio, Arabella se atrevió a levantar el rostro. Su corazón latía frenético a pesar de que él no la tocaba en ninguna parte de su cuerpo, pero sus labios se encontraban muy cerca, y la respiración de él era pesada. Vio cómo su cabeza descendía sobre su rostro, y cerró los ojos.
La tibieza de los labios masculinos sobre su frente la sorprendió. Cuando abrió los ojos, él ya se había marchado.
Capítulo 10
El desayuno yacía abandonado sobre su plato y el café se había enfriado. Arabella era incapaz de concentrarse en algo tan sencillo como alimentarse cuando su mente se ocupaba en rememorar la experiencia de la noche anterior.
Aún podía sentir el cosquilleo que le habían producido los labios del conde sobre su frente y el estupor que le había sobrevenido después. Había esperado que la besara, lo había deseado incluso, pero por lo visto él no tenía el mismo deseo, a pesar de las palabras que había pronunciado poco antes. ¿Quién iba a querer besar a una mujer como ella? Carecía del atractivo de su prima Victoria. Su rostro era pasable, aunque su mente fuese brillante. Podía leer en latín, francés y griego, y conversar sobre casi todos los temas; pero su cuerpo menudo carecía de esas curvas que parecían atraer a todos los hombres.
Dejó escapar un suspiro melancólico. De todas formas, ¿por qué iba a querer ella atraer al
